jueves, 7 de abril de 2011

¿Más de lo mismo, pero no, aunque tal vez sí?

La noticia fue difundida por varias agencias el 4 de abril pasado y publicada en diversos medios; entre otros, Ñ digital, de donde llega a este blog.

Se presentó en Buenos Aires
la nueva ortografía de la lengua española

Durante la mañana del úlitmo jueves de marzo en la sede de la Academia  Argentina de Letras se celebró la aparición de la nueva edición de la Ortografía de la lengua española de la Real Academia Española y la Asociación de Academias de la Lengua Española. Hay varios cambios significativos y dignos de celebrar en comparación con la última edición, publicada en 1999. Enumeremos algunos de los más sobresalientes:

Primero, es la primera Ortografía avalada en conjunto por la Real Academia Española y la Asociación de Academias de la Lengua Española. No es un dato menor, sino que habla del reconocimiento oficial de la gigantesca importancia de las Américas en generar cambios en la lengua.

Segundo, en comparación con la última ortografía, que tenía menos de 200 páginas, esta nueva edición supera las 800. No es un mero apéndice a la última edición sino un trabajo completamente nuevo que re-examina la lengua en el contexto del multiculturalismo y las nuevas realidades del siglo XXI.

Tercero, la nueva Ortografía pretende establecer ciertas reglas que sean válidas para todo los países hispanoparlantes guiándose por el ideal del articulo uno de los Estatutos de la Real Academia Española que dice, en parte. “Los cambios que experimente la Lengua Española en su constante adaptación a las necesidades de los hablantes no quiebren la esencial unidad que mantiene en todo el ámbito hispánico.”

El presidente de la Academia Argentina de Letras, Pedro Luis Barcia, explicó que "esta es una obra nueva, no es una reedición; es la más completa de su especie en la lengua moderna; es panhispánico; una obra razonada, normativa y no es sólo para especialistas en la materia". Y agregó: "Revisa, actualiza, simplifica y avanza en la unificación del lenguaje". Barcia estuvo acompañado en la mesa por Alicia María Zorrilla, vicepresidenta de la casa y Alberto Díaz, editor de Planeta-Espasa, responsable de la publicación.

No solo para especialistas
En su discurso, Barcia, afirmó que "la opcionalidad es el cáncer de la ortografía", en referencia al hecho de optar por escribir palabras, por ejemplo, con "c" o "k", que podría generar confusión.

En este volumen se explica que la edición 2011 no es "revolucionaria porque no se suprimirá la "h" muda; no se va a usar la "k" por la "c"; no se preservará la "g" para el sonido suave (gue-gui) y la "j" para el fuerte (gitarra y jitano), entre otras.

A través de ejemplos, Barcia explicó cómo fue cambiando y cambiará la supresión de ciertos vocablos como el caso de: ps (psicólogo por sicólogo); ob (obscuro por oscuro); pn (pneumático por neumático) o la ts que en el futuro se dirá sunami, en vez de tsunami.

En la obra, se analizan en la primer parte: "La presentación gráfica de los fonemas"; "La representación gráfica del acento: el uso de la tilde"; "El uso de los signos ortográficos"; "El uso de las letras mayúsculas y minúsculas" y "La representación gráfica de las unidades léxicas".

En una segunda parte de la obra se encuentran los temas: "La ortografía de las expresiones procedentes de las otras lenguas"; "La ortografía de los nombres propios" y "La ortografía de las expresiones numéricas".
Esta nueva "Ortografía" también amplía el tratamiento de temas insuficientemente atendidos en ediciones anteriores, como la ortografía de las voces o expresiones procedentes de otras lenguas o de los nombres propios.

"La mala ortografía es causa de descalificación social por eso sería bueno que se revise este ejemplar y que los docentes puedan aprenderlos para inculcarlo a las futuras generaciones", concluyó Barcia.

miércoles, 6 de abril de 2011


Como siempre, Andrés Ehrenhaus (y la foto no tiene nada que ver con él) vuelve a salir al ruedo (al fin y al cabo, vive en España) con los puños cargados de verdades. En la oportunidad, reflexiona sobre lo que no lee la crítica cuando comenta la obra de un autor traducido. Le agradecemos que haya hecho el gasto.

Cabalgan sancho
(¿hacia una crítica genuina de la traducción?)

