La Casa de los Escritores Extranjeros y de los Traductores (Maison des Écrivains Étrangers et des Traducteurs : M.E.E.T) de Saint-Nazaire acoge en Francia a escritores y traductores del mundo entero.
La M.E.E.T invita a residir en ella a un escritor o un traductor a la vez. Le otorga una beca y pone a su disposición un gran apartamento en la décima planta del Building, un edificio situado en las dársenas del puerto de Saint-Nazaire y los talleres de los Astilleros del Atlántico, en la desembocadura del Loira.
La M.E.E.T organiza con regularidad coloquios, lecturas públicas y encuentros con unos escritores. Organiza y entrega dos premios literarios anuales :
- el Premio Laure Bataillon a la mejor obra de ficción publicada y traducida en francés durante el año en curso ;
-el Premio de la Jóven Literatura latinoamericana, premio para nuevos talentos organizado en América latina. M.E.E.T es también una editorial. Publica a lo largo del año varios libros bilingües y la revista literaria meet.
Para quienes estén interesados: http://www.meet.asso.fr/espagnol/residence_esp.htm
lunes, 19 de julio de 2010
domingo, 18 de julio de 2010
Gerentes comerciales, expertos en marketing e informáticos demuestran que no hace falta tener competencia alguna para ganar buenos sueldos
La prensa tiene momentos sublimes. Ya fue muy divertido –aunque poco delicado– cuando el canal de televisión argentino Crónica, aludiendo a la lesión de un jugador brasileño y a la eliminación de la selección de ese país de la Copa del Mundo, tituló con letras catástrofe: "Brasil se va con Elano quebrado". También tiene mucho de profecía autocumplida el título de la noticia que, en la sección internacionales, publicó ayer el diario El País, de España, mencionando una frustrada reunión entre el presidente español y el presidente de Ruanda: "Zapatero dejó plantado a Kagame". No menos gracioso es el contenido del agudo artículo de Miguel Ángel Criado, también publicado ayer, pero en Público.es, que se transcribe por su pertinencia, señalando de paso que la estupidez no es condición indispensable para tomar decisiones en el mercado editorial, aunque ayuda.
Los libros electrónicos de Libranda no se pueden leer
Libranda, la plataforma de libros electrónicos en español más ambiciosa lanzada ayer, arranca con problemas. Los primeros compradores de ebooks han comprobado que sus lectores electrónicos no pueden leerlos. Al menos dos de los dispositivos más populares, el Kindle de Amazon y el iPad de Apple no consiguen abrir los libros. Tampoco lo logran los teléfonos móviles avanzados, como el iPhone o los Android de Google.
Considerada por la industria como el gran intento de transición del libro analógico al digital, Libranda cuenta con el sostén de diez grandes editoriales, varias librerías y un catálogo inicial de 2.000 títulos, que ampliarán en septiembre. La descarga y lectura en un ordenador no presenta problemas, pero no ocurre lo mismo con los lectores de libros electrónicos. La mayoría son incapaces de leerlos. Ni el Kindle ni el iPad, los más vendidos junto al español Papyre, pueden. Este último lo logra, pero como dice el abogado Carlos Sánchez Almeida, que se compró Imperium, de Robert Harris, "casi hay que estudiar ingeniería de telecomunicaciones".
El problema no es del formato elegido para digitalizar la obra. El EPUB es el estándar en el sector, por encima del PDF. El fallo está en el sistema de gestión de derechos (DRM), un eufemismo para referirse a los mecanismos anticopia. Creado por la empresa de software Adobe, no es compatible con la mayoría de los lectores electrónicos. Su Adobe Digital Editions, que permite al propietario de la obra mantener el control sobre ella después de su venta, sólo funciona con el lector de libros de Sony y un par de marcas más. Esto deja fuera a otros como el Nook o el iRex y a todos los móviles avanzados.
Desde Libranda no facilitaron a este periódico un listado de dispositivos capaces de leer sus ebooks en español.
viernes, 16 de julio de 2010
Por supuesto, pero gratis
En La Huella Digital. Revista Digital Universitaria, a todas luces una publicación española, la periodista Ana Belén Fernández Peña publicó el 3 de mayo pasado una opinión sobre lo que podría llegar a pasar con los libros digitales que contraría el entusiasmo de los grandes editores peninsulares.
