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jueves, 8 de abril de 2021

Olivia de Miguel y su traducción de los "Diarios completos", de Virigina Woolf

El 31 de agosto de 2020, Anna María Iglesia entrevistó a la traductora española Olivia de Miguel (foto), quien se encuentra abocada a la titánica tarea de traducir los Diarios completos de Virgina Woolf. El resultado de esa charla, que se reproduce a continuación, fue originariamente publicado en The Objective.


“Lejos de ese tópico de fragilidad y locura, Virginia Woolf era de una fortaleza extraordinaria”

Desde hace tres años, la traductora Olivia de Miguel está inmersa en la titánica labor de traducir los Diarios completos de Virginia Woolf que, por primera vez, se editan en castellano de la mano de la editorial Tres Hermanas. Este 2020 y, tras el parón obligado a causa de la pandemia, llega el tercer de los cinco volúmenes en los que, en su día, Anne Olivier Bell agrupó los diarios que la autora de Al faro dejó como legado.

–Con este ya son tres los volúmenes publicados de los diarios de Virginia Woolf, que no se habían publicado en español en toda su extensión hasta ahora.
–Efectivamente. Los manuscritos completos de los Diarios de Virginia Woolf están en la biblioteca pública de Nueva York desde 1979. Se trata de treinta cuadernos que ella salvó del bombardeo de su casa de Londres en 1940. Todo este material ha sido editado en más de una ocasión por sus herederos, empezando por Leonard Woolf que publicó Diario de una escritora y terminando por Anne Olivier Bell, mujer de su sobrino Quentin Bell, que editó y publicó los diarios en 5 volúmenes con un espléndido aparato de notas. Estos 5 volúmenes se publicaron entre 1976 y 1985 y son los que actualmente yo estoy traduciendo y editando para la editorial Tres Hermanas y su valiente editora Cristina Pineda. Empezamos hace tres años con el primer volumen, este mes de julio acaba de aparecer el tercero –y ya he comenzado con el cuarto. Si todo va bien, en 2022 los Diarios Completos de Virginia Woolf estarán disponibles por primera vez en el mercado editorial español.

–Desde el primer diario, de 1915, hasta el de 1930, que cierra este tercer volumen, ¿qué cambios percibimos en Virginia Woolf?
–Ante todo, diría que, a medida que pasa el tiempo, los Diarios son cada vez más ricos e interesantes en los datos, las reflexiones sobre la literatura y la vida y los juicios que nos ofrece de sus contemporáneos. En el primer volumen que contiene los diarios que van de 1915 a 1919 encontramos a una Virginia Woolf muy joven, con una actividad literaria incipiente y con muchas inseguridades. Es ya un personaje interesante, pero todavía no se ha convertido en la escritora que todos conocemos. En el segundo y tercer volumen asistimos a una clara evolución de su personalidad como mujer y vemos de qué manera va creciendo en madurez como escritora y consolidando su prestigio: aumentan los proyectos en los que está inmersa y su círculo social es cada vez más amplio. A todo esto, creo que es esencial decir que los Diarios rompen con esa imagen que muchas veces se nos ha proyectado a veces a través del cine, con películas como Las horas, de una mujer algo loca, ensimismada y obsesiva, rara y extravagante. Esos no son los rasgos dominantes de su personalidad que aparecen en los Diarios, sino todo lo contrario. Los Diarios nos presentan a una mujer con una capacidad de trabajo extraordinaria: publica innumerables artículos y reseñas en los periódicos más importantes de Inglaterra y Estados Unidos, trabaja en sus libros, lee manuscritos, aprende el oficio de editora, decide qué se publica en la Hogarth Press, asiste a conciertos y al teatro, estudia ruso, griego, francés e italiano, conoce las plantas y los insectos, tiene una vida social intensa y da charlas y conferencias; además, tiene una vida social muy intensa, se preocupa por el dinero, por el servicio doméstico, tiene conflictos con la ropa, a veces se gusta y otras veces, no…Los Diarios nos devuelven el retrato de a una mujer que, lejos de ese tópico de fragilidad y locura, es de una fortaleza extraordinaria.

