viernes, 4 de agosto de 2023

Parafraseando a Jonathan Swift, una modesta proposición

Se entiende que haya ferias del libro, como la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires y todas las otras ferias del libro provinciales. Y tampoco está mal que haya una Feria de Editores, como la FED. Pero, considerando que sin escritores no hay libros, ¿no sería justo que hubiera una feria de escritores? Vale decir, una que no reivindicara ni al objeto ni a los intermediarios, sino a los creadores quienes, recuerdo, apenas cobran el 10% de derechos de autor por sus creaciones.

jueves, 3 de agosto de 2023

Paulo Slachevsky resume lo que la dictadura le hizo al libro y a los lectores en Chile

LOM es una de las principales editoriales independientes de Latinoamérica. Con más de tres décadas de existencia y un catálogo vivo de 2500 títulos, cumple en Chile, un país donde el libro todavía es un objeto suntuario, un papel fundamental. Su co-fundador es Paulo Slachevsky, quien, con su esposa Silvia Aguilera, ha participado en cuanto foro pueda imaginarse, manteniendo una coherencia ejemplar. En el siguiente artículo, publicado en El Mostrador, el pasado 31 de julio, revisa lo ocurrido en su país tanto con el libro y la lectura durante los cincuenta años transcurridos desde el golpe de Estado de Pinochet. 

El libro y la lectura en Chile a cincuenta años del golpe civil-militar

La cultura, el libro y la lectura no son temas sectoriales, de tercer orden, tienen que ver con el desarrollo del conjunto de la sociedad, con la comunidad país que queremos proyectar, con la posibilidad de hacer y transformar nuestras vidas. Tiene que ver con la posibilidad de romper el cepo del modelo exportador extractivista que nos domina, como también de la desigualdad estructural imperante. Su rol es también neurálgico en la calidad de la democracia que tenemos. Llevamos 50 años en que más que sujetos históricos, el modelo ha promovido ovejas consumidoras, temerosas y acríticas. Eso lo instaló la dictadura y lo mantuvo la postdictadura. Creo que sería tiempo de impulsar un real cambio en la materia.

La fractura que marcó a nuestro país a sangre y fuego aquel 11 de septiembre de 1973, también transformó profundamente el mundo del libro y la relación de gran parte de la población con este objeto y la lectura a largo plazo. Para la historia del libro y la lectura, así como también para el campo editorial, el golpe civil-militar y los años de dictadura implican claramente un quiebre en su continuidad histórica, lo que nos obliga a abordar los periodos separadamente, con un antes y un después del golpe.

La crueldad y brutalidad del golpe, cargada de actos simbólicos, da claramente cuenta que este está intrínsecamente vinculado a las masivas y reiteradas violaciones de derechos humanos de los años de la dictadura, los que constituyen crímenes de lesa humanidad. Para la política y lo social, el bombardeo de La Moneda fue sin duda el acto fundacional de lo que se venía. Un acto desmesurado, que no tenía ninguna relación ni proporción con la defensa que allí ejercía el presidente con el GAP y cercanos. El brutal asesinato de Víctor Jara y los auto de fe cumplían para la cultura un rol similar.

No es casualidad que algunos fotógrafos presenciaran, el 23 de septiembre de 1973, en Diagonal Paraguay esquina Lira, cómo los militares quemaban libros en plena vía pública. Se convocó, se avisó a la prensa. El fotógrafo holandés Koen Wessing, entre otros, captó esas instantáneas del Farenheit de la dictadura.

También se informó del hecho en las páginas internas de El Mercurio y La Tercera, junto a una breve reseña que mencionaba la muerte de Pablo Neruda, se cuenta en “Apagón cultural, el libro bajo dictadura” (Manuel Sepúlveda, Jorge Montealegre, Rafael Chavarría, Asterión, 2017).

En esos días fueron muchos los libros de bibliotecas lanzados al fuego directamente por la represión. La misma suerte sufrieron miles de libros, quemados por sus propios lectores. Como dan cuenta testimonios, en los allanamientos los militares preguntaban por las bibliotecas; cuando las había, por el contenido de estas podían identificar las ideas de quienes habitaban en el domicilio. El terror se impuso por el fuego. El miedo transformó las páginas en combustible para las llamas. Fueron estos actos constitutivos que replicaban, a su modo, cual libreto de una obra de teatro, los crímenes de instalación de los nazis. Primero el incendio del Reichstag, después el autodafé del 10 de mayo de 1933, las ceremonias con antorchas y la instalación de los campos de concentración.

El mismo IVA, tema que cruza el ámbito del libro durante toda la postdictadura, no aparece en cualquier momento. A fines del año 1976, cuando desaparecía el historiador Fernando Ortiz, autor de “La historia del movimiento obrero en Chile”, se decidía aplicar el IVA al libro. No es una casualidad. Ese mismo año, antes de ser asesinado en Washington, Orlando Letelier vinculaba la represión política con la libertad económica para los más privilegiados, como “dos caras de una misma moneda”.

Como señala Naomi Klein en el prólogo al libro Orlando Letelier: el que lo advirtió (Lom ediciones, 2011): “La junta no tenía dos proyectos separados y compartimentados: un visionario experimento de transformación económica y un siniestro sistema de torturas y terror. Había solamente un proyecto en el cual el terror era el instrumento central para la transformación en libre mercado”.

No se trataba sólo de terminar con un gobierno, cabe recordar que adelantaron el golpe para que el presidente Salvador Allende no alcanzara a convocar a un plebiscito el 11 de septiembre. Buscaban aniquilar la voluntad y el nivel organizativo que habían alcanzado en Chile los sectores populares. Y para ello era necesario abolir la difusión de todo pensamiento crítico, terminar abruptamente con el proceso de concientización política que habían alcanzado los sectores obreros y campesinos a lo largo del siglo XX.

Por eso también la censura, la que se instaló a través de diversas vías desde el mismo 11 de septiembre de 1973. Un ejemplo de ello es el Bando número 107 de la jefatura de zona en estado de emergencia de la zona metropolitana del 11 de marzo de 1977, que exigía autorización previa para la “fundación, edición, comercialización, de cualquier forma de nuevos diarios, revistas y periódicos, e impresos en general”, como también para la “importación y comercialización de toda clase de libros, de diarios, revistas e impresos e general”, práctica que siguió hasta el año 1983 a través de un artículo transitorio de la constitución del 80.