¿Funcionan los libros digitales?
Los libros digitales no terminan de arrancar. El lector se muestra reacio a comprar descargas en PDF, pues pueden buscarlo gratis por la red o, si les merece la pena, prefieren tenerlo en papel. En Estados Unidos, donde tanta ventaja nos llevan y tan avanzados están en el comercio electrónico, apenas llegan al 3% del total de libros vendidos.La información es mucha, el entusiasmo acompaña, sobre todo en blogs y foros, escritos por gente que “está muy puesta” en novedades y gadgets, pero la receptividad del público no acompaña. De hecho, hasta en Facebook hay grupos en contra, tipo “Mientras yo viva no morirá el libro en papel”.
La gran ventaja del libro digital es que nos permite acceder a libros descatalogados, antiguos, raros, difíciles de encontrar en una librería tradicional. Y esos libros casi siempre son gratuitos por haber expirado los derechos de autor (70 años tras su muerte). O sea, que nos vamos a internet, y descarga al canto.
Por eso, lo difícil es vender, sobre todo en un país donde tan poco se lee, como es el nuestro, un PDF de un autor desconocido si previamente no ha tenido la pertinente campaña publicitaria. En este sentido, Alfaguara, una editorial tradicional del Grupo Santillana, ha tenido que salir al rescate de Bubok, una web de autoedición online, ambas pertenecientes al Grupo PRISA, para dar un empujón a su Premio de Creación Literaria, dotado con 2.000 euros, mientras que otras iniciativas similares de independientes como el Certamen de Novela ArtGerust, dotado con 15.000 euros, apenas está teniendo eco en los medios.
¿Funciona, entonces, el mercado de los libros digitales? A duras penas. Todo está en su contra, las reticencias a comprar por internet, la crisis económica, la evolución en los soportes (e-readers)… Las descargas sí, por supuesto. Pero gratis…
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Como las industrias de la música y el cine, la industria editorial está al borde del abismo y para salvarse da un paso al frente
La noticia, firmada por Daniel Arjona, proviene de el sumplemento El Cultural del diario español El Mundo, del día de ayer, y se refiere nuevamente a Libranda, la mayor plataforma de libros digitales en castellano del mundo, a punto de ser lanzada.
La plataforma de distribución de libros digitales inicia su actividad en fase "Beta" hasta su anunciada apertura el 15 de septiembre
Libranda, la gran plataforma de comercialización de ebooks de las grandes editoriales españolas arranca hoy titubeante, con diez editoriales y nueve tiendas online, pero escasa de títulos. Como ya explicamos en Elcultural.es el gran lanzamiento no tendrá lugar hasta el 15 de septiembre pero el proyecto ya es hoy real en la red y no parece muy espectacular. Quizás por eso, para evitar posibles desencantos, en la nota de prensa enviada ayer a los medios Libranda califica este lanzamiento como "Beta", es decir, en período de prueba.
¿Qué nos encontramos al acceder a Libranda.com? Lo primero es un fondo escaso y claramente descompensado de 1.114 títulos, casi mil menos de los prometidos, de los que casi la mitad -500- pertenece al sello de Grup 62 y está la mayoría en catalán. De la mitad restante Anagrama ofrece 50 títulos, Planeta 71, Random 188, Maeva 6, Roca 46, Santillana 116, Siruela 4 y Wolters Kluwer 82. Escasos números si tenemos en cuenta que el fondo vivo en papel de Planeta o Santillana, por citar a dos de las grandes, suma miles de títulos.
La escasez podría estar compensada por el reclamo de un número contundente de novedades y bestsellers. No es así. Algunos ejemplos. Entre los seis títulos de Maeva no encontramos ninguno de los vendidísimos de Camilla Lackberg. Anagrama ofrece sobre todo los de su colección de bolsillo Compactos, y sólo cuelga un par de seminovedades, Eros, de Eloy Fernández Porta y El Capitalismo funeral, de Vicente Verdú. Random pone a la venta el superventas Dime quién soy, de Julia Navarro, pero el resto de sus títulos es todo fondo de bolsillo no muy actual.
