miércoles, 26 de abril de 2023
Ariana Harwicz, harta por escrito
jueves, 23 de junio de 2022
Una charla sobre literatura con Adán Kovacksics
El el pasado 16 de junio, Ariana Harcwicz y Ariana Sáenz Espinosa publicaron en la revista Letras Libres un diálogo que mantuvieron con el traductor Adán Kovacsics. En la bajada de la nota se lee que se trata de “un referente en el ámbito de la traducción. Nacido en Chile y de ascendencia húngara, ha vertido al español la obra de Imre Kertész, Karl Kraus, y László Krasznahorkai, entre otros. Por esta labor recibió en 2009 la distinción Pro Cultura Hungarica del gobierno de Hungría, y en 2010 el Premio Nacional a la Obra de un Traductor del Ministerio de Cultura español. En esta plática, recorre la distancia entre el alemán de Kafka y un concierto de la Filarmónica de Leningrado”.
ARIANA SAENZ ESPINOZA (ASE): Juan José del Solar vivía acá.
AH: No sé por qué nunca aprendí piano, ¿vos aprendiste?
viernes, 25 de febrero de 2022
"Una de las figuras más radicales de la literatura argentina contemporánea"
“Propongo cubrirnos con comillas para no ofender a nadie”
La escritora argentina residente en Francia Ariana Harwicz (Buenos Aires, 1977) protagonizó un nuevo episodio en su lucha contra la corrección política en la literatura. “La traductora de La débil mental me pide poner comillas cuando el personaje se dice, a sí misma, retrasada mental –escribió en su cuenta de Twitter–. Dice que en su idioma es ofensivo, en el mío también, le digo. Por eso propongo cubrirnos con comillas. Eso equivaldría a usar prótesis morales o comillas policíacas”. En respuesta a un tuit del escritor Enzo Maqueira, agregó: “¿No sabías que los traductores reescriben hoy la literatura? No todoooos, los que adhieren a esa ideología”. Y, ante una pregunta irónica del escritor Bob Chow (”y en la tapa? El título no debiera llevar comillas?”), concluyó: “Comillas, nota al pie y mea culpa del autor”.
Tiempo atrás, la autora de Matate amor había contado que varios editores estadounidenses primero habían mostrado interés en lanzar sus novelas y que luego cambiaron de opinión porque sus ficciones no condicen con el “clima de época”. Como en la Argentina también se cuecen habas, a fines de 2021 Harwicz criticó las bases del concurso de cuentos organizado por el Banco Provincia y lamentó que los jurados no se hubieran pronunciado al respecto. En el artículo 7 se advertía que serían desestimadas las obras con contenido agresivo, discriminatorio o publicitario, que atentaran a la moral, fueran ofensivas a personas o instituciones, o que contuvieran textos o palabras obscenas, sexistas o racistas.
Harwicz aclaró que su mensaje en Twitter no estaba dirigido a las traductoras de Charco Press. “Mi trilogía va bien en Charco porque es un sello marginal en el buen sentido, en el sentido de mirar las literaturas corridas del centro”, dice a La Nación. Esto se debe a que el debate en Twitter (en el que se la tilda –meme mediante– de “políticamente conservadora”) coincidió con el lanzamiento de su novela Precoz en inglés: Tender fue traducido por Carolina Orloff y Annie McDermott, y publicado por esa editorial, que difunde literatura latinoamericana contemporánea en la lengua de Shakespeare.
Trilogía involuntaria
Desde ahora, los lectores del Reino Unido, Estados Unidos y Australia, entre otros, podrán conocer la “trilogía involuntaria” de Harwicz, que se completa con La débil mental (Feebleminded) y Matate, amor (Die, My Love) –por el título de esta nouvelle, Harwicz fue bloqueada en Twitter a inicios de 2021–. Además, la prestigiosa revista inglesa Granta publicó hoy un fragmento de Tender. “Comparada con Nathalie Sarraute y Virginia Woolf, Ariana Harwicz es una de las figuras más radicales de la literatura argentina contemporánea –se lee en la revista–. Su prosa se caracteriza por la violencia, el erotismo, la ironía y la crítica directa a los clichés que rodean las nociones de familia y las relaciones convencionales”. La productora estadounidense Expanded Media compró los derechos de los tres libros para llevarlos al cine y el sello español Anagrama lanzará este año los tres títulos en un solo volumen como la Trilogía de la pasión. Una elogiada versión teatral de Precoz se puede ver en Dumont 4040.
