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jueves, 7 de mayo de 2026

"Queremos que el público pueda identificar si una obra ha sido traducida, ilustrada o maquetada por inteligencia artificial, total o parcialmente"

Publicado el pasado 30 de abril, en el sitio de la Radio Cadena Ser, con firma de Sara M. Santelli, el siguiente artículo se refiere a una iniciativa de la traductora española Rita da Costa. Según la bajada, "
La traductora impulsa un sello de 'traducción humana' para exigir transparencia a las editoriales y frenar el uso de inteligencia artificial en la literatura

"La IA empobrece el contenido, construye textos baratos"

La traductora literaria Rita da Costa presenta en La Ventana una iniciativa que apunta directamente al corazón del sector editorial, un sello que garantice que los libros han sido traducidos por personas. La propuesta, impulsada por ACE Traductores, busca algo tan básico y tan poco habitual, denuncia, como la transparencia.

Da Costa tiene un mensaje claro: "La IA no puede traducir literatura". Y remata que, a pesar de que la llamamos inteligencia, "sólo es un barajante de datos". Para la traductora, el resultado es evidente: "Genera textos planos, sin matices, que empobrecen la obra original".

Un sello contra el "gato por liebre"
La iniciativa nace como una campaña de concienciación para que el lector sepa qué está comprando. Da Costa insiste en que el objetivo es evitar engaños: "Queremos que no nos den datos por libros". Es decir, que el público pueda identificar si una obra ha sido traducida, ilustrada o maquetada por inteligencia artificial, total o parcialmente.

El sello, explica, aspira a convertirse en un distintivo visible y prestigioso dentro del libro, una garantía de calidad. Ya cuenta con el respaldo de autores como Rosa Montero, Irene Vallejo o Lorenzo Silva.

Da Costa pone el foco en una práctica cada vez más extendida, la posedición. Consiste en revisar traducciones generadas por IA, pero cobrando menos que por una traducción original. "Es más difícil arreglar una mala traducción que traducir desde cero", afirma. Y añade que ese supuesto ahorro "no abarata el libro, solo aumenta beneficios a costa de precarizar el sector". La traductora tiene claro que si su trabajo se reduce a eso, se planteará abandonar la profesión.

Errores que delatan a la IA
Como ejemplo, menciona el caso de la editorial Harper Collins, que utilizó inteligencia artificial para traducir una novela. Los fallos "garrafales", según da Costa, provocaron la reacción de los lectores y obligaron a la editorial a reconocerlo.

Para ella, hay señales claras de alerta: "Si el nombre del traductor no aparece, desconfío". Y subraya la importancia de visibilizar la autoría de la traducción como parte esencial del libro. Más allá de la tecnología, da Costa denuncia una situación estructural: las tarifas llevan dos décadas estancadas y en España se cobra hasta la mitad que en otros países europeos. "Depende del idioma, en nuestro país es entre 12 y 16 euros la página". Traducir una novela de 300 páginas implica semanas o meses de trabajo sin descanso y con calendarios cada vez más ajustados.

"Solo puedes estar con una traducción a la vez", explica, lo que obliga a muchos profesionales a compaginar varios trabajos para sobrevivir.
Traducir es crear

Frente a la automatización, da Costa reivindica el valor creativo del oficio. Recuerda que la IA no entiende ironías, dobles sentidos ni juegos de palabras. "No piensa", insiste. Y advierte de otro problema: sus sesgos, el coste medioambiental y su tendencia a "robar" traducciones humanas ya existentes para aparentar calidad.

La asociación mantiene conversaciones pendientes con instituciones y editoriales para implantar el sello. No hay fechas, pero sí la urgencia de proteger el valor cultural de la traducción frente a una tecnología que, según da Costa, amenaza con vaciarla de sentido.

lunes, 30 de octubre de 2023

Manifiesto por la supervivencia de la traducción editorial en España

El pasado 5 de octubre, ACEtt, la organización que nuclea desde 1983 a los traductores españoles, dentro del seno de la Asociación Colegial de Escritores, publicó un manifiesto referido a las condiciones de trabajo del gremio en España. Lo reproducimos a continuación. 

Manifiesto por la supervivencia de la traducción editorial en España

El sector editorial es hoy uno de los más pujantes de la economía española, incluso en un contexto de pandemia y pospandemia mundial. De hecho, en 2021 el mercado experimentó un espectacular crecimiento que se tradujo en «el mayor incremento de facturación en lo que llevamos de siglo», según el último Informe sobre el sector editorial español publicado por la Federación de Gremios de Editores de España. Lejos de revertirse, la tendencia se ha visto confirmada después de la pandemia. En este sentido, Daniel Fernández, presidente de la FGEE, manifestó el pasado 26 de septiembre, con motivo de la presentación de la 41.ª edición de la feria Liber, que «el sector del libro mantiene un comportamiento «no sólo bueno, sino muy bueno», de tal forma que tiene previsto cerrar el año con un crecimiento de al menos el 5 %», lo que supone elevar el volumen de facturación por encima de los 1100 millones de euros, el montante más elevado de la última década.

Buenas noticias, sin duda. Sin embargo, los traductores de libros no participan de esta pujanza económica. Un dato basta para resumir e ilustrar la situación de extrema precariedad a la que nos enfrentamos: según el Instituto Nacional de Estadística, desde el año 2013 el IPC ha aumentado un 17,7 % a escala nacional, pero en todo este tiempo apenas se han tocado nuestras tarifas, que en algunos casos han bajado incluso respecto a las de hace diez años, si tenemos en cuenta el último Libro Blanco de la Traducción en España publicado por ACE Traductores. Cabe señalar, además, que en 2013 veníamos de sufrir un recorte generalizado de tarifas derivado de la crisis de 2008, por lo que, en la práctica, la inmensa mayoría de los traductores editoriales en España está cobrando hoy prácticamente lo mismo que hace veinte años. Más aún: hubo un tiempo, no hace tanto, en el que la filial española de un gran grupo editorial actualizaba las tarifas cada año en función del IPC. Luego vino la crisis, y eso que en otros sectores más regulados ni siquiera sería objeto de discusión se abolió de un plumazo.

Duele comprobar que en dos décadas apenas han mejorado las condiciones económicas de un grupo de profesionales que contribuye de manera nada desdeñable a engrosar los beneficios del sector editorial. Así lo corrobora el muy elocuente Informe del valor económico de la traducción editorial publicado por ACE Traductores en 2017 y que no ha perdido un ápice de vigencia: «Los traductores aportamos a las editoriales el 35 % de su facturación anual y, a pesar de ello, debido a la bajada de las tarifas, acumulamos una enorme pérdida de poder adquisitivo».

La pasada primavera sindicatos y patronal alcanzaron un acuerdo para implantar una subida salarial del 10 % a lo largo de los próximos tres años, acuerdo que servirá de base para la firma de los convenios colectivos en los distintos sectores económicos, pero ¿qué ocurre con los traductores editoriales, trabajadores autónomos en su práctica totalidad? ¿Hasta cuándo soportaremos esta imparable pérdida de poder adquisitivo mientras la facturación anual del sector crece sin cesar?

