jueves, 28 de mayo de 2026

La fragilidad del papel vs. la de lo virtual


El domingo 17 de mayo, el editor, ensayista y poeta mexicano José María Espinasa publicó en La Jornada Semanal, de México, el siguiente artículo, a propósito de la oposición entre los textos publicados en papel y en la web.

Publicaciones en papel: la duración de lo frágil

Durante siglos la sensación que tenía la cultura occidental respecto al libro en papel era su condición frágil, si no efímera, sí amenazada por el fuego, la humedad, las guerras de diversa índole. A las civilizaciones del texto correspondían guerras religiosas. Ya a finales del siglo XIX y principios del XX, la amenaza fue la acidez del papel: con el tiempo, como la carne, se volvía polvo. Frente a esa fragilidad, Occidente creó las bibliotecas, los museos y los archivos. Hace treinta años el mundo digital vino a trastocar esa búsqueda de la permanencia. Trastoquemos la cita: todo lo virtual, carne o papel, se desvanece en las redes. Y ahora, nostálgicos al fin, se tiene la sensación de que el papel es eterno y que la edición barata en la que leímos Crimen y castigo durará toda la eternidad, o –el equivalente personal– lo que dure mi vida.

El desplazamiento del papel al bit ha sido particularmente violento en los libros de consulta –enciclopedias, diccionarios–, hoy fuera de uso. Sin embargo, y se lo agradezco, hay profesores que siguen pidiendo al joven escolar que lleve a clases un diccionario en papel. Pero tal vez donde el golpe ha sido más devastador es en el terreno de las publicaciones periódicas.

Según las informaciones de que se dispone, los periódicos han reducido al mínimo su tiraje en papel y la mantienen porque, según parece, si no hay versión en papel la digital se lee muy poco. En la vida cotidiana eso se ve en los puestos de periódico, que ya casi no venden diarios y en cambio se han llenado de libros –y, desde luego, de dulces y alimentos chatarra. La frase de la canción popular –ya para qué leer un periódico de ayer– se ha transformado en “ya para que leer un periódico de hoy”, pues no confiamos en que haya un mañana.

La fragilidad de lo virtual es una metáfora de nuestra angustia. Los semanarios políticos sufren una situación muy parecida. Las revistas, por su lado, son poco leídas, no sólo en papel sino también en la red. Algunos expertos señalan que se está en una fase de reacomodo de las prácticas lectoras. Por ejemplo, mientras que las editoriales independientes proliferan, las revistas no; prácticamente han desparecido, incluidas las digitales. En cambio, las académicas, que en principio parecerían las más abocadas a desaparecer, han ofrecido una sutil resistencia con la convivencia de los dos soportes. ¿Y las de extensión universitaria o difusión cultural? No es fácil ver claro porque su circulación es por lo menos azarosa.

Por ejemplo, hace unos días llegó a mis manos el ejemplar de Armas y Letras, fechado en enero-abril de 2024, según se consigna en la página legal, el 113. El título siempre me ha parecido más propio de una publicación del siglo XIX que del XX, y desde luego que del XXI. Es una revista de la Universidad Autónoma de Nuevo León, casa de estudios que es ahora uno de los faros editoriales en México gracias al poeta José Javier Villarreal y al narrador Antonio Ramos Revilla. Más que juzgar la revista o el número quiero consignar aquí mi reacción: la hojeo con curiosidad y termino leyendo varios de los textos que se publican, algo que no me ocurre cuando me encuentro, también por azar, con una revista digital. Esa reacción se hace extensiva a otras revistas de difusión cultural vinculadas a universidades, como La Palabra y el Hombre, Luvina o Revista de la UNAM, por limitarme a las universitarias. Esa reacción no sólo responde a que no soy nativo digital, pues también la percibo en lectores muy jóvenes, que leen libros –pero no revistas– en sus dispositivos y tabletas. Diría que eso responde la tangibilidad física del papel. Es también cierto que esas revistas ya no se guardan en el librero y suelen tener una ruta extraña ante los lectores. ¿Se acuerdan de aquella original pero poco efectiva campaña “abandona un libro”? Sin campañas, las revistas se suelen abandonar –en un autobús, en un café o en manos de otro lector– y así en el azar encuentran a veces nuevos lectores.

Vuelvo, sin embargo, a la caducidad o duración del papel. El que la primera sensación se desplace hacia la segunda tiene que ver con la necesidad de certezas. El papel es más cierto –más verdadero– que el bit. Porque la memoria digital –acumulativa– no es la memoria humana –selectiva. El signo más radical: la inteligencia del hombre y la inteligencia digital no entienden, suponiendo que entiendan algo, lo mismo en la palabra “inteligencia”. Por eso, tal vez, como ejemplifica el caso de la UANL, las universidades, que florecieron a la par que la cultura del libro en papel, sean los espacios en que intuitivamente se defiende la duración –no necesariamente la permanencia– de la palabra impresa en papel. Es la revista física la que me lleva a consultar la página web de Armas y Letras y a hojearla de manera fortuita.

Eso nos lleva a otro tema: los motores de búsqueda de la web. Son imprescindibles, pero hasta ahora producen más ruido que música. Tal vez sea ese el terreno en que la inteligencia artificial y las estrategias de los algoritmos, hasta hoy pensados en su función comercial, puedan tener una enorme consecuencia. Les sugiero, sin embargo, a los panegiristas de la IA leer en el ya casi septuagenario libro de Gabriel Zaid La máquina de cantar para entender lo que siempre estará del lado humano, no del técnico.

En un panorama con sesgos apocalípticos como los que ahora vivimos, seguir pensando la duración de lo frágil –la vida misma por ejemplo– parece frívolo, pero es absolutamente necesario.

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