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miércoles, 24 de diciembre de 2025

"Un traductor es lo peor que hay en la vida"

Hoy, con firma de Juan Cruz, el diario madrileño El País publicó una entrevista con Miguel Sáenz, decano de los traductores españoles. Se reproduce a continuación.

Miguel Sáenz, traductor: “Thomas Bernhard era insufrible y Kafka es el mejor escritor del siglo XX”

El gran traductor Miguel Sáenz nació hace 93 años en Larache, territorio español en Marruecos, donde su padre era militar. Él lo fue también, pero pronto fue, además, quien hizo legibles en esta lengua a grandes escritores del mundo, desde William Faulkner a Kafka, pasando por Günter Grass o Salman Rushdie, al que él considera ahora uno de los más importantes prosistas contemporáneos. Su trabajo como traductor lo llevó a la Academia de la Lengua en 2013.

Funambulista, la editorial que ha publicado otras obras suyas, acaba de poner en las estanterías Conversaciones, un abundante reflejo de lo que él ha dicho sobre aquellos que han sido sus traducidos. En esta conversación con El País vuelve sobre ellos.

Sáenz fue a la milicia universitaria y pidió destino en Palma de Mallorca, donde vivió la avalancha de suecas y noruegas que cambiaron el color de las playas españolas. “Era la época del franquismo puro y duro, pero allí eso no se notaba tanto”, recuerda. “Era militar por las mañanas, por la tarde era un civil normal y por la noche cogía mi moto e iba a ligar y a beber cubalibres. Leía de todo. Esa pasión por la lectura venía de mi padre, de cuando él era militar en Sidi Ifni”.

Empezó la carrera universitaria en Sidi Ifni y la siguió en Tenerife, de donde se fue con una beca para el Colegio Mayor Cisneros de Madrid. “Era un ambiente muy bueno. Una vez apareció Ava Gardner por el Colegio Mayor Guadalupe. Yo le entregué unas flores, que no eran mías. Ella era una mujer elegantísima, para nada la alcohólica de la que hablaban, sino una señora”.

¿Cómo se notaba la dictadura? “Se conocía de todas las maneras, por supuesto que no se podía hacer propaganda en contra. A mí no me detuvieron nunca”. En seguida se sintió atraído por el extranjero: se hizo traductor internacional, como Eduardo Mendoza, Julio Cortázar o Juan Gelman. “Mendoza se pasó a la interpretación y en Nueva York, cerca de las Naciones Unidas, tenía una casa en la que escribía sus libros, porque al hacer traducción simultánea tenía más tiempo que nosotros”.

—¿Qué huella le dejó a usted lo militar?
—En Palma pasé los ocho mejores años de mi vida. Estudié para piloto, pero no tenía la vista suficiente, como ahora. Aprendí a volar con aviones alemanes muy viejos, con el riesgo de matarme inmediatamente. El Ejército me dio la posibilidad de pedir un permiso de seis años. En la universidad pasé exámenes de traducción en francés, en inglés y en ruso. El Ejército me invitó a volver, pero Greta [su esposa, traductora simultánea también] y yo preferimos quedarnos en Viena. Nos daban contratos cortos, o me mandaban traducciones muy delicadas.

—Como traductor tuvo a su cuidado obras de los grandes. ¿Cómo era Thomas Bernhard?
—Era insufrible. Él decía que un traductor es lo peor que hay en la vida. Todos sabían que él era un bárbaro, pero también muy débil. Tenía un trato bastante duro. Cuando ya estaba muy enfermo me mandó recado para que lo fuera a ver en Málaga. Pero no lo pude ver. Su hermano se lo llevó, terminal, y se murió. Era intratable.

—¿Salman Rushdie?
—Uno de los grandes novelistas de nuestro tiempo, de los más inteligentes. Aguantó intentos de asesinatos. ¡Le vacían el ojo, se está muriendo, y luego sigue escribiendo para contarlo! Cuando persiguieron sus Versos satánicos hubo quienes pensaron que yo había sido el traductor al español. Eso no fue así. ¡Y estuve a punto de ser incriminado por ello! Las consecuencias hubieran sido muy peligrosas entonces.

—Grass fue gran amigo suyo y de Greta. Fue muy duro para él la reacción habida ante su obra Pelando la cebolla, que usted tradujo.
—Fue un libro muy duro para él, y la campaña que tuvo en contra fue tremenda. Su esposa, Ute, le ayudó mucho. El acoso que sufrió Grass fue devastador. Se sintió acosado por haber formado parte de las SS, cuando él era un joven al que, como ocurría en España, le obligaron a hacer el servicio militar. Fue un dolor enorme para él. Aquel libro era formidable. Grass tenía una fecundidad y un talento inmensos. Como Rushdie, para mí fue un gran amigo. El traductor, por otra parte, es siempre como un amigo.

Antes de terminar, recuerda Miguel Sáenz: “El mejor escritor del siglo XX es Kafka”. Max Lacruz, editor suyo, le pregunta al final del libro que publica Funambulista: “¿Crees que la inteligencia artificial podrá traducir (bien o aceptablemente) literatura? ¿Y todavía algo más ambicioso, tal vez escribir buena literatura?”. El traductor de Faulkner, el defensor literario de Günter Grass, el admirador de Rushdie, tiene esta respuesta: “Lo creo”.

martes, 12 de abril de 2016

"La traducción es un vicio, una dependencia, una adicción"

La muy leída entrevista a Marta Rebón, reproducida en este blog el 30 de marzo pasado, fue publicada en el marco de un dossier sobre traducción que la revista Letras Libres publicó en febrero. De ese mismo dossier es el siguiente artículo de Miguel Sáenz, que se ofrece a continuación.