Cabe señalar, además, que la interpretación en España de la Ley de Defensa de Competencia impide en la práctica el derecho a la negociación colectiva de los traductores editoriales, por lo que nos vemos obligados a negociar a título individual con multinacionales en un sector cada vez más concentrado, en el que es muy difícil subsistir al margen de las condiciones impuestas por los grandes grupos editoriales.

Harían bien los editores en reconocer la contribución de los traductores al sector, subiendo las tarifas como mínimo —y según establece la Ley de Propiedad Intelectual— de forma proporcional al vigoroso crecimiento experimentado por el sector en los últimos años y comprometiéndose a actualizarlas anualmente en función del IPC.

Porque traducir libros no es un pasatiempo ni una tarea mecánica, sino un oficio creativo, multidisciplinar y especializado que merece una remuneración acorde a su complejidad y al peso que tiene en una de las principales industrias culturales de este país.

jueves, 13 de septiembre de 2018

Malpaso, ACEtt y los traductores: un culebrón


Desde que la editorial Malpaso, propiedad del magnate mexicano Bernardo Domínguez Cereceres. se instaló en España, todo es muy confuso. Por un lado, sus malas prácticas para con autores y traductores (esto es, incumplimiento de contratos y de pagos) ha motivado todo tipo de quejas de unos y otros, y cobrado un inusitado estado público acaso por razones que escapan por completo al mundo editorial. 

De hecho, ACEtt, la institución que dice “defender los intereses y los derechos jurídicos, patrimoniales o de cualquier otro tipo de los traductores de libros”, recibió las primeras quejas sobre Malpaso en 2014 (un reciente comunicado habla de 2016), cuando Ricardo García Pérez, uno de los socios de la institución, transmitió su preocupación en el foro interno porque Julián Viñuales –un editor de muy mala reputación entre los traductores españoles por sus malas prácticas en el fundido sello Global Rhythm–, se había embarcado en el proyecto de Malpaso. 

Carlos Fortea, presidente de ACEtt, hizo averiguaciones y decidieron dejar la cosa como estaba porque Viñuales no tenía participaciones en Malpaso, sino que era un trabajador más. García Pérez, al parecer, había denunciado a Viñuales por los pagos pendientes que Global Rhythm le adeudaba, pero nadie hizo nada por ayudar a este hombre, lo que pudo haber sido el desencadenante para que García Pérez renunciara a ACEtt. Lo que sí es cierto –y puede que de ahí venga el error– es que en diciembre de 2016, luego de que muchos socios se quejaran por falta de pago, Malpaso dejó de estar entre las editoriales adheridas al contrato tipo de ACEtt.

Ahora bien, la cosa pasó a mayores. Fue así que Carlos Fortea, quien difícilmente mueva un dedo por los asociados de ACEtt (cfr. lo que pasó cuando Yolanda Morató denunció el posible plagio de Mercedes Cebrián –ver entradas de este blog correspondientes a los días 8, 9, 19 y 26 de febrero,  y 5,  6 y 12 de marzo de 2017–, y el comportamiento que tuvo Enrique Redel, dueño de la editorial Impedimenta, cuyos libros Fortea comenta puntualmente en distintos foros: http://impedimenta.es/libros.php/leccion-de-aleman , http://impedimenta.es/libros.php/historia-y-desventuras-del-desconocido , http://impedimenta.es/libros.php/wadzek-contra-la-turbina-de), el 27 de julio pasado lanzó un comunicado en los siguientes términos:

“Ante las noticias publicadas estos días en prensa (leer aquí, aquí, aquí y aquí) sobre la situación legal y económica del grupo Malpaso (que incluye los sellos Malpaso, Lince Ediciones, Salto de Página, Biblioteca Nueva, Dibbuks y Jus), ACE Traductores quiere hacer públicos los siguientes extremos:

ACE Traductores rompió en diciembre de 2016 toda relación con el grupo Malpaso, debido a que ya en ese momento había tenido noticias de sus socios respecto a incumplimientos contractuales e impagos, y expulsó al grupo de la lista de editoriales firmantes de su contrato tipo.

ACE Traductores se alegra de que muchas denuncias que hasta ahora circulaban en silencio se hayan hecho públicas, reitera a los traductores afectados la disponibilidad de sus servicios jurídicos para reclamar sus derechos y exige a Malpaso regularizar la situación de todos los posibles afectados.

ACE Traductores exhorta al resto de actores del sector editorial a condenar la existencia de tales prácticas, tanto para preservar el buen nombre del sector como para no exponer a los profesionales a situaciones como las que han sufrido a lo largo de estos meses.”

Acá hay que empezar a recapitular un poco porque muchas cosas podrían sospecharse.

EL CRECIMIENTO DE MALPASO
La primera tiene que ver con que Malpaso, en muy pocos años, ha crecido exponencialmente mucho más que cualquier otra editorial que funcione en España. Como datos curiosos, podrían señalarse los contratos por  € 250.00 y  € 120.000, respectivamente, para publicar textos de Bob Dylan y Elton John, inversiones que, con toda la furia, no se recuperan así como así.

Parte de la explicación podría hallarse en otra parte, según señala el periodista, escritor y traductor Armando López Vaquero, en un artículo publicado en Mundo crítico (http://mundocritico.es/2016/05/malpaso-de-donde-saca-para-tanto-como-destaca/).“La respuesta a la potencia financiera de Malpaso  hay que buscarla en la foto que falta en la sección de su web llamada ‘Quién hay detrás de Malpaso’. La foto ausente es la que corresponde a Bernardo Domínguez Cereceres, empresario mexicano que se define como ‘la mano invisible’. La supuesta invisibilidad del empresario mexicano puede comprobarse en una serie de negocios que involucran la construcción, y a través del grupo DSC, los contratos con la CFE, Pemex, la SCT, y gobiernos estatales y municipales para la construcción de montajes electromecánicos, así como obras marítimas y viarias. Hoy en día, además de ser un potente grupo constructor,  DSC cuenta con filiales como DSC Comercial la cual adquirió el Grupo Ferretero Lavi, una empresa de ferretería con 46 sucursales en los Estados Unidos o Turismo DSC, otra filial a través de la cual adquirió y gestiona hoteles en Acapulco, Cancún, Ixtapa y Puerto Vallarta, entre otros”.

DINERO PRESUNTAMENTE NEGRO
La segunda  cuestión que importa aquí es que Bernardo Dóminguez Cereceres ha apoyado económicamente a Jordi Pujol Ferrusola, el hijo mayor del ex presidente de la Generalitat, alguien que estaba siendo investigado por blanqueo y evasión de capitales. Hay que aclarar que, antes de todo este escándalo, ambos fueron socios en México.

Así lo explicaba un artículo sin firma, publicado por El Sol de México, el 7 de agosto pasado (https://www.elsoldemexico.com.mx/doble-via/virales/los-malos-pasos-de-la-editorial-mexicana-malpaso-en-espana-1897588.html):

“Hace apenas dos años, la joven editorial Malpaso revolucionaba el mercado español comprando los derechos de Bob Dylan. Pero ahora esos sueños de grandeza se desvanecen entre la investigación por blanqueo a su propietario mexicano y serios problemas de liquidez.

Los apuros de esta editorial fundada en 2013 por el empresario de la construcción mexicano Bernardo Domínguez Cereceres salieron a la palestra a finales de junio, pero no sorprendieron en Barcelona, capital mundial de la edición en español y sede de Malpaso.