¿Qué decir del proceso de venta? Arduo y confuso. El comprador pincha por ejemplo El club de los viernes, de Kate Jacobs, en la web de Libranda. Le ofrecen las diez librerías que por ahora se han sumado al proyecto para que elija dónde comprarlo. Se decanta, por ejemplo, por la librería digital de El Corte Inglés y aparece la web general de la gran cadena comercial pero no el libro en cuestión. ¿Es un error de afinación inicial? Pues no lo parece, ocurre lo mismo en todas y cada una de las otras librerías digitales que venden el libro digital en cuestión. Hay que apañárselas para encontrarlo, lo que no resulta precisamente cómodo. Y eso que El Corte Inglés en concreto cuenta ya con una sección de libros específica para ebooks, pero no es el caso por ejemplo de la FNAC, donde al buscar varios de los títulos anunciados en el catálogo de Libranda no aparecen más que sus versiones en formato papel. Y es que, sorprendentemente, el enlace en Libranda no garantiza que la librería digital elegida tenga el título.
Por último, ¿son finalmente asequibles los precios teniendo en cuenta los ahorros de costes que permite el libro digital? Juzguen ustedes mismos. El citado ebook Dime quién soy, de Julia Navarro se vende a 16'99 euros. Su precio en papel es de 23.90 euros por lo que el ebook se vende al 70% de su precio. Sí, más o menos lo que habían anunciado. Y seguimos pensando igual: excesivo y aparentemente inútil para evitar al ansioso lector escuchar el canto de la sirena pirata.
Mucho tendrá que mejorar el sistema ofrecido por Libranda para que su gran apertura en septiembre no se torne fiasco. El ebook será el futuro del libro, si es necesario, a pesar de las editoriales, incluso a través de la venta directa de los autores, como ya amenazan algunos. Por ello, si la industria del libro quiere tener futuro tendrá que arriesgar con ideas de futuro, como no hizo ni la música ni el cine.
Libranda nace escasa de títulos y utilidades
La plataforma de distribución de libros digitales inicia su actividad en fase "Beta" hasta su anunciada apertura el 15 de septiembre
Libranda, la gran plataforma de comercialización de ebooks de las grandes editoriales españolas arranca hoy titubeante, con diez editoriales y nueve tiendas online, pero escasa de títulos. Como ya explicamos en Elcultural.es el gran lanzamiento no tendrá lugar hasta el 15 de septiembre pero el proyecto ya es hoy real en la red y no parece muy espectacular. Quizás por eso, para evitar posibles desencantos, en la nota de prensa enviada ayer a los medios Libranda califica este lanzamiento como "Beta", es decir, en período de prueba.
¿Qué nos encontramos al acceder a Libranda.com? Lo primero es un fondo escaso y claramente descompensado de 1.114 títulos, casi mil menos de los prometidos, de los que casi la mitad -500- pertenece al sello de Grup 62 y está la mayoría en catalán. De la mitad restante Anagrama ofrece 50 títulos, Planeta 71, Random 188, Maeva 6, Roca 46, Santillana 116, Siruela 4 y Wolters Kluwer 82. Escasos números si tenemos en cuenta que el fondo vivo en papel de Planeta o Santillana, por citar a dos de las grandes, suma miles de títulos.
La escasez podría estar compensada por el reclamo de un número contundente de novedades y bestsellers. No es así. Algunos ejemplos. Entre los seis títulos de Maeva no encontramos ninguno de los vendidísimos de Camilla Lackberg. Anagrama ofrece sobre todo los de su colección de bolsillo Compactos, y sólo cuelga un par de seminovedades, Eros, de Eloy Fernández Porta y El Capitalismo funeral, de Vicente Verdú. Random pone a la venta el superventas Dime quién soy, de Julia Navarro, pero el resto de sus títulos es todo fondo de bolsillo no muy actual.
¿Qué decir del proceso de venta? Arduo y confuso. El comprador pincha por ejemplo El club de los viernes, de Kate Jacobs, en la web de Libranda. Le ofrecen las diez librerías que por ahora se han sumado al proyecto para que elija dónde comprarlo. Se decanta, por ejemplo, por la librería digital de El Corte Inglés y aparece la web general de la gran cadena comercial pero no el libro en cuestión. ¿Es un error de afinación inicial? Pues no lo parece, ocurre lo mismo en todas y cada una de las otras librerías digitales que venden el libro digital en cuestión. Hay que apañárselas para encontrarlo, lo que no resulta precisamente cómodo. Y eso que El Corte Inglés en concreto cuenta ya con una sección de libros específica para ebooks, pero no es el caso por ejemplo de la FNAC, donde al buscar varios de los títulos anunciados en el catálogo de Libranda no aparecen más que sus versiones en formato papel. Y es que, sorprendentemente, el enlace en Libranda no garantiza que la librería digital elegida tenga el título.