Mi vida de traductor literario

Sé muy bien que generalmente se tiene por prueba de poco talento y estudio el trabajo de una traducción; pero sea lo que fuere, no es mi fin pasar por erudito, ni buen traductor.
Fernando de Gilleman (1788)

La edad tiene sus privilegios. En cuanto uno ha doblado los ochenta se le permite ensartar recuerdos y escribir sus memorias. Lo malo es que generalmente no se acuerda de nada y lo que escribe es, casi siempre, una serie de trivialidades. O sea, que tengo perfecta conciencia del peligro. Sin embargo, creo que estoy en el momento adecuado para hacer el balance de lo que pomposamente he llamado “Mi vida de traductor literario”.

Diré ante todo que la traducción es un vicio, una dependencia, una adicción. Quien admira una obra literaria extranjera o, peor aún, a su autor, se siente obligado a compartirlos, reescribiéndolos desaforadamente. Finge hacerlo para difundir la cultura y posa como benefactor de la humanidad, pero sabe que eso no es cierto. Si lo hace es porque no tiene más remedio que hacerlo.

Los editores conocen hace tiempo esa debilidad, congénita o adquirida, y la aprovechan a fondo. Saben muy bien que cualquier traductor traduciría gratis a los autores que ama, y procuran que la remuneración de su trabajo se aproxime lo más posible al cero absoluto, a fin de que el traductor no se sienta prostituido por el dinero que recibe. Sin embargo, no quiero hablar de sórdidos temas económicos, sino de los muchos placeres que me ha deparado mi vida de traductor literario.

Conocer, por ejemplo, a Thomas Bernhard fue un privilegio. Lo malo es que Thomas Bernhard no se dejaba conocer. En una ocasión le escribí, consultándole mis dudas sobre el título de su novela Der Untergeher (El malogrado, en su versión española definitiva) y no se tomó la molestia de contestarme. Solía decir cosas horribles de los traductores, de todos los traductores. Mi revancha vino cuando, en 1989, se estaba muriendo en Torremolinos, y me llamó para decirme que quería concederme una entrevista porque tenía muchas cosas que contar y estaba hasta el gorro de los austríacos. La entrevista nunca tuvo lugar, porque se me murió antes de la fecha concertada, y ha quedado pendiente, en el mejor de los casos, para la eternidad. Thomas Bernhard ha sido importante en mi vida, porque su complicada sintaxis me ha exigido muchas horas de trabajo.

Curiosamente (el destino es indescifrable, pero existe), casi al mismo tiempo (día de San Valentín de 1989), el ayatolá Jomeini dictaba su famosa fetua contra Salman Rushdie, otro de mis autores favoritos. Todavía recuerdo el descubrimiento de sus Hijos de la medianoche y cómo insistí, contra viento y marea, en que no solo había que publicarlo en español sino que tenía que traducirlo yo.

La consecuencia fue una amistad de muchos años, porque Rushdie no es solo un escritor admirable sino un animal social, capaz de entretener con su charla a cualquier audiencia durante horas. Cuando, al cumplir muchos años, decidí ir dejando caer a mis autores, debo decir que el único al que realmente sentí dejar de traducir fue Salman Rushdie. Ningún escritor me había deparado, simplemente con su estilo, tantas satisfacciones.

Le escribí entonces un mensaje para que supiera por qué lo abandonaba. Cumplidos setenta y muchos, yo sentía que tenía que dejar de traducir, porque pensaba, sencillamente, que ya estaba bien. Y le cité un pasaje de una obra suya en que el padre de un amigo del protagonista, un hombre de negocios, aparece un día a la hora del desayuno con una túnica de color cinabrio y un cuenco para pedir limosna, y anuncia que considera llegado el momento de iniciar su vida ascética. Rushdie (cuyos Versos satánicos no había traducido yo de milagro, por una serie de coincidencias que demuestran que Alá es grande) me comprendió perfectamente y me escribió un mensaje cariñoso.

Günter Grass, desde luego. Otra de las satisfacciones de mi vida de traductor. Sabido es que Günter Grass se reunía con sus traductores para explicarles sus nuevos libros, discutir con ellos, cocinar para ellos y emborracharse entre ellos, y que todos sus traductores lo adoraban. Una vez le dije, en ligero estado de intoxicación etílica, que algún día me gustaría volver a traducir El tambor de hojalata (a pesar del precedente casi intocable de Carlos Gerhard, que Joaquín Mortiz tuvo el acierto de publicar en México) y que esa sería mi última traducción. En su día, claro, traduje en efecto El tambor de hojalata, pero aquella no fue mi última traducción. Todavía hoy, muerto el gigante Günter Grass, tengo entre mis manos su último libro, Sobre la finitud, una despedida estremecedora de alguien que, simplemente, sabe que muy pronto va a morir.
¿Qué decir de mis otros autores? Kafka fue siempre demasiado inmenso para mí. Traduje sus tres novelas largas (e inacabadas, sí, las tres) y decidí no volver a leer una línea sobre Franz Kafka. Lo sabía ya todo.

