viernes, 6 de agosto de 2010

En el lugar del crimen, un poema sospechado de apócrifo, y detrás, una posible traducción (III)


Finalmente, el artículo de Héctor Abad Faciolince, escritor colombiano e hijo del médico asesinado, que publicó Letras Libres de México en agosto de 2009, con su propia versión de la historia.

Un poema en un bolsillo

Yo no me acuerdo ya del momento en que esta historia empieza para mí. Sé que fue el 25 de agosto de 1987, más o menos a las seis de la tarde, en la calle Argentina de Medellín, pero ya no me acuerdo bien del momento en que metí una mano en el bolsillo de un muerto y encontré un poema. En este caso tengo suerte; apunté en mi diario, aunque nunca pensé que lo fuera a olvidar, que había encontrado un poema en el bolsillo de mi padre muerto. Ese momento yo ya no lo recuerdo. Todo aquel que haya llevado un diario lo sabe: hay trozos de la vida perdidos en el recuerdo que, sin embargo, la escritura recobra con una nitidez que se parece mucho a la vida.

Como yo no recuerdo bien lo que pasó al caer la tarde del 25 de agosto de 1987, como el recuerdo es confuso y está salpicado de gritos y de lágrimas, voy a copiar un apunte de mi diario, escrito cuando aquello estaba todavía fresco en la memoria. Es un apunte muy breve:

"Lo encontramos en un charco de sangre. Lo besé y aún estaba caliente. Pero quieto, quieto. La rabia casi no me dejaba salir las lágrimas. La tristeza no me permitía sentir toda la rabia. Mi mamá le quitó la argolla de matrimonio. Yo busqué en los bolsillos y encontré un poema."

Hasta ahí el diario, en la entrada del 4 de octubre del año 87. Después hay algunas citas dispersas de versos del poema, pero en mi cuaderno no transcribo el poema completo. El poema completo lo publiqué después, el 29 de noviembre de 1987, en el Magazín Dominical de El Espectador. Ahí digo, por primera vez, que el poema es de Borges.

¿De dónde saqué yo que el poema era de Borges? No lo sé bien. Lo más probable es que el poema escrito a mano viniera firmado con su nombre, o por lo menos con sus iniciales. Porque esa hoja copiada de puño y letra de mi padre yo ya no la encuentro. Me dirán que eso no puede pasar, que uno no pierde ni bota algo así, un documento tan íntimo, un papel tan importante. Soy desordenado, olvidadizo, a veces indolente. Además, yo salí de Colombia el día de Navidad del año 87, sin pasar siquiera por mi casa a empacar la maleta. Todo se quedó atrás, en manos de una familia enloquecida de tristeza y de miedo. En algún momento el papel se extravió; o alguien, sin pensarlo, lo tiró a la basura como una cosa más entre las cosas. Sin embargo, fuera de la publicación en el Magazín, tengo otra prueba.

Es una prueba tallada en piedra. Se trata de la lápida que pusimos en el cementerio de Campos de Paz, sobre la tumba de mi padre. Se puede todavía ver, o al menos adivinar, el poema, porque incluso las palabras cinceladas en piedra se van borrando, igual que la vida y tal como los sueños.

En la lápida el poema está firmado por unas iniciales: J.L.B. Son las mismas de Borges. Fuera del cuaderno, fuera del Magazín, fuera del mármol, el poema ahora también está impreso en mi memoria y espero recordarlo hasta que mis neuronas se desconfiguren con la vejez o con la muerte. Dice así:

Ya somos el olvido que seremos.
El polvo elemental que nos ignora
y que fue el rojo Adán y que es ahora
todos los hombres, y que no veremos.

Ya somos en la tumba las dos fechas
del principio y el término. La caja,
la obscena corrupción y la mortaja,
los ritos de la muerte, y las endechas.

No soy el insensato que se aferra
al mágico sonido de su nombre.
Pienso, con esperanza, en aquel hombre

que no sabrá que fui sobre la tierra.
Bajo el indiferente azul del cielo
esta meditación es un consuelo.

Después pasó el tiempo. Mucho tiempo: veinte años. Nadie le prestó atención a este soneto inglés (y digo inglés por su estructura: tres cuartetos más un dístico final). Ni siquiera yo mismo. Hasta que publiqué un libro a finales del año 2006, El olvido que seremos, cuyo título está tomado del primer verso del poema. En el libro yo digo, por otra leve traición de la memoria, que el título del poema es “Epitafio”. Si piensan en el tema del poema y en la lápida del cementerio entenderán de dónde nace la confusión en mi cabeza. En el libro tampoco pongo en duda el nombre del autor. Escribo que el poema es de Borges.

Como el libro fue bastante leído en Colombia, y como el éxito es siempre sospechoso, vinieron los expertos y los suspicaces a decir que el poema era apócrifo, que el poema no era de Jorge Luis Borges, dijeron incluso que yo se lo atribuía a Borges para vender más libros, para poner mi nombre de enano al lado de un gigante. Yo sabía desde antes, desde siempre, que el soneto no aparecía ni en la Obra poética ni en las Obras completas del poeta argentino. La cosa me extrañaba, pero poco me importaba. No me preocupaba mucho el problema de su autoría: el soneto era hermoso, el soneto era importante para mí, y eso era suficiente.

Durante muchos años el misterio y la rabia se concentraron en tratar de averiguar quiénes habían matado a mi padre; me importaba muy poco verificar quién era el autor del poema. En el papel decía que era de Borges, y yo lo creía, o al menos quería creerlo. Como es natural en esa situación, me intrigaba más la maldad que la poesía; menos el enigma de la belleza que el enigma del mal. Al lado de la atrocidad de la muerte, ese pequeño acto estético, un soneto, no parecía tener mayor importancia.

