martes, 21 de abril de 2026
Hoy, martes 21 hs., mesa de traductores
lunes, 20 de abril de 2026
"Cada nueva librería introduce una anomalía"
En su columna dominical de ayer, del diario Perfil, el escritor y traductor Guillermo Piro escribió la siguiente reflexión sobre la importancia de las librerías.
El arte de insistir
La frase se repite con una naturalidad que la vuelve casi administrativa: una notificación más en la larga cadena de avisos que informan, con dramatismo, que algo dejó de existir. En Buenos Aires, pero también en Santiago de Chile, en Montevideo, en Ciudad de México o en Madrid, la escena adopta formas previsibles: liquidaciones discretas, mudanzas que no se concretan, persianas que bajan sin ceremonia, librerías que cierran.
viernes, 17 de abril de 2026
Otra mirada al informe de la CAL
jueves, 16 de abril de 2026
"El fenómeno de la autoedición sigue en ascenso"
miércoles, 15 de abril de 2026
“¿Qué pasará si los editores o agentes empiezan a usar estas herramientas de IA con todos?”
¿Qué consecuencias tiene el problema de la IA en el sector editorial para autores y lectores?
Otoño pasado, Antonio Bricio, un consultor de ingeniería que vive en Guadalajara, México, terminó el borrador de su primera novela, un thriller de ciencia ficción sobre una conspiración gubernamental para ocultar la historia del primer contacto de la humanidad con refugiados alienígenas.
Tras enviar su manuscrito a 20 agentes literarios y recibir una serie de rechazos, dedicó varios meses a revisarlo con la esperanza de conseguir algún día un editor.
Ahora, Bricio teme que el ya exigente proceso de obtener un contrato editorial como autor debutante se haya vuelto aún más complicado. Le preocupa que agentes y editoriales eviten arriesgarse con autores desconocidos por temor a que el libro haya sido escrito con inteligencia artificial.
El pánico y la paranoia en torno a los libros generados con IA se dispararon el mes pasado, cuando la importante editorial Hachette decidió cancelar el lanzamiento de una novela de terror, Shy Girl, de Mia Ballard, en Estados Unidos, tras encontrar indicios de que había sido producida parcialmente con IA. Hachette también retiró el libro en el Reino Unido, donde lo había publicado el año anterior después de que Ballard lo autopublicara originalmente.
Cuando Bricio se enteró de la cancelación de la novela en redes sociales, sintió un vuelco en el estómago. Afirma que no usa IA para escribir, salvo para traducir ocasionalmente alguna palabra o frase suelta del español al inglés, idioma en el que también es fluido, utilizando el traductor IA DeepL. Pero se preguntó qué diría un detector de IA sobre su propio trabajo.
Pagó una suscripción a Originality.ai y subió un capítulo de su novela. El detector aseguró con un 100 por ciento de certeza que había utilizado IA de alguna manera.
Bricio buscó las frases que habían activado el detector, eliminó algunas oraciones y volvió a probar. Esta vez, el programa indicó que estaba 100 por ciento seguro de que lo había escrito un humano. Finalmente, Bricio conversó con un representante del servicio al cliente, quien le indicó que si recibía resultados que señalaban erróneamente su obra como generada por IA, podría necesitar otro modelo del programa.
El ir y venir sólo dejó a Bricio más intranquilo. Los informes de Originality.ai sobre su borrador, que compartió con The Times, mostraron que añadir o eliminar apenas unas pocas frases producía resultados completamente diferentes.
“¿Qué pasará si los editores o agentes empiezan a usar estas herramientas de IA con todos?”, se preguntó Bricio. “A partir de ahora, todos vamos a andar con pies de plomo”.
Mientras la industria editorial busca cómo afrontar la irrupción de la IA en casi todos los aspectos del negocio, parece haber poco consenso sobre qué pueden o deben hacer las editoriales para regular el uso de esta tecnología por parte de los autores. Muchos coinciden en que la situación actual es insostenible.
