Mostrando entradas con la etiqueta Paulo Slachevsky. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Paulo Slachevsky. Mostrar todas las entradas

viernes, 18 de abril de 2025

Los libros en Chile: censurar en los hechos la memoria histórica y social,


El siguiente artículo de opinión fue publicado el pasado 5 de abril, en
El Mostrador, de Santiago de Chile, con la firma de Paulo Slachevsky y Silvia Aguilera, los dueños y directores de la editorial LOM, una de las más importantes de Latinoamérica.

Censuras y exclusiones en las bibliotecas públicas 

Con el mes de abril, volvemos a tener un mes entero para celebrar el libro y la lectura, y con él relevamos ese mágico objeto que nos ha acompañado por siglos y que ha contribuido con hacer más ancho y menos ajeno el mundo que nos toca vivir.

El libro fue y sigue siento un acervo vital de nuestra existencia individual y colectiva. Su contenido nos ha hecho más consciente de nuestro recorrido en el tiempo, de que hacemos parte de un todo y estamos indisolublemente ligados a la humanidad.

Sin embargo, en estos tiempos nos preguntamos, ¿qué ha pasado precisamente con “nuestra humanidad”? Múltiples factores podrían esgrimirse para intentar comprenderlo, entre ellos, necesariamente tenemos que volver al libro.

A nivel local, creemos que no es una casualidad que reine la indiferencia y el desconocimiento sobre la historia reciente de Chile, y con ello prolifere la insensibilidad y relativización respecto de la importancia de resguardar los derechos humanos de toda persona.

Tampoco es casual que el miedo, el estado de alerta, la sospecha, la desconfianza en los otros, se transformen en factor central del discurso político trastocando los sentidos básicos de comunidad. Los medios hegemónicos de comunicación como las redes sociales cultivan, y con ello favorecen los discursos de odio, de hacer del otro un posible enemigo.

Por el lado de lo público, particularmente en el ámbito educativo, en vez de contrarrestar tales prácticas con instrumentos que ensanchen la mirada, el conocimiento, la curiosidad y la reflexión, vemos cómo el libro también ha sufrido la marginación, por prácticas de censura o autocensura, facilitando que dichos discursos hostiles se instalen como sentido común.

Desde hace algún tiempo venimos constatando que en las bibliotecas escolares los libros que contribuyen a la reflexión crítica sobre los temas de nuestra sociedad, son marginados de la selección pública. Ya sean estos testimonios, ensayos o literatura, son títulos que no entran en los anaqueles públicos, impidiendo la circulación de la reflexión y creación de sus autores, al mismo tiempo que se niega a las nuevas generaciones la posibilidad de conocer y pasar por el corazón los dolores de la humanidad, los atropellos a la dignidad humana.

En la conmemoración de los 50 años del golpe de Estado, el 11 de septiembre 2023 en la Plaza de la Constitución, el presidente Gabriel Boric retomaba una vez más la promesa del Nunca más: “que nunca más la violencia sustituya nuestra convivencia al debate democrático”, destacando la importancia de la verdad, la justicia y la reparación para el presente y el futuro, “sólo asumiendo las deudas del pasado y sanando realmente esas heridas, cosa que no se puede decretar con una carta al diario o una interpelación a las víctimas, será posible una convivencia en armonía”.

Sin embargo, ese repetido compromiso que hemos venido escuchando de las autoridades durante toda la postdictadura parece nuevamente quedar sin sustento cuando vemos cómo los temas de la memoria y la justicia en torno a los crímenes de lesa humanidad cometidos en los años de la dictadura civil-militar, han sufrido un retroceso en el sentir ciudadano mayoritario, y más todavía en las nuevas generaciones.

Constatamos que estos temas son tratados como un asunto del pasado -un asunto casi privado- que concierne a los familiares y los más próximos de quienes resistieron a la brutal dictadura, y/o fueron sus víctimas. Y agrava la situación, el hecho que parte de las mismas instituciones del Estado responsables ayer de tales crímenes, hoy nuevamente pretenden gozar de impunidad ante las violaciones de derechos humanos cometidas durante la revuelta popular del 2019.

Para avanzar hacia un verdadero “Nunca más”, es básico que los dolores e historias de la tragedia que vivió Chile tras el golpe de Estado pasen por el corazón de las y los ciudadanos de nuestro país, y para ello es importante no dejar que domine la omisión o el silencio, y con ello la ignorancia, la tergiversación, la indiferencia, que finalmente transforma todo en una falta de humanidad ante el dolor, y lesiona gravemente la convivencia democrática.

Un verdadero “Nunca más” tampoco está acotado a las violencias y violación de derechos humanos del pasado, sino que de manera permanente debe interpelar el presente. Más aún, cuando ese Nunca más ha sido un compromiso de Estado, siendo los órganos de este los que deben velar de manera integral y permanente para que dicha frase se haga realidad y se sostenga en el tiempo.

Que las y los jóvenes puedan acceder a obras escritas, audiovisuales o representaciones de teatro en torno a esa memoria latente, y los conflictos de la sociedad actual, posibilitaría entender e integrar de otra manera el entorno y su propia historia, contribuiría a desarrollar una mínima empatía con las alegrías y el sufrimiento de los otros, impidiendo que la insensibilidad y la apatía ante el dolor del prójimo se instale, elementos centrales para hacerle frente a la no repetición de la historia.

En los 35 años de camino editorial, la historia, la memoria, la verdad y la justicia en torno a la dictadura ha estado al centro de nuestro quehacer editorial, y hemos visto la continua exclusión de esos libros de las adquisiciones para las bibliotecas de los Centro de Recurso para el Aprendizaje CRA de la Subsecretaría de Educación (MINEDUC), como también, ocurre frecuentemente con las Bibliotecas Públicas, espacios cada día más encapsulados en una tecnocracia de los rankings.

A través de solicitudes de acceso a la información de la Ley de Transparencia, logramos ver parte los discursos de la exclusión y la censura para los libros en torno a la memoria política y social, y una y otra vez se repite, con observaciones como: “no recomendado. El contenido del texto supera el nivel escolar de Ed. Media. Requiere mediación por tratamiento de temas sensibles y violencia, considerando que los libros para la biblioteca deben estar en estanterías abiertas a los usuarios.” O, “no recomendado. Presenta escenas crudas y violencia que requieren de mediación”.

No deja de ser irónicamente absurdo, en tiempos en que las y los jóvenes son expuestos cotidianamente a una exacerbada violencia en las redes y medios, que los evaluadores del CRA consideren que no pueden exponerse narrativas que hablen de violaciones a los derechos humanos.

Es como si en Europa prohibieran en bibliotecas escolares todo texto relacionado con el nazismo, por ser un temas sensible y violento.

Y cuando algunas obras logran pasar el cedazo de los evaluadores, y esos libros son recomendados, sucede que otros mecanismos “internos” los dejan finalmente fuera de la preselección que se entrega a las y los profesores para que escojan lo que definitivamente se adquiere para las bibliotecas.

