lunes, 17 de febrero de 2020

¿Cuándo se liberan los derechos de autor?

El pasado 15 de enero, Daniel Gigena publicó en el diario La Nación la siguiente nota, donde se habla sobre la vigencia de los derechos de autor y sobre lo que ocurre cuando estos expiran. Dado que es un tema de frecuente consulta por parte de editores y traductores, la reproducimos a continuación.

Dominio público:
el paso del tiempo diseña su propio catálogo

Con cada inicio de año, entre lectores y editores surge la expectativa por conocer la lista de autores que pasarán a ser de dominio público, y cuyas obras podrán ser compartidas de manera libre y sin pagar derechos de autor. En nuestro país, la ley que rige la propiedad intelectual es la 11.723 y establece que el plazo de duración del derecho patrimonial se extiende durante la vida del autor y 70 años más a partir de su muerte. “Vencido dicho plazo, la obra entra en lo que se denomina dominio público, es decir, se puede reproducir libremente”, confirma Magdalena Iraizoz, directora ejecutiva del Centro de Administración de Derechos Reprográfcos de la Argentina (Cadra).

Por ese motivo, no sería noticia en la Argentina que la obra del poeta Antonio Machado haya entrado en dominio público este año en España, cuya legislación es diferente: como el poeta murió en 1939, su obra estaba disponible entre nosotros desde 2010. En Estados Unidos, cuya legislación también es diferente de la argentina, este año se liberan obras de 1924 hechas por creadores como el compositor George Gershwin o la pintora Georgia O’Keeffe.

Para simplificar las cuentas, en 2020 entran en dominio público en la Argentina obras de los escritores fallecidos en 1949. Algunos nombres son bien conocidos por los lectores. La estadounidense Margaret Mitchell, el alemán Klaus Mann, la santafesina Emilia Bertolé y el belga Maurice Maeterlinck, entre muchos otros, figuran en el listado del dominio público. Los admiradores de George Orwell, en cambio, deberán esperar hasta 2021 para celebrar.

Libre, pero no gratuito
Sin embargo, en la Argentina el dominio público tiene la característica de ser pagante. Si bien las obras se pueden utilizar sin pedir autorización, los editores deben hacer un pago de derechos de autor no mayor al 1% sobre la tirada, sumas que se recibirán no en el más allá ni en las cuentas de los herederos sino en el Fondo Nacional de las Artes (FNA). Se puede decir que el Estado, gracias al cobro del dominio público pagante (DPP), actúa como un mecenas de las artes. Primero recauda y luego distribuye entre artistas jóvenes o inéditos. “Esta política pública se considera única y da origen a un ciclo virtuoso que permite que las obras de los artistas de ayer financien a los de hoy”, se lee en la página web del FNA.

“Cada vez más las legislaciones tienden a proteger el derecho de autor de los creadores por más años -agrega la directora ejecutiva de Cadra-. En todo el mundo, las legislaciones están ampliando los plazos. Sin ir más lejos, la semana pasada hubo una ampliación en la ley uruguaya, que establecía un plazo menor al nuestro y se extendió a 70 años”. En el país vecino, por ejemplo, El principito había entrado en dominio público mucho antes que en la Argentina. Si se hubieran importado tiradas de libros desde Uruguay, también hubiera correspondido el abono del DPP, porque hubiera sido explotación comercial.

¿Podría haber conflictos si las legislaciones de uno y otro país colisionan? “Sería en los casos en que alguna legislación nacional vaya en contra o tensione con lo establecido por algún convenio internacional -responde Iraizoz-. Por ejemplo, qué sucedería si una legislación contraría lo establecido por el Convenio de Berna. En ese caso se aplicarían, para dirimirlo, herramientas del derecho internacional”. En opinión de varios especialistas en derechos de autor o “autorialistas”, la ley actual es objeto de debate. “Todos sabemos que es una ley de la década de 1930 que, aun con todas sus falencias y teniendo en cuenta las transformaciones que tuvieron lugar en las distintas dimensiones de lo humano, proporciona herramientas para la defensa del trabajo de los creadores”.

viernes, 14 de febrero de 2020

Está claro que nos hemos ido absolutamente al carajo

Marilyne Buda es una periodista francesa que escribe en castellano –para ser francos, en uno no muy perfecto– para Radio France Internationale. Allí publicó una nota que el 14 de enero pasado levantó y publicó sin corregir Cultura InfoBAE y que se transcribe tal como salió, con los errores de castellano del caso. Trata sobre los llamados sensitive readers, unos cosos que se ocupan de expurgar textos antes de que los publiquen las editoriales, con el objeto de que nadie se ofenda. O sea, como dice el título de esta entrada, nos hemos ido absolutamente al carajo.

¿Quiénes son los sensitivity readers,
guardianes de lo políticamente correcto en literatura?

El empleo de sensitivity reader apareció hace unos años y cobra cada vez más fuerza en Estados Unidos. ¿En qué consiste? Leer los manuscritos y averiguar si los libros contienen alguna frase que pueda ser considerada racista, homofóbica, misógina…, es decir ofensiva de una manera u otra para un sector de la población.

En español, se podría traducir por “lectores de sensibilidad”. Los sensitivity readers, empleados por editoriales o autores, se han multiplicado en los últimos años en Estados Unidos. Su función es revisar textos buscando carencias de corrección política o una falta de verosimilitud ligada a la identidad del autor, como cuando un novelista escribe sobre un sector de la población al que no pertenece (entiéndase en términos de minoría étnica, géneros, etc.).

Sería pues algo equivalente al trabajo de los tradicionales fact checkers históricos o técnicos (para ficciones de ambientación histórica o científica, por ejemplo), su papel siendo indicarle al escritor los puntos flacos por los que se le han podido colar clichés, expresiones dañinas o equivocadas.