El caso es que las dudas ajenas, y también la ajena maledicencia, acabaron por obsesionarme a mí también. Cuando publiqué El olvido que seremos, yo vivía en Berlín, era invierno y me habían dado una beca para escribir: tenía mucho tiempo. Se me metió en la cabeza que tenía que averiguar de quién era realmente ese poema. El primer despiste, pero también la penúltima pista, me los dio un curioso poeta colombiano, Harold Alvarado Tenorio.

Yo mismo le escribí la primera vez a Harold, yo mismo lo llamé desde Berlín para pedirle que me ayudara a rastrear el origen y el autor del soneto. ¿Por qué lo llamé a él? Porque hasta ese momento, enero del año 2007, la única publicación en español que había, en internet, de ese poema, estaba en un relato de Tenorio en la segunda entrega de la revista Número, del mes de octubre de 1993. El texto lleva el título de “Cinco inéditos de Borges por Harold Alvarado Tenorio”. Allí él cuenta la historia de cómo habrían llegado a sus manos cinco sonetos de Borges, en Nueva York, el 16 de diciembre de 1983.

Según el relato publicado en Número, tres personas presenciaron el milagro: el poeta venezolano Gabriel Jiménez Emán, una bellísima estudiante argentina de medicina, María Panero, y el mismo Tenorio. Cuenta Tenorio que Borges, súbitamente enamorado de María Panero, le dictó a ella los sonetos, en distintos sitios, antes de una conferencia.

Harold habría hecho una fotocopia de los sonetos copiados a mano por María Panero, pero esa misma noche, después de emborracharse hasta el delirium tremens, tuvo que ser internado en un hospital. Al salir del hospital se fue a Madrid, se hospedó en la casa del matrimonio de Jiménez Emán y Sara Rosenberg, y dejó allí olvidados los poemas, metidos entre las páginas de un libro, hasta 1992, cuando vuelve a Madrid y los recupera. Según él, es por eso que viene a publicarlos apenas en 1993, en la revista Número.

En su artículo Tenorio transcribe cinco sonetos, todos ellos sin título, entre los cuales hay uno, el tercero, casi igual al que mi padre llevaba en el bolsillo, aunque con algunos cambios que empeoran el resultado, bien sea por el sentido o, lo que es más grave en un soneto, porque un verso deja de ser endecasílabo.

Cuando yo me puse en contacto con Harold, este me dijo que la historia de Nueva York era inventada y que los poemas los había escrito él, imitando el estilo de Borges. Que después de escribirlos se los había propuesto, envueltos en esa historia, a William Ospina y a la revista Número. William, además, había corregido algunos problemas de métrica. Había en esta respuesta, sin embargo, dos cosas extrañas. La primera era la fecha de publicación, 1993, seis años después de la muerte de mi padre. La segunda era que la versión del soneto del bolsillo era mejor que la que publicaba quien decía ser el verdadero autor del poema.

Cuando yo le señalé estas incongruencias, Harold me respondió, a las objeciones formales, diciendo que cualquiera que tuviera dos dedos de frente vería que su versión era mejor que la del bolsillo. A la objeción temporal contestó con una paradoja borgeana: “Entonces tu padre llevaba el poema seis años antes de que yo lo escribiera.” Pude haber dejado las cosas así, con esta explicación de Harold, pero ya lo dije: era invierno, tenía mucho tiempo, el poema era importante para mí, y a nadie le gusta que le digan mentiras.

Escribí en la revista Semana, de un modo muy resumido, lo que les acabo de contar. Al final les pedía a los expertos en Borges que me ayudaran a rastrear el poema. Al mismo tiempo contraté en Medellín a una estudiante de periodismo, Luza Ruiz, para que investigara en los archivos y bibliotecas de la ciudad, a ver si podía dar con la fuente de donde mi papá podía haber copiado el soneto.

Aquel artículo en el que yo pedía auxilio hizo que despertaran todos los demonios. Apareció, primero que todo, una hada madrina. Ella no quiere que se diga su nombre, pero diré que se llama Bea Pina y que vive en la mitad de la nada, en medio de la nieve y de la niebla. Ella dijo que quería ayudarme y, como tiene dotes de espía, empezó por encontrar las coordenadas de los personajes que Tenorio mencionaba en su relato.

Hablé con Sara Rosenberg, que todavía vive en Madrid. Me dijo que ella nunca se había dado cuenta de que Harold dejara unos poemas en su casa; tampoco de que años después volviera a buscarlos y a recuperarlos. Hablé también con su ex esposo, el poeta venezolano Jiménez Emán. Este respaldó la versión de Harold: que los poemas los había escrito él. Es más, Jiménez decía recordar el momento en que Harold le había escrito ese soneto a María Panero, en su propia casa, enfermo de amor. Yo no le pregunté por qué le había escrito un soneto sobre la muerte y el olvido a una muchacha de la que estaba enamorado.

Harold cambiaba de versión según las fases de la luna, y con la luna llena los sonetos eran suyos, pero en menguante y creciente volvían a ser de Borges. Bea intentó también dar con el paradero de la bellísima estudiante argentina a quien Borges habría dictado los sonetos, o, según Jiménez Emán, a quien Tenorio habría escrito los sonetos. María Panero existía, efectivamente, y al parecer es una médica que ahora vive en Buenos Aires. Bea consiguió incluso desentrañar unos archivos ocultos en el Departamento de Estado: una María Panero, no sé si la misma María Panero de Harold, había estado presa en Argentina, había sido torturada durante la dictadura militar, y había salido al exilio en Estados Unidos y estudiado medicina en la Universidad de Nueva York por las mismas fechas en que Harold decía que los poemas le habían sido dictados por Borges. ¿Cuántas Marías Panero, argentinas, estudiantes de medicina, habría en ese entonces en Nueva York?

Por otra parte, les escribí a algunos de los que se consideran los mayores expertos en Borges en el mundo académico y empecé por aquellos que tenían amplios conocimientos bibliográficos de su obra. El primero fue un profesor de la Universidad de Iowa, Daniel Balderston, que dirigía allí un centro de estudios sobre Borges. Le pedí un dictamen como se le pide una opinión autorizada sobre el propio cáncer a un oncólogo de fama internacional.