Por último, ¿son finalmente asequibles los precios teniendo en cuenta los ahorros de costes que permite el libro digital? Juzguen ustedes mismos. El citado ebook Dime quién soy, de Julia Navarro se vende a 16'99 euros. Su precio en papel es de 23.90 euros por lo que el ebook se vende al 70% de su precio. Sí, más o menos lo que habían anunciado. Y seguimos pensando igual: excesivo y aparentemente inútil para evitar al ansioso lector escuchar el canto de la sirena pirata.
Mucho tendrá que mejorar el sistema ofrecido por Libranda para que su gran apertura en septiembre no se torne fiasco. El ebook será el futuro del libro, si es necesario, a pesar de las editoriales, incluso a través de la venta directa de los autores, como ya amenazan algunos. Por ello, si la industria del libro quiere tener futuro tendrá que arriesgar con ideas de futuro, como no hizo ni la música ni el cine.
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jueves, 15 de julio de 2010
Un diálogo al galope
Para que haya un diálogo hacen falta dos. Y eso es lo que se lee en una brevísima entrada del blog de la argentina Laura Wittner (http://selodicononlofaccio.blogspot.com/2010/07/al-paso-al-trote.html) y en el comentario que una lectora española le deja a continuación... (Aunque en las últimas horas se sucedieron otros comentarios, con nuevos participantes.)
(Claro que después habrá que volver sobre las huellas).
A veces, sin embargo, me parece una travesía ágil pero llena de incertidumbre... voy rápido y no sé si estoy haciendo justicia a lo que traduzco y deseo parar y volver sobre mis pasos... pero una vez en racha, lo único que puedo hacer es dejarme llevar. Ya aparecerá un escollo que me frene y me derribe de la montura.
Laura Wittner dijo...
Anónimo dijo...
Laura Wittner dijo...
Al paso, al trote...
Traducir rápido es como galopar – viene el impulso y te pone a teclear como si fueras un caballo espoleado y de pronto sentís que vas cubriendo terreno, llenás de letras la pantalla en blanco como el caballo deja doble huella en la tierra sin pasto.
(Claro que después habrá que volver sobre las huellas).
Comentarios
A veces, sin embargo, me parece una travesía ágil pero llena de incertidumbre... voy rápido y no sé si estoy haciendo justicia a lo que traduzco y deseo parar y volver sobre mis pasos... pero una vez en racha, lo único que puedo hacer es dejarme llevar. Ya aparecerá un escollo que me frene y me derribe de la montura.
María (Madrid)
13 de julio de 2010 19:56
Laura Wittner dijo...sí, claro, por eso pronto volvemos sobre nuestras huellas... viste que en la velocidad siempre está, por debajo de la adrenalina, esa doble sensación de "estaré haciéndolo bien?" y "contra qué me chocaré?".
14 de julio de 2010 09:33
Anónimo dijo...Estoy revisando un traducción muy floja; tengo las piernas llenas de moretones y chichones varios en la frente. Imposible cobrar impulso.
Nora
14 de julio de 2010 13:42
Laura Wittner dijo...ah, nori, no; si el texto de base está mal, es todo el trayecto al paso...
14 de julio de 2010 13:51
miércoles, 14 de julio de 2010
Un escritor entrañable que también traduce
Profesora del College of Staten Island de la City University of New York, Sarah Pollack se ha especializado en literatura hispanoamericana del siglo XX. Suponemos que en ese contexto entrevistó por mail al escritor y traductor mexicano Juan Villoro, un viejo conocido de este blog.