Cada vez más escritores enfrentan sospechas infundadas sobre el uso de IA. Otros utilizan IA sin declararlo. Muchos lectores se sienten confundidos y recelosos, sin saber si los libros que leen fueron escritos por un humano o por una máquina.
Varios autores autoeditados han sido señalados por el uso evidente de IA y criticados por lectores y otros escritores. Pero la controversia de “Shy Girl” podría marcar un punto de inflexión para todo el sector editorial.
Tras la cancelación de la novela, muchos lectores y autores cuestionaron cómo una editorial importante no detectó señales de escritura generada por IA. Usuariosde Goodreads y Reddit llevaban meses señalando lo que consideraban evidencias claras de lenguaje de chatbot. El escándalo llevó a algunos lectores a preguntarse cuánto examinan las editoriales las obras que adquieren.
“Estamos llegando a una era de desconfianza, sin una forma sencilla de demostrar la veracidad de tu propia escritura”, dijo Andrea Bartz, autora de thrillers y demandante principal en la demanda colectiva de autores contra Anthropic, que acordó un pago de 1.500 millones de dólares.
Bartz puso recientemente algunos de sus propios textos en Ace, un verificador de IA, y se sorprendió cuando el programa etiquetó su trabajo como 82 por ciento generado por IA. El programa luego le ofreció una solución: “¿Quieres humanizar tu texto?”
Cuando Bartz contó su experiencia en Substack, decenas de escritores participaron en la conversación. “Supongo que eso pasa cuando tus libros fueron robados para programar la IA”, comentó la novelista Rene Denfeld, quien señaló que un detector de IA también había determinado erróneamente que parte de su escritura era generada por IA.
“Tiene que ser un llamado de atención para la industria”, opinó Jane Friedman, consultora editorial.
La mayoría de las grandes editoriales no tienen reglas claras sobre el uso de IA por parte de los autores y se basan en la confianza y la expectativa de transparencia. Pero ante la multiplicidad de formas en que la IA se integra en la creación de libros, desde la investigación hasta la edición y la redacción de frases, reina la confusión sobre qué usos cruzan la línea, y crece el temor de que la escritura con IA pueda sortear a los editores profesionales.
Cuando Rachel Louise Atkin, quien reseña libros en Goodreads, Instagram y TikTok para miles de seguidores, supo de “Shy Girl” en redes sociales, pensó que era un libro que le encantaría: una historia de terror feminista intrigante y retorcida. Lo leyó en un día y lo recomendó ampliamente. Se sorprendió al saber que lo habían retirado por indicios de uso de IA.
“Si supiera con certeza que algo fue escrito con IA, lo habría evitado”, afirmó. “Creo que deberíamos poder elegir si queremos leer algo escrito con IA o no”.
La influencer literaria Stacy Smith encontró “Shy Girl” en NetGalley, un sitio donde los lectores pueden acceder a libros antes de su publicación, y le dio una reseña de cinco estrellas en Goodreads. También se sintió decepcionada al enterarse de las acusaciones.
“Leería libros escritos con IA, pero me gustaría saber que fueron escritos por IA”, comentó. “Lo que duele es la falta de honestidad”.
Mientras tanto, los autores suelen sentirse amenazados desde todos los frentes. El número de libros publicados cada año, incluidos los escritos con IA, crece sin parar y dificulta que los escritores encuentren público en un mercado saturado y fragmentado. Además, quienes no usan IA sienten ahora la presión de probar que su trabajo es humano, sin grandes opciones más allá de transmitir en vivo mientras escriben.
Algunos autores están añadiendo un logotipo a sus libros y sitios web que indica “escrito por un humano”. La certificación, ofrecida por Authors Guild, permite a los autores declarar que escribieron sus libros sin IA para generar o modificar sustancialmente el texto. Aunque el gremio no verifica de forma independiente las declaraciones de los autores, quienes infrinjan las condiciones del logo pueden ser demandados por violación de marca registrada.