Desde hacía años, el sector recelaba del desorbitado crecimiento del grupo: conseguían cotizados derechos de traducción, adquirían otros sellos, publicaban 200 títulos anuales y abrían una librería o incluso un restaurante que inauguraron con una fiesta con mariachi.
Pero el castillo de naipes empezó a desmoronarse el 26 de junio: Domínguez Cereceres fue detenido acusado de blanquear dinero para la familia de Jordi Pujol, expresidente regional de Cataluña (1980-2003) caído en desgracia por las sospechas de corrupción sobre él, mujer e hijos.

Después del interrogatorio, quedó en libertad pero se le retiró el pasaporte.

En México, la abultada fortuna del propietario del vasto consorcio de la construcción DSC y cercano al expresidente Vicente Fox ya había despertado suspicacias.

‘Bernardo Domínguez Cereceres, las dudas de una fortuna’, titulaba un largo artículo publicado en octubre por el periódico Milenio, que repasa capítulos oscuros de su trayectoria empresarial, salpicada ya con aventuras editoriales fracasadas.

‘MALPAGO PAGA YA’
Poco después de la detención, otra tormenta se abalanzó sobre la editorial: la etiqueta #Malpaso- PagaYa se viralizó en redes sociales por las denuncias de impagos a escritores y traductores.

Desde la editorial reconocen estos problemas de liquidez que atribuyen a la demora de una inyección de capital de su propietario desde México: ‘Se está pagando pero no a un ritmo óptimo, muchos proveedores están cobrando pero otros no’. Según Carlos Fortea, presidente de la asociación de traductores ACE, sus afiliados empezaron a denunciar impagos a finales de 2016 ‘y la situación ha ido a peor’.

UNA APUESTA FALLIDA
Los fondos procedían exclusivamente de Bernardo Domínguez Cereceres, ‘una persona con mucho dinero que quería ser un gran editor’. Pero las remesas que llegaban desde México para mantener el negocio editorial empezaron a dilatarse a mediados de 2017, cuando la investigación sobre presunto blanqueo empezaba a cernirse sobre él, asegura el extrabajador.

El grupo está tomando medidas para ‘adaptarse a la realidad del mercado’: la plantilla se redujo en más de la mitad y volverán a publicar cuarenta títulos”.

Ahora bien, si bien todo esto es cierto, hay una tercera cuestión –sin duda odiosa– que se relaciona con el origen de la editorial que, reiteramos, es mexicana. Raramente se llega a este tipo de repudio en España cuando las editoriales son españolas y, sin embargo, muchas de sus malas prácticas son exactamente iguales que las que se le imputan a Malpaso. Eso, por supuesto, no justifica nada. Unas y otra incurren en delitos. Pero que los delitos, cuando son mexicanos, sean más delitos que cuando son españoles parece por lo menos un tanto tendencioso como demuestra la reacción de ACEtt ante la evidencia flagrante de lo que muchos socios venían denunciando hacía tiempo y que forzó a la asociación a tomar una postura formal (porque la efectiva todavía está por verse: la gente sigue sin cobrar) bastante inédita hasta ahora.

¿Continuará?

viernes, 31 de agosto de 2018

Una columna sobre Polisemos y Jornadas Internacionales de Traducción Comparada

Como otros viernes, éste lo dedicamos a una columna de opinión. Se trata de la segunda que escribe Andrés Ehrenhaus especialmente para este blog y trata sobre algunas de las fealdades de la profesión.


El orzuelo de Polisemo y otras pústulas

1. En marzo de 2018 la universidad de Murcia celebró la décima edición de El ojo de Polisemo, el congreso interdisciplinario con el que ACEtt rellenó el hueco dejado por las extintas Jornadas de Tarazona. La primera edición había tenido lugar en Salamanca, sede de la universidad decana de España. Polisemo no podía nacer en mejor cuna. Sin embargo, no todo fueron flores y violas durante el embarazo. Un embarazo que ACEtt no sobrellevó bien en sus entrañas. Un embarazo casi se diría ectópico. De esa ectopía le quedó como recuerdo un orzuelo. La cesárea corrió a cargo del dentista del pueblo.

En el decurso de los preparativos previos a la celebración de los diez añitos de Polisemo recibí una curiosa invitación. Se me proponía formar parte de un panel en el que diez veteranos (“como tú estuviste en los primeros polisemos”, me dijeron) de la gesta odiséica daríamos en comentar esos dos lustros de luminosa infancia ciclópea, intercalando testimonios audiovisuales –esta opción se me ofreció como más higiénica– de ese parcurso, como en una snuff movie familiar. Entendían, se me dijo también, que no quisiera participar en el collage in vivo, y por eso me ofrecían la posibilidad de hacerlo in vitro, a distancia, como un Torrebruno de jardín. No los mandé a la mierda. Nunca lo hago. Les dije que gracias pero no. Me reemplazaron fácilmente y la mesa collage cursó con el título de “Celebración del décimo aniversario: Diez miradas al Polisemo” y la coordinación de P. Aguiriano y el actual presidente, C. Fortea. No sé si mentaron el embarazo. Tampoco el orzuelo.

Que yo había estado en los primeros (porque del embarazo, quién se acuerda ya) era rigurosa verdad. Para ser precisos, en los dos primeros: el ya citado de Salamanca y el 2º, que acogió la universidad de Málaga en medio de una tormenta interna en ACEtt. Al cierre de ese Polisemo, yo ya había renunciado a mi lugarcito en la junta directiva por razones de ética básica que puedo exponer documentadamente (sí, amigos, conservo las actas de esos mediocres días) a quienes me lo pidan de buen modo. Como es habitual en mi larga lista de errores, callé esas razones en su momento, a pesar del linchamiento jacobino al que fui sometido. No debí hacerlo. Lo sé. Y sé que me equivoqué al creer que era más elegante el silencio y el discreto mutis por el foro porque los enemigos me los gané igualmente –o quizás, seguramente, ya los tenía. Cuestión que ese fue el último Polisemo al que asistí, sencillamente porque, hasta la absurda y humillante invitación del décimo, nadie tuvo nunca la decencia de acercarse al que, nobleza obliga, había sido su Gepetto. Les regalás un juguete rabioso y te borran nomenklatura. De doctor franquestein a monstruo invisible. Así de simple.

Polisemo hace como que no, pero el orzuelo en el ojo lo sigue teniendo. Un poco más abajo y a la izquierda de donde Odalisco le clavó el puñal que le acabó nublando la vista. Un orzuelo que va camino de convertirse en forúnculo.

2. De los muchos errores cometidos en mi vida metaprofesional, salir nocturnamente de ACEtt no fue el peor ni, mira por dónde, entrar diurnamente primero, pero me hago cargo de todos y cada uno de ellos. Bastante más grave fue creer que debía (y podía) doblegar la aporía derridiana (¿o era de Fucol?): armonizar justicia y poder. Ahora sé que no sólo es imposible sino nefasto. Nefasto por parte de uno. NO se puede ser justo desde un cargo de poder, por miserable que sea. Otras cosas, quizás; justo, NO. De eso no nos salva ni la ingenuidad y deberíamos dejar de mirar hacia otro lado cada vez que alguien justifica su autoritarismo humanitario con el eslógan maldito: “Alguien lo tenía que hacer”. No, nadie tenía que hacerlo. Vos tampoco, salame, quiero decir, ingenuo.