¿Una nueva forma de censura?
Estos consejeros hacen temer a muchos una asepsia de la literatura y algunos hasta denuncian una nueva forma de censura, según el periódico satírico francés Charlie Hebdo.

El fenómeno existe desde hace varios años en Estados Unidos: en 2016 fue creado un fichero con unos 250 revisores clasificados según su especialidad, como “mujer queer”, “mestizo bisexual”, “judío ortodoxo”… La escritora Justina Ireland los había juntado con el objetivo de permitir a los autores “acercarse a la verdad compleja de lo que significa ser una persona marginada”. Luego, ella misma la suprimió alegando que los novelistas usaban a los sensitivity readers de escudos cuando, a pesar de su trabajo, surgían polémicas en las redes sociales.

Hoy en día, se sigue más que nunca recurriendo a ellos. Susan Furlong, que escribe novelas policiacas, trabajó con una revisora que le sugirió no usar las palabras “crippled” (lisiado) y “deformity” (deformidad) hablando de un perro de tres patas, porque estas palabras “podían ser insultantes para las personas discapacitadas”. Según Furlong, escribe Charlie Hebdo, los sensitivity readers son “un súper-recurso para los autores que escriben fuera de su cultura y su experiencia”.

Laurent Dubreuil, profesor universitario en Estados Unidos y autor de La Dictature des identités (La dictadura de las identidades), explica que el verdadero problema detrás de los sensitivity readers son las personas que se organizan en las redes sociales para criticar un libro, aunque muchas veces no lo han leído: “La mayoría del tiempo, el autor decide ‘por sí mismo’ sacar su libro de la venta y pide disculpas públicas. No estamos lejos de lo que ocurría durante la Revolución Cultural en China. La retórica es exactamente la misma, en términos de contrición. El objetivo es la autocensura integrada”, denuncia Dubreuil.

“Cultura de la precaución”
 “No hace mucho, en Estados Unidos, era la extrema derecha la que se ofendía con las obras de arte (…). Hoy en día, es más bien en la izquierda que se encuentran los escandalizados y los adeptos de la censura, y entre ellos, lamentablemente, escritores, editores, pintores o curadores”, comenta asimismo el novelista estadounidense Alexander Maksik. Para él, estas nuevas reglas de la identidad responden a “una construcción nebulosa y fantasiosa”, y los que les obedecen son “una minoría que ejerce un poder desmesurado” e instaura una “cultura de la precaución”.

Estos justicieros de la literatura defienden la idea de que uno sólo puede escribir sobre lo que conoce. En mayo de 2018, el sensitivity reader Kosoko Jackson –que después sería víctima de este sistema– tuiteaba: “Las historias sobre el movimiento de los derechos cívicos deberían ser escritas por negros, las historias sobre el derecho de voto deberían ser escritas por mujeres, las historias sobre la epidemia de sida deberían ser escritas por gays, ¿es tan difícil de entender?”.
El hashtag #OwnVoices (“Voces propias”) se usa para poner de relieve los libros escritos por una persona que pertenece a una identitidad “marginada”.

El escritor irlandés John Boyne, a pesar de haber recurrido a un sensitivity reader para su libro My Brother’s Name is Jessica (El nombre de mi hermano es Jessica), fue atacado en las redes sociales por haber declarado que no aceptaba el término “cis” (el término cisgénero se refiere a las personas cuya identidad de género coincide con su fenotipo sexual). Se dice preocupado por la libertad de expresión: “Un autor más joven podría vivir con el miedo de una polémica y, para evitarla, producir una obra sin imaginación ni audacia. Un escritor debe escribir lo que quiere escribir”.

La literatura juvenil es particularmente afectada por el asunto. Y según escribió la novelista estadounidense Marjorie Ingall en un artículo de la revista Tablet, “intentar que los libros para niños sean más auténticos y menos estereotipados no es censurar”. En Francia, algunos autores de literatura juvenil ya empiezan a sentir la presión del políticamente correcto.

jueves, 13 de febrero de 2020

Milipilis, Tinchos, Raúles y Mabeles

¿El Raúl por anotnomasia?
El pasado 1 de diciembre, Silvia Ramírez Gelbes, doctora en Lingüística y profesora y licenciada en Letras por la UBA, entre muchos otros títulos, publicó la siguiente columna en el diario Perfil. Se reproduce con la idea de que los traductores extranjeros que la lean sepan de que se habla cuando se habla de Milipilis, Tinchos, Raúles y Mabeles.

Sobre nombres y nombres

En el diálogo Cratilo, de Platón, el personaje que da título a la obra sostiene que la palabra encierra la esencia de las cosas, una idea definitivamente presocrática y no científica que, sin embargo, se ha conservado a lo largo del tiempo. Borges, en el poema “El Golem”, lo muestra de manera magistral: “Si (como afirma el griego en el Cratilo)/ el nombre es arquetipo de la cosa,/ en las letras de rosa está la rosa/ y todo el Nilo en la palabra Nilo”.

Los nombres propios de las personas sirven para denominar a cada individuo. Para nombrarlo. Y también para informarlo, en el sentido de (simbólicamente) darle forma. No en vano el Evangelio cuenta que Simón –por caso– recibió de Jesús el nombre de Pedro, pues sería la piedra basal de la Iglesia cristiana. Y se sabe de ámbitos (desde la masonería o las agencias de detectives hasta las agrupaciones clandestinas) en los cuales los miembros deben usar nombres ficticios, un modo de adquirir otra personalidad y también de evitar la identificación.