La respuesta fue amable y su posición tajante: sostuvo que lo más verosímil era que Harold hubiera escrito los sonetos antes del 87 y que estos hubieran circulado de algún modo. Le respondí dándole, al menos momentáneamente, la razón: “Sí, profesor Balderston, creo que si aplicamos la navaja de Ockham, y no multiplicamos inútilmente las hipótesis, la más económica conduce otra vez a Harold Alvarado Tenorio.” Uno puede conformarse, siempre, con las hipótesis más obvias, pero hasta los matemáticos dicen que muchas veces los caminos más felices para resolver un teorema no son los más fáciles, los más intuitivos y directos, sino los más estéticos.

A continuación le escribí a Nicolás Helft, que es la persona que ha publicado la bibliografía más extensa y completa de Borges. Yo tenía la esperanza de que en alguna parte apareciera registrado el poema, en su memoria o entre sus papeles. Su respuesta también fue tajante: para Helft era evidente que el soneto era apócrifo.

Les escribí también a los biógrafos de Borges. Edwin Williamson nunca me contestó; no saqué nada en limpio de María Esther Vázquez –gran amiga de Borges– ni de la amanuense de Borges durante algunos años de su vida, Viviana Aguilar. Me respondió de inmediato el biógrafo más dedicado, y el coleccionista más acucioso de Borges, Alejandro Vaccaro. Su concepto, bastante razonado e incluso razonable, en una larga carta llena de anécdotas sobre falsificaciones borgeanas, no se alejó de la opinión de los demás: el poema era apócrifo.

Le escribí a otro profesor prestigioso, el peruano Julio Ortega, que lleva años enseñando literatura latinoamericana en Estados Unidos y tiene una bien ganada reputación como estudioso de nuestras letras, y en especial de Borges. Este fue su veredicto: “Lamentablemente, no son de Borges. Y lo digo sin haberlos leído completamente, solo leyendo algunos versos: Borges no hubiera escrito ‘roe las estrellas’. Es una mala imitación. ‘Me pesan los ejércitos de Atila’ es igualmente paródico, es demasiado peso para un verso. Por último: jamás Borges hubiera llamado atroz a la Escritura.”

La sola consideración que me atreví a hacerle al profesor Ortega fue que yo, en cambio, creía que al único poeta al que podría habérsele ocurrido llamar atroz a la Escritura era el mismo Borges.

William Ospina, que había sido la persona que corrigió para Número los poemas que Harold había envuelto en su historia de Nueva York, también escribió un artículo en la revista Cromos, hablando del asunto. La conclusión de William era esta: “Yo aventuro la hipótesis de que los poemas son de Borges aunque Harold Alvarado los haya escrito [...] Como dice el poema del ajedrez, no sabemos ‘qué dios detrás de Dios la trama empieza’. Además, ¿no ha dicho Platón que el que escribe un poema es un amanuense, que otro está dictándolo desde la sombra?”

Muchas personas me habían aconsejado que me dirigiera a María Kodama, la viuda de Borges, para tener un concepto autorizado y definitivo sobre los sonetos. Por sugerencia de Gabriel Iriarte, el editor de Planeta en Colombia, me dirigí a Alberto Díaz, uno de los editores de Borges en el cono sur y amigo personal de María Kodama. La respuesta de Díaz tardó algunas semanas, pero al fin llegó:

"Querido Héctor: Antes que nada mil disculpas por la demora en responderte, que no se debió a mi desidia, sino a que María Kodama estuvo fuera del país todo este tiempo. Hoy me encontré con ella, le conté tu historia y le entregué el artículo que sobre este tema publicaste en la revista Semana. Le dio una rápida mirada y me dijo que el soneto que llevaba tu padre el día de su asesinato era apócrifo, como el resto de sonetos que circulan en internet envueltos en una historia neoyorquina. Me adelantó que va a tratar que algún periódico le haga un reportaje para hablar exclusivamente de los poemas apócrifos, para terminar de una vez por todas con este tema. María Kodama dixit. Me hubiera gustado que la respuesta de María fuera otra, pero es esta. Esto es todo. Un fuerte abrazo, Alberto Díaz."

“María Kodama dixit.” Esta frase era como el martillazo final de un juez al dictar su veredicto, como la última palabra del Papa en un asunto doctrinario. Pero no sólo ella: Balderston, Helft, Ortega, Vaccaro, todos daban el mismo dictamen. El soneto del bolsillo y los otros cuatro no eran de Borges, eran de Tenorio. Si yo no me daba aún por vencido era simplemente por una inconsistencia de fechas, que Tenorio atribuía a amnesias suyas, y porque me parecía absurdo que la versión de quien decía haber escrito el soneto tuviera fallas y fuera menos buena que la versión que mi padre llevaba en el bolsillo. O tal vez no quería desprenderme todavía de una fe que había mantenido durante muchos años: que era Borges el creador del poema.

En ese momento era más fácil rendirse, olvidarse del asunto y darles la razón a los expertos. Yo no veía ningún camino para esclarecer el enigma, pero me puse terco: quería luchar contra el olvido y contra la negación de ese poema.

Estando en la mitad de este desierto apareció otra aliada en Medellín. Yo tengo allá, en el centro, con un grupo de amigos, una pequeña librería de viejo, Palinuro. Pues a Palinuro llegó una tarde una señora, Tita Botero, diciendo: “Yo sé de dónde copió el doctor Abad el poema que llevaba en el bolsillo cuando lo mataron”, y sacó un viejo recorte de prensa, amarillento después de que su marido lo hubiera puesto a hibernar, dentro de un libro de Borges, durante casi veinte años. Era una página de la revista Semana, del 26 de mayo de 1987, y consistía en una nota de introducción, una foto de Borges en el centro y abajo dos sonetos.

