viernes, 26 de mayo de 2023

" ¿Por qué tanto miedo a la incomodidad?"

El pasado 11 de mayo, Gabriela Baby publicó en Cultura InfoBAE una entrevista con la filóloga española Irene Vallejo, quien, convertida en best– seller mundial, visitó la última Feria Internacional del Libro de Buenos Aires.

“Hablo de la destrucción de libros en el pasado para despertar conciencia de lo que está sucediendo hoy por dos extremos políticos”

Tiene ojos clarísimos, mirada amplia y ese acento ibérico que enamora. A Irene Vallejo le encanta conversar. Cuenta que la escritura de El infinito en un junco le llevó nueve años de trabajo, años durísimos en lo personal porque la enfermedad de su hijo Pedro la tuvo entrando y saliendo de sucesivas internaciones en el Hospital de Zaragoza: “En esos años, la escritura fue el modo de contener esa tremenda angustia. El tiempo de escribir era lo que me permitía escaparme de esa realidad tan terrible y tan inmanejable”, dice la escritora.

Pedro salió adelante y goza de buena salud. Y el libro, también: súper elogiado por la crítica, adorado por miles de lectores de todo el mundo y ganador del Premio Nacional de Ensayo en 2020 en España. El infinito en un junco. La invención de los libros en el mundo antiguo cuenta la historia de los libros –desde los primeros papiros, códices y pergaminos– y su permanente tensión con el poder.

 

El texto (450 maravillosas páginas) tiene el tono de leyenda épica en la que los héroes son libreros, bibliotecarios, lectores, juglares y poetas anónimos: gente del montón que hoy reconoceríamos como lectores (el famoso lector de a pie quizá) que defendieron con astucia y tesón el entrañable, mágico tesoro que constituyen los relatos de la humanidad. Y para toda la humanidad.

 

Irene Vallejo está feliz porque ha llegado a Buenos Aires y la esperan días de Feria y encuentro con los lectores y mucho más.

 

“Es una maravilla para mí estar en Argentina, porque de Argentina llegaban muchísimos libros a mi casa durante el franquismo, cuando yo era chica. Mis padres eran muy muy lectores, y a través de libreros amigos y con mucho cuidado llegaban de Argentina libros que la dictadura había prohibido: Miguel Hernández y Lorca, nuestros exiliados, que habían venido a Latinoamérica y acá publicaban, porque estaban prohibidos en España. Pero también los libros de Juan Rulfo y de Cortázar. De Editorial Losada, yo recuerdo libros de César Vallejo y de Roberto Arlt. Estoy hablando con vos y veo la tapa de El juguete rabioso, de Roberto Arlt, en la edición de Losada. Y por supuesto Rayuela, que estaba prohibidísima. Todos los autores que tuvieran un halo izquierdista o incluso todos los libros que fueran muy experimentales o explícitos sexualmente estaban prohibidos, entonces estaba prohibido casi todo.

 

–La persecución a los libros se repite a lo largo de la historia del mundo, en muchos países.

–Pues claro. Ustedes tuvieron la misma historia acá con la dictadura militar. Pero siempre la prohibición produce el efecto contrario que es un gran hambre lector.

 

–En El infinito en un junco se narran varias escenas de destrucción y censura de libros.

–Sí, porque así como existen noticias históricas de la aparición de libros, existen también noticias de persecución a los libros. Quema de libros, ataques a libreros, a autores, encarcelamiento, exilio. Ovidio es el clásico que aparece acá porque él fue condenado al exilio por el emperador Augusto. También los libros relacionados con brujería, con religiones paganas, de adivinación o de historiadores que resultaban incómodos a los poderosos.

 

–¿Son historias que pertenecen al pasado o que también están ocurriendo en el presente?

–Lo cuento como pasado pero para despertar la conciencia de lo que está sucediendo. Acabo de hacer una gira por Estados Unidos y estuve en Harvard, en una conferencia que se titulaba “Leer libros prohibidos”. Y allí me enteré que la Asociación de Bibliotecas americanas ha lanzado una petición de socorro, porque cada vez hay más personas que solicitan que se retiren libros de bibliotecas escolares o públicas. Padres o familias que consideran que esos libros pueden resultar perturbadores para los niños o para cualquier otro lector. Desde clásicos hasta libros contemporáneos.

 

–¿Hay algo de la corrección política que se está pareciendo demasiado a la censura?