A.M. Dunnewin, autora autoeditada de novelas de terror, se registró para la certificación y puso el símbolo en su sitio web. “Pensé que tal vez ese certificado podría ser un salvavidas, para que la gente sepa que es mi trabajo”.
Sarina Bowen, autora que ha publicado tanto de forma independiente como con grandes editoriales, fue acusada de usar IA para crear la portada de una de sus novelas. Fue una acusación que pudo refutar fácilmente: la novela se publicó años antes de que la IA generativa se popularizara. Ahora, sin embargo, le preocupa el arte de portada que obtiene en línea —una práctica común entre los autores autoeditados— y si el artista pudo haber usado tecnología para producirla.
“No sé hacia dónde vamos, pero ese momento en que me acusaron de tener una portada hecha con IA fue realmente desalentador”, señaló. “Todos los que publicamos libros estamos en un mundo donde no podemos estar seguros del origen de nuestro contenido”.
Los lectores que eligieron “Shy Girl” fueron de los primeros en detectar señales de generación por IA en sus páginas, y claramente no les gustó. Algunos autores consideran eso alentador.
“Si van a gastar dinero en un libro, quieren que salga del cerebro y el corazón del autor y no de una computadora que ha robado la mente del escritor”, dijo Laura Taylor Namey, autora de literatura juvenil. “Aplaudo eso”.
Otros temen que más libros generados por IA pasen inadvertidos. Y a medida que la tecnología avanza, las señales típicas del lenguaje de chatbot podrían desaparecer.
“No quiero que llegue el día en que los lectores no puedan distinguir la diferencia”, afirmó Bowen.
martes, 14 de abril de 2026
"El volumen de novedades literarias abruma"
lunes, 13 de abril de 2026
El SPET propone su primera actividad de 2026
Denise Kripper es traductora literaria por el IES en Lenguas Vivas “Juan Ramón Fernández” y doctora en letras por la Georgetown University. Es la editora general de traducción de la revista bilingüe Latin American Literature Today (https://
Lecturas sugeridas
Fólica, Laura / Ramon Lladó (2017). “El giro ficcional de la traducción: introducción”. En: Doletiana, 7, pp. 1-6. Disponible en: https://raco.cat/index.php/
Kripper, Denise (2022). “Introduction”. En: Narratives of MIstranslation: Fictional Translators in Latin American Literature. Nueva York: Routledge, pp. 1-14. Disponible en: https://www.taylorfrancis.com/
Novey, Idra (s.f.). Formas de esfumarse (selección de fragmentos). Traducción de Denise Kripper. En La Otra Margen Revista. Disponible en: https://laotramargen.actti.
viernes, 10 de abril de 2026
Conviene saber que el contenido de los libros va por un lado y su comercio va por otro
jueves, 9 de abril de 2026
Empedocles en Lieja
"La Universidad de Lieja lidera una investigación que desafía lo establecido. Los manuscritos recuperados abren caminos inexplorados en la historia del pensamiento griego y sus herederos. Una narrativa todavía llena de misterios por revelar." Así dice la bajada de la nota publicada por Celeste Sawczuk, en InfoBAE, el pasado 5 de abril.
miércoles, 8 de abril de 2026
Un carancho sobrevuela Buenos Aires
En la entrada de este blog, correspondiente al pasado 27 de marzo pasado, nos ocupamos brevemente de Antonio J. Rodríguez, un joven petimetre (nació en Oviedo, España, en 1987), que se apresta a visitar Buenos Aires para ver qué partido puede sacarle al turismo.