–De hecho, en el diario de 1925 se observa perfectamente su preocupación por las ganancias y por las ventas de los libros.
–Cierto. No es para nada una mujer encerrada en su torre de marfil, como se nos ha dicho, sino que es alguien que tiene los pies en la tierra, está plenamente insertada en la realidad cotidiana. Y, como dices, se preocupa de cómo pagar las facturas, de cuánto le van a pagar por los artículos, cuántos libros va a vender y cómo esas ventas le servirán, por ejemplo, de algo tan pedestre como instalar un cuarto de baño en su casa de Rodmell.

–Como, sin embargo, se la representado muchas veces.
–Tenía sus crisis de salud puntualmente, durante las cuales lo pasaba realmente mal, llegando incluso a tener alucinaciones. Hoy se dice que sufría un trastorno bipolar, pero, independientemente de esto, lo cierto es que pasa periodos muy dolorosos por lo que a la salud se refiere, aunque sean periodos puntuales. Evidentemente, cuando no se encontraba bien, se retiraba y se aislaba, pero, por lo general, era una mujer muy activa, en permanente contacto con muchos de los grandes escritores de su época como Yeats, T. S. Eliot, Forster, Thomas Hardy, Katherine Mansfield o Lytton Strachey; con reformadores sociales como el matrimonio Webb, fundadores de la London School of Economics, o figuras de la política o la economía como Maynard Keynes, una mujer que viaja a Francia, a Grecia y también a España, país que visita tres veces, una de las cuales para verse con su amigo Gerald Brenan, que vivía en Yegen. Es divertidísimo imaginar a Virginia Woolf a lomos de en burro por las Alpujarras de los años veinte.

–En este tercer volumen, se hace explícita su relación con Vita, si bien, como ella misma dice, Leonard, su marido, es un pilar esencial en su vida.
–Leonard es, sin duda, un pilar para ella, y en ningún momento la relación con Vita pone en peligro o hace que su relación con Leonard se tambalee, un anclaje para ella imprescindible en el plano vital e intelectual. Seguramente, tendemos a interpretar el pasado según la lógica del presente y a juzgarlo a partir de nuestros parámetros. Esto es, al menos en mi opinión, un error que nos lleva a no apreciar con exactitud la dimensión de su relación amorosa con Vita. Digo esto, porque creo que no deberíamos interpretar la relación entre Virginia y Vita a partir de nuestra concepción de lo que hoy entendemos por una relación amorosa entre dos mujeres. Ante todo, hay que decir que Vita nunca interfirió en la relación matrimonial de Virginia con Leonard, que adoraba a Vita. En este Diario, una cosa interesante es que Virginia al hablar de Vita y de sus amigas se refiere a “esas safistas”, pero en ningún momento ella se incluye en el grupo. No se trata aquí de dilucidar y definir las inclinaciones sexuales de Virginia Woolf, pero diría que era mujer bastante asexuada, que mantuvo relaciones de amor y amistad con mucha gente, hombres y mujeres, pero sin demasiado interés en el aspecto sexual del amor. En mi opinión, Virginia sentía una amistad apasionada hacia Vita, admira de ella su solidez como mujer, sus piernas, su elegancia, su ropa, su pertenencia a la aristocracia, una clase que no le gusta pero que le atrae en lo que tiene de permanencia y vinculación con la historia y a lo que se suma un interés muy profundo por las mujeres en tanto que sujetos de la historia. Sin embargo, ese énfasis que algunos críticos ponen en el amor lésbico entre Virginia y Vita me parece interesado y con una grave falta de matices. Como te decía antes, me parece que leemos su relación a partir de la concepción dominante de las relaciones amorosas que tenemos hoy en día.