Los hijos solitarios de un padre disperso:
las traducciones de Juan Villoro
La obra de Juan Villoro (México 1956) ha reclamado un espacio gradual en el campo literario mexicano y latinoamericano. Publicó su primer libro en 1980, la colección de cuentos La noche navegable con la cual de inmediato se posicionó como continuador de la mejor narrativa de la Onda. Su imaginario, decididamente urbano, marcó su distancia de otros escritores de su generación, como lo es el caso de Daniel Sada y su narrativa centrada en el norte del país, pero resistiendo la influencia de escritores tan canónicos como Carlos Fuentes y su visión esencialista de la historia y política de México que en momentos aparece imposibilitada de explorar el presente. De hecho, es el fuerte anclaje en el presente que distinguió el proyecto narrativo del joven Villoro y que en más de un modo continúa como eje central de su poética. Sus siguientes novelas y cuentos se adentran en la cambiante ciudad de México, sus metamorfosis políticas, sus fisuras culturales, sus caóticos rituales que Villoro, al igual que Carlos Monsiváis, ha logrado descifrar también a través de crónicas y ensayos. Sus libros más visibles han sido principalmente sus novelas El disparo de argón (1991), Materia dispuesta (1997) y El testigo (2004), con la que obtuvo el premio Herralde de la editorial española Anagrama. La trayectoria de Villoro, sin embargo, ofrece otras dimensiones poco habituales entre las más recientes promociones de narradores mexicanos. Es conocido por su afición al futbol, que además del libro de crónicas Dios es redondo (2006), lo ha llevado a trabajar como comentarista deportivo en televisión, con frecuencia como enviado especial a la Copa Mundial. Villoro se estrenó luego como guionista de cine en Vivir mata (2002), dirigida por Nicolás Echevarría, para el cual incluso escribió las letras de varias canciones inéditas musicalizadas por el grupo de rock Café Tacuba (Villoro sigue aquí su gusto por el rock que explotó como conductor del célebre programa de radio “El lado oscuro de la luna”, en referencia a la banda británica Pink Floyd y transmitido en la ciudad de México entre 1977 y 1981). Su narrativa infantil incluye varios libros siguiendo las aventuras del profesor Zíper, entre otros personajes, hasta llegar a El libro salvaje (2008), en el que un niño intenta leer un libro que se resiste a la lectura. La voluntad de leer, de discernir la realidad inmediata, es uno de los mecanismos centrales en la obra de Villoro como traductor, acaso su faceta menos explorada por la crítica y todavía menos advertida por sus lectores. En su educación primaria, Villoro aprendió el alemán, lengua que define no sólo algunos de los referentes primarios de su obra, sino también sus preferencias como traductor de Lichtenbergh, Goethe y Schnitzler, entre otros (véase la bibliografía incluida al final). En esta entrevista, llevada a cabo por correo electrónico, Villoro discute a profundidad su carrera como traductor, sus afiliaciones teóricas que van de Walter Benjamin a Borges y la manera en que la tradición puede renovarse a través de la traducción, aunque él mismo se considere apenas como un “escritor que a veces traduce”. Sus traducciones son por ello, según las caracteriza el propio Villoro, los “hijos solitarios de un padre disperso”.
–¿Cómo llegaste a la traducción?
–Siempre me han interesado los idiomas. De niño, padecí el calvario de aprender alemán con un método exageradamente estricto, pero luego valoré conocer esa lengua. Soy aficionado a los lenguajes pero no me considero un traductor muy apto, porque me distraigo con facilidad y desarrollo mis propios textos a partir de los de los demás. Por ahí de 1978 trabé amistad con Sergio Pitol, que ha traducido cerca de l00 libros de cinco idiomas distintos, incluyendo el ruso y el polaco. Me dijo que ninguna enseñanza superaba a la traducción porque es la única forma de meterte en las tripas de un libro, de conocer cada una de las decisiones que tomó el autor y de seguir paso a paso sus intuiciones. Me animó a traducir. Siguiendo su impulso traduje varios cuentos de Schnitzler, que reuní con el título general de Engaños porque todos tratan del engaño amoroso. Luego Sergio me recomendó con Jorge Herralde, director de la editorial Anagrama, y así conseguí la traducción de Memorias de un antisemita.
–¿Los textos que has traducido han sido por encargo o por gusto propio?