De esos errores que mencionaba, regalarle a la secta acéttica el moisés con criatura y nombrepuestoparece que me jode más que otros quizás más serios. Me jode porque le entregué al poder mezquino una herramienta que funcionaba y funciona. Y porque desperdicié un nombre divertido. Eso es imperdonable. No debí hacerlo pero mi estulticia a menudo se cree omnipotente. Debí dejar que se les apagaran las luces junto al lecho agónico de Tarazona; total, tarde o temprano me acabaría yendo de ese avispero beige. Por cierto, el logo fue producto del ingenio, la capacidad de síntesis y el buen gustode Marta Alcaraz, gran traductora por cierto. Espero que le vayan agradeciendo ese favor que, hélàs, ella también les hizo gratis: cada quien paga su diezmo y la secta nunca agradece como corresponde. Básicamente recrimina. Sí, bwana, lo que tú digas.

3. Las asociaciones de traductores que conozco más de cerca, ACEtt y AATI (pero no dudo en meter ahí a muchas otras, incluidas –cómo no­– las colegiales), se nutren de la temerosa ignorancia del aprendiz y la no menos temerosa desidia del avanzado. El corral les da a las ovejitas la ilusión de estar a salvo (there’s security in number) entre toda esa ropa de lana; pero el lobo no está afuera, no hay lobo, lo que hay es una industria a la que hacer frente con estructuras gremiales y no con consignas de mesianismo cultural y lloriqueo ético. En esa paradoja se les va la poca fuerza que juntan, porque no tienen nada en la mano para negociar tarifas en condiciones ni defender a quienes no tienen más remedio que aceptar miseria a cambio de trabajo bien hecho. Las cuotas de los socios se van en manualidades o virtualidades, o en congresos para más inri de los vips, globales o paisanos. De cada encuentro de esos se sale con la certeza de lo buenos que somos y lo poco bien que nos tratan, mientras se empobrece nuestro aparato crítico (no digamos ya el autocrítico) y se reblandece nuestra voluntad de lucha. Papá ya hará algo, papá es bueno. Papá tiene muchos premios. Sí, bwana.

No jodamos más con eso. O llamamos gremio al gremio o club social al club social. Los inventos intermedios son globitos desinflados. O peleamos por leyes justas y dignas o nos vamos a la confitería a tomar el té y contarnos las desgracias entre masita y masita. La idea germinal de Polisemo era precisamente aunar el rigor académico con la experiencia profesional a pie de calle: abrir la baraja, no reconducirla hacia una asociación esterilizante. Una asociación más preocupada por autoadjudicarse prebendas y premios (con el cuento de que el pastel de pocos da migas para muchos) que por apoyar con hechos a los colegas con conflictos laborales graves. Conozco bien el discurso de desactivación sindical y meloneo asociativo porque yo mismo redacté algunas de sus peores páginas y me esforcé por demostrarles a mis colegas que era peor para el traductor de a pie pasar la noche al raso bajo un manto de estrellas que ponerse a recaudo bajo el insuficiente alero que ofrece el corral al rebaño. Uno se moja igual si truena, pero acompañado. De gente buena, rimémber. Esa lógica de dentro=bueno, fuera=malo es común a todas las dinámicas de aglutinación cuantitativa. En ACEtt celebrábamos las cifras redondas de nuevos socios como I likes o retuits, sin importarnos que el techito siguiera siendo igual de estrecho y protegiera menos cada vez. No es lo mismo una asociación de 30 que una de 500, dónde va a parar. Dónde, eso digo yo.

4. Lo decente, lo decoroso, sería que dejaran en paz al pobre cíclope mosaico. Que le permitieran volver a su isla, a curarse el orzuelo a solas con agua de mar y suspirar de amor ciego por Galatea. Que no usaran su nombre, que no malgastaran su elegante logo. Que se romperan la croqueta pensando en un nombre más afín con su índole actual: La bicileta de Sísifo o El medio piojo de Sansón. ¿Ven? Ya estoy otra vez regalándoles manises a los monos.

Pero ¿a qué viene toda esta diatriba sobre algo que pasó hace años y que ni siquiera está entre los trending tópicos de la profesión? Viene a que mis ojitos se tropezaron los otros días con la convocatoria de –preparesén– las Jornadas Internacionales de Traducción Comparada “Variedades regionales en las lenguas de traducción”, celebrables en la Biblioteca Nacional de la ciudad de Buenos Aires entre el 20 y el 22 de septiembre. Coorganizadas por AATI. A las que acude raudo el presi de ACEtt. Esos dos clubes aporísticos que decíamos, ¿no? Y en cuyo comité organizador aparece a la cabeza y como propietario de la “idea original” un colega que, entre otras cosas, fue quien me invitó a apartarme del proyecto de Ley de protección de los traductores (v. https://clubdetraductoresliterariosdebaires.blogspot.com/2017/09/la-necesidad-de-decir-como-fueron-las.html y https://clubdetraductoresliterariosdebaires.blogspot.com/2018/06/sigue-vivo-el-proyecto-de-ley-de.html) para acto seguido cubrirlo bajo una capa de cal viva y arrojarlo al mar de los gargajos y que, aunque nadie se atreva a decirlo a viva voz, tuvo el atrevimiento de servirse de un proyecto ajeno (si me aprietan, diré cuál y de quién, aunque basta con mirar con atención el programa para ver por dónde vienen los tirios) y blindarlo como propio para montar estas Jornadas que, con o sin Manguel, tienen muchos puntos para nacer con algo más que un orzuelo o un forúnculo en barbecho.

Porque, aparte de la inelegancia de la fórmula, el pleonasmo desnuda el lapsus y el lapsus, la cola de paja. ¿Idea original? ¿Cómo contraposición a qué: a idea afanada? ¿A idea repetida? ¿A idea de otro? Por eso me acordé de Polisemo. Algo me olía a déjà vu. A Macadamia de la Lengua. Y a virreinato.

5. Es hora de poner las cartas sobre la mesa. El que arruga es avestruz.

miércoles, 15 de noviembre de 2017

Una versión española del canon (14)

Traductora de francés e italiano a castellano, especializada en arte contemporáneo, ciencias sociales y narrativa contemporánea. María José Furió Liu (Valencia, 1962) es, además de narradora, una de las más lúcidas ensayistas españolas actuales. Reside en Barcelona, ciudad donde cursó estudios de Filología Hispánica, especializándose en Literatura. Cursó el Doctorado en Literatura Comparada (Universitat Pompeu Fabra, 1ªedic., dirigida por Claudio Guillén 1994-1996). Desde 1992 colabora regularmente como crítica literaria en diversas publicaciones. En 1997 la editorial Mondadori publicó la novela  La mentira. Ha publicado además diversos relatos en Renacimiento (Sevilla) y  Galerna (Nueva York). En 2011 la revista mexicana La Tempestad  publicó en su número 80 el relato Tongo. Como fotógrafa, con intención de documentar las novelas que prepara, viajó por  Argelia, Egipto, París, Miami, Cuba, y también a Valencia, Madrid, Teruel y otros puntos de España. En 2003 Cultura/s publicó el foto-poema Los elegidos para ser felices, exhibidó en 2000 en la galería H20 junto con la foto-novela: Est-ce que la vie est un roman? Algunas de sus traducciones son La democracia asesinada (2001),de  J. P. Berdah , Las ambiciones de la Historia (2001), de Fernand  Braudel,  El asesinato de Lumumba (2002), de Ludo de Witte, Arquitecturas, ciudades, visiones (2007), de Gabriele Basilico, entre otros títulos.