Lo mismo ocurre con obras de lo que se considera hoy la narrativa social del Siglo XXI, la Novela Negra, o el género Neopolicial.

Durante el último periodo, las novelas de Ramón Díaz Eterovic, el más reconocido autor del género en nuestro país, se han visto enfrentadas al veredicto: “No recomendado / El contenido del texto no es recomendable para el nivel y la temática requiere de una mediación y diálogo considerando…”.

Así, ante la oportunidad de que a través la ficción se pueda incentivar una reflexión más profunda en torno a la criminalidad o la violencia delictual, potenciando sentidos en torno a la búsqueda de la verdad, la justicia, etc. el CRA decide clausurar la posibilidad de abrir otra entrada al tema y motivar el debate. Y, por defecto, se desentiende de tal responsabilidad, dejando que el discurso sobre la criminalidad y delincuencia de las redes, radio y TV sea el que se instale en las consciencias de las y los alumnos.

Triste pensar que instituciones como el Ministerio de Educación, bajo uno de los gobiernos más progresista, supuestamente, y en pleno siglo XXI, se transformen en guardianes de la “historia oficial”, censurando en los hechos nuestra memoria histórica y social, limitando el acceso a obras que podrían ayudar justamente a revertir la fragmentación de los discursos y sentidos colectivos, y a la construcción de una democracia más consistente.

La práctica de la censura a los libros en bibliotecas, por parte de organizaciones ultra conservadoras, es un fenómeno masivo en Estados Unidos, que se ha acentuado con el triunfo de Trump. Que aquí sean las mismas instituciones que aplican métodos similares para evitar toda polémica o por algún otro motivo, no deja de sorprendernos.

En el ya citado discurso del presidente, este recordaba que “aún en la noche más oscura hubo quienes valientemente lucharon para que no perdiéramos lo que con tanto esfuerzo habíamos avanzado, los que guardaron un pedacito de historia para contarla, los que grabaron un casete y lo pasaron de mano en mano, los que enterraron sus libros”.

Felizmente hoy en Chile no vivimos esa oscuridad a la que refiere el presidente, no obstante, la cultura en general y los libros en particular transitan a la deriva, y los que sugieren memoria incómoda o crítica, lisa y llanamente -con todos los certificados timbrados por la burocracia-, son en su gran mayoría erradicados de las bibliotecas escolares y públicas, silenciados para las nuevas generaciones.

Aun así, seguiremos celebrando la lectura, las lecturas, de esos pedacitos de historias reales y ficticias que nos traen los libros libres, y seguiremos haciendo los esfuerzos necesarios para pasarlos de mano en mano en busca de las y los lectores atentos, que confían en ese instrumento como soporte de diversidad, memoria, reflexión, debate, encuentro, democracia y una mejor humanidad.

jueves, 3 de agosto de 2023

Paulo Slachevsky resume lo que la dictadura le hizo al libro y a los lectores en Chile

LOM es una de las principales editoriales independientes de Latinoamérica. Con más de tres décadas de existencia y un catálogo vivo de 2500 títulos, cumple en Chile, un país donde el libro todavía es un objeto suntuario, un papel fundamental. Su co-fundador es Paulo Slachevsky, quien, con su esposa Silvia Aguilera, ha participado en cuanto foro pueda imaginarse, manteniendo una coherencia ejemplar. En el siguiente artículo, publicado en El Mostrador, el pasado 31 de julio, revisa lo ocurrido en su país tanto con el libro y la lectura durante los cincuenta años transcurridos desde el golpe de Estado de Pinochet. 

El libro y la lectura en Chile a cincuenta años del golpe civil-militar

La cultura, el libro y la lectura no son temas sectoriales, de tercer orden, tienen que ver con el desarrollo del conjunto de la sociedad, con la comunidad país que queremos proyectar, con la posibilidad de hacer y transformar nuestras vidas. Tiene que ver con la posibilidad de romper el cepo del modelo exportador extractivista que nos domina, como también de la desigualdad estructural imperante. Su rol es también neurálgico en la calidad de la democracia que tenemos. Llevamos 50 años en que más que sujetos históricos, el modelo ha promovido ovejas consumidoras, temerosas y acríticas. Eso lo instaló la dictadura y lo mantuvo la postdictadura. Creo que sería tiempo de impulsar un real cambio en la materia.

La fractura que marcó a nuestro país a sangre y fuego aquel 11 de septiembre de 1973, también transformó profundamente el mundo del libro y la relación de gran parte de la población con este objeto y la lectura a largo plazo. Para la historia del libro y la lectura, así como también para el campo editorial, el golpe civil-militar y los años de dictadura implican claramente un quiebre en su continuidad histórica, lo que nos obliga a abordar los periodos separadamente, con un antes y un después del golpe.

La crueldad y brutalidad del golpe, cargada de actos simbólicos, da claramente cuenta que este está intrínsecamente vinculado a las masivas y reiteradas violaciones de derechos humanos de los años de la dictadura, los que constituyen crímenes de lesa humanidad. Para la política y lo social, el bombardeo de La Moneda fue sin duda el acto fundacional de lo que se venía. Un acto desmesurado, que no tenía ninguna relación ni proporción con la defensa que allí ejercía el presidente con el GAP y cercanos. El brutal asesinato de Víctor Jara y los auto de fe cumplían para la cultura un rol similar.

No es casualidad que algunos fotógrafos presenciaran, el 23 de septiembre de 1973, en Diagonal Paraguay esquina Lira, cómo los militares quemaban libros en plena vía pública. Se convocó, se avisó a la prensa. El fotógrafo holandés Koen Wessing, entre otros, captó esas instantáneas del Farenheit de la dictadura.

También se informó del hecho en las páginas internas de El Mercurio y La Tercera, junto a una breve reseña que mencionaba la muerte de Pablo Neruda, se cuenta en “Apagón cultural, el libro bajo dictadura” (Manuel Sepúlveda, Jorge Montealegre, Rafael Chavarría, Asterión, 2017).

En esos días fueron muchos los libros de bibliotecas lanzados al fuego directamente por la represión. La misma suerte sufrieron miles de libros, quemados por sus propios lectores. Como dan cuenta testimonios, en los allanamientos los militares preguntaban por las bibliotecas; cuando las había, por el contenido de estas podían identificar las ideas de quienes habitaban en el domicilio. El terror se impuso por el fuego. El miedo transformó las páginas en combustible para las llamas. Fueron estos actos constitutivos que replicaban, a su modo, cual libreto de una obra de teatro, los crímenes de instalación de los nazis. Primero el incendio del Reichstag, después el autodafé del 10 de mayo de 1933, las ceremonias con antorchas y la instalación de los campos de concentración.

El mismo IVA, tema que cruza el ámbito del libro durante toda la postdictadura, no aparece en cualquier momento. A fines del año 1976, cuando desaparecía el historiador Fernando Ortiz, autor de “La historia del movimiento obrero en Chile”, se decidía aplicar el IVA al libro. No es una casualidad. Ese mismo año, antes de ser asesinado en Washington, Orlando Letelier vinculaba la represión política con la libertad económica para los más privilegiados, como “dos caras de una misma moneda”.