Y creo que no sería justo dejar de mencionar a Brecht, aunque eso sea entrar ya en otro mundo, el de la farándula. Por otra parte, muchas veces el traductor se encuentra con un dilema: su autor favorito, el autor que admira, dista mucho de ser, como persona, muy modélico. Bueno, ¿y qué? ¿Quién ha dicho que un genio de la literatura (o del teatro, que es lo mismo) tenga que ser un modelo de virtudes cívicas y/o humanas? Un amigo mío, peruano, me dijo una vez que en su vida solo había conocido a tres grandes poetas de verdad, y dos de ellos eran unos hijos de mala madre.

Traducir a Brecht fue siempre para mí una fiesta, y oír mis palabras brechtianas reproducidas en un escenario, también. En realidad, todo el teatro es un regalo para el traductor: los actores y actrices entienden los textos, siempre, mucho mejor que él, que aprende de ellos muchísimo.

¿Quién más? Me parecería injusto no hablar de Michael Ende, cuya Historia interminable ha sido el único libro que me ha dado dinero en la vida. Todos los años, religiosamente, la editorial me anuncia cuántos ejemplares se han vendido y me liquida las cantidades correspondientes. Increíble. La traducción, la traducción literaria, ¡puede dar dinero!

Recuerdo muy bien a Michael Ende en España. Era un hombre bueno, reservado, cordial. Su empanada metafísico-filosófica era considerable, pero funcionaba. Recuerdo a muchas chicas (y algún chico) que me dijeron que La historia interminable había cambiado por completo sus vidas. Yo la traduje para mis hijos cuando eran pequeños, pero no estoy nada seguro de que a ellos les hiciera el menor efecto.

Nunca traduje mucha poesía (solo Goethe, Grass, Brecht, alguno más) y siempre me sentí al hacerlo como un impostor. No obstante, cuando veo, por ejemplo, a excelsos poetas alemanes reducidos literalmente a cenizas por sus traductores, a escritores en lenguas exóticas vertidos al español por quien no solo ignora la lengua exótica sino también el español, pienso que he hecho muy bien en mantener las distancias.

Me gustaría volver a hablar ahora del teatro, porque, por decisión propia, es donde todavía me quedan cosas por traducir. Mis mayores satisfacciones, indudablemente, se las debo a él. Una Gretchen morena recitando como un ángel versos sublimes (al menos en el original) del Urfaust: “Mi paz se fue, me pesa el alma...” Oír a espléndidos actores y actrices defender como fieras las imposibles tiradas de El ignorante y el demente o Ritter, Dene, Voss de Thomas Bernhard. Disfrutar con un Corneille pasado por Tony Kushner o un Goldoni en versión Fassbinder. Oír a tres gigantes del teatro interpretando Play Strindberg, de Friedrich Dürrenmatt, una variante mejorada de la clásica Danza de la muerte. Escuchar Galileos, Madres Corajes, y Círculos de Tiza Caucasianos pirateados por sinvergüenzas que habían entrado a saco en mis traducciones. Disfrutar de la elegancia de Schnitzler, de los increíbles puñetazos en el plexo solar del Marat/Sade, hasta de las fecales provocaciones de Werner Schwab, no se paga con nada.

Y en la novela me he dejado olvidados a muchos. Por ejemplo a Alfred Döblin y su Berlín Alexanderplatz, quizá la mejor traducción que he hecho nunca, a Joseph Roth (perfecto modelo del autor que cualquier traductor de raza traduciría por nada), al enigmático y siempre elusivo W. G. Sebald, que empecé a traducir unos cuantos años demasiado tarde... y a autores con los que he mantenido una relación muy especial, como el traumatizado Henry Roth, el necrófilo Josef Winkler o mi encantadora amiga la turca Emine Sevgi Özdamar...

Lo he pasado bien, pero creo que han sido demasiadas traducciones: podría añadir una retahíla formada por Peter Handke, Hermann Broch, Heinrich von Kleist, Christa Wolf, Mozart, Wagner, Hans Werner Henze, William Faulkner (nada menos que William Faulkner)... Mi consejo sincero: no lean libros traducidos, ni siquiera los míos. Aprendan idiomas. En el peor de los casos, lean a Rulfo, a Borges y a Valle-Inclán y tendrán cubiertas por completo sus necesidades básicas. De verdad. Se lo dice un traductor experimentado. 

lunes, 25 de agosto de 2014

Miguel Sáenz habla de Thomas Bernhard

Bernhard hojeando un mal diario
Publicada en Cuarto Poder, el 14 de julio de 2012, la siguiente entrevista entre Elvira Huelbes y Miguel Sáenz trata fundamentalmente sobre Thomas Bernhard, pero también sobre varias cosas más, como se comprobará a continuación.

El amigo alemán y Thomas Bernhard, el duro

Una excusa perfecta me da alas para entrevistar a Miguel Sáenz –seguramente, el mejor traductor de literatura alemana- con el objeto de preguntarle sobre Thomas Bernhard: la editorial Cómplices acaba de publicar en español su traducción de Correspondencia, una selección de las cartas que el autor de Trastorno intercambió con su editor alemán, Sigfried Unseld, de quien hace poco declaró Sáenz que este libro  supone una revelación de la personalidad de uno de los grandes editores de la historia, aparte de tener más paciencia que el santo Job con el muy ególatra de Bernhard.

