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lunes, 12 de octubre de 2026

"Un pequeño milagro de irresponsabilidad"


El 11 de octubre pasado, Guillermo Piro publicó la siguiente columna de opinión en el diario Perfil. Esta vez fue directo al grano.

No recomienden libros

La recomendación de libros es una de las pocas actividades humanas en las que uno confía sin reservas en que los demás se parecen a uno. Nadie le recomendaría un restaurante a cualquiera antes de saber si el sujeto en cuestión es vegano, alérgico a la lactosa o carnívoro. Sin embargo un libro sí. Como si las horas que uno pasó leyendo fueran una moneda universal, aceptada en todos los países. Como si bastara con haber disfrutado algo para garantizar que el otro va a disfrutar igual.

Cada vez que alguien recomienda una novela en internet a miles de desconocidos ocurre un pequeño milagro de irresponsabilidad. Ignora qué les gusta, qué les repugna, qué libros abandonaron en la página veinte y cuáles terminaron por obstinación, compromiso u obligación. Y aun así recomienda con una seguridad admirable o alarmante. “Tenés que leerlo”, dicen, y ese tener que, aplicado a una persona cuya existencia acaban de descubrir, merecería por lo menos una explicación.

La relación con los libros es demasiado privada para admitir semejante liviandad. Tengo amigos desde hace treinta años a los que aún no me atrevería a recomendarles nada, ni un libro ni un restaurante. Conozco sus gustos, pero también sus manías, sus distracciones y sus alergias. Y aún así no me atrevo. Sé que un libro que me cambió la vida puede resultarles tan indiferente como un prospecto farmacéutico. Incluso podría aburrirme a mí si lo leyera hoy. El entusiasmo tiene una fecha de caducidad que casi nunca figura en la recomendación.

Porque también se recomienda una circunstancia. Aquel verano, una separación reciente, las tardes durante las cuales nadie llamaba por teléfono y uno escuchaba de fondo determinada música. Uno recuerda la novela y le atribuye todo lo que ocurrió mientras la leía, incluido el alivio de que la vida, por unas horas, lo dejara en paz. Después pretende que un conocido o un desconocido, apretado en el colectivo, encuentre entre las mismas páginas aquella habitación, aquella disponibilidad y aquel silencio.

Los libreros tienen una excusa: venden libros. Cuando recomiendan existe una lógica reconocible: la supervivencia. Algunos, además, preguntan y escuchan, lo que reduce bastante el margen de imprudencia y afina la puntería. El recomendador desinteresado es más difícil de entender. Habla de una novela como quien señala una estrella y supone que todos ven el mismo brillo, sin considerar que en muchos casos muchos ni siquiera verán la estrella y pensarán que lo que deben mirar esd la punta del dedo. Si alguien dice que no le gustó, suele explicar que no la entendió. La generosidad inicial adquiere entonces un aire de examen, un reproche velado. A veces alcanza con que el otro diga que le gustó para que podamos quedarnos tranquilos.

Regalar un libro exige conocer a alguien, saber algo de la clase de frases que subraya, aunque tampoco eso asegura nada. El regalo puede convertirse en una deuda. A la siguiente visita llega la pregunta: “¿Lo empezaste?”. Y uno descubre que, junto con el ejemplar, recibió un compromiso del que va a salir mintiendo o lastimando a quien se lo dio. A veces, el entusiasmo necesita testigos y el lector elegido debe confirmar que estuvo a la altura.

Suelo detenerme en quienes recomiendan libros en redes. Dejando de lado que muchas veces lo recomendado me parece basura, me inquieta la liviandad con que disponen del tiempo ajeno. La periodista del New Yorker Deirdre Foley-Mendelssohn dice que leer por recomendación de un amigo puede parecerse a un informe de lectura mezclado con una cita a ciegas. En ese caso hay que recordar lo incómodo que resulta estar frente a alguien que pasó la cena hablando de sí mismo. O que simplemente se la paso hablando de cualquier cosa.

Recomendar un libro a un desconocido exige una fe desmedida en la literatura o en uno mismo. No estoy seguro de cuál resulta más inquietante.

lunes, 7 de septiembre de 2026

Charla sobre traducción de literatura irlandesa


El jueves 10 de septiembre, a las 18 hs., habrá una charla de Jorge Fondebrider sobre la traducción de autores irlandeses al castellano, en el Instituto Cervantes, de Dublín (Lincoln House, Lincoln Place D2 DO2 VH29 Dublin). La invitación es de la Maynooth University y del Trinity College Dublin, con el apoyo de Research Ireland. Quienes anden por ahí están amablemente invitados. 
La entrada es libre y gratuita

martes, 1 de septiembre de 2026

"Para mi que estaba mal traducido”

En su columna del sábado 29 de agosto, en el diario Perfil, el escritor Daniel Guebel (foto) confiesa haber metido la pata y los ecos de ese hecho vuelven a él.


El cuerpo de Sterne

Esto ya lo conté una vez, pero como le voy a agregar nuevas cosas va a ser distinto. Solo quienes se hayan bañado dos veces en el mismo río no me comprenderán. Hace quichicientos años fui acampar al lago Futalaufquen, previo paso por la ciudad de Esquel, donde iba a pernoctar esa noche. Allí compré una edición de Aventuras de un cadáver, de Robert Louis Stevenson. Empecé a leerlo y, por alguna razón, el libro no me gustó. Hice entonces algo de lo que todavía me avergüenzo. Le arranqué prolijamente unas páginas y fui a devolverlo a la librería, acusando falla en la edición, y lo cambié por otro cualquiera. Tiempo más tarde, en Barcelona, visité a Marcelo Cohen y me llevó a pasear por la ciudad. En un momento entramos en una librería y me dijo que me iba a regalar un libro, que tomó de una mesa. Era Aventuras de un cadáver. Recordando lo ocurrido, le dije que había intentado leerlo pero que no me había interesado. Para no ser descortés con su gesto, y tomando en cuenta que Stevenson pasa por un autor inobjetable, omití mi condición de riguroso monolingüe incapaz de cotejar un original con sus versiones en otras lenguas. Le dije: “No digo que el libro sea malo. Para mi que estaba mal traducido”. Cohen sonrió suavemente y me contestó: “Puede ser. Seguro. Lo traduje yo”.

Un par de décadas después de ese bochornoso momento, escribí una novela llamada La vida por Perón, que contaba las conspiraciones alrededor de un difunto que era maquillado para que pareciera el propio Perón recién fallecido, como parte de una serie de operaciones necrofílicas ligadas a la toma del poder. Luego de escribirla se me hizo evidente la verdadera razón de mi disgusto con el texto de Stevenson. No es que Aventuras de un cadáver no me hubiese gustado, sino que en aquel momento algo de esa novela había abierto una puerta que en lo sucesivo yo quería seguir solo, era condición de una posibilidad a desarrollar en el futuro.

Bien. El lector atento sabe que este año estoy dando clases sobre autores clásicos y que en septiembre me toca abordar a Laurence Sterne, un genio que muestra casi todo lo que es factible de hacerse en una novela. Su obra se compone de dos libros, el Tristram Shandy y el Viaje sentimental por Francia e Italia. Por Mercado Libre adquirí el segundo, que ya tenía en mi biblioteca, porque era una edición que no conocía y que contaba con un prólogo de Edgardo Cozarinsky. Lo abro. Leo. En la primera página, Cozarinsky menciona que, muerto Sterne, su cadáver fue robado por estudiantes de anatomía, y que eso dio lugar a un cuento de Stevenson. Larga resonancia tienen las palabras.

lunes, 17 de agosto de 2026

"Una universidad inglesa descubrió que el destino de su autoridad dependía de un oso ausente en el reglamento."

Varias ideas confluyen en esta columna del escritor y traductor Guillermo Piro, publicada en el diario Perfil, el pasado 16 de agosto. Todas resultan interesantes y, aunque parcialmente, también incluyen una de las muchas ideas que hay sobre la traducción.

El oso de Byron

John Irving confesó una vez que cuando una novela suya comienza a perder impulso o amenaza con empantanarse, hace aparecer un oso. El animal altera el equilibrio de la historia y obliga a los personajes a reaccionar. La narración recupera velocidad. Resulta difícil encontrar una mejor definición del oficio de novelista: saber qué elemento inesperado necesita un relato para ponerse otra vez en movimiento. Mucho antes de que Irving descubriera ese procedimiento, Lord Byron había comprendido que un oso también podía resolver problemas fuera de la literatura.

Byron tenía diecisiete años cuando ingresó en el Trinity College de Cambridge, en 1805. El reglamento universitario prohibía los perros. Byron leyó aquellas páginas con una atención que pocos estudiantes reservaban a los reglamentos. Buscaba omisiones. Como los osos no figuraban en ninguna lista de animales prohibidos, compró uno. Durante un tiempo, un cachorro plantígrado paseó por los patios de una de las universidades más prestigiosas de Inglaterra protegido por una impecable interpretación del reglamento.

La anécdota suele incorporarse al catálogo de extravagancias de Byron, junto con sus aventuras amorosas, sus viajes y sus desafíos públicos. Esa clasificación reduce un episodio extraordinario a una simple curiosidad biográfica. Lo verdaderamente memorable consiste en la lectura que Byron hizo del reglamento. Mientras las autoridades se ocupaban de escribir normas, él se ocupaba de leerlas. Ya sabía que los reglamentos pertenecen a un género literario involuntario. Aspiran a la exhaustividad y terminan produciendo el efecto contrario. Cada artículo pretende cerrar una puerta y deja abierta una ventana.

