miércoles, 26 de octubre de 2016

Arturo Pérez Reverte y sus dotes de diplomático

La periodista y narradora Matilde Sánchez, el pasado 23 de octubre, firmó la siguiente nota publicada en la página de cultura del diario Clarín. Remite a lo de ayer, que, claro, sigue produciendo asco.

De la caballerosidad en la Academia Española

Nace un bebé; es una serie que transcurre en Medellín. El narco pregunta: “¿Es hembra o varón?” Y en estas pocas palabras, un reclamo que en castellano comienza en las primeras señales de vida. La protesta por los femicidios actualizó esta semana la larga indagación sobre las marcas sexistas en el castellano, una lengua donde la gran mayoría de sustantivos tiene género y el plural mixto es siempre masculino. La lengua es el vehículo primario de los estereotipos, la herramienta que, por su cotidianeidad, los vuelve indetectables. En un valioso ensayo, el escritor peruano Julio Ortega observa que el español es “la lengua con más carga de tradición autoritaria, con más peso conservador y mayor incidencia de las pestes ideológicas del machismo, el racismo y la xenofobia”. Al leerlo, recordé el sublime cartel de un bar de Guadalajara, que prohibía “el ingreso de hombres con armas y mochilas mariconeras”.
Las marcas patriarcales atraviesan toda la lengua y es central al problema el hecho de que en nuestra lenguas las cosas y los conceptos –todo- tienen género aunque no tengan sexo. Pero si los oficios son particularmente excluyentes, el castellano reserva unos pocos desquites: caballerosidad, patria y hombría son algunas de las paradojas compartidas gracias al artículo –no obstante, carecen de conceptos simétricos, a menos que las creamos compensadas con la palabra ‘víctima’, uno de los pocos femeninos universales.
Los debates sobre sexismo lingüístico y visibilidad de la mujer llevan años zumbando en la Real Academia Española y estallaron este mes en un artículo de Arturo Pérez-Reverte, quien fustigó a la Junta de Andalucía por su instrucción de implantar en las aulas “el ridículo desdoblamiento de género” –los consabidos ‘miembros y miembras”, “todos y todas” Con el título “No siempre limpia y da esplendor”, Pérez–Reverte reclamó a sus pares más coraje (!) para resistir la embestida: “No todo el mundo es capaz de afrontar consecuencias en forma de etiqueta machista, o verse acosado por el matonismo ultrafeminista radical, que exige sumisión a sus delirios lingüísticos”. El escritor, a quien parece surgirle de natural el ademán de hidalgo, observa que en la RAE hay “académicos hombres y mujeres de altísimo nivel, y también, como en todas partes, algún tonto del ciruelo y alguna talibancita tonta de la pepitilla” (nótese que son cuatro palabras injuriosas contra el varón y seis contra la mujer, y que estas últimas tienen más sílabas, pues duplican la injuria al alargarse en diminutivos. Que, de paso, las vuelven niñas...) ¿Pero valdrá la pena el patrullaje policíaco de cada sílaba?
Le replicaron sus pares: el filólogo Juan Gil recordó que “la cuestión es política y la respuesta debe ser asimismo política”. Y luego Francisco Rico, que lo llama el “alatristemente célebre productor de best sellers”, lo acusa de emplear “sexismos y desdoblamientos según mejor le conviene”.
Quien primero estudió el tema fue Alvaro García Meseguer en el ensayo "¿Es sexista la lengua española?", de 1994. Según él, “una misma situación de la realidad, sexista o no, puede describirse con un mensaje sexista o no. Sexismo social y sexismo lingüístico están relacionados pero no deben identificarse”. Meseguer llama a una toma de conciencia en la expresión.
Podemos remediar unas pocas entre las muchas marcas sexistas en la palabra; confiar en que, en el momento de mayor circulación verbal que haya conocido la humanidad, erosionamos la historia de la lengua simplemente por acumulación de un presente que la deja atrás. ¿Ayuda empezar por la palabra escrita, cualquier signo aunque no tenga un sonido? El desdoblamiento de género es una solución farragosa, inaplicable a la literatura. Algo se resiste a cambiar en esa brecha entre la letra y el abecedario.

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