“Leí hace mucho su libro El autor y su editor (Taurus, 1985) e incluso llegué a conocerlo fugazmente en Madrid, pero sólo al traducir ahora sus cartas y los informes de viajes de alimentaron luego su Chronik (1970-2000) me he dado cuenta de su verdadera talla”, dice Sáenz, que aporta lo que el propio Bernhard escribió en una de las cartas, de 1986: “Tarde, pero no demasiado tarde, reconocerán los alemanes, aun aplicando los más altos criterios, que nunca ha existido un editor más importante”. Lo que no le impidió mandarle a hacer puñetas cuando el pobre Unseld, ante las muestras de egolatría persistentes de su autor, le confesó que tiraba la toalla.

–Yo no sé cómo podía ser tan duro con su editor.
–Unseld fue su mejor crítico, creyó en él desde el principio. Le apoyó en todo momento y Bernhard, aunque se resistiera, le hizo casi siempre caso. Por eso es tristísimo que su último mensaje a Bernhard acabe con las palabras “no puedo más”. Bernhard le respondió: “Si como dice en su telegrama, no puede más, bórreme de su editorial y de su memoria”.

–¿Por qué remitió sus cinco libros autobiográficos a otro editor? ¿Le gustaba castigar al pobre Unseld, quizás?
–Saber por qué Bernhard hacía lo que hacía es una ciencia esotérica que Unseld nunca llegó a dominar. En mi opinión, le gustó la idea de que sus libros autobiográficos, tan salzburgueses, se publicaran en una editorial de Salzburgo, a la que cedió también otro libro: En las alturas. Sin embargo, creo que la verdadera razón fue que disponer de otra editorial potenciaba inmensamente su capacidad de negociación con la editorial Suhrkamp.

–El caso es que Bernhard se quejaba amargamente de que no le vendían sus novelas como él habría querido.
–Es cierto que en una carta de 1968, se queja de que según las liquidaciones de la editorial, en tres años sólo se han vendido 1.100 ejemplares de Trastorno. Y dice que es un escándalo. Unseld contraataca enviándole las cifras de ventas, no muy superiores, de los libros de Samuel Beckett, autor estrella de la casa. Hay una frase en la obra teatral  La fuerza de la costumbreque aparece un par de veces en la correspondencia: “Hasta los genios tienen manías de grandeza cuando se trata de dinero”.

–Muy expresiva la frase.
–Los libros de Bernhard no han sido nunca best sellers en ninguna parte. Y en Austria, menos. Me atrevería a decir que se le lee mucho más en la Argentina –donde su influencia en algunos escritores es clara y reconocida– que en Austria. También en México, Chile y Cuba. En cuanto a España, yo solía decir, sin mucha base científica, que tenía 2.000 lectores fieles. Creo que exageraba, porque en las liquidaciones anuales no pasan de 150 los ejemplares vendidos entre sus tres editoriales. A veces, se venden cuatro o cinco. Su teatro es otra historia diferente. La próspera “industria Bernhard”  que hoy existe se basa fundamentalmente en sus obras teatrales.

–El teatro es pasión también de otro compatriota, Peter Handke.
–Bernhard tuvo siempre verdadera pasión por el teatro, sobre todo por los buenos actores. Pero también una buena razón para dedicarse a él: el dinero. Pero su teatro está más próximo al de Beckett o Genet que al de Handke.

Miguel Sáenz me explica cómo han resuelto el problema de cumplir la voluntad de Bernhard quien dejó muy clara la prohibición de que se publicara inédito alguno suyo tras su muerte. La cosa es que la editorial considera que lo que el autor austriaco preparó con intención de publicar se escapa a esa prohibición. Y estas cartas con su editor están en ese grupo. Con el carácter que demostró el escritor en más de una ocasión, hosco, huidizo con los periodistas, bronco con los que le querían, mejor no arriesgarse a que salte de su tumba pidiendo explicaciones, si me perdonan la salida de tono.

Hay en los autores austriacos un fondo común de sentimientos encontrados hacia su país como seguramente no exista en otros nacionales. Tanto Bernhard como Handke, como la Nobel Elfriede Jelinek se amargan la existencia con el odio a Austria que se convierte en amor cuando vuelven la mirada a sus raíces, a sus mundos infantiles, esa patria verdadera de la que habla Rainer María Rilke, otro ilustre hijo del Imperio Austrohúngaro. Algo de esas contradicciones las cuenta bien el periodista Riedl Joachim en un libro, Viena infame y genial, que en España se publicó gracias al gran editor Mario Muchnik, en 1995.

–¿Qué tendrá Austria que causa esos sentimientos encontrados?
–Todo escritor austriaco que se estime mantiene una relación de amor-odio a su país. A los citados habría que agregar a Ingeborg Bachmann y otros no tan conocidos como Hans Lebert o Franz Innerhofer, además de a todos los judíos, cuya representante más destacada quizá sea hoy Ruth Klüger.

–Alguna sustancia emocionalmente tóxica debe de haber…
–Cuando hablamos de Austria pensamos en Viena, que no tiene nada que ver. Si quieres saber lo que es una infancia en la Austria profunda, lee sin falta Cuando llegue el momento de Josef Winkler, publicado por Galaxia Gutenberg en 2004. Winkler, fantástico escritor (premio Büchner en 2008) sigue hoy todavía completamente traumatizado a causa de su infancia en Kamering, un pueblo diminuto de Carintia donde casi todos se llaman Winkler. Si en España no ha tenido el éxito que se merece creo que es porque en sus libros hay demasiados muertos. En las obras de Bernhard la gente se suicida como si tal cosa; en los de Winkler, los personajes –generalmente hermanos y homosexuales– se suicidan por parejas, utilizando un mismo ronzal para ahorrar cuerda.

