miércoles, 19 de diciembre de 2018

¿A alguien le importa? A nosotros, no.


Silvina Friera publicó ayer en Página 12 el siguiente artículo, donde se detalla la sucesión del actual presidente de la RAE, que se define en el día de mañana. “Los que más apoyos recibieron en la ´primera vuelta’ fueron Santiago Muñoz Machado, Juan Luis Cebrián y José Antonio Pascual. Este jueves se define la elección. El ganador deberá afrontar problemas de financiamiento y abordar la cuestión del lenguaje inclusivo.”, dice la bajada

Tres personajes en busca de un sillón

Tres personajes en busca del sillón de la RAE. Este podría ser el título del conspicuo drama teatral de autoría colectiva, que empezó el jueves pasado, cuando ningún candidato a reemplazar al actual director de la Real Academia Española, Darío Villanueva, logró la mayoría absoluta: 21 votos. De los 46 académicos, solo 41 tienen derecho a votar porque han cumplido con el requisito de haber asistido a doce sesiones durante 2018. Los académicos se volverán a reunir este jueves, a la misma hora y en el mismo lugar, para votar nuevamente entre los tres nombres que más apoyos recibieron en la “primera vuelta”: Santiago Muñoz Machado (18 votos), Juan Luis Cebrián (12 votos) y José Antonio Pascual (un voto). Un jurista, un periodista y ex empresario de medios y un lingüista. Tres personajes hombres. La única mujer que tenía chances, la filóloga Inés Fernandez-Ordónez, obtuvo un voto; pero Pascual, con mayor antigüedad como académico, quedó como el tercero más votado. Será cuestión de tiempo: tarde o temprano se podrá superar ese machismo dominante cuya reprobable conquista se traduce en una práctica que ha sobrevivido tres siglos. En 305 años de historia de la institución no ha sido elegida una directora mujer. Los “varones ilustres” admitieron recién en 1977 a Carmen Conde (1907-1996), que se convirtió en la primera mujer en formar parte de la Academia.

Si este jueves ninguno consigue mayoría absoluta, se procederá a una votación para nombrar un nuevo director por mayoría simple. Una vez elegido el nombre del sucesor de Villanueva, ¿llegará la calma, después de la guerra larvada que se abrió cuando el actual director de la RAE anunció, el pasado 4 de octubre, que no se presentaría a una reelección, al último mandato? “Nunca había trascendido tanto una votación”, reconocieron miembros de la Academia. Esa trascendencia de lo que antes era un “trámite” electoral es consecuencia de que el debate interno y los problemas materiales y simbólicos de la institución estallaron en los medios de comunicación. Los 1,6 millón de euros que recibe la RAE del Estado español -antes de 2008 esa cifra era de 3,5 millones de euros- son insuficientes para cubrir un presupuesto de 7 millones de euros. La crisis económica, lo ha admitido Villanueva, repercutió en el financiamiento de la institución. Como capas de una cebolla, se suma la disminución del 60 por ciento de los recursos de que disponían, la caída estrepitosa de las ventas de libros –especialmente la última edición del Diccionario de la RAE de 2014, una tirada de 50.000 ejemplares que para no ser destruida por la editorial Espasa Calpe se terminó donando– y también se ha reducido la participación privada y la aportación de la Fundación Pro-Rae en varios proyectos. 

Muñoz Machado (Pozoblanco, Córdoba, 1949), el que más votos recibió hasta ahora, es catedrático de Derecho Administrativo en la Universidad Complutense; un abogado que ha cultivado buenas relaciones con el mundo financiero y reciente Premio Nacional de Historia. Juan Luis Cebrián (Madrid, 1944), director fundador del diario El País, alto ejecutivo y empresario del grupo Prisa, ya no ostenta ningún cargo de poder periodístico ni editorial. En mayo de este año dejó la presidencia del grupo en manos de Manuel Polanco. Aunque ha movilizado a sus partidarios en la RAE, parece que hasta ahora los apoyos no han sido suficientes. Pero hay un sector de la Academia, integrado por filólogos, lingüistas y profesores, que lamenta que la pugna se reduzca entre Muñoz Machado y Cebrián, quienes son percibidos como “gestores neoliberales” con chances de vencedores. El tercer candidato, el que pasó a la “segunda vuelta” con un solo voto, José Antonio Pascal (Salamanca, 1942),  es Doctor en Lengua Española y catedrático de Lengua Española de las universidades de Salamanca, Sevilla y Carlos III de Madrid, fundador y primer director de la Revista Española de Lingüística Aplicada, autor de  más de un centenar de libros y artículos dedicados a la lexicografía y a la historia del español, y estuvo al frente del Instituto cervantes de París (1997-2001).

El personaje que finalmente será elegido director de la RAE, además de lidiar con la crisis económica, tendrá que presentar el informe sobre el lenguaje inclusivo para la Constitución de España, un pedido que hizo la vicepresidenta Carmen Calvo, para adecuar el texto de la carta magna a un lenguaje que incorpore a las mujeres. Según anticipó Pedro Álvarez de Miranda, uno de los que participó en la elaboración del informe junto a Paz Battaner, Ignacio Bosque e Inés Fernández-Ordóñez, se siguió un texto previo de Bosque, Sexismo lingüístico y visibilidad de las mujeres, de 2012, donde se advierte que “si se aplicaran las directrices propuestas en las guías de lenguaje no sexista en sus términos más estrictos, no se podría hablar”. En la recta final de una guerra que llegó demasiado lejos, la RAE busca resolver un drama complejo. El nuevo director tendrá que saber seducir al Estado y a la sociedad civil para mantener viva a la principal institución de la lengua que “limpia, fija y da esplendor”. 


martes, 18 de diciembre de 2018

El teniente Kizhé da para todo


Fundada en 2016 por Christian Kupchik y Jorge Consiglio, la editorial argentina Leteo tiene un pequeño catálogo muy apreciable. Con  traducción de Pedro Rey, sus editores acaban de sumar El teniente Kizhé, del ruso Iuri Tinianov (foto). En la siguiente nota, firmada por Fernando D’Addario en Página 12 del 17 de diciembre, se reseña el volumen y se traza su genealogía literaria y musical.

El hombre que vivió sin existir

Los mejores libros tal vez sean aquellos que disparan interpretaciones diversas y lecturas contradictorias, incluso superadoras de la intención inicial de su autor. La flamante edición argentina de El teniente Kizhé, del ruso Iuri Tinianov, funciona acaso como un mensaje en una botella arrojada al mar 90 años después de su publicación original. Resulta conmovedor encontrarse hoy con esta breve novela sobre el costado más ridículo del ejercicio del poder, sobre la construcción de la realidad y la naturalización del absurdo. Al menos, eso es lo que puede interpretarse desde aquí, a miles de kilómetros de distancia, casi un siglo más tarde. Cuando Tinianov la publicó, en 1927, el movimiento cultural al que pertenecía (Opoiaz –Sociedad de Estudios del lenguaje poético– escuela más conocida como de los “formalistas rusos”) ya estaba en franco retroceso en la Unión Soviética y pocos años más tarde Stalin iniciaría la Gran Purga contra todo tipo de vanguardismo. 