Un escritor aprende muy temprano que las palabras importan tanto por lo que dicen como por lo que omiten. Una novela puede cambiar de sentido por un adjetivo. Un testamento, por una coma. Una universidad inglesa descubrió que el destino de su autoridad dependía de un oso ausente en el reglamento.

La escena posee una perfección narrativa casi ofensiva. Profesores distinguidos, expertos en lenguas clásicas y derecho, inclinados sobre un reglamento incapaz de responder la única pregunta urgente del día. El animal, completamente ajeno a la controversia, caminaba por el campus con la serenidad de quien ignora que acaba de convertirse en un argumento jurídico.

Los animales atraviesan la historia de la literatura con una frecuencia sorprendente, pero el oso de Byron conserva una materialidad casi cómica. No representa nada. Simplemente ocupa un vacío del lenguaje.

A lo mejor por esa razón el episodio continúa resultando tan moderno. Las sociedades contemporáneas producen reglamentos todo el tiempo. Cada problema parece exigir una nueva norma, otro formulario, una cláusula adicional. La imaginación de quienes redactan esas disposiciones rara vez alcanza la imaginación de quienes deberán convivir con ellas.

Byron pertenecía a una especie escasa: la de los lectores peligrosos (iba a escribir prodigiosos). Un lector peligroso examina un texto con la sospecha de que siempre falta algo. Los abogados viven de esa sospecha. Los traductores también. Los escritores construyen su oficio sobre esa misma desconfianza. Leer consiste muchas veces en advertir lo que otro creyó innecesario aclarar.

Quizá John Irving tenga razón. Cuando una historia pierde impulso, conviene hacer aparecer un oso. En la ficción, el procedimiento reactiva la narración. En la vida de Byron produjo un efecto todavía más duradero. Dos siglos después, muchos lectores recuerdan antes al oso que algunos versos del poeta. Pocas mascotas alcanzaron semejante celebridad. Menos todavía consiguieron demostrar con tanta elegancia que el lenguaje siempre deja un espacio donde la inteligencia encuentra un rincón donde alojarse.

jueves, 6 de agosto de 2026

"Los traductores humanos eran estudiosos de los autores y de sus idiomas"

El pasado 4 de agosto, la periodista María Elena Polack publicó en el diario La Nación, de Buenos Aires, la siguiente columna sobre traducción.


Traducción desangelada

Cada día me atraen más las librerías de usados. Y no es por una cuestión económica, o no únicamente, sino por una cuestión editorial. Las traducciones son muy desangeladas, casi las básicas de Google. En los últimos tiempos me he topado con novelas que me obligaron a ir al diccionario a buscar el significado de un modismo que no encajaba dentro de mi humilde saber del español que se habla por estas tierras. Hay excepciones, por supuesto, pero requieren de un tiempo de búsqueda y atención que no siempre tengo en los fines de semana. Entonces, a la salida de algún teatro por la calle Corrientes, me zambullo en alguna de las “librerías de viejo” para sorprenderme con alguna novela clásica. Nada es más disruptivo que una obra creada antes de que existiera tanta tecnología: la cantidad de objetos inventados por quienes no llegaron a conocer un avión o un cohete a la Luna deslumbran. Quien se animó a imaginar La vuelta al mundo en 80 días y después se sumergió, sin que existiera aún una nave que se lo permitiera para cumplir Veinte mil leguas de viaje submarino, me emociona. ¡Cuánta creatividad! Y lo imperdible: los traductores, humanos, eran estudiosos de los autores y de sus idiomas.

domingo, 5 de julio de 2026

"Ni la teoría de la literatura ni la sociología ni la filosofía son pensables en una sola lengua, sino según sus históricas transformaciones en el pasaje de una lengua a la otra."

Tercer y, hasta la fecha, último artículo de la serie "Futurología", de Mariana Dimópulos, publicado en El Trujamán, el 17 de junio de este año. 

Futurología (3). El traductonés del futuro

«La traducción es la lengua del futuro»: esta afirmación podría parecer absurda si atendemos a los últimos desarrollos técnicos, puesto que muchos aseguran que estos desarrollos la harán desaparecer. Además, la traducción no es una lengua en sí, sino un acto de pasaje y su resultado, tal como lo explicita la clásica fórmula definicional —«acción y efecto de»— que aún usan algunos diccionarios. La traducción como resultado del traducir ocurre siempre en una lengua ya existente, llamada «lengua de llegada». Si sucede del alemán al español, entonces la lengua de traducción será el español; y si se produce del galés al portugués, entonces la lengua de traducción será el portugués. En suma: la lengua de traducción es siempre circunstancial e histórica.

Sin embargo, la frase no es tan inconsecuente como podría parecer en un primer momento. Mi interés aquí es postularla como verdadera. La primera persona que, según mi conocimiento, ha formulado una idea similar es la filósofa francesa Barbara Cassin, argumentando que la traducción debería convertirse en la lengua de las ciencias humanas. Estas ciencias, a diferencia de las «duras» (que también son humanas, pero utilizan lenguajes formalizables), dependen de la historia y de sus conceptos, que van cambiando de ropajes, y son determinadas por las traducciones que las han hecho posibles. Ni la teoría de la literatura ni la sociología ni la filosofía son pensables en una sola lengua, sino según sus históricas transformaciones en el pasaje de una lengua a la otra. Y es en la medida en que son producto de esas transformaciones lingüísticas que su lengua deviene la transformación misma, gracias a la homonimia de acción y efecto oculta en el término traducción.

Pero la lengua de traducción tiene otro ascendente, y no es ni elegante ni virtuoso como el de Cassin; antes bien, se levanta como un dedo acusador. En inglés lleva el nombre de translationese. Es un término peyorativo, igualable a una mala traducción, demasiado literal, llena de interferencias provenientes de la lengua de partida. Este traductonés es la prueba del fracaso de pensar la traducción como apertura a la otra lengua, aquel ideal alimentado hace más de doscientos años por los románticos alemanes. Ese traductonés malhadado muestra el texto como traducción en el peor de los sentidos; una porción de la lengua propia que no se deja leer. La lingüística cuantitativa ha hablado también de esa escritura de traducción que se diferencia de los textos originales, tan pronto como la digitalización comenzó a permitir conteos. Las traducciones —no importaba de qué lengua— mostraban rasgos específicos: un uso mayor de cierto tipo de adverbios, un uso distinto de los pronombres.

Mi frase de inicio, sin embargo, no se refiere ni a las ciencias humanas ni a la falla de dar lugar a lo ajeno, sino al código y sus productos. Si bien es cierto que estos productos de la traducción automática tienden a ser uniformes, siempre podrán ser transformados lo suficiente —por la misma máquina— para que no parezcan producto del código. Variarán cada vez que un ojo humano descubra traductonés y exija una transformación; al mismo tiempo, esta modificación seguirá siendo producto del código y llevará su marca. Puede que hoy esta marca esté «sesgada» por el inglés, pero en el futuro habrá código en otras lenguas que harán sus propias matrices. Se trata del arte combinatorio soñado por antiguos europeos, llevado ahora a un gran extremo gracias al poder de las calculadoras semánticas. Para que la tesis de inicio funcione hay que echar mano de la clásica fórmula definicional una vez más. Borrada la distinción entre proceso y producto, con la automatización de la traducción en plena marcha, la lengua del futuro se convierte en la traducción: cada uno hablará una lengua propia, pero la traducción en sí hará que todas se vuelvan transparentes unas a otras. La traducción como acción del código se convertirá en la traducción como lengua y producto, cada vez distinto, pero con el mismo valor. Y así, este traductonés se convertirá en la lengua más exitosa y más hablada —en silencio— del futuro.


jueves, 2 de julio de 2026

"Si hay traducción humana en el futuro, siempre será retraducción"

El segundo de los artículos de Mariana Dimópulos publicados en El Trujamán bajo el título general de "Futurologías", apareció el 26 de marzo de este año.


Futurología (2). Todas serán retraducciones

En el proceso de apropiación de conceptos nuevos, típico entre culturas en contacto, las lenguas necesitan inventar formas de denominación. Si una lengua «importa» una palabra a su léxico en lugar de utilizar una paráfrasis, lo hace, en general, por buenos motivos. El más límpido de todos ellos es cuando aparece un objeto antes inexistente; se utilizan entonces dos mecanismos para crear un neologismo que lo nombre: o bien el calco, o bien el préstamo. Por ejemplo, para el inglés mouse —cuando su referente es un objeto electrónico— algunas variedades dialectales del español eligen el calco (ratón) y otras, el préstamo (mouse). Entre estas nuevas adquisiciones en nuestra lengua, que muchas veces comienzan en la jerga y luego se masifican, una se ha vuelto especialmente relevante para los traductores y los que piensan la traducción. Se trata del término agency.

Lo relevante de agency, que se traduce a veces por el calco agencia, es el deslinde del actuar respecto de quien actúa. En la agency lo que importa es que el actuar constituye al actor y no viceversa. Y, si bien no sugiere el grado de impersonalidad de «llueve», tampoco alcanza al grado de personalización de «María salta». En términos de agencia, si tuviéramos que parafrasear el último ejemplo, diríamos que hay un saltar para el cual se presume una persona saltante. Esta primacía del actuar, cuando el actor queda sin nombre, es precisamente lo que ocurre con la traducción automática sustentada en la Inteligencia Artificial. ¿Quién traduce cuando traduce una máquina? ¿Qué marca —si no es subjetiva— queda en esa traducción siempre iterable? Un mar de versiones posibles se extiende ante nuestros ojos, si cada día puedo pedirle a un servicio distinto (o a todos ellos) que «escriba variaciones del cuento que me han encargado traducir. El efecto de esta agency —que dará que hablar en muchos otros ámbitos— se hace especialmente relevante en la transformación de la práctica humana del traducir. De hecho, progresivamente, iremos estableciendo este retrónimo (valga aquí el calco), pues diremos cada vez más «traducción humana» en vista de que la práctica general será la automatizada (como se dice «inglés británico» desde la bien probada expansión de esa lengua en América, o «reloj analógico» tras la invención y dominancia del digital).