–Qué triste. ¿Qué impresión te causó cuando lo conociste?
–Nunca conocí a Bernhard. En diciembre de 1988, después del estreno de Heldenplatz, cuando él estaba  muy enfermo y harto de Austria y los austriacos se puso en contacto conmigo por teléfono. Concertamos una cita en Torremolinos, donde él pensaba pasar las Navidades, para el 10 de enero de 1989. Antes de esa fecha recibí un mensaje de la editorial en el que me decía que, por su mal estado de salud, Bernhard había tenido que ser trasladado, por su hermano Peter Fabjan, médico, a su casa de Gmunden. Bernhard murió allí el 12 de febrero de 1989 y nuestra cita jamás tuvo lugar.

–De hecho, escribiste una biografía suya que publicó Siruela, en 1996. Una inmersión en la vida dolorosa del escritor, imagino.
–Escribí su biografía porque Jacobo Fitz-James Stewart [anterior editor de Siruela], antes de que escribiera una línea, me dijo que me la publicaría. Thomas Bernhard fue un hombre básicamente enfermo toda la vida, pero la verdad es que, desde muy joven, tuvo mucha suerte. No son tantos los escritores que pueden alojarse en el Timeo, de Taormina; el Seteais, de Sintra o el Ritz, de Madrid.

–Es un escritor difícil de traducir?
–No es difícil de traducir. Sólo hay que confiar en el lector, que no es tonto y se da cuenta de que su estilo es muy especial. Por eso ha sido relativamente un fracaso en los países anglosajones, donde han querido normalizar su prosa, y un éxito en Francia, y sobre todo Italia, donde los traductores han sido mucho más respetuosos.

Como Miguel Sáenz no lo va a mencionar, lo diré yo. En España, el austriaco tuvo mucha suerte con su traductor, aunque quizá él nunca llegara a saberlo del todo. Hay traductores que, en efecto, han hecho más grandes a los autores en según qué países, como le ocurrió a Ismail Kadaré, con Ramón Sánchez  Lizarralde, en España, y Jusef Brioni, en Francia, ambos ahora desaparecidos.

–¿Por qué hay que leer a Bernhard y por dónde empezar?
–Porque es un gran escritor y, con Kafka, lo mejor que ha producido el siglo XX. El peligro no es su supuesta dificultad sino convertirse en adicto. Los cinco libros “autobiográficos” me parecen un buen comienzo. Y luego, quizá, Trastorno. A partir de ahí, uno se convierte en bernhardiano sin haberse dado cuenta.


sábado, 7 de septiembre de 2013

Discurso de Miguel Sáenz en su entrada a la RAE (VI)

Sexta y última parte del discurso de entrada en la RAE de Miguel Sáenz.

Servidumbre y grandeza de la traducción (VI)

Aunque quizá sea poco ortodoxo, quisiera hacer ahora, desde aquí, un llamamiento a todos los traductores a la lengua española, al castellano, de ambos lados del Atlántico, para que respeten a sus colegas, es decir, para que se respeten a sí mismos. La historia de las traducciones al español en Hispanoamérica y España es larga y no hay tiempo para exponerla con detalle. Baste decir que, tras una época de traducciones españolas en Latinoamérica (en su mayoría pésimas), en los años veinte y treinta del siglo XX, se produjo, en gran parte como consecuencia de la guerra civil española, un florecimiento de la edición y la traducción en la América Latina, sobre todo en la Argentina y México, y España se alimentó durante veinte años de traducciones de ultramar que, en general, los españoles solían considerar malas. Ya Francisco Ayala, en 1965, se quejaba de que “al traductor se le escatima el respeto que al autor extranjero es concedido sin pena” (Ayala,1965: pág. 14).

Fernando Savater, sin embargo, ha hecho el elogio de aquellas beneméritas editoriales y de aquellos no menos beneméritos traductores: “Sin el Fondo de Cultura Económica, lo hubiéramos ignorado casi todo en el campo de la sociología, la antropología, la economía y buena parte de lo más importante de la filosofía (,Ser y tiempo, La fenomenología del espíritu, etcétera); sin la editorial Losada muchos nos habríamos quedado sin Sartre, Gide, Kafka, Pasolini y un largo y estimulante etcétera; gracias a Sur leímos la Dialéctica del iluminismo de Adorno y Horkheimer, los primeros ensayos de Walter Benjamin y otros pensadores alemanes relevantes, en las traducciones de H. Murena: ¿qué habría sido de nosotros sin ellas, y sin Joaquín Mortiz, Sudamericana, Emecé o sin lo publicado en Argentina y México por Aguilar...?” (Savater, 1998). Por mi parte, debo a esos traductores de ultramar mi primer Faulkner (Mientras yo agonizo), El lobo estepario de Hermann Hesse y la totalidad del teatro de Eugene O’Neil.

Luego los términos se invirtieron en la industria editorial. España se convirtió en una gran potencia libresca e inundó Latinoamérica de traducciones allí consideradas en gran parte deleznables... lo que prolongó, hasta hoy, los desencuentros (Willson, 2004).

Marcelo Cohen ha descrito con humor y agudeza las tribulaciones de un traductor latinoamericano en España, y en un momento dado dice: “en el futuro cada libro exigirá del traductor, como exige la escritura, no solo una solución parcial, sino una teoría ad hoc, como si la traducción se convirtiera en una rama de la patafísica, esa ciencia de las soluciones imposibles” (Cohen, 2007: págs. 19 y 23).