Cada cual tiene sus obsesiones y uno, que no va a ser menos, tiene las suyas. Por ejemplo, salir de la cama, de cualquier cama, siempre del mismo lado es una; otra es el íntimo y tenaz anhelo de que la crítica literaria entienda de una vez por todas o incluso en cómodos plazos que la traducción es un género singular y que no es lo mismo reseñar una obra publicada en su lengua original (una lengua que, a priori, el crítico entiende y disfruta a la par de sus lectores) que comentar la edición de una obra traducida de una lengua Otra a la de los lectores y el crítico. Sé que esto es una perogrullada y un pleonasmo y todo lo que se quiera, pero insistiré en repetirlo de nuevo, como le gusta decir al periodismo deportivo: NO ES LO MISMO. Una vez repetido, no me quedo más tranquilo: una cosa es dejar claro el predicado y muy otra que el sujeto actúe.

¿Por qué no es lo mismo? Porque la traducción es una traducción es una traducción, es decir, una transformación de la obra original, y debe ser tratada como tal y no como si fuera lo que escribió su autor original con todas las letras, puntos, comas, ritmos, sonidos e inflexión. Hacerlo de otro modo es un rasgo, o quizá debería decir un signo, de ignorancia; una ignorancia sutil, prácticamente invisible y sobre todo consentida por interés, indolencia o pereza, pero ignorancia al fin y, en tanto tal, generadora a su vez de mayor y más vasta ignorancia. ¿De qué diantres le sirve al lector suspender el juicio de veracidad hasta el punto de fingir que le cree al crítico cuando éste asegura extasiado que Fulanito escribió textualmente, en su inconfundible, incomparable y magistral estilo, por ejemplo, que, cita, "ella se lanzó a lo profundo, como desciende el plomo asido al cuerno de un buey montaraz en que se pone el anzuelo y lleva la muerte a los voraces peces", si Fulanito no sólo no escribió eso (ni nada, en este caso) sino que dijo lo que dijo en su lengua porque, entre otras cosas, cuando lo dijo no sólo no sabía ni jota de español sino que ni siquiera podía imaginar, echándole toda la imaginación de que Fulanito era capaz, que era mucha, que algo lejanamente parecido a la lengua española fuera a existir nunca, y no que lo que cita es la interpretación, sin duda certera, que hace Menganito, traductor, del estilo inconfundible del primero? ¿A qué jugamos? ¿A negar las literaturas y, por ende, las culturas Otras y a fingir que nada ha ocurrido nunca mucho más allá de nuestro simbólico ombligo?

Se me dirá, no sin cierta razón, que toooodo el mundo sabe que Fulanito no dijo eso en español, entendiendo por tooodo el mundo esa entelequia más o menos extensa según conviene a nuestros argumentos. Aún aceptando que no haya nadie que no lo sepa, ¿a qué viene lo del estilo inconfundible, inigualable, inmarcesible y demás blés de uso comun en las reseñas, cuando tooodo el mundo sabe que hay incontables (no me iba a quedar atrás) maneras de llevar una misma frase de una lengua a otra y muchas de ellas genuinas e impecables (y dale) en tanto traducciones? Por supuesto, hay traducciones y traducciones. De ahí, también, la necesidad de no fingir, de tomar el toro por los cuernos, de mostrar cuándo y donde el emperador está desnudo y decir sin pudor cuándo y dónde lleva las mejores vestimentas posibles. Por decirlo de un modo pedante e imagino que apresurado a la vez: la traducción es tan necesaria como contingente. Por tanto, no es su necesidad ni su contingencia lo que debe discutir el crítico, sino la manera en que ambas condiciones consiguen caber donde, en principio, sólo habría lugar para una. Seamos sensatos; después de todo, más de la tercera parte de los libros que se reseñan en todo el ámbito de habla hispana son traducciones, y esta cifra va en camino de aumentar. Estamos hablando de decenas de miles de títulos, y de decenas de millones de lectores. ¿Quousque tandem vamos a seguir con el cuento de que el reseñista detecta el estilo inconfundible e imperfectible de Dan Brown, pasando por Rilke, hasta la princesa Shikibu, en los estilos necesarios y contingentes de sus numerosos traductores?