La nota con que Semana introducía los sonetos decía así:

"Acaba de aparecer en Argentina un ‘librito’, hecho a mano, de 300 copias para distribuir entre amigos. El cuaderno fue publicado por Ediciones Anónimas y en él hay cinco poemas de Jorge Luis Borges, inéditos todos y, posiblemente, los últimos que escribió en vida. Casi un año después de la muerte de Borges, se publica este cuaderno por un grupo de estudiantes de Mendoza, Argentina, que tienen toda la credibilidad y el respeto para obligarse a decir la verdad. Aquí reproducimos dos de esos cinco últimos poemas de Borges."

Los datos de esta publicación eran tan raros, tan nebulosos, que parecían inventados. Una ciudad, Mendoza, que para mí era poco más que una región donde se producía buen vino; unos estudiantes, con lo dados a la fabulación que son los estudiantes, los cuales publican un cuaderno en unas “Ediciones Anónimas”. Uno diría que con ese nombre los poemas deberían ser más bien anónimos, o si mucho apócrifos, no de Borges.

Fuera como fuera, el segundo soneto publicado era el que mi padre llevaba en el bolsillo, y casi seguramente era de esta revista, a la que estaba suscrito, de donde lo había copiado él. El título, además, era el mismo que tenía en unas traducciones portuguesas, también del año 87, descubiertas en esos días por Bea Pina: “Aquí. Hoy”.

[Le escribí a Luza Ruiz, la estudiante que me ayudaba a rastrear documentos en Medellín, y que venía buscando en todos los suplementos literarios posibles la posible publicación inicial del soneto. Le dije que dejara de buscar, pues la fuente más probable, casi segura, de mi padre, era esa revista Semana que había publicado el poema dos meses antes del asesinato.

A los dos días Luza, a partir del dato de la revista, encontró algo muy valioso para mí: era la prueba inequívoca de que esa página de Semana era la fuente de donde mi padre había tomado el soneto. Él tenía un programa semanal de radio en la Emisora de la Universidad de Antioquia, en el que se ocupaba de temas de actualidad. El programa, Pensando en voz alta, salía al aire todos los martes por la tarde. Y bien, al finalizar el programa de la semana siguiente a la publicación del soneto en la revista, mi padre había leído al aire los sonetos. Luza me mandaba la grabación.

Hacía casi veinte años que yo no oía la voz de mi padre. De un momento a otro, una lluviosa tarde de primavera en Berlín, recibí como del más allá, como de la ultratumba, la voz de mi padre recitando ese soneto que pocas semanas después copiaría a mano y se echaría en el bolsillo. Hay un pedazo de un soneto de Borges sobre su propio padre que debo citar en este momento: “La mojada/ tarde me trae la voz, la voz deseada,/ de mi padre que vuelve y que no ha muerto.” Varias veces aspiró Borges al milagro de volver a escuchar, así fuera por un instante, la voz de su padre. Recuperar esa voz, según él, sería la más alta negación del olvido.]

Le escribí a Tenorio, le dije de dónde había copiado mi padre el soneto, de la revista Semana. Le pregunté si él mismo podría haberle entregado estos sonetos, supuestamente escritos por él, veinte años antes, a la revista Semana. Le hablé de lo que ahí decía sobre los estudiantes de Mendoza. Me contestó lo siguiente, en un correo electrónico:

"Para que no le des más vueltas, quien me hizo conocer las primeras versiones de esos sonetos fue quien los inventó, Jaime Correas, que entonces tenía 25 años y los hizo en Mendoza, como dicen los de Semana, en un libro de confección casera con tapas de cartón y escrito a máquina y en fotocopia y anillado con plástico. Escríbele a él y que te cuente el resto. No te revelo más secretos, porque nunca Correas ha querido reconocer que intervino en ello. Sólo los borgeanos duros sabemos el ajo."

Yo no sabía quién era Jaime Correas, pero una vez más Tenorio me soltaba un trozo de información. Bea Pina, mi aliada desde el Polo Norte, me averiguó más datos sobre él y su teléfono. El estudiante de Mendoza de hacía veinte años era ahora el director del diario UNO, en su ciudad. Era casi verano en Berlín, casi invierno en Argentina, y yo llamé por teléfono a Jaime Correas.

Jaime no tenía ni idea de quién era yo; yo no tenía ni idea de quién era Jaime. Ante todo le pedí que no creyera que yo estaba loco, después le conté brevemente la historia del poema en el bolsillo. Le pregunté, al final, si él había inventado los poemas, como decía Tenorio, y quién los había publicado y por qué, y dónde. Jaime me dijo que no, que él no los había escrito, que las circunstancias de su publicación eran una vieja historia, larga y compleja, pero que, si tenía un poco de paciencia, me la iba a contar.

Jaime me tuvo en ascuas durante días que en mi recuerdo son meses. Al fin llegó su respuesta. Pues bien, en esa carta para mí memorable Jaime Correas me revelaba el origen del soneto. Sincero y generoso, en pocos párrafos, le quitó casi todos los velos al enigma de su verdadero autor. Decía así:

Los sonetos fueron dados en mano por Borges a Franca Beer, una italiana que vivió en Mendoza. Ella está casada con un gran pintor argentino, Guillermo Roux. Ambos, junto al poeta galo Jean-Dominique Rey, fueron a visitar a Borges. Roux hizo unos dibujos de él mientras el francés lo entrevistaba. Al final de la entrevista, Rey le pidió a Borges unos poemas inéditos. Borges le dijo que se los daría al día siguiente, para lo cual Franca volvió sola al otro día. Borges le dijo que abriera un cajón y que sacara unos poemas que allí había. Ella los tomó, hicieron copias y se los dio. Franca conoce acá a un personaje adorable, que hoy está viejito, pero vivo, llamado Coco Romairone. Él se los hizo llegar a uno de mis compañeros. Yo los estudié y publicamos cinco de los seis que llegaron. Pero hay más, Rey los tradujo al francés y los publicó con los dibujos de Roux en Francia en su revista. Franca dice que hicieron gestiones, muerto Borges, para hacer una carpeta con los dibujos y los poemas bilingües, pero nunca tuvieron respuesta de Kodama.