–He hecho traducciones por necesidad económica. Durante un tiempo traduje textos para el departamento cultural de la Embajada de Estados Unidos en México, y me he visto obligado a traducir cosas para las revistas en las que he trabajado. He propuesto libros, como los de Schnitzler, pero también he tenido la suerte de que me propongan cosas de interés. Los editores me han buscado más como un escritor que ocasionalmente traduce que como un traductor profesional. Por eso he tenido la suerte de que me propongan textos de Capote, Greene o Rezzori. Algunos directores de teatro, que saben de mi interés por determinados autores, me han llevado a textos singulares. Fue el caso de Ludwik Margules, director polaco que durante muchos años vivió en México, que me propuso traducir Cuarteto, de Heiner Müller, o de Luis de Tavira, director de la Compañía Nacional de Teatro, que me propuso una traducción /adaptación/ liposucción de Egmont, de Goethe.
–¿Qué te ha gustado más traducir y por qué?
–Leer y traducir son experiencias distintas. El libro que disfrutas como lector te puede hartar cuando eres responsable de él. Algunos crecen al traducirlos, otros decepcionan. Memorias de un antisemita es un libro de carácter proustiano, que desafía enormemente el estilo literario. Fue un reto entrar en la recuperación de ese mundo, la Bucovina del periodo entre guerras, y evocarla a partir de un idioma distante. Los términos de cacería, las variedades de la comida, las peculiares formas del habla, debían entrar sin pérdida en mi versión. Dediqué seis meses enteros a esa tarea. Es la traducción que más esfuerzo me ha costado y la que me parece más lograda.
Lichtenberg me interesa mucho por otras razones. No sólo se trataba de hacer una traducción sino de introducir a un clásico del siglo XVIII a nuestra lengua. El estudio introductorio era tan significativo para mí como la traducción. Desde el punto de vista técnico, el mayor desafío provino de que Lichtenberg escribió apuntes privados y muchas veces garabateó palabras que podrían significar distintas cosas. La edición crítica de sus Aforismos no apareció sino hasta 1992, de modo que no pude consultarla, porque mi versión es de 1989. Como autor ajeno es del que me siento más cerca.
Otra grata experiencia fue la traducción de El teniente Gustl, primer monólogo interior de la lengua alemana, anterior a Joyce aunque posterior al olvidado Dujardin. Hay otras versiones de ese texto y casi todas incurren en modismos españolistas. Muchas veces, el traductor español usa un lenguaje que es exclusivo de su país; tiene un sentido patrimonial de la lengua y no piensa que eso puede ser exótico para los hispanohablantes de otras latitudes. Esta visión un tanto imperial hace que se españolicen cosas absurdas. Por ejemplo, en una novela Günter Grass, la Nutela se traduce como "Nocilla", una variante comercial española que se desconoce en el resto del mundo de habla hispana. Cuando una marca registrada se españoliza, lo demás puede sonar como "La verbena de la paloma". En una de las versiones de El teniente Gustl se dice que alguien es "un tío cachas". Resulta imposible imaginar a un militar del ejército austrohúngaro hablando de ese modo. En consecuencia, quise lograr un monólogo que fuera funcional para cualquier hispanohablante. Se trataba de construir un español "natural" sin caer en coloquialismos. Como todo el relato ocurre en la mente del protagonista (una mente vacilante, que hace que él sea traicionado por su inconsciente), el desafío consistía en lograr un tono espontáneo sin caer en localismos. Por eso me interesaba tanto hacer esa traducción. Al leer el texto, Freud dijo que en Schnitzler había encontrado a su doble. El texto es un prodigio de la libre asociación de ideas y de la dinámica autónoma del subconsciente. En cambio, no he tenido tanta suerte en inglés. Los cuentos de Capote me parecieron bastante efectistas y casi kitsch al traducirlos, y El general es uno de los libros más débiles de Graham Greene, a quien admiro mucho.
–¿Qué procedimiento sigues al hacer una traducción?
–Todo depende de qué libros se trate. En el caso de Cuarteto resultaba muy importante preservar el sinsentido de muchas frases. Lo complejo es que fuera un sinsentido elocuente en español. Por otra parte, esta obra se basa en Las relaciones peligrosas, de Laclos, y Müller acude, de tanto en tanto, a un alemán del siglo XVIII. Yo acudí a un español más antiguo, del Renacimiento, porque en el ámbito teatral hispano suena mejor el contraste con textos tipo Lope de Vega o Cervantes.