Gran parte de este fraude, de esta farsa, de esta chabacana exposición de ignorancia consentida se remediaría con sólo mencionar, en las primeras líneas de la reseña o sedicente crítica, que el texto que se procederá a comentar es una traducción de una obra de Fulanito por Menganito. Otra gran parte se beneficiaría felizmente de algo que no por arduo ha de ser menos deseable: que el reseñista o crítico que se atrevan a hacer una crítica formal del texto sepan leer críticamente una traducción, hayan podido cotejarla debidamente con el original y no se limiten al torpe, penoso y empobrecedor rezongo lexicográfico, para el que basta un poco de mala uva, un diccionario de sinónimos al uso y la consabida ignorancia de que lo que se está leyendo y comentando es un género aparte. Llegados a este punto, cabe avisar por si acaso: la próxima vez que lea en una reseña que el texto de Fulanito no fluye por culpa de la traducción de Menganito, iré por poco que pueda a la casa del crítico a despertarlo como hizo Moretti en Caro diario y preguntarle, con el original en la mano, dónde le parece a él que fluye y cómo.

La tercera gran parte (lo sé, lo sé, siempre me fallaron las matemáticas) de la fantochada se solucionaría si los editores entendiesen que no hace falta inducir a engaño al público para vender más libros. El lector no tiene por qué preferir creer o fingir que cree que una obra traducida es original para desear comprarla y leerla. Es preciso que el editor sepa que matar al mensajero, es decir, echarle la culpa al traductor de la no fluidez o escasa legibilidad de una obra no garantiza la fidelidad del público lector, que se garantiza, en todo caso y por redundante que parezca, cuidando al buen mensajero y valorando y dignificando su labor. Es, por tanto, la calidad no fingida de las ediciones lo que redundará en la salud de la industria cultural y no viceversa. Y para que haya buenas traducciones, es menester que haya buena crítica.

Hay otras partes tal vez menos grandes pero no menos importantes: el traductor debe saber que la buena crítica lo mejora, porque le da valor y entidad a su tarea, y debe asimismo aprender a entender los comentarios críticos rigurosos como lo que son, o deberían ser: herramientas para un desarrollo más preciso, y en cierto modo menos descorazonador, del oficio. Sin discusión no hay crecimiento, sólo posturas irreconciliables. No podemos pasarnos la vida cabalgando o ladrando; en algún momento habrá que bajar del burro, digo yo.

martes, 5 de abril de 2011

Una charla con Carlos Sampayo

Ayer, 4 de abril, el Club de Traductores Literarios de Buenos Aires se honró con la visita del escritor y traductor Carlos Sampayo, quien se refirió a su experiencia como traductor, corrector de estilo y autor traducido, en una conversación sumamente amena, que puede consultarse yendo a  http://www.ustream.tv/recorded/13780222

Escritor y guionista, Carlos Sampayo (Carmen de Patagones, Argentina) es autor de novelas, relatos cortos, poesía, guiones de historieta (con José Muñoz es el creador de Alack Sinner y Sudor Sudaca, entre otras) y cinematográficos. Asimismo, es un especialista en jazz, tema sobre el que ha publicado varios libros (Historia del jazz, Los 100 mejores discos de jazz). Por si fuera poco, conoce todas las instancias del mundo editorial, incluido el trabajo de traductor.

Fotos: Silvia Camerotto

lunes, 4 de abril de 2011

Fabio Morábito se pone romántico y en cualquier momento empieza a escribir boleros

Que Fabio Morábito es un gran escritor no es una novedad para nadie. Que además sea un romántico, sí. Al menos es lo que uno puede inferir de la magnífica columna que publicó el 2 de abril pasado en la revista Ñ. Sospechamos, sin estar totalmente seguros, que algo tiene que ver con el tema que nos convoca en este blog.