La historia de El teniente Kizhé remite por momentos a Kafka, retoma también cierta tradición antiburocrática de los clásicos rusos y prefigura, en algún sentido, aquello que supo describir la película Brazil, de Terry Gilliam: el encadenamiento de absurdos inducidos, a partir de un mínimo –azaroso– error del  sistema.  

En este caso, el que dispara la serie de malentendidos es un escriba inexperto de la cancillería. El joven funcionario comete dos errores en la orden del día que se le debe presentar al emperador. Pero mejor que lo cuente Tinianov: “Había anotado como ‘fallecido’, al teniente Siniujáiev en vez del mayor Sokolov, que venía inmediatamente a continuación y era el verdadero muerto; acto seguido, había apuntado una completa barbaridad: en el momento en que estaba por escribir ‘poroutchiki-zhe (“en cuanto a los tenientes”) Stiven, Rybin y Azantchéiev son nombrados…’ entró un oficial, él se había puesto en posición de firmes cuando trazaba la letra k y, al volver a su copia, se había embrollado, por lo que, en vez de poroutchiki-zhe escribió poroutchik Kizhé (‘El teniente Kizhé’)”.

Como en el régimen de los zares no puede haber malentendidos, el emperador Pablo I ordena darle entidad real al teniente Kizhé, tal como estaba escrito en el expediente. Así, el que no existía va cobrando vida. Se le adjudican crímenes que, por supuesto, no cometió, es enviado a Siberia, después es perdonado, inclusive es reivindicado y ascendido en la jerarquía militar. Nadie se atreve a cuestionar esa “construcción de verdad”. Como contrapartida, el que sí existe (el teniente Siniujáiev) es considerado por todos como un muerto porque así lo dice el expediente. Le quitan los atributos, la ropa, todo. Se convierte, para todos, en un muerto andante. 

La invitación a la alegoría es instantánea. Tinianov sitúa la historia en tiempos de Pablo I,  que tal vez no fue el más sanguinario de los zares (la historia rusa es muy competitiva en ese rubro), pero sí el más imprevisible. Todos le tenían pánico porque cada día, según cómo se levantara el monarca, la misma situación podía derivar en un ascenso o en una condena al exilio en Siberia. La tentación de establecer una analogía con los tiempos que le tocaron vivir a Tinianov es inmediata.  

Hay que decir que el autor debe buena parte de su prestigio a su condición de teórico del formalismo, gracias a escritos como Sobre la evolución literaria y La noción de construcción. La ficción ha quedado, de ese modo, relegada en la consideración de su figura.  Con la finísima edición de El teniente Kizhé, por primera vez traducida al español, que cuenta con un excelente prólogo de Pedro B. Rey, el sello independiente Leteo empieza a reparar esa injusticia. 

La lectura de esta nouvelle invita además a revisitar otros terrenos y estimular otros sentidos. Porque El teniente Kizhé es también una película de Aleksander Faintstimmer (la historia había sido concebida inicialmente como sinopsis fílmica), estrenada en 1934 y hoy prácticamente inhallable aquí. La banda de sonido le fue encargada a Sergei Prokofiev, el notable compositor ruso que tuvo la mala idea de volver a la Unión Soviética después de su exilio.  Antes de conocer las consecuencias de esa decisión (durante años fue atacado por los apparatchiki soviéticos, que no creían en su “reconversión”; vaya paradoja, Prokofiev murió el 5 de marzo de 1953, el mismo día que Stalin) adaptó esa partitura para una suite, que se estrenó en el Bolshoi y terminó siendo una de sus obras más populares. Tanto fue así que derivó en otro de los links que tiene esta historia: en 1985, Sting copió la estructura de El teniente Kizhé (por diferencias en la transliteración del alfabeto cirílico, la obra de Prokofiev se conoce como El teniente Kijé) para componer “Russians”, uno de los mejores temas de uno de sus mejores discos: The Dream of the Blue Turtles. Un plagio que la historia atenuó bajo el eufemismo del “homenaje”. 

Después de publicar este libro, Tinianov siguió escribiendo, pero con menos margen para abordar, a través de alusiones oblicuas, la nueva realidad soviética. Murió en 1943, plena Guerra Mundial, a los 49 años, víctima de la esclerosis múltiple. Alguna forma de justicia literaria debe haberse impuesto al olvido para que un siglo más tarde y por fuera del esquema de la gran industria editorial, esta pequeña y hermosa historia esté al alcance de los lectores argentinos. El teniente Kizhé existe y está vivo.

lunes, 17 de diciembre de 2018

Los gallegos de la RAE (con perdón de los verdaderos gallegos)

Proto académico con
escupidera en la cabeza

Doctor en Historia por la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación de la Universidad Nacional de La Plata y docente de la Facultad de Periodismo y Comunicación Social, de la misma casa de estudios), Fernando Alfón envió la siguiente columna de opinión al blog del Club de Traductores Literarios de Buenos Aires, el cual suscribe todo lo dicho por el académico e invita a los lectores a que hagan circular este texto como para ir preparando el debido recibimiento al futuro Congreso de la Lengua que se realizará en la ciudad de Córdoba (Argentina) en marzo próximo.

La RAE y sus antagonistas:
notas para un armisticio

Las críticas que a diario afligen a la Real Academia Española se dirigen a su obra emblemática, el Diccionario, a causa de su sesgo español y prescriptivo. Las primeras ediciones, en el siglo XVIII, no adolecían de ese sesgo, porque no se solapaba. La Rae se jactaba de su españolismo, de su vocación rectora y floreaba su condición nobiliaria. Un diccionario panhispánico, en cambio, crea malos entendidos y estimula la querella. El problema consiste en que diccionario y panhispánico es un oxímoron; no se puede registrar en un volumen la diversidad de una lengua hablada por 500 millones de personas (la populosa cifra es de la Rae). No se puede y temo que la Rae ni siquiera lo intentó: siguió haciendo un diccionario para españoles, lo adobó un poco de americanismos y lo salió a vender urbi et orbi como lexicón de «todos». El resultado no los avergüenza, pero muchos espeluznamos ante la pesada criatura.