Así, el IVA al libro en Chile, la censura, como el cierre de carreras universitarias, de editoriales, librerías, revistas y periódicos, suman a la prisión, tortura, asesinato y exilio de muchas y muchos creadores e intelectuales, profundizando el reino de sangre y fuego que se instala en el país y en el espacio cultural, relegando al libro y a la cultura a los sectores más privilegiados.

Durante los años de dictadura, repetidamente se vieron en la televisión y la prensa las imágenes de los allanamientos donde se agrupaba libros y armas, como pruebas irrefutables de “la subversión”. Ello fue forjando en la práctica, la estigmatización del libro a través de la violencia simbólica, un imaginario que rompió totalmente con la relación que durante la república se había generado entre las y los ciudadanos y el libro, de lo que da cuenta Bernardo Subercaseaux en La historia del libro en Chile (LOM ediciones, 2010). Así, se fue instalando un profundo quiebre en la relación de la ciudadanía con el libro, que hasta la fecha no se ha revertido en los sectores populares.

Entre 1973 y 1990 se mantuvo vivo un espacio relacionado con la edición oficial; en los primeros años de la dictadura, en torno a la Editora Nacional Gabriela Mistral, que dirigió un general retirado, la que de manera muy disminuida buscó emular la hazaña de editorial Quimantú durante la Unidad Popular. El año 1976 la empresa se privatizó, y posteriormente sus máquinas fueron rematadas. También con libros de propaganda y manipulación, como El libro blanco del cambio de gobierno en Chile.

Se mantuvieron igualmente algunas publicaciones en el ámbito universitario, las que tenían un margen de movimiento muy limitado, dominando la censura y la autocensura. Qué más se podía pedir en universidades donde reinaban los rectores delegados. La edición comercial se mantuvo, ya que hoy como ayer, “lo central es el negocio”, aunque la precariedad de todo el ecosistema no le posibilitaba “brillar” como lo hacen hoy las multinacionales del libro. Y, por supuesto, estaba la edición comprometida, o al menos abierta a las voces críticas, muy semejante a lo que hoy llamaríamos la edición independiente.

De los oscuros años 70, después del golpe, no se puede dejar de recordar el trabajo de Pineda Libros, editorial Aconcagua y Nascimento, entre otras. Algunas de ellas tenían ya una significativa trayectoria previa y, a veces, lograron continuidad en la década siguiente.

De la década de los 80, Editorial Sin fronteras, Editorial Cesoc, Editorial Cuarto Propio, Ediciones Pehuén, Editorial Cuatro Vientos, Ediciones Documentas, Ediciones de Obsidiana, Ediciones Manieristas, Mosquito, Pomaire, Galinost, Del Maitén, Ergo Sum, Lar, Cerro Huelén, Tragaluz, Emisión, Ornitorrinco, Minga, entre otras.

La precariedad en la producción, difusión y comercialización, la autocensura y un constante sentimiento de peligro reinante en los ámbitos de oposición a la dictadura, marcaron el quehacer de esos años. Aun así, cada una con su catálogo contribuyó a mantener viva la creación local. Ediciones Ganymedes, por ejemplo, dirigida por David Turkeltaub, entre 1977 y 1987, publicó muchas obras significativas de nuestra literatura, como Mal de amor de Oscar Hahn, obra censurada en su momento; A partir de Manhattan de Enrique Lihn, Sermones y prédicas del Cristo de Elqui de Nicanor Parra, y Virus de Gonzalo Millán.

Para muchas y muchos, el libro fue también un objeto de resistencia. Era cuestión de atreverse a leer en una micro, por ejemplo, tomando la precaución muchas veces de cubrir correctamente las portadas. La sobrecubierta en papel de regalo o Kraft permitía circular con la obra con cierta tranquilidad.

La lectura clandestina fue una práctica común durante todos esos años de terror. Obras prohibidas, o susceptibles de serlo, circulaban así de mano en mano. También los libros servían para transmitir información “encriptada”, ya sea para indicar el lugar de un punto de encuentro de carácter político, o bien un mensaje mayor. Las sobrecubiertas en tapa dura, fueron también lugares posibles donde transportar información sensible, como informes políticos, mensajes clandestinos o microfilms. Pero por más bellas y significativas que son esas prácticas resistentes de lectoras, bibliotecarios, editoras y escritores, ya no tenían la masividad de los años anteriores, ese vínculo había sido cercenado, por lo que había desaparecido la promesa cultural democratizadora que buscaba estar en cada casa y cada rincón del país la posibilidad de ensanchar el mundo y la vida, proyecto cuya máxima expresión fue sin duda editorial Quimantú.

A los 50 años del golpe civil-militar, uno no deja de sorprenderse de cuánto y cómo marcó ese sello de horror y exclusión y de qué manera sigue influyendo en los más diversos ámbitos en esta sociedad chilena del siglo XXI. Así lo vemos en la relación que parte significativa de la ciudadanía tiene con la lectura y el libro.

En la larga postdictadura sin duda hay importantes cambios, como la Ley del Libro de 1993, la multiplicación de bibliotecas, los fondos concursables, la Política Nacional de la Lectura y del Libro desde el 2015, entre otros. También hemos sido testigos de cómo han surgido nuevas generaciones de escritoras y escritores, de ilustradores, así como de editoriales independientes, librerías y ferias.

Sin embargo, en este nuevo escenario no se logró revertir ese brutal corte entre el mundo popular y el libro. La marca de sangre y fuego que dejó instalada en las mentes la dictadura, como el modelo de mercado neoliberal que reina en nuestra sociedad, con significativos procesos de concentración donde domina el colonialismo cultural, no han sido enfrentados con la claridad y energía necesaria para reparar el daño y reconstruir una nueva relación.

Tampoco se ha terminado con las censuras o auto censuras en las bibliotecas públicas y escolares, ni en los programas educativos. La misma tecno-utopía reinante, que por sobre todo valora la conexión digital, relega las prácticas lectoras a un rol secundario, limitando el desarrollo de las capacidades reflexivas, críticas y creativas, dejándonos como país en un rol de receptor y consumidor de la producción intelectual y tecnológica de los países del Norte.