Jaime publicaba en Mendoza, con unos amigos, unos pequeños libros de poesía. Ellos habían tomado una bonita idea de no sé dónde que defendía la siguiente tesis: la literatura no debería tener autor, debería ser anónima. Y por eso sus pequeñas ediciones fotocopiadas se llamaban Ediciones Anónimas. Los libros anteriores, con excepción del de Borges, los habían hecho así, sin nombre, sin autores. Su consigna era “abolir al autor”. Con Borges se traicionaron y publicaron los cinco poemas con su firma. Pero era un destino, quizá, que esos poemas siguieran siendo visto como anónimos, como apócrifos, casi como falsos, aunque no lo fueran. De algún modo esto también fue un deseo que Borges expresó muchas veces: ser el autor de algo era un azar, no un mérito.

Jaime Correas me revelaba también que los poemas habían tenido cierta resonancia, después de la edición casi secreta hecha por ellos: habían aparecido en La Jornada de México, en Diario 16 de España, y en la revista Somos de Uruguay y en otra revista mendozina. En Colombia estaban los dos sonetos publicados por Semana, que Jaime no conocía hasta ese momento. Nadie se acordaba ya de ninguna de estas publicaciones, devoradas por el tiempo y el olvido. Todas eran, en todo caso, anteriores a la publicación de Tenorio en Número.

Pocos meses después de esta carta que para mí aclaraba tantas cosas, tomé yo un bus, de madrugada, en el centro de Santiago de Chile con la intención de atravesar los Andes y llegar al atardecer a Mendoza. Quería conocer en persona a Jaime Correas, quería tener en mis manos un ejemplar de aquel librito rarísimo, hecho a mano, con los cinco poemas inéditos de Borges; quería conocer a Coco Romairone, quería ver la cara de todos ellos porque después de tantas dudas y desvíos me había vuelto descreído y solamente iba a acabar de creer en esta historia de cinco poemas pasados de mano en mano, cuando metiera el dedo en la llaga, como Santo Tomás, cuando frente a frente todos los protagonistas me contaran las cosas, o me las confirmaran, tal como ya me las había dicho Jaime por carta.

Estuve tres días con Jaime, un periodista serio y confiable, poco dado a la exaltación de sí mismo; estuve con Coco Romairone, una persona entrañable que ama, estudia y colecciona la obra de Borges con una devoción de lector aprendida del maestro. Jaime me regaló uno de los dos libritos que todavía le quedaban de aquella aventura con sus compañeros de universidad. El cuadernillo venía con un prólogo firmado por el mismo Correas.

Tomé vino con Jaime, brindamos, tomamos el Nocino que cada año fabrica él mismo con una receta secreta. Tanto Coco Romairone como Jaime me confirmaron la misma versión: Franca Beer había recibido los poemas de las manos de Borges, para enviárselos a París a Jean-Dominique Rey, después de una entrevista en la calle Maipú. Ambos guardaban celosamente las viejas copias enviadas por correo por la señora Beer.

Volví a Medellín y empecé a planear los últimos dos encuentros que, para disipar mi escepticismo y verificar la exactitud de la historia, eran también necesarios, al menos para mí. Tenía que verme con el poeta francés Jean-Dominique Rey, y con el matrimonio de Franca Beer y Guillermo Roux. Tenía que hablar también con ellos, cuanto antes, y oír de su propia boca el mismo relato que Jaime y Coco Romairone me habían hecho. O las variaciones de ese relato, porque la memoria casi siempre es más verdadera cuando es imperfecta.

No me resultó fácil encontrar al poeta francés. Después de muchas búsquedas infructuosas, mi aliada en el Polo Norte descubrió que Rey trabajaba en el consejo de redacción de una revista, Supérieur Inconnu. Con este solo dato llamé a París a mi amigo Santiago Gamboa, que estaba viviendo allí. Le pedí que llamara a la redacción de la revista y buscara el teléfono de Rey, que intentara encontrarse con él y que le contara la historia del poema, sin darle ningún detalle, a ver qué le respondía. Y que le pidiera, además, una cita para mí. Tampoco fue fácil para Santiago encontrarlo, pero al fin una mañana el poeta Rey fue a visitarlo en su oficina de la unesco. Insistió en que se encontraran allí, porque vivía cerca. Y esto fue lo que Santiago me escribió:

"Jean Dominique Rey acaba de salir de mi oficina, y te escribo de inmediato para no perder el impulso de la historia. Es un hombre delgado y altísimo, de unos 70 años, y con un aspecto muy marcado de intelectual francés, es decir chaqueta de pana, camisa y pañuelo al cuello. Le pregunté para romper el hielo si su apellido era de origen español y me dijo, 'no, al menos desde 1715'. Cuando comencé a contarle la historia me miró con cierta sorpresa. Sabía que íbamos a hablar de Borges pero no se imaginaba lo que había en el fondo. Por supuesto, saqué tu libro y le hice un resumen, y luego leí todo el poema. Lo escuchó asintiendo con la cabeza. Luego empezó con su historia. Para él esto comienza en 1975, cuando fue invitado como jurado de un premio de arte a la Bienal de São Paulo. Allí, viendo los cuadros que estaban concursando, se enamoró de las pinturas de un artista argentino e hizo todo lo posible por convencer a los demás jurados de que debían premiarlo. Y así fue. El ganador de esa bienal fue Guillermo Roux. Desde ese momento quedó en estrecho contacto con él. Roux estuvo en Francia varias veces, en exposiciones organizadas por Rey, y la amistad entre ambos siguió creciendo, hasta que acordaron publicar un libro juntos que se publicó en Buenos Aires en 1979. Rey fue a Buenos Aires para asistir a la presentación del libro. Estuvo algo más de dos semanas y en ese tiempo conoció a la mayoría de los amigos de Guillermo Roux, y un día Rey pidió conocer a Borges, a quien había leído y admiraba mucho. Consiguieron la cita y es así como conoció a Borges, en julio de 1979, en la casa de Maipú. Rey quedó fascinado con la personalidad y el carisma de Borges. Según me dijo ya contó toda la escena en su libro de Memorias de personajes. Luego regresó a París y no volvió a ver a Borges hasta septiembre de 1985. Por una serie de desencuentros, sólo pudo verlo el último día de su estadía, en la mañana, antes de salir al aeropuerto. A diferencia de la vez anterior, estaban los dos solos. Borges y Rey. Entonces Rey le habló de una revista francesa cuyo nombre no recordó, y le pidió a Borges un par de poemas inéditos para publicarlos ahí. Entonces Borges lo llevó a su estudio, le dijo que abriera un cajón y sacara unos poemas mecanografiados. Había unos diez. Borges le pidió que los leyera y Rey le dijo, 'leo muy mal el español', pero Borges insistió. Tras una primera lectura, Borges desechó algunos. A uno lo dejó de lado porque ya estaba publicado, y le dijo que podía llevarse cinco o seis (no recordó exactamente). Luego Borges le pidió que volviera a leerlos, pues dijo que tenían imperfecciones. Mientras Rey los leía, Borges hizo correcciones que Rey escribió con su propia letra sobre los originales, al dictado de Borges. Terminada esta operación, Borges le dijo: '¿Le gusta la cocina china? Conozco un extraordinario lugar para almorzar.' Pero Rey, que tenía el vuelo a las tres de la tarde, debió decirle que no podía. “No sabe cuánto me arrepiento de eso”, me dijo Rey. Luego Rey le dijo a Borges que apenas llegara a París pasaría a limpio los poemas, con las correcciones dictadas, y se los reenviaría para su aprobación."

Rey escribió una narración contando su encuentro con Borges y para ello usó fragmentos de los poemas. No los poemas completos, pues no estaba autorizado. Luego surgió la idea de hacer un libro con su narración, los poemas de Borges y unos retratos de Borges hechos por Roux. La editorial que iba a hacerlo era Éditions Dumerchez. Entonces empezaron a buscar a María Kodama pero tardaron tres años en que ella les contestara. Cuando al fin lo hizo los puso en contacto con un agente literario norteamericano, “un tiburón”, dijo Rey, y ese fue el fin del proyecto.

“Pero el poema que acabo de leerle, ¿es uno de los que usted tiene?”, fue mi pregunta al final de su historia, y me dijo, sí, lo reconozco, tal vez con algunas palabras cambiadas, pero sí, es uno de ellos. Me dijo que tenía en su archivo los poemas originales con las anotaciones hechas por él y dictadas por Borges, manuscritas, y que iba a corroborar todo.

Pocas semanas después estaba yo sentado en un café de París, esperando la llegada de Jean-Dominique Rey. Santiago me había conseguido una cita con él. Era otra vez invierno en Europa, el 15 de febrero del año pasado. Yo no me esperaba nada nuevo a lo que ya sabía, pero quería hablar con este señor, quería mirarlo a la cara, porque hay algo en los rostros que no puede mentir, y los seres humanos somos buenos detectores de mentiras. Voy a contar mi encuentro con Rey tal como se lo relaté a Bea Pina en un correo electrónico. Me copio:

"La cita con Jean-Dominique Rey era a las tres en un café famoso de Saint-Germain-des-Prés, Les Deux Magots, donde iban algunos existencialistas, pero mejor diré donde iba Camus. Rey entra a las tres en punto, alto como un árbol, vestido con cierta elegancia, pausado, sereno. No sé cuántos años tiene, tal vez 70, 73, algo así. Nos damos la mano. Es amable pero distante, discreto, incluso reticente, pero no antipático. Con esa reticencia y discreción francesas que tienen mucho encanto. Tiene una figura llamativa, que no pasa inadvertida.

La comunicación no es fácil, sobre todo porque en el café hay mucho ruido de voces altas. Yo puedo entender francés, si hay silencio, pero en ese barullo se me vuelve incomprensible. Rey tampoco entiende mi español, así que la intermediación de Santiago se vuelve indispensable. No sabemos bien por dónde empezar. Noto que él lleva una carpeta llena de documentos y libros. Repasamos un poco lo que cada uno sabe del otro. El motivo de mi obsesión, la amistad suya con Roux y Franca Beer, las veces que vio a Borges a lo largo de su vida. Lo que me cuenta se parece bastante a lo que le había dicho a Santiago. Sin embargo, hay detalles nuevos.

Uno me parece importante, un manuscrito que saca de la carpeta. La letra, me aclara, es la suya. Es la copia a mano de uno de los poemas que Borges le entregó. Esto explica algo. Entiendo que Borges no le entregó los poemas, tal como los tenía en su cajón, sino que él los copió a mano y mientras tanto se los iba leyendo a Borges, y Borges les hacía correcciones. Las copias a máquina se quedaron en la casa de Borges, con correcciones a mano que serían pasadas en limpio, y luego fue Franca Beer quien las recogió y fotocopió, unas semanas más tarde. Esto lo pude saber por una carta de Beer que Rey me dejó fotocopiar. En la carta ella le cuenta lo difícil que fue “recuperar” los poemas de Borges, pues este siempre estaba enfermo y no podía recibirla, o postergaba las citas, o no recordaba nada. Como se puede ver, todo esto es algo confuso. Lo que no quiere decir que no le crea a Rey, al contrario. La verdad, sobre todo al cabo de más de veinte años, suele ser confusa; es la mentira la que tiene siempre los contornos demasiado nítidos.

Rey me regala también un libro suyo: Mémoires des autres. I. Écrivains et rebelles, publicado por L’Atelier des Brisants en 2005. Cada capítulo de este libro está dedicado a los recuerdos de Rey con algunos escritores: Valéry, Gide, Breton, Queneau, Cioran, entre otros. El capítulo 20 está dedicado a sus encuentros con Borges en su apartamento de la calle Maipú, y se titula: “La Bibliothèque aveugle. Trois visites a Jorge-Luis Borges”.