¿A qué se debe que la Rae haya apurado la invención frankensteiniana del panhispanismo? La respuesta está a la mano. Temió que América anhelara una soberanía idiomática, tomara conciencia de su lugar en la lengua y gestara su propio diccionario. No era tanto el horror a que la judía se dijera frijol, poroto o habichuela, del otro lado del océano. Era que el parámetro idiomático se mudara de capital. España ostenta el monopolio del diccionario, de la gramática, de la ortografía; define el patrón de pureza y capitaliza la enseñanza del español en el mundo; hegemoniza las traducciones y lidera la hechura completa del libro en español. Las cifras que eso representa para su economía son siderales.Temió que, al ceder la centralidad, perdiera los réditos que derivan de ella.

¿En qué consiste este panhispanismo fabuloso? Mencionaré un ejemplo. Desde que asumió como director de la corporación, en diciembre de 2014, Darío Villanueva Prieto (oriundo de Galicia) no dejó pasar oportunidad para confesar que, lejos de hacer política, la labor de la Rae se limita a una inofensiva labor descriptiva. Para ejemplificar el saneamiento de la institución, fue siempre al mismo ejemplo: la rápida incorporación del neologismo mileurista. Era una voz muy joven, pero bastó que se acuñara en España para que la Rae la sumara con premura al Diccionario. No la mandó al Purgatorio, desolado desván donde dormitan muchas voces americanas. Desde el Golfo de México hasta Tierra del Fuego, no oímos nunca la palabra mileurista (nadie cobra en euros), ni tenemos especial necesidad de saber qué significa, pero ahí la tenemos estampada en el diccionario «de todos». Ahora bien, si era una palabra que se impuso sólo en España, lo lógico hubiera sido que la mandara a un Diccionario de españolismos, así como las que son exclusivas de algún país americano, las arrinconó en un Diccionario de americanismos. La razón es inconfesable, pero es ésta: España no se siente una región más de la lengua.

Los argentinos hace rato que tenemos abrochadora, aguinaldo, bostero, chizito, concheto, fibrón, mazo (baraja), micro (bondi), pochoclo, telo, ténder, zurdo (de izquierda). Cualquiera de estas palabras hubiera merecido un lugar en un diccionario «panhispánico» —por antigüedad, por uso, por extensión geográfica— antes que la tierna mileurista. Y hay más. Así como la Rae retarda todo aquello que no sea español, desdeña todo aquello que no sea católico. ¿Cómo se explica, si no, que ignore las voces cajeta, choto, manuela, orto, polvo, sorete, trolo? ¿Acaso nos está sugiriendo que son voces indecentes, que ella no consciente que se digan, o cuanto menos no está dispuesta a registrarlas? Villanueva Prieto razona que muchas palabras no ingresan al Diccionario debido a que se trata de un libro, esto es, un número finito de páginas. Augura que una próxima edición de la obra, en soporte digital, no tendrá el límite de espacio. Pero ahí el problema se agravará a mega dimensiones virtuales. Veamos.

La Rae se niega a quitar de su Diccionario la acepción «trapacero» para la voz gitano, argumentando que esa acepción existe y no hay nada que hacer. La respuesta parece «científica», pero nos obliga a la filosófica pregunta de ¿qué es existir para la Rae? He aquí una respuesta. En Argentina, una de las acepciones de gallego es bruto. El Diccionario registró ese sentido recién en su 22ª edición, como quinta acepción, y de uso exclusivo en Costa Rica. En la 23ª edición lo retiró. Se ve que algún vecino de don Villanueva Prieto le hizo llegar la protesta y la Rae supo, en esta oportunidad, escuchar el enojo de una noble comunidad. Si la hubiera definido mejor, en el efímero momento de su existencia, hubiera informado a los lectores que gallego es la forma coloquial con que, en varias regiones de América, llamamos por igual a todos los españoles.

La Rae debería dejar de simular y actuar como su nombre lo requiere: una institución nobiliaria. Al fundarse, allá por 1713, entre los lemas que se propusieron para representarla estuvo el «Aprueba y reprueba». Si no triunfó, acaso fue porque confesaba sin ambages su tarea más enfática. Debería reivindicar ese lema y salir a campear con ese estandarte. El traje de institución democrática y científica le queda muy holgado. Si se lo quitara y volviera al jubón y al cuello de lechuguilla, volvería a encontrarse consigo misma. Su diccionario debe restituir el prólogo de 1726, dejar de llamarse de la lengua española y preferir uno más verosímil como de autoridades. Al fin y al cabo, si blanquea la naturaleza de su labor, no tiene más que esperar una tregua en la guerra que terminará por horadar sus cimientos.

A partir de la crisis de 2008, el Estado Español recortó un 60% el presupuesto destinado a la Rae; el principal problema que atraviesa la institución, sin embargo, no es económico. Revistas especializadas, institutos de enseñanza y universidades de todo el mundo reprochan a diario la forma en que la Rae trata a la lengua. La institución suda por sus finanzas, pero se desangra por la herida de sus sesgos. Trabaja un rato en temas lexicográficos y se fatiga el resto del día conteniendo el desplome de su imagen pública.

¿Por qué oculta su naturaleza monárquica?  Debería dejar de esconder ese sesgo, pues al común de los hablantes no le interesa si la autoridad proviene de muchos o de unos pocos; les basta con que se perciba como autoridad. A nadie le importa saber si una palabra es correcta porque lo impone el uso o porque lo impone la Rae. Se cree en lo «correcto», tanto como se cree en Dios. La Rae siempre dictamina y a menudo logra imponer su criterio. A muchos nos puede parecer sesgado; pero ¿acaso no vale por eso mismo, por sesgado? Muchos hablantes quieren saber qué piensa el Rey, con respecto a tal o cual neologismo, y solo estarían dispuestos a usarlo si el Rey lo consciente. Pues bien, al César lo que es del César. La Rae debería decir: estas son las palabras que nosotros autorizamos, estas son sus definiciones. Por ejemplo, «no incorporamos la palabra youtuber, porque no  nos parece casta; exhortamos a que se diga youtubero. Punto». ¿Qué sentido tendría combatir esa preferencia, si lleva la firma de quién la consiente? No es el anónimo pueblo quien lo ordena, son los explícitos académicos

A la Rae no le iría mal con esta restauración del antiguo régimen. No puede irle mal, porque una buena cantidad de hablantes cree que la lengua debe tener una autoridad que la regule. En 2017, la media mensual de consultas en línea del Diccionarioascendió a 70 millones. Esta cifra también la estipuló la Rae, pero no hay que dudar de ella. En la lengua española, la tradición tutorial de la Rae está muy afincada; es dable pensar que, por lo pronto, esa tradición no será reemplazada.