Es claro que los nombres respetan modas y tendencias. De allí que por el nombre pueda inferirse más de un dato personal de quien lo lleva. El género, en principio (aunque Tomiko, así, con “o” final, es un nombre de mujer en japonés). La nacionalidad o, como mínimo, su lengua materna (Giovanni es, muy probablemente, un italiano). Y, muchas veces, la edad, incluso por los eventos culturales de la época (cuenta la leyenda que La edad del amor, película de 1953 protagonizada por Lolita Torres, fue un éxito sin precedentes en Rusia y la causa de que muchas bebés soviéticas de esa década se llamaran “Lolita”).

Y es claro que, en nuestra cultura, algunos nombres aluden al santoral y, hasta no hace mucho, se solían escoger por la fecha de nacimiento. Eduardo para quien nació el 13 de octubre, Agueda para quien nació el 5 de febrero.

¡Quién no ha repasado listas de nombres cuando esperaba un hijo! Aun sabiendo que luego usarán apodos más o menos simpáticos y serán llamados Lula, o Tato, o Pipu, o Chachi, como se hacen escribir los adolescentes en sus buzos de egresados de quinto año.

Como fuere, es interesante el hecho de que los nombres, por algún motivo (a veces misterioso), pueden llegar a cargarse con cierto peso subjetivo positivo o negativo. Un peso que la propia sociedad empieza a reconocerle. El disparador de la pieza teatral Le prénom de Matthieu Delaporte y Alexandre de La Patellière, por ejemplo, es que un personaje le quiere poner a su hijo el nombre Adolfo, sin reparar en que, para un francés, el nombre siempre evoca a Hitler.

Desde hace un tiempo –nobleza obliga, la idea de esta columna se gestó gracias a los comentarios de María O’Donnell y su equipo en el programa de radio De acá en más por la Metro– vienen eligiéndose nombres específicos para referirse a un tipo de persona. Sobre todo en las redes. Como si el nombre mencionara directamente el estereotipo.

Por una parte, están los sobrenombres que representan a adolescentes “chetos”, un estereotipo que alude no solo a una situación económica acomodada, sino también a una superficialidad que merece rechazo: Milipili (“Mi lado milipili necesita los brillos”, dice un tuit del miércoles) y Tincho (“qué bajón ser un tincho y llamarte tincho”, dice otro tuit, esta vez del lunes).

Por la otra, los nombres de varón o de mujer que se usan para encarnar a sujetos ordinarios que se muestran inteligentes y no lo son. Sujetos que representan el supuesto discurso del vulgo: crédulos e ignorantes. Si en el pasado fueron doña Rosa y Carlitos, hoy son Mabel y Raúl, dos personas que explican sin saber.

Lo triste del caso es que muchas Mabeles y muchos Raúles –como antes muchas Rosas y muchos Carlos– se sentirán hoy agredidos y hasta agraviados por el empleo despectivo de sus nombres. Y con razón.

Conviene repensarlo, de todos modos. En plataformas caracterizadas por el sarcasmo y la existencia de los haters (los odiadores), hay que entender que Mabel y Raúl son apenas personajes de un diálogo figurado. Y que si sus nombres encerraran acaso alguna esencia, se trataría solo de la de ellos, los dos personajes. Puntuales. Y listo.

miércoles, 12 de febrero de 2020

Tres librerías de lengua castellana en Berlín

“Infobae Cultura visitó Andenbuch, Bartleby & Co. y La Escalera, tres espacios especializados en libros en castellano. Sus historias, propuestas literarias, actividades y cómo se transformaron en un centro de reunión para residentes extranjeros, turistas y locales.” Eso dice la bajada de la nota que firma Grabiela Meyer, el  pasado 11 de enero.

Berlín con acento español: un recorrido 
por tres preciosas librerías “latinoamericanas”
en la capital alemana

Las letras en español reinan en estas tres pequeñas islas hispanohablantes de la capital germana. Son espacios cálidos, que privilegian un catálogo selecto y se conciben como punto de encuentro.

Porque muchos latinoamericanos y españoles -algunos emigrados de larga data, otros turistas fugaces- descubren allí un refugio de lecturas y charlas en su idioma, donde escapar por un rato del alemán y dejarse envolver por los sonidos familiares de su lengua.

Estas librerías al otro lado del Atlántico llaman a acercarse con una intensa agenda de actividades gratuitas y miles de volúmenes en español, entre nuevos y usados. Y, por supuesto, los visitantes también están invitados a perderse por un rato en ese viaje errante e inigualable que comienza al hojear un libro al azar.

Andenbuch, una librería con historia
La pionera Andenbuch “fue la primera librería latinoamericana que hubo en Berlín”, señala su dueña, la argentina Teresa Cosci, a Infobae Cultura. El local en la Bergmannstrasse 59 del barrio de Kreuzberg no da a la calle, sino que se encuentra en un idílico patio interno.

Teresa repasa con orgullo la historia de su librería y espacio cultural: “En 1984 un grupo de exiliados políticos de Chile -una pareja de chilenos-, uruguayos y argentinos crearon Andenbuch, que quiere decir libros de los Andes”. Su primer local estuvo en el barrio de Schöneberg y por allí pasaron, entre otros, el uruguayo Eduardo Galeano y la chilena Isabel Allende.

Ese colectivo duró algunos años, “hasta que la siguió teniendo el uruguayo-alemán Thomas Rübens, uno de los del grupo. Y logró al poco tiempo comprar la antigua Romanische Buchhandlung de Berlín. Se instaló en el local que tenía esa librería románica y empezó a trabajar todos los idiomas románicos. Porque en esa época, antes de la caída del Muro, no había librerías en español. Había algunas internacionales que tenían un poquito nada más de español, pero eran difíciles de conseguir”.

Tras la caída del Muro, la ciudad cambió muchísimo y empezaron a abrirse otras librerías: portuguesas, italianas, brasileñas y francesas, refiere la actual dueña de Andenbuch, que reside en Berlín desde 1987. “Y poco después, en el 2000, fue la gran salida de Amazon a vender, y los grandes supermercados podían ya vender libros. Eso mató muchas librerías. Entre ellas se fue abajo Andenbuch”.