Los dueños del idioma, un rapto, 
una intemperie

Formo parte de la lista de personas que han ido abandonado ACETT, disgustada por su política de tolerar la indefensión de todo aquel que tiene algún problema relacionado con la Ley de Propiedad Intelectual, un desencuentro contractual con editores o sufre abuso de posición de editores de mesa o de traductores que usan malas artes para hacerse con la exclusiva de un escritor. Ya desde fuera de la asociación y viendo confirmado mi juicio sobre el grupo, he criticado con dureza su política frente a la bajada de tarifas impuestas por grandes grupos editoriales. En resumen, es una de esas siglas que eludo así la veo aparecer al lado de cualquier noticia o fotografía. Me produce no escepticismo sino aborrecimiento por el recuerdo de la impotencia sufrida, lo cual no impide que varios de sus miembros merezcan mi respeto como excelentes traductores que son y buenos compañeros. Es el caso de Teresa Gallego Urrutia, muy activa en dignificar la profesión de traductor en España, además de muy generosa con sus conocimientos, hecho verificable dentro de la lista de la asociación y en privado.

Como la asociación francesa, ACETT aloja a traductores profesionales allá donde la asociación argentina exige una titulación específica. Sin embargo, ni mi recuerdo de ACETT ni mi opinión sobre el nivel de las discusiones y comentarios dentro de la lista de correos son halagüeños para sus componentes, ni soy aficionada a las listas, así que la ya famosa de “traducciones canónicas” que aquí se comenta me supo a nada. A la intrascendencia deliberada habitual. Al cadáver en el armario. El debate, por otro lado, me pareció un pretexto para activar un rencor contra España que a mi juicio está desplazado del que debiera ser un objetivo más certero.

Dejando al margen algunas afirmaciones que han hecho los colegas que me han precedido, entiendo que uno de los errores es mezclar tiempos. Se reivindican los nombres de Cortázar y de Borges pasando por alto que eran coetáneos de escritores e intelectuales españoles asimismo exigentes con su tarea literaria y que el sentido y el peso mismo de la literatura y de la cultura eran muy diferentes del que hoy tienen.  Hoy no creo que se publicara El erotismo (de Georges Bataille) porque los conceptos de “sagrado” y de “transgresión” parecen desvanecidos pero también, sobre todo, el vínculo entre un deseo profundo, poco transparente, y la actividad creativa. En España, la literatura se ha hecho comercio y comercio de nombres propios. Por usar un término psicoanalítico, es como si el “ello” hubiese sido asesinado e instalado en su lugar su simulacro, suplantado por un superyó que se despliega en ese apetito de posiciones de relieve, de ventas y de galardones. No hay alegría ni transgresión, no hay ruptura ni horizonte de ruptura, todo está mediatizado por la marca: de la editorial, del periódico que promociona, del escritor.

Incluso cuando se presenta a tal o cual escritor como figura contracorriente, como gurú lúcido, no es más que otra mercancía para saciar el apetito de exquisiteces de un sector del mercado. No hay ni que decir que la capacidad transgresora del “disidente” está por completo neutralizada por esa función. Darío Jaramillo ofrecía una lista de dueños del idioma. Me resultó conmovedora como una película antigua porque los reales dueños del español son actualmente los directivos de las grandes corporaciones editoriales, en cuya “cumbre” figuran personas sin un átomo de talento literario.

Aquí se ha afirmado que algunos traductores argentinos lograron romper barreras y establecerse profesionalmente en España: me parece una generalización abusiva, pues probablemente lo hicieron antes de la eclosión del sector editorial como industria en pos del máximo beneficio. Pudieron instalarse cuando no había la competencia feroz actual entre profesionales y cuando un elevado nivel de cultura era un valor en sí mismo y la traducción una tarea casi artesanal. No rompieron barreras: crearon un lugar de la nada, a la par que los traductores españoles de esa época. Asegurar que las traducciones españolas son malísimas es otra hipérbole compensatoria, comprensible, por la autoestima herida del traductor latinoamericano canónico. He reescrito suficientes traducciones salidas de manos de argentinos como para asegurar que en todos lados cuecen habas (no conozco la versión americana de este dicho).

Con todo, el problema sigue estando en otros puntos. Se habla de “España” cuando hay dos “frentes” editoriales que funcionan de modo diferente en lo que hace al idioma. El español que se habla en Cataluña está bastante degradado y no podemos fijarnos únicamente en los grandes títulos para determinar la calidad del nivel de traducción de una zona. Es habitual, por no decir la norma, que sean catalanoparlantes lo que estén al mando de los departamentos de edición y me he encontrado más de una vez con que se me pide que rebaje el nivel para adaptarlo a un público distinto de aquel al que el autor del original se dirigía. Percibo una distancia que me violenta y ofende cuando mi editor es alguien que no tiene el español como lengua materna, por no hablar de lo insultante que resulta la convicción, muy extendida aquí, de que un castellanoparlante es socialmente inferior al catalán. Y las consecuencias que se derivan de dicha convicción en términos de desarrollo profesional. He reescrito libros enteros de figuras mediáticas a precio de derribo porque los profesores de mi facultad o los editores y directores de revistas que explotaron mi trabajo han preferido siempre promocionar a catalanes de esa burguesía ilustrada tan típica de Barcelona –no sé si también de Madrid-- que cree ser progresista mientras desarrolla una actividad cultural reaccionaria, de buen tono, historicista, clasista, misógina, antimoderna.

No creo que deba hablarse de “imperialismo” sino de ignorancia o de mala fe. De un lado, existiría la convicción de que España y los países latinoamericanos son independientes y tienen las mismas armas para defender sus mercados –lo cual no es cierto en lo que se refiere a la capacidad invasora de los productos de las grandes corporaciones editoriales y de las dos o tres grandes independientes españolas que puedan quedar, pero esto se compensa con el mayor prestigio del que gozan los escritores latinoamericanos. Basta con seguir el listado de autores premiados por editoriales como Anagrama o Seix Barral y el tratamiento que se les da en prensa para verificar mis palabras.  Obsérvese el lugar y prestigio otorgados a Aira, Piglia, Pron, Fresán, Pauls y Villoro, nombres habituales en España.