La calidad del misterio

El idioma materno de mi mujer es un idioma que yo no hablo; ella, en cambio, habla mi lengua materna. Nos comunicamos a través de un tercer idioma, que es el idioma del país en que vivimos. El que yo no hable ni entienda la lengua materna de mi mujer, al revés de ella, que habla la mía sin dificultad, me otorga una gran ventaja. Al estar expuesto en mi casa a un idioma extraño, que no entiendo ni quiero entender, la calidad de misterio de mi vida es superior a la suya. Cuando la oigo hablar en su idioma, bien sea con su hermana por teléfono o con algún compatriota que frecuenta, me doy cuenta de cuán poco la conozco, pues los sonidos de su lengua no tienen correspondencia exacta con los de ningún otro idioma que he oído. En especial la aspereza de ciertas consonantes aspiradas me perturban todavía después de treinta años de convivencia. Hay allí, en esos sonidos que parecen comprometer no sólo su garganta sino su estómago, un aspecto de mi mujer que escapa a mi comprensión, una cualidad de su sistema nervioso que me resulta ajena y hasta amenazante. Ella ha de experimentar lo mismo, pues me ha dicho que nunca se siente tan extranjera, tan sola e incomprendida como cuando usa su idioma materno dentro de nuestra casa, consciente de que ni yo ni mi hijo la entendemos, como si se tratara de una loca que desvaría. Así, después de que acaba de hablar por teléfono con su hermana, lo primero que hace, con la boca que todavía rezuma idioma materno, es ir a verme, temiendo quizá que su idioma haya creado un abismo entre nosotros, como esos terremotos cuya intensidad hace que el eje de la Tierra se desplace unos centímetros. Nos miramos con expresión interrogante, y entonces, a menudo, me ruega que aprenda su idioma, para no sentirse tan sola en nuestra casa. Pero yo le respondo que en esa soledad lingüística suya, y en el misterio que de ello se deriva, se cifra gran parte de su belleza y de mi amor por ella, y se retira resignada, como quien ha cerrado un trato desventajoso pero irrevocable. 

domingo, 3 de abril de 2011

Qué suerte: la heditorial Planeta nos ba'nseñar a hescribir sin herrores de hortografia

La aparición de la Ortografía de la lengua española ya ha comenzado a generar todo tipo de reacciones en el mundo de la hispanoparlante. Abajo, una entrevista de Silvina Friera con Pedro Luis Barcia (foto, haciendo el gesto de "gestito de idea", de Carlitos Balá), el presidente de la Academia Argentina de Letras, publicada el 1 de abril pasado en Página 12. Allí se lee que ahora se busca simplificar, a lo cual tal vez valga la pena exclamar: "chocolate por la noticia". Así, los genios de esa academia de España se cargan acentos, muy modernamente le cambian el nombre a las consonantes y proceden a escribir  "folclórico" por "folklórico" como si la "c" y la "k" no fueran homófonas (y de paso, ¿para cuándo la homologación de la "j" con la "g" en los casos donde esto sea posible, como proponía Sarmiento?). Se espera entonces que en cualquier momento "Atlántico" pase a escribirse "Alántico" y "Atlético", "Alético" por la manifiesta dificultad de muchos hablantes españoles para pronunciar el grupo "tl".

Habrá que volver a estudiar

Un tema aparentemente “de-sabrido” como la ortografía generó un revuelo para alquilar balcones cuando, el año pasado, en la Feria del Libro de Guadalajara, se anticiparon algunas propuestas de cambio que por entonces estaban en remojo. Hubo palomas proclives a asumir la elasticidad, pero también muchos halcones que pusieron el grito en el cielo por un puñado de reformas anunciadas sin consensuar, decodificadas como un atentado a la costumbre: que la “b” se la llame “be” a secas, que la vieja y endemoniada “v” corta sea bautizada como “uve” y que la “y” griega pase a cuarteles de invierno ante la más económica “ye”. Tal vez menores resquemores suscitó la supresión de la “ch” y la “ll”, que redujo el alfabeto a 27 letras. Hacía treinta años que estaba acordado que che y elle no son letras, sino dígrafos, que significa dos letras para un solo sonido. Si la oralidad fluye sin mayores controles –verba volant–, la escritura fija –scripta manent– cambia con sangre, sudor y alguna que otra lágrima.

La ortografía, compañera inseparable de la escritura y la lectura, es la piedra en el zapato de unos cuantos hispanohablantes. Cuando las reglas del juego de la lengua escrita se modifican, cunde la reacción. La esperada nueva edición de la Ortografía de la lengua española (publicada por Espasa Calpe), “el tratado más completo y logrado de su especie en las lenguas modernas”, se ha presentado en sociedad en la Academia Argentina de Letras (AAL). Pedro Luis Barcia, presidente de la AAL, dice que la vocación del tratado en cuestión es “la simplificación y la unidad, nunca logradas del todo por hábitos de países y regiones que obligan a la opcionalidad, que es el cáncer de una ortografía simplificada”. Un ejemplo de esa reticencia, agrega Barcia, es México, que alinea 120 millones de hablantes, “caudal que corresponde a tres o cuatro naciones hispanoamericanas juntas”.