Es evidente que gran parte de la clase política no se interesó en cambiar realmente las cosas: ni la institucionalidad ni el modelo económico; tampoco en hacer justicia y reparación; menos aún tomarse en serio la importancia del quehacer cultural y del libro en particular, ámbitos que fundamentalmente quedaron entregados a las lógicas del mercado.

En la cultura como en el libro, parte significativa de los avances que se han logrado en todos estos años vienen desde abajo, por la presión, por la creatividad, por la tenacidad de las y los actores del ámbito cultural, como la asociación Editoriales de Chile.

Lamentablemente, si eso no se acompaña con cambios en las instituciones, en la educación y en las políticas públicas, difícilmente esas transformaciones se logran instalar con cierta igualdad y densidad en toda la sociedad. Es claramente lo que ocurre con el libro y la lectura.

Es motivo de alegría, no cabe duda, que, en abril de este año, el mismo presidente lanzara en La Moneda la nueva Política Nacional de la Lectura, el Libro y Bibliotecas (PNLLB). Pero si esto no va más allá del gesto simbólico y no se acompaña de una rápida implementación y de una real voluntad política de poner al libro, la lectura y las bibliotecas en un lugar más central en nuestra sociedad, con presupuestos relevantes en educación y cultura articulados con la PNLLB, no habrá impacto significativo, y se seguirán abordando los temas del libro y la lectura como un asunto sectorial.

Nos parece que es tiempo de impulsar una profunda transformación en el quehacer público y ciudadano en torno al libro y la cultura, apostando por una real democracia cultural, donde se trabaje para que todas y todos seamos sujetos culturales, y se potencien las habilidades para la reflexión, el pensamiento crítico y creativo, la capacidad para debatir y asumir que la convivencia societal es posible alentando la discusión y asumiendo las diferencias.

Se hace necesario desactivar ese falso consenso para poner en práctica el disenso que nos permita escuchar y construir en y con la diferencia. Hay que multiplicar y reforzar espacios de encuentro locales y territoriales, así también instancias como el Observatorio del Libro y la Lectura de la Universidad de Chile, y coloquios como el organizado por Letras de Chile, “Literatura y dictadura a 50 años del golpe militar”, abriéndose a reflexionar en torno a estos temas.

Es hora de pensar como país a mediano y largo plazo, salir de la obnubilada dependencia neoliberal como de la domesticación y acomodo con los diktat de la prensa conservadora y del gran empresariado, instigadores de aquel 11 de septiembre y cómplices civiles y activos de los crímenes de la dictadura.

Es fundamental liberarnos del colonialismo cultural y sus multinacionales de la cultura, de la educación y del entretenimiento, que transforma todo en mercancía, margina la producción intelectual propia, bloquea una verdadera apropiación de la producción cultural en los territorios y limita todo el potencial liberador y creador de la cultura y la educación. Hay que revertir las lógicas de isla que hacen que cada acción, medida o política se trabaje de manera aislada, impidiendo todo efecto multiplicador. Se requiere más de una vuelta de tuerca, apostando articuladamente a un proyecto país, con significativas políticas públicas, y a la vez un fuerte impulso del tejido de base en el campo cultural que potencie toda la fuerza creativa de la cultura, del libro y la lectura.

La cultura, el libro y la lectura no son temas sectoriales, de tercer orden, tienen que ver con el desarrollo del conjunto de la sociedad, con la comunidad país que queremos proyectar, con la posibilidad de hacer y transformar nuestras vidas. Tiene que ver con la posibilidad de romper el cepo del modelo exportador extractivista que nos domina, como también de la desigualdad estructural imperante. Su rol es también neurálgico en la calidad de la democracia que tenemos. Llevamos 50 años en que más que sujetos históricos, el modelo ha promovido ovejas consumidoras, temerosas y acríticas. Eso lo instaló la dictadura y lo mantuvo la postdictadura. Creo que sería tiempo de impulsar un real cambio en la materia.

miércoles, 2 de agosto de 2023

"Traducir es una tarea filosófica, henchida de preguntas, desgarro y renacer"

En 2022, España fue el país invitado a la Feria de Frankfurt. Así, quien dio el discurso inaugural de ese evento fue la filóloga e historiadora española Irene Vallejo, que decidió centrarse en un gran elogio a la traducción. Su discurso luego fue reproducido por la revista mexicana Letras Libres, en su número del 22 de diciembre del año pasado. Es lo que sigue a continuación.

Todos los territorios son mi tierra

Existe un atlas, la literatura, donde todos los territorios son mi tierra. Puedo adentrarme en ellos al leer, con el caminar de los ojos y la imaginación. Estos viajes sin límites son posibles gracias al oficio de la traducción, un fabuloso hallazgo humano que alguien –cuyo nombre no recordamos– inventó en tiempos remotos, en el érase una vez de los cuentos. Como escribió José Saramago, los escritores hacen las literaturas nacionales, mientras los traductores construyen la literatura universal. A quienes me han regalado la patria de su idioma, a quienes aceptan ser yo para que yo sea otra, mi familia de Babel, quiero expresarles mi gratitud infinita. Ahora mismo mis palabras se desdoblan en una traducción. El mismo río con distinta agua. Idéntica partitura, con diferente instrumento. Este discurso resuena en dimensiones paralelas que nos permiten estar juntos, las ideas cambian de piel para seguir palpitando: es el arte de unir universos, una tarea de bastidores y penumbras.