El problema principal a mi entender está en los cambios que se produjeron en los años ochenta y noventa en España. Por eso la Barcelona de los 70 es ya solo quimera. Cada vez que se ha pretendido modernizar la cultura se optó por mirar a Estados Unidos y se copiaron sus maneras publicitarias cuando la península debería plantearse un enfoque emancipatorio de nuestros conflictos políticos y culturales, incluido de los que mantenemos con toda América, desde la perspectiva que ofrecen los estudios poscoloniales, que plantean conceptos muy estimulantes. La actividad teórica actual en dos de las grandes zonas poscoloniales, África y el Caribe, son para mí un ejemplo. En los noventa se produjo en España una eclosión de nuevos escritores, que se dio en calificar de “light”; fue una decisión de editores, que en definitiva son quienes eligen qué publican y cómo modelar ideológicamente el mercado. Lo digo desde mi experiencia y como mujer: se promocionó una infantilización de los argumentos, proliferaron como setas escritoras treintañeras y personajes que parecían haberse quedado en la fase anal, para estupor de quienes teníamos otra formación e influencias diferentes del gore o el grunge anglosajón. Decía Walter Benjamin que la moda es una eterna repetición de lo nuevo y que además garantiza que nada cambie en las relaciones sociales. Ese ha sido, según observo, el “proyecto cultural” que ha quedado establecido. En España no hay debate auténtico ni polémica: es teatro; se ha instalado una jerarquización radical que ha provocado una subproletarización infamante de un porcentaje nada desdeñable de los actores de la cultura mientras se publicitan hasta la náusea una pequeña porción de nombres, instalados en la rueda de los prestigios en los años ochenta y noventa, cuando llegó el dinero de Europa que acalló a las elites antaño radicales instalándolas en universidades, organismos de prestigio, periódicos, etc., y que dieron por bueno lo ocurrido porque les benefició.

En España hay grupos editoriales que favorecen el plagio, que premian libros escritos por un grupo de profesionales para provocar algún revuelo mediático, hay editores y agentes literarios que chanchullean con el ministerio de Cultura (o el nombre que actualmente ostente) por ciertos beneficios exclusivamente comerciales, hay agentes editoriales que persiguen repetir el pelotazo editorial equivalente al último de Estados Unidos y sacrifican a escritores literarios, hay escasez de becas para la creación, hay críticos que son, estrictamente hablando, publicistas de sus intereses y de los de sus amigos y que no tienen un solo volumen publicado de teoría crítica –las recopilaciones de reseñas no son teoría literaria—, pero sí poder para hundir carreras y reputaciones; el acoso sexual y la difamación pasan impunemente como males menores o necesarios dentro de una carrera profesional porque en conjunto hoy pervive el sálvese quien pueda y lo mal que esté el otro deja hueco al que quiera instalarse. Por eso, una lista estrambótica como la publicada por El País me parece el síntoma de un problema mayor, estrictamente español, y que ese problema, de numerosas facetas, es el que no se quiere abordar y, sobre todo, no quieren abordar los traductores ni los escritores e intelectuales españoles.


martes, 14 de noviembre de 2017

Una versión española del canon (12) y (13)

Despacio, sin estridencias, discretamente y con un tesón extraordinario, la poeta y traductora Silvia Camerotto (Lomas de Zamora, Pcia. de Buenos Aires, 1959), tanto por el alcance de sus elecciones como por la calidad de sus versiones, se ha ido convirtiendo en una de las más consecuentes traductoras de poesía de la Argentina. Tanto en su blog De Sibilas y Pitias (http://desibilasypitias.blogspot.com.ar/) como en su reciente sitio web (https://caligrama59.wixsite.com/silviacamerotto) ha ido publicando sus versiones de Emily Dickinson, Christina Georgina Rossetti, Robert Browning, Edna St. Vincent Millay, Ezra Pound, T. S. Eliot, Edwin Arlington Robinson, Carl Sandburg, D. H. Lawrence, William Carlos Williams (de quien prepara una edición de Paterson), Wallace Stevens, Amy Lowell,  Basil Bunting, Charles Causley, Dylan Thomas, Elizabeth Bishop, Sylvia Plath, Adrienne Rich, Raymond Carver, Audre Lorde, Edwin Brock, Charles Wright, Billy Collins, Anne Carson, William Wadsworth, Jude Nutter, Ron Padgett, Sam Shepard, Mark Strand, Tiffany Atkinson y, muchos más (la lista es realmente asombrosa), dando a conocer nuevas versiones de poemas ya traducidos así como poemas nunca antes vertidos al castellano. Su última libro de poemas publicado es La Grosse Fuge (Buenos Aires, Ediciones del Dock, 2012). 

Nec spe nec metu

¿Es España acaso ruta y destino del español? No. Pero ella se ve a sí misma como la única y verdadera manifestación del activo cultural hispanohablante. Cualquier iniciativa de promoción y difusión es avara y centralizadora. Un hecho de usura que deriva del miedo.

Han publicado una lista en la que la traducción no es patente de todos los hispanohablantes. Una lista que defrauda los intereses verdaderos de la lengua y de los usos de la lengua. Que defrauda, no por menos, al genio creador latinoamericano, que impulsa –sobre todo y más que ninguna otra cosa- la discriminación lingüística.

No resulta inaudito que España ejerza su latrocinio o monopolio, ni que desconozca olímpicamente los factores de riqueza intelectual que aportan todos y cada uno de los hablantes y de las comunidades que hablan el español lejos de la ex madre patria. Tampoco es inaudito que ignore adrede el trabajo de los traductores no españoles.

La manipulación tiene un valor económico que pareciera reportar beneficios a los únicos y aparentes dueños del idioma: los españoles de España.

Ni listas como esta, ni el hecho de que editoriales como Cátedra manejen los derechos exclusivos de publicación en español en Argentina y quizá en otros países hispanohablantes son novedad. Lo peor es la complicidad entre España y los otros monopolios que le ceden los derechos.

El canon referido no es nada más soberbia, sino también temor a enfrentar las amenazas de otras áreas lingüísticas.

¿De qué temor hablamos? Del temor a ser superados y sobrepasados. De temor a la pérdida de la hegemonía apostando a una política unificadora, pero con el pie encima. Una política que ejerce lo peor de la globalización. Una bajeza, en fin.

Y lo hacen, como diría Pound “sin dignidad, ni tragedia […] obstructores del conocimiento, obstructores de la distribución”.


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Traductor de Andréiev, Afanásiev, Bulgákov, Chejov, Dostoievski, Tólstoi, Turguéniev, Vigotski, Zamiatín, Lenin y Trotski, entre otros autores, Alejandro González (Buenos Aires, 1973) ganó en 2014 el 1er. Premio en el II Premio Internacional de Traducción Read Russia, Instituto de Traducción de Rusia, por El doble. Dos versiones: 1846 y 1866, de Fiódor Dostoievski. Licenciado en Sociología (UBA), realizó estudios de posgrado en la Facultad de Filología de la Universidad de Petrozavodsk, Rusia. Eslavista, investigador y traductor científico-literario, actualmente enseña en la Universidad Nacional de San Martín, donde forma parte del programa Lectura Mundi.

h) incluidas en esta clasificación

Hace años que dejé de creer en todo listado no ligado directamente a una necesidad específica (productos a comprar en el supermercado, documentos a reunir para un trámite burocrático,medicamentos a adquirir en una farmacia, objetos a llevar/traer en un viaje) y de admirar boba y culposamente las infatigables listas de libros, películas, discos, destinos turísticos, automóviles, mujeres más hermosas de Hollywood y frutas y verduras que sí y casi siempre no he leído, visto, escuchado, visitado, conducido, amado, probado ni jamás haré.

Acaso por eso la lista que nos llega desde ACEtt no me inquieta. En lo personal, no oigo tambores de guerra tras esa abúlica iniciativa de un periódico que, como tal, debe llenar espacios a como dé lugar para sus –en muchos casos– abúlicos lectores.