Los españoles aceptan encantados cualquier obra teatral de Chejov con acento porteño y adoran literalmente el cine argentino. Leen sin dificultad, con inmensa y justificada admiración, a los grandes autores latinoamericanos... ¿Por qué son incapaces de aceptar que una traducción tenga el acento de algún país de América? Y a la inversa: ¿por qué a veces, en América Latina, se califica a una traducción de mala, simplemente por ser española, sin atender más razones?

Creo que en este aspecto, los traductores, lectores y editores de todos los países hispanohablantes deberíamos hacer un acto de contrición. Las traducciones pueden y deben criticarse, pero no es la nacionalidad lo que determina su calidad, su fidelidad (“creadora” o no), su estilo, su ritmo, su credibilidad, su simple sentido común...

El traductor literario, hoy, sigue teniendo en todas partes un serio problema de identidad. No se siente reconocido. Sin embargo, tal vez el desarrollo de la tecnología haga que, un día, también el autor original sea un completo desconocido y que no haya escritores sino textos. Borges lo anticipó en “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius” al decir: “se ha establecido que todas las obras son de un solo autor, que es intemporal y es anónimo” (Borges 1979: I, pág. 325). Y en “La flor de Coleridge” cita a Emerson y a Shelley: “«Diríase que una sola persona ha redactado cuantos libros hay en el mundo; tal unidad central hay en ellos que es innegable que son obra de un solo caballero omnisciente» (Emerson: Essays, 2, VIII). Veinte años antes, Shelley dictaminó que todos los poemas del pasado, del presente y del porvenir, son episodios o fragmentos de un solo poema infinito, erigido por todos los poetas del orbe (A Defence of Poetry, 1821)”. Quién sabe, tal vez un día, en Internet, autores y traductores se confundan en la nada.

***

 Al terminar me doy cuenta de que el título de este discurso era redundante, tautológico. La grandeza de la traducción estriba precisamente en su servidumbre. Pero quisiera subrayar esa grandeza con un hermoso texto de John Donne que siempre me ha fascinado. Forma parte de las “De vociones para ocasiones que surgen” y pertenece a la Meditación XVII. Mi traducción, claramente inferior al original, dice así:

Toda la humanidad es de un solo autor y es un solo
volumen: cuando un hombre muere no se arranca un
capítulo al libro sino que se traduce a un lenguaje
mejor; y todos los capítulos serán así traducidos; Dios
emplea varios traductores; algunos capítulos son
traducidos por la vejez, otros por la enfermedad, otros
por la guerra, otros por la justicia; pero la mano de
Dios está en todas las traducciones, y esa mano volverá
a encuadernar nuestras hojas dispersas, para esa
biblioteca, donde cada libro quedará abierto a los
demás (4).

 4 Devotions Upon Emergent Occasions. Meditation XVII.
“[...] all mankind is of one author, and is one volume; when one man dies, one chapter is not torn out of the book, but translated into a better language; and every chapter must be so translated; God employs several translators; some pieces are translated by age, some by sickness, some by war, some by justice; but God’s hand is in every translation, and his hand shall bind up all our scattered leaves again, for that library where every book shall lie open to one another”.

***

Y ahora tengo que dar todas las gracias que me restan y empezaré por mi familia, en gran parte aquí presente. Debo a mi mujer, Grita Loebsack, muchas cosas y no es la menor el haberme guiado con frecuencia por los bosques impenetrables de la sintaxis alemana. Mi hermana Me rcedes y mi cuñado japonés, el profesor Kimio Kase, son los lazos que me unen al Lejano Oriente. De mis cuatro hijos (dos varones, dos hembras) solo puedo decir que son, sin lugar a dudas, mis cuatro mejores traducciones, y de mis innumerables nietos que, sin su entusiasta colaboración, habría terminado unos meses antes de preparar este discurso, aunque nunca hubiera querido prescindir de ella. Debo mucho a Pollux Hernúñez, dramaturgo, ensayista y traductor, y a Carlos Fortea, gran traductor, escritor y decano de la Facultad de Traducción y Documentación de la Universidad de Salamanca. Y quiero expresar mi agradecimiento, muy especialmente, a D. Luis Goytisolo, D.ª Margarita Salas y D. Pe d ro Álvarez de Miranda, que tuvieron la audacia de proponer mi ingreso en esta, así llamada, docta institución. Por ultimo os quiero dar las gracias más sinceras a vosotros, señoras y señores académicos de la Real Academia Española, que habéis tenido la generosidad de abrir las puertas de esta casa a quien no es en definitiva más que un pobre, aunque orgulloso, traductor.