Lo más interesante de este capítulo de las memorias de Jean-Dominique Rey, que leo más tarde, y lo más importante para mi historia, es que al final de la entrevista Rey le solicita algunos poemas inéditos para publicar, junto con la conversación que acaban de tener, en la revista La Délirante. Según Rey, es a él y no a Franca Beer a quien se entregan los poemas. Borges acepta la petición, sobre todo porque le gusta el nombre de la revista, e incluso hace una anotación etimológica, que Rey relata: “Delirio... delirio es sembrar fuera del surco.” No tengo que decirlo, pero lo voy a decir: estos poemas fueron sembrados fuera del surco, y por eso se han demorado tanto en germinar. A continuación conduce a Rey a su habitación y le pide que abra los cajones de una cómoda. Hay algunos poemas sueltos en una carpeta. Borges rechaza algunos, porque ya están publicados. Luego escoge seis y vuelven a la sala, a hacer las correcciones.

En todo caso Rey no publica completos los poemas, ni en francés ni en español, porque, según me explica en el café, nunca obtuvo la autorización de la señora Kodama para publicarlos. En sus Memorias menciona apenas algunos versos. Lo más importante para mí, al leer el capítulo de su libro, es que cita el primer verso del poema en el bolsillo. Al contar que Borges, mientras Rey le lee, verifica siempre que estén puestas las tildes, llegan a una palabra, “mágico”, y Borges pregunta por el acento sobre la A. Dice Rey: “Ce mágico figure dans le poème intitulé Aquí. Hoy (Ici e maintenant), méditation sur la morte que commence par ce mots: “Ya somos el olvido que seremos” (Déjà nous sommes l’oubli que nous serons).”

El relato de Rey de sus encuentros con Borges es bastante sobrio. La primera vez que lo ve, en 1979, hablan largamente de poesía y Borges le recita. La segunda vez es un desencuentro, pues Borges debe ir al cementerio. La tercera vez es la que nos concierne, el 29 de septiembre de 1985. Tanto en el 79 como en el 85, Rey visita a Borges en compañía de Franca Beer y Guillermo Roux. De esta última visita hay fotos en las que se ve que mientras Rey y Borges conversan, Roux le está haciendo un retrato del vivo.

Este retrato, dos rostros superpuestos de Borges, me parece importante porque, si no estoy mal, es el último que se le hizo en vida, no a partir de fotos sino con él mismo como modelo. La fecha se conoce, pues el mismo Roux la puso al pie de su dibujo: 29 de septiembre de 1985. Téngase en cuenta que muy pocos días antes, el 13 de septiembre, Borges había recibido los resultados de una biopsia del hígado: tenía cáncer y sabía que no le quedaba mucho tiempo de vida. Que Borges se sintiera bien el 29, como para aceptar una visita y una entrevista, nos lo confirma el diario de Bioy Casares, que en la entrada del 28 de septiembre, dice: “Visita de Borges; con excelente aspecto.” No es descabellado conjeturar que en esas dos semanas entre los resultados y la entrevista con Rey haya escrito este poema sobre la muerte. Pero también pudo haberlo escrito antes de la noticia de su enfermedad, pues el tema de la muerte y del olvido son en él una constante. Borges saldría, ya muy enfermo, hacia Milán y Ginebra, dos meses después de la entrevista con Rey, el 28 de noviembre de 1985, casi sin decírselo a nadie, acompañado por María Kodama. El 26 de abril del año siguiente se casaría con quien había sido su compañera casi permanente en la última década. Y moriría al amanecer del 14 de junio de 1986.

Estar con Rey fue como mirar al santo después de haber presenciado el milagro. El milagro es más importante que el santo, pero sin este santo no habría habido milagro. Meto el dedo en la llaga, toco con mis dedos los poemas que este hombre ha atesorado durante veintidós años como uno de los momentos literarios más importantes de su vida. Está orgulloso de su relación con Borges. Rey fue editor, crítico de arte, jurado, pero ahora no son muchos los que lo recuerdan, los que lo tienen en cuenta. Empieza a envejecer y es olvido, es el olvido que seremos todos. Dice, con mucho orgullo, que él es el único escritor francés a quien Borges le hizo un prólogo.

Después de Jean-Dominique me faltaba solamente entrevistarme con Franca Beer y, si fuera posible, también con su marido, el pintor Guillermo Roux. A mediados del año pasado pude volver a Argentina, y les pedí una cita. Para llegar a la casa de Franca Beer y Guillermo Roux hay que recorrer toda la avenida Libertador y dejar la capital para adentrarse en la provincia de Buenos Aires. La ciudad no se interrumpe nunca; el viaje dura más de media hora a través de una retícula de calles interminables, lo que hace de esta urbe una de las más populosas del mundo.

La casa de ellos está en el número 2845 de la calle Delfín Gallo, en Martínez, entre Pirovano y Paraná. Me recibe una amable secretaria que me ofrece un café y me enseña algunos de los cuadros y bocetos de Roux. Hay pinturas por todos lados, y retratos. Me quedo mirando un original y una copia. Quiero decir: hay un gato sentado en el sofá, un gato real, y ese mismo gato está pintado en un cuadro, encima del sofá. No sé cuál de los dos se muestra más indiferente a mi presencia y mi visita.

