martes, 1 de septiembre de 2026

"A diferencia de la cultura, el espectáculo necesita presente y necesita público"

Otra vez Guillermo Piro pone el dedo en la llaga. Esta vez en su columna del pasado 29 de agosto en el diario Perfil. Allí intenta una división entre las palabras "cultura" y "espectáculo". Así es como le fue.

La palabra equivocada

La palabra cultura tiene un problema bastante más grave que el de haberse vuelto imprecisa: empezó a servir para todo. Raymond Williams decía que era una de las palabras más complicadas de la lengua inglesa, pero tal vez es una palabra complicada en todas las lenguas. Se habla de cultura para referirse a un concierto, una feria, una película, un museo, una política pública, una fiesta municipal, una serie de televisión, una exposición, una conferencia, una degustación de gin con música electrónica, un recital de bachata. Cuando una palabra empieza a significarlo todo, por lo general ya no significa gran cosa. La mayoría de las veces que decimos cultura deberíamos haber usado otra palabra. A veces queremos decir arte. Otras, espectáculo. También industria, patrimonio, educación, tradición, consumo, turismo, mercado, difusión. Incluso propaganda. Pero nadie quiere ser secretario de Entretenimiento Municipal ni director de Consumo Artístico.

Un recital necesita escenario, sonido, productores, entradas, difusión, auspiciantes. Todo perfectamente legítimo. Lo extraño empieza cuando a ese conjunto de operaciones se lo llama cultura, como si la palabra transfiriera al acontecimiento una profundidad automática. Conviene entonces traducir. “Evento cultural”: espectáculo; “industria cultural”: industria; “consumo cultural”: consumo; “agenda cultural”: cartelera; “experiencia cultural”: algo por lo que tendremos que echar mano a la billetera. Una sociedad necesita teatros, editoriales, cines, conciertos, museos, festivales y personas capaces de organizarlos. El equívoco consiste en imaginar que cultura es el nombre general de todo eso, cuando tal vez sean apenas algunos de los lugares por donde la cultura pasa. Este mismo suplemento se llama “Cultura”. Debería llamarse “Los Papeles de Caifás”. O “El Topo”.

Una tragedia griega puede sobrevivir siglos sin escenario. Un verso de Quevedo atraviesa generaciones sin departamento de prensa. Un tango mal grabado hace ochenta años todavía puede arruinarle la tarde a alguien. Roma desapareció como poder político y Virgilio siguió circulando. Cultura podría ser precisamente eso: algo capaz de persistir cuando el aparato que lo produjo ya desapareció. El espectáculo tiene otra fisiología. Necesita presente y necesita público. De ahí su fascinación por las cifras: treinta mil asistentes, dos millones de visualizaciones, entradas agotadas, noventa por ciento de ocupación hotelera. Esas cifras pueden demostrar éxito, circulación o rentabilidad. No necesariamente cultura.

Nuestra época, que desconfía de lo que no puede medirse, intenta medirla también. Cuenta espectadores, ejemplares, clics, seguidores. El problema es que la cultura suele producir sus efectos donde la estadística pierde el rastro. Un libro leído por trescientas personas puede modificar una literatura. Otro del que se vendieron dos millones de ejemplares puede desaparecer antes que su autor. Por eso resulta cómico escuchar que determinada política “acerca la cultura a la gente”, como si estuviera guardada en un depósito esperando camiones que la distribuyan. Una mujer que escucha todas las tardes la misma grabación de Gardel puede tener con la cultura una relación más intensa que un funcionario que inaugura siete centros culturales por semestre. Pero esa mujer no produce una buena foto. Y la foto importa porque el espectáculo debe probar constantemente que existe. La cultura puede funcionar al revés: pasar inadvertida cuando nace, dormir cincuenta años en una biblioteca y reaparecer en manos de alguien que ni siquiera había nacido cuando fue escrita. No habría nada malo en llamar espectáculo al espectáculo. Puede ser magnífico, inteligente, inolvidable. Tampoco la cultura es por definición buena, elevada o edificante. La diferencia no establece jerarquías: intenta devolverle a cada cosa su verdadero nombre.

Tal vez convendría usar menos la palabra. Cada vez que estemos por pronunciarla, probar antes con otra: arte, libro, música, cine, teatro, costumbre, tradición, industria, espectáculo, mercado, entretenimiento, memoria, publicidad. Si ninguna alcanza, entonces quizá sí estemos hablando de cultura.

"Para mi que estaba mal traducido”

En su columna del sábado 29 de agosto, en el diario Perfil, el escritor Daniel Guebel (foto) confiesa haber metido la pata y los ecos de ese hecho vuelven a él.


El cuerpo de Sterne

Esto ya lo conté una vez, pero como le voy a agregar nuevas cosas va a ser distinto. Solo quienes se hayan bañado dos veces en el mismo río no me comprenderán. Hace quichicientos años fui acampar al lago Futalaufquen, previo paso por la ciudad de Esquel, donde iba a pernoctar esa noche. Allí compré una edición de Aventuras de un cadáver, de Robert Louis Stevenson. Empecé a leerlo y, por alguna razón, el libro no me gustó. Hice entonces algo de lo que todavía me avergüenzo. Le arranqué prolijamente unas páginas y fui a devolverlo a la librería, acusando falla en la edición, y lo cambié por otro cualquiera. Tiempo más tarde, en Barcelona, visité a Marcelo Cohen y me llevó a pasear por la ciudad. En un momento entramos en una librería y me dijo que me iba a regalar un libro, que tomó de una mesa. Era Aventuras de un cadáver. Recordando lo ocurrido, le dije que había intentado leerlo pero que no me había interesado. Para no ser descortés con su gesto, y tomando en cuenta que Stevenson pasa por un autor inobjetable, omití mi condición de riguroso monolingüe incapaz de cotejar un original con sus versiones en otras lenguas. Le dije: “No digo que el libro sea malo. Para mi que estaba mal traducido”. Cohen sonrió suavemente y me contestó: “Puede ser. Seguro. Lo traduje yo”.

Un par de décadas después de ese bochornoso momento, escribí una novela llamada La vida por Perón, que contaba las conspiraciones alrededor de un difunto que era maquillado para que pareciera el propio Perón recién fallecido, como parte de una serie de operaciones necrofílicas ligadas a la toma del poder. Luego de escribirla se me hizo evidente la verdadera razón de mi disgusto con el texto de Stevenson. No es que Aventuras de un cadáver no me hubiese gustado, sino que en aquel momento algo de esa novela había abierto una puerta que en lo sucesivo yo quería seguir solo, era condición de una posibilidad a desarrollar en el futuro.

Bien. El lector atento sabe que este año estoy dando clases sobre autores clásicos y que en septiembre me toca abordar a Laurence Sterne, un genio que muestra casi todo lo que es factible de hacerse en una novela. Su obra se compone de dos libros, el Tristram Shandy y el Viaje sentimental por Francia e Italia. Por Mercado Libre adquirí el segundo, que ya tenía en mi biblioteca, porque era una edición que no conocía y que contaba con un prólogo de Edgardo Cozarinsky. Lo abro. Leo. En la primera página, Cozarinsky menciona que, muerto Sterne, su cadáver fue robado por estudiantes de anatomía, y que eso dio lugar a un cuento de Stevenson. Larga resonancia tienen las palabras.