Ya es tiempo de que la Rae vuelva a su raíz y se confiese como una corporación, destinada a dictaminar, según sus criterios ilustres, qué es bueno y qué es malo para la lengua española. Ya es tiempo de que abandone el gesto de imparcialidad científica, se desahogue y diga, a los cuatro vientos: «¡He aquí lo que Dios manda!». El que crea en Dios, que acate. Ya es tiempo de superar la fatigosa querella que lingüistas, poetas, docentes y ensayistas tenemos con la Rae. Ella debe estar cansada de ser fustigada todas las mañanas; y nosotros estamos cansados de fustigar. Si la Raecree que la lengua debe tener una custodia, si cree que España debe seguir siendo su meridiano (porque alguna vez lo fue), si cree, incluso, que los réditos económicos que provienen del comercio de la lengua deben quedar en España, pues que lo reconozca, se vuelva a enorgullecer de eso y sanseacabó. Nadie que crea en la Rae dejará de respetarla porque asuma su histórica vocación preceptiva. Me atrevo a decir, incluso, que todo su prestigio proviene de que esa vocación no ha cesado nunca.

La lengua no será mejor ni peor luego de este armisticio. Acaso estemos más descansados todos y ocupados en tareas más auspiciosas. Es tiempo de capitular. Lo que viene por delante es muy inquietante; requiere haber saldado este enorme malentendido.

viernes, 14 de diciembre de 2018

"El libro tenía un valor imaginario en el que se apoyaba, no sin conflictos, su valor económico"


Poeta, crítico, editor, propietario de Ediciones Sin Nombre y, actualmente, director del Museo de la Ciudad de México, José María Espinasa es también columnista habitual de La Jornada. Allí, en mayo de este año, publicó la siguiente columna, que tiene como excusa el volumen Libros, del escritor y editor Tomás Granados Salinas, del cual este blog ya se ha ocupado, en su entrada del 29 de marzo de este año.

El valor del libro

Se ha dicho, y con razón, que la irrupción de las nuevas tecnologías ha contribuido a desvalorizar el libro como objeto de culto, vehículo de transmisión de conocimiento y fuente de placer, pero también es cierto que esta caída había ya empezado años antes de que las computadoras y la web irrumpieran en nuestra vida cotidiana. Empezó con la irrupción de la televisión, a partir de los años sesenta, con la tecnología invadiendo nuestra vida cotidiana.

Desde tiempos precolombinos, como depositario de ritos y cosmogonías en los códices, pasando por el virreinato, donde la prohibición y control que había sobre ellos los volvía más apetecibles, y no se diga en el siglo XIX, con su importante contribución a la formación de una identidad y a la construcción de una idea de nación, el libro tenía un valor imaginario en el que se apoyaba, no sin conflictos, su valor económico.

Fue, sin embargo, a partir de la cruzada alfabetizadora de Vasconcelos en los años veinte del pasado siglo que se volvió central en ese imaginario, y ejerció su función en los anhelos de progreso y desarrollo esencial. Pero la irrupción de la televisión lo desplazó en el uso del tiempo libre.

Por otro lado, el legítimo, necesario y exitoso papel del Estado editor, más que desplazar al valor económico, pervirtió, por su exceso, el sentido educativo y civilizatorio al fomentar la corrupción y perder de vista a los destinatarios lectores por complacer a ese Estado editor. Incluso, a partir de que se puso de moda desdeñar a la inteligencia, el libro perdió su papel simbólico de depositario del saber. Piensen nada más en el ex-presidente Fox diciendo que leer nos quitaba capacidad para ser felices y firmando vetos contra la ley del libro. A pesar de ello, el universo del libro sigue siendo fascinante y no sólo para los profesionales del asunto, sino para amplias capas de la sociedad en las que guarda rescoldos de su función anterior.
Libros, la historia del libro
Estas reflexiones surgen a partir de la lectura de un pequeño volumen recién aparecido en la colección Historia Ilustrada de México, coordinada por el historiador Enrique Florescano, debido a la pluma del escritor y editor Tomás Granados Salinas y titulado, sencillamente, Libros. Es un sintético y ameno recorrido por la historia del libro en nuestro país que termina por ser una especie de novela en la que el objeto de marras se vuelve personaje central. El autor y editor con amplio currículo y buenas ideas, se ocupa de contarnos su devenir desde la producción y el consumo, hace referencia a ese período histórico-mitológico de la cultura precolombina del que lamentablemente con-servamos muy pocos códices originales, pues la conquista española los consideró peligrosos por su idolatría y destruyó muchos, porque podemos suponer que hubo una producción abundante y los que conservamos son de las primeras décadas del asentamiento español en territorio nacional.

Granados nos relata la función religiosa de los códices y se desprende de ello que esos “libros” tenían la función de ser depositarios de la memoria y el conocimiento, un poco como ocurría en el Occidente europeo por esos mismos siglos con los libros miniados y manuscritos. Hubo un amplio lapso en que los libros fueron objetos únicos, aunque se intuía ya en ellos su ansia de multiplicación mecánica, posibilidad que sobre todo les vendría a dar la invención de la imprenta. Siempre me han dejado insatisfecho las explicaciones sobre la evolución del libro como rollo a la secuencia de páginas que hoy llamamos así; no me basta pensar que fue un asunto técnico, hay también un sentido nuevo dado por una diferente idea del tiempo.
Lo curioso es que el miedo a los “libros precolom-binos” de los españoles también se refleja en el miedo a los propios de Occidente. El comercio del libro en la Nueva España fue severamente reglamentado y vigilado, aunque –como nos señala el autor de Libros– esos controles se relajaran con frecuencia. Se ha estudiado con detenimiento lo que significaron para la economía del nuevo mundo las prohibiciones, por ejemplo, de cultivar la vid y el olivo, pero se ha insistido menos en la lentitud con que se desarrolló aquí la industria editorial, lo que se explica en parte al señalarse que la propia metrópoli española no era en la época una potencia editorial y que hubo resistencias a su desarrollo, el cual fue mucho más rápido en Flandes, Alemania y Francia que en la península ibérica.

Uno de los pasajes más atractivos del libro es cuando describe su parte comercial: la venta al público, esa necesidad e invención de la librería. Cuando los primeros talleres de impresión llegan a México durante el siglo xvi, el propio taller suele ser el punto de venta y los que suelen encargar ediciones son la Iglesia, el Estado y la universidad, cosa que, con sus asegunes, sigue siendo la situación actual, aunque disminuya el papel de la Iglesia. El estudio de la historia del punto de venta es muy interesante, porque señala la función y el espacio que tenía el libro en la sociedad, como ha demostrado Roger Chartier al estudiar la economía de la enciclopedia francesa y en general el período revolucionario. Es probable que la economía capitalista no sólo se sienta incómoda con el libro por ser una fuente de crítica, sino también porque es un modelo de funcionamiento económico alternativo –la edición por suscripción, la librería como lugar de reunión, la resistencia al envejecimiento como mercancía.

