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martes, 28 de abril de 2026

"Como si entre el autor y ellos no hubiera nadie"


El pasado 26 de mayo, Guillermo Piro, en su columna dominical del diario Perfil, publicó el siguiente texto con reflexiones verdaderamente inteligentes, que pocos lectores tienen en consideración, lo que es una lástima.

El club de los lectores ilusos

Se acepta con demasiada tranquilidad una pequeña escena equívoca en los clubes de lectura basados en traducciones. Un grupo de personas se reúne a “leer” a un autor ruso, alemán o norteamericano, pero en realidad leen a un traductor. O, más exactamente, leen el resultado de una negociación: entre una lengua y otra, entre una sintaxis y otra, entre un sistema de alusiones y otro. Sin embargo, alrededor de esa práctica se levanta una ficción piadosa: la de suponer que el autor sigue ahí, intacto, esperando al lector del otro lado del puente. Es una ficción útil, porque si se la desarma del todo también se desarma buena parte de la industria de la lectura universal.

La ilusión consiste en creer que la traducción transporta un contenido, como si el texto fuese una valija. Se abre, se revisa, se vuelve a cerrar y aparece del otro lado con la ropa doblada de otro modo, pero sin que falte nada. El problema es que la literatura no es una valija. En literatura el modo de decir no acompaña a lo dicho: es lo dicho. Cuando una palabra ambigua se resuelve en una sola dirección, cuando una torpeza deliberada se corrige por elegancia profesional, o cuando en el peor de los casos se resuelve mal, no se está simplemente cambiando el envase: se está interviniendo en el objeto. Casi siempre de manera irreversible.

Por eso resultan algo inquietantes esos clubes en los que se habla con gran familiaridad del “estilo” de un autor al que, en rigor, nadie en la sala puede leer en su lengua original. Se dice: “La sequedad de tal novelista”, “la música de tal poeta”, “la precisión de tal cuentista”. Pero quizás esa sequedad sea del traductor, esa música sea de la tradición poética en la lengua de llegada, esa precisión sea el resultado de una limpieza editorial que el original nunca pidió. Y sin embargo el taller procede como si se tratara de una presencia estable, casi notarial, del autor en cuestión. Se discute un adjetivo como si viniera con firma certificada.

No se trata de impugnar la traducción. Sin ella viviríamos confinados en una pobreza bastante provinciana, obligados a convertir la ignorancia de lenguas en una doctrina estética. Se trata de devolverle al acto de leer libros traducidos su incomodidad, su precariedad, su carácter de experiencia mediada. Leer una traducción no es leer menos: es leer otra cosa. Pero esa otra cosa debería formar parte de la conversación y no quedar escondida debajo de la mesa como una vergüenza técnica. Un taller más honesto no diría “estamos leyendo a Thomas Bernhard”, sino “estamos leyendo la versión española de una novela de Thomas Bernhard y también, inevitablemente, a Miguel Sáenz, que la escribió en español, y que incluso construyó en nuestro idioma eso que llamamos el estilo Thomas Bernhard”. Esa mínima corrección verbal ya introduciría una desconfianza saludable.

Porque además hay en todo esto una vanidad del lector, la de creer que accede sin resto a cualquier literatura, que ninguna extranjería resiste, que todo puede incorporarse a la comodidad de su lengua, que todo es traducible. La traducción, cuando funciona demasiado bien, halaga esa vanidad. Le dice al lector: “No te preocupes, en el fondo, el mundo entero habla igual que nosotros”. Y tal vez una buena traducción deba hacer exactamente lo contrario: conservar una resistencia, una aspereza, un eco de ajenidad. Recordar que ahí hubo otra música, otro orden de cortesía o de violencia, otra historia sedimentada en las palabras. Recordar que quien se toma en serio la literatura debe hablar otras lenguas. O al menos leer en otras lenguas.

Tal vez lo inquietante de ciertos clubes de lectura no sea que trabajen con traducciones, sino que olviden por completo que lo hacen. Confunden acceso con posesión, aproximación con intimidad. Y sobre todo confunden lectura con transparencia. Como si entre el autor y ellos no hubiera nadie.