Su dueño cerró el local, pero tenía tantos clientes que la manejaba online en su casa y a través de pedidos por teléfono. “Y desde hace unos seis años que la compré. La tuve cuatro años y medio también o cinco en mi casa, online, y buscaba y buscaba local hasta que encontré este precioso hace dos años. Y, como un sueño cumplido, el espacio que no sea solo librería, sino también un lugar de encuentro, de debate, de charlas”, se entusiasma la librera y locutora nacida en Villa Mercedes, San Luis.

Desde la luminosa librería de paredes blancas y anaqueles de madera oscura, poblados de incontables títulos, indica: “Tengo la posibilidad de abrir solamente tres días a la semana, porque trabajo en otro lado también. No se puede vivir solamente de una librería, pero atrae a mucha gente latinoamericana, alemana, que le interesa Latinoamérica, o que está aprendiendo español”.

De Bartlebys y Escaleras
A poco más de un kilómetro y medio de Andenbuch se encuentra Bartleby & Co., en el número 2 de la Boppstrasse, que dispone además de una biblioteca de préstamo. Con apenas descender algunos escalones, se accede al local de cálido diseño, dominado por el blanco.

“Creo que lo que más sorprende es entrar en un espacio en el corazón de Berlín en el que todo es español, las conversaciones, los libros”, considera su dueña, la española Ana S. Pareja.

“La idea de abrir una librería hispana en la ciudad surgió en varias charlas informales entre amigos. Me asocié con dos de ellos y como por aquel entonces los alquileres en Berlín todavía eran baratos y parecía relativamente sencillo empezar un negocio pequeño, nos pusimos manos a la obra”, rememora.

Bartleby & Co. abrió sus puertas en octubre de 2013 en la zona de Graefekiez en Kreuzberg. “Cuando llegué a Berlín no existía ninguna librería con libros en castellano con una oferta amplia y variada de libros a precios accesibles y eso es lo que nos propusimos crear. En un primer momento la librería iba a llamarse 2666, en honor a la novela de Bolaño. Nos dio miedo que nuestros vecinos alemanes pensasen que el local de la librería era algún lugar destinado al satanismo y, por ese motivo, elegimos Bartleby y compañía”, explica a Infobae Cultura.

“Siempre nos había gustado mucho ese librito de Vila-Matas y veíamos gracioso el juego con la ñ, tan española, y el hecho de que tres personas que no eran libreros abriesen una librería, como los escritores sin obra o Bartleby, que hubiera preferido no hacerlo”, cuenta la librera que vive hace unos siete años en la capital de Alemania.

Mientras tanto, La Escalera, la única de las tres especializada en libros de viejo, se asentó en 2014 en el barrio de Prenzlauer Berg. Su iniciador es el colombiano Germán Restrepo, que abrió la librería en marzo de 2010.

Su primer local fue en el Tacheles, “un edificio mítico, ocupado por artistas, que ya no existe. Y se llama La Escalera porque estaba en el hueco de una escalera; (Germán) empezó a poner libros ahí. El más caro salía cinco euros. Yo de hecho iba a comprar libros. Estaba en Mitte, muy cerca del Instituto Cervantes”, dice José Luis Pizzi, que colabora en la librería que abre de martes a sábados.

La siguiente base de La Escalera estuvo en un bar-librería en el barrio de Friedrichshain, relata José Luis, abogado que descubrió su vocación por la escritura y oriundo de Ingeniero Huergo, provincia de Río Negro.

Para llegar a La Escalera, al igual que a Andenbuch, hay que adentrarse por los pasillos de una típica edificación berlinesa. “Se paga un alquiler relativamente bajo, porque no da a la calle. Viste que en Berlín hay muchos lugares que no dan a la vereda, sino que es el Berlín profundo del interior, y éste es uno de ellos. Porque es muy difícil mantener. No hay millonarios libreros, yo no conozco”, apunta, mientras guía a Infobae Cultura por los secretos del pequeño local en la Kopenhagener Strasse 73.

El autor de varios libros, entre ellos la novela El actor, conoció a Restrepo durante una presentación en La Rayuela, la librería hispana en Berlín que cerró sus puertas en 2017. “Me dijo ‘¿por qué no te venís un día a ver la librería?’. Y vine y me quedé hasta hoy”.

martes, 11 de febrero de 2020

Traductoras estadounidenses de literatura chilena

El pasado 6 de enero, el narrador y periodista chileno Antonio Díaz Oliva publicó el siguiente artículo en el diario La Tercera, de Santiago de Chile, donde se pasa revista a las traducciones y traductoras de literatura chilena. Según la bajada de la nota, "De Los detectives salvajes a Space invades, las letras locales han encontrado quienes las conecten con el mundo anglo: un grupo variopinto de mujeres desarrolla hoy este trabajo.

Megan McDowell


Era 2009 y Megan McDowell cursaba una maestría en traducción en EEUU. Aprovechando las vacaciones de verano, viajó a Chile para hablar con editores, libreros y lectores. Buscaba un autor para traducir, y un nombre se repitió más que los otros: Alejandro Zambra. De vuelta en EE.UU, se decidió por La vida privada de los árboles. El resto fue una serie de coincidencias: presentaría parte de la traducción en una conferencia con cuatro personas en el público. Entre ellas, eso sí, estaba el editor Chad Post, de Open Letter, quien terminó publicando el libro.

“Y he sido la traductora de Alejandro desde entonces”, dice McDowell, quien actualmente vive en Santiago y ha trabajado también obras de Lina Meruane, Álvaro Bisama, Arturo Fontaine, Alejandro Jodorowsky, Paulina Flores y Alejandra Costamagna.