El libro de Granados trae una profusión de imágenes, algunas realmente emocionantes, como las delibrerías del siglo xix y principios del xx. En un fascinante estudio de Marina Garone, encuentro un mapa del asentamiento de librerías en el siglo xviii. Como es natural, están concentradas en lo que ahora entendemos como Centro (primer cuadro), pero que entonces era en realidad toda la ciudad. Es muy interesante ver cómo se ha comportado el mundo librero en la geografía urbana. El asentamiento de la primera imprenta, misma que, como señala Granados, no parece ser el que ostenta esa placa en la calle de Moneda, junto a Palacio Nacional, sino unos metros más allá en la hoy ya destruida Casa de las Ajaracas, nos señala la importancia que tenía el oficio en el mundo virreinal y condiciona su desarrollo a una calle más allá, en la plaza de Santo Domingo, mismo enclave que hoy sigue conservando las huellas de su pasado, no sólo en las imprentas manuales sino en las librerías de viejo de la calle Donceles y en la corrupción de los documentos falsos.

De arraigos libreros y otras carencias
¿Cuál es arraigo y el papel que el libro tiene en nuestra vida cotidiana? Hubo una época en que la biblioteca era un signo de estatus social, en otra lo fue de rareza, en otra más de aspiraciones sociales. Las familias de clase media baja compraban en una época la Enciclopedia británica a plazos y se suscribían al National Geographic. El adolescente reunía libros de los poetas malditos y la señora novelas galantes que leía con una sensación pecaminosa. A sor Juana se le retrata con una biblioteca al fondo y eso sirve a los estudiosos para hablar sobre sus libros, al grado de decirse que la pérdida de su biblioteca obligada por la orden jerónima la llevó a una tristeza que terminó en su muerte. ¿En cuántas pinturas del virreinato o del XIX hay libros presentes? La televisión los excluye hasta como escenografía y el libro electrónico carece de entidad física.

El comportamiento urbano de las librerías ha sido el mismo desde hace quinientos años. Surge cerca de las universidades y las autoridades civiles y eclesiásticas, y la concentración actual de librerías en el sur de Ciudad de México tiene que ver claramente con la proximidad de la Universidad Nacional. Las imprentas, en la medida de su crecimiento industrial, se han ido en cambio a la periferia. Las librerías de usado aprovechan el boom de las colonias de moda, Roma y Condesa, a pesar de los sismos, para concentrar librerías de diverso estilo mientras que otras zonas de la ciudad no tienen una en kilómetros a la redonda. ¿Cómo volver el libro una costumbre, una presencia en nuestra vida cotidiana?

Cuentan de Juan Gil Albert, el escritor español que vino a México con el exilio republicano, que cuando llevaba un libro bajo el brazo y alguien le preguntaba qué estaba leyendo, contestaba que lo había tomado porque el color del lomo le iba bien a la corbata. La anécdota reflejaba la coquetería del personaje, pero en otro sentido refleja lo que quiero decir: volver a ese objeto una presencia física imprescindible, que esté ahí porque forma parte de nuestra vida. Por eso busca uno con la mirada en el Metro quien está leyendo un libro y trata de ver su título. Plantear que leer es un acto excepcional equivoca el camino, lo excepcional en todo caso es lo que viene después de leer: los horizontes más amplios, mayor capacidad de imaginar, un sentido lúdico de la vida que la vuelve más plena.

Libros, de Tomás Granados Salinas es, debería serlo, un referente para la promoción de la lectura. Se viene a sumar a los trabajos de fomento y divulgación de esa práctica, de Juan Domingo Arguelles. Me gusta, por ejemplo, el plural del título. Si lo hubiera titulado, libro, o el libro, le habría dado un tono fetichista, casi religioso, mientras que así son legión o multitud, algo que se comparte. Antes se han escrito ensayos sobre la lectura, sobre el libro, pero no sobre “los libros”, ese plural debe acompañarse de investigaciones y estudios sobre “los lectores”. Pero ese plural nunca anula la individualidad de cada uno de ellos 


jueves, 13 de diciembre de 2018

¿Y si en lugar de llorar por el mamarracho de Ricky Pashkus el presidente llorara por la Argentina? ¿O agotó su cuota de sensibilidad?

La siguiente noticia, con firma de Lorenzo Herrero, fue publicada el pasado 7 de diciembre por el sitio Publishnews. Comenta cuál es la situación de los lectores en la Argentina, a partir de una encuesta realizada por el Ministerio de Cultura con el Sistema de Información Cultural. Sería interesante sacar conclusiones, ¿no?

Un 56% de la población argentina 
no leyó ningún libro en 2017

El Ministerio de Cultura de Argentina junto con el Sistema de Información Cultural de Argentina han publicado la Encuesta Nacional de Consumos Culturales 2017. La encuesta, realizada durante el primer semestre de 2017 fue realizada a una muestra de 2.800 personas mayores de 13 años residentes en aglomerados urbanos de más de 30 mil habitantes y se tomó como base para el cuestionario el el de la misma encuesta realizada en el año 2013. En lo referente a la lectura y al consumo de productos editoriales cabe destacar como la práctica de la lectura no es indiferente al impacto que ha supuesto la digitalización cultural en los últimos 5 años. Por ejemplo, la caída en la lectura de libros va de la mano del crecimiento de la lectura de nuevos formatos textuales en Internet que abren un nuevo horizonte para las prácticas de la lectura en un contexto de crisis del sector editorial argentino del que ya hablábamos en Publishnews a principios del mes de octubre.

Mientras que la lectura en general en Argentina mantuvo valores estables entre 2013 y 2017, la lectura de libros experimentó un notable descenso, bajando del 57% al 44% la población que leyó al menos un libro. Y, aunque este descenso se puede constatar en todos los niveles socioeconómicos es más agravado en el nivel bajo donde ha descendido cerca de 20 puntos situándose en un preocupante 22%. Con respecto a los no lectores cabe destacar que un 26,5% dijo que antes solía leer pero ya no lo hace, y. sobre todo, resulta importante identificar los motivos de la no lectura entre los que sobresale la falta de interés, un 47,1%, la falta de tiempo, un 22,8%, las cuestiones económicas, un 9,1%, el haber dejado de estudiar, un 8,9% y los problemas de salud, un 7,4%. 

