Puestos a hacer historia, el Booker Prize se creó en 1969 patrocinado por la empresa británica Booker McConnell, dedicada al comercio y la agroindustria. El primer ganador fue P. H. Newby por la novela Something to Answer For. En 2002 el patrocinio quedó en manos del Man Group ("una empresa gestora global de inversiones alternativas, dedicada a buscar valor a largo plazo, signifique esto lo que signifique"), y el galardón pasó a llamarse Man Booker Prize. Luego, en 2019 la Crankstart Foundation ("una fundación familiar de San Francisco, dedicada a fortalecer los pilares de una sociedad justa: un acceso más amplio a una mejor educación, empleos con perspectivas de ascenso, seguridad habitacional, bienestar social y la protección de los derechos civiles") asumió el patrocinio. Desde entonces, el premio recuperó el nombre de Booker Prize. Se lo considera el más importante premio literario de la lengua inglesa.
Casi el único criterio que predominó desde sus inicios fue el de la lengua. Si bien durante los primeros años el premio era sólo para autores de la Commonwealth, Irlanda, Zimbabue y Sudáfrica, en 2014, se decidió que estaba abierto a la participación de cualquier escritor, independientemente de su nacionalidad, siempre que la obra hubiera sido escrita originalmente en inglés y publicada en el Reino Unido o Irlanda.
Resulta importante con confundir el Booker Prize con el International Booker Prize, que distingue obras de ficción traducidas al inglés y que otorga un premio económico compartido entre el autor y el traductor, destacando la importancia de la traducción literaria.
Como todos los premios, el Booker Prize tiene jurados designados por el administrador del premio. Suelen ser escritores, críticos literarios, académicos, periodistas culturas, libreros y, últimamente, personalidades públicas con reputación de lectores. Son cinco o seis individuos que, luego de leer deciden entre 12 o 13 novelas (que constituyen la longlist), que luego se reducen a 6 finalistas (shortlist), de donde sale el ganador o la ganadora.
El ganador del premio recibe 50.000 libras esterlinas. Los otros cinco finalistas, 2.500 libras y un ejemplar de la novela presentada especialmente encuadernado. Con todo, todos los participantes elegidos en las distintas instancias del premio recibe una enorme atención pública que se traduce en ventas, traducciones y, por lo tanto, reconocimiento internacional.
A modo de observación, y para que quede constancia, todos los premios literarios que se otorgan en el mundo dependen del conocimiento y gusto de los jurados, por lo que hay una relación directa entre quien premia y lo que se premia, que uno podría remontar a quienes eligen a los jurados. En algunos casos, hay suerte y en otros, no. Para no mencionar los muchos compromisos existentes entre los premios y las editoriales que, en algunos casos, como el del Premio Planeta, son motivo de frecuentes escándalos.
Todo esto nos lleva a una verdad de Perogrullo que, prensa mediante, no siempre se suele tener en cuenta: una cosa es la literatura y otra el negocio que se arma a su alrededor. La literatura puede seguir siendo una forma de cultura; los negocios, no. Borges solía decir que, a veces, a pesar de que un escritor reciba un premio, puede no ser malo. Basta con tenerlo en claro para no comprar espejitos de colores. Las mesas de oferta, en todo el mundo, están llenas de libros premiados
Jorge Fondebrider
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