Al fin baja Franca Beer, vestida de anaranjado. Es una señora delgada y ágil, juvenil a su modo, en perfecto uso de sus facultades, cordial sin ser melosa, con unas profundas ojeras que le dan al mismo tiempo un aire cálido y melancólico. Cuando empezamos a hablar de aquellas lejanas visitas a Borges, descubro que confunde un poco la primera visita, del año 79, con la segunda, del año 85. Lo sé por dos detalles: un gato y unas cortinas. Rey dice en sus Memorias que en la primera visita Borges apareció lentamente detrás de unas pesadas cortinas de terciopelo, que separaban las habitaciones de la sala, en su casa. Eso mismo me dice la señora Beer, hablando de la segunda visita, que Borges apareció de detrás de unas cortinas, después de que la mucama los había hecho pasar a la sala. La señora Beer dice, hablando de Fanny, la empleada de Borges: “Nos recibió una mucama mestiza, del norte. Nos hizo pasar a la sala, donde sólo estaba, sentado a la derecha del sofá, un gato blanco.” La señora Beer recuerda que Borges, al entrar, preguntó dónde estaba el gato, antes de sentarse, pues temía aplastarlo. Alejan al gato para que Borges pueda sentarse. Mientras ella me cuenta esto, miro el gato de Roux, miro la pintura del gato de Roux, y pienso en algo que verifico después en el diario de Bioy Casares. Es una anomalía.

En la entrada del 7 de febrero del año 85 está escrito lo siguiente: “Murió Beppo, el gato de Borges. Según Fanny, la cocinera, al morir no maulló sino que exclamó: ‘¡Ay!’” El gato del recuerdo de Franca Beer, muy probablemente, es el gato que estaba vivo en la primera visita, la del 79. En la segunda, de septiembre del 85, Beppo ya estaba muerto. Así es la memoria, superpone en el mismo espacio recuerdos de tiempos distintos. No es una falsedad, es un pormenor traslocado. Me gustan estos gatos presentes en las dos ocasiones, me gusta la gracia de la mucama contando la muerte humanizada de Beppo.

El recuerdo de Franca sobre la entrega de los poemas también es un poco distinto al de Rey. Ella dice que Rey no pudo llevarse los poemas, sino que ella tuvo que volver, sola, a casa de Borges, para recogerlos. Cuenta que también Borges la hizo pasar a su cuarto porque, según le dijo, no había tenido tiempo de hacer las correcciones para que se los pasaran en limpio: “Era un dormitorio muy simple, conventual, franciscano. A los pies de la cama había un pequeño mueble con unos cajoncitos y de ahí saqué los poemas que Borges me indicó. Borges me pidió que se los leyera. Empecé a leer y yo leía según el sentido. Me dijo que los estaba leyendo muy mal; que marcara la entonación de cada verso, con una pausa al final. Al final, después de hacer unas cuantas correcciones, me entregó seis poemas escritos a máquina, con unos pocos cambios que él me indicó. Antes de entregármelos me pidió que se los volviera a leer.”

Así, en el recuerdo de Franca, los poemas llegaron a sus manos, y poco después se los enviaría a Jean-Dominique a París, pero también hizo una copia más, para ese amigo de infancia, Coco Romairone, que vivía en Mendoza. Sabía que él amaba a Borges y quiso hacerle un regalo.

Hablamos también de su marido, y del retrato de Borges que él hizo mientras Rey lo entrevistaba, en septiembre del 85. Vamos a una casa contigua, donde está el estudio de Roux, y también el archivo de su obra. Después de mucho buscar da con un sobre de manila que dice, en letras grandes: “Original Retrato Borges”. Volvemos a la casa principal, con el sobre en la mano. A todas estas el señor Roux ya ha bajado y está también en el comedor. Es pausado, grande, amable y lleva un vistoso suéter amarillo. Franca le cuenta brevemente la historia del poema en el bolsillo. El señor Roux se interesa y recuerda vivamente la vez en que acompañó a Jean-Dominique durante aquella entrevista, recuerda su dibujo. Sacamos el retrato del sobre. Como yo ya sabía algo que me había dicho Rey (que él guardaba en su casa el retrato original) pongo en duda que el papel que sacamos del sobre sea un original, tal como ahí está escrito.

La memoria es así. Tanto Guillermo Roux como Franca se extrañan, se empecinan: sostienen que es este el original. Sin embargo, como es un dibujo a lápiz, el señor Roux saca un borrador e intenta borrar un detalle, un pedacito. No borra. Es una copia, evidentemente, lo tienen que admitir ambos. Entonces Guillermo Roux va por un lápiz y se pone a dibujar, copiando de su propio retrato, un nuevo rostro especular de Borges. Lo pinta con facilidad, casi de memoria. Al terminarlo, toma la hoja con las dos manos, me la entrega y me dice: “Ahora es un original. Se lo regalo.”

Volví a mi hotel en Buenos Aires, aliviado y seguro, en cierto modo feliz. También los poemas de Borges, empezando por el poema del bolsillo, volvían a ser originales suyos. Había algunos hechos borrosos, había detalles que no coincidían exactamente, pero así son la memoria y el olvido. Son los mentirosos quienes dicen recordar con precisión, sin cambiar nunca un ápice lo que recuerdan. El hecho es que yo ya no tenía ninguna duda de que el poema, los cinco poemas, los había escrito Borges. Era el momento de contar la historia.

Quiero concluirla con una reflexión: soy un olvidadizo, un distraído, a ratos un indolente. Sin embargo, puedo decir que gracias a que he tratado de no olvidar esta sombra, mi padre, arrebatado a la vida en la calle Argentina de Medellín, me ha ocurrido algo extraordinario: aquella tarde su pecho iba acorazado solamente por un frágil papel, un poema, que no impidió su muerte. Pero es hermoso que unas letras manchadas por los últimos hilos de su vida hayan rescatado, sin pretenderlo, para el mundo, un olvidado soneto de Borges sobre el olvido.

Nota final:
En vista de que la señora María Kodama ha negado reiteradamente la autenticidad de estos sonetos, y a pesar de ser ella la depositaria legal de los derechos de Jorge Luis Borges, me siento autorizado a transcribir aquí los cinco poemas, tal como fueron publicados inicialmente por Jaime Correas y sus amigos, en Mendoza, con unas pocas correcciones aportadas por las copias manuscritas y mecanografiadas de Franca Beer y Jean-Dominique Rey. En el momento en que los sonetos