Ese 9,1% de no lectores que afirma que no lee porque ha dejado de estudiar confirma que en Argentina la lectura es una práctica muy asociada a la educación ya que un 70% de los encuestados entre 12 y 17 años afirmó leer al menos un libro durante 2017. Además, igualmente que en el estudio de 2013, los valores más altos de lectura de libros se dan en las edades asociadas a la escolaridad y al estudio universitario. Sin embargo, la media de libros leídos al año, incluyendo a los no lectores se reduce a la mitad en estos últimos 5 años, 1,5 libros al año; si este análisis lo hacemos solo con el universo lector el promedio de libros leidos anualmente también desciende desde 2013 de 6 ejemplares a 4.

En cuanto a los géneros literarios que más leen los argentinos en primer lugar se encuentra la Historia (28,1%), los cuentos (24,6%), la novela (24,5%) y las biografías (23,6%). Por otro lado, encontramos paridad entre autores nacionales y extranjeros.

El papel sigue siendo el soporte principal para leer libros en Argentina: mientras que un 43% de la población lo elige como medio de lectura, sólo el 10% lee en formato digital. Con respecto a esta última modalidad de lectura, el soporte más usado para leer libros en pantalla es la computadora. La lectura de libros es el único consumo en el que la computadora supera al celular como dispositivo digital principal.

Complementando los datos de este encuesta nos encontramos el estudio, realizado por las mismas entidades, Mujeres en la Cultura: Notas para el análisis del acceso y la participación cultural en el el consumo y el mercado de trabajo. De donde se extrae que de todos los lectores de libros en Argentina el 60% son mujeres y que además son ellas las que participan, de manera mayoritaria en otros ámbitos relacionados con la lectura, representando un 73% de las personas que participan en las bibliotecas populares.

miércoles, 12 de diciembre de 2018

Sigue el culebrón mexicano del FCE

La situación a la que se llegó luego del exabrupto de Paco Ignacio Taibo II en la FIL de Guadalaja –ver las entradas correspondientes a los días 3 y 11 de diciembre pasados– no cesa de producir nuevos y asombrosos capítulos en el culebrón mexicano sobre la dirección del Fondo de Cultura Económica. Aquí se presentan una columna de opinión, escrita por el conservador y acartonado Christopher Dóminguez Michael, el 7 de diciembre pasado, en el periódico El Universal, de México, y la respuesta a ese artículo, escrita por el poeta y periodista José Jaime Ruiz –quien también es editorialista de Televisa– ese mismo día, en el sitio SDP Noticias.

Taibo o el amedrentamiento

Christopher Domínguez Michael
Una vez más, como hace seis años, el FCE, una de las pocas cartas de nobleza intelectual que México le puede ofrecer al mundo, ha sido tomado como rehén de la transición presidencial. Comenzaba la breve restauración del PRI, cuando a nuestra máxima casa editorial se le quiso usar como caja de resonancia periodística para el nuevo presidente. Hoy, cuando estamos frente a otra cosa, un Orden Nuevo cuya paradoja es borrar todo cuanto sea moderno para devolvernos a lo antiguo, ha sido nombrado para dirigir el FCE un militante ajeno al espíritu de la principal editorial de la lengua.

Desde su nombramiento, frente a las cámaras y con los micrófonos abiertos, el entonces presidente electo lo ultimó a comprometerse con el régimen, habida cuenta del desacuerdo expresado por Ignacio Paco Taibo II con la alianza de Morena con cierta derecha, las cosas empezaron mal. Tras reflexionar algunas horas, quien fuera empresario cultural creador de la Semana Negra de su natal Gijón, aceptó dirigir el FCE.

Semanas más tarde, los inadvertentes vencedores del 1 de julio, cayeron en cuenta que Taibo II era inelegible para el puesto debido a una ley xenófoba, contraria al espíritu de nuestra Constitución, donde se tiene por ciudadanos de segunda clase a quienes eligieron ser mexicanos, lo cual tiene más mérito que serlo gracias al azar. Es una lástima que el Senado se haya apresurado a modificar una ley a la medida de Taibo II, pues ordenanzas de esa naturaleza, en la UNAM, tuvieron como consecuencia que un José Gaos, un Marcos Moshinsky o un Alejandro Rossi, nunca pudiera dirigir, como lo merecían, sus respectivas facultades universitarias, por el pecado original de no haber nacido en México.

Y estando en la sastrería el traje a la medida, Taibo II, en la FIL, demostró su gratitud ufanándose procazmente de su poder e insultando a los que lo consideramos la persona menos adecuada, por su intemperancia y fanatismo, para dirigir el FCE. En el Senado, algunas senadoras lograron retrasar, durante pocos días, el dictamen que modificaba la ley, pero al final será director, como sea (o con el apoyo de los diputados), quien debería estar en la escuela de formación política de sus camaradas, pero no en una editorial que de dejar de ser ecuménica, lo perderá todo.

La manera como Taibo II se jactó de su victoria no fue un exabrupto. En él, como en sus maestros leninistas, el insulto es el recurso más fácil para ejercer el amedrentamiento: su trayectoria pública en llamados a emular la violencia revolucionaria de sus héroes. Lo dicho en Guadalajara no tiene perdón. Lo descalifica moralmente para dirigir el FCE y es un escupitajo en el rostro de Daniel Cosío Villegas, Arnaldo Orfila, José Luis Martínez, Jaime García Terrés, Joaquín Díaz-Canedo o Consuelo Sáizar. Esta última, por cierto, se cuenta entre los funcionarios que más obra material han dejado en los últimos sexenios. Todos ellos han sido como directores del FCE, tributarios de una tradición humanista aborrecida por Taibo II.

Taibo II se quejaba de que en Vuelta o Letras Libres lo ignorábamos. Tenía razón. En junio de 2011, le dediqué un largo ensayo a Todo Belascoarán, la suma de su saga novelística. Justo o injusto, el mío es quizá el único ensayo profesional que se haya escrito sobre él en México, no exento, por cierto, de alabanzas por la manera en que sus primeras novelas refrescaron nuestra narrativa y refundaron el género policíaco, junto con Manuel Vázquez Montalbán, en el dominio del español. Pero con el antiintelectualista Taibo II no hay diálogo posible. Es una de las personas peor educadas de México –en todos los sentidos de la palabra educación– y su mirada es sólo la del ojo clínico que escudriña al “enemigo de clase”.

En funciones de comisario, Taibo II llegó al FCE “a tomar el control del aparato”, como él se refiere, en su terminología estalinista, a lo que para otros ha sido un honor. Sus campañas por la promoción de la lectura –su único galardón como “editor”– se deben, me temo, a la culpa que sufre por ser el más exitoso, en el extranjero, de los novelistas mexicanos. Vive, meritoriamente, de la mano libre del mercado y es fama que sus regalías le permiten pedir sólo un dólar de adelanto.