Les pido que agucen el oído y escuchen, aunque sonó hace siglos, la percusión rítmica de cascos de caballos. Los jinetes son hombres sabios: astrónomos, físicos, matemáticos, filósofos. Acuden desde toda Europa, por tierra y mar. De sus ropas polvorientas brota un hedor desagradable a sudor de senderos, bosques, posadas, establos y puertos: la fetidez acompaña al trotamundos de la Baja Edad Media. Estos individuos malolientes y hambrientos de saber viajan a la ciudad de Toledo, en Castilla, encrucijada de Oriente y Occidente, el lugar donde se conservan y traducen cuidadosamente los rescoldos de la sabiduría clásica y bizantina, enriquecida por el conocimiento científico y literario hindú, reinterpretado por la cultura islámica y traído a la península ibérica por la dinastía Omeya. En ese territorio de frontera se condensa una larga historia mediterránea de esplendores. ¿Qué persiguen nuestros hediondos personajes? Han cruzado el continente en busca de traducciones que copiarán y enviarán, en baúles o alforjas, dando tumbos, a las universidades, monasterios y estudios de Montpellier, de Marsella, de París, de Bolonia, de Pisa, de Oxford, de Praga, de Viena, de Heidelberg.

En Toledo, territorio fronterizo, había nacido una fabulosa escuela de traductores, cuya onda expansiva llegaría a Salamanca, Sevilla o Tarazona, donde brotaron escuelas, centros de traducción, bibliotecas, espacios de conocimiento y saber compartido. Pocas veces recordamos hoy que el Pachatantra hindú o las obras de Aristóteles perdidas en Occidente llegaron a Europa por estas rutas. Fueron traducidas del árabe al castellano, en fechas tan tempranas como el año 1080, y de ahí, siglos después, desde el latín, al alemán o al inglés. Los pensadores europeos de los siglos xi, xii y xiii bebieron de esas fuentes a través del manantial de La divina comedia, de Dante, y la Summa Theologica, de Santo Tomás, influidos ambos, profundamente, por Ibn Arabi de Murcia o por Averroes de Córdoba.

Al principio, mientras gobernaron reyes lo suficientemente inteligentes y tolerantes, las bibliotecas fueron protegidas, y las diferentes comunidades de estudiosos judíos, musulmanes, cristianos mozárabes y cristianos romanos pudieron trabajar juntos. Aquellos sabios traductores fueron gentes tenaces y mestizas. Inventaron el vocabulario con el que explicar las nuevas ideas. Nuestra deuda con sus búsquedas y afanes es inmensa: algunos clásicos han llegado a nosotros solo como traducciones. Ciertas obras indispensables para entender Europa sobrevivieron al naufragio del tiempo porque cuidaron de ellas en tierras extrañas y culturas ajenas. En palabras de Walter Benjamin, la traducción se alumbra en la eterna supervivencia de las obras y en el infinito renacer de las lenguas.

Cervantes les hizo un homenaje sutil. El Quijote se presenta como la traducción de una crónica escrita por un imaginario sabio musulmán llamado Cide Hamete Benengeli. En un momento trepidante de las andanzas del caballero, el manuscrito se interrumpe de pronto y Cervantes, el narrador, busca desesperadamente otro ejemplar para averiguar el desenlace. El lugar donde recuperaremos el hilo de la historia es, por supuesto, Toledo. En un mercado de la ciudad aparece un misterioso cartapacio escrito en caracteres arábigos. Un morisco que pasaba por ahí descubre en esos papeles las aventuras de don Quijote, y recibe el encargo de traducirlos. Cuando la versión en castellano está lista, ya podemos sumergirnos de nuevo en la lectura. Me fascina que este clásico se disfrace de traducción. Un juego, sí, pero también un reconocimiento a esa trenza de culturas, idiomas y filosofías que una vez fuimos.

Tras dos o tres siglos de frágil tregua, el mestizaje dio un vuelco triste hacia la obsesión por la pureza de sangre y las expulsiones, que padecerán los judíos sefardíes y los moriscos. Aun así, desde sus orígenes, la literatura española, como el propio don Quijote, desciende de La Mancha –la tinta manchada del mestizaje y la mezcla, también de sus distintas lenguas y acentos–. El género mestizo por excelencia, la novela, alcanzó su forma moderna en España. La novela picaresca, nuestra peculiar aportación, está poblada por personajes marginales, impuros e impúdicos. Desde La Celestina, escrita probablemente por un judío, hasta el hambriento y despreciado Lazarillo o los viajes por los bajos fondos europeos de La lozana andaluza. Fruto de otras amalgamas y heridas, nacerán el inca Garcilaso de la Vega, la cubano-española Gertrudis Gómez de Avellaneda, que escribió la primera novela antiesclavista de la historia, los romances bastardos de Lorca y el corazón gitano y negro del flamenco.

La historia de la literatura está también plagada de exilios, otra forma de vida fronteriza. Los escritores despojados de sus lectores, prohibidos en su patria, dependen de las traducciones para recuperar ese país irrenunciable que son los lectores. Mis padres me hablaron a menudo de las trastiendas de las librerías durante la dictadura, donde, con riesgo y espíritu aventurero, acudían a comprar libros prohibidos en ediciones llegadas del extranjero. De nuevo, lo propio se salvó fuera. Una de esas autoras proscritas, la filósofa María Zambrano, escribió que el pensamiento nace del acto de preguntar, cuando una idea quiebra los moldes que la contienen. Por eso traducir es una tarea filosófica, henchida de preguntas, desgarro y renacer. O, como afirmaba Goethe en el Diván, “la aproximación desde lo extraño a lo propio y familiar, el acercamiento entre lo conocido y lo desconocido”.

Ahora mismo, pronuncia el mismo discurso con palabras amorosamente enhebradas una voz que no es mi voz, retirada en la intimidad de su cabina, a veces titubeante, ¿la escuchan? Mientras rugen los discursos que nos dividen, celebremos a quienes sigilosamente, en la leal penumbra, reconstruyen, con los sillares de la complejidad, desde la edición y la traducción, imaginarios de esperanza compartida. Fráncfort es, precisamente, capital y encrucijada de traducciones. Aquí la literatura y las ideas vienen en busca de otra piel, de renacimientos sin fin. Al traducir, partimos de la diferencia para reivindicar la cercanía. Afirmamos que es preciso usar la imaginación para ser fieles. Sabemos, como Goethe, que los idiomas extranjeros se buscan, se necesitan, se intercambian regalos y metáforas. Como María Zambrano, nos exiliamos al país interminable de las páginas para explorar las preguntas más audaces. Como Cervantes, esperamos que, en la algarabía de un mercado, un desconocido bilingüe haga continuar el relato. Somos los descendientes –duchados y perfumados– de aquellos viajeros ávidos de conocimiento que cabalgaban hace siglos rumbo a Toledo, en busca de las rutas misteriosas y mestizas de los libros. 

martes, 1 de agosto de 2023

El SPET homenajea a Patricia Willson, su fundadora

El año próximo nuestro Seminario cumple 20 años y, para empezar a celebrarlo, Andrea Pagni y Griselda Mársico organizaron un Encuentro en homenaje a Patricia Willson, titulado "Historia y teoría de la traducción en la Argentina de los siglos XX y XXI"



Expondrán investigadorxs argentinxs y extranjerxs vinculadxs académicamente con Patricia. El encuentro es abierto al público y se desarrollará entre el 9 y el 11 de agosto, en modalidad híbrida (presencial y virtual).