Como señala Naomi Klein en el prólogo al libro Orlando Letelier: el que lo advirtió (Lom ediciones, 2011): “La junta no tenía dos proyectos separados y compartimentados: un visionario experimento de transformación económica y un siniestro sistema de torturas y terror. Había solamente un proyecto en el cual el terror era el instrumento central para la transformación en libre mercado”.

No se trataba sólo de terminar con un gobierno, cabe recordar que adelantaron el golpe para que el presidente Salvador Allende no alcanzara a convocar a un plebiscito el 11 de septiembre. Buscaban aniquilar la voluntad y el nivel organizativo que habían alcanzado en Chile los sectores populares. Y para ello era necesario abolir la difusión de todo pensamiento crítico, terminar abruptamente con el proceso de concientización política que habían alcanzado los sectores obreros y campesinos a lo largo del siglo XX.

Por eso también la censura, la que se instaló a través de diversas vías desde el mismo 11 de septiembre de 1973. Un ejemplo de ello es el Bando número 107 de la jefatura de zona en estado de emergencia de la zona metropolitana del 11 de marzo de 1977, que exigía autorización previa para la “fundación, edición, comercialización, de cualquier forma de nuevos diarios, revistas y periódicos, e impresos en general”, como también para la “importación y comercialización de toda clase de libros, de diarios, revistas e impresos e general”, práctica que siguió hasta el año 1983 a través de un artículo transitorio de la constitución del 80.

Así, el IVA al libro en Chile, la censura, como el cierre de carreras universitarias, de editoriales, librerías, revistas y periódicos, suman a la prisión, tortura, asesinato y exilio de muchas y muchos creadores e intelectuales, profundizando el reino de sangre y fuego que se instala en el país y en el espacio cultural, relegando al libro y a la cultura a los sectores más privilegiados.

Durante los años de dictadura, repetidamente se vieron en la televisión y la prensa las imágenes de los allanamientos donde se agrupaba libros y armas, como pruebas irrefutables de “la subversión”. Ello fue forjando en la práctica, la estigmatización del libro a través de la violencia simbólica, un imaginario que rompió totalmente con la relación que durante la república se había generado entre las y los ciudadanos y el libro, de lo que da cuenta Bernardo Subercaseaux en La historia del libro en Chile (LOM ediciones, 2010). Así, se fue instalando un profundo quiebre en la relación de la ciudadanía con el libro, que hasta la fecha no se ha revertido en los sectores populares.

Entre 1973 y 1990 se mantuvo vivo un espacio relacionado con la edición oficial; en los primeros años de la dictadura, en torno a la Editora Nacional Gabriela Mistral, que dirigió un general retirado, la que de manera muy disminuida buscó emular la hazaña de editorial Quimantú durante la Unidad Popular. El año 1976 la empresa se privatizó, y posteriormente sus máquinas fueron rematadas. También con libros de propaganda y manipulación, como El libro blanco del cambio de gobierno en Chile.

Se mantuvieron igualmente algunas publicaciones en el ámbito universitario, las que tenían un margen de movimiento muy limitado, dominando la censura y la autocensura. Qué más se podía pedir en universidades donde reinaban los rectores delegados. La edición comercial se mantuvo, ya que hoy como ayer, “lo central es el negocio”, aunque la precariedad de todo el ecosistema no le posibilitaba “brillar” como lo hacen hoy las multinacionales del libro. Y, por supuesto, estaba la edición comprometida, o al menos abierta a las voces críticas, muy semejante a lo que hoy llamaríamos la edición independiente.

De los oscuros años 70, después del golpe, no se puede dejar de recordar el trabajo de Pineda Libros, editorial Aconcagua y Nascimento, entre otras. Algunas de ellas tenían ya una significativa trayectoria previa y, a veces, lograron continuidad en la década siguiente.

De la década de los 80, Editorial Sin fronteras, Editorial Cesoc, Editorial Cuarto Propio, Ediciones Pehuén, Editorial Cuatro Vientos, Ediciones Documentas, Ediciones de Obsidiana, Ediciones Manieristas, Mosquito, Pomaire, Galinost, Del Maitén, Ergo Sum, Lar, Cerro Huelén, Tragaluz, Emisión, Ornitorrinco, Minga, entre otras.

La precariedad en la producción, difusión y comercialización, la autocensura y un constante sentimiento de peligro reinante en los ámbitos de oposición a la dictadura, marcaron el quehacer de esos años. Aun así, cada una con su catálogo contribuyó a mantener viva la creación local. Ediciones Ganymedes, por ejemplo, dirigida por David Turkeltaub, entre 1977 y 1987, publicó muchas obras significativas de nuestra literatura, como Mal de amor de Oscar Hahn, obra censurada en su momento; A partir de Manhattan de Enrique Lihn, Sermones y prédicas del Cristo de Elqui de Nicanor Parra, y Virus de Gonzalo Millán.

Para muchas y muchos, el libro fue también un objeto de resistencia. Era cuestión de atreverse a leer en una micro, por ejemplo, tomando la precaución muchas veces de cubrir correctamente las portadas. La sobrecubierta en papel de regalo o Kraft permitía circular con la obra con cierta tranquilidad.

La lectura clandestina fue una práctica común durante todos esos años de terror. Obras prohibidas, o susceptibles de serlo, circulaban así de mano en mano. También los libros servían para transmitir información “encriptada”, ya sea para indicar el lugar de un punto de encuentro de carácter político, o bien un mensaje mayor. Las sobrecubiertas en tapa dura, fueron también lugares posibles donde transportar información sensible, como informes políticos, mensajes clandestinos o microfilms. Pero por más bellas y significativas que son esas prácticas resistentes de lectoras, bibliotecarios, editoras y escritores, ya no tenían la masividad de los años anteriores, ese vínculo había sido cercenado, por lo que había desaparecido la promesa cultural democratizadora que buscaba estar en cada casa y cada rincón del país la posibilidad de ensanchar el mundo y la vida, proyecto cuya máxima expresión fue sin duda editorial Quimantú.

A los 50 años del golpe civil-militar, uno no deja de sorprenderse de cuánto y cómo marcó ese sello de horror y exclusión y de qué manera sigue influyendo en los más diversos ámbitos en esta sociedad chilena del siglo XXI. Así lo vemos en la relación que parte significativa de la ciudadanía tiene con la lectura y el libro.

En la larga postdictadura sin duda hay importantes cambios, como la Ley del Libro de 1993, la multiplicación de bibliotecas, los fondos concursables, la Política Nacional de la Lectura y del Libro desde el 2015, entre otros. También hemos sido testigos de cómo han surgido nuevas generaciones de escritoras y escritores, de ilustradores, así como de editoriales independientes, librerías y ferias.

Sin embargo, en este nuevo escenario no se logró revertir ese brutal corte entre el mundo popular y el libro. La marca de sangre y fuego que dejó instalada en las mentes la dictadura, como el modelo de mercado neoliberal que reina en nuestra sociedad, con significativos procesos de concentración donde domina el colonialismo cultural, no han sido enfrentados con la claridad y energía necesaria para reparar el daño y reconstruir una nueva relación.