Rodríguez tuvo su breve momento estelar en España cuando el muy llorado editor Claudio López, desde Mondadori y luego desde Penguin Random House, le dio una oportunidad. Así, publicó Exhumación (con Luna Miguel, hija de los dueños de El Gaviero, una pequeña editorial especializada de Almería y también protegida de Rodríguez, autora con la qu Rodríguez estaba ligado sentimentalmente; 2010), El principio de incompetencia (novela que se sospecha autobiográfica; 2013) y Candidato (2018), además de los ensayos La nueva masculinidad de siempre (2020) y El dios celoso (2024).
Según su CV, durante un tiempo, con Luna Miguel, dirigió el sello editorial Caballo de Troya, un subsello de Penguin Random House, dedicado a publicar a jóvenes, aparentemente por el mero hecho de ser jóvenes. Lo que no se dice es que fue apenas por dos años y en el marco de una renovación constante de editores. De acuerdo con la presentación que hace PRH, el subsello fue creado en 2004 para la publicación de "autores españoles o latinoamericanos como Mercedes Cebrián, Elvira Navarro, Fernando San Basilio, Óscar Aibar, Natalia Carrero, Iosi Havilio, Alberto Lema, Javier Pascual, Pelayo Cardelús, Damián Tabarovsky, Lolita Bosch, Milo J. Krmpotic, Teresa Aranguren, Miguel Ángel Ortiz o Marcelo Lillo". Estos, "encontraron en su catálogo la hospitalidad necesaria para sus propuestas, el apoyo necesario para el afianzamiento de sus trayectorias o un primer impulso. En junio de 2014, Constantino Bértolo, alma del proyecto desde su fundación, se jubiló y se anunció un nuevo modo de trabajar: cada año un autor sería invitado a participar en el sello como editor y así poder ahondar en la idea esencial de Caballo de Troya como plataforma editorial para nuevas voces literarias hispánicas y caldo de cultivo de nuevas voces literarias. Así, desde 2015, los editores invitados que se han ido sucediendo al cargo de la selección del catálogo para cada ejercicio han ido siendo Elvira Navarro, Alberto Olmos (2016), Lara Moreno (2017), Mercedes Cebrián (2018), Luna Miguel y Antonio J. Rodríguez (2019 y 2020), y en 2021, Jonás Trueba".
Luego, en 2025, Rodríguez lanzó Alighiera, una empresa de servicios a editoriales donde, entre muchas otras lindezas, propone la Inteligencia Artificial para mejorar la productividad. Dicho en criollo, se caga olímpicamente en los traductores literarios, una práctica ya instalada en España. Así, luego de someter textos en las más diversas lenguas a algún motor de IA, relega a los traductores al nivel de editores especializados en corrección, con una paga muy inferior a la que les correspondería si fueran contratados para traducir.
En una reciente entrevista con Juan Carlos Saloz Barcelona, de La Vanguardia, respondió una serie de preguntas. Entre otras:
"¿Qué es Alighieria?¿Cómo funciona exactamente?
¿En qué se diferencia de ChatGPT u otros modelos de lenguaje directos?
martes, 7 de abril de 2026
Una reseña de Mercedes Álvarez sobre un libro escrito a cuatro manos por Coetzee y Dimópulos
Coetzee y Dimópulos: la traducción en la encrucijada
Vivimos en una época de ignorancia. Inmersos en el oscurantismo propio del momento, y en la lógica de las redes sociales, con su simplismo rayano en la imbecilidad que fomenta la permanente puesta en escena de una opinión sin contenido, nuestro pensamiento crítico se ve reducido prácticamente a nada. Por contrapartida, entonces, los intelectuales van mutando sus discursos. Frente a aquello que casi nadie abordaría, y mucho menos entendería, el ensayo ha ido adquiriendo un perfil cada vez más explicativo.