El programa y demás informaciones ya están disponibles en Linktr.ee/spet.llvv.

lunes, 31 de julio de 2023

¿Un diccionario casi infinito?


En el diario Perfil, del día de ayer, Guillermo Piro escribió una columna muy interesante sobre el Thesaurus Linguae Latinae, una obra monumental, que empezó a realizarse hace ciento veintinueve años y todavía no tiene fecha de terminación.

 

Biógrafos de palabras

 

Cuando en 1981 murió María Moliner, la famosa lexicógrafa y filóloga española, Gabriel García Márquez tuvo una intuición genial: conseguir su teléfono, llamar a su casa y hablar con uno de sus cuatro hijos. Cuando García Márquez le preguntó acerca de cómo había sido vivir con una madre que había dedicado su vida a su Diccionario de uso del español, su hijo respondió: “En casa siempre fuimos mis tres hermanos, yo y el diccionario”. La afirmación, con su carga de banalidad, deja traslucir, sin embargo, una verdad irrefutable: elaborar un diccionario es algo muy complicado, que requiere toda la dedicación, todas las energías, todo el tiempo. En el segundo piso de la Academia de Ciencias de Baviera, en Múnich, hay una habitación que reúne todas las palabras latinas conocidas, transcritas a partir de poesías, relatos, textos de filosofía, medicina, ingeniería, religión y botánica, pero también de inscripciones halladas en los sitios arqueológicos de medio mundo.


Desde 1894, cientos de investigadores y estudiosos del latín las fueron transcribiendo en diez millones de pequeñas Zettel, fichas, las ordenaron alfabéticamente en unas cajas de cartón y las etiquetaron con caligrafía elegante. Las palabras menos conocidas ocupan apenas pocas fichas, pero otras, como non, o et, ocupan ellas solas varias cajas. Un día, cuando el trabajo haya terminado, todas ellas aparecerán en el diccionario de latín más completo y preciso del mundo: el Thesaurus Linguae Latinae.


Para aquellos que se ocupan del latín a nivel académico, el Thesaurus es una institución venerada. La fundó el filólogo alemán Eduard Wölfflin hace 129 años, y se ocupa de compilar uno de esos diccionarios que no se limitan a explicar el significado de una palabra, sino que trazan su desarrollo histórico, su nacimiento, sus cambios, sus acepciones y su uso en las distintas épocas. Wölfflin quería que estuviera listo en una veintena de años; hoy esperan tenerlo listo para 2050. Y son optimistas.


Roberta Marchionni, una lexicógrafa italiana que trabaja en el Thesaurus desde hace diez años, responde a las preguntas que le hace Annalisa Quinn, una periodista del New York Times: “¿Por qué son tan lentos?”, a lo que responde: “¿Lentos? ¡Somos velocísimos!” Todos los que trabajan allí aman decir que son “biógrafos de palabras”; a fin de cuentas, eso son los lexicógrafos.


En los últimos 129 años pasaron por el Thesaurus cuatrocientas personas. El trabajo no se detuvo nunca, ni siquiera durante las dos Guerras Mundiales. Durante esos años, para alejarlo de los bombardeos, el archivo se mudó del centro de Múnich a un monasterio que se encuentra en las afueras de la ciudad.


Roberta Marchionni le contó a Quinn que trabajó diez años en la palabra res (cosa). Pero la que más dolor de cabeza le trajo fue necessitas, que quiere decir muchas cosas, menos “necesidad”. Otros sufrieron mucho con pietas o humanitas, palabras abstractas que son difíciles de interpretar, porque pertenecen a una cultura que creemos conocer, y de la que en cambio, ignoramos mucho.


Dice Marchionni que tiene dos tipos de pesadillas: una en la que vuelve muy atrás y tiene que volver a rendir el examen final del colegio secundario. En la otra tiene que volver a trabajar con la palabra necessitas. Aunque dice que hace sentir bien saber que uno sacó del olvido a alguna palabra. Son cosas que nosotros no entenderíamos.

viernes, 28 de julio de 2023

Dante x Mandelstam x Aulicino

El poeta Jorge Aulicino, que, como es sabido, es uno de los traductores argentinos de la Divina Comedia, continúa reflexionando sobre ese texto y acá lo hace, especialmente para este blog, a partir de otro texto, escrito por el poeta ruso Osip Mandelstam.

Una puerilidad

Una vez escribí, no me acuerdo dónde, que no me importaba el hecho de que la Divina Comedia hubiese sido escrita en italiano. En cualquier otro idioma, pero escrita siempre por Dante, el resultado habría sido el mismo. Era de una tremenda audacia --por ser muy difícil de probar-- esta afirmación. O una estupidez, en caso de que se probara lo contrario. Pero lo contrario no se puede probar tampoco, porque los traductores de Dante a otras lenguas -que de hecho escribieron la Comedia en otros idiomas- no son Dante. Lo temerario de mi exabrupto era suponer que se podría ser Dante sin ser italiano.

