El bosque inagotable de los hermanos Grimm
Érase una vez… Y vivieron felices y comieron perdices. Son principio y fin de nuestra vida desde que somos escuchadores de cuna hasta que se leen cuentos a los nietos. Entre esas dos frases hay siempre una historia mágica; también cientos de años de folclore y tradición oral hasta que un cuarteto de escritores a los que les debemos nuestro ADN infantil, Charles Perrault (siglo XVII), Jacob Grimm, Wilhelm Grimm y Hans Christian Andersen (siglo XIX) pusieron por escrito y canonizaron a madrastras, princesas bellas, esbeltos príncipes, ogros crueles y brujas horripilantes. Antes incluso de leerlos, conocemos a sus personajes; sabemos que Caperucita debe atravesar un bosque, que una chica pierde un zapato, que una princesa duerme durante años y que dos hermanos abandonados encuentran una casa donde la abundancia esconde una amenaza. Son historias que han sobrevivido a sus versiones originales, a las traducciones, a las adaptaciones cinematográficas y a incontables reescrituras, hasta el punto de que resulta difícil precisar dónde las escuchamos por primera vez. Andrés Seoane lo resume en el prólogo de los Cuentos completos de los hermanos Grimm con una frase que explica también la oportunidad de volver a ellos: «Los conocemos tanto que hemos dejado de mirarlos».
Se propone ahora precisamente eso: mirarlos de nuevo y, sobre todo, mirarlos juntos. La edición, con traducción de Alberto Gordo e ilustraciones de Arturo Garrido, recupera la última recopilación publicada por los Grimm en 1857, pero añade los cuentos presentes en ediciones anteriores que después desaparecieron, además de otros textos publicados de manera dispersa. El resultado permite comprobar enseguida hasta qué punto nuestra idea de los Grimm está construida sobre una selección mínima de su trabajo: detrás de «Blancanieves», «Cenicienta», «Caperucita roja», «Hänsel y Gretel», «La bella durmiente» o «Los músicos de Bremen» se extiende una multitud de relatos de muy distinta naturaleza.
Hay doscientos en la recopilación principal, seguidos por las llamadas leyendas infantiles; después aparecen los textos de ediciones previas que no llegaron a la última de 1856-1857 y, finalmente, los publicados en revistas. Entre los primeros encontramos títulos conocidos y otros que hoy resultan casi extraños; entre los recuperados figuran «El gato con botas» y «Barbazul», junto a «Los niños que jugaron a las matanzas», «El castillo asesino», «Los niños hambrientos» o «El ladrón y sus hijos». «Hubo un tiempo en que los cuentos de hadas eran cuentos sin hadas. También hubo un tiempo en que no pertenecían a los niños. Ni siquiera pertenecían a los libros», apunta Seoane. Los cuentos viajaban, cambiaban al pasar de una voz a otra y podían adquirir variantes diferentes según el lugar y quien los narrara. Los Grimm aparecen en un momento determinado de ese larguísimo recorrido, cuando deciden recoger y ordenar unas historias que los precedían y que probablemente habrían continuado transformándose sin ellos. Su importancia reside en la extraordinaria tarea de recopilación que emprendieron: «Escucharon, reunieron, compararon, ordenaron, corrigieron y reescribieron un inmenso caudal de narraciones populares». Esto permite entender tanto la procedencia colectiva de estas historias como la intervención de los Grimm en la forma bajo la cual muchas terminaron llegando hasta nosotros.
Tampoco nació aquella empresa pensando fundamentalmente en los niños. Ambos fueron filólogos, lingüistas y estudiosos de las tradiciones germánicas, y su trabajo con los cuentos formaba parte de un interés intelectual mucho más amplio por la lengua y por las manifestaciones de la cultura popular. El prologuista señala que su propósito inicial tenía «algo de excavación arqueológica»: intentaban preservar materiales transmitidos durante generaciones en un siglo XIX que avanzaba rápidamente hacia otras formas de vida y de cultura. Pero aquel proyecto terminó convertido en uno de los repertorios narrativos de mayor difusión de la historia.
Versiones y variantes
En cualquier caso, fijar por escrito una tradición oral supone inevitablemente transformarla. Los cuentos no llegaron a los Grimm como piezas intocables que bastara con copiar. Existían versiones, variantes, contaminaciones y procedencias diversas, y ellos mismos modificaron los textos a lo largo de las sucesivas ediciones. Por eso Seoane sitúa el conjunto en «un territorio fronterizo entre la oralidad y la escritura, entre la tradición colectiva y la intervención autoral, entre la investigación académica y la creación literaria». La imagen que elige para recorrer este universo es el bosque, escenario recurrente donde los personajes se pierden, escapan o afrontan peligros. El bosque de los Grimm puede contener una casa, una bruja, un animal que habla, una promesa o una amenaza y funciona como «un lugar de incertidumbre, pero también de revelación».
Aquí conviven campesinos y reyes, niños abandonados, soldados, sastres, criados, santos, diablos, gigantes, pájaros, zorros y objetos mágicos; relatos religiosos junto a otros humorísticos, historias crueles al lado de fábulas y narraciones de transformación, castigo, fortuna o supervivencia. Por eso, Seoane define el libro como «un inmenso archivo de la imaginación humana», y, en efecto, regresar hoy a los hermanos Grimm significa entonces reencontrarse con Caperucita, Cenicienta o Blancanieves, pero también seguir caminando cuando esos nombres conocidos han quedado atrás. El bosque empieza precisamente donde creíamos que terminaba.

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