Los expertos hablan de un tipo de influencia especial ejercido por las versiones automáticas sobre el proceso de traducción humana. Este fenómeno, claro está, ya tiene un nombre: priming. ¿Una vez más estaremos obligados a una importación terminológica para hablar de lo que necesitamos en estas pocas líneas? Acaso no, puesto que esa influencia que se ejerce y se imprime en el traductor humano por parte de las versiones automatizadas nos es conocida. De hecho, es lo que ha pasado siempre, aunque a una menor escala, en la retraducción. Y es precisamente este modelo el que gobernará desde ahora la traducción humana, pero no ya respecto de otras traducciones prexistentes hechas por otros humanos. Toda traducción humana tendrá muchas anteriores en potencia, es decir, una diversidad no infinita pero sí numéricamente apabullante de traducciones automatizadas que podrían antecederla. Y la humana será siempre «posterior» por el simple hecho de la rapidez de la máquina y su disponibilidad.

¿Qué nos enseña nuestro pasado de retraductores con vistas al futuro? Hasta ahora, la clave estaba en el momento en que dábamos lugar a la traducción preexistente y qué buscábamos en la comparación. Cuándo una traductora leía las versiones preexistentes del Convivio de Dante —antes, durante o después de su traducción— y qué tipo de comparación establecía con ellas —si de autoridad, si de negación, si de corroboración— determinaba la calidad de su trabajo final. Podría objetarse, sin embargo, que el número de las posibilidades automatizadas será tan elevado y la calidad tan alta que ya no habrá motivo para ejercer la traducción humana. Esto es probable pero no pertenece a nuestra pregunta inicial. Lo que sabemos es que, si hay traducción humana en el futuro, siempre será retraducción. Y esto cambiará la naturaleza misma del acto de traducir. Acaso terminará por decirse «se traduce», no como diríamos «llueve», pero casi como si lloviera, con un halo de cosa magnífica y meteorológica.

miércoles, 1 de julio de 2026

"Las lenguas están asociadas a sistemas de valores"

El 14 de enero de este año, la escritora y traductora argentina Mariana Dimópulos publicó en la revista española El Trujamán, el primero de varios artículos que, con título común "Futurología", reflexionan sobre la lengua y la traducción.

Futurología (1). Acerca del inglés y su destino

Cuando hablamos de lenguas primeras lo decimos en muchos sentidos. Una lengua primera puede ser la lengua de origen, es decir, la imaginada lengua primigenia —desde la adánica hasta el indoeuropeo, pasando por todas las estrambóticas hipótesis que se barajaron en la Europa de los siglos xvi y xvii—, o puede ser lengua primera respecto de la traducción. Esta será la lengua del original mientras la otra, la segunda, es la lengua meta. Los traductores escribimos lenguas segundas en este sentido.

Pero también existe la lengua primera según el rango de importancia, el prestigio o el número de hablantes. Las llamadas lenguas mundiales y, entre ellas, la más destacada de todas, es la primera. En el interior de cada sistema lingüístico, sin embargo, el asunto se complejiza, pues cada país tiene una «lengua primera» que es la lengua oficial y, en algunos casos, otras aceptadas como oficiales pero «menores» frente a la primera. Este esquema, lo sabemos bien, no siempre funciona de forma pacífica.

De modo que está repleto de órdenes en las lenguas y poco de lo que las atañe resulta indiferente; antes bien, las lenguas están asociadas a sistemas de valores. Lo que pensamos sobre las que hablamos y las que no hablamos está cargado de connotaciones y juicios; reaccionamos a lenguas, a acentos, a letras distintas, lo queramos o no. Los traductores, seres curiosos porque aman las lenguas, son aquí probablemente más abiertos que los monolingües. Sea como sea, nuestra actitud —la de todos— hacia las lenguas pocas veces es neutra.

Más allá de lo que pensemos de la lengua mundial actual —es decir, la primera en el tercer sentido—, no podemos dudar de cuál sea esa lengua. El predominio del inglés, histórico como todos los predominios lingüísticos, es muy reciente, no data de más de un siglo, pero resulta innegable. Sin embargo, su estrella está comenzando a opacarse. Recordemos, esto ya ha sucedido: el francés fue la lengua de cultura —la lengua primera en sentido simbólico— por mucho tiempo en Europa y en América. El español fue lengua primera antes, y aún hoy sigue siendo una lengua mundial. El holandés se usó extensamente como lengua de intercambios comerciales en el siglo xvii. Y el italiano fue la lengua de la poesía durante el Renacimiento.

Como ha ocurrido con las lenguas que la han precedido en semejante posición, también al inglés le han encontrado razones intrínsecas para ser primera: su especial don para la lógica (pero esto ya había sido dicho del francés), el número de palabras en su vocabulario (pero esto fue motivo de crítica hacia las llamadas lenguas primitivas) y muchas otras razones curiosas que obvian lo evidente: el ascenso del dominio cultural, político y económico de un país que lo habla.

¿Puede que este dominio esté llegando a su fin? Mi respuesta es afirmativa. La clave está en la traducción automática voz-a-voz. Anunciada por diversas empresas que se dedican a monetizar la traducción como nunca lo han podido hacer los traductores humanos, los servicios de interpretación automática permiten entender lo que dice un hablante cuya lengua no conozco, es decir, recibir aquel enunciado opaco de forma clara et distincta en mi propia lengua. Recordemos el jelly fish de una famosa sátira inglesa donde se viajaba por las galaxias, tal como lo cuenta David Bellos. Allí estaba disponible el «pez de Babel», definido como la cosa más rara del universo: un pececito amarillo y gelatinoso que, una vez colocado en el oído, era capaz de hacer entender todas las lenguas del mundo de forma automática mediante la absorción de frecuencias inconscientes del cerebro que, conectadas con el centro del lenguaje y sumadas a otras funciones delirantes, ofrecía una versión satírica de la idea del pensamiento universal. El efecto final era la demostración de la no existencia de Dios. (Cómo era la demostración se explicaba en una desopilante serie de deducciones en la versión televisada de la Hitchhicker’s Guide to the Galaxy.) Lo interesante era que, en lugar de evitar las guerras gracias a la comunicación y comprensión mutua de culturas, el dispositivo las aceleraba y las hacía más sangrientas. Hoy nuestra versión del pez de Babel se ha hecho realidad o está muy cerca de serlo. Ahora, ante la pregunta de la función global del inglés y su posible declive, tenemos una respuesta. Pronto todos podrán comunicarse en la lengua propia sin pasar por ninguna lingua franca, pues cada uno llevará escondido este traductor universal en alguna forma tecnológica primero especialmente extraña y celebrada por pocos, luego impuesta, por el interés del capital en su triunfo tecnológico, a todos los que progresivamente puedan pagar por ella.

jueves, 18 de junio de 2026

La gratitud humana más pura



Con firma de Xinhua, el pasado 1 de junio, el diario Los Tiempos, de Cochabamba (Bolivia), publicó el siguiente artículo sobre el creciente intercambio literario dentre China y Latinoamérica.

Lazos literarios entre China y América Latina: un vivo ejemplo del aprendizaje mutuo entre civilizaciones

En la histórica Casa Calise de Buenos Aires, la emblemática arquitectura se mezcla hoy con el aroma a tinta de miles de páginas en caracteres chinos. Hace apenas medio mes, este palacio vio nacer a Gran Muralla, la primera gran librería china en Argentina. Al otro lado del Pacífico, a principios de junio, el Instituto Cervantes de Beijing celebrará la reubicación de Mil Gotas, la librería pionera de obras en español en China.

A pesar de la vasta distancia geográfica, estas dos aperturas reflejan un fenómeno innegable: el interés mutuo por la literatura de la otra orilla es cada vez más vigoroso.

Tal sintonía cultural se nutre del puente invisible tendido por los traductores. Por estos días, uno de ellos, el reconocido Fan Ye, profesor adjunto del Departamento de Español de la Facultad de Lenguas Extranjeras de la Universidad de Beijing y célebre por dar voz en chino a figuras como Gabriel García Márquez y Julio Cortázar, acaba de concluir una antología del mexicano Octavio Paz.

Para Fan, en este diálogo literario transoceánico opera un lazo casi mágico. Al traducir “No me preguntes cómo pasa el tiempo”, de José Emilio Pacheco, descubrió que el título y el epígrafe provenían de un poema chino poco conocido de la dinastía Tang, traducido al español a comienzos del siglo XX. Y después, aquellos versos adoptados por el poeta mexicano regresan a su hogar original en China gracias a su labor.

Como un reflejo inverso de esa misma fascinación, las letras latinoamericanas sembraron sus propias semillas en el suelo del país asiático. Esta corriente, que irrumpió con fuerza en los años ochenta del siglo XX, marcó profundamente la trayectoria y la creación de grandes autores nacionales, como Mo Yan o Yu Hua. Pero este impacto no se limita a los escritores, sino que se extiende y se renueva en los lectores de las nuevas generaciones.