–Se ven como dos extremos políticos: por un lado, los más conservadores que se sienten incómodos con libros que hablan del racismo institucionalizado o de libros que dicen ellos que son antiamericanos, o libros con contenido sexual explícito, libros que les parecen que son de temática LGTBI, y no quieren que las personas entren en contacto con ellos. Y, del otro lado, desde las izquierdas, esos libros que se supone que son ofensivos para las minorías, como el caso de Tom Sawyer y Huckleberry Finn, que usan este término niger, u otro tipo de textos que tienen cierta terminología racista o misógina. Las personas que van contra estos libros dicen que esos términos pueden ser ofensivos o inquietar a esas minorías.

 

–¿Qué efectos puede tener esta cultura de la cancelación?

–La pregunta que me surge es ¿por qué tanto miedo a la incomodidad? Por qué no pensamos que la incomodidad es profundamente filosófica. No existe el derecho a que el arte no te incomode. Incluso porque incomodar es una de las obligaciones del arte. Provocar una sensación que puede estar en un arco que va desde la duda, la sacudida de tus certezas, la pregunta, la repugnancia y la repulsión también. Y no tenemos derecho a que esos libros no estén accesibles en las bibliotecas. O en los colegios. En tal caso, enseñar a los niños o a los lectores a ser críticos con los libros.

 

–¿Por qué?

–Porque la incomodidad invita a pensar la raíz de esa incomodidad, entonces descubres cosas sobre ti mismo, sobre sociedades del pasado, sobre una herencia recibida, y sobre conceptos que muchas veces están en la atmósfera y no nos cuestionamos. Si eliminamos los libros de Historia o los relatos escritos en otros siglos y las manifestaciones sociales que no nos gustan, estamos borrando la huella de nuestro pasado, de nuestras luchas. Si se borran de la literatura todas las huellas del machismo, entonces ¿dónde queda el feminismo? ¿Cómo construyes la historia del feminismo si borramos las huellas de aquello que se trataba de combatir? Y además es muy peligroso, porque si tienes versiones edulcoradas del pasado puedes provocar movimientos nostálgicos a otras épocas muy idealizadas…

 

–¿Como si existiera un pasado perfecto y limpio?

–Algo así. Ahora hay muchas personas en Estados Unidos que dicen querer volver a la América grande de nuevo, el american way of life y todo eso. Añoran los años 50 o 60 con una mirada muy idealizada de esa época, olvidando muchos aspectos de esa sociedad: el machismo, la caza de brujas, el macartismo, la persecución, la falta de libertad. Y son los relatos de esa época los que nos devuelven a todo aquello que hemos combatido y que siempre está al acecho. O sea: tenemos que mantenernos alerta porque ninguna conquista es para siempre.

 

¿Literatura o mercado?

–Actualmente la comunidad del junco parece reunir a multitudes. ¿Consumo o lectura?

–Esta bueno seguir esta relación entre autores y lectores cronológicamente, porque al principio de la Historia, cuando se escriben los primeros libros, el objeto libro era un privilegio de las clases pudientes. Muy pocas personas tenían libros: los aristócratas, los gobernantes y los sacerdotes, nada más. La mayoría de la gente no había visto un libro en toda su vida. Por supuesto que no sabían leer pero tampoco podían poseer libros porque eran objetos lujosos. Y en las primeras sociedades que podemos investigar, Roma antigua, la circulación de la literatura contemporánea se hacía a través de las amistades. Un autor escribía su libro, encargaba una serie de copias y se las daba a sus amigos y a la gente de su medio intelectual, a sus mecenas. La circulación de los libros era en clases privilegiadas.

 

–¿Eso cambió con la imprenta?

–La imprenta vino muchísimo después. Porque en la antigüedad había librerías y bibliotecas. En Roma, por ejemplo, Marcial, que era un poeta, indica en sus propios poemas donde encontrar sus libros. La primera publicidad de un libro ¡y en la propia poesía! Aparece entonces el lector desconocido. Pero el lector desconocido para algunos escritores es un fenómeno traumático. A Marcial le encanta, pero Horacio siente mucho pudor. Quiero decir que esa circulación comenzó en algún momento. Tiene una historia. No es algo siempre dado. Al igual que la lectura en silencio, la lectura silente. Quiero decir: pensamos que los rituales de lectura han sido siempre iguales y que el acceso a la lectura ha sido siempre como es ahora, pero no. Ha pasado por revoluciones, transformaciones.