En el caso de Egmont, era menos importante lograr una versión fiel que transformar la obra para que tuviera sentido en una puesta en escena moderna. En este caso, me sirvieron las traducciones ya existentes para decir lo mismo con otras palabras. Además de eso, modifiqué la estructura, hice supresiones, en fin, fue un trabajo muy distinto a todos los demás. Me aparté de mi método habitual que había sido el de traducir a mano, prescindiendo de otras versiones. Luego pasar el texto a la computadora y cotejarlo con versiones existentes en español o en otras lenguas. También me parece muy importante la discusión con otros traductores. Tengo una gran amistad con Susanne Lange, que ha traducido dos novelas mías al alemán y que es la nueva traductora del Quijote. Con ella discuto problemas de traducción al alemán. Por último, en el caso de un texto teatral, me parece imprescindible la lectura en voz alta, pues eso va destinado a los actores.
–¿Te afilias a alguna teoría o visión crítica de la traducción en particular (Walter Benjamin, Umberto Eco, Borges, etc.)?
–Hombre, has mencionado a autores esenciales, que me significan mucho cuando razono la traducción. Borges definió y puso en práctica una teoría de la traducción que juzgaba compatible para todo el campo del español; en este sentido, apelaba a una construcción que generara una ilusión de "neutralidad". Es justo lo que trato de hacer y que se manifiesta de manera especial en El teniente Gustl. Benjamin y Eco han señalado que una buena traducción pone en juego las energías de la lengua de llegada; su cometido más alto es el de renovar la literatura a la que se incorpora. Me gustaría que esto fuera cierto de las traducciones que he hecho, más allá de los errores inevitables de quien, de vez en cuando, se deja ganar más por la imaginación que por la fidelidad.
–¿Qué crees que ha aportado tu experiencia de traducción a tu propia creación literaria?
–No se puede escribir buena literatura sin tener un sentido afilado del idioma. La traducción ayuda mucho a esto. Obviamente, se puede convertir en una carga y aun en una pesadilla. El traductor es un autor tímido, que habla por la voz de otro. Llega un momento en que debes alejarte de la traducción para tener una voz propia. Por eso nunca me he visto como traductor al cien por ciento, sino como un escritor que a veces traduce.
–¿Cómo se ha fortalecido tu idioma de escritor por haber traducido a estos autores?
–Hay autores que no necesitan el contacto con otras lenguas. A mí me divierte mucho malhablar diversos idiomas. No soy un políglota pero me expreso con distintos niveles de confusión en seis idiomas. Se decía que Roman Jakobson hablaba el ruso en ocho idiomas. Yo champurreo varias lenguas y esto me ha servido para mantener un peculiar acercamiento al español. El idioma que escribo pretende tener ciertas vertientes "naturales", pero no es el idioma que se habla en la calle. He tratado de alejarme de la lengua cotidiana sin parecer artificioso, lo cual, por supuesto, es un artificio. Para ello ha sido muy importante la frecuentación de otras lenguas y la necesidad de decir algo semejante en la mía. Mi más reciente libro de ensayos, De eso se trata, debe su título a un hallazgo de traducción de Tomás Segovia, del que hablo en el capítulo dedicado a Hamlet. Toda lectura presupone algún tipo de traducción, de modo que el tema está siempre presente en lo que hago.
–¿Qué huellas identificas en tus propias obras de los autores que has traducido?
–No muchas. Son autores muy distintos a mí. Han servido para poner a prueba mi idioma, pero me siento muchos más cerca de autores que no he traducido, como Chéjov, Calvino o Nabokov (bueno, de él traduje el cuento "Música", para la revista Pauta, pero nada más). La excepción, sin duda, es Lichtenberg. El estilo epigramático de muchas de mis frases aspira a deberle algo. Pero más que una influencia técnica, ha sido para mí un modelo vital. La dispersión de sus intereses y la ironía que los unifica representan una conducta que he tratado de seguir.
–¿Qué buscas aportar al lector mexicano/ hispanoparlante al traducir estos textos?
–El cometido principal es el vincular al lector con la imaginación de un autor de valía. El cometido residual es el de ensanchar el español a través de esa versión.
–¿Se puede hablar de la construcción de una genealogía alternativa de autores europeos/ angloamericanos en tu labor de traductor?