En aquel ensayo de Letras Libres –está en línea– concluía yo que Paco Ignacio Taibo II era un niño “viejo y atrofiado” rogando por el regreso de los tigres malayos de Sandokán para vengar a las víctimas de Díaz Ordaz en el 68. Pero el energúmeno, rebosante en testosterona, que se acabó de adueñar de aquel infante no vacilará en hacer del catálogo del FCE, su alma, un aparato de agitación y propaganda.

Christopher Domínguez y el fantasma
de Paco Ignacio Taibo II

Un fantasma recorre la mente –y los comentarios– de Christopher Domínguez Michael, el fantasma de Paco Ignacio Taibo II. Para Christopher, como en el anterior sexenio, el Fondo de Cultura Económica es un rehén de la transición presidencial. Hace seis años como “caja de resonancia periodística para el nuevo presidente”, ¿lo logró con José Ramón Carreño Carlón? Por los resultados, no.

Domínguez Michael asegura que es una paradoja del Orden Nuevo borrar cuanto sea “moderno para devolvernos a lo antiguo”. ¿A qué antigüedad se refiere Christopher? ¿A la antigüedad de su fundador Daniel Cosío Villegas? ¿A los grandes momentos, ya antiguos, de Arnaldo Orfila o de José Luis Martínez o de Jaime García Terrés?

¿Por qué Domínguez Michael asegura que Paco Ignacio, ese militante, es ajeno al espíritu del FCE? A ver, Christopher, defínenos el “espíritu” del Fondo? Ya sabemos que para ti PITII es la persona “menos adecuada, por su intemperancia y fanatismo”, para dirigir el FCE. No sé qué tenga que ver la moderación personal con la función de dirigir al Fondo. Tampoco sé a lo que se refiera el colaborador de Letras Libres sobre el fanatismo del próximo director de nuestra casa editorial. Un fanático difícilmente trabaja con otros diferentes en su manera de ver el mundo. Paco Ignacio y José Emilio Pacheco (a quien Domínguez Michael nunca calificó, aunque no estoy seguro, de padecer o disfrutar la intemperancia y el fanatismo) publicaron hace 25 años México, historia de un pueblo. Cuadernos mexicanos. ¿Dónde el fanatismo?

¿Qué el Fondo dejará de ser ecuménico por la llegada de Paco Ignacio? ¡Por favor! ¿PITII debe de estar en la escuela de formación política de sus camaradas y sólo dedicarse a eso? Christopher y sus fobias. Un crítico literario no hace a un buen crítico social y político. Por cierto, ¿cuál es la “tradición humanista” que aborrece Taibo II?

Clasista, Christopher Domínguez Michael se ufana de que , justo o injusto, “el mío es quizá el único ensayo profesional que se haya escrito sobre él en México…”. No, pues sí: Yo, el Supremo Christopher. Por cierto, PITII es “una de las personas peor educadas de México –en todos los sentidos de la palabra educación– y su mirada es sólo la del ojo clínico que escudriña al ‘enemigo de clase”’. ¿Habla Christopher de Taibo II o de sí mismo? Por lo de la mirada, porque sabemos que Christopher Domínguez Michael es una de las personas mejor educadas del país. Ahora sí que el crítico se voló la barda y su ojo clínico ni siquiera se volvió cínico. Resulta que decenas de millones de mexicanos tienen, en todos los sentidos, mejor educación que Paco Ignacio.

A la fina mojigatería de Domínguez Michael le enfadan las leperadas de Taibo II, pero, pulcro y exquisito como es, él también lo insulta y lo descalifica por ser “comisario”, un niño “viejo y atrofiado”, “energúmeno, rebosante en testosterona” que no vacilará en hacer “del catálogo del FCE, su alma, un aparato de agitación y propaganda”.

O sea que Christopher ya sugiere que habrá una profunda purga en el catálogo del Fondo, en el extenso, hermoso, ecuménico y humanista catálogo del Fondo, para que queden en él –pasado y futuro– sólo libros provocativos de agitación y de propaganda. Elitista, el colaborador de El Universal enseña el cobre: las campañas de la lectura son el único “galardón” como editor de Paco Ignacio.

Sí, esas campañas como en Iztapalapa (¿conoce el lugar Christopher?) donde acudieron más de 15 mil personas. Esos tianguis y mercados de libros donde se han regalado más de medio millón de ejemplares, esas campañas donde se han publicado más de 147 títulos, según consignó hace dos años el periódico El País

Entrado en celos, Domínguez Michael le pega a ser psiquiatra o psicólogo y cree que esas campañas “por la promoción de la lectura… se deben, me temo, a la culpa que sufre por ser el más exitoso, en el extranjero, de los novelistas mexicanos. Vive, meritoriamente, de la mano libre del mercado y es fama que sus regalías le permiten pedir sólo un dólar por adelanto”.

Más pobreza en los argumentos de quien se jacta de ser un profesional de la crítica no podría haber. Ni modo, Christopher, todos sabemos que denostar no es criticar. Pronto tendrás una segunda oportunidad, espero lo hagas con un mejor talante, sin caer en la intemperancia y en el fanatismo.

martes, 11 de diciembre de 2018

Más sobre las "declaraciones desafortunadas"


Dos noticias tienen como protagonista a Paco Ignacio Taibo II en la actual transición mexicana. La primera fue publicada por La Jornada el martes 4 de diciembre; la segunda, con firma de Alberto Morales, el miércoles 5 de diciembre en El Universal. Y todo hace que pensar que la cosa no se queda aquí.

Paco Ignacio Taibo II llegó al FCE
como ‘‘gerente editorial, encargado de despacho’’

El escritor Paco Ignacio Taibo II acudió la mañana de este lunes a las instalaciones del Fondo de Cultura Económica (FCE) ‘‘por instrucciones del presidente de la República, a asumir la transición en términos de gerente editorial encargado de despacho del director del Fondo”, dijo.

En una breve charla con algunos periodistas que lo esperaban en la entrada de las instalaciones de esa editorial, en la carretera Picacho-Ajusco, el promotor cultural añadió que no ofrecería conferencia de prensa: ‘‘dennos cuatro o cinco días y los convocaremos a una con un primer análisis de lo que hay, y sobre todo, de lo que proponemos”.

Aseguró que hay un edicto donde se indica su nombramiento. Sin embargo, no indicó dónde se puede consultar ese aviso y en la edición matutina del Diario Oficial de la Federación del lunes 3 de diciembre no había ninguna publicación al respecto.

En el Portal de Obligaciones de Transparencia, hasta ayer, seguía apareciendo como director del FCE José Ramón Carreño Carlón, con un sueldo mensual bruto de 148 mil 9 pesos 6 centavos. Por instrucciones también del presidente Andrés Manuel López Obrador, el nuevo director del Fondo percibibirá menos.