Dicho esto, no deja de entristecerme el empobrecedor provincialismo que ha guiado la selección y la falta de voluntad de trascender lo español a la hora de pensar el patrimonio cultural en lengua castellana.

Por lo que hace al listado (a todo listado) y los criterios de clasificación, no me queda sino remitir a los lectores al idioma analítico de John Wilkins e invitara los colegas a reflexionar si no convendría ir desechando esa práctica tan darwinista, autocomplaciente e innecesaria.






lunes, 13 de noviembre de 2017

Una versión española del canon (11)

La poeta, ensayista y traductora Ana Franco Ortuño (Ciudad de México, 1969) obtuvo los grados de licenciatura y maestría en Literaturas hispánicas en la UNAM, donde se especializó en poesía mexicana. Como poeta, recientemente publicó El libro de las ideas (Ciudad de México, Ediciones Sin nombre-SCGDF, 2012), la plaquette Peligro de extinción (Barcelona, Carmina in minima re, 2012), y participa en el libro colectivo Enemies/Enemigos. Poesía de la Ciudad de México y Londres (EBL-conaculta, 2014). De 2007 a la actualidad ha sido Coordinadora editorial y Subdirectora del Periódico de Poesía de la UNAM (publicación mensual): www.periodicodepoesia.unam.mx. También coordinó el festival Poesía en Voz Alta en Casa del Lago, del que en 2015 fue también programadora. Como antologadora hizo la selección de poetas argentinos en Animales distintos, muestra de poetas argentinos, españoles y mexicanos nacidos en los sesentas, (Ciudad de México, Arlequín-CONACULTA, 2008); la selección de poetas jóvenes de México para la revista Fórnix 8-9, Lima, Perú, 2009; ha publicado en revistas nacionales como Punto de Partida, P.D., Parteaguas y Blanco Móvil y en España ha publicado en Quimera y Paraíso. Como poeta participado en encuentros y festivales en México, Argentina, España y Portugal. Sus poemas han sido traducidos al inglés, portugués y mixteco. Recientemente ha publicado Inestibilidad: poesía contemporánea de Francia y México (Veracruz, Intersticios/Universidad Veracruzana, 2016) y coordinado y editado la serie de ensayos Cocina y literatura. Ensayos literarios sobre gastronomía y ensayos gastronómicos sobre literatura (Santiago de chile, LOM, 2017). 

Sobre la traducción, lo canónico y otras inocencias

He escuchado y leído muchas posiciones y debates acerca de las necesidades, características y posibilidades de traducir; sé bien el apasionamiento de los traductores para hablar de lo suyo, probablemente porque los antecede una historia cargada de metáforas morales, como la idea del traductor traidor (que hay quien cita con un envejecido aire de dignidad todavía), o como la ensombrecida posición en ediciones que siguen sin referir el nombre de quien hace tal o cual versión de un clásico.

En nada de esto hay inocencia: detrás de una edición hay una economía, detrás de una lengua hay siempre la jugosa posibilidad de un imperialismo.

El estado oculto de los traductores fue, como el de tantas otras sombras humanas, el de un doble inexistente; hasta que importó, y los traductores ahora se organizan como cualquier otro gremio, y aparecen, discuten, cobran y legislan.

Como hemos visto en esta serie de entradas de Una versión española del canon, Librotea celebró el 30 de septiembre (Día Internacional del Traductor), con una lista de traducciones recomendadas por la ACETT, de España. Desde luego, cualquier institución puede hacer su lista de favoritos y cualquier lista de favoritos es válida, como lo es cualquier antología, en el entendido de que la propuesta o la reunión es ésa y no otra (es decir, ese universo, en tanto código de selección trata de los incluidos y no de los faltantes). Con todo, las listas tampoco son inocentes y los lectores confían en la recomendación, a sabiendas de que la hace un experto (o una asociación de expertos, en este caso, no sólo en traducción, sino evidentemente en lengua y literatura).

El artículo de Matías Battistón (décima entrada de esta serie), nos deja bien clara la definición de la palabra ‘canon’, y su autor articula algunas de sus posibilidades para entender las sugerencias de Librotea y la ACETT. Los nueve autores que lo preceden problematizaron la situación de América Latina frente a España en tema de la traducción, y han demostrado con un montón de razones la malintencionada sordera de una publicación tan prestigiada como el diario el País y su recomendador de libros.

Pensemos que el supuesto error se encuentra entonces en el título de la lista. Sin embargo, al avanzar en la propuesta (el elogio) que justifica a los títulos y traductores elegidos, la lectura continúa en su enrarecimiento:

1) cuando se refiere a las versiones de las ‘señoras’ Daloway y Bovary, la sorprendida ACETT afirma la idea (“bastante absurda”, dice, con una sonrisa) de que las posibilidades de una traducción entre géneros (hombre-mujer, por supuesto), sí existen, y lo demuestra con las menciones de López Muñoz, quien no solo logra esa odisea de traducir la voz de una mujer (aunque sea un personaje), sino ¡de dos!, en Mrs. Dalloway, en osada intuición de la sensibilidad del Otro (históricamente indecodificable); y de Gallego Urrutia, quien encuentra el “vocabulario adecuado” para traducir a Flaubert (autor), aunque sea un hombre. Es decir, la ACETT no distingue entre autores y personajes para maravillarse con el arrojo de sus traductores favoritos, quienes viajan con éxito al enfrentar el evidente opuesto humano.

2) otra sorpresa que se llevan estos lectores profesionales es la de la “rabiosa actualidad a pesar de los años que tienen” los poemas de Amor, duelo, contradicciones, de Erich Fried, en traducción de Jorge Riechmann “pese a que su traducción no es nada fácil”. El libro data del final de los años 70. La actualidad de Homero debe congelar a quienes escribieron el artículo; la dificultad de Joyce, ni se diga.

3) una tercera maravilla es la de la credibilidad del lenguaje en Mi padre es mujer de la limpieza, de Saphia Azzeddine, en traducción de Begoña Díez Zearsolo.

¿Qué decir? Es posible que quien escribió este artículo, a nombre de una institución que dice “defender los intereses y derechos jurídicos, patrimoniales y de cualquier otro tipo de los traductores de libros”, sea más bien, un entusiasta. Pero, como dije, a estas alturas (y a esos niveles) no creo en inocencias. Retomar la discusión del lenguaje propio de lo masculino y lo femenino, o recomendar libros por su credibilidad y su rabiosa actualidad pese a los años, resulta indignante, en el mercado de la imposición simbólica y económica de idiomas y de ventas millonarias.

El anticuado pero efectivo adueñamiento de una lengua y sus formas será siempre un modo del fascismo. Debiera ser ya innecesario luchar contra estupidez tan evidente y, no obstante, estamos aquí, empezando de nuevo a clamar que todas las palabras tienen alma.


viernes, 10 de noviembre de 2017

Una versión española del canon (10)

Probablemente uno de los traductores jóvenes más activos de Argentina, Matías Battistón (Buenos Aires,  1986) es además docente de traducción literaria en la Universidad de Belgrano, y ha dictado seminarios de traducción en la Maestría en Traducción Literaria en el Trinity College Dublin. Ha traducido, entre otros, a John Cage, Marcel Proust, Oscar Wilde, James Joyce, Édouard Levé, Gustave Flaubert, Samuel Beckett, Jean-Luc Godard y Ed Wood. Y éstas son las reflexiones que le ha producido la grotesca lista publicada por ACEtt.