–Y, sin embargo, escribió para ella Orlando.
–Sí, efectivamente, Orlando es una carta de amor que Virginia le escribe a Vita y seguramente para nosotros como lectores, traductores o estudiosos de su obra esa deliciosa novela o biografía o juego es el producto más importante de esa relación. Orlando es sobre todo un juego maravilloso en el que quedan abolidos los géneros y las opciones sexuales como algo permanente y estable, y la posibilidad de transitar entre uno y otro libremente. La atracción de Virginia por Vita, por sus hermosas piernas, su elegancia, su aristocracia, su seguridad y libertad, su maternidad y su realización como una «mujer completa», algo de lo que Virginia se resiente, están en la novela. Orlando es, como señala Borges, “una bella historia de amor”, donde Virginia, además, le devuelve simbólicamente a Vita la posesión de Knole House, su hogar, del que a la muerte de su padre se ve desposeída porque la legislación del momento le impide heredar por el hecho de ser mujer.

–En este tercer volumen, descubrimos a Virginia Woolf como crítica literaria de sí misma.
–Me parece interesantísimo su papel como crítica en general y como crítica de sí misma en particular. Ella es con frecuencia despiadada tanto con la obra de sus contemporáneos como con su propio trabajo. No es para nada autocomplaciente. Todo lo que escribe se lo da a leer a Leonard, que es su primer crítico, y, ante las reacciones elogiosas de él, ella reacciona con mucha reticencia. Es muy exigente consigo misma, de ahí que revise y reescriba muchísimo sus textos. Ella es exhaustiva en la corrección de todo aquello que escribe y, aunque, la corrección es lo que menos le gusta, sabe que la labor de poda y reelaboración es esencial, no quedarse con lo primero que se ha escrito.

–A raíz de esto, sorprende que sostenga que Al faro es una novela ligera en comparación a La Señora Dalloway.
–Sí, su idea de la ligereza en la literatura no coincide con lo que hoy nos parece «ligero». Al Faro, es una novela muy compleja y en absoluto simple, aunque argumentalmente La Sra. Dalloway tenga una trama más intrincada. De hecho, no sé que hubiera sido de ella en este tiempo de inmediatez y de impuesta simplicidad.

–Si bien afirma lo contrario, sus diarios revelan que para ella es muy importante que la lean, sobre todo algunos.
–Para ella es muy importante el juicio y valoración crítica de su obra por parte de sus colegas. De hecho, al día siguiente de publicarse uno de sus libros, ya comienza a echar de menos las valoraciones críticas de aquellos cuyas opiniones tiene en mayor consideración y que seguramente no han tenido ni tan siquiera tiempo de leer su nueva obra. Algunos de esos amigos cuya autoridad ella valora por encima de la de los demás son E. M. Forster, Lytton Strachey o Katherine Mansfield. De la misma y, como dices, para ella es importante ser leída, pero como ella bien dice «la verdad es que escribir es el placer profundo, y el que te lean, solo superficial».

–Con relación a la pregunta sobre cómo la evolución de Virginia Woolf, ¿cómo cambia su escritura diarística?
–Una de las complejidades que tiene la traducción de diarios es que, al escribirse a lo largo de un periodo largo de tiempo y ser reflejo de transformaciones personales y literarias, hay que reentonar en cada volumen, porque la escritura no es la misma a lo largo de los años. En el caso de Woolf, mientras que en los primeros diarios encontramos a una joven llena de dudas, que todavía no sabe lo dónde ir literariamente o cómo hacer las cosas y, por tanto, se interroga sobre casi todo, en este tercer volumen, Virginia se ha convertido en una mujer mucho más segura de sí misma, que ha encontrado su camino como escritora y que tiene una trayectoria mucho más clara. El lenguaje, por tanto, es asertivo y ya no dubitativo como en los primeros diarios.