 

–Pero, de todas maneras, el mercado es tan prolífico que ningún crítico o especialista llega a leer todas las novedades de cada mes.

–Es desbordante la cantidad de libros que se publican ahora. Y no es tanto que no se publique tu libro sino que no quede totalmente ahogado, opacado por la cantidad de novedades que lo acompañan.

 

–Entonces podríamos pensar en otro tipo de lector: el que sabe o debería saber qué leer, que dejar de lado, aquel que puede discernir entre literatura y mercado.

–Es un cosmos, casi como un ecosistema donde unos se necesitan a los otros. Los grandes best sellers que se venden tanto mantienen las editoriales, libreros y distribuidoras para que puedan sobrevivir y sostener a esos otros libros que se leen menos. Que todos existan y circulen. Como en la naturaleza: tienen que haber grandes árboles para que a su sombra existan otras especies pequeñas. Yo prefiero verlo así como un ecosistema en el que todo tiene su función y todos nos relacionamos… porque todos somos lectores más versátiles de lo que creemos y hemos disfrutado con libros muy comerciales y con otros más de autor o difíciles o exigentes. Y vamos cambiando.

 

–El libro a la vez nos obliga a entrar en otra temporalidad. Tensiona la dicotomía entre la cultura snack actual y el tiempo sostenido de las páginas. ¿Estamos en condiciones de darnos ese tiempo y esa atención?

–Yo creo que esa es la razón por la que el libro cumple una función en nuestro mundo contemporáneo. No es una cuestión de atarse a los viejos rituales, pero realmente los libros ayudan a fortalecer la atención que es un problema de esta época, la dispersión: cada vez tenemos menos capacidad para mantenernos atentos. Los libros son un antídoto porque te acercas a los libros con un estado de ánimo propicio para sostener la atención durante bastante tiempo. Han hecho pruebas de escáner a las personas que leen y han visto que todo el cerebro está activado, a diferencia de cuando vemos una película o una serie, que tenemos involucradas muchas menos áreas del cerebro. Los libros avivan una llamita que tenemos en nuestro interior que ni siquiera conocemos: aparecen recuerdos, se activa la memoria, la reflexión, la concentración, la intimidad. Y son cosas muy valiosas ahora mismo, que estamos en un momento de dispersión y lucha despiadada por la atención, de mercantilización de nuestra atención. Porque las apps de los móviles están pensadas para tomar nuestra atención y mantenernos atrapados todo el tiempo.

 

La lectura como gimnasia para la democracia

–En tus intervenciones señalás una profunda relación entre la democracia y los libros, la lectura como un ejercicio que posibilita la democracia. ¿Podrías explicar este vínculo?

–Yo creo que los libros fortalecen la democracia en la medida que mediante la lectura te acostumbras a ponerte en la piel de otra persona. A diferencia de los buscadores y algoritmos que te afirman en tus ideas y en los contenidos que saben que te van a gustar y que coinciden con tus ideas o que te halagan – que es lo que intelectualmente hacen para tenernos ahí prendidos de la máquina–  los libros te colocan en universos, en personas, en ideas que no son las tuyas.

 

–Entonces..

–Si la democracia es esta vida en la que tenemos que estar pactando con personas que piensan distinto que nosotros, pues leer libros es un buen ejercicio. Mientras que si estamos enfrentándonos permanentemente con las personas que no piensan como uno, y además las redes están pensadas para recompensar el conflicto, la agresividad, el enfrentamiento, y en general premia al que es más agresivo o polémico con más likes y mejor posicionamiento, más impacto y retwitts, entonces está favoreciendo a que nos encasillemos en nuestras posiciones. Y se arman estas polarizaciones, que están sucediendo mundialmente y tienen en parte que ver con el tiempo que pasamos en las redes y como nos comportamos en ellas. Los libros, en cambio, te confrontan con el otro, con la otredad. Siempre te van a poner en otra esfera social, en otro país, en algo que resulta extraño, a donde te invitan a entender, a comprender los conflictos, los distintos puntos de vista de situaciones complejas, te llevan hacia lo otro. Y de hecho al leer un libro yo creo que es lo más parecido a poder entrar en la mente de alguien distinto de nosotros. Cómo razona, cómo argumenta, cómo ve la realidad. Y esto es fundamental para vivir en un sistema en el que constantemente tenemos que pactar con otras personas que piensan diferente.

 

No hay comentarios:

Publicar un comentario