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viernes, 13 de octubre de 2023

"Algunas de las claves necesarias para entender el porqué del saludable desplazamiento de la literatura nacional en los últimos años"

El pasado 20 de julio, Lautaro Ortiz publicó la nota que sigue en el diario Página 12. Se trata de una excelente investigación que dejará a más de uno con la boca abierta.

Misterio en Twin Peaks

A Diego Curubeto, factótum de “La urna”

Y de pronto todos estábamos dentro de un grupo de WhatsApp llamado "¿Quién le cree a David Lynch?”. El culpable no era otro que el anfitrión, nuestro amigo de las revelaciones literarias. Se hallaba en Capilla del Monte y por eso, en esta ocasión, apeló a la tecnología para reunirnos y preguntarnos: “¿Conocen a Gregory Tree?”

No, respondió uno. Negativo sumó otro. Ni idea, anotó otro más, hasta que alguien tiró: ¿No es el nombre de una reserva en Australia? Exacto. Sir Augustus Charles Gregory fue un viajero inglés que hizo expediciones en el norte de Australia, y en una de ellas, para no perderse, grabó la fecha (2 de julio de 1856) en el tronco de un boabab gigante. Luego, al pie del árbol, enterró una carta para recordar por qué razón había ido a ese sitio. Temía perder la memoria. El lugar se conoce como Gregory's Tree. El árbol es muy feo, la memoria también puede ser un árbol feo.

¿Y?, escribió uno del chat.

En 1954 se publicó la novela 111 de Séptimo Círculo titulada Una mortaja para la abuela. La historia arranca con un transeúnte que recibe un golpecito en la cabeza. El objeto que lo golpea es un bollito de papel que envuelve a un anillo de bodas y además tiene escrito un mensaje: “Necesito socorro. Ven rápido”. Autor: Gregory Tree. ¿Les suena? A Borges y a Bioy parece que tampoco porque escribieron: “Nada concreto hemos podido averiguar sobre el misterioso novelista. La crítica ha sospechado que detrás del seudónimo se oculta un escritor famoso. Cabe agregar que ese escritor tiene un vivo sentido del absurdo, de lo enigmático y de lo macabro”. Bien. Un año después, en 1955, aparece el título 40 de la colección Evasión conducida por Rodolfo Walsh: Muy joven para morir. Sí, también del novelista misterioso. Anotó Walsh en contratapa: “Gregory Tree ha construido una magnífica novela. El autor, cuyos dotes de psicólogo se ponen de manifiesto en el delineamiento de sus personajes, en su mayoría adolescentes, traza un cuadro insospechadamente fiel y sugestivo de la juventud norteamericana”. Efectivamente, en ella se narran las alternativas del crimen de una popular estudiante de 17 años llamada Betty Lou: “Era atractiva de un modo animal, exactamente la clase de jovencitas por las que los hombres mayores se vuelven locos”, dicen las mujeres casadas del extraño pueblo de Ludlow poco antes de que salte una trama de abusos e intrigas políticas. La novela está inspirada en el crimen no resuelto de la joven Hazel Irene Drew asesinada en 1908 en un estanque de Sand Lake. Ustedes preguntarán otra vez ¿Y? La respuesta es la siguiente:

A los 29 años John Franklin Bardin sintió el poder de la fiebre. Fue una mañana de noviembre de 1945 en Nueva York. Se sentó frente a su máquina de escribir y empezó a teclear. Durante meses todo el barrio de Greenwich Village escuchó el rumor de su Underwood. Cuando terminó --como le pasó a Edgar Lee Master con su Spoon River, como le pasó a Coleridge con su Kubla Khan-- durmió una semana entera. Al despertar, se dio cuenta de que había dejado atrás su infancia en Cincinnati; había enterrado a su hermana, a su padre, y había firmado la admisión para internar a su madre por un cuadro de esquizofrenia. En su mesa de trabajo sólo había novelas policiales y de misterio, porque precisamente Bardin se había alimentado de ese tipo de literatura, aunque las tres novelas que acababa de escribir no encajaban ni en uno ni en otro género.