Tampoco se ha terminado con las censuras o auto censuras en las bibliotecas públicas y escolares, ni en los programas educativos. La misma tecno-utopía reinante, que por sobre todo valora la conexión digital, relega las prácticas lectoras a un rol secundario, limitando el desarrollo de las capacidades reflexivas, críticas y creativas, dejándonos como país en un rol de receptor y consumidor de la producción intelectual y tecnológica de los países del Norte.

Es evidente que gran parte de la clase política no se interesó en cambiar realmente las cosas: ni la institucionalidad ni el modelo económico; tampoco en hacer justicia y reparación; menos aún tomarse en serio la importancia del quehacer cultural y del libro en particular, ámbitos que fundamentalmente quedaron entregados a las lógicas del mercado.

En la cultura como en el libro, parte significativa de los avances que se han logrado en todos estos años vienen desde abajo, por la presión, por la creatividad, por la tenacidad de las y los actores del ámbito cultural, como la asociación Editoriales de Chile.

Lamentablemente, si eso no se acompaña con cambios en las instituciones, en la educación y en las políticas públicas, difícilmente esas transformaciones se logran instalar con cierta igualdad y densidad en toda la sociedad. Es claramente lo que ocurre con el libro y la lectura.

Es motivo de alegría, no cabe duda, que, en abril de este año, el mismo presidente lanzara en La Moneda la nueva Política Nacional de la Lectura, el Libro y Bibliotecas (PNLLB). Pero si esto no va más allá del gesto simbólico y no se acompaña de una rápida implementación y de una real voluntad política de poner al libro, la lectura y las bibliotecas en un lugar más central en nuestra sociedad, con presupuestos relevantes en educación y cultura articulados con la PNLLB, no habrá impacto significativo, y se seguirán abordando los temas del libro y la lectura como un asunto sectorial.

Nos parece que es tiempo de impulsar una profunda transformación en el quehacer público y ciudadano en torno al libro y la cultura, apostando por una real democracia cultural, donde se trabaje para que todas y todos seamos sujetos culturales, y se potencien las habilidades para la reflexión, el pensamiento crítico y creativo, la capacidad para debatir y asumir que la convivencia societal es posible alentando la discusión y asumiendo las diferencias.

Se hace necesario desactivar ese falso consenso para poner en práctica el disenso que nos permita escuchar y construir en y con la diferencia. Hay que multiplicar y reforzar espacios de encuentro locales y territoriales, así también instancias como el Observatorio del Libro y la Lectura de la Universidad de Chile, y coloquios como el organizado por Letras de Chile, “Literatura y dictadura a 50 años del golpe militar”, abriéndose a reflexionar en torno a estos temas.

Es hora de pensar como país a mediano y largo plazo, salir de la obnubilada dependencia neoliberal como de la domesticación y acomodo con los diktat de la prensa conservadora y del gran empresariado, instigadores de aquel 11 de septiembre y cómplices civiles y activos de los crímenes de la dictadura.

Es fundamental liberarnos del colonialismo cultural y sus multinacionales de la cultura, de la educación y del entretenimiento, que transforma todo en mercancía, margina la producción intelectual propia, bloquea una verdadera apropiación de la producción cultural en los territorios y limita todo el potencial liberador y creador de la cultura y la educación. Hay que revertir las lógicas de isla que hacen que cada acción, medida o política se trabaje de manera aislada, impidiendo todo efecto multiplicador. Se requiere más de una vuelta de tuerca, apostando articuladamente a un proyecto país, con significativas políticas públicas, y a la vez un fuerte impulso del tejido de base en el campo cultural que potencie toda la fuerza creativa de la cultura, del libro y la lectura.

La cultura, el libro y la lectura no son temas sectoriales, de tercer orden, tienen que ver con el desarrollo del conjunto de la sociedad, con la comunidad país que queremos proyectar, con la posibilidad de hacer y transformar nuestras vidas. Tiene que ver con la posibilidad de romper el cepo del modelo exportador extractivista que nos domina, como también de la desigualdad estructural imperante. Su rol es también neurálgico en la calidad de la democracia que tenemos. Llevamos 50 años en que más que sujetos históricos, el modelo ha promovido ovejas consumidoras, temerosas y acríticas. Eso lo instaló la dictadura y lo mantuvo la postdictadura. Creo que sería tiempo de impulsar un real cambio en la materia.

martes, 13 de noviembre de 2018

Las multinacionales boicotearon la Feria Internacional del Libro de Santiago 2018

Acaba de terminar la última Feria Internacional del Libro de Santiago de Chile (FILSA), que este año fue duramente boicoteada por las multinacionales, hasta ahora, dueñas y señoras del espacio donde todos los años se venía realizando desde siempre. Así, la FILSA, claramente disminuida no contó con todos los expositores posibles, sino con apenas con aquéllos que decidieron confiar en que la vieja Estación Mapocho, sede de la feria, fuera un lugar más democrático. El resultado es que, a pesar de algunas ausencias destacadas entre las editoriales independientes, el evento mostró a un Chile más real, con menos materiales de rezago de esos que España les encaja a sus filiales latinoamericanas.

En la bajada de la nota se lee: “Una vez más las multinacionales, en su afán constante de poder absoluto, de tener el control de todo, de lucrar más y de manera rápida, juegan el rol de destructores del ecosistema en el cual viven. La historia la conocemos, y una y otra vez la repetimos, pero nunca es tarde para despabilarnos y activar las solidaridades que ayuden a resistir el dominio del dinero, como dice el sociólogo Pierre Bourdieu al describir el campo cultural y editorial como ese espacio en continua tensión entre el polo comercial y el polo del arte.”.

Con firma del combativo Paulo Slachevsky (foto), director general de la editorial chilena LOM, fue publicada de manera digital por El Mostrador, del 7 de noviembre pasado.





Las multinacionales de los libros:
la rana y el escorpión que muerde a Filsa 2018

Por su extensión, la nota completa puede leerse en https://www.elmostrador.cl/noticias/opinion/columnas/2018/11/07/las-multinacionales-de-los-libros-la-rana-y-el-escorpion-que-muerde-a-filsa-2018/

miércoles, 15 de agosto de 2018

Paulo Slachevsky dice cuatro verdades sobre la actitud de la Corporación del Libro y la Lectura de Chile y sus manejos ante la Feria Internacional del Libro de Santiago


Paulo Slachevsky, director y cofundador con Silvia Aguilera de Lom Ediciones, de Chile, publicó el 7 de agosto pasado, en eldesconcierto.cl el siguiente texto, referido a la situación generada por la Corporación del Libro y la Lectura , que afecta la realización de la Feria Internacional del Libro de Santiago (FILSA).

Para que los lectores no chilenos comprendan los términos de la nota, la Cámara Chilena del Libro es una asociación gremial compuesta por 79 socios (a marzo de 2016) provenientes de empresas editoriales, distribuidoras de libros y librerías (ver lista completa en: https://camaradellibro.cl/socios/listado-de-socios/).