“Trabajo mucho con las traductoras y puedo ver las diferencias entre el español y el inglés y el turco o el italiano, y cómo se pide a la lengua y a los autores argentinos que hagan concesiones. La traducción se encuentra en el centro de las tensiones y balas cruzadas entre la presión de la cultura woke y el deseo de respetar la obra de los autores, y los traductores reciben mucha presión por parte de las grandes editoriales –dice Harwicz–. La marginalidad de mi obra está en la propuesta estética, en la lengua; les pedí a las traductoras de Charco que no hicieran entendible nada, que el lector de Londres, Dublín o Boston lea esa transposición entre el porteño y el inglés, mediado por el francés”. Y agrega que cuando un autor entrega un libro a un traductor, “le entrega la posibilidad de que destruya la obra, aunque el traductor obedece y trabaja con el editor, así que el autor queda en manos de los dos; en Francia han hecho desastres con traducciones de libros de argentinos, pero nadie se entera o a nadie le importa”.
En un capítulo de Escribir palabras ajenas, titulado “Las espaldas del traductor”, el escritor y traductor Pablo Ingberg se refiere a los temores de traductores y editores a la hora de respetar las “rarezas” de las obras originales. “Pero la literatura es por definición rareza, es usar la lengua de un modo distinto que en su uso comunicativo habitual, es darle otro relieve, es en cierto modo hacerle violencia –dice Ingberg a este diario–. Por otro lado, hay a veces traductores que creen que pueden ‘mejorar’ el original: eso también me parece grave. En la traducción hay que tener confianza en el lector, la misma que tuvo el autor de la obra original, la autora en este caso”.
“La traducción, como todo, depende de modas –sostiene el traductor y escritor Jorge Fondebrider–. Hubo momentos en que los traductores juzgaron que el estilo de un escritor no era bueno y lo enmendaron: es el caso de lo que hicieron Baudelaire y Cortázar con los cuentos de Edgar Allan Poe; hubo épocas en que se privilegió la reescritura sobre la traducción: el Whitman y el Faulkner de Jorge Luis Borges, o el Joseph Conrad y Henry James de Sergio Pitol, por ejemplo, que revelan más la idiosincrasia de ambos que lo que dicen los originales; hubo épocas en que se buscó traducir de manera poco ecuménica, como pasa con la mayor parte del catálogo de ficción de Anagrama; en su tiempo, el catálogo que dirigía Ricardo Piglia para Tiempo Contemporáneo, en que personajes lejanos en la geografía y el tiempo voceaban como contrapartida de los españolismos que tanto nos irritan, etcétera. Ahora, en la época de lo políticamente correcto, de las cancelaciones y de todas esas construcciones contra natura, hay traductores que buscan no ofender a ninguna minoría y, bajo cualquier pretexto, les enmiendan la plana a los escritores”.
Fondebrider, fundador del Club de Traductores Literarios de Buenos Aires, recuerda que el escritor Rafael Spregelburd le contó que su traductor alemán, en una obra donde los personajes hablaban de cuánto dinero ganaban, insistía en suprimir esas partes porque en Alemania no se habla públicamente de esos temas. “En buena medida, es lo que denuncia Ariana Harcwiz que, pobre, vive luchando contra estas estupideces, y tiene razón en irritarse –agrega–. Porque, disimuladamente, es una forma de censura, ya sea estética o ideológica. Recuerdo el famoso caso de La broma, la novela de Milan Kundera, a la que el traductor francés suprimió y agregó personajes, y sumó capítulos porque le parecía que Kundera no había hecho un buen trabajo. De paso, le cambió el estilo: del lineal que manejaba el autor, el traductor pasó al barroco. Es, en cierto modo, lo que hicieron muchos traductores españoles con Beckett, ahora legible en las versiones de Matías Battistón. O lo que pasó cuando Alejandro González tradujo a Dostoievski directamente del ruso, reproduciendo su estilo y no las mediaciones del francés y del inglés anteriores. Estas cosas pasan en todas las lenguas. Recientemente, la obra de Kafka volvió a ser traducida porque las traducciones consideradas canónicas habían sido orientadas por Max Brod y se alejaban de lo que Kafka había escrito en realidad”. Para los interesados en literatura, cabe señalar que Fondebrider abrió una cuenta en Instagram (@fonde_dice) donde comenta libros y autores que no están de moda y que raras veces aparecen en las páginas los suplementos culturales.
jueves, 28 de octubre de 2021
"Huir de un idioma, es como abandonar el ejército"
El pasado 23 de octubre, Virgina Batista publicó en el diario Excelsior, de México, la siguiente entrevista con Ariana Harwicz y Mikaël Gómez Guthart, a propósito de la publicación en ese país de Desertar. Según la bajada, “Los escritores entregan ‘un epistolario histérico’ en el que revisan conceptos como escritura, traducción, identidad y lengua.
viernes, 4 de diciembre de 2020
Preguntas a autores, traductores, editores y agentes (2)
miércoles, 4 de noviembre de 2020
"Cada nación, cada país y cada cultura se define por la relación que establece con su lengua"
“En un mundo globalizado e hiperconectado, la lengua es una forma de proteger, desarrollar e internacionalizar la literatura autóctona. Pero, ¿es igual para todos? ¿Qué implicancias tiene en el universo de los libros? Infobae Cultura conversó con Ariana Harwicz, Mariana Dimópulos, Víctor Malumián y Martín Kohan”. Eso dice la bajada de la nota publicada por Luciano Sáliche el pasado 1 de noviembre.