–¿Se puede hablar un trasvase de estilos entre las novelas y los diarios?
–Ella no concibe los diarios como una escritura de andar por casa, sino que, desde el inicio, afirma que éstos le permitirán sentarse a escribir unas memorias cuando cumpla sesenta años. Por tanto, desde el principio escribe siendo consciente de que los diarios serán leídos, pues, aún en el caso de que ella no escriba sus memorias, Leonard podría hacer de ellos un libro. En este sentido, está convencida de que tendrán un alcance mayor que el de la esfera privada y, por ello, desde la primera página hay una clara voluntad de estilo. Dicho esto, los Diarios no son las novelas. Es cierto que hay fragmentos muy literarios, en los que se nota más la cercanía a sus escritos de ficción, pero, por lo general, sus anotaciones tienen mucho que ver con su día a día, con lo que hace, con lo que lee con la génesis y desarrollo de sus novelas, con las personas que conoce y con las que se relaciona. En efecto, al principio dice que sus Diarios registrarán principalmente los hechos, es decir, van a ser el lugar donde anotar todo cuanto acontece para así tener, en el momento de escribir su biografía, todos los datos necesarios. Sin embargo, a medida que pasan los años su idea de lo que deben ser los diarios va cambiando y hay un momento en que se pregunta si acaso las vivencias más emocionales y/o espirituales no son en cierta manera también hechos relevantes de su vida. Es así como la barrera entre hechos y emociones o entre vida cotidiana y vida emocional/espiritual se desdibuja.

–De hecho, en este tercer volumen la presencia de la muerte es mucho más notable.
–Ahora, una persona de cuarenta años es joven, pero, entonces era alguien que ya había alcanzado una determinada edad en la que la muerte empezaba a estar más que presente. Además, hay que tener en cuenta que, desde que era muy joven, la muerte es un pensamiento y una presencia constante para Virginia Woolf. Recuerda que ella pierde a su madre con tan solo 12 años y, poco después, sufre su primera crisis nerviosa. Algo más tarde, fallece su hermana y, poco tiempo después y con tan solo 20 años, fallece su querido hermano Tobby. En este volumen y en el siguiente, Virginia asiste a la muerte de muchos de sus amigos, Katherine Mansfield muere con 34 años, Lytton Strachey, Dora Carrington, Roger Fry, su sobrino Julian. Los Diarios abarcan casi exactamente el periodo entre las dos guerras mundiales y la Civil española en el medio. Hasta 1941, año en el que finaliza el último Diario, no se administra penicilina a un paciente, así que la muerte es una realidad cotidiana más amenazante que hoy.

–Al respecto, imagino que el trauma de la Primera Guerra Mundial ha dejado huella.
–Sin duda. Como ya hemos señalado, en la Gran Guerra muere el hermano de Leonard, mientras que su sobrino Julian Bell muerte en 1937 en la Guerra Civil Española. Por aquellos mismos años, se suicida Carrington. En nuestro mundo, hemos sacado la muerte de nuestras vidas y vivimos como si no existiera, incluso nos sorprende como algo siempre inesperado; en el mundo de Virginia, la muerte estaba presente día a día y además, se vivía con mayor serenidad, tal y como se puede ver en sus Diarios. Y esta serenidad que muestra en este tema la muestra en muchas otras facetas de su vida, alejando el cliché de fragilidad e inestabilidad en el que se insiste con demasiada frecuencia.

miércoles, 25 de marzo de 2020

Una encuesta para traductores de poesía (III)

Tercer día de la encuesta para traductores de poesía.


Olivia de Miguel
Traductora de la poesía completa de Marianne Moore y de Oscar Wilde, entre otros.

1) ¿Por qué razón traduce poesía?           
Porque un determinado texto me apasiona, me enamora y siento la pulsión de reescribirlo con mis propias palabras. Para mi es una gimnasia mental, un esfuerzo de compresión, de eliminar todo lo superfluo en busca de la palabra precisa y exacta. Al traducir poesía sucede aquello que Mijaíl Bajtín decía sobre «ser yo con las palabras de otro y ser otro con mis propias palabras».