En el Senado, la discusión de la reforma a la Ley Federal de las Entidades Paraestatales se pospuso para hoy, luego de conocerse el pasado jueves (cuando se votaría el dictamen) las declaraciones que Taibo II hizo en la Feria Internacional del Libro (FIL) de Guadalajara, cuando dijo: ‘‘sea como sea, se las metimos doblada”, a propósito, precisamente, de las adecuaciones a la normativa que le permitirá dirigir el FCE sin ser mexicano por nacimiento.

Acerca de la decisión de algunos senadores de posponer la reforma, comentó a su arribo a la editorial del Estado: ‘‘los legisladores tienen su propio camino; no es el mío”.

Luego, bromeó: ‘‘Cuidado con los muebles que todavía no tengo responsabilidad sobre ellos”, antes de ingresar de prisa a ‘‘tomar el control del aparato. Vamos a proceder a la transición y luego vamos a conocer, recorrer, platicar”.

También informó que estaría personal de la Secretaría de la Función Pública para atestiguar la entrega-recepción.


“Desafortunadas, las declaraciones de Taibo II;
merece dirigir el FCE”

Tras calificar como “desafortunadas” las declaraciones de Paco Ignacio Taibo II, el presidente Andrés Manuel López Obrador aseguró que el escritor merece dirigir el Fondo de Cultura Económica (FCE).

“Hubo una expresión desafortunada, él, como es hombre de convicciones ofreció disculpas y creo que merece ser el coordinador del FCE, me sentiría muy apoyado yo y respaldado en esta labor.”, aseguró en una conferencia de prensa en Palacio Nacional.

El pasado 28 de noviembre, en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, Taibo II dijo que si el Congreso no aprobaba la “Ley Taibo”, el presidente López Obrador emitiría un edicto nombrándolo encargado de despacho: “Sea como sea, se la metimos doblada, camarada”.

A pregunta expresa, López Obrador dijo que “todavía no sé bien cómo va a quedar lo de Paco Ignacio, desde luego que a mí me gustaría mucho que él se hiciera cargo del FCE”.

Destacó que el escritor, de origen español es un gran intelectual con una vasta dimensión social. “Hay intelectuales muy buenos, buenos escritores, pero no todos ayudan, no todos contribuyen a lo social.”

Destacó que Paco Ignacio Taibo II es uno de los principales promotores de la lectura en México.

lunes, 10 de diciembre de 2018

Opiniones de una traductora estadounidense

Smantha Schnee

El pasado 3 de diciembre, el crítico estadounidense Ed Natowka publicó en Publishnews la siguiente reseña sobre la traductora Samantha Schnee, quien señala, según sus gustos, a una serie de escritoras latinoamericanas que le interesan.

Escritoras en lengua española para seguir

Samantha Schnee, que asiste a la FIL con una beca para traductores, comenzó a publicar como asistente del agente literario Andrew Wylie, lo que le dio acceso de primera fila a las carreras de algunos de los autores más famosos del siglo XX.

Schnee abandonó una carrera en banca de inversión para dedicarse a la vida literaria y aprovechó su tiempo con Wylie para editar Zoetrope: All-Story, antes de obtener su maestría en escritura creativa. En 2003, se asoció con Alane Salierno Mason y Dedi Felman para lanzar Words Without Borders, la innovadora organización de defensa de la traducción y revista literaria online. Ahora, Schnee, que vive en Houston, es la directora ejecutiva del grupo. Desde su lanzamiento, Words Without Borders ha publicado más de 2.200 escritores de 134 países, traducidos de 114 idiomas, incluyendo unos 400 artículos traducidos del español.

Schnee es, asimismo, traductora de español, ha trabajado en dos novelas de la escritora mexicana Carmen Boullosa, Texas 2014: The Great Theft (Deep Vellum), que fue preseleccionada para el Premio de Traducción PEN y ganó el Premio de Traducción Tipográfica, y el próximo The Book of Ana (Coffee House, 2019). También tradujo Landing de Laia Fàbregas, que fue publicado por Hispabooks en 2016.

Además, Schnee observa los mercados en español para el London Literary Scouting. Esto la coloca en una posición única para observar el desarrollo de la escritura y la traducción en español. Mientras se preparaba para ir a FIL, le pedimos que compartiera los nombres de las escritoras que trabajan en español a las que le gustaría ver traducidas más ampliamente y que recomendaría a sus colegas. Estas son sus opciones:

Agustina Bazterrica / Argentina
"Bazterrica es una de las escritoras que hay que seguir. Su novela Cadáver Exquisito ganó el año pasado el premio Clarín de novela, elegida de entre una preselección de 10 títulos de entre las 494 propuestas presentadas. Los jueces dijeron de ella que es "una gran novela que examina el siniestro funcionamiento de una sociedad distópica y caníbal, notable por la atmósfera densa e hipnótica que crea, su sorprendente trama, su lenguaje directo y despojado, y su capacidad para iluminar los oscuros entresijos de la vida cotidiana".

Jeannette Clariond / México
"Clariond es otra poetisa mexicana que dirige su propia editorial, Vaso Roto. Ha traducido las a la poetisa italiana Alda Merini y la obra poética de Primo Levi, y está trabajando en las obras completas de Elizabeth Bishop. Estará en la FIL este año".

Lola Copacabana / Argentina
"Ella está haciendo un MFA en Iowa ahora mismo y codirige Momofuku, una pequeña editorial en Argentina. Traduje un extracto de su obra para la antología Bogotá39, que nombró a los 39 mejores escritores latinoamericanos menores de 40 años. Puede ser un poco experimental".

Claudia Hernández / El Salvador
"Julia Sanches ganó una beca de PEN/Heim por su traducción de Roza, tumba, quema (Slash & Burn, en inglés) de Hernández. El poder y el tema de la novela son profundamente convincentes: una joven cuyo padre es un luchador por la libertad se ve atrapada en la guerra y tiene tres hijas de tres hombres diferentes. Ella lucha por criarlas en un mundo peligroso para las mujeres. El libro se lee como altamente autobiográfico."

Ámbar Past / México
"Ámbar Past está haciendo cosas realmente increíbles en Chiapas; es una poetisa trilingüe (inglés/español/zotzil) que comenzó un colectivo editorial de mujeres llamado Taller Leñateros para ayudar a documentar y preservar la mitología y la tradición local. El personal y la dirección son mujeres. Elena Poniatowska es fan del proyecto y me dijo: 'Es un trabajo muy importante'".

Samanta Schweblin / Argentina
"Su novela Distancia de Rescate (Fever Dream en inglés) fue preseleccionada para el Premio Internacional Man Booker en 2017, ¡y tiene mucho más en ella!".