Por su parte, la Corporación del Libro y la Lectura, separada de la anterior en 2015, constituye un grupo de casas editoriales –fundamentalmente multinacionales españolas y cadenas de librerías– que, por su poderío económico y su fuerza de lobby, hasta ahora hizo lo que quiso en desmedro de la producción local. La lista de sus socios puede consultarse aquí: https://libroylectura.cl/socios/

Finalmente, el resto de los editores chilenos se nuclean en dos importantes grupos: por un lado, Editores de Chile, una asociación gremial que reúne a editoriales independientes, universitarias y autónomas (ver lista en http://editoresdechile.cl/editoriales-asociadas/); por otro, en la Cooperativa de Editores de la Furia (sus miembros son: http://editoresdelafuria.cl/content/4-nosotros). Unos y otros constituyen, por lejos, lo mejor que sucede del otro lado de la cordillera términos de edición.
 
FILSA, las cartas sobre la mesa

A través de una carta dirigida al presidente de la Cámara Chilena del Libro y a la ministra de Cultura, la Corporación del Libro y la Lectura informó que sus socios no participarán este año en la Feria Internacional del Libro de Santiago, Filsa. Desde entonces se han multiplicado los artículos y opiniones en la prensa, que atizan las antiguas y siempre nuevas tensiones en el sector del libro. La declaración que hace detonar el conflicto expresa las buenas intenciones de sus actores en favor del libro, la lectura y la igualdad: “Una muestra anual y mayor del libro debe representar a todos quienes la componen, a los cuatro referentes gremiales del libro existentes hoy en Chile, y en igualdad de condiciones. Que esta debe ser una fiesta cultural atrayente, que ponga la atención de los ciudadanos en la importancia del libro y la lectura, sin limitaciones de acceso, sin fines de lucro…”, señala la misiva de la Corporación, fechada el 1 de agosto. Nadie puede negar que son bonitas las palabras que motivan la renuncia, sin embargo más de algo no funciona en esta composición: lo primero, es que a menos de tres meses de la inauguración del certamen ellos tomen tal decisión… Cuesta creer en tan pulcras intenciones.

Cabe recordar que quienes conforman hoy la Corporación del Libro son los que por décadas hicieron parte y dirigieron la Cámara del Libro junto a los que aún permanecen en dicha asociación, organizadora de la Filsa. Son los mismos que instalaron y naturalizaron, repitiendo hasta la saciedad, un modelo de Filsa tipo mall, sustentado en el privilegio de unos pocos y el lucro, como primer fin, que se expresaba en: un alto costo de la entrada para el público; una programación cultural tipo matinal de TV; el elevado cobro por stand que se ha configurado en una real barrera de entrada para los editores medianos y pequeños; la distribución del espacio tipo apartheid, donde las multinacionales dominaron toda la nave central, relegando a la edición local e independiente a los márgenes; así como la venta de saldos de bodegas acumulados por estos últimos grupos. A la luz de estos hechos, tanta manifestación de altruismo es algo que a simple vista no deja de despertar sospechas.

El lucido sociólogo francés Pierre Bourdieu estableció un interesante instrumento de análisis del mundo del libro al instalar el concepto del campo editorial, el que, al igual que el campo artístico en general, se estructura en base a «la oposición entre el arte y el dinero, nacida en el siglo XIX cuando se autonomiza el campo intelectual». En su artículo del año 1999, Una revolución conservadora en la edición, señala: «Como el libro es un objeto con doble cara, económica y simbólica, mercancía y significación a la vez, el editor es también un personaje doble, que debe saber conciliar el arte y el dinero, inclinándose hacia uno u otro polo, realizando una combinación más o menos lograda de estos dos elementos tan irreconciliables, sociológicamente, como el agua y el fuego, el amor por el arte y el amor mercenario del dinero». El análisis de Bourdieu sobre el campo editorial francés da cuenta de cómo a través del tiempo se ha acrecentado la influencia de las presiones económicas y del polo comercial, imponiendo una revolución conservadora en el sector: el triunfo de un «universal comercial que se opone diametralmente, tanto por su génesis social como por su calidad literaria, al universal literario».

Aplicar este modelo de análisis a nuestra realidad ayuda a poner las cartas sobre la mesa y a entender qué está en juego. Los cuatro referentes gremiales expresan claramente los polos del campo editorial chileno. El polo comercial está dominando por la Corporación del Libro, el de las “grandes editoriales” como lo denomina la prensa, que representan fundamentalmente al gran capital editorial: un par de grupos transnacionales que se han concentrado fagocitándose entre sí, junto a algunos actores locales que siempre se han sentido más cómodos a su lado. Le sigue en ese polo la Cámara Chilena del Libro, donde permanecen algunas editoriales de diferente tipo junto a distribuidores y algunas librerías, organización que está bastante debilitada y desacreditada, producto de la falta de iniciativa y de sus propias prácticas. Del otro lado está gran parte de la edición chilena, conformada por editoriales independientes y universitarias: Editores de Chile, Asociación Gremial de Editores Independientes y Universitarios; y la Cooperativa de Editores de la Furia; ambas reúnen a más de cien editoriales. Este sería el polo de la cultura, la clara expresión de la bibliodiversidad, que asume y defiende la Convención Internacional para la protección y promoción de la diversidad de las expresiones culturales de Unesco en el ámbito del libro.

Es entendible que hoy la Corporación no soporte haber dejado de ser el amo y señor de la principal feria del libro en Chile. Por su naturaleza misma, estos conglomerados buscan dominar, dirigir y copar el mercado. No ser parte, o más bien dueños, del negocio de la feria atenta contra su naturaleza. A ello se suman las clásicas enemistades y rencillas personales entre quienes por largos años fueron socios en el quehacer de la Cámara. El intento por parte de la Corporación de apropiarse de la marca Filsa fue una clara expresión de la disputa, que los llevó incluso a enfrentarse en tribunales, desde donde no salieron muy bien parados luego del frustrado y poco digno empeño. También está presente el clasismo, tan propio de nuestra sociedad chilena. Que libreros y distribuidores, entre ellos los de San Diego, formen parte de la organización de Filsa, les debe ser algo incómodo, o mejor, intolerable: “los lectores y el país no se merecen una feria internacional del libro desmedrada e improvisada, menos si en su organización están excluidos los editores”. ¡Qué falta de clase, por favor!