Jessica Sequeira
Megan McDowell no es la única traductora anglo de la literatura local. A ella se suman Jessica Sequeira, Sophie Hughes y Natasha Wimmer. Esta última, de hecho, la precede: en 2007 se publicó su traducción de Los detectives salvajes, que fue un éxito en varias latitudes. Le seguirían 2666 y otros títulos bolañianos. “Me parece que la literatura chilena tiene en este momento mucha vitalidad”, dice desde Nueva York Wimmer, quien recientemente tradujo a Nona Fernández [Space Invaders, 2019]. “Y la manera en que los escritores jóvenes se enfrentan a la historia del país tiene relevancia para los lectores norteamericanos, que atravesamos un momento político lleno de peligros”.

Sophie Hughes
Sophie Hughes, por su parte, vive en Inglaterra y solo ha trabajado con Alia Trabucco. Aunque eso le bastó para poner a la autora chilena en el mapa anglo: su traducción de La resta fue finalista en el Man Booker International. Y ahora traduce Las homicidas.

“No he vivido en Chile, ni siquiera he visitado Chile, y he leído con suerte una docena de autores chilenos”, dice Hughes. “En el mundo anglo hay algunos nombres por encima de los demás: Roberto Bolaño, Alejandro Zambra y Lina Meruane. Supongo que Pablo Neruda e Isabel Allende siguen siendo probablemente los dos chilenos más leídos en el Reino Unido y EEUU, para sorpresa de nadie, aunque tal vez para la frustración de otros”.

Jessica Sequeira, en tanto, ha traducido a autores muertos. Obra suya es una de las pocas traducciones de Adolfo Couve al inglés, así como un libro de poemas de Teresa Wilms Montt. “Me atraen las obras que difuminan la distinción entre poesía y prosa”, dice Sequeira, que tiene residencia en Santiago.

Traducción y política
“Debemos evitar publicar solo ‘literatura política’, para que la world literature -un término terrible- deje de ser un eufemismo de ‘literaturas tercermundistas’”, dice Hughes. “En un mundo ideal, el término world literature no existiría.”

La traductora de Trabucco se refiere a la “literatura mundial”, etiqueta con la que a veces se cataloga a las obras traducidas desde otros idiomas al inglés. Hughes no es la única que ha meditado sobre la relación entre la literatura traducida y la política. O, en el caso local, entre la dictadura de Augusto Pinochet y la cantidad de libros chilenos sobre el tema que se publican en inglés. De hecho, a la hora de escribir este artículo se revisaron los autores traducidos en los últimos cinco años, y casi todos son libros sobre Pinochet. O sobre los niños crecidos bajo la dictadura, como Alejandro Zambra y Nona Fernández; o post-dictadura, como Paulina Flores, Diego Zúñiga y Alia Trabucco, quienes continúan la estética y temática de los primeros.

No es un problema únicamente chileno. En palabras de Fredric Jameson, las historias individuales y privadas del “tercer mundo” son siempre leídas desde EEUU y Europa como “una alegoría de la nación”.

“La triste verdad es que en EEUU la gente sabe muy poco de Chile, y lo que sí saben es que sufrió una dictadura militar bajo Pinochet”, asegura McDowell. “Por lo tanto, los libros que tratan de la dictadura, o incluso simplemente la mencionan, son más fáciles de ubicar en un contexto, para interpretar y conectarse”.

Natasha Wimmer
“No se puede separar el valor político e histórico del valor literario”, comenta por su lado Natasha Wimmer. “Además, en este momento, cuando el autoritarismo levanta cabeza en EEUU, los lectores norteamericanos buscamos modelos para enfrentar y entender este fenómeno”.

Desde Inglaterra, Hughes dice que parece haber un mercado más grande para las novelas chilenas sobre la dictadura, así como para las novelas mexicanas sobre el narco, pero de igual forma para la literatura española que cuenta la Guerra Civil y para los países escandinavos que producen novelas policiales. “Sin embargo, los editores independientes, en mi experiencia, tienen sus ojos puestos principalmente en la calidad”, dice. Y Sequeira lo pone de esta manera: “En general, más personas leen libros sobre primeros ministros que sobre poetas, y eso no es necesariamente algo malo. Los libros más vendidos en inglés son a menudo, también, libros ‘políticos’, por lo que no veo esto como un problema geográfico”.

“Es parte del contexto chileno, y creo que es difícil de ignorar”, agrega McDowell. “Supongo que tendríamos que preguntarnos cuánto tiempo debe pasar antes de que leamos una novela cien por ciento libre de la dictadura”.

lunes, 10 de febrero de 2020

Para "existir" hace falta mucho más que ser traducido

El pasado 2 de enero, la editorial Seuil publicó en francés Matate amor, de Ariana Harwicz. La autora buscó el texto en una librería y se topó con una realidad que no esperaba. De eso trata el artículo que publicó en Clarín el pasado 8 de enero, reproducido a continuación en esta entrada.

En Francia, a los escritores latinoamericanos
los mandan al “dofón”

Creo que es la primera vez que salgo llorando de una librería parisina, los sucesos sentimentales del pasado no ocurrieron nunca en Francia sino en escenario porteño. Una vez me compré Así hablaba Zaratustra en una librería de San Telmo cerca de donde daba clases de cine y me lo fui a leer al bar de tango Seddon, en el Bajo, pero no sé si fue por Nietzsche que lloré o por el tango.

Aquella noche ni imaginaba vivir algún día en el extranjero ni ser yo misma, ciudadana, escritora, lo que sea, pero con acento. Ni tampoco sospechaba los efectos imprevisibles de una nueva lengua, nunca se sabe qué deparará la lengua inmigrante en la de origen, y viceversa, y qué provocarán ambas al escribir.