“Hoy hay jóvenes que devoran la obra completa de Roberto Bolaño y encuentran en sus páginas un refugio en momentos de crisis personal”, detalla Fan.

Y es que, en última instancia, el impacto más notable de este intercambio va más allá de las letras y reside en la gratitud humana más pura. Fan recuerda con emoción un viaje a Bogotá, donde dictó una conferencia sobre García Márquez. Al terminar, lectores locales totalmente desconocidos se le acercaron conmovidos: uno le regaló una moneda conmemorativa de “Macondo” y otra le llevó un dulce de guayaba casero, solo para agradecerle por traducir su cultura.

Para el académico, este entendimiento a través del universo literario es la base de cualquier lazo duradero, pues “si se conocen los clásicos culturales y la historia de un país, la comunicación se vuelve mucho más natural y profunda”. Por ello, subraya que, para comprender verdaderamente a la América Latina contemporánea, a su sociedad y su carácter nacional, “es imprescindible adentrarse en la literatura que ha marcado su tierra”.

Este viaje literario de ida y vuelta tiene su reflejo exacto en la experiencia de Guillermo Bravo, escritor argentino, profesor de literatura latinoamericana y fundador de Mil Gotas, quien reside en Beijing desde 2012. “China entrelaza el porvenir de la alta tecnología con el misticismo de su historia”, relata y añade una paradoja fascinante: “A medida que China representa más el futuro, su historia se revaloriza y vale mucho más”.

Si bien el país ya se ha hecho un espacio en el imaginario latinoamericano a través del comercio, Bravo busca que sean ahora los narradores chinos quienes echen raíces en esas tierras, emulando el hito de los grandes del tan recordado “Boom” de la región. Como parte de este esfuerzo, su editorial Mil Gotas ya ha publicado 50 títulos de literatura china contemporánea traducidos al español, con especial éxito en las novelas de autoría femenina.

Por otra parte, desde 2024, la Editorial de Escritores de China, junto con la sociedad de literatura española y portuguesa de la Asociación China de Literatura Extranjera, ha iniciado una ambiciosa “nueva colección de literatura latinoamericana”, cuyos propósitos son reeditar obras clásicas que llevan muchos años sin editarse, complementar otras descatalogadas y visibilizar a autores contemporáneos clave. Coordinada por académicos como Fan Ye, ya cuenta con 15 obras publicadas y unas 40 en edición.

Según Fan, el proyecto congrega prácticamente a la totalidad de los talentos más destacados de la traducción hispanohablante en el país, e incluye también, aunque en menor medida, a sobresalientes expertos del portugués.

En el plano institucional, en la IV Reunión Ministerial del Foro China-CELAC de 2025 se pusieron en marcha cinco programas de cooperación orientados a fortalecer la comunidad de futuro compartido entre ambas regiones. Asimismo, el tercer “Documento sobre la política de China hacia América Latina y el Caribe”, publicado ese mismo año, detalla las propuestas para adoptar en una fase siguiente en más de 40 áreas y, en su capítulo dedicado al programa de civilizaciones, resalta precisamente el apoyo a la traducción recíproca de libros clásicos.

Paralelamente, en el ámbito práctico, el panorama de la traducción literaria también está mostrando una fisonomía renovada. Hoy en día, no se limita a docentes o investigadores, pues ha emergido una generación de jóvenes con diversos trasfondos laborales, entre ellos traductores autónomos o profesionales de sectores completamente ajenos a las letras.

Frente al auge de la inteligencia artificial, Fan considera que la literatura es la ciencia del ser humano, un territorio de subjetividad y emociones donde esta tecnología nunca sustituirá al latido de la vida.

“La inteligencia artificial puede ser un diccionario personalizado que te ofrece rimas o sinónimos inesperados, pero carece de esa ‘sensación de persona viva’ requerida por la traducción literaria”, opina el maestro chino.

Aunque los especialistas coinciden en que aún queda camino por recorrer para que el gran público latinoamericano conozca a fondo las letras chinas, esfuerzos como los mencionados representan, en palabras de Bravo, ese “granito de arena” necesario para estrechar los lazos.

Como prueba del alcance de estos vínculos, Fan evoca una experiencia del poeta argentino Juan Gelman, quien confesaba no sentir a veces como contemporáneos a los hombres con quienes se cruzaba en Buenos Aires o París. Sin embargo, al leer un remoto poema chino de hacía miles de años -sobre un pastor que, en la distancia, en una noche nevada, lograba escuchar el rumor del peine en el cabello de su amada-, descubría que ellos sí lo eran.

“Ese es el verdadero milagro de la literatura”, concluye Fan, “su capacidad única para disolver distancias, idiomas y culturas, y conectarnos en lo más humano”.

martes, 16 de junio de 2026

"Cómo hacer el amor igual que una estrella del porno" y otras traducciones (2)

Ésta es la segunda parte del artículo de Martín Arias Goldestein publicado en el día de ayer

El persistente debate sobre la fidelidad de la traducción literaria y varios ejemplos notables de traducciones raras y difíciles (II)

(viene de la entrada de ayer)

Quizás una de las traducciones más complejas de las que haya noticia sea la de la novela del escritor francés Georges Perec La disparition, publicada en 1969. En esencia una historia de intriga, la “desaparición” del título original implica a la vez la ausencia en la trama de uno de los personajes y la ausencia de la vocal “e”, la más común de la lengua francesa. El libro de Perec está escrito como un lipograma, es decir que a lo largo de sus 300 páginas dicha letra no se pronuncia jamás. Hago la aclaración porque la “e” sí aparece en el texto, en casos de palabras donde no se pronuncia, como puede verse ya en la primera frase de la novela: “Anton Voyl n’arriva pas à dormir. Il alluma sa lampe. Il prit son livre.” Las “e” de “lampe” o “libre”, aunque se escriban, son mudas.

Emprender la traducción de una obra semejante parecía una misión imposible, y el propio autor, en una entrevista para la revista Cahiers du cinéma en 1979 había expresado: "Traducir un texto como La disparition es casi escribir un libro nuevo, porque implica recrear este juego con el lenguaje en otro idioma". Perec murió en 1982 sin haber visto ninguna traducción a su novela.

La primera en aparecer, en 1986, fue la versión alemana, seguida por la holandesa en 1990 y la inglesa en 1995. Las tres mantuvieron la “e” como letra ausente, pero en cada caso fueron necesarias enormes variaciones estilísticas y narrativas para mantener el lipograma. La versión española, publicada por Anagrama en 1997, fue la cuarta y acometió la misión de omitir la letra más común del castellano, la “a”. Para ello, además de adaptar el texto, fue necesario modificar los nombres de todos los personajes, que en francés tenían la “a” pero no la “e”, por nombres que tuviesen la “e”, pero no la “a”. Como la traducción literal del título al español, “La desaparición”, habría contenido dos “a”, se lo modificó por “El secuestro”. El esfuerzo de traducción llevó unos seis años y participaron varias personas, que trabajaban en segmentos diferentes del libro y luego se reunían para consensuar los resultados. Uno de los integrantes del equipo traductor, Hermes Salceda, explicó el arduo proceso: "Cada tarde, íbamos todos con un trozo de la traducción hecha, y debatíamos hasta llegar a una versión final. Era larguísimo: se negociaba cada frase. Un párrafo era una tarde de trabajo. Tienes roces, claro. No diría broncas, pero sí había discusiones. Se trataba de traducir a Perec, no de hacer un libro original. Había que mantener la historia, que fuera legible y al mismo tiempo crear un lipograma en español, pero no se podía reinventar la historia, no se podían cambiar las frases como nos diera la gana”.

Un fragmento de la traducción da una idea de la musicalidad conseguida: “Se robó, se violó, se mutiló. Pero eso no fue lo peor: se envileció, se conspiró, se disimuló. Entonces, todo el mundo desconfió del prójimo e incluso le odió.”

En su siguiente novela, Les Revenentes, Georges Perec invirtió la estrategia. Allí la única vocal que sonaba en todo el libro era la “e”. También en este caso aparecen escritas otras vocales, pero sólo en casos donde en francés se pronuncian como “e”. Por ejemplo, en la frase “Peut-être elle reverrait ses rêves, peut-être elle serait heureuse”, las “i” de la terminación verbal “eit” no se pronuncian, ni tampoco la “u” de “hereuse”. Aunque esta obra no llega a las 70 páginas en su versión original francesa, la restricción a una única vocal es tan estricta que no existe todavía ninguna traducción oficial de la misma a lengua alguna, apenas pruebas experimentales aquí y allá. En castellano, donde prácticamente no existen vocales que no se pronuncien (la excepción sería la “u” después de “g” o “q”), construir un texto sólo con palabras con “e” (o llegado el caso con “a”) parece casi imposible, además de que el texto sonaría demasiado monótono y casi ridículo.