Por último, y no menos importante, es cómo se ha leído y valorado esta sustracción a participar, o ausencia de la Corporación en Filsa, que nos devuelve un buen reflejo de nuestro “malinchismo” inherente. En el mundo del libro, este apego a lo extranjero, menospreciando la producción propia, es pan de cada día, porque ha colonizado las mediaciones públicas del libro: desde la valoración que hacen buena parte de los periodistas y editores de prensa en los esmirriados artículos y críticas literarias, hasta quienes deciden los libros que se compran para bibliotecas escolares del Ministerio de Educación, donde año tras año se denigra la edición local. Por supuesto, esta colonización también ha tocado a muchos autores, quienes ven una consagración el ser editados por una transnacional: luce como una brillantina de éxito globalizado. Por lo demás, claro está, les asegura prensa express, vitrinas en librerías, mayores ventas y entrada al establishment literario y cultural del país. Así las cosas, y por las alarmantes reacciones que se leen en la prensa, pareciera que sin la presencia de estos grandes grupos se hiciera la noche en el mundo editorial chileno y no fuera posible la existencia de una Filsa con otra cultura organizacional. Pero como podemos ver, razones no faltan para intentar comprender este quiebre, más allá de las bellas pero poco consistentes palabras de sus detractores.

Podemos pensar en esta crisis como una oportunidad para abordar de una vez por todas, de manera seria y responsable, qué queremos hacer del mayor evento del libro de Chile. Claro está que nos falta mucho para que Filsa sea una verdadera fiesta de la cultura y del libro –como lo son, en formato y aspiraciones más modestas, la Furia del Libro y la Primavera del Libro–; el modelo que hemos conocido, y que se reproduce a sí mismo cada año, lleva tiempo mostrando signos de franco deterioro. Hace años también que se han presentado propuestas, y claro está que hoy se hacen urgentes los cambios de forma y fondo, por lo que es hora de que el protocolo de acuerdo entre las cuatro asociaciones firmado en años anteriores logre dar pasos sustantivos en la construcción de un modelo diferente de gestión participativa, donde Filsa deje de ser fundamentalmente un negocio para sus organizadores.

Bienvenidos los que desean sumarse a la construcción de espacios diversos, inclusivos y participativos, poniendo el interés colectivo como horizonte. En tiempos de luchas feministas hay mucho que aprender; entre otras cosas, que a veces hay que saber callar, lo que significa volver al silencio para reflexionar y desprenderse de las lógicas del dominador. Este ejercicio nos ayudará también a enfrentar de manera diferente los múltiples desafíos del mundo del libro, que van más allá de Filsa, y donde es necesaria la participación de todos para avanzar en la construcción de un ecosistema diverso, con equilibrios básicos, para que el libro recupere su base cultural, educativa y liberadora por sobre el carácter comercial. Chile necesita potenciarse como país creador y productor a nivel intelectual, para no seguir condenados a una economía desigual y de exportador primario: a ello aspira la Política Nacional de la Lectura y el Libro.

lunes, 9 de noviembre de 2015

"Palabras mágicas, asépticas, limpias e higiénicas"



Por ideología y por catálogo, la editorial chilena LOM cumple en su país un papel semejante al que el Centro Editor de América Latina cumplió en la Argentina: se trata de libros de calidad vendidos a precios populares, con la voluntad de dejar una impronta en los lectores de Chile. Ocupa así un curioso lugar entre las editoriales independientes de Latinoamérica ya que, con un catálogo vivo de más de 1500 títulos, una gigantesca cadena de distribución, imprenta propia y unos 12 títulos mensuales, compite, desde hace veinticinco años, seriamente y en todos los campos, con las multinacionales españolas. Sin embargo, por ideología y por catálogo, no goza de la atención debida en los medios de comunicación que, sistemáticamente, pasan por alto sus novedades, creando una suerte de censura encubierta y por ello aun más desleal que la que históricamente conocen todos los emprendimientos que se animan a imaginar un mundo diferente. Acaso hartos de esta situación, Paulo Slachevsky y Silvia Aguilera, sus propietarios y directores, publicaron el día 6 de noviembre la siguiente columna de opinión en El Mostrador, publicación digital trasandina.

La censura del mercado:
nueva cara de una práctica inquisitorial

Vestidos de túnica primero, de sotana, de uniforme militar o de gris funcionario después, la figura del censor muchas veces ha estado marcada por el sello del terror. Una y otra vez han aparecido estos personajes a lo largo de la historia, restringiendo la libertad de pensar, de criticar o disentir. Una y otra vez han decretado prohibiciones y clausuras; y los más obcecados, con diversos y siniestros métodos han llevado a prisión, han castigado y torturado a quienes no siguen las normas imperantes o el dogma. La defensa de la libertad de prensa y de expresión nace justamente en oposición al dominio de la censura religiosa, moral, política y cultural en las sociedades

Podemos alegrarnos de que en nuestro tiempo la censura, que sigue siendo regla en muchos países y comunidades, esté –en general– claramente marcada por la impopularidad, por lo que en el mundo occidental la caricatura del gris censor que ejerce la censura previa en periódicos o películas es cada vez más minoritaria. Sin embargo la censura, como muchas cosas en nuestras sociedades, también cambia de cara o disfraz, y la parodia ha silenciado una nueva cara de este mal; del Índice de los libros prohibidos de la Inquisición a los bandos militares o decretos de la dictadura, que hacían explícita prohibición de publicaciones, textos e imágenes, la censura ha encontrado otros caminos no menos perversos y efectivos, cuya alfombra roja ha sido instalada por el mercado.

Así, del oscuro personaje que tras las bambalinas tachaba y suprimía, hoy nos encontramos con empresarios, gerentes comerciales, ejecutivos de la web, periodistas, editores o directores de medios de comunicación y editoriales, que “luminosamente” vestidos, simplemente aplican el “no vende”. Palabras mágicas, asépticas, limpias e higiénicas que “desinfectan” las librerías, radios, salas de cine y periódicos de aquello que no entra en la norma del modelo o en los gustos de este censor del siglo XXI. Con el poder de los estudios de mercado, ratings o rankings, se aplica el no vende y sus múltiples variantes, no dejando ámbito que no sea tocado y, como en su época de gloria, la censura sigue ejerciendo un brutal poder excluyente en nuestras sociedades y países con los métodos más diversos e inocuos. En el fondo, da lo mismo que el dictamen de la muerte comercial –lo censurado– tenga o no sustento, el juicio impone una realidad y difícilmente se va a vender aquello de lo que no se habla o no se exhibe.

Irónicamente, la propiedad intelectual y los derechos de autor juegan un rol no menor en esta nueva fase de gloria y majestad de la censura de este tiempo. Son muchas las obras que no se publican o tienen fragmentos y/o imágenes suprimidos porque no cuentan con los derechos o autorización para ello. Son muchas las traducciones silenciadas porque otro editor de la lengua cuenta con el derecho exclusivo de publicación. ¿Por qué estamos obligados a acceder a una sola versión del Kaddish de Ginsberg, por ejemplo, y tener que pagar US$26 por ello, cuándo una edición local costaría menos de la mitad?

Son múltiples los vericuetos que abarcan los campos de la censura, y en ellos no dejan de entremezclarse diversas motivaciones en su aplicación, desde los más puristas principios de mercado hasta la censura ideológica disfrazada de rentabilidad económica, pasando por las animadversiones personales o la invisibilidad de todo lo que no haga parte de las redes de amistad o intereses comerciales. Un ejemplo de ello es la marginación de la crítica e información a quienes no son clientes de la parrilla publicitaria del medio de comunicación.