La didáctica, parece, es el signo de los tiempos. Don de lenguas, de Mariana Dimópulos y J.M. Coetzee, no está exento de ese tono. Hermenéutica al alcance de todos, podríamos decir, la premisa de este diálogo escrito parte de la traducción de El polaco de Coetzee, que Dimópulos tradujo. Entre ambos tuvieron la idea de que el original se retirara a las sombras, y las traducciones se hicieran del español y no del inglés. Es decir, que la traducción ocupara el lugar del original. El plan no tardó en fracasar. Los editores de Polonia, Francia, Japón, entre otros, se negaron a traducir del texto español.
“Si se hubiera tratado de un libro redactado en albanés y traducido al español”, escribe Coetzee, “los editores habrían estado dispuestos a dejar de lado el principio de la lengua original y habrían encargado traducciones del español, no tengo dudas. ¿Por qué el compás de espera, entonces? Respuesta: porque el ‘original’ no estaba escrito en albanés, una lengua ‘menor’, sino en inglés, una lengua ‘mayor’ y de hecho, quizás, la lengua dominante hoy”.
El resultado del experimento, a todas luces fallido, dio el puntapié a esta conversación. La centralidad de la lengua inglesa y su mercado es uno de los temas sobre los que pivota, pero de ellos se desprenden otros. Así, el diálogo pasa por diferentes instancias. La marginalidad de ambos autores, por ejemplo, respecto de la lengua materna los lleva a la reflexión sobre el papel de los Estados nación en la creación de lenguas uniformes, y la actualidad los deposita, necesariamente, en los debates relacionados con el género, lo que concatena con otro tema central: ¿Hasta qué punto la traducción puede traicionar al texto original?
¿Qué estamos leyendo en realidad cuando leemos una traducción? Coetzee trae a colación la idea de Derrida, de que pensar el texto fuente como depositario de un sentido original que puede reproducirse con fidelidad en otro idioma es un despropósito. Dimópulos no duda en ir en contra de este escepticismo, cuestionando la premisa de Derrida de terminar con la preeminencia del autor.
En concordancia con la didáctica de los tiempos que corren, concluye: “En su momento se pensó que el enfoque daría lugar a una mayor libertad social, lingüística y política. Creo que produciría exactamente el efecto contrario en el contexto actual, dado que hoy necesitamos mayor orientación que en esos días, cuando a las culturas centrales –la francesa y la alemana, por ejemplo– se las percibía como extremadamente rígidas. Yo diría que nuestra tarea es más bien la opuesta”. Palabras que, más allá de lo expuesto, no sorprenden, ya que Dimópulos es traductora de filosofía, y se la conoce por sus traducciones al español de Walter Benjamin.
Para concluir, Coetzee habla en estas páginas sobre la uniformidad de estilo que se encuentra en las traducciones de lenguas extranjeras al inglés, concluyendo que el estilo de prosa se “acomoda” para que resulte cómodo a los lectores británicos y estadounidenses. Seguramente es así, ya que en español no estamos exentos de espantosas traducciones que básicamente, suenan todas iguales. Mal de muchos. En fin. Faltaría, en estas páginas, hablar del ritmo. Porque, como expuso Henri Meschonnic, “los mismos principios que hacen que se traduzca la Biblia detestablemente hacen que se traduzca detestablemente a filósofos. Detestablemente poemas”.
Meschonnic vino a poner de relieve que la ausencia del ritmo en casi todas las traducciones de la Biblia sumen a sus lectores en la más profunda ignorancia del sentido. Hubo quien le reprochó su elitismo, a lo que él respondía: “elitista para todos”. Pero Meschonnic era un discípulo de Saussure, y un crítico de Heidegger. Nada que ver con el diálogo entre Dimópulos y Coetzee.
Así que, por no sobreimprimir al texto que nos ocupa juicios que no vienen al caso, diremos que, puestos a pensar la traducción, se pueden decir muchas cosas. El diálogo de Dimópulos y Coetzee tiene la cualidad de poner sobre la mesa, de manera amplia, debates que nos permiten pensar qué hay en juego cuando nos llega a las manos un ejemplar de un libro traducido.