“Escribir como se pronuncia; un signo para cada sonido y un sonido para cada signo”, lema de Quintiliano, es el “gran avance parcial” de esta Ortografía..., según plantea Barcia a Página/12. El libro no es una revisión o reedición; es una obra nueva –recién salida del horno de la Asociación de las Academias de la Lengua–, la más completa en su especie en lengua moderna, panhispánica, razonada y normativa, que revisa, actualiza, simplifica y avanza en la unificación. Sin embargo, la “h” muda continúa al pie del cañón, aunque algunos, por silenciosa y tímida, se la olviden. Entre los cambios más relevantes la “b” ahora es simplemente “be”; la “v corta” es “uve” para todos; la doble w habrá que acostumbrarse a llamarla “doble u”; a la “y” griega (ahora “ye”) y la “i” latina se las nombrará a secas, sin alusiones gentilicias. Las tildes, terror de muchos pibes, se eliminaron en el “solo” adverbial, en pronombres demostrativos como “este” y “esta” y en monosílabos con diptongo, “guion” y “truhan”. Entre las novedades, el prefijo “ex” se escribirá unido a la base léxica, por ejemplo “exmujer”. Además se modificó el uso de “q” a partir de la castellanización de algunas palabras: “quórum” deberá escribirse “cuórum”, y “Qatar” –el emirato árabe– será “Catar”. Basta con tipear la flamante nomenclatura del Estado árabe y del término jurídico que alude al número requerido de asistentes para iniciar una sesión para comprobar que en Wikipedia ya figuran ambos con “c”.

Barcia recuerda que la Real Academia Española (RAE) no usa el acento en “solo” en sus obras publicadas desde 1960. “Un miembro de la RAE critica como ‘novedad’ la supresión, medio siglo después”, ironiza el presidente de la AAL. Los distraídos –se sabe– abundan. Pero hay también motivos más arraigados que la mera distracción. Viene a cuento una sentencia de Nebrija, pionero en la redacción de una gramática (1492) y un diccionario (1495): “En aquello que es como ley consentida por todos es cosa dura hacer novedad”. Una genealogía a vuelo de pájaro podría encontrar el germen más inmediato del protagonismo de la representación de la escritura en el pedido de Gabriel García Márquez, vaya coincidencia también en México (Zacatecas), de jubilar la ortografía y “quitar la hache rupestre”. A partir de esta declaración, ese “patito feo” llamado ortografía comenzó a instalarse en la agenda de los medios de comunicación.

–¿Qué análisis puede hacer después del revuelo armado cuando se anunciaron algunos cambios que se estaban evaluando para la edición de esta Ortografía...?
–Todo revuelo es productivo para atraer la atención sobre el objeto de la discusión. Se puso sobre el tapete un tema tan aparentemente desabrido como la ortografía. Pero se advirtió de qué manera la reacción de los usuarios es fuerte cuando se le quieren cambiar las reglas que aprendieron con sudor y lágrimas. En rigor, la disputa fue previa a Guadalajara, cuando, en una conferencia de prensa en España, no quedó bien esclarecido que los cambios estaban propuestos y no aceptados y que sería en Guadalajara la votación final.

–En la presentación de la Ortografía... se afirma que cualquier obra académica se realiza bajo el signo de la “renovación y de la perfección”. ¿Por qué cuesta, entonces, renovar la ortografía? Da la impresión de que con otros diccionarios no hubo tanta polémica.
–De los tres códigos básicos de la lengua –sintáctico, léxico y ortográfico–, el último es el que exige mayor universalidad en los usos. La ortografía expone al usuario de manera más directa y brutal en su escrito que la sintaxis o el léxico. La mala ortografía es un factor de descalificación social. Por ella se pierden empleos. Tanto se machaca en el doloroso aprendizaje de la ortografía correcta en la enseñanza que la idea de cambiar algo en ella irrita, una vez aprendida.