¿A qué viene todo esto? Primero quiero rectificar o al menos aclarar aquella boutade. La dije o escribí contra los que ponen los ojos en blanco cuando recitan algún fragmento de la Comedia en italiano y luego dicen: "Es intraducible". La soberana estupidez de esos admiradores consiste en que olvidan aquello que puede ser parafraseado, precisamente lo más maleable de la Comedia y de cualquier texto. Pero que sea lo más maleable no significa que sea poco importante. De ser así, lo maleable incluso se podría tirar a la basura siempre y cuando nos quedara la belleza sonora, el fascinante atractivo de la resonancia que eleva su propio edificio. Si creyéramos esto, no nos quedaría nada sobre la extraña, intrincada razón que llevó a Dante a mezclar el cielo y el infierno con la tierra. Erich Auerbach no podría haber escrito su célebre Dante Alighieri, poeta del mundo terrenal, que se considera un ensayo clave sobre la Divina Comedia, y nada quedaría de sus reflexiones sobre lo alto y lo bajo en Mímesis, que involucran a la Comedia (en el Capítulo X) y refieren a su estructura y también su lenguaje, esto es, aquello que puede ser objeto de paráfrasis, es decir, de traducción en todos los idiomas, incluso en el italiano contemporáneo y sus distintos modos de concebir, y por lo tanto leer, los tres niveles simbólicos que Dante atribuye a su propia obra.

Ahora, la cuestión del idioma y su prosodia, que hace a su carácter, y por lo tanto al de Dante y la Comedia, se me presentó de nuevo cuando leí Conversaciones sobre Dante, de Osip Mandelstam, reeditado por Seré Breve, una pequeña editorial de Buenos Aires que rescata el ensayismo y otros textos de los poetas, con traducción de Marilyn Contardi y Cecilia Beceyro.

Mandelstam estudió el italiano, supongo que para leer la Comedia en su idioma. Su lengua de cuna se admiró de inmediato ante "el infantilismo de la fonética italiana, su puerilidad sublime, su afinidad con el balbuceo de las criaturas, un no sé qué de dadaísmo inmemorial". Nos queda claro que estos juicios de Mandelstam se recuestan en prejuicios no asumidos -como el de considerar quizá que el idioma ruso pertenece a un grado más maduro de civilización-, porque sus adjetivos, con ser elogiosos, con surgir de una fascinación, no dejan de traslucir la consideración del italiano como un arcaísmo tal que se remonta a la infancia de la humanidad.

El juicio de Mandelstam es subjetivo, es como si yo dijera "lo primero que me impresionó del ruso es su parecido con una ensalada de remolacha". Pero no dejar de haber en su aserto algo que nos suena real: la lengua italiana, con ser la más vecina a una lengua imperial como el latín, lo desarmó, para hacer de su casi violencia una serie de sonidos que aun a otros latinos nos suenan suaves, o dulces, o pueriles. Lo italianos no conocen el sonido áspero del español para la jota y la ge, en función ésta de la e y de la i. Por lo tanto me causaba gracia en mi infancia que una vieja triestina de mi extensa parentela me llamara "Corgue". Lo más parecido a la jota que encontraba ella en su idioma era la ce.

Queda otra cosa por resolver: Mandelstam escribió esas frases sobre el italiano --en la primera de sus Conversaciones sobre Dante-- después de haber leído la Comedia. Así que podemos pensar que este juicio suyo sobre la "puerilidad sublime" del italiano está al menos impregnado de su lectura de Dante, aunque demos por cierto que fue originado cuando tomó contacto por primera vez con el italiano. De modo que me quedo con que, para Mandelstam, es indistinguible el idioma italiano del idioma de la Comedia y aun del espíritu de quien la escribió, puesto en su personaje principal: él mismo. De hecho, Mandelstam ejemplifica sus impresiones sobre el italiano con versos de Dante.

La "puerilidad sublime" del personaje es lo que a mí me impresionó enseguida. Esa sabia ingenuidad, que puede ser tan aguda, y en ningún momento parece impostada, me parece que exige a la paráfrasis elevarse a otro plano. Si queremos ser literales, eso también hay que traducirlo de algún modo, porque a la vez que permanece en lo que puede ser objeto de paráfrasis, de alguna manera está en la resonancia. Esos dos planos -prosodia y paráfrasis- son, según Mandelstam, los que Dante nos ofreció íntimamente entrelazados. No se puede traducir la prosodia pero si el impacto que produce en el total de la obra. Es su fantasma. El de Dante caminando sobre los bordes del infierno.

 

 

jueves, 27 de julio de 2023

Parece que "todes" puede ser fascista, chiques

El escritor y ensayista Fernando Alfón, frecuente colaborador de este blog, nos envió el siguiente artículo donde, probablemente, pone el dedo en la llaga y presente argumentos que no todo el mundo va a querer aceptar. Se trata, una vez más, del lenguaje llamado inclusivo.

La guerra contra Todos: antecedentes fascistas del lenguaje inclusivo

Hacia 1861, al proclamarse como un Reino, Italia carecía de una lengua nacional. Aunque el toscano ya oficiaba como una variante de prestigio y servía para actos públicos y oficiales, a lo largo y ancho de aquel territorio, se hablaba diversos dialectos.La llamada lengua italiana de entonces, como hoy día, no era sino la preferencia de ese dialecto. El italiano se hizo a partir del toscano, aunque solo lo hablara el ínfimo porcentaje de italianos cultos de aquella zona central de la Península. La razón de su prestigio provenía de los célebres poetas que habían escrito en ese dialecto: Dante, Boccaccio, Petrarca. Su prevalencia, luego, se puede explicar por el desencuentro de las facciones políticas desde la temprana Edad Media, el analfabetismo generalizado, la imposibilidad de establecer una lengua nacional que no fuera el latín y etcétera.

 Esa es la situación lingüística con la que se encontró el régimen fascista al arribar al gobierno, en 1922, cuando Benito Mussolini asumió el cargo de presidente del Consejo de Ministros Reales de Italia. Al imaginar una nueva nación, única e indivisible, el fascismo proyectó esa unidad en la lengua. Una norma única para todo el pueblo italiano. Cohesionar y nacionalizar la lengua para cohesionar y nacionalizar al nuevo Reino de Italia.