El 2 de enero pasado empezó oficialmente una de las dos Rentrées littéraire del año, el momento en que se lanzan las novedades. Es un momento clave donde una avalancha de libros de todos los géneros salen y las editoriales chicas y grandes apuestan a ese fenómeno contradictorio: vender mucho con 481 libros (otros años fueron más de 600) queriendo críticas y espacio al mismo tiempo. Mi novela Matate, amor/ Crève, mon amour, que ya lleva siete años haciendo su camino, salió con la gran editorial comercial Seuil. Entré ansiosa a la librería en Tolbiac, (en el barrio 13 o barrio chino aunque lo comparten con comunidades de Magreb) y no la vi en la mesa de novedades, por ahí fue un acto fallido pero me olvidé que yo no estaría con los demás autores de Seuil.

Le pregunté a la librera por mi libro. Rápido porque Elliot desde su cochecito ya había vaciado media mesa y atacaba ahora los estantes, ya estaban en el piso Echenoz, Pierre Lemaître, Daniel Pennac y Vanessa Springora (el único libro del que se habla por Cadena Nacional es el relato de la relación de la autora cuando tenía 15 con el escritor Gabriel Matzneff, en ese entonces de 50, se discute de nuevo la moral y la pedofilia versus libertinaje), París no es exactamente una ciudad para los niños, los perros son más aceptados en librerías y restaurantes así que me apuré.

 “No lo tengo”, me dijo. ¿No? Insistí, y tuvo que volver a buscar y sorprenderse de que sí existiera, ahí me señaló, había un solo ejemplar al fondo, al dofón, al lado de un oso de peluche gigante (todo mi desprecio a los osos de peluche gigantes en librerías). Es cierto que el ordenamiento de una librería supone la edificación, la puesta en acto de una mirada política en relación a la lectura, una posición frente al arte en general y frente a los escritores locales en particular (los de Capital y los de provincia, en equivalencia a la France profonde que es todo lo que no son grandes ciudades).

Cada vez que busqué un libro escrito por un autor latinoamericano en cadenas o librerías independientes tuve que escrutar estanterías muy arriba o muy abajo o muy al costado o en otro piso, siempre todos amontonados y fuera del espacio central de circulación. Por supuesto que las librerías dependen del espacio, el gran tormento, mi reino por un poco de espacio, pero no se puede reducir a eso tampoco.

Quizás porque fui educada como lectora en la lógica de Buenos Aires, de otras ciudades de Latinoamérica y de España donde siempre está por delante, por encima, valorado el autor de lengua extranjera, y por ende es exactamente al revés, es muy difícil para un autor latinoamericano hacerse un lugar en España aunque compartan la “lengua” (no hablo de los ya consagrados, premiados, del boom, hablo de la gran mayoría de autores). En México pasa más o menos lo mismo pero el mercado es distinto y hay librerías del Estado donde hay mucha obra de autores nacionales. La diferencia con respecto a Francia es que no hay una jerarquización, los libros están equiparados o incluso tienen más visibilidad los de afuera.

En Francia no hay ahora una gran atracción por la literatura contemporánea latinoamericana y no logran ubicarla en el mapa, les cuesta citar a autores por fuera del más vivo de todos, Vargas Llosa. El muro es siempre la lengua, ella define la frontera. La Gran Muralla es siempre la traducción, dime si eres traducido y te diré quién eres.

Nada está libre de factores comerciales, son librerías no bibliotecas, y si de marginalidad se trata, la soberana es la poesía que se edita mucho más de lo que se vende y suele tener poco espacio incluso en Ferias Independientes pero; ¿cómo leen los españoles, cómo leen los argentinos, cómo leen los franceses? ¿Qué pautas de consumo literario tienen y por qué? ¿Las librerías deben seguirlos o intentar subvertir los hábitos?

A los franceses les gusta entrar a una librería y ver las secciones de los países, aunque nada tenga que ver después literatura y nacionalidad, yo no creo por ejemplo que mi escritura pueda pensarse desde lo latino ni desde lo francés, entonces cerca de la sección “literatura feminista” debería estar la “literatura apátrida”. Quizás el gran salto es el cambio de lengua, como Héctor Bianciotti, como Silvia Barón Supervielle, o lo que hizo Copi, pero tampoco resuelve el problema. Todo esto no es más que centro y periferia, al final.

En los peloteros franceses de provincia, en los bares, los supermercados, las estaciones de servicio, en la radio lo que suena de música latina es siempre esto: “Mueve ese poom-poom, girl, mueve ese pom, pom, mueve ese pom pom, mueve ese pom pom”.

Así también es muy difícil.

viernes, 7 de febrero de 2020

Una verdadera noticia bomba: la RAE resultó ser una institución privada, que responde a intereses de diversas empresas, pero pretende regir sobre la lengua castellana

Raquel Ejerique

El pasado 23 de enero, la periodista española Raquel Ejerique redactora jefe de Política Social y reconocida por sus importantes investigaciones que revelaron diversos casos de corrupución– publicó en el diario.es, de España, una noticia que puede ser calificada de “bomba”: la RAE es una institución privada. Además del Estado español, a través del Banco de España, está financiada por IBEX 35, el Banco Santander, Repsol, La Caixa, Prisa, Telefónica, Iberdrola y el constructor Villar Mir. Según se podrá leer, parte del dinero recaudado se reinvierte. Así, la RAE tiene “16 millones de euros invertidos en acciones (como Indra, Inditex o Gas Natural), fondos de inversión (Caixabank), bonos (524.000 en el Gobierno de la Comunidad de Madrid o 100.000 en Goldman Sachs o Morgan Stanley) y depósitos bancarios (6 millones). A esta cantidad hay que sumar 1,3 millones en cuentas bancarias”. Y esto, sólo para comenzar.

