lunes, 23 de octubre de 2017

Un libro excelente para no comprar en la traducción de Turner

Turner es una editorial española que, según su presentación institucional busca "el enriquecimiento intelectual, propio y ajeno, a través de la búsqueda incansable de información y nuevos enfoques, que finalmente plasmamos en formatos atractivos e innovadores", etc. Si todo se redujera entonces a la mala redacción que busca y busca, el problema no sería grave. Sin embargo, hay más.

El catálogo de Turner es excelente. No obstante, las traducciones de sus libros (que son la mayoría de su catálogo) parecen hechas a propósito para que se lean en dos barrios de Madrid y no en todo el ámbito de la lengua castellana, donde se exportan, a precios escandalosamente altos, sin que haya la menor consideración por los lectores de otras latitudes.

A modo de ejemplo, baste Yeah! Yeah! Yeah! The Story of Pop Music from Bill Haley to Beyoncé, de Bob Stanley, traducido por Víctor Vicente Úbeda Fernández como Yeah! Yeah! Yeah! La historia del pop moderno. Se trata de un libro francamente espléndido, exhaustivo por donde se lo mire y, por cierto, muy ameno, que en su versión "española" hace uso y abuso de un léxico rústico y sólo comprensible en una película de Almodovar. Algunos ejemplos:

1) Hablando del cambio en la música que representaron Buddy Holly, Little Richard y Elvis Presley, se lee: "De repente, el ruido y el frenesí dejaron de ser señales de mala calidad y se convirtieron en valores deseables. Fue visto y no visto: apenas mediaron dos años entre la explosión inicial y la autoparodia: Flaco favor harían a estos pioneros las generaciones siguientes al acuñar la expresión 'estilo de vida roquero' para refirse a actividades como vestir chupas de cuero negro, destrozar televisores, beber Jack Daniel's a morro y colocarse con heroína". (pág. 29).

2) Refiriéndose a los títulos ambiguos de Louis Jordan, anota: "Jordan había aderezado su versión simplificada del swing con maneras de humorista procaz y títulos subidos de tono ('You Run Your Mouth and I'll Run My Buisenss" [Si te  vas de la lengua, te daré tu merecido], "I Like'Em Fat Like That"[Me gustan así de  gordas], "That Chick's Too Young to Fry" [Esa polluela es muy joven para freirla"] )." (pág. 30)

3) Refiriéndose a "Rock around the Clock", de Bill Halley, dice: "Pocas introducciones hay en el canon del pop capaces de provocar un subidón de adrenalida al escaso segundo (literalmente) de empezar a sonar." (pág. 36)

4)  Y también: "La cuestión de la edad podría no haber sido una desgracia tan terrible. Pero es que Haley ni siquiera era el tío Bill, ese pariente enrollado que te ponía sus discos de gramófono de Wynonie Harris y te servía una cerveza de tapadillo cuando tu madre no miraba; el tipo que te hacía sentir parte de una sociedad secreta, superior a los patanes del colegio. No: Haley era el 'otro' tío Bill, el que en las bodas sudaba a chorros y hablaba a voces, lucía rodales en los sobacos de la camisa y soltaba chascarrillos picantes y resentidos sobre su exmujer". (pág. 37)

5) Más adelante, cuando el autor se ocupa de tres rockeros británicos, el traductor le hace decir que "iban sobrados de voz, garbo y presencia..." (pág. 81)

En síntesis, todo el libro está traducido de esa manera, lo que, por cierto, incomoda a los lectores no españoles e impide una lectura fluida. Y lo curioso es que no puede argüirse que todo el libro esté originalmente escrito en slang o en alguna otra forma de argot. En muchos casos es evidente que ante la posibilidad de elegir un término común a toda la lengua, el traductor prefirió mantenerse en los dos barrios de Madrid que conoce, lo cual, es un error en el que ya había incurrido cuando tradujo, para la misma editorial  The Jazz Standards: A Guide to the Repertoire de Ted Gioia, que por alguna extraña razón pasó a llamarse El canon del jazz. Los 250 temas imprescindibles.

Ahora bien, antes de cargar toda la culpa sobre Úbeda Fernández, habría que considerar qué tipo de directiva editorial recibió de parte de los editores, si es que los tuvo. Suponiendo que no esté en el ADN del traductor imaginar que va a ser leído en otras latitudes de la lengua (algo que, a esta altura de la velada, no se lo cree ni Rajoy), eso debería considerarlo el editor y actuar consecuentemente. Sobre todo, teniendo en cuenta que buena parte del catálogo de Turner está coeditado con el Fondo de Cultura Económica de México, que tampoco parece haber realizado esfuerzo alguno para que esos libros, que cunden en sus librerías y que van a llegar desde El Paso a Tierra del Fuego, estén escritos en una lengua que entendamos los hispanoamericanos.