En su ensayo “Las versiones homéricas”, Jorge Luis Borges exponía una paradoja: para quien conoce el idioma original de una obra literaria, el texto es inamovible, único: cualquier lector español consideraría sacrílego modificar ni una coma en el texto del Quijote. Con las obras cuya lengua de origen se desconoce, en cambio, el lector está sujeto a una infinidad de variaciones: “El Quijote, debido a mi ejercicio congénito del español, es un monumento uniforme, sin otras variaciones que las deparadas por el editor, el encuadernador y el cajista; la Odisea, gracias a mi oportuno desconocimiento del griego, es una librería internacional de obras en prosa y verso, desde los pareados de Chapman hasta la Authorized Versión de Andrew Lang o el drama clásico francés de Bérard o la saga vigorosa de Morris o la irónica novela burguesa de Samuel Butler. Abundo en la mención de nombres ingleses, porque las letras de Inglaterra siempre intimaron con esa epopeya del mar, y la serie de sus versiones de la Odisea bastaría para ilustrar su curso de siglos. Esa riqueza heterogénea y hasta contradictoria no es principalmente imputable a la evolución del inglés o a la mera longitud del original o a los desvíos o diversa capacidad de los traductores, sino a esta circunstancia, que debe ser privativa de Homero: la dificultad categórica de saber lo que pertenece al poeta y lo que pertenece al lenguaje. A esa dificultad feliz debemos la posibilidad de tantas versiones, todas sinceras, genuinas y divergentes.” Y se pregunta Borges: “Cuál de esas muchas traducciones es fiel?, querrá saber tal vez mi lector. Repito que ninguna o que todas”.

Durante mis primeros años en Barcelona a mí me ha tocado traducir una veintena de libros. Mentiría si dijera que traduje algo importante. Lo mío era economía de subsistencia y aceptaba lo que se me daba. Más que traducir por hambre de literatura, era traducir para matar el hambre. Entre las oscuras maravillas que me tocaron en suerte se encontraba, por ejemplo, un libro sobre los Nuevos líderes de China, escrito hacia 2004, en momentos en que la sucesión de Jiang Zemin aún no estaba del todo clara. El autor, estadounidense pero al parecer todo un especialista en China, proponía en sus varias páginas infinidad de hipótesis con el tono seguro y soberbio del experto. Cuando yo ya tenía la traducción terminada y entregada a la editorial, los acontecimientos se desencadenaron en el país asiático y, para mi fortuna, resultó que el autor había fallado de forma garrafal en todos sus pronósticos políticos. El libro era, ahora, impublicable, y se le exigió al autor que lo reescribiera. Digo “para mi fortuna” porque gracias a eso cobré dos veces por la traducción. Otra beldad fue una farragosa trilogía de fantasía/ciencia ficción consistente en tres volúmenes (porque, como decía Les Luthiers, si fuesen dos sería una “biología”) de más de 500 páginas cada uno. He de decir que el autor tenía más o menos planeado el primer volumen, lleno de venganzas y amoríos en un reino imaginario con ambientaciones de inspiración medieval. Habrá sido el libro que le mostró a la editorial cuando le hicieron el contrato por tres volúmenes (lo que se estila en el género). Al traducirlo, sin embargo, resultaba evidente que el escritor carecía de plan para las secuelas. Mientras que en el primer volumen todo presentaba una lógica mediocre, pero lógica al fin, con un ritmo aceptable y bastante acción, en los siguientes el autor ya no sabía qué hacer con sus personajes. Los que eran aliados se enfrentaban y luego volvían a aliarse. Algunos revelaban pertenecer al otro género, pero luego volvían al inicial. Los que habían muerto revivían gracias a la magia y mataban a los que seguían vivos, que luego a su vez revivían gracias a otras magias. Creo que hacia el final del tercer tomo el autor ya no sabía bien quién había muerto y quién no. Y como ya no se le ocurría acción, rellenaba páginas y páginas con interminables descripciones del paisaje donde acabarían encontrándose los personajes: valles, montañas, hondonadas, planicies. Recuerdo mi sufrimiento al intentar comprender la geografía de ese territorio inexistente para plasmarla luego en mi traducción sin incurrir en ninguna incongruencia paisajística. Y mi saber sobre las variables de los accidentes del terreno es pobre tirando a nulo.

La traducción más complicada que me encargaron, sin embargo, fue la de las memorias de la actriz porno Jenna Jameson, tituladas de modo sutil Cómo hacer el amor igual que una estrella del porno. Complicada porque, al igual que las variaciones de la geografía, el porno tiene su propio lenguaje específico, que es muy diferente en inglés que en español, pero además tampoco es el mismo según sea español de España, Argentina, Colombia o México. Y, si bien encontré algunos diccionarios del porno en español bien detallados, no siempre era sencillo determinar a qué país o a qué región pertenecía cada término. Hay posiciones sexuales que no aparecen en el diccionario de la RAE. De un modo u otro, rebuscando de aquí y de allá, conseguí acabar mi traducción y entregarla. Dudo que nadie allí fuese capaz de percibir las inconsistencias varias que sin duda plagaban mi trabajo, pero varios compradores del libro, ellos sí debidamente ilustrados en la materia, publicaron reseñas online donde me ponían en mi sitio. Y no era un sitio excitante.

Hace varios años que no traduzco libros, pero cuando lo hacía, y para editoriales importantes, existía una tarifa asignada por palabra y el monto total a cobrar por cada volumen equivalía a la sumatoria del número de palabras de la traducción final. Con su abundancia de artículos y preposiciones, una frase en castellano suele ocupar por sus propias características más espacio que la frase equivalente en inglés, así que en este sentido yo tenía las de ganar. Cuando les comentaba el sistema de pago a mis amigos, me preguntaban además con curiosidad si, teniéndolo en cuenta, no me sentía tentado a extender el número de palabras en cada frase hasta el límite de lo tolerable a fin de incrementar mis emolumentos. Por ejemplo, transformando una frase sencilla como “She was rich”, que literalmente significa “Ella era rica”, en algo del estilo de “La joven muchacha poseía por sí sola una envidiable y cuantiosa fortuna”. Entiendo que quien traduce a un autor ilustre o destacado se juega su honor en cada traducción y evita siquiera plantearse tal cosa. Con mis líderes de China, mi trilogía de aventuras o las memorias de Jenna Jameson yo estaba a años luz de semejante situación. Aun así, según les explicaba a los curiosos (y con esta situación debían de contar sin duda las editoriales), el mero hecho de sumar artículos y preposiciones (o incluso algún adjetivo) allí donde no los había en el texto original requería de un esfuerzo mental extra. Multiplicado por cientos de páginas dicho esfuerzo podía resultar insoportable. Además, los pagos se realizaban siempre una vez entregada la traducción (y a menudo con considerable retraso), de modo que, para poder comer mes a mes, me resultaba imprescindible sacarme de encima cada libro y pasar cuanto antes al siguiente.

Dudo que hoy alguien siga realizando la mecánica de la traducción literaria como la hacía yo hace apenas dos décadas, trabajando con la única ayuda de mi cerebro y un diccionario para consultar dudas. En los medios de prensa, resulta ya evidente que la gran mayoría de las traducciones de artículos se hacen mediante inteligencia artificial. Con un poco de suerte, algún ser humano las revisa luego para corregir errores. Y ya si se produce un milagro, ese ser humano tiene además conocimientos específicos sobre el tema como para detectar los múltiples casos en los que la inteligencia ha demostrado ser artificial y no ha entendido bien. En el caso de los libros, es probable que cualquier traductor use ya algún programa de inteligencia artificial para lograr una traducción inicial sobre la cual trabajar luego, ahorrando así tiempo y esfuerzo. Denostar los resultados de estas traducciones tecnológicas sería ingenuo y casi estúpido: en la mayor parte de los casos suelen ser muy buenas. Los traductores que usan estas herramientas, incluso si luego revisan sus textos, juegan con fuego y lidian con el enemigo que pronto podría dejarlos en la calle. Pero renegar de estas tecnologías resulta también ridículo, y las protestas en este sentido parecen condenadas al fracaso.

Oficios como los de los traductores simultáneos en conferencias, o incluso los de los encargados de traducir textos breves, por ejemplo folletos médicos o técnicos, están ya en vías de extinción. Ignoro cuánto tiempo podrán subsistir los traductores literarios. Y lo digo con el pesar de quien ve morir una tarea milenaria a menudo ingrata, objeto de innumerables críticas y objeciones, pero que sin embargo nos había parecido imprescindible, inevitable y eterna. Una tarea que, por muy malo que fuese el libro original, constituía siempre un desafío para quien la practicaba. Pues implicaba una toma de posición muy personal sobre una obra que primero le era ajena, pero luego ya le pertenecía al menos un poco. Una tarea cuya probable desaparición no puedo dejar de lamentar con cierto vano romanticismo, y a la que Italo Calvino se refería así: “Para el traductor, los problemas por resolver nunca desaparecen. En los textos donde la comunicación es de tipo más coloquial, el traductor, si logra captar el tono adecuado desde el comienzo, puede continuar impulsado por ese tono con una soltura que parece —y debe parecer— fácil. Pero traducir nunca es fácil; hay casos en los que las dificultades se resuelven espontáneamente, casi inconscientemente, al entrar en sintonía con el tono del autor. Pero en los textos estilísticamente más complejos, con distintos niveles de lenguaje que se corrigen mutuamente, las dificultades deben resolverse frase por frase, siguiendo el juego de contrapunto, las intenciones conscientes o los impulsos inconscientes del autor. Traducir es un arte: el paso de un texto literario, cualquiera sea su valor, a otra lengua exige cada vez algún tipo de milagro. Todos sabemos que la poesía en verso es intraducible por definición; pero la verdadera literatura, incluso la escrita en prosa, trabaja precisamente sobre el margen intraducible de toda lengua. El traductor literario es aquel que pone en juego todo de sí mismo para traducir lo intraducible.”

lunes, 15 de junio de 2026

"Cómo hacer el amor igual que una estrella del porno" y otras traducciones (1)

Las siguientes reflexiones de Martín Arias Goldestein fueron publicadas en Diario Red, de España, el pasado 5 de junio. Lamentablemente, su artículo insiste con lo de Traduttore traditore, a esta altura una frase insoportable. No obstante, su recuerdo de varios traductores históricamente importantes, da pie para volver a pensar en algunas de las distintas teorías de la traducción y abonar, con anécdotas, una práctica que, si bien es individual, permite que los traductores se reconozcan en ella. Por motivos de espacio, se divide el artículo en dos partes. Ésta es la primera.