–Nunca antes la ortografía estuvo en la agenda de los medios como el año pasado. ¿Cómo explicar las reacciones que se generaron ante los cambios?
–Los hábitos afirmados en la escritura propia son difíciles de erradicar. Hubo reacciones inútiles, como la relativa a los nombres de las letras, porque se dio una sabia solución: buscar la unidad en la denominación en el futuro (uve, ye), como tarea que comenzará desde el nivel inicial; y entretanto sigamos con las denominaciones que nos eran habituales (ve corta, y griega). Hubo reacciones infundadas. El nombre de “y griega” es un desajuste porque se basa en la forma y no en el sonido de la ípsilon griega; y no hay más. Un académico como Javier Marías se sobresaltó por la supresión de la tilde en los pronombres demostrativos, olvidándose de que están suprimidos en las obras de la RAE desde 1960.

–¿Qué sucederá con maestros y docentes? ¿Hay previsto algún plan para bajar esta Ortografía... a las aulas?
–La Academia y la editorial (Planeta) han conversado sobre la posibilidad de armar un cursillo con la exposición de los cambios, novedades y aportes de la Ortografía... El proceso de incorporación de los nuevos contenidos será lento...

sábado, 2 de abril de 2011

Un diálogo en Guadalajara con Tomás Segovia

Una noticia sin firma, referida al poeta y traductor español, durante muchos años radicado en México, Tomás Segovia, que se publicó el 22 de julio de 2010, en Informador.com.mex, de Guadalajara.






"No me quedó otra"

El poeta Tomás Segovia defendió anoche la labor del traductor, pues quien realice este trabajo debe ser respetuoso de la obra original, valorarla y ser sensible para transmitir lo que el autor quiso decir con palabras.

Entrevistado en la Casa del Tiempo, de la Universidad Autónoma Metropolitana, donde participó en el ciclo "Diálogos a la interperie", el también traductor recordó que a él se debe una versión de la obra teatral Hamlet, de William Shakespeare.

Al respecto, dijo que siempre estuvo insatisfecho con algunas de las traducciones de las obras de Shakespeare al español, aunque reconoció que hay algunas más interesantes, que suelen ser las que se adaptan en las puestas en escena.

Sin embargo, aclaró que él no suele adaptar una obra clásica, porque sería engañar a la gente al hacerle creer que Shakespeare es otro autor.

"Shakespeare es Shakespeare, entonces no me atrevía a meterle mano al dramaturgo, porque son palabras mayores, pero ahí hubo un proyecto de una editorial de traducir toda la obra de él, pero que fuera por escritores", dijo Segovia al retomar su traducción de Hamlet.

Entonces, el sello distribuyó la obra del genio británico entre varios autores, y a él le correspondió Hamlet, al que nadie se atrevía a traducir este clásico por su supuesta dificultad.

Y "ni modo, no me quedó otra, pero después pensé que en realidad fue una suerte, porque pensándolo bien me parece más difícil traducir otras obras, como Romeo y Julieta, porque los actores españoles en general no tienen idea de lo que es ese clásico, que está lleno de juego de palabras que los traductores no transmiten", dijo Segovia.

Subrayó que después de todo, la historia del Príncipe de Dinamarca no es la más difícil, y lo que quería hacer era una traducción que se viera en un escenario, sin caer en la ridiculez de que Hamlet sea un hippie y "Ofelia" una niña de Las Lomas.

"Eso me parece un infantilismo y me parece raro que haya gente seria en este siglo que está haciendo esas cosas, sobre todo los directores, pues recuerdo que cuando estaba en Casa del Lago haciendo teatro o cuando escribí una puesta en escena, siempre tomar una obra clásica es un desafío y una seriedad', subrayó el poeta.

Tomás Segovia nació en Valencia, España, en 1927, pero en su adolescencia llegó a México como parte de la comunidad española que se exilió durante la dictadura franquista. A los 16 años empezó a escribir poesía y a los 18 años publicó por primera vez en revistas.

En México estudió Filosofía y Letras y vivió hasta su madurez, para después combinar estancias entre este país y España.

Su primer volumen de poesía, La luz provisiona, se publicó en 1950, y desde entonces se presentó como un poeta en diálogo con la tradición europea, línea que mantuvo a lo largo de su obra poética, centrada fundamentalmente en el tema amoroso.

Entre su obra narrativa se cuenta Primavera muda, Trizadero, Personajes mirando una nube, La luz provisional, Luz de aquí, Poesías 1952-1954, Anagnórisis e Historias y poemas. 

viernes, 1 de abril de 2011

«On the other side of the hill»

El 9 de agosto de 2010, El Trujamán publicó la siguiente columna, firmada por el Administrador de este blog.