La RAE limpia, fija y es privada: 
cómo funciona y quién financia 
a la autoridad lingüística de España

La Real Academia Española es la guardiana de la lengua –”limpia, fija y da esplendor”, su lema desde 1715– pero no es una institución pública, sino privada, una “institución jurídica con personalidad propia”, pese a que se le asigna un carácter oficial y un interés público, a falta de un organismo estatal en España. Como prueba, el Gobierno le ha encargado el informe sobre la inclusión de género de la Constitución. “El Estado no se ocupa de regular la lengua y, desde hace 300, años ha confiado esa tarea en la RAE, que se dedica a actividades de interés general”, puntualiza a eldiario.es su director, Santiago Muñoz Machado,

La Corona española ha sido su protectora desde que nació, en 1713, e incluso el Rey Juan Carlos puso de 'su' bolsillo un millón de pesetas cuando Felipe González impulsó la Fundación Pro Real Academia en 1993, la pata que aglutina la financiación privada de la institución, que es la mayoritaria. Aunque la Academia no especifica la cantidad, podría ser de hasta cinco millones anuales (según cálculos sobre su propio presupuesto anual, de siete millones y medio). Al dinero privado hay que sumarle una subvención pública anual y el dinero obtenido por la venta de sus publicaciones, un ingreso que ha caído en picado por la crisis de los volúmenes en papel.

La Fundación privada está presidida por el rey Felipe VI y por el gobernador del Banco de España y su finalidad es apoyar y financiar a la RAE. Forman parte de ella los grandes nombres de la empresa española y del IBEX 35, como Ana Patricia Botín (Santander), el presidente de Repsol, La Caixa, Prisa, Telefónica o Iberdrola. También aparece en la lista de patronos el constructor Villar Mir, en representación de su propia fundación. Las grandes compañías son precisamente las principales benefactoras de la RAE, aunque también hay particulares. Por ejemplo, una donación de Inditex de 1,6 millones al año hizo avanzar el Diccionario Histórico. La Caixa patrocina el diccionario online y gratuito en la red. La Fundación Iberdrola firmó un convenio de 100.000 euros para la nueva edición del Diccionario.

El primer órgano rector estaba formado por Mario Conde o Emilio Botín y apadrinó el acto el Rey Juan Carlos, que agradeció a las comunidades autónomas su “sensibilidad nacional”, según las crónicas del momento como la de El País, después de que dieran 10 millones de pesetas cada una para la constitución de esta fundación. Actualmente son patronos Alberto Núñez Feijóo, presidente de la Xunta, o Guillermo Fernández Vara, presidente de Extremadura. Sobre si las comunidades siguen aportando dinero, fuentes de la RAE responden que “o no aportan nada o lo hacen con importes de cuantía menor”, sin dar más detalle.

Parte de ese dinero que se recauda sobre todo de compañías y entidades bancarias se gasta, pero otra parte se acumula, según las cuentas de la Fundación, a las que ha tenido acceso eldiario.es a través de una pregunta en el Portal de Transparencia. En 2016 (últimas cuentas accesibles) la Fundación pro RAE tenía 16 millones de euros invertidos en acciones (como Indra, Inditex o Gas Natural), fondos de inversión (Caixabank), bonos (524.000 en el Gobierno de la Comunidad de Madrid o 100.000 en Goldman Sachs o Morgan Stanley) y depósitos bancarios (6 millones). A esta cantidad hay que sumar 1,3 millones en cuentas bancarias. Todo este dinero y los intereses que pudieran generar aparecen vinculados a una utilización para “fines fundacionales”, es decir, para dotar de financiación a la RAE.

Aunque no pertenece a la administración pública, los ingresos públicos son otra parte fundamental para el funcionamiento de la Academia y una reclamación permanente de los sucesivos directores. El penúltimo, Darío Villanueva, explicaba en 2018 que estaban intentando que el entonces ministro Iñigo Méndez de Vigo (PP) aumentara el dinero a cargo de los Presupuestos Generales del Estado, que entonces era de 1,6 millones: “Que quede claro que no estamos pidiendo un incremento de la asignación presupuestaria, porque asumimos la crisis que ha afectado a muchos, sino que el Estado adquiera licencias de Enclave [un canal premium] y esa retribución del servicio que proporcionamos nos permita recuperar el nivel de financiación del año 2008”, decía a Europa Press.

La crisis hizo mella en esta institución –cuya obra estrella es el Diccionario y que también ha elaborado el Panhispánico de Dudas, el Histórico, puso en marcha el servicio de consultas y volcó el diccionario en internet de forma gratuita– aunque siguió teniendo saludables excedentes en su parte privada. La Fundación pro RAE pasó de 23 millones en 2013 a 18 millones en 2016, según sus cuentas. Fuentes de la Academia dicen que el saldo de su fundación “se ha mantenido estable” estos años, “unos 16 millones de euros”. El presupuesto público de la Academia cayó más: si entre 2007 y 2012 era de casi cuatro millones de euros al año, con los recortes que impuso Rajoy esa cantidad bajó a los 1,6 millones, un importe que se ha mantenido hasta 2019.

Aumento de la subvención
Sin embargo, y tras algunas reuniones y reclamaciones, el ministro Pedro Duque salió al rescate en la anterior legislatura y firmó un convenio con el director que multiplica los ingresos de la RAE. El acuerdo, según lo aprobado en el Consejo de Ministros el pasado marzo, supone que le darán a la Academia cinco millones de euros públicos al año durante 2020, 2021 y 2022, lo que permitirá unos ingresos por encima del nivel precrisis. Los proyectos en los que se emplearán, según el convenio, es la actualización de obras que ya existen como el Diccionario, y proyectos de digitalización y la promoción del español o formación. Desde la RAE aseguran que “los recursos disponibles se aplican por completo a la retribución de su personal y al desarrollo de proyectos”. Entre los que trabaja actualmente y en los que empleará ese dinero está una nueva versión del Diccionario, la actualización de varias obras o “evitar la rotura del español tratando de uniformar el español que usan los instrumentos digitales”, un proyecto denominado Lengua Española e Inteligencia Artificial.