El persistente debate sobre la fidelidad de la traducción literaria y varios ejemplos notables de traducciones raras y difíciles (I)

Traduttore traditore (traductor traidor), dice la antigua máxima italiana, quizás inspirada en la semejanza de los verbos tradurre (traducir) y tradire (traicionar) en dicha lengua, pero también en la evidente dificultad que implica cualquier traducción de una obra literaria. Ya en el Renacimiento, el poeta francés Joachim du Bellay (1522-1560) se refería a la cuestión advirtiendo: “No es cosa sencilla imitar las virtudes de un buen autor, e intentar algo parecido a transformarse en él”, y con respecto a la traducción de poesía, exponía sus serias dudas sobre el éxito que podía alcanzarse: “Cuando se pasa de los versos originales a la traducción, es como viajar del Etna ardiente al Cáucaso helado.” En su obra La defensa e ilustración de la lengua francesa, Bellay planteaba él mismo el concepto de la traducción como traición: “Pero, ¿qué diré de algunos, verdaderamente más dignos de ser llamados traidores que traductores? Pues traicionan a aquellos que pretenden dar a conocer, privándolos de su gloria y, al mismo tiempo, engañan a los lectores ignorantes, mostrándoles lo blanco por negro. Para adquirir fama de sabios, traducen temerariamente lenguas cuyos primeros rudimentos jamás aprendieron, como la hebrea y la griega; y además, para darse mayor importancia, se atreven con los poetas, género de autores al que, ciertamente, si yo supiera o quisiera traducir, me acercaría lo menos posible, a causa de esa divinidad de invención que poseen más que los otros, de esa grandeza de estilo, magnificencia de palabras, gravedad de sentencias, audacia y variedad de figuras, y de otras mil luces de la poesía; en suma, esa energía y no sé qué espíritu que habita en sus escritos, y que los latinos llamarían genius. Todas estas cosas pueden expresarse en una traducción tanto como un pintor puede representar el alma junto con el cuerpo de aquel cuyo retrato intenta sacar del natural.”

La encrucijada de la traducción es tan antigua como la escritura misma. Es probable que, como planteaba Bellay, ninguna traducción pueda ser jamás completamente fiel al original, pero, al mismo tiempo, las traducciones no por ello dejan de ser inevitables y necesarias. Una obra tan antigua como la Epopeya de Gilgamesh, compuesta en lengua acadia en la Mesopotamia hacia los años 2100/1800 antes de nuestra era, fue en su tiempo traducida a otras lenguas, como el sumerio, el hitita o el hurrita, y distribuida en tablillas de arcilla. Y si los jeroglíficos egipcios, inasibles durante siglos, pudieron ser descifrados fue porque, en 1822, el lingüista francés Jean-François Champollion comprendió que la denominada “piedra Rosetta” (un bloque de basalto descubierto en 1799 en Egipto durante la campaña de Napoleón) contenía en realidad el mismo texto en tres versiones distintas: en jeroglíficos, en escritura demótica y en griego.

La traducción y adaptación de obras literarias u oratorias era práctica habitual en Grecia y Roma. En su obra De optimo genere oratorum, el célebre escritor y político romano Cicerón defendía de este modo su método para traducir al latín los discursos griegos de Esquines y Demóstenes: “No consideré obligatorio traducir palabra por palabra, sino que conservé el sentido general y la fuerza de los discursos. Y no traduje como un intérprete, sino como un orador, manteniendo las mismas ideas y sus formas como figuras, pero con palabras adaptadas a nuestro uso.” Y en su Arte poética, el no menos importante poeta Horacio les recomendaba a sus colegas: “Una materia de dominio público será legítimamente tuya si no te demoras dando vueltas a los lugares comunes y triviales, si no te preocupas en traducir, como fiel intérprete, palabra por palabra y si no te ciñes, cual servil imitador, a un círculo estrecho, de donde la timidez o las normas literarias te impidan salir.” Cito dicho pasaje a partir de la traducción realizada en 2006 por Manuel Mañas Núñez, pero el Arte poética de Horacio ya había sido traducida al español en 1777 por Tomás de Iriarte (el autor de las fábulas), quien tradujo las mismas líneas en verso de este modo: “La materia común será propiedad del poeta, si no te detienes en un círculo vil y demasiado extenso; ni cuidarás de traducir palabra por palabra como fiel intérprete; ni, como imitador, te arrojarás en un estrecho sendero, del cual la vergüenza o las leyes del arte te impidan salir.” La idea es la misma, pero las palabras son otras. El propio Iriarte explicaba en el prólogo a su versión: “Muchos han comparado la Traducción con el Comercio; pero acaso serán pocos los que hayan penetrado toda la propiedad y exactitud que esta comparación encierra. Yo he considerado que así como el Comercio más útil y estimable es el que introduce en el Estado los géneros simples y de primera necesidad, así también la Traducción más provechosa y loable es aquélla que enriquece nuestro idioma con los buenos libros elementales de las Artes y Ciencias.” Y pasaba a denostar traducciones previas: “Pudiera haberme retraído de mi propósito la consideración de que ya tenemos en nuestra lengua algunas Traducciones de esta Obra hechas en verso; siendo las principales y más conocidas las que en distintos tiempos escribieron el Licenciado Vicente Espinel y el Jesuita catalán Joseph Morell. Pero el atento examen de ambas me confirmó aún más la idea de que necesitábamos todavía conocer mejor a Horacio. Ni el deseo de censurar por capricho a estos dos autores, ni el de ensalzar mi versión son los que me mueven a criticar aquí los palpables defectos en que ambos incurrieron, sino el anhelo de que, desengañado el público literario de la imperfección de aquellas traducciones, conozca [que] no ha sido ocioso ni temerario el proyecto mío de trasladar otra vez al castellano una obra todavía mal entendida y mal interpretada; y que si por mi parte he cometido faltas o padecido equivocaciones, he sabido al menos evitar aquellas mismas en que Espinel y Morell se deslizaron. Acaso como yo he escarmentado en cabeza de los dos mencionados traductores, escarmentará en la mía el que en adelante emprenda ser nuevo Traductor de Horacio.”

En efecto, muchas traducciones de Horacio han seguido desde los tiempos de Iriarte, algunas en verso, otras en prosa. A los latinistas les tocará determinar exactamente cuál de ellas es la mejor, aunque lo más probable, como suele ser el destino equívoco del arte de traducir, es que algunos hayan acertado más en un pasaje, y otros en uno diferente.

El oficio de traductor parece ser, desde el principio, uno que ha de ejecutarse desde una posición de humildad, con plena conciencia de que la misión es siempre acercarse tanto como sea posible a un original cuyo reflejo jamás se logrará del todo. Una reflexión acorde con esto se encuentra incluso en la Biblia. El libro del Eclesiástico fue redactado por su autor, Jesús Ben Sirá, en hebreo hacia los años 190-180 antes de nuestra era. Pero de esa versión apenas si quedan fragmentos en papiro. El texto completo con el que contamos es la traducción al griego que realizó su nieto en el año 132 antes de nuestra era. Curiosamente, no sólo se nos ha conservado el libro en sí, sino también una breve introducción del traductor, donde nos dice: “Quedáis, pues, invitados a leer este libro con benevolencia y atención, así como a ser indulgentes allí donde os parezca que, a pesar de mis denodados esfuerzos de interpretación, no he acertado en la traducción de algunas expresiones. Es evidente que las cosas dichas en hebreo no tienen la misma fuerza que cuando se traducen a otra lengua. Esto no sucede sólo en este libro, sino que también la misma Ley, los Profetas y los otros escritos presentan notables diferencias respecto a sus originales. El año treinta y ocho del rey Evergetes llegué a Egipto, donde fijé mi residencia por un tiempo. Durante mi estancia allí encontré una obra muy instructiva, y me sentí obligado a emprender la traducción de este libro con empeño y diligencia. He dedicado muchas horas de vigilia y trabajo durante este período, hasta poder terminar y publicar el libro, para uso de aquellos que, viviendo en el extranjero, desean aprender y reformar sus costumbres para vivir conforme a la Ley.”

Hagamos el esfuerzo de imaginar al traductor a la luz de las velas traduciendo con esfuerzo sobre un rollo de papiro el libro de su abuelo, y pensemos a continuación cuántas veces ha de haberse copiado luego dicha versión hasta llegar a formar parte de la Biblia.

Toda traducción tiene sus complicaciones. No es lo mismo traducir un libro antiguo que uno moderno. Además, puesto que las propias lenguas evolucionan, un libro en castellano de hace más de cuatro siglos como el Quijote necesita ya, para un lector sin preparación previa, quizás no una traducción pero sí un importante aparato de aclaraciones que le hagan posible una mayor comprensión. En el caso de traducciones desde lenguas diferentes, se plantea siempre esta disyuntiva ya expresada por Cicerón y Horacio: si ser fiel a las palabras o al espíritu. En el caso de obras donde además prima el humor, el asunto se vuelve doblemente delicado. ¿Es más apropiado traducir un juego de palabras de forma literal y luego explicarlo en una nota al pie, o intentar reproducir un chiste nuevo en la lengua de traducción que intente recuperar la gracia del original?