Pero cualquiera sea la forma que adopte la censura, sus efectos y costos para la diversidad, la libertad, la creación, son altas. Como señala Georges Steiner, “la censura de mercado” afecta intensamente todo aquello que “es difícil e innovador, …intelectual y estéticamente exigente”, dando cuenta de que “el patrocinio de los medios de masas y el libre mercado, el oportunismo distributivo del consumo de masas, podrían ser más nocivos para el arte y el pensamiento que la censura de los regímenes del pasado”.

Una y otra vez, hemos enfrentado las censuras; hoy no es posible callar y quedar indiferentes ante esta nueva expresión que coarta el derecho al acceso a la cultura y la información. En el ámbito cultural, la defensa y fomento de la diversidad cultural le hace frente, potenciando espacios que hagan posible la creación, producción y difusión de las más diversas expresiones culturales del mundo. Se suman a ello las batallas contra la concentración de la producción cultural e informativa en manos de las multinacionales de la industria del entretenimiento y de los grandes grupos de las comunicaciones, bastiones de la censura de mercado. En estas y otras áreas, es necesario impedir que sus prácticas se naturalicen, enfrentando y develando los engranajes y las complicidades que permiten su funcionamiento.

Parafraseando un dicho de la sabiduría popular: aunque la censura se vista de seda, censura queda.

lunes, 14 de julio de 2014

Del otro lado de la cordillera (6)

El moderador Paulo Slachevsky, director de la editorial LOM
La segunda mesa redonda de "Diagnóstico, posibilidades y perspectivas de la traducción literaria en Chile" estuvo conformada por Armando Roa Vial, Cristobal Joannon y Oscar Luis Molina, tres conocidos traductores chilenos y, en el caso de los dos últimos, también editores. La moderación de esa mesa, preentada como "Traducción literaria en Chile. Un pasado olvidado y un presente en deuda", estuvo a cargo de Paulo Slachevsky, director de la editorial LOM. Se reproducen, a continuación, el texto de inicio del moderador y un fragmento de la intervención de Roa Vial.

Traducción literaria en Chile.
Un pasado olvidado y un presente en deuda

El título de la mesa que nos reúne da bien cuenta del camino y desafíos de la traducción  en Chile.

Un pasado olvidado. En nuestro país se realizaron y publicaron muchas traducciones entre los años 30 el golpe. Zigzag, Nascimento y Ercilla jugaron un rol clave en ello. Los libros traducidos entonces circulaban por Hispanoamérica. Años atrás, cuando visitaron Chile Jose Emilio Pacheco y Sergio Pitol, recordaban que cuando niños leían en México los libros chilenos. Destaco en esos años la presencia de refugiados de la guerra civil española  y del intelectual peruano Luis Alberto Sanchez que dirigió Ercilla.  Durante la Unidad Popular, Quimantu las masificó. El golpe puso un abrupto fin a ese periodo.

Un presente en deuda. Sin duda que en estos años, hay un renacer en el ámbito  de la traducción. Con traductores y editoriales, particularmente las independientes y universitarias, que buscan reimpulsar este que hacer. Pero aún falta mucho por hacer. Existe clara conciencia de que no es posible pensar una industria nacional del libro consolidada sin un impulso significativo de la traducción en el país. En Chile, con 6045 títulos nuevos según el ISBN del año 2012, apenas se editaron 255 traducciones, solo 131 al español, 3 al mapudungun. 4,2% del total de publicaciones son traducciones, y apenas 2,2% a lenguas locales. Se traduce menos que en los países de la lengua central del sistema internacional de traducciones, Estados Unidos de Norteamérica e Inglaterra, que se destacan justamente por dejar un menor lugar a la traducción, donde estas representan menos de un 5 % del total de las publicaciones.

El castellano ya es en sí un idioma semi periférico en este sistema, el que se caracteriza por ser fuertemente jerarquizado y con una estructura centro periferia como da cuenta Johan Heilbron en su artículo “el sistema mundial de traducciones” (en “les contradictions de la globalisation editoriale” sous la direction de Gisele Sapiro. Nouveau Monde editions, Paris, 2009).  En países semi periféricos normalmente las traducciones representan  más del 15% del total de las publicaciones. En tal sentido, por el dominio de la lógica colonial en nuestros países, vivimos una doble periferia, la del español en el sistema internacional, y la de Chile, dentro de la lengua, realidad que comparten muchos de los países del continente frente a España.

Sin una clara conciencia del rol de la traducción en el fortalecimiento de las industrias nacionales del libro, y estrategias para impulsar este que hacer, difícilmente cambiaremos la realidad del dominio de España en la industria de la lengua, con todo el costo que ello tiene a nivel de la creación en la palabra escrita y de la diversidad cultural que aporta este que hacer.

Son en tal sentido múltiples los desafíos que tenemos en la región, para lo cual una acción mancomunada de traductores, editores junto al Consejo Nacional del Libro y la Lectura, puede sentar las bases de otra realidad, apostando creativamente en proyectos más comunitarios y creativos como son las coediciones con traducciones y la compra de derechos compartidos, junto a políticas públicas que fomenten este que hacer hacia el castellano y desde el castellano. Nos corresponde descentrar la periferia y a la vez, pensando desde Latinoamérica,  colaborar en multiplicar los “centros” periféricos.

También es necesario, poner en cuestión desde el mundo de la traducción la sacralización del derecho a propiedad y la excesiva criminalización en les leyes de propiedad intelectual y derechos de autor, en particular la lógica de la exclusividad, que posibilita en general la circulación de solo una traducción de las obras contemporáneas. Siendo la traducción también una obra, no es posible que se autorice solo una versión de un poemario.

Para profundizar estos y otros temas en relación a la realidad de la traducción en Chile, tenemos el gusto de poder compartir con tres destacadas figuras de este que hacer, todos traductores y ensayistas: Cristóbal Joannon; Armando Roa Vial y Oscar Luis Molina quien sin duda ha jugado un rol de maestro en la materia.