REFERENCIAS BIBLIOGRÀFICAS:
ALBERTI, Rafael (1956): Marinero en tierra, Losada, Buenos Aires.
ALVAR, Carlos (2009): El Quijote: letras, armas, vida, Sial/Trivium, Madrid.
ÁLVAREZ-ARENAS, Eliseo (1969): El español ante el mar, Revista de Occidente, Madrid.
– : Teoría bélica de España (1972), Revista de Occidente, Madrid.
– : Idea de la guerra (1984), Editora Naval, Madrid.
– : Investigaciones estratégicas (1985), Editora Naval, Madrid.
– : Del mar en la historia de España (1987), Editora Naval, Madrid.
– : “ Canto al mar” (1996) [Discurso de ingreso], Real Academia Española, Madrid.
– : Desde el pensar al hacer (Ensayo de ensayos) (1997), El País/Aguilar,
Madrid.
ÁLVAREZ DE MIRANDA, Pedro (2010): “Peras al olmo”, Rinconete, <http://cvc.cervantes.es/el rinconete/anteriores/junio 10/280620 0 1.htm>.
APARICIO, Frances R. (1991): Versiones, interpretaciones y creaciones (Instancias de la traducción literaria en Hispanoamérica en el siglo veinte), Hispamérica, Gaithersburg, Maryland.
AYALA, Francisco (1965): Problemas de la traducción, Taurus, Madrid.
BARRENTO, Joâo (2002): O poço de Babel (Para uma poética da traducâo literária), Relógio d’Agua, Lisboa, 2002. 45
BENJAMIN, Walter (1992): “Die Aufgabe des Übersetzers”, Sprache und Geschichte (Philosophischde Essays)”, Philipp Reclam jun., Stuttgart, págs. 50-64. [“La tarea del traductor”, trad. de H.P. Murena, en Miguel Ángel Vega [compilador], Textos clásicos de la teoría de la traducción, Cátedra, Madrid 1994, págs. 285-296].
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viernes, 6 de septiembre de 2013

Discurso de Miguel Sáenz en su entrada en la RAE (V)

Salman Rushdie
Quinta parte del discurso de Miguel Sáenz en su entrada a la Real Academia Española.

Servidumbre y grandeza de la traducción (V)

Quisiera hacer ahora una breve digresión, también autobiográfica, que sin embargo guarda estrecha relación con el estatus del traductor en la sociedad española, en nuestra sociedad actual. ¿Por qué se supone que un traductor debe ser, al menos idealmente, solo traductor? ¿Por que se piensa que debiera poder vivir exclusivamente de la traducción? ¿No es su situación asimilable, por ejemplo, a la del poeta?

A finales de los años setenta, Jaime Salinas, hijo de Pedro Salinas y gran editor, creó un comité de lectura para la editorial que entonces dirigía. El comité celebraba sus sesiones, de periodicidad irregular, en el edificio Torres Blancas de Madrid, y creo que nadie ha escrito seriamente sobre él, a pesar de que su influencia en la vida cultural española fue importante. La composición del comité era de lo más diverso: además del propio Jaime Salinas formaban parte Luis Goytisolo, que se trasladaba desde Barcelona para asistir a las reuniones, la invencible pareja de juanes (es decir, Juan Benet y Juan García Hortelano), nuevos valores en alza de la literatura española, como un joven Javier Marías y un no menos joven Juan José Millás, críticos como Rafael Conte, traductores como Esther Benítez, Amaya Lacasa, Pablo Sorozábal, Eduardo Naval o yo mismo, una jovencísima Michi Strausfeld (que revolucionó desde allí, con importaciones en lengua alemana, la literatura infantil y juvenil española) y toda clase de escritores y literatos de paso por Madrid que podían ser un Julio Cortázar o un Vicente Molina Foix.

Lo interesante es que los traductores no desempeñaban solo su función de traductores sino que actuaban también como exploradores, críticos, descubridores e informantes. Jaime Salinas, que tenía necesidad de expertos en literatura alemana, decidió un día buenamente convertirme en uno de ellos, por lo que le estaré siempre agradecido. La consecuencia fue que, para estar a la altura de lo que me pedía, estudié filología alemana en la Universidad Complutense, donde tuve como profesor a D. Emilio Lorenzo, a quien debo también un profundo agradecimiento, porque no solo fue un espléndido traductor (ahí están su Cantar de los Nibelungos y sus traducciones de Jonathan Swift) sino también un gran maestro, capaz de hacer compatibles la más profunda erudición con la mayor amenidad.

Mi camino por la germanística me llevó hasta la Deutsche Akademie für Sprache und Dichtung, la academia alemana de lengua y literatura (o, literalmente, poesía). Y al respecto debo expresar asimismo mi reconocimiento a los académicos que fueron mis introductores en ella: el profesor Hans-Martin Gauger de la Universidad de Friburgo, gran romanista, y el profesor Eustaquio Barjau, catedrático emérito de Literatura y Filosofía alemanas de la Un i versidad Complutense de Madrid.

No voy a hablar ahora sobre la Deutsche Akademie für Sprache und Dichtung, muy distinta de esta Real Academia Española y más centrada en la literatura, pero de composición igualmente heterogénea. Solo quisiera decir que, además de conceder anualmente el premio Büchner, la más alta recompensa de la literatura en lengua alemana, otorga otros premios, como el Sigmund Freud, para prosa científica, el Johann Heinrich Merck, para crítica literaria y el Johann Heinrich Voss, para traducciones al alemán (cuya lista de galardonados incluye a los mejores traductores alemanes). Pero me interesa resaltar especialmente el premio Friedrich Gundolf, que lleva el nombre de este gran germanista y a cuya comisión pertenezco, porque es una recompensa que, destinada originalmente a la difusión de la germanística en el extranjero, es decir, a profesores universitarios, cambió sus estatutos en 1990 y en la actualidad premia simplemente la difusión de la cultura alemana, lo que ha hecho que recaiga en personalidades como Giorgio Strehler, Massimo Cacciari o Imre Kertész... y también, y esto es lo importante ahora, en traductores, como reconocimiento a su labor de divulgación. En 2011 el premio correspondió a Feliu Formosa, por sus traducciones de literatura alemana al castellano y al catalán, y por su labor de difusión del teatro de Bertolt Brecht en España, en unos años difíciles.