La primera se llamó El percherón mortal, relato de un médico psiquiatra que un día recibe en su consultorio a un hombre que asegura trabajar para unos enanos que le pagan por tareas increíbles: usar una florcita en el pelo, regalar monedas a la gente; silbar una dulce canción por la calle y, en ocasiones, llevar a un caballo a domicilios donde luego sucederá un crimen. En pocas páginas, el psiquiatra se da cuenta de que su paciente no está loco: él mismo conversa con los enanos. Pero de pronto ocurre un accidente y el médico deja de recordar su propia vida y los hechos que lo involucran con el crimen de una bailarina. Se desata un espiral de locura, terror y dolor, mientras los enanos se ríen como dicen los irlandeses que ríen los leprechaun. La segunda se llamó El final de Philip Banter y es la historia de un publicista que no recuerda haber escrito hechos atroces que, en el futuro inmediato, se cumplen al pie de la letra. Y la tercera, Al salir del infierno (elogiada por Patricia Highsmith), narra las pesadillas esquizofrénicas de una concertista con pulsión de matar. “Tengo una edición --agrega el anfitrión-- donde un lector anotó con caligrafía temblorosa: “¡No lea, aquí hay verdadero terror, pero terror terrible!”.

La trilogía se publicó a finales de los 40s, pero la crítica ni se enteró. Bardin se fue a Chicago a trabajar en una revista de abogados y dejó de escribir. Luego de un tiempo, como el explorador inglés, empezó a tener él también miedo de perder la memoria. Volvió a la Underwood y firmó novelas como Gregory Tree queriendo recordar que alguna vez fue John Franklin Bardin.

El Percherón Mortal se tradujo en Argentina por primera vez en 1948. La versión fue del gran León Mirlas para el inhallable sello Club del Misterio --no confundir con la colección de Bruguera. Se llamó Dónde estaba el percherón. Pero nadie advirtió que esa rareza (entre los límites del policial negro y los cuentos asfixiantes de Poe) hacía su aparición en los estantes de la literatura traducida del país. En 1976 se editaron en EE.UU. las tres novelas en esas ediciones que los yanquis llaman Ómnibus. Y un día César Aira leyó a Bardin. Y en 1983 tradujo la primera para el sello Riesa (Río Inmóvil Editora Sociedad Anónima) y la tituló Otra vez los caballos. El anfitrión copió el mail que le envió para esta crónica el mismo Aira:

“Sí, fui yo el que recomendó la del Percherón. Tenía un J. F. B. Ómnibus, con sus tres novelas, que se van haciendo cada vez más raras, la tercera, la de la mosca azul, ya es pura alucinación. Recuerdo que en la del Percherón encontré por primera vez la palabra leprechaun, que volví a encontrar en la canción de Snakefinger “Jesus was a leprechaun”. El sello Riesa lo creó un miembro de la familia Kapelusz como proyecto personal. El directorio de la empresa le dio carta blanca (hasta cierto punto) porque estaba enfermo, y efectivamente la editorial existió sólo hasta su muerte, no creo que haya durado más de dos o tres años. Los asesores y traductores éramos dos. Yo tuve una relación muy afectuosa con ese hombre, aunque debía andar con cuidado en mis recomendaciones por el catolicismo de la familia. Después leí las que Bardin firmó como Gregory Tree”.

--¿Y Lynch qué? --preguntó un ansioso.

--La novela Muy joven para morir y la serie Twin Peaks remiten al caso real de 1908. Pero más allá de esa coincidencia, lo que sorprende es que al conectar la obra de Tree con la de Lynch (¿la mujer del tronco será un guiño?) salta el universo literario de John Franklin Bardin, es decir, su cruda descripción acerca del deterioro mental y de lo que sucede cuando la memoria estalla en pedazos como los vidrios de una ventana detrás de la cual se ve la habitación roja del miedo llena de enanos y de sombras de gigantes. ¿Importa si Lynch se olvidó de decirnos que leyó a Bardin? No. Acaso lo que interesa es que al hurgar en la historia de las traducciones argentinas se revelan algunas de las claves necesarias para entender el porqué del saludable desplazamiento de la literatura nacional en los últimos años hacia géneros populares como el terror.

viernes, 4 de febrero de 2022

Rodolfo Walsh y Horacio Aníbal Maniglia

El pasado 14 de enero, Lautaro Ortiz publicó la siguiente contratapa en el diario Página |12, de Buenos Aires. En ella se habla de la amistad entre el escritor, periodista y traductor Rodolfo Walsh y Horacio Aníbal Maniglia, creador del equipo de traductores de la editorial Hachette, de Argentina.