El idioma en disputa: cómo influye la supremacía del inglés en las
literaturas y los mercados editoriales periféricos
Si el lenguaje es un terreno de intensa lucha política —la
arena de la lucha de clases, decía Voloshinov—,
el idioma es un campo de batalla que repercute en todas las esferas de las
relaciones sociales. “En la historia occidental, hubo muchas ‘lenguas del
imperio’. Al español le tocó su hora, lo sabemos por nuestra propia historia
latinoamericana. Bastante simplificado se puede decir: primero fue el italiano,
después el español, luego el holandés, luego el francés y por último el
inglés”, dice Mariana Dimópulos,
autora y traductora. ¿Y qué implicancias tiene la supremacía del inglés en las
literaturas y mercados editoriales periféricos? ¿Se puede seguir hablando de
colonialismo cultural en este mundo globalizado, hiperconectado y
sobreinformado? ¿Cómo se tallan los libros en los márgenes lejanos del gran
imperio?
Desde 2007, Ariana
Harwicz vive en Francia, donde “la lengua es todo”. “El que
maneja la lengua se puede defender. El que no la maneja está muerto
socialmente, políticamente. Con excepción del comodín del inglés. Digamos que
los franceses te lo perdonan por esa devoción oculta y esa relación
contradictoria y de fascinación que tienen con el inglés. Pero todas las otras
lenguas son ‘menores’. En Francia la adaptación a la cultura pasa por la
lengua, pero cada nación, cada país y cada cultura se define por la relación
que establece con su lengua, y también respecto a los inmigrantes, a los
extranjeros, que no la hablan o que la hablan de otro modo. Es eminentemente,
de manera obvia, una relación de poder, de centro y periferia, de centralidad y
marginalidad, de imperio y subordinados”, agrega la escritora argentina.
“Yo siempre lucho para poder hablar
en español —continúa la autora de Matate,
amor y Degenerado—.
Más allá de que soy bilingüe con francés y entiendo inglés, no es que tenga una
postura firme e inamovible de no pasar de lengua. Es una cosa muy interesante
pasar de lengua. Lo digo yo que vivo en otra lengua. Lo que pasa muchas veces
es que todos los latinoamericanos que conozco en todos los ámbitos se esfuerzan
por hablar un inglés perfecto. Al revés no pasa nunca. Me acuerdo en la Alianza
Francesa, antes de irme a vivir afuera, y me acuerdo del Instituto Goethe y de
cualquier evento: cuando vienen de
afuera son dioses, viene un francés o un yanqui o un inglés y todos corremos a
hablar la lengua de ellos. Ellos no pueden hablar español, ni tres palabras, ni
aunque estén en nuestro país. Y cuando nosotros vamos allá, no hablamos español
porque somos los recibidos. Hay una relación de fuerza que la
asumimos como statu quo y no la peleamos, y me parece que sería
interesante pensarla.”
Por su parte, Martín Kohan prefiere matizar las implicancias del supremacismo inglés en las literaturas periféricas: “En lo que a mí respecta, [no repercute] en nada que yo alcance a advertir. Hay novelas mías traducidas al inglés, como las hay en otros idiomas. Y en cuanto a las ferias del libro o los festivales literarios, me ha tocado estar por caso en Gran Bretaña, en Francia, en Italia o en Brasil: siempre me ofrecieron la posibilidad de contar con un traductor, si lo precisaba. Supongo que pasa a ser un requisito de importancia para un agente literario o para un agente de prensa; pero como yo no me ocupo de gestionar mis libros ni tampoco de promocionarlos, la cuestión no me afecta”. Respecto a si existe un imperialismo cultural en la cuestión de la lengua, sostiene que, “en términos económicos, sin duda; pero en términos lingüísticos, no me parece”.
Víctor Malumián, editor de Godot y coautor de Independientes, ¿de qué?, ha concurrido a varios festivales internacionales y sostiene que “en todos los países la lengua de habla entre una persona proveniente, por ejemplo, de China y de Alemania suele ser el inglés. No es un tema sólo del castellano”. En Argentina es común la figura del traductor en mesas de festivales, pero, ¿qué ocurre en los eventos literarios de otros países? “Es común, en parte no solo por una tradición, además influye el excelente trabajo de instituciones como el Goethe, Institut Français Argentina y CCEBA, que están siempre pendientes de lo que sucede a nivel cultural e intentan generar una conversación donde se hacen eco del trabajo local y logran un estupendo nivel de participación. Es determinante si se piensa en una política cultural de la lengua o de nuestro país en otros territorios y lenguas”.