***

Las declaraciones positivas o negativas sobre la traducción podrían multiplicarse. Rafael Cansinos-Assens, gran traductor y uno de los pocos españoles a los que Borges admiraba, nos ha dejado testimonios sobre la picaresca de su tiempo, cuando comprendió que podía ganarse (mal) la vida traduciendo: “Yo torcía el gesto... Eso de traducir, de ve rter al propio idioma los sentimientos ajenos, era algo secundario, servil... Yo quería expresar los míos...” (Cansinos-Assens, 1982: pág. 159).

Lo que interesaría más ahora, creo, sería la trágica picaresca actual, pero hablar de ella rebasaría todos los límites de este discurso. Cuando, tras mi época de las Naciones Unidas, volví a España, me dí cuenta de que mi posición como traductor de literatura no era la habitual. Yo tenía otros medios de subsistencia y podía permitirme el lujo de tratar con los editores en pie de igualdad.

En mi ingenuidad, me imaginaba al traductor ideal como al Inca Garcilaso de Vega ante los Diálogos de amor de León Hebreo. Luis Loayza, excelente poeta, novelista y ensayista (¡y traductor!) peruano lo ha descrito así:

Escribe pausadamente, con el libro italiano frente a él. A veces se detiene y pronuncia en voz alta una palabra, apreciando su peso, su color exacto, antes de escribirla cuidadosamente con letra tímida y redonda. Al acabar un párrafo vuelve a leerlo y altera todavía un término asonante, hace más nítido un adjetivo, somete el ritmo al movimiento general del período. No tiene prisa; unas páginas, unas líneas le son resultado suficiente si consigue verter en limpia prosa española ese pensamiento que ha frecuentado durante años. (Loayza, 1974: pág. 81).

O bien, cuando se trataba de traducir clásicos, me inventaba un diálogo con alguna de las mentes más preclaras de la Humanidad. El soneto “Desde la torre” de Quevedo, tan bellamente glosado por D. Darío Villanueva (Villanueva, 2007) me parecía reflejar mi situación: 

Retirado en la paz de estos desiertos,
con pocos, pero doctos libros juntos,
vivo en conversación con los difuntos
y escucho con mis ojos a los muertos.

Sin embargo, todo aquello tenía poco que ver con la realidad cotidiana. Y de mis compañeros españoles aprendí. Sobre todo, solidaridad. Quisiera evocar ahora a Esther Benítez, que tanto luchó por los derechos del traductor en España. Gracias a ella, tenemos hoy una Ley de propiedad intelectual que reconoce sin lugar a dudas la condición de autor del traductor.

La lucha con editores poco escrupulosos, la reivindicación de derechos inalienables, la mención del nombre del traductor en la cubierta del libro (que la UNESCO recomendó en Nairobi, nada menos que en 1976), la fijación de unas tarifas mínimas... deben inscribirse en la lista de las servidumbres de la traducción. Cuántas veces me he sentido inclinado a decir, al conocer el caso lastimoso de algún colega: “¡Dios, qué buen vasallo si oviesse buen señor!”, aunque, como en el propio verso del Cantar de Mio Cid, no siempre estuviera claro quién podía ser ese “buen señor” (Menéndez Pidal, 1964).

El contacto con autores que comprenden la importancia de la traducción se sitúa en el otro platillo, el positivo, de la balanza. Personalmente, quisiera mencionar a Günter Grass , cuyas reuniones con sus traductores (su “familia ampliada”, los llama él) son ya legendarias y a quien me honro en llamar amigo, y a Salman Rushdie, uno de los pocos escritores que han reconocido que, si en las traducciones se pierde algo, con frecuencia también se gana. En su novela Shame (Vergüenza), el narrador dice: “Yo también soy un hombre traducido. He sido llevado a través. Por lo general se cree que siempre se pierde algo en la traducción; yo me aferro a la idea –y aduzco, para probarla, el éxito de Fitzgerald- Khayyam– que también puede ganarse algo” (Rushdie, 1983: pág. 29). En una conferencia pronunciada en la Universidad de Turín en 1999, sobre las influencias literarias (Rushdie, 2003: pág. 92), Rushdie hablaba de cómo le impresionó el hecho de que Rabindranath Tagore, el premio Nobel bengalí, hubiera tenido una influencia mucho mayo r en Latinoamérica, gracias a su editora argentina, Victoria Ocampo –y a sus traductores españoles Zenobia Camprubí y Juan Ramón Jiménez, hubiera debido añadir–, que en la propia India.

Por cierto, Rushdie demuestra su cultura cervantina al llamar Benengeli al pueblo en el que transcurre, en parte, la acción de su novela El último suspiro del moro, un pueblo cuyos “burrotaxis” bastan para identificarlo con Mijas, lo que plantea la cuestión de si no habría que incluir este término en el diccionario de la Real Academia Española.

Y a Rushdie se debe también un texto estremecedor sobre la muerte de Hitoshi Igarashi, el traductor japonés de Los versos satánicos asesinado. Dice así: “No conocí al profesor Igarashi, pero él me conocía, porque traducía mi obra. La traducción es una especie de intimidad, una especie de amistad, y por eso lloro su muerte como lloraría la de un amigo” (Rushdie, 2003: págs. 284 y 285).

***

continúa en la entrada de mañana