Pero el modelo de la RAE, amparada por los reyes, grandes empresas y los sucesivos gobiernos, tiene también críticos. El catedrático Carlos Subirats, de la Universidad Autónoma de Barcelona, es uno de ellos: “Las academias son anacrónicas y su incidencia en el mundo actual es nula”, sostiene. “El problema de la lengua no es si se acepta una palabra o si 'sólo' lleva o no acento, el reto es el procesamiento de textos por medios electrónicos, por ejemplo, crear programas que entiendan textos enormes y te devuelvan una respuesta”, continúa Subirats, director del proyecto del Diccionario Electrónico en Español y numerosos grupos de investigación. “La lingüística no es una cosa de letras y normas, implica neurociencias, psicología, ciencia computacional, inteligencia artificial...”.

El catedrático, autor de algunos artículos críticos con la Academia, también lamenta que esos cinco millones de euros públicos se den directamente a la RAE en lugar de a proyectos concretos más diversos por medio de concursos y relacionados con asuntos más de futuro como la computación, “que es lo que demanda Google y el capitalismo, por otra parte”.

El académico Pedro Álvarez de Miranda, director de la 23ª edición del Diccionario, tiene una visión distinta: “El Gobierno tiene una responsabilidad moral sobre las academias, para que no desaparezcan por falta de medios, y eso debería seguir siendo así. El Estado no las debería abandonar a su suerte, alguna responsabilidad cabe”, dice a eldiario.es.

Muñoz Machado defiende, frente a la crítica de exceso de normativismo, que “la RAE tiene que centrar su actividad en los fines que le marcan sus estatutos. Desde su fundación, el diccionario, la gramática, la ortografía y la edición de obras representativas de la mejor literatura en castellano han sido sus misiones fundamentales. Estas obras hay que mantenerlas al día porque la lengua evoluciona y nuestros textos marcan la normativa, la pauta que siguen los quinientos millones de hispanohablantes. Somos la entidad reguladora de la lengua, junto a las Academias integradas en la asociación Asale. Y lo hacemos a través de esas obras”.

Silvia Senz, lingüista, también pone sombras a la institución o, más bien, a la gestión pública que se ha hecho en relación a ella. Es coeditora de El dardo en la Academia, un volumen crítico con la RAE, de la que destaca su ventaja en el apoyo institucional. Contactada hace un tiempo por eldiario.es, Senz se remite a sus escritos. En la obra que coordina con Montserrat Alberte destaca “cómo una institución normalizadora semipública, con una producción menos abundante de lo que aparenta y mucho menos consistente y actualizada de lo que es exigible, puede haber llegado a ejercer una influencia social sostenida sobre los hablantes de español de ambos lados del Atlántico”. También ha puesto en duda la pertinencia de crear en 1993 una fundación para dotar de fondos la Academia, en la que ve una estrategia para que la RAE mantuviera “su preeminencia como organismo estandarizador oficial (...) sin necesidad de que se creara una institución de política lingüística estatal para el castellano, que podría haber despertado las suspicacias de los nacionalismos periféricos”.

La influencia de la RAE es manifiesta y se encarna, en gran parte, en la cara visible de la institución, los 46 académicos, que no siempre son los que hacen el trabajo principal, del que se encargan empleados de la institución (unos 80, con un salario medio de 39.000 euros, el del director es de 65.000). Los académicos se reúnen los jueves por la tarde en sesión de una hora, según los estatutos, que también establecen que su nombramiento salga en el BOE. No tienen salario, pero cobran dietas de 141 euros por día.

Son mayoritariamente hombres, ya que solo ocho puestos están ocupados por mujeres (la web aún mantiene a la fallecida Margarita Salas), siendo 1979 el año en el que entró la primera mujer académica, Carmen Conde. El pleno de la RAE incumple de largo la ley de paridad, aunque al tratarse de una institución privada no está obligada a observarla. El hecho de que los cargos sean vitalicios ralentiza la igualdad pero, aunque es cierto que en la última década se ha nombrado a más mujeres, desde 2009 las incorporaciones han sido mayoritariamente de académicos hombres (doce frente a seis mujeres).

Estos académicos forman el pleno, que debate sobre asuntos de la institución y propone nuevas palabras. El recorrido para que llegue al Diccionario y esa palabra sea normativa es complejo, como explican fuentes de la propia institución: tras la propuesta, se consulta el “corpus de la academia, si la palabra se usa” en compilaciones de “millones de formas”, se buscan ejemplos en literatura o periódicos y se pasa la documentación a “alguna de las seis comisiones de trabajo integradas por académicos”. Luego se envía la propuesta a las otras academias de lengua española para que se acuerden o no modificaciones. Después de todo eso, la palabra vuelve al pleno y si ha pasado todos los filtros y hay un veredicto positivo, se incluye en el Diccionario. Y así viene siendo desde hace siglos.

¿No se limita demasiado la Academia a labores de normativa, incorporación de palabras y reedición del Diccionario mientras la lengua avanza y tiene retos tecnológicos? El director explica que la institución usa herramientas digitales punteras y reivindica el servicio que se da con el diccionario online: “¿Quién puede decir con seriedad que no estamos metidos hasta el fondo en el universo digital? Nunca en toda su historia nuestro Diccionario ha sido más útil para más personas de todo el mundo: recibe sesenta millones de visitas al mes. En la mejor época de la edición impresa del Diccionario llegaba a venderse una cifra próxima al millón de ejemplares en 12 años. De manera que nada más lejano a la realidad que afirmar que es un producto que ha dejado de interesar”.

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