Un ejemplo emblemático de esto son las traducciones al español del clásico de Lewis Carroll Alice’s Adventures in Wonderland (Alicia en el País de las Maravillas, 1865), libro repleto de juegos de palabras y parodias a poemas de la época en que fue escrito. Ya sólo en inglés, “Alicia” y su secuela Through the Looking Glass (A través del espejo, 1871) fueron objeto de una edición erudita titulada The Annotated Alice (1960), en la que el matemático Martin Gardner aportaba un extenso cuerpo de notas donde explicaba chistes y referencias a la cultura victoriana que al lector angloparlante del siglo XX ya le resultaban lejanas e incomprensibles. Una edición castellana de Alicia, traducida en Argentina por Eduardo Stillman para Editorial Corregidor en 1973, intentaba recuperar buena parte de la información aportada por Gardner, con un amplio aparato de notas que explicaban, además, los juegos de palabras. En esta traducción, salvo por la castellanización de "Alice" por "Alicia", se respetaban a rajatabla los nombres ingleses de los personajes tal como los había bautizado Carroll. Por ejemplo, el huevo humanizado que se mece sobre un muro, Humpty Dumpty, seguía siendo Humpty Dumpty. Una traducción realizada en España por Jaime de Ojeda, editada en Alianza Editorial en 1970, encaraba la cuestión desde un enfoque completamente opuesto. Ya en las primeras líneas de su prólogo, Ojeda expresaba la clásica disculpa del traductor: “Muchas veces me han preguntado –entre otros en Alianza Editorial– ¿por qué es Alicia en el País de las Maravillas un libro tan leído y tan citado en el mundo anglosajón? Nunca he podido responder con entera satisfacción, y me temo que esta traducción –a pesar de los buenos propósitos del traductor y de la editorial– tampoco logre hacerlo; en efecto, Alicia es uno de esos fenómenos literarios que no admiten trasplantes y pese a todo el cuidado que se ponga en guardar intacto su significado vernáculo en ese naufragio irreparable y doloroso que es toda traducción, creo que es prácticamente imposible «trasladar» a la mente del lector castellano todo el contenido de vivencias sabrosas, de evocaciones misteriosas y de introspección cultural de que está lleno este precioso libro. Pero, en fin, se ha hecho lo posible por lograrlo.”

Partiendo de su premisa de que Alicia es “ante todo, un cuento infantil”, Ojeda renegaba de introducir notas al pie que obstaculizasen o interrumpiesen la lectura, prefiriendo en cambio adaptar el “espíritu” del libro en lugar de explicarlo debajo. Los poemas de Carroll, que Stillman traducía sin rima para mantener el sentido original de los versos, son traducidos por Ojeda en verso rimado, pero para hacerlo inventa nuevos conceptos ausentes del original, violenta el sentido y prácticamente crea nuevos poemas. Lo mismo ocurre con los juegos de palabras. Dado que decide no explicarlos en notas, y como traduciendo de forma literal sin notas explicativas no se entendería nada, Ojeda hace uso de su imaginación y crea nuevos chistes en castellano que, en su opinión, van en el mismo sentido que los de Carroll. Humpty Dumpty, por su parte, se transforma mágicamente en Zanco Panco, nombre que a Ojeda le parece de una sonoridad parecida al original inglés, pero más ajustado al oído hispano.

Cada cual juzgará por sí mismo la validez de una y otra perspectiva, pero el riesgo de la propuesta de Ojeda es evidente: mientras que Lewis Carroll era un humorista fino, sutil y brillante, Ojeda quizás fuera un traductor competente, pero como humorista no le llegaba a Carroll ni a los talones. Lo que en Carroll eran absurdo e ironía válidos al mismo tiempo para público infantil y adulto, en Ojeda se transforma en banalidad chata dirigida sólo a los niños. Además, la ausencia de cualquier explicación sobre el carácter paródico de las poesías, sumada a sus rimas forzosas y los cambios de nombre de los personajes para volverlos más castizos, alejan de manera sustancial su versión de Alicia del libro original.

La problemática de la traducción no afecta sólo a libros antiguos, sino también a los contemporáneos. En su ensayo de 1982 “Traducir es el modo verdadero de leer un texto”, Italo Calvino reflexionaba sobre las traducciones de sus propios escritos: “Cuántas veces, leyendo el primer borrador de la traducción de un texto mío que el traductor me mostraba, me invadía una sensación de extrañeza ante lo que leía: ¿era realmente esto todo lo que yo había escrito? ¿Cómo había podido ser tan plano e insípido? Luego, al releer mi texto en italiano y compararlo con la traducción, veía que quizá era una traducción fidelísima, pero en mi texto una palabra estaba usada con una intención irónica apenas insinuada que la traducción no recogía (…). Todas estas son cosas de las que, al escribir, yo no había sido consciente, y que descubría sólo ahora al releerme en función de la traducción. Traducir es la verdadera manera de leer un texto; creo que esto ya se ha dicho muchas veces; puedo añadir que, para un autor, reflexionar sobre la traducción de un propio texto, discutir con el traductor, es la verdadera manera de leerse a sí mismo, de comprender bien qué ha escrito y por qué.”

Quizás una de las traducciones más complejas de las que haya noticia sea la de la novela del escritor francés Georges Perec La disparition, publicada en 1969. En esencia una historia de intriga, la “desaparición” del título original implica a la vez la ausencia en la trama de uno de los personajes y la ausencia de la vocal “e”, la más común de la lengua francesa. El libro de Perec está escrito como un lipograma, es decir que a lo largo de sus 300 páginas dicha letra no se pronuncia jamás. Hago la aclaración porque la “e” sí aparece en el texto, en casos de palabras donde no se pronuncia, como puede verse ya en la primera frase de la novela: “Anton Voyl n’arriva pas à dormir. Il alluma sa lampe. Il prit son livre.” Las “e” de “lampe” o “libre”, aunque se escriban, son mudas.

Emprender la traducción de una obra semejante parecía una misión imposible, y el propio autor, en una entrevista para la revista Cahiers du cinéma en 1979 había expresado: "Traducir un texto como La disparition es casi escribir un libro nuevo, porque implica recrear este juego con el lenguaje en otro idioma". Perec murió en 1982 sin haber visto ninguna traducción a su novela.

La primera en aparecer, en 1986, fue la versión alemana, seguida por la holandesa en 1990 y la inglesa en 1995. Las tres mantuvieron la “e” como letra ausente, pero en cada caso fueron necesarias enormes variaciones estilísticas y narrativas para mantener el lipograma. La versión española, publicada por Anagrama en 1997, fue la cuarta y acometió la misión de omitir la letra más común del castellano, la “a”. Para ello, además de adaptar el texto, fue necesario modificar los nombres de todos los personajes, que en francés tenían la “a” pero no la “e”, por nombres que tuviesen la “e”, pero no la “a”. Como la traducción literal del título al español, “La desaparición”, habría contenido dos “a”, se lo modificó por “El secuestro”. El esfuerzo de traducción llevó unos seis años y participaron varias personas, que trabajaban en segmentos diferentes del libro y luego se reunían para consensuar los resultados. Uno de los integrantes del equipo traductor, Hermes Salceda, explicó el arduo proceso: "Cada tarde, íbamos todos con un trozo de la traducción hecha, y debatíamos hasta llegar a una versión final. Era larguísimo: se negociaba cada frase. Un párrafo era una tarde de trabajo. Tienes roces, claro. No diría broncas, pero sí había discusiones. Se trataba de traducir a Perec, no de hacer un libro original. Había que mantener la historia, que fuera legible y al mismo tiempo crear un lipograma en español, pero no se podía reinventar la historia, no se podían cambiar las frases como nos diera la gana”.

Un fragmento de la traducción da una idea de la musicalidad conseguida: “Se robó, se violó, se mutiló. Pero eso no fue lo peor: se envileció, se conspiró, se disimuló. Entonces, todo el mundo desconfió del prójimo e incluso le odió.”

En su siguiente novela, Les Revenentes, Georges Perec invirtió la estrategia. Allí la única vocal que sonaba en todo el libro era la “e”. También en este caso aparecen escritas otras vocales, pero sólo en casos donde en francés se pronuncian como “e”. Por ejemplo, en la frase “Peut-être elle reverrait ses rêves, peut-être elle serait heureuse”, las “i” de la terminación verbal “eit” no se pronuncian, ni tampoco la “u” de “hereuse”. Aunque esta obra no llega a las 70 páginas en su versión original francesa, la restricción a una única vocal es tan estricta que no existe todavía ninguna traducción oficial de la misma a lengua alguna, apenas pruebas experimentales aquí y allá. En castellano, donde prácticamente no existen vocales que no se pronuncien (la excepción sería la “u” después de “g” o “q”), construir un texto sólo con palabras con “e” (o llegado el caso con “a”) parece casi imposible, además de que el texto sonaría demasiado monótono y casi ridículo.