A partir de la presunción decimonónica de que cada nación debe tener su lengua nacional, el Reino encaró una ambiciosa reforma, italianización de la lengua, cuyo principal objetivo fue imponer el italiano (el toscano) como única lengua oficial del Estado. Para lograrlo, el fascismo persiguió tres objetivos: desprestigiar el resto de los dialectos –piamontese, lombardo, veneciano, napolitano, siciliano–, hostigar a las minorías lingüísticas –la alemana del Alto Adigio, la franco-provenzal, la occitana, la sarda-catalana, la slava– y reprimir la influencia lingüística extranjera –anglicismos, galicismos, españolismos–. Toda esta reforma se justificó en la proclamada autarquía lingüística. El régimen lo impulsó desde el primer año de su gobierno, pero atravesó tres estadios de intensidad: defensivo, propositivo y beligerante. El primero se limitó a una defensa de la italianidad; el segundo aventuró una serie de palabras y formas que sustituyeran las regionales, minoritarias o extranjeras; el tercer estadio, ya desplegada la Gran Guerra, fue de carácter punitivo: sancionar y combatir todo aquello que se le resistiera.

Ya en los albores del año 23 apareció una serie de decretos orientados a la implementación de esta reforma. El 11 de febrero, por ejemplo, el impuesto a la publicidad de una actividad industrial, comercial o profesional se agravó por cuatro cuando se hiciera en lengua extranjera (Decreto 352, artículo 4). En otro del 1° de octubre se lee que «En todas las escuelas primarias del Reino, la enseñanza se imparte en la lengua del Estado» (Decreto 2185, artículo 4). Este último decreto estaba enmarcado en una vasta reforma de la educación –Riforma Gentile–, cuya meta era conducir a los alumnos «daldialettoallalingua».

Al año siguiente, 1924, apareció la radio y, dos años más tarde, el cine, y ambos debieron resignarse a los requerimientos del régimen: evitar los dialectos, las lenguas minoritarias y los forestierismi. En 1926, el presidente del Senado del Reino, Tommaso Tittoni, publicó «La difesa della lingua italiana», donde exhortaba a la eliminación de todos los neologismos. Luego, el régimen fundó L’Ente Italiano per le Audizioni Radiofoniche (L’EIAR), para uniformar la pronunciación en la radio y en el cine. Unos años más tarde, 1931, la Scenaillustratade Florencia exhortó a sus lectores: «Difendiamo la lingua italiana». Poco tiempo después, el periódico romano La Tribuna lanzó un concurso en el que se premiaba el mejor modo de sustituir una voz extranjera. El periodista Paolo Monelli comenzó con «Una parola al giorno» en la Gazzetta del Popolo, que culminó, un año más tarde, en el Barbaro dominio, libro en el que se reunían unas 500 palabras exóticas con sus respectivas voces «autárquicas», y en cuya tapa se alzaba una caricatura de Dante, parado sobre Italia, despotricando contra la vastedad de parole esotiche.

En octubre de 1935, cien mil soldados del Ejército Italiano invadieron Etiopía y pocos meses más tarde, el rey Vittorio Emanuele III fue proclamado Emperador. El suceso no ofrecía límites a la italianización, y hasta algunos puristas imaginaron a la africana Abisinia pronunciar en toscano. Entusiasmado con este tipo de aventuras, hacia 1936, Gabriele D’Annunzio, dador de varios neologismos mussolinianos, sustituyó la palabra sándwich por tramezzino. Después, el lingüista Bruno Migliorini, propuso la sustitución de chauffeurpor autista. Son solo algunas de las voces usuales del nuevo léxico del fascio, cuyas listas comenzaron a crecer de forma vehemente.

En mayo de 1937, el Ministero della Stampa e della Propaganda pasó a denominarse Ministero della Cultura Popolare, temiblemente conocido como Minculpop. Aquel año, las multas por la exhibición pública o el uso comercial de voces extranjeras, que hasta entonces se multiplicaban por cuatro, pasaron a multiplicarse por veinticinco (Regio Decreto del 9 de septiembre). El Touring Club Italiano, entonces, creyó oportuno rebautizarse Consociazione TuristicaItaliana y la Società Anonima Magazzini Standard amputó su rd finales, Standa, para evitar las puniciones.

El primero de septiembre de 1939, los alemanes invadieron Polonia y desataron la Segunda Guerra Mundial. La suerte del Reino de Italia estaba echada. Desplegados los primeros movimientos bélicos, el fascismo radicalizó su reforma lingüística. A partir del 23 de diciembre de 1940 (ley 2024), quedó establecido que «Art. 1: Se prohibe el uso de palabras extranjeras en los títulos de empresas industriales o comerciales, y actividades profesionales». «Art. 2:  Se prohibe el uso de palabras extranjeras en rótulos, carteles, anuncios y cualquier forma de publicidad en general, por cualquier medio que se realicen. [...]. Los avisos, letreros, listas y cualquier escrito en general, exhibidos dentro de locales públicos o comerciales, deben estar escritos en italiano». En el artículo quinto se lee que «Los infractores de las disposiciones de esta ley serán castigados con una pena de hasta seis meses de prisióno una multa de hasta 5.000 liras».

La severidad de la norma exigió al máximo la imaginación de las sustituciones, dando lugar a algunas inverosímiles –como ilgiocodella palla ovale,para no decir rugby; disco su ghiaccio, en vez de hockey; o pallacanestro, para no decir basket–. Ya se usaba la italianización calcio para nombrar al football, pero ahora era obligatoria. El penalty pasó a llamarse calcio di rigore, y en vez de un goal se producía un rete. Offside se dijo fuori gioco; y corner, angolo. Los italianos dejaron de tener parquet, para resignarse a un pavimento di legno; en vez de whisky, tomaban acquavite, y en las panaderías ya no vendían croissant, ahora solo se ofrecía el cornetto. Para no decir l’insalata russa, se impuso la patriótica insalata tricolore. La imaginación  pudo haber sido falaz, pero no afectó su osadía; también se les ocurrió que, en vez de William Shakespeare se dijera Guglielmo Scuotilancia; en vez de Louis Armstrong: Luigi Braccioforte; y en vez de Benny Goodman: Beniamino Buonuomo. Hay prueba documental de todo esto. No invento ni exagero, me limito a la austera descripción de los hechos. Para colaborar con todos estos rebautizos, la Accademia d’Italia fundada por Mussolini presentó, en 1940, un listado de palabras extranjeras donde se les acomodan sus sustituciones y al año siguiente publicó el primer tomo del Vocabolario della lingua italiana (A-C). 