Help a ACEtt

Es difícil medir hasta qué punto condiciona la lectura el título de un texto. De hecho, más de una vez me pregunté si no sería mejor atribuir los títulos de algunas obras a otras distintas, si por ejemplo Pulgarcito no se leería con más entusiasmo de llamarse Abaddón el Exterminador, si Platero y yo no ganaría un poco de necesario suspenso si lo rebautizáramos La bestia debe morir. Creo que algo similar habrá pasado en la redacción de El País para que la lista que publicaron el 30 de septiembre pasado se titule “Traducciones canónicas”.Alguien simplemente le habrá puesto el título que menos se parecía al contenido, a lo mejor tomado de un artículo diferente, para que uno lo lea con la perplejidad y la intriga que generaría cualquier policial posmoderno.

En mi caso, lo primero que pensé es que para celebrar el Día del Traductor, ACEtt (la Sección Autónoma de Traductores de Libros de la Asociación Colegial de Escritores de España) había facilitado a El País una lista de veinte traducciones canonizadas, es decir, según supuse, veinte traducciones al castellano que por diversas razones habían perdurado en el tiempo, habían ejercido una influencia y una admiración patente en sus lectores, y merecían descubrirse o redescubrirse. La idea es buena. Recordé el Pessoa de Paz, el Henry James de Bianco, el Joyce de Subirat. O experimentos enormes, como el Shakespeare multilatino tramado por Marcelo Cohen, o más pequeños y secretos, como la Daisy Ashford de Aira. Incluso me imaginé que la lista podría tocar el tema de las traducciones que pasan al canon del idioma de llegada aunque sus originales queden en la periferia, como Las palmeras salvajes en traducción de Borges, quizá el libro por antonomasia de Faulkner en América latina y una obra relativamente menor para sus lectores anglófonos.

Miré la lista por encima. No figuraba ninguna de esas traducciones, ninguno de esos traductores. Supuse entonces que el foco estaría puesto en traducciones ejemplares pero recientes, poco conocidas. Sentí curiosidad. Me gustó la idea de considerar canónicos a traductores vivos y desconocidos, como si viviéramos rodeados de clásicos, como si no pudiéramos sacar el auto sin correr el riesgo de atropellar a una leyenda. Algo, sin embargo, me empezó a inquietar a medida que leía las distintas entradas. Más allá de los cumplidos obligados, intercambiables y quizá adivinatorios (“gran dominio del español”, “muy buen criterio”), de los satisfechos elogios a la docilidad y la invisibilidad (“accesible”, “sin apenas notas”), y hasta las incursiones en el misticismo ucrónico (“la sensación de que Jane Austen habría escrito así de saber nuestro idioma”), poco a poco uno me iba topando con frases como esta, sobre Bilbao-New York-Bilbao: “Que sea Premio Nacional de Narrativa incluso traducido debería ser garantía de calidad de esta conmovedora historia”.

¿Cómo “incluso traducido”? Dejando de lado la enternecedora hipótesis de que un libro debe ser bueno porque ganó un premio nacional, ¿cuál es la idea? ¿“Es tan bueno el libro quese deja leer a pesar de estar traducido”? Toda la lista muestra la misma afición casi atlética a escribir con los pies, a calumniar con una sonrisa perdida lo mismo que dice reivindicar. “Una de las pocas veces en las que la novela negra ha sido traducida sin copiar los giros importados del cine” se lee en otra parte, como quien dijera “Sorprende encontrar una traducción tan poco tilinga”. A veces el elogio es apenas una conjetura: “El español de Orzeszek hace pensar que es posible disfrutar de Kapuściński sin perderse nada del original”. (Me imagino un primer borrador, todavía más borgeano: “que acaso no es imposible disfrutar…”).En otras, el tono ya es directamente perdonavidas: “la traducción de Fernando Gutiérrez [es] quizá algo literal o encorsetada en ocasiones, pero válida”. Si los que redactaron esta lista fueran del Ministerio de Turismo español, con toda probabilidad se les ocurrirían eslóganes como “Visite Sevilla, ni siquiera parece España”, o “Conozca Bilbao: que la haya premiado la Academia Sueca debería ser garantía de calidad, incluso si está llena de vascos”.

Por supuesto, es perfectamente válido sostener que la traducción en sí es un mal necesario, una condena, un castigo. Dios parece opinar lo mismo en el Antiguo Testamento, y mucha gente todavía tiene la mejor opinión de Él. Sin embargo, no sé si es la actitudmás coherente o sagaz para un grupo que dice defender a los traductores, en un artículo que quiere celebrar la traducción y fomentar su lectura. Siento que si ACEtt vendiera jamón y lo publicitara en El País, encontraría la manera de citar el Levítico.

Como fuere, “traducciones canónicas” no podía referirse, como había pensado, a traducciones canonizadas, canonizables, ejemplares. Después de todo, incluía explícitamente hasta las encorsetadas, las apenas válidas, lo peor es nada. ¿Qué podía significar, entonces? Como en la lista aparecen Nabokov, Flaubert, Dante, Homero, Woolf, Austen, por un segundo pensé que “traducciones canónicas”quería decir “traducciones de obras del canon”. Clásicos traducidos, digamos. Volví a leer la lista. De nuevo, algo no cuadraba. Admito que es posible que, dentro de varios siglos, nuestros descendientes se consuelen de su cruel mundo postapocalíptico aprendiendo y recitando de memoria pasajes de Mi padre es mujer de la limpieza, o tallando largas tesis de doctorado en la ladera de alguna montaña sobre Jules, “un cómic de personajes medio chiflados y divertidos”. Pero nada parece indicar que la lista pretenda que esos dos títulos, ni otros similares que también incluye, sean clásicos ni siquiera en potencia.

Miré con más atención. De las veinte obras originales listadas, solo ocho son previas a 1950. Siete son del siglo XXI. Por lo demás, todas las traducciones se publicaron en España y, salvo contadas excepciones,en los últimos años. De los veintiún traductores, dieciocho presentan al menos la mayoría de los síntomas asociados con estar vivo. Todos, salvo Ricardo Pochtar y Celia Filipetto (argentinos, pero que residen en España desde hace mucho), son españoles. Cuando me di cuenta deduje, como sugerí al principio, que tal vez lo de “canónicas”, lo haya aportado de formainconsultay petardera El País.Porque si uno saca el título,esta listase reduceclara y humildemente a una veintena de obras que ciertos miembros anónimos de ACEtt afirman haber disfrutado en algún momento, al parecer a pesar de estar traducidas, y por ellos mismos.

En cualquier caso, es apenas una suposición. Lo que me gustaría es que los autores de la lista salieran a defenderla, o por lo menos a aclarar el misterio. ¿Por qué omitieron olímpicamente toda traducción latinoamericana? ¿Qué quieren decir con “traducciones canónicas”? ¿Quién decidió incluir esas traducciones, quién (o qué) redactó esas entradas? Lo pregunto de pura curiosidad, con ganas de saber. Entretanto, es la ocasión perfecta para ir armando, menos en espíritu de recomendación comercial o de reproche que recopilatorio y enciclopédico, esa enorme obra futura y que todavía falta, un verdadero Diccionario de traducciones al castellano. El título, claro está, puede discutirse.