Ese amigo de Walsh

Entre las muchas casas en las que durmió Rodolfo Walsh en tiempo de escritura de Operación Masacre, hay una de techos bajos, simple, con una gruesa puerta de madera en el centro y dos largas ventanas que la escoltan. Se construyó en el siglo XIX en la localidad de Pontevedra (Merlo) y a comienzos de los 80 desapareció del paisaje del Gran Buenos Aires. Hoy sólo existe en un dibujo.

Ese dibujo –a lápiz, con suaves sombras de grafito– existe entre los papeles del pintor Horacio Guillermo Maniglia, que con 85 años no deja de dibujar, porque de hacerlo dejaría de recordar. Todo dibujo es un intento por desenmascarar al olvido. Y entre los rostros que el pintor se niega a dejar de ver está el de su padre y el de Walsh, caras sonrientes cada vez que los amigos se encontraban.

La historia de esa amistad esta rubricada con fecha y lugar: 20 de octubre de 1953, Variaciones en Rojo, Biblioteca de Bolsillo Hachette, Serie Naranja número 192. En ése, su primer libro, Walsh dedicó cada uno de los tres relatos a una persona en especial: “Asesinato a distancia” fue para su madre, “Variaciones en Rojo” para su primera mujer, y “Las aventuras de las pruebas de imprenta” para Horacio Aníbal Maniglia. Esta es la historia bocetada de ese hombre que hasta hoy no se había dibujado.

Maniglia padre nació en Boedo en 1906 y murió en Flores en 1979 leyendo a Montaigne. El dato no es menor. Leía francés a la perfección, pero sobre todo, leía cualquier libro que se le cruzara por sus ojos claros. En los años 30 se casó y estudió derecho hasta que los imperativos del cotidiano vivir lo condujeron a la Librería Hachette que entonces funcionaba en el Palacio del Libro, calle Maipú 49. En 1936 ocupó el cargo de vendedor en el salón principal que tenía 10 metros de ancho y 35 metros de fondo, estanterías de 5 metros de alto y escaleras corredizas pocas veces vistas. Maniglia fue el mejor vendedor, le sacaba diferencia al resto porque él lo leía todo.

En tiempos de guerras mundiales, de escasez de papel, de carencia de divisas y otras dificultades para el mercado editorial, se le ofreció el puesto de jefe de ediciones; esto es, hacerse cargo de una tarea ciclópea: gestión y compra de papel, contratación de imprentas, verificación de calidad de las ediciones, trato con diseñadores, correctores, traductores, distribuidores, compra de derechos y, al mismo tiempo, se le encomendó delinear una nueva colección de carácter popular para enfrentar el mercado creciente. Maniglia aceptó el desafío.

“En Hachette hay una situación algo más curiosa: el señor Maniglia, que dirige las colección, ¡no lee inglés! Sin embargo, posee tres condiciones que le permiten moverse con facilidad: la primera debe clasificarse simplemente de “olfato”, la segunda es que tiene muchos amigos que leen inglés –yo entre ellos– y dos o tres empelados en la misma situación, cuyas opiniones recoge y compara, la tercera es que lee incesantemente traducciones en francés”. Eso le dijo Walsh a su otro amigo Donald A. Yates en una carta de septiembre de 1954, que puede leerse en el reciente libro de correspondencias que editó De La Flor.