2) ¿Cómo llega a la traducción? ¿Propone usted mismo al autor? ¿Recibe encargos de parte de la editorial? ¿De quién es la iniciativa?
Generalmente, yo propongo al autor porque me interesa su poesía o hay algún aspecto de su obra que me apetece intentar reformular en mi propia lengua. Eso sucedió, por ejemplo con Pangolines, unicornios y otros poemas, de Marianne Moore, que Jaume Vallcorba publicó en El Acantilado. Otras veces es el editor quien me propone una traducción, como por ejemplo La balada de la cárcel de Reading, de Oscar Wilde, publicado en Random House, o La poesía completa de Marianne Moore, que Andreu Jaume me propuso hacer para Lumen. De todas formas, cuando traduzco prosa soy menos exigente, pero la poesía tiene realmente que entusiasmarme para dedicarle el tiempo y el mimo que requiere y todo, prácticamente, gratis et amore.

3)  ¿Qué criterio emplean las editoriales para considerar la paga que usted recibe?
 El criterio que la editorial emplea para calcular su oferta económica es un misterio. No te pueden pagar por página, ni por palabra, y la competencia o la dificultad son siempre valoradas a la baja. En fin, estaríamos listos si tuviéramos que pagar las facturas traduciendo poesía.

4) ¿Hace usted algo para mejorar esas condiciones?
Sí, por supuesto, yo siempre intento, por principios, conseguir la tarifa más alta que puedo con mayor o menos éxito. Casi siempre acaban subiendo un poco, pero nada que compense las muchas horas que se le dedica. En la traducción de poesía tiene que haber, además del dinero, otro tipo de gratificación intelectual y emocional. De no ser así, me resultaría imposible hacerlo.

5) ¿Conoce las políticas de subsidios a la traducción que tienen muchos países del mundo? ¿Los recibe?
Sí, he recibido alguna ayuda del Ministerio de Cultura, antes de que esos temas se transfirieran a las comunidades autónomas. En estos momentos, al vivir en Cataluña y traducir al castellano no tengo esa posibilidad puesto que aquí las ayudas a la traducción solo se dan a la traducción al catalán y en Madrid no puedo pedirlas porque no vivo en esa comunidad. No he explorado otras posibles ayudas en otros países.

Roberto Apratto
Traductor de William Shakespeare y de Jon Davis, entre otros.


1)¿Por qué razón traduce poesía?
Traduzco poesía (menos de lo que desearía) porque es una manera de escribir poesía a través de otro. Son palabras ajenas, pero que reflejan o podrían reflejar las mías y me ayudan a descubrir otros tonos para un texto. 

2)  ¿Cómo llega a la traducción? ¿Propone usted mismo al autor? ¿Recibe encargos de parte de la editorial? ¿De quién es la iniciativa?
La traducción siempre ha sido cosa mía; nunca me encargaron nada. Parto de un interés personal por el lenguaje del poeta en cuestión, de mi admiración y mi curiosidad por ver qué puedo hacer con eso 

3) ¿Qué criterio emplean las editoriales para considerar la paga que usted recibe?
Nunca hubo ninguna paga, porque nunca publiqué más que en revistas.

4) ¿Hace usted algo para mejorar esas condiciones?
No es fácil publicar traducciones, al menos en Uruguay. Por eso no he llegado al libro. 

5) ¿Conoce las políticas de subsidios a la traducción que tienen muchos países del mundo? ¿Los recibe?
No conozco ninguna política de subsidios ni recibo ninguna información al respecto. 

Juan Arabia

Traductor de Arthur Rimbaud y Ezra Pound, entre otros.

1) ¿Por qué razón traduce poesía?
Como sólo hago traducciones para mí propia editorial, sólo puedo contestar la primera pregunta: traduzco aquellos libros que me gustaría tener y no están (los primeros de Pound o la poesia completa de Dan Fante). Además, muchas veces, las antologías sirven para completar y abrir nuevos panoramas: Poesía Beat, por ejemplo, que introduce desde la escuela de Raymond Williams un concepto “más abarcador” de un específico “movimiento cultural o generacional”.

martes, 15 de abril de 2014

Olivia de Miguel conversó con Marietta Gargatagli


Ayer tuvo lugar una nueva reunión del Club de Traductores Literarios de Buenos Aires y nos dimos el lujo de contar con Olivia de Miguel y Marietta Gargatagli. Ambas hablaron sobre la enseñanza de la traducción y su factibilidad, las diferencias que constituyen la figura del traductor en España y Latinoamérica, los traductores escritores y los traductores de oficio y otras cuestiones igualmente interesantes, tal como puede verse en este link: http://www.ustream.tv/recorded/46162187

Nacida en Logroño (La Rioja, España), Olivia de Miguel Crespo es licenciada en Filología inglesa y doctora en Teoría dela Traducción por la Universidad Autónoma de Barcelona. Desde 1992 hasta 2013 ha sido profesora de traducción literaria en la Facultad de Traducción de la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona. Desde 2001 es directora del Máster en  Traducción Literaria y audiovisual del IDEC/Pompeu Fabra. Desde hace unos años dirige también la versión on line del postgrado en traducción literaria del Idec/Pompeu Fabra. Ha dirigido la colección de literatura “Palabra de Mujer” de la editorial Global Rhythm Press. Es vicepresidenta de la Asociación de traductores ACEtt. Ha publicado Antología y Traducción de la poesía de Marianne Moore: una propuesta metodológica para la reescritura del discurso modernista norteamericano (Universitat Autónoma de Barcelona, 1998). Asimismo, Paradoja y genio: aforismos de Oscar Wilde (EDHASA, Barcelona, 1993), Poesía completa de Marianne Moore (Ed. Lumen, Barcelona, 2010), El despertar y otros relatos de Kate Chopin (Ed. Alba. Barcelona, 2011), Seis a-conferencias, de e.e cummings (Ed. Elba, Barcelona 2011),“La balada de la cárcel de Reading” en De profundis y otros escritos de la cárcel, de Oscar Wilde (Random House Mondadori, Barcelona, 2013), Ensayos de Henry James. (Ed. Lumen, Barcelona 2014), además de volúmenes de Joan Didion, Willa Cather, Edward W. Said, G.K. Chesterton, George Orwell, etc.

Marietta Gargatagli, profesora emérita de la Universidad Autónoma de Barcelona, profesora del programa del Doctorado de Teoría Literaria y Literatura Comparada dela Universidad de Barcelona y del Postgrado on line de Traducción Literaria y audiovisual de la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona. Autora y coautora de artículos y libros sobre crítica literaria, traducción e historia de la traducción. Entre ellos: Borges y la traducción (UAB, 1993); La traducción en América Latina, Buenos Aires, Paidós/Typa, Buenos Aires, 2012; El tabaco que fumaba Plinio (con Nora Catelli, Serbal, 1998); Escrituras de la traducción hispánica (Universidad Austral de Chile, 2009); École, culture et nation (Université Paris X, 2005); Los traductores en la historia (Antioquía, 2005/Editions Unesco). Codirige 1611. Revista de historia de la traducción. Ha traducido, entre otras obras, Cartas del fervor de Jorge Luis Borges.


viernes, 27 de julio de 2012

La crisis española y la traducción en España

“La crisis editorial incide todavía más en un trabajo tan decisivo como mal remunerado. ABC recaba las opiniones de seis grandes profesionales de la traducción”, dice la bajada del artículo que firma Sergi Doria en el diario español, del 21 de julio pasado.

Traductores: mal pagados y poco reconocidos

Pongamos los mejores frutos del mar en manos del un mal cocinero que arrasa sabores y texturas. Confiemos el canon literario a traductores de aluvión, a tanto la línea y sentenciaremos aquello de traduttore–traditore. Nuestra mente rebosa de libros que creíamos haber leído pero que en su versión original no decían lo que nosotros creímos entender. Nunca como hoy las editoriales disponen de tan buenos profesionales de la traducción, aunque esa función decisiva y determinante para la comprensión lectora, siga siendo la cenicienta en un proceso editorial que improvisa novedades y acorta plazos con el consiguiente deterioro de la calidad.

Así lo subraya Olivia de Miguel, premio Nacional de Traducción 2011 por su versión de la poesía completa de Marianne Moore: “Las prisas son el denominador común… Todo se necesita para anteayer. Da igual que sea un clásico o la última novedad. Una buena traducción exige tiempo, dejar reposar el texto antes de revisarlo, distanciarse del original, y eso rara vez puede hacerse”. Elogia la lentitud en una industria editorial obnubilada por la novedad y el mimetismo cortoplacista que vomita cien mil títulos anuales: “¿Dónde vamos con tanta prisa? ¿Para qué tantos libros totalmente prescindibles que rápidamente desaparecen de los estantes de las librerías?” Y como quien pregunta ya responde: “Hay que primar la calidad sobre la cantidad y valorar el trabajo del traductor de acuerdo a su importancia en la producción editorial”.

Tiempo, dinero… y reconocimiento. Algunas editoriales, añade la belga Goedele de Sterck, “encargan sus traducciones al mejor postor”. A Lluís M. Todó, traductor de clásicos como Balzac, Maupassant y de Yo, Claudio de Robert Graves, incide en la necesidad de que las editoriales sean menos mercantilistas: “Que al elegir a un traductor, se guiaran más por la calidad que cabe esperar del texto traducido y menos por la tarifa con la que se conformará el candidato a traductor”.

En este aspecto, la relación con los autores acostumbra a ser cordial: “Siempre consulto las dudas y los escritores que traduzco colaboran de buena gana” apunta Peter Schwaar, traductor al alemán de Ruiz Zafón y Mendoza. Somacarrera también considera satisfactoria su relación con Atwood y Highway: “Se han prestado generosamente a resolver dudas y a proporcionarme información sobre aspectos del libro que no es fácil descubrir mediante la investigación”. De Stercke, que acaba de ver publicada en Acantilado su traducción de Cuando los dioses duermen de Edwin Mortier, subraya que a los autores “casi siempre les agrada colaborar y prestarse a resolver cualquier dudas. A veces, hasta se ofrecen a mejorar las condiciones del traductor ante la editorial española”.

Anonimato
Aunque parezca mentira, un trabajo tan profesional y decisivo para la comprensión de una obra literaria, permanece en muchos casos en el anonimato. De Sterck sigue pidiendo que los editores “mencionen por sistema el nombre del traductor en la cubierta y que no abandonen el libro a su suerte cuando sale al mercado. Sin el traductor, la obra no existiría”. Con un centenar de títulos al francés y el italiano en su haber, Teresa Clavel afirma que la clave es que el mundo editorial “reconozca de verdad que el traductor es un autor. Si lo hace, todo lo demás sería más fácil”.

–¿Cómo afecta la crisis a la traducción?
–Olivia de Miguel: “Es cierto que muchas editoriales, como otras industrias, pasan momentos difíciles, pero no es menos cierto que sin la traducción no hay libro, ni transmisión de la cultura. Las tarifas no suben desde hace muchos años, desde antes de que empezara la crisis, e incluso bajan.”

–Teresa Clavel: “Las editoriales han congelado tarifas o las han bajado. Han reducido el número de títulos y muchos traductores se han quedado sin trabajo”.

–Lluís M. Todó: “Editores, fundaciones y administraciones han bajado las tarifas unilateralmente amparándose en la crisis”.

–Goedele De Sterck: “Las tarifas tienden a bajar, lo cual obliga a trabajar más deprisa para obtener unos ingresos medianamente aceptables. La crisis afecta a la revisión de las traducciones y su promoción, en muchos casos inexistente”.

–Pilar Somacarrera: “Se han interrumpido colecciones literarias o de ciertos géneros literarios más o menos minoritarios (poesía, teatro), que pese a su calidad, se considera que no tienen ‘éxito comercial’ y se ha despedido a editores literarios que se encargaban de dichas colecciones.

–Peter Schwaar: “Las editoriales no quieren correr ningún riesgo, es decir, se publican títulos de los que puedan estar seguros de que se venderán bien. Lo primordial ya no es el valor literario de una novela sino su vendibilidad (hay excepciones, claro, pero pocas)”

–¿Editores, periodistas y lectores tienen conciencia del valor de la traducción?
–Olivia de Miguel: “La mayoría no. La ficción de estar leyendo un original sin intermediarios es muy poderosa y está alimentada por editores y periodistas culturales cuando obvian la figura del traductor de las portadas de sus libros y en sus reseñas. No pretendemos una crítica filológica, pero ¿cómo es posible alabar la precisión léxica, la fina ironía, la compleja sintaxis de una obra sin reparar en que ahí está la lengua del traductor? Ni Henry James, ni Dickens, ni Balzac, ni Rilke, escribieron en español. Si el lector puede conocerlos es a través de la lengua de sus traductores que puede ser hábil, creativa, rica de registros o torpe y tópica”.

–Teresa Clavel: “Salvo excepciones, no. Si tuvieran esa conciencia, los editores mimarían más a los traductores que consideran buenos; los periodistas los mencionarían cuando hacen referencia a un libro traducido, en sus reseñas o críticas; y los lectores, se fijarían en quién es el autor de la traducción y lo tendrían en cuenta, para bien o para mal, cuando compren otros libros traducidos, cosa que desde luego no pasa”.

–Lluís M. Todó: “Se supone que los editores, por su oficio, deberían tener tal conciencia y usarla; en la realidad, pocos guían su gestión en función de esta conciencia, suelen inclinarse más por criterios económicos. A los periodistas les queda mucho por aprender: por ejemplo, citar siempre el nombre del traductor cuando mencionan un libro traducido. En cuanto a los lectores, la gran mayoría siguen pensando que una buena traducción es una traducción que no se percibe como tal, una traducción transparente, por así decir. Dudo mucho que entre los criterios que guían la elección de un libro cuente la excelencia de la traducción o el prestigio del traductor”.

–Peter Schwaar: “Editores y periodistas tienen más conciencia que los lectores que muchas veces no se dan cuenta de que hay un traductor o traductora de por medio. Generalmente, los periodistas no saben muy bien en qué consiste realmente la tarea de traducir y por eso la valoran poco o basándose en aspectos superficiales que les llaman la atención”.

–Pilar Somacarrera: “Aunque va apreciando más la difícil y poco reconocida labor del traductor, en la crítica periodística nos encontramos con una escala que va desde no hacer absolutamente ningún comentario sobre la traducción y su estilo pasando por comentarios anecdóticos o irrelevantes, hasta atacar con saña al traductor injustamente”.

–Goedele De Sterck: “Depende de cada caso. Mientras unas editoriales venden libros como si fueran zapatos o teléfonos móviles, otras sienten pasión por la buena literatura y el trabajo bien hecho. En cuanto a los periodistas, no pueden abarcar todo lo que se publica. Se agradecen las alusiones al traductor, ya sea por el mero hecho de incluir su nombre en las fichas de las reseñas o a través de algún comentario, Por último hay que concienciar a los lectores: Fred Vargas, Herta Müller, Orhan Pamuk no escriben en español…”.