Vamos ahora al punto de este ensayo; al meollo por el cual era necesario trazar esta crónica. En italiano, el pronombre masculinosingular de tercera persona es lui (el), mientras que el femenino es lei (ella). El de segunda persona, tu, no marca género; y en su forma de respeto, Lei (usted), tampoco, aunque tome la forma del pronombre femenino. Cuando el fascismo emprendió la abolición del Lei, lo hizo acusándolo de provenir del hispánico usted, introducido durante el período que se consideraba el Secolibui (época oscura) de la dominación española en Italia. Pero no hacía falta ser lingüista para sospechar que el problema del Lei no era su extranjería, sino su aparente femineidad. El régimen, entonces, descreyó de su función universal y obligó a que se lo reemplace por el pronombre voi.

Ese nuevo enemigo de la autarquía lingüística –una autarquía que no podía sino ser viril– irrumpió el 15 de enero de 1938, cuando el literato florentino, Bruno Cicognani, proclamó la «Abolizione del Lei» en el Corriere della Sera. Traduzco algunos de sus párrafos.

«Hoy que Italia se ve impulsada a una conciencia más profunda de su verdadero ser y a la reconquista de su antigua grandeza, que Italia logre también esto: la erradicación y abolición de un uso que, no solo va en contra de la ley gramatical y lógica, sino que es un testimonio de siglos de servidumbre y abyección».

«Porque esta aberración gramatical y sintáctica no era más que el resultado de la incorrección, la artificialidad de las costumbres, los sentimientos, las ideas y las palabras que nos llegaban de España en aquella época: “el maldito españolismo de la tercera persona”, tal como lo llamó Leopardi».

«Al arraigar el españolismo, no solo arraigó el uso del lei, sino que el estilo y el lenguaje se redujeron a esa cosa repugnante y ridícula que todos conocemos».

La diatriba contra el Lei abundaba en improperios, pero cerraba con una exhortación: «Es ahora o nunca. La Revolución fascista se propuso devolver el espíritu de la raza a sus auténticos orígenes, liberándolo de toda contaminación. Pues bien: que se cumpla también esta purificación; volvamos, incluso en esto, al uso de Roma, al tu como expresión de lo universal romano y cristiano. Y que el voi sea una señal de respeto y reconocimiento de la jerarquía».

El régimen estaba exultante y, no falto de cosas para odiar, ahora había encontrado una cosa más, aunque fuera un pronombre. Poco después de la publicación de este artículo, el secretario del Partido Nacional Fascista, Achille Starace, dictó disposiciones tendientes a la prohibición del Lei en el GIL (Gioventù Italiana del Littorio) y en el Partido, publicadas en el «Foglio di disposizioni» del 15 de febrero de 1938. Entusiasmado con esta demonización del Lei, Mussolini exhortó a sus intelectuales a sumarse a los esfuerzos iniciados por Cicognani. El primero que recogió el guante fue Bruno Migliorini, y publicó «Il Lei in soffitta»

[«El Lei en el ático»], en el número de marzo de Critica fascista, la revista del régimen. «Así como todo plan maestro de ordenación de un centro urbano requiere demoliciones y reconstrucciones, las nuevas formas de tratamiento (o, como dicen los lingüistas, de alocución) requiere una demolición y una reconstrucción. Abolido el lei; el uso del voi y del tu se organiza de una manera nueva. La segunda norma se formula por ahora de manera general: tu equivale a camaradería; voi, a superioridad ojerárquía». El 14 de abril de ese mismo año, una circular de la Presidencia del Consejo de Ministros, firmada por Mussolini, prescribía la supresión del Leipara todos los empleados del Estado y de los organismos públicos.

El 15 de noviembre de 1938, la revista femenina Lei, de un lustro de existencia, fue obligada a cambiar su nombre, que desde entonces se llamó Annabella. El comediante napolitano, Totò, en el curso de uno de sus monólogos, se preguntó si algún día, caminando por la calle, tenía la suerte de encontrarse con Galileo Galilei, ¿debería llamarlo, Galileo Galivoi? Un jerarca que estaba en el público le abrió una causa que el propio Mussolini, con los últimos vestigios de humor que le quedaban, desestimó.

En noviembre de 1939, el fascismo montó una muestra escolar que defenestraba al Lei. La muestra fue emplazada en la Casa Centrale de Balilla, en Turín, un edificio racionalista, en cuya fachada enseñaba, con letras monumentales, Mostra anti-Lei. En un corto conservado en el Archivo Storico Luce, se puede ver la apertura de la muestra, donde los niños ingresaban al edificio y suben por su espléndida escalinata, contemplando las gigantografías y maquetas del voi y del tu. La muestra exponía dibujos de ilustradores turinenses que satirizaban la lucha frontal del voicontra el Lei. En una caricatura se ve unas bolas de bowlingrotuladas voiy tua punto de derribar unos bolos titulados Lei. En otra, un hombre atormentado se arranca el Leide la boca con una pinza. En otra, un árbol enseña una parte de su tronco decrépito con el Lei, mientras que su parte florida con el voi. En otra, un hombre fornido sujeta un pulverizador titulado voi, en el momento que fumiga a un burgués, un snob y un servil, los tres rotulados con un Lei. En otra, Dante Alighieri aparece enojado tachando el Leide un manuscrito. Los niños se matan de risa con los dibujos y aprenden a despreciar aquello que está ahí, dispuesto para el desprecio.

¿Qué otro antecedente más directo de aquel rechazo al Lei, el actual rechazo al todos? ¿Qué otro espejo más representativo para ver lo que puede suceder cuando un movimiento político emprende el exterminio de un pronombre? Huelga enumerar las evidentes diferencias entre aquel Estado totalitario y los actuales Estados que, ajenos al fascismo, incurren en la tentación de probar con alguno de sus métodos. Las diferencias nos consuelan; preocupan las semejanzas. No están las multas y la presencia intimidante de los fusiles; pero cunden los cuadernillos, los protocolos y las cancelaciones. Sé que en este mismo momento se está tramando una muestra contra el todos: ¡adelante: he aquí sus antecesores!