“Toda literatura en lengua que no
sea la inglesa ‘depende’ en buena parte de la traducción para poder circular
internacionalmente”, dice Dimópulos, autora de Quemar el cielo y Carrusel Benjamin. “Esto está condicionado por los lectores en
las editoriales, los editores, y por supuesto los agentes. Le pasa tanto a un
libro de un autor alemán u holandés como a un libro de un autor
latinoamericano. Claro, las editoriales de mayor poderío pueden mandar a
traducir muestras de libros para ‘competir’ en el mercado internacional. Esto
respecto a los libros en sí mismos. Ahora bien, seguramente el autor alemán y el autor holandés tienen, por el simple
hecho de pertenecer a sociedades de bienestar y de enorme vinculación con el
mundo angloparlante, muchas mayores posibilidades de hablar (bien) en inglés si
alguna vez son invitados a un festival o a un congreso. No les pasa sólo a los
escritores, esto es un fenómeno que se da en el comercio, en el arte, en los
intercambios culturales en general. Sólo que el escritor se ve
afectado especialmente: su medio de trabajo es la misma lengua que debe
abandonar”.
Para Malumián, la cuestión
imperialista en este debate por la lengua "es determinante. Los pocos países de primer mundo que no
tienen programas de traducción para facilitar la internacionalización de la
producción cultural son Estados Unidos e Inglaterra, y eso está dado, en gran
parte, porque su idioma se ha convertido en el punto de encuentro del resto del
mundo. La lista de países o lenguas que invierten en promover su cultura
ya sea mediante traducciones, apoyos a viajes, promoción, etc. es bastante
extensa y oscila desde el francés y el alemán hasta el polaco y el esloveno. No
solo depende de la tensión entre centro y periferia sino además de la voluntad
gubernamental de construir una política cultural que ayude a difundir lo que
sucede puertas adentro de un país.
Es muy común la figura del traductor, del intérprete en
festivales de toda Europa, pero siempre con la excepción del inglés. Alguien me
podrá decir: es obvio, es la lengua del imperio, es la lengua común. Pero la
desproporción, la disparidad, la injusticia es enorme”, comenta Harwicz.
“Digamos que se sobreentiende que tenés que saber inglés. No importa cuán
consagrado estés, cuánta visibilidad tengas, cuán importante o no sea tu obra,
si no sabés inglés quedás excluido de muchos eventos. Contrariamente a lo que
veo que pasa en América Latina y en Argentina, que lo conozco más, en donde
seguimos en esta época con luchas sobre paridad de género, una lucha
revolucionaria retomada por las feministas hoy, me llama la atención que ese otro modo de sumisión concreto, político,
ese otro modo fuertísimo, feroz de sumisión que es la lengua, una lengua
sometida a otra, no sea denunciado en ámbitos culturales”.
Agrega Ariana Harwicz: “Veo una gran pasividad y una aceptación. No veo que se esté ‘combatiendo’ eso, veo una docilidad respecto de esa desigualdad de poder y hasta algo ciertamente snob con la lengua inglesa. En algunos festivales, hablar inglés es excluyente. Me llama menos la atención que en festivales de la India, por ejemplo, donde se podría considerar ‘neutral’, te exijan que hables en inglés como lengua común... eso me llama menos la atención que editoriales y festivales que trabajan sobre la cultura latinoamericana; ahí me parece más contradictorio el regodeo con la lengua inglesa cuando de lo que se trata es de hablar de literatura latinoamericana. Vienen autoras inglesas o norteamericanas al Filba y las entrevistan las argentinas que mejor hablan inglés: perfecto. Pero después cuando esas mismas autoras van afuera y ellas piden hablar español no se les permite”.
“La lengua fabrica y a la vez expresa los dominios culturales en general”, apunta Mariana Dimópulos, y continúa: “En la circulación de las traducciones se ve fácilmente: Londres y Nueva York traducen muy poco en comparación con lo que exportan a otras lenguas. Acá no hay discusión alguna, para mí: el inglés es la lengua de los intercambios internacionales, en la literatura, en la filosofía, por no hablar de las ciencias. Hay que ver si se trata de ‘imperialismo cultural’: no todo el que tiene que usar el inglés para comunicarse en escenarios de intercambio internacional ‘consume’ los productos de habla inglesa necesariamente, y mucha, muchísima gente que no participa de esos intercambios, y que no habla inglés, consume la producción cultural de las metrópolis de lengua inglesa. ¿Está en la lengua el dominio mismo? No, a la lengua en sí no le podemos imputar semejante cosa. Es la política, la economía, la circulación de capital, lo que determina esto”.