Orogenia

Nada hay como los viajes para entender mejor de qué se habla en los textos que traducimos. Eso me dije una vez en Dublín, cuando, ya especializado en literatura irlandesa —y fundamentalmente en poesía contemporánea de ese país—, descubrí que muchas palabras que en inglés británico significaban una cosa en el inglés de Irlanda significaban otra. A cada viaje mi vocabulario se iba enriqueciendo, aunque, debo agregar, hubo momentos de cierto paroxismo. Me acuerdo particularmente de uno: con un amigo traductor estábamos buscando un museo de arte contemporáneo en lo que pensamos eran los suburbios de la ciudad. Hete aquí que, perdidos y sin edificios a la vista, le preguntamos a una mujer que pasaba por el museo que no encontrábamos. «Beyond the hill», fue la respuesta. Pero como no vimos ninguna colina —que en los diccionarios es la primera acepción de la palabra hill—, nos limitamos a desconfiar de nuestro oído e interpelamos a otro paseante. «On the other side of the hill», nos dijo un hombre. Pero la colina en cuestión seguía sin aparecer. Seguimos caminando y luego de pasar una mínima elevación artificial de esa calle, puesta allí para hacer que los autos disminuyeran la velocidad, algo más adelante vimos un portón abierto, a la izquierda de la calzada, que conducía a un jardín enorme, al final del cual se levantaba el edificio de un antiguo hospital, ahora transformado en museo de arte contemporáneo. Pero la colina seguía sin aparecer. A la noche, en el pub, relatamos esa historia a nuestros amigos irlandeses. Y ellos nos explicaron que en Irlanda a hill es lo que en la Argentina se llama usualmente «lomo de burro», traducción literal del dos d’âne del francés. Allí, vueltos al diccionario, descubrimos que entre las varias traducciones posibles —colina, cerro, loma, monte, alto, collado, alcor, altillo, altozano— hill tenía otras acepciones. Una de ellas remitía a túmulo, montículo, terraplén, montón. Tenía lógica. Sin embargo, el tema volvió a salir ahora en Londres, conversando con una amiga inglesa, cuando ya emprendía la vuelta a Buenos Aires. Se mostró asombrada. Me dijo que en Inglaterra al lomo de burro se lo llamaba sleeping policeman («policía dormido»), pero juró y perjuró nunca haber escuchado que alguien lo llamara hill.

Así las cosas, nada me gustó más que el día en que el contexto de la página que estaba traduciendo me ofreció la oportunidad de traducir la palabra hill por nuestro lomo de burro. Sin embargo, como siempre me estoy quejando de los traductores que no tienen en cuenta a los lectores del otro lado del océano, le pregunté a un amigo catalán cómo se les decía en España a esos accidentes artificiales del camino, destinados a volver juiciosos a los conductores de vehículos. Me dijo que, a diferencia de lo que sucede en la Argentina, en España todo el mundo conducía bien, por lo que no había lomos de burro. Me pareció raro e hice bien en desconfiar porque, entre otras cosas, mi amigo catalán no maneja autos. Así que le escribí a otro amigo, también catalán, quien me dijo que en España al lomo de burro lo llaman «badén» y me mandó por mail la quinta acepción del Diccionario de la Real Academia: «Obstáculo artificial alomado que se pone de través en la calzada para limitar la velocidad de los vehículos». Asimismo, me informó que además de «badén», él había oído que en España también se decía «resalto» e incluso «banda rugosa». Pero «badén», en la Argentina, no es un túmulo sino todo lo contrario; vale decir, una depresión en el camino. Puede hacer las veces de lomo de burro, pero induce a error. Había otras alternativas: Wikipedia, por ejemplo, señala que en otras latitudes los lomos de burro tienen otros nombres: «muerto» (en Puerto Rico), «policía acostado» (casi como en Inglaterra, en República Dominicana), «tope» (en México), «lomo de toro» (en Chile), «rompemuelle» (en Perú). Ahí me detuve, y antes de proseguir con mi trabajo pensé que todas las profesiones tienen sus respectivos problemas. Los míos, esa tarde, habían terminado cuando, no sin alguna melancolía, preferí posponer el trabajo para el día siguiente, que es hoy y que destino a escribir esta columna en lugar de traducir.