FOTO: Paulo Slachevsky - De izq. a der., Roa Vial,  Molina y Joanon
Un fragmento de la intervención de Roa Vial

Ezra Pound no se equivocaba cuando afirmaba que las grandes épocas de la literatura correspondían a grandes épocas de traducción. Muchos textos seminales de nuestra cultura son traducciones y, sin lugar a dudas, la presencia de éstas ha sido fundamental para la circulación de las ideas y para articular diálogos que han enriquecido diversas tradiciones autóctonas. La traducción, lejos de ser un ejercicio derivativo, es un género con credenciales propias, que vincula la literatura a la noción de obra abierta, inacabada, susceptible de infinitas relecturas y reescrituras. En Chile el trabajo traductoril irrumpe desde los albores de la república con las versiones que Camilo Henríquez hiciera de textos de Milton, y se sostiene luego con figuras tan relevantes como Andrés Bello y sus traducciones de Victor Hugo; ya en el siglo XX la importancia de la traducción es plenamente asumida por nuestros poetas más importantes, como Neruda o Huidobro, iniciándose un trabajo sistemático que va a continuar con Nicanor Parra, Armando Uribe y Jorge Teillier hasta nuestros días. Este trabajo, a pesar de su relieve, se debe abrir paso silenciosamente y sorteando diversas dificultades. A las ya consabidas restricciones que significa la ausencia de una cultura del libro y del fomento lector, se añade en Chile un paupérrimo nivel de comprensión de lectura. Los estímulos a la traducción son nulos y urge tomar cartas en el asunto. Por lo pronto debería implementarse un sistema de recursos públicos destinados a incentivar la traducción y, también, las editoriales deberían ampliar sus fondos con colecciones que facilitaran el cultivo del género 


miércoles, 19 de mayo de 2010

Una encuesta para editores (I) Djament/ Slachevsky/ Sesé

Entre el 24 de marzo y el 5 de abril de presente año, el Club de Traductores Literarios de Buenos Aires realizó una encuesta entre 29 escritores de lengua castellana procedentes de la Argentina, Colombia, Chile, España, México, Perú, Venezuela y Uruguay, preguntándoles por sus puntos de vista a la hora de juzgar una traducción.

Con el mismo espíritu, pero tratando en esta oportunidad de que los traductores puedan leer y acaso comprender las razones de los editores para poder discutirlas, comienza hoy otra encuesta. Se trata de tres preguntas, formuladas a editores de editoriales que traducen y que, en consecuencia, tratan con traductores y traducciones. Quienes responden son propietarios de sellos, editores generales, editores rasos y responsables del departamento de traducción. Se ha buscado representar el mayor espectro posible para cada país, por lo que la encuesta les fue enviada tanto a las grandes empresas multinacionales como a las medianas y pequeñas editoriales. Por muy diversas razones –algunas confesadas y otras no–, el porcentaje de quienes respondieron es relativamente bajo. Alcanza, no obstante, para fijar tendencias, conocer usos y costumbres, y saber en algunos casos cuánto se paga y por qué. Es esperable, entonces, que esos datos ayuden a fomentar un diálogo y, llegado el caso, a acercar posiciones.

El Administrador de este blog quiere dejar constancia de la ayuda prestada para la realización de este trabajo por Gabriela Adamo (Argentina), Ramón Cote (Colombia), Juan Gabriel López Guix y Andrés Ehrenhaus (España), Pedro Serrano (México) y Gustavo Valle (Venezuela)

Tres preguntas para una encuesta

1. ¿Cómo elige a sus traductores? ¿Cuáles son los criterios de selección?

2. ¿En base a qué cálculo se les paga? ¿Le parece que la remuneración que estos reciben es justa?

3. ¿En qué medida la edición posterior considera a los lectores de uno y otro lado del océano?


Eterna Cadencia
Leonora Djament
Cargo que ocupa: directora editorial desde 2007.
Experiencia profesional: 15 años en el sector; previamente trabajo en Alfaguara y fue directora editorial de la filial argentina de Norma.

1) Intentamos elegir un traductor particular para cada libro. No es lo mismo traducir los libros de ensayo de nuestra colección de música (pronta a salir) que un libro de literatura alemana reciente o un libro de filosofía analítica. El traductor debe poder nadar más o menos cómodamente en las aguas que le toque y, ojalá, tener cierta afinidad o interés en el tema. Muchas veces, son los propios traductores los que proponen libros a ser traducidos y, en ese caso, el entusiasmo por el libro está casi asegurado.

2) La remuneración de los traductores no es justa como no es del todo justa la paga de ninguno de las personas involucradas en el hacer de un libro (por no hablar de otras actividades). Las tarifas de traducción se calculan en base a un tarifario calculado por millar de palabras, que se actualiza cuando es necesario, que es más o menos el que se usa en el sector editorial en este momento, y que varía dependiendo de la dificultad, extensión y otros aspectos de cada libro.

3) Los lectores de ambos lados del Atlántico son tenidos en cuenta en todo momento: desde la compra de los derechos del libro, en el momento de la traducción y en el momento de la edición posterior. Se trata en cada caso, siempre pensado de manera absolutamente particular, de encontrar un tono, un ritmo, un vocabulario, que imite, que mime, al del original y que a su vez contemple las posibilidades de comprensión -o de extrañamiento- en cada uno de los países de habla hispana. Esto siempre recordando que lo que se traduce está traducido, es lengua traducida y eso no debe olvidarse. Hay como un resto que tiene que quedar siempre como resto.


LOM Ediciones
Paulo Slachevsky

Cargo que ocupa: director editorial desde 1990.

1) Como criterios de selecciones buscamos que maneje la disciplina o temática, o mejor aún, que conozca la obra del autor que ha de traducir..Los mecanismos de contacto han sido fundamentalmente la selección de a- personas cercana al equipo editorial, b- traductor que se ha acercado a la editorial, c) recomendación del autor para la traducción de su texto.

2) Nos parece que la traducción es una labor que no se paga correctamente, sobre todo considerando la dedicación y capacidades necesarias para realizarlo correctamente. Pero ello se vincula con la realidad del mundo del libro, el país en que traduce, el contexto. Si uno considera que por la traducción en general se reserva el 3 o 4% de los derechos de autor, y las ventas de parte importante de los libros traducidos por editoriales independientes está por debajo de los mil ejemplares, el traductor recibe mucho mas de ese porcentaje y muchas veces más que el mismo autor. En ese sentido, es muy difícil encontrar por la vía de la publicación del libro el financiamiento al trabajo el traductor, limitando las posibilidades de traducciones y el justo pago. La base de calculo que hemos usado nosotros se construyo a través de consultas a editoriales similares en otros países de cuánto y cómo pagan ( México, Argentina, Uruguay y España) y se llego a una valor por carácter. También usamos como referencia una escala de valores que acordaron traductores y editores en Alemania.

3) Se busca que sea un español lo más universal posible; es decir, hay estar muy consciente de los localismos y evitarlos.


Ediciones Destino
Silvia Sesé
Cargo que ocupa: editora a cargo del programa de ficción de Ediciones Destino desde marzo de 2007.
Experiencia profesional: anteriormente había sido responsable editorial de Círculo de Lectores.

1) Normalmente, los que elegimos son traductores con los que llevamos un tiempo trabajando, así que conocemos bien metodología y nivel. En el caso de nuevos traductores, solemos pedir una prueba de traducción de unas diez páginas, y por supuesto, valoramos los trabajos anteriores.

2) Tenemos tarifas que varían levemente dependiendo de las lenguas, por un tema de oferta. La tarifa habitual va de 10 a 12 euros la página de 2100 espacios. Desde mi punto de vista, el trabajo del traductor literario es esencial y decisivo, y lamentablemente, en muchísimos casos, el esfuerzo y la formación que exige una buena traducción no puede pagarse.

3) Intentamos evitar los términos que pueden generar confusión en Latinoamérica. De todos modos, nuestros colegas en México, Argentina, Chile, Colombia, etc., hacen una revisión del texto ya que imprimen allí