En su ensayo “Las versiones homéricas”, Jorge Luis Borges exponía una paradoja: para quien conoce el idioma original de una obra literaria, el texto es inamovible, único: cualquier lector español consideraría sacrílego modificar ni una coma en el texto del Quijote. Con las obras cuya lengua de origen se desconoce, en cambio, el lector está sujeto a una infinidad de variaciones: “El Quijote, debido a mi ejercicio congénito del español, es un monumento uniforme, sin otras variaciones que las deparadas por el editor, el encuadernador y el cajista; la Odisea, gracias a mi oportuno desconocimiento del griego, es una librería internacional de obras en prosa y verso, desde los pareados de Chapman hasta la Authorized Versión de Andrew Lang o el drama clásico francés de Bérard o la saga vigorosa de Morris o la irónica novela burguesa de Samuel Butler. Abundo en la mención de nombres ingleses, porque las letras de Inglaterra siempre intimaron con esa epopeya del mar, y la serie de sus versiones de la Odisea bastaría para ilustrar su curso de siglos. Esa riqueza heterogénea y hasta contradictoria no es principalmente imputable a la evolución del inglés o a la mera longitud del original o a los desvíos o diversa capacidad de los traductores, sino a esta circunstancia, que debe ser privativa de Homero: la dificultad categórica de saber lo que pertenece al poeta y lo que pertenece al lenguaje. A esa dificultad feliz debemos la posibilidad de tantas versiones, todas sinceras, genuinas y divergentes.” Y se pregunta Borges: “Cuál de esas muchas traducciones es fiel?, querrá saber tal vez mi lector. Repito que ninguna o que todas”.

Durante mis primeros años en Barcelona a mí me ha tocado traducir una veintena de libros. Mentiría si dijera que traduje algo importante. Lo mío era economía de subsistencia y aceptaba lo que se me daba. Más que traducir por hambre de literatura, era traducir para matar el hambre. Entre las oscuras maravillas que me tocaron en suerte se encontraba, por ejemplo, un libro sobre los Nuevos líderes de China, escrito hacia 2004, en momentos en que la sucesión de Jiang Zemin aún no estaba del todo clara. El autor, estadounidense pero al parecer todo un especialista en China, proponía en sus varias páginas infinidad de hipótesis con el tono seguro y soberbio del experto. Cuando yo ya tenía la traducción terminada y entregada a la editorial, los acontecimientos se desencadenaron en el país asiático y, para mi fortuna, resultó que el autor había fallado de forma garrafal en todos sus pronósticos políticos. El libro era, ahora, impublicable, y se le exigió al autor que lo reescribiera. Digo “para mi fortuna” porque gracias a eso cobré dos veces por la traducción. Otra beldad fue una farragosa trilogía de fantasía/ciencia ficción consistente en tres volúmenes (porque, como decía Les Luthiers, si fuesen dos sería una “biología”) de más de 500 páginas cada uno. He de decir que el autor tenía más o menos planeado el primer volumen, lleno de venganzas y amoríos en un reino imaginario con ambientaciones de inspiración medieval. Habrá sido el libro que le mostró a la editorial cuando le hicieron el contrato por tres volúmenes (lo que se estila en el género). Al traducirlo, sin embargo, resultaba evidente que el escritor carecía de plan para las secuelas. Mientras que en el primer volumen todo presentaba una lógica mediocre, pero lógica al fin, con un ritmo aceptable y bastante acción, en los siguientes el autor ya no sabía qué hacer con sus personajes. Los que eran aliados se enfrentaban y luego volvían a aliarse. Algunos revelaban pertenecer al otro género, pero luego volvían al inicial. Los que habían muerto revivían gracias a la magia y mataban a los que seguían vivos, que luego a su vez revivían gracias a otras magias. Creo que hacia el final del tercer tomo el autor ya no sabía bien quién había muerto y quién no. Y como ya no se le ocurría acción, rellenaba páginas y páginas con interminables descripciones del paisaje donde acabarían encontrándose los personajes: valles, montañas, hondonadas, planicies. Recuerdo mi sufrimiento al intentar comprender la geografía de ese territorio inexistente para plasmarla luego en mi traducción sin incurrir en ninguna incongruencia paisajística. Y mi saber sobre las variables de los accidentes del terreno es pobre tirando a nulo.

La traducción más complicada que me encargaron, sin embargo, fue la de las memorias de la actriz porno Jenna Jameson, tituladas de modo sutil Cómo hacer el amor igual que una estrella del porno. Complicada porque, al igual que las variaciones de la geografía, el porno tiene su propio lenguaje específico, que es muy diferente en inglés que en español, pero además tampoco es el mismo según sea español de España, Argentina, Colombia o México. Y, si bien encontré algunos diccionarios del porno en español bien detallados, no siempre era sencillo determinar a qué país o a qué región pertenecía cada término. Hay posiciones sexuales que no aparecen en el diccionario de la RAE. De un modo u otro, rebuscando de aquí y de allá, conseguí acabar mi traducción y entregarla. Dudo que nadie allí fuese capaz de percibir las inconsistencias varias que sin duda plagaban mi trabajo, pero varios compradores del libro, ellos sí debidamente ilustrados en la materia, publicaron reseñas online donde me ponían en mi sitio. Y no era un sitio excitante.

Hace varios años que no traduzco libros, pero cuando lo hacía, y para editoriales importantes, existía una tarifa asignada por palabra y el monto total a cobrar por cada volumen equivalía a la sumatoria del número de palabras de la traducción final. Con su abundancia de artículos y preposiciones, una frase en castellano suele ocupar por sus propias características más espacio que la frase equivalente en inglés, así que en este sentido yo tenía las de ganar. Cuando les comentaba el sistema de pago a mis amigos, me preguntaban además con curiosidad si, teniéndolo en cuenta, no me sentía tentado a extender el número de palabras en cada frase hasta el límite de lo tolerable a fin de incrementar mis emolumentos. Por ejemplo, transformando una frase sencilla como “She was rich”, que literalmente significa “Ella era rica”, en algo del estilo de “La joven muchacha poseía por sí sola una envidiable y cuantiosa fortuna”. Entiendo que quien traduce a un autor ilustre o destacado se juega su honor en cada traducción y evita siquiera plantearse tal cosa. Con mis líderes de China, mi trilogía de aventuras o las memorias de Jenna Jameson yo estaba a años luz de semejante situación. Aun así, según les explicaba a los curiosos (y con esta situación debían de contar sin duda las editoriales), el mero hecho de sumar artículos y preposiciones (o incluso algún adjetivo) allí donde no los había en el texto original requería de un esfuerzo mental extra. Multiplicado por cientos de páginas dicho esfuerzo podía resultar insoportable. Además, los pagos se realizaban siempre una vez entregada la traducción (y a menudo con considerable retraso), de modo que, para poder comer mes a mes, me resultaba imprescindible sacarme de encima cada libro y pasar cuanto antes al siguiente.

Dudo que hoy alguien siga realizando la mecánica de la traducción literaria como la hacía yo hace apenas dos décadas, trabajando con la única ayuda de mi cerebro y un diccionario para consultar dudas. En los medios de prensa, resulta ya evidente que la gran mayoría de las traducciones de artículos se hacen mediante inteligencia artificial. Con un poco de suerte, algún ser humano las revisa luego para corregir errores. Y ya si se produce un milagro, ese ser humano tiene además conocimientos específicos sobre el tema como para detectar los múltiples casos en los que la inteligencia ha demostrado ser artificial y no ha entendido bien. En el caso de los libros, es probable que cualquier traductor use ya algún programa de inteligencia artificial para lograr una traducción inicial sobre la cual trabajar luego, ahorrando así tiempo y esfuerzo. Denostar los resultados de estas traducciones tecnológicas sería ingenuo y casi estúpido: en la mayor parte de los casos suelen ser muy buenas. Los traductores que usan estas herramientas, incluso si luego revisan sus textos, juegan con fuego y lidian con el enemigo que pronto podría dejarlos en la calle. Pero renegar de estas tecnologías resulta también ridículo, y las protestas en este sentido parecen condenadas al fracaso.

Oficios como los de los traductores simultáneos en conferencias, o incluso los de los encargados de traducir textos breves, por ejemplo folletos médicos o técnicos, están ya en vías de extinción. Ignoro cuánto tiempo podrán subsistir los traductores literarios. Y lo digo con el pesar de quien ve morir una tarea milenaria a menudo ingrata, objeto de innumerables críticas y objeciones, pero que sin embargo nos había parecido imprescindible, inevitable y eterna. Una tarea que, por muy malo que fuese el libro original, constituía siempre un desafío para quien la practicaba. Pues implicaba una toma de posición muy personal sobre una obra que primero le era ajena, pero luego ya le pertenecía al menos un poco. Una tarea cuya probable desaparición no puedo dejar de lamentar con cierto vano romanticismo, y a la que Italo Calvino se refería así: “Para el traductor, los problemas por resolver nunca desaparecen. En los textos donde la comunicación es de tipo más coloquial, el traductor, si logra captar el tono adecuado desde el comienzo, puede continuar impulsado por ese tono con una soltura que parece —y debe parecer— fácil. Pero traducir nunca es fácil; hay casos en los que las dificultades se resuelven espontáneamente, casi inconscientemente, al entrar en sintonía con el tono del autor. Pero en los textos estilísticamente más complejos, con distintos niveles de lenguaje que se corrigen mutuamente, las dificultades deben resolverse frase por frase, siguiendo el juego de contrapunto, las intenciones conscientes o los impulsos inconscientes del autor. Traducir es un arte: el paso de un texto literario, cualquiera sea su valor, a otra lengua exige cada vez algún tipo de milagro. Todos sabemos que la poesía en verso es intraducible por definición; pero la verdadera literatura, incluso la escrita en prosa, trabaja precisamente sobre el margen intraducible de toda lengua. El traductor literario es aquel que pone en juego todo de sí mismo para traducir lo intraducible.”

(sigue en la entrada de mañana)