–No, porque mi contribución ha sido muy modesta y azarosa. Greene y Capote deben su suerte a otros traductores. Schnitzler tiene buenas versiones recientes de otros traductores. Juan del Solar hizo una muy buena traducción de los Aforismos de Lichtenberg, distinta a la mía en selección de materiales. No veo mis traducciones como una estrategia de conjunto. Son libros que, eso espero, tienen una importancia única. No forman una familia. Son hijos solitarios de un padre disperso.
Bibliografía de Juan Villoro como traductor
Capote, Truman. Un árbol de noche. Trad. Juan Villoro. Barcelona: Anagrama, 1989.
Goethe, Johann Wolfgang. Egmont (Versión publicada próximamente por la editorial Jus).
Greene, Graham. El general. Trad. Juan Villoro. México, D.F.: FCE, 1985.
Lichtenberg, Georg Christoph. Aforismos. Trad. Juan Villoro. México, D.F.: FCE, 1989.
Müller, Heiner. Cuarteto. Trad. Juan Villoro. (Datos editoriales no disponibles).
Rezzori, Gregor von. Memorias de un antisemita. Trad. Juan Villoro. Barcelona: Anagrama, 1988.
Schnitzler, Arthur. Engaños. Trad. Juan Villoro. México, D.F.: FCE, 1985.
—. El teniente Gustl. Trad. Juan Villoro. Barcelona: Acantilado, 2006.
martes, 13 de julio de 2010
Un traductor con biografía
En El Trujamán de ayer se publicó una espléndida columna de Marietta Gargatagli a propósito de Joseph-Charles Mardrus (foto), autocatalogado como «musulmán de nacimiento y parisino por accidente», aunque era egipcio y católico. Según señala la Wikipedia, "Mardrus fue un gran viajero, recorriendo los mares en busca de las leyendas de su Oriente natal. Como médico, trabajó para el gobierno francés, siendo enviado a Marruecos y al Lejano Oriente". Todo esto y el estilo de Marietta resultan irresistibles para el Administrador de este blog, por lo que el texto se puede leer a continuación.
La boda de Mardrus
Joseph-Charles Mardrus nació en El Cairo (1868), estudió en el Líbano, vivió en París. Como médico viajó por diversos países árabes, como poeta parisino inhaló la atmósfera de una ciudad donde las luchas obreras, el decadentismo, el gusto por lo oriental convivían sin molestarse. Se dice que Mallarmé le sugirió que hiciese una nueva versión de Las mil y una noches y esa obra, publicada en 1903, lo hizo tremendamente popular. La versión del doctor Mardrus estaba destinada a dinamitar la «adaptación» (en palabras de Mardrus) de Antoine Galland, el primer traductor europeo de los relatos árabes. El menoscabo del predecesor tuvo gran éxito porque Le livre des mille nuits et une nuit estaba mejor escrito y contenía un erotismo abultado desde el prólogo: «La adaptación de Galland es un ejemplo curioso de la deformación que puede sufrir un texto al atravesar el cerebro de un hombre de letras del siglo de Luis XIV. Escrita para la Corte, fue sistemáticamente despojada de todo ardor y se tamizó cualquier pasión original».
Aunque críticos posteriores han puesto en entredicho la pretendida literalidad amatoria de los cuentos árabes e incluso la calidad de la versión de Mardrus, la equívoca reputación de esta traducción se ha mantenido inalterable. Debe haber contribuido a esta fama el propio Mardrus, dotado de una excentricidad más perdurable y, en cierto modo, más encantadora que sus creaciones. Y una de sus transgresiones más famosas fue la boda con la poeta Lucie Delarue. El 5 de junio de 1900, diez días después de haberse conocido, se casaron en la iglesia de Saint-Roch. La novia iba vestida de ciclista, con una camisa a cuadros y canotier; él condujo a los testigos y a la familia en los únicos cuatro fiacres automóviles que había entonces en París. Aunque el matrimonio no duró mucho (Mardrus encontró una mujer más «reposada» con la que compartir la existencia), la escena garantizó una popularidad sin límites. Resulta extraño y halagador que un traductor tenga una biografía apasionante (que tenga biografía ya es un mérito) cuando están destinados a la eliminación y al anonimato. Joseph-Charles Mardrus murió en París, en 1949.
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