Y no hay excusa. De hecho, quien escribe estas líneas, hace ya muchos años tradujo para esta editorial un libro de John Goldman sobre arte abstracto. Por alguna razón del todo inexplicable, luego de que la traducción, meticulosamente pensada, pasara por el corrector de estilo, aparecieron en ella lindezas del tipo "ir a por" en lugar de "ir en busqueda de" y "cara" por "rostro", y "rostro" por "cara", sin que mediara explicación alguna ya que los editores ni siquiera tuvieron la delicadeza de enviar las galeras al traductor para que pudiera al menos defender sus propias elecciones.

Insisto: el catálogo de Turner es excelente, pero la manera en que están traducidos muchos de sus libros, cuyos originales son decididamente buenos, invita a que, al menos en Latinoamérica, uno no los compre. De hecho, si así fuera, tal vez los editores españoles de Turner pensarían dos veces en el léxico que emplean sus traductores antes de aprobar el libro para la imprenta.

Jorge Fondebrider 







2 comentarios:

  1. Estimado amigo,
    en Turner, no lo dude, hay editores: yo misma soy la editora de la colección Noema, a la que hace referencia, y que por cierto hace más de ocho años que ya no se coedita con el Fondo de Cultura Económica.
    Le agradezco mucho sus comentarios y críticas, porque siempre tiene interés la cuestión candente de las traducciones españolizadas / americanizadas. Aquí somos muy conscientes de que nuestros libros se leen en todo el mundo “en español” y no solo en España, pero también somos conscientes de que el lenguaje está inevitablemente marcado, por más cuidado que uno quiera ponerle a la corrección, y más cuando el estilo coloquial como el de este libro exige un lenguaje vivo y cercano a lo que usted llama “jerga”. En el caso de “Yeah! Yeah!...”, por no hablar en general, yo defiendo que tener a un traductor como Víctor Úbeda, que no solo sabe de música casi tanto como los autores a los que ha traducido para nosotros, sino que escribe con extraordinaria fluidez y expresividad, compensa las posibles desviaciones “personalistas” de su prosa. Porque aquí, además, consideramos que el traductor es otro autor, o al menos otro creador, y como tal se respetan sus decisiones cuando, como es el caso, contribuyen a la calidad del libro. A usted no le gusta, y eso también es respetable y le agradezco que nos lo haga saber. Pero en la duda me quedo con una traducción tan extraordinaria como esta que citamos y la prefiero mil veces a otra más normalizada, pero plana y carente de personalidad y de fuerza narrativa. De estas, por desgracia, tenemos suficientes ejemplos en libros que están escritos con una viveza que se pierde al trasladarla a ese español “neutro” que usted parece echar de menos. Por lo demás, y aunque por entonces yo no dirigía la colección ni trabajaba en Turner, siento mucho que cometiéramos con su trabajo errores tan graves como cambiar “rostro” por “cara”: espero que al menos lo compensáramos poniéndole en su sitio las comas.
    Reciba un saludo muy cordial,
    Pilar Álvarez Sierra.

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    1. Estimada Pilar:
      Comienzo por señalarle que, a pesar de ser editora, leyó mal. En ningún momento hablé de un "español neutro", sino de un castellano que pudiera entenderse en todo el ámbito de la lengua. Y eso no es tan complicado, cuando uno presta la debida atención y, por un instante, se sale del limitado espacio en el que vive, para considerar la existencia de otros léxicos que nos son comunes a todos los hispanohablantes. Y eso no es achatar la lengua, sino eliminar el gracejo al que tan afectos parecen muchos traductores peninsulares, en favor de una mayor expresividad. Le aseguro que se puede vivir sin refranes. Créame.

      Luego, lo que usted llama "posibles desviaciones 'personalistas' de su prosa" --algo de lo que yo tampoco hablé-- nada tiene que ver con el texto original. Un principio básico de la traducción es, justamente, no distraer al lector con aquello que no está presente en el texto de base. En síntesis, creo apropiado que un libro como el de Stanley no huela ni a chorizo ni a butifarra. Y me temo que al señalar que el saber musical de Víctor Úbeda compensa los "personalismos" de su prosa, usted misma admite el déficit en la traducción.

      Ahora, como dije en mi comentario, no es tanto a Víctor Úbeda a quien critico, sino a usted, ahora con nombre y eventualmente cara, por olvidarse de que España no es el principal país de la lengua castellana (México, Estados Unidos y la Argentina tienen más hablantes), sino apenas uno más. Si sus libros funcionan bien en España, háganlos circular por ahí, pero no nos los inflinjan tan alegremente, sin la debida revisión.

      El saludo cordial también es mío.
      Jorge Fondebrider

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