Al olfato de Maniglia se le debe la creación, en abril de 1941, de la Biblioteca de Bolsillo en sus tres colores: Azul para los clásicos, Verde para las aventuras y Naranja para los policiales. El título inaugural fue, desde luego, de un francés: André Maurois, con Los silencios del Coronel Bramble, novelita que, casualidad o no, gira en torno a un intérprete entre británicos y franceses durante la Guerra del 14. Entre las medidas que tomó Maniglia –aconsejado siempre por amigos como Nalé Roxlo y Horario Estol– fue armar un equipo de traductores de inglés. ¿Eran los mejores? Sólo le importaba que fueran lectores apasionados. Sumó al inmigrante español Vicente Canoura (con quien haría dupla en tres traducciones); a Leonardo Wadel, que años después con Alberto Breccia darían vida eterna a Vito Nervio; a Mario Calés (Mario Kolesnicoff), al que hasta hoy se le agradece la traducción de los 14 tomos del Talmud; y al misterioso Alfredo De León, al cual Walsh dedica su cuento “Nota al pie” y al que tantas veces se lo creyó un personaje de ficción encarnando la triste vida de un traductor argentino. De León fue el mayor traductor de la colección, con 20 títulos entre los años 1941 y 1947, y el primero dentro de la Serie Naranja de prologar y defender la línea del policial como evasión frente a una realidad sin tregua. Maniglia tenía equipo. Así llevó adelante la Biblioteca de Bolsillo que llegó a vender 20 mil ejemplares por título y a tener un ritmo de impresión de dos libros mensuales.

En 1944, Maniglia redactó un aviso de trabajo para pedir traductores de inglés. Llegó Walsh. Tenía 17 años, estaba por hacer la colimba. La amistad nació. Walsh le habló de libros y nuevos autores. Hubo entusiasmo. Maniglia lo escuchó. Es notorio cómo a partir del ingreso de Walsh lo policial gana protagonismo en la colección y ya en 1947 sólo se editaban los libros naranjas. Las buenas ventas obligaron a Maniglia a emprender otra tarea riesgosa: acelerar el ritmo de traducción y para eso ideó un sistema de traducción simultánea. Al mismo tiempo que cada traductor trabajaba en un título asignado, podía incrementar su salario a través del cobro por línea de una novela que se traducía a varias manos. Una vez reunidas las partes, se le asignaba a quien estuviera libre el trabajo de darle carácter a la edición. Novelas de Ellery Queen, William Irish y Carter Dickson corrieron esa suerte. Ese sistema colectivo lo confirmó Delia Cortés en Rodolfo Walsh, aquel muchacho (Hespérides): “Mirabas de frente con tus ojos claros, mientras me contabas que como traductor de inglés te pagaban centavos la línea, que tenías dos hijas, y vivías con tu mujer (que enseñaba a ciegos) en la calle 54 de La Plata. Terminabas de escribir Variaciones en rojo. Eras antiperonista”. Todos en Hachette lo eran. Lo curioso es que la colección terminó el 9 de septiembre de 1955, una semana antes del golpe. Los mejores años editoriales habían sido bajo el gobierno de Perón. En total se editaron 201 títulos, 65 azules, 17 verdes y 119 naranjas. Dos méritos más para sumarle a Maniglia: la incorporación al cuerpo de traductores de varias mujeres y el apoyo para que Walsh dirigiera desde 1949, dentro de Hachette, la colección Evasión.

En el invierno del 57, los amigos vuelven a encontrase. Maniglia ya colaboraba con Gregorio Weinberg en El Pasado Argentino y Walsh, que estaba de salida de la editorial, ya ultimaba páginas para la primera edición de Operación Masacre. Al igual que aquel diciembre de 1956 cuando llegó a la editorial diciendo “Encontré al hombre que mordió al perro” y le pidió a Enriqueta Muñiz que empezara a buscarle un refugio, Walsh le preguntó también a su amigo por un lugar seguro. Maniglia mencionó aquella casa de techos bajos, simple, ubicada en el partido de Merlo. Walsh fue, ya conocía el terreno. La localidad de Pontevedra está 25 kilómetros del Instituto Padre Fahy donde estuvo como interno a comienzos de los 40. “No tenía muchas opciones”, dice Maniglia hijo, el pintor, el dueño del dibujo. Él acompañó a Walsh hasta la casa, le abrió las puertas y le avisó que no había luz eléctrica, sólo faroles de noche. Walsh entró con la portátil. Estuvo una semana, no aguantó el frío. Se fue luego al Tigre. “Cuando mi padre se jubiló en el 66 se llevó la máquina de escribir que usaba Walsh en Hachette. Ahora la tengo yo. ¿Y la casa? No, la casa fue ocupada y años después la demolieron. Solo me queda este recuerdo, es un dibujo, ¿qué te parece?”.