Pero hay alguien. Siempre hay alguien. Y a veces ese alguien, silencioso, aplicado, condenado a la nota al pie o a la mera mención tipográfica, es el verdadero escritor que el club está leyendo sin saberlo.



lunes, 6 de octubre de 2025

"Dos personas leyendo el mismo libro a velocidades diferentes"

La semana empieza con la columna que Guillermo Piro publicó ayer en el diario Perfil, a propósito de los clubes de lectura, uno de los supuestos males de nuestro tiempo.

El lector es un cazador solitario

El otro día paseaba a mi perro en el parque y había una pareja tirada sobre el pasto que leía. Es decir, no es que cada uno leía su libro, sino que los dos leían el mismo. Estaban boca abajo sobre una lona y leían, y para cambiar de página, ella le daba a él una cachetada en la cabeza o en la pierna. A lo mejor soy un viejo avinagrado, pero yo podría matar por mucho menos. La lectura es sagrada y solitaria, carajo.

Esa idea de la lectura en solitario, como los viajes que circunvolucionan el mundo y las masturbaciones, se contrapone a otra, bastante en boga, de los clubes de lectura. Existieron siempre, tal vez con otro nombre, pero tuvieron su punto más alto de proliferación durante la pandemia, favorecidos por el interés general por cualquier cosa entretenida que se pudiera hacer dentro de cuatro paredes. La lectura se presta particularmente a este fin, llamémoslo promiscuo: muchos la consideran una actividad íntima, personal y solitaria, mientras que para otros se trata de algo basado en el intercambio y el diálogo.

Además del impacto de la pandemia, la difusión de los grupos de lectura entre los jóvenes deriva probablemente de la influencia de la cultura estadounidense, donde los clubes de lectura existieron desde siempre y donde muchas celebridades tienen uno. El más conocido es el Oprah’s Book Club, de la conductora estadounidense Oprah Winfrey, fundado en 1996. Winfrey dedicaba una emisión al mes de su programa The Oprah Winfrey Show a un libro anunciado semanas antes, con la idea de que entretanto los espectadores lo hubiesne leído. Durante la emisión, Winfrey conversaba con el autor o la autora, y a veces hasta invitaba a un grupo de espectadores que había leído el libro. En 2017, la actriz Emma Roberts fundó Belletrist, una “comunidad de lectura online” dedicada a los libros y a las personas que los aman. Hace mucho menos, en 2021, Dua Lipa lanzó Service95, una newsletter semanal y un sitio de lifestyle al que está conectado también un club del libro: este año entrevistó a muchos autores, entre ellos a la Premio Nobel Olga Tokarczuk, Ocean Vuong, George Saunders, Percival Everett y Paul Murray.

Pero hay más: el Reese’s Book Club de Reese Witherspoon, el Library Science de Kaia Gerber, el TeaTime Book Club de Dakota Johnson y el Natalie’s Book Club de Natalie Portman. Una vez al mes, Portman anuncia una nueva lectura y charla con la autora de un libro en una conversación grabada para sus seguidores. Este año, Portman conversó con Rebecca Solnit, Jacinda Ardern, Helen DeWitt, Jessica Stanley, Anne Applebaum, Amanda Nguyen, Yasmin Zaher y Jenny Odell. Emma Watson también tiene el suyo: Our Shared Shelf. Florence Welch tiene el Between Two Books. Sarah Jessica Parker, además de haber fundado el Book Club Central, creó su propia editorial, la SJP Lit. No entiendo por qué son todas actrices. La moda todavía no aterrizó en la Argentina, pero no va a tardar mucho para que las actrices funden su propio club de lectura. Llevan la delantera Laura Azcurra y su club Polisemia.

Aparentemente, a muchos lectores (en realidad a todos) les gusta conversar sobre lo que leen, eso es indiscutible e inevitable. Pero la escena del otro día en el parque hablaba de otra cosa: dos personas leyendo el mismo libro a velocidades diferentes, porque de lo contrario no habría hecho falta anunciarle al encargado de pasar la página que podía hacerlo. Y sin embargo, lo que me sorprendió no fue tanto eso, como el gesto elegido para el anuncio: una cachetada, a veces en la cabeza, a veces en la pierna. Era algo que hasta le resultó intolerable a mi perro: lo conozco, puedo asegurar que la cosa lo inquietaba. Lo que no pude descubrir era qué estaban leyendo, a lo mejor ese dato hubiese explicado todo. Kato gruñía cada vez que ella le daba un golpe en la cabeza a él. No quiero hablar por hablar, pero podría asegurar que sonaba a hueco.