Dado que este blog se lee en varios países, para la siguiente entrada es necesario explicar a los lectores no familiarizados con el ambiente cultural porteño quién es quién en la siguiente historia y qué es lo que motiva este posteo.
Quintín es el seudónimo de Eduardo Antín, un licenciado en matemáticas aficionado al cine, quien, junto con su mujer, Flavia de la Fuente y Gustavo Noriega, en 1991 fundó la revista de crítica cinematográfica El amante.
Con posterioridad, en 2001, Quintín fue llamado por las autoridades culturales de la entonces Secretaría de Cultura de la ciudad de Buenos Aires para dirigir el BAFICI (el festival de cine independiente de la ciudad), tarea que cumplió en reemplazo del cineasta Andrés Di Tella, hasta que en 2004 fue destituido de su cargo por el entonces secretario de Cultura, Gustavo López. Tanto sus fanáticos como sus detractores señalan que fue un gran impulsor del festival en sus primeros años. También coinciden en mencionar la arrogancia del personaje.
Luego de su paso por la gestión pública, Quintín se dedicó a alimentar un blog donde no faltan las polémicas y, desde hace un tiempo, a opinar en la contratapa del diario Perfil sobre los más diversos temas.
Laura Wittner es poeta, escritora de cuentos infantiles y traductora. De perfil eminentemente bajo, se ha ganado un muy destacado lugar en la poesía argentina contemporánea.
Jorge Aulicino es uno de los más influyentes poetas argentinos contemporáneos. Como periodista, desde hace unos veinticinco años escribe en el diario Clarín, donde se desempeña como editor adjunto de la revista de cultura Ñ.
Ahora bien, con fecha del 16 de agosto de este año, en una de las columnas de contratapa de Perfil –un periódico de circulación nacional en la Argentina–, Quintín comentó la aparición de un libro traducido por Laura Wittner y lo hizo en los términos más severos, sin indicar si sus objeciones a la traducción fueron corroboradas con el correspondiente original a la vista para así juzgar los hipotéticos errores de la traductora.
La situación, de por sí enojosa –aunque, impunidad mediante, muy frecuente en la prensa cultural argentina–, deja mal parada a Wittner y sin posibilidades inmediatas de defensa. Aunque el diario en cuestión decida publicar sus razones en una edición posterior, otorga al opinador una módica victoria que no contempla el posible daño que sus dichos puedan haberle causado a Wittner, ya no en su vanidad, sino muy concretamente en su trabajo. Aun suponiendo que los errores de ésta fueran tales, ninguno de los señalados por Quintín altera en lo más mínimo la comprensión del texto criticado.
Por todas las razones esgrimidas, el Club de Traductores Literarios de Buenos Aires decide poner a consideración de los lectores de este blog la columna de Quintín, la respuesta de Laura Wittner y las reflexiones de Jorge Aulicino a propósito del gesto del columnista.
Bellas artes y de las otras
Me recomiendan Siete días en el mundo del arte, de Sarah Thornton, como una divertida introducción al mundo de las artes visuales, aunque me avisan que el libro está lleno de erratas. Es lo primero que uno comprueba al abrirlo: entre otros descuidos, en cada página aparecen palabras con un guión en el medio (“no-minaciones”) y otras mal separadas al final de la línea (“manip-/ula”), lo que vuelve irritante la lectura. Se trata de un error de principiantes en materia de composición tipográfica: en lugar de utilizar un programa que separa automáticamente las sílabas en castellano, lo hicieron a mano, como si utilizaran una máquina de escribir en lugar de una computadora. De ese modo, ante cualquier cambio que desplace una palabra partida del lugar original, ésta conserva el guión. Para colmo, permitieron luego la separación automática en inglés. Es insólito que Edhasa, una editorial conocida, se permita semejante chapucería.
Tampoco ayuda la traducción de Laura Wittner, que transcribe un idioma a otro sin dejar evidencia de que en el camino interviene un proceso de comprensión del original. Por momentos, el texto de Wittner parece un inglés compuesto de palabras españolas o un castellano con sintaxis americana: “Hemos tomado nota de cada pedido de reporte de condiciones”. “Cuando no hay nada que decir, eso mismo es la cuestión, lo cual produce una conversación interesante.” “Es también una sólida pieza; dentro de ella, Asher se ha ubicado en el calmo ojo de una multivocal tormenta.” Así resulta que en el mundo del arte hay “cosas sobrevaluables” y “cositas chocolatosas”, la gente se viste con “pieles vintage”, bebe “ginebra de endrinas”, utiliza “técnicas de marca” y, cuando va a comer afuera, reserva “una cabina”.
Encuentro el nombre de Wittner en otro libro, la Antología de la nueva poesía argentina que acaba de editar Perceval Press, la editorial californiana de Viggo Mortensen. Wittner es uno de los veintidós nombres de una lista que consolida el concepto de “generación del 90”. Los poetas más prestigiosos entre sus colegas tal vez sean Daniel García Helder y Sergio Raimondi, aunque los más populares son seguro Fabián Casas y Washington Cucurto. Wittner es la última (el orden es alfabético) y hay cinco poemas de ella en la selección. El primero se llama "Epigrama" y dice así: “Dijiste algo y entendí mal./ Los dos reímos:/ yo de lo que entendí,/ vos de que yo festejara/ semejante cosa que habías dicho./ Como en la infancia,/ fuimos felices por error”. No está nada mal.
Curiosamente, el primer poema del libro es de Mario Arteca, habla de Rómulo Macció y Aldo Pellegrini y tiene como subtítulo ¿Qué es, en realidad, la pintura?, lo que nos permite volver al libro de Thornton para decir que su recorrida por remates, escuelas, ferias y bienales tiene grandes momentos. En particular la visita al estudio de Takashi Murakami, un japonés que recuerda a Warhol por su obra y por actualizar la idea de que “ser bueno en los negocios es el tipo de arte más fascinante”. A diferencia de El artista, la película de Cohn y Duprat –la otra introducción a las artes plásticas de la temporada–, Thornton elude la mezcla de culpa, cinismo y falsa nostalgia por un arte no contaminado por el comercio. En cambio, no tiene problemas en llamar al dólar por su nombre y consignar brutalmente que el valor de una obra es lo que se paga por ella, sin que eso impida que los artistas intenten seguir creando. Mi pasaje favorito, de todos modos, es una cita de Peter Schjeldahl: “No vas a encontrar un buen crítico de arte en St. Louis. Para ser un buen crítico tienes que ser capaz de ganarte un enemigo por semana, y aun así nunca quedarte sin amigos. En EE.UU., eso pasa sólo en Los Angeles y en Nueva York. De otro modo, tendrás que mudarte todo el tiempo”. Extiendo la idea al cine y la literatura y me pregunto en qué categoría quedará Buenos Aires.
Respuesta de Laura Wittner
Me resulta muy fatigoso sentarme a escribir esta respuesta a las venenosas observaciones que hizo Quintín, en su columna de Perfil del domingo pasado, a mi traducción de Seven Days in the Art World, de Sarah Thornton (Siete días en el mundo del arte. Buenos Aires, Edhasa, 2009). Fatigoso porque me veo obligada a rastrear en el libro, tanto en inglés como en castellano, al menos algunas de las expresiones que él me critica; me veo obligada a redactar justificaciones para lo que hice o no hice; justificaciones con tonito de maestra ciruela sobre decisiones que, en su momento, tomé después de mucho investigar, pensar, consultar. Creo que lo que más fatiga me produce es tener que hacer todo esto sólo para responderle a un interlocutor que no parece haber investigado, pensado ni consultado antes de sentarse a escribir sobre lo mal que traduzco. Si mi interlocutor tuviera buenas intenciones y algo interesante para señalarme, este diálogo tendría más sentido.
Todos hemos leído más de un libro mal traducido. A veces lo notamos y veces no. Si conocemos el idioma en el que fue escrito, podemos darnos cuenta de cuál fue la confusión del traductor o por qué su decisión no favoreció al texto. Aun así, siempre es deseable verificar nuestras suposiciones comparando original y traducción si tenemos la intención de salir a denostar al traductor públicamente en un diario de circulación nacional.
A mí lo que me parece es que a Quintín “le sonó mal” este libro. Y dio por hecho que fui yo la que lo hizo sonar mal. Lo cierto es que Thornton ha intentado un tono propio, un tono particular en el que las elecciones léxicas y sintácticas no siempre son las predecibles para una investigación periodística en el idioma inglés. Su relato, además, está lleno de expresiones idiosincrásicas y palabras de jerga (urbana, académica, etc.) que en algunos casos no figuran en el diccionario y que van dando forma a cierto estilo urbano o “canchero”. Dado que no se me dio ninguna instrucción opuesta, lo que yo hice fue tratar de recrear ese tono y de respetar esa extrañeza que en algunos párrafos producían sus construcciones. Claro que no lo hice utilizando en castellano la sintaxis del inglés, como creo que quiere decir Quintín cuando me acusa de usar “sintaxis americana”. Yo utilicé la sintaxis castellana y no encuentro, en este sentido, errores de sintaxis en las construcciones que su nota señalan como incorrectas. De hecho me cuesta, en casi todos los casos, identificar qué es lo que Quintín objeta.
Así que vamos a un par de ejemplos. Esperen que me calzo los anteojitos de maestra ciruela.
“Hemos tomado nota de cada pedido de reporte de condiciones”. Decía el original: “We’ve taken note of every request for a condition report (...)”. ¿Qué pasa? ¿Como en inglés existe “take note of” en castellano no puede existir “tomar nota de”? ¿O es que como la primera traducción de “report” suele ser “informe” no se puede usar “reporte”? Existe en castellano “tomar nota” y existe el sustantivo “reporte” (“informe, noticia”); y –esto es aquí lo más importante, dado que, como acabo de decir, este libro incluye palabras que “no existen”– existe dentro de la jerga del mundo del arte (específicamente de las casas de subasta) el término “reporte de condiciones”. (“Es una información adicional al catálogo que consta de una descripción detallada de cada obra, realizada por expertos en restauración y conservación. Allí se discriminan técnicas, medidas, fechas, ubicación de la firma y un reporte detallado de las condiciones de la obra y está disponible para ser consultado durante la exhibición previa a la venta”. Extraido de un glosario de subasta que aparece en varias páginas web sobre el tema, entre ellas www.arteymercado.com).
Pasemos ahora a las “cositas chocolatosas”. “Así resulta que en el mundo del arte hay (...) cositas chocolatosas”, se mofa Quintín. No, Quintín, las cositas chocolatosas son lo que comen, como refrigerio, los alumnos de la clase de Michael Asher, una clase donde se critica grupalmente la obra de cada participante y que dura desde la mañana hasta pasada la medianoche. Las cositas chocolatosas son, en el original, “chocolate goodies” y los estudiantes las comparten para tratar de mantenerse despiertos y lúcidos. Me pareció que la elección del término “chocolate goodies” en ese contexto por parte de la autora ameritaba algo un poco más creativo que “golosinas de chocolate”. Además, algunos párrafos antes, ya se habían descripto o nombrado otros dulces con chocolate.
Y así puedo seguir respondiendo a los ejemplitos, aunque desde ya que yo pueda defenderme no significa que no pueda haberme equivocado; significa solamente que tuve la voluntad de hacer el trabajo lo mejor posible, que lo hice con seriedad y meticulosidad (y con gusto: sólo por gusto se elige una ocupación tan ardua) y por eso ahora respondo por lo que hice. Acá me detengo, sin embargo, por dos motivos: primero, porque creo que ni a Quintín le interesará leer cada una de mis explicaciones; segundo, porque me tengo que poner a traducir, que es como me gano la vida.
Comentario de Jorge Aulicino
Quintín, al revés del lector ingenuo (y todos lo somos, en algún momento de la vida y en algún momento de la lectura) ha leído en Perfil el trabajo Seven Days in the Art World, de Sarah Thornton, como lo que es: una traducción. Esto no es malo. El problema es que ha descalificado pedantemente la traducción sin confrontar ningún ejemplo con el original. Podría haberle dado un crédito a la traductora. Haber pensado que la sintaxis y el léxico de Laura Wittner intentaban representar en castellano la sintaxis y el léxico del original. Pero no ha dejado lugar a esa posibilidad. Señala que la traducción “transcribe de un idioma a otro sin dejar evidencia de que en el camino interviene un proceso de comprensión del original”. Y pasa a los ejemplos, que, puestos a continuación de esa frase, sugieren que el original ha sido comprendido por Quintín o, al menos, que él cree que hay en el texto de Thornton algo que no fue comprendido. ¿No es suficiente evidencia la versión en sí misma? ¿No podemos dar el testimonio por bueno hasta que se demuestre lo contrario? ¿No es acaso la versión la evidencia de cuánto comprendió Wittner el original o cuán poco comprensible éste es? ¿Sobre qué base podría decir alguien que tal o cual traductor no comprendió a Joyce o a Alighieri? Sólo sobre la de su propia comprensión, ¿verdad?; que debería convertirse en una nueva traducción, o al menos, en los señalamientos precisos de qué palabras y tramos el traductor no comprendió, dando asimismo en este caso las versiones “correctas” de esas palabras.
Este tipo de crítica, parte de la crítica literaria, es un remanso esplendoroso para el crítico. En él puede chapotear sin argumentar, sin fundamentar. Cuando además el chapoteo está acompañado por la sorna, la crítica se hace irritante. La verdad es que Quintín no brinda la evidencia que reclama a Wittner: no sabemos por qué Thornton ha sido mal traducida; por qué no fue comprendida.
Hay otras cosas que también irritan en la nota de Quintín. Una: Se interesa por ilustrarnos acerca de quién es Wittner, cita un poema de la traductora incluido en la reciente Antología de la nueva poesía argentina, de Perceval Press (señalando, sin ninguna otra necesidad que la mala leche, que Wittner es la última de la serie, porque ésta va en orden alfabético) y le perdona la vida con un “no está nada mal”. Dos: Pasa Quintín a elogiar algunas descripciones e ideas del libro de Thornton... que pudo disfrutar o tener por buenas gracias a la traducción de Laura Wittner (porque, repetido sea: nunca deja evidencia de que haya leído el original en inglés).
Quintín ha hecho un tonto brulote. Eso sería todo. Pero cabe pensar en la grave equivocación de este modo de leer una traducción: como esperando que se ajuste a un castellano correcto e inteligente -a una idea de lo correcto e inteligente- que llevaría a pedir que el comentario se convierta en reflexión ontológica, por ejemplo; o que la práctica de un lenguaje no convencional deba ser tachada y corregida por el traductor. Es un tema. Que Quintín aborda a la manera atrozmente bizarra de los preceptores de la lengua: no importa lo “mal” que escriba el autor; hay que pasarlo a “buen” castellano. Y hago la salvedad de que Thornton seguramente no escribe mal, sino en un estilo insatisfactorio para Quintín, cuya evidencia única, si no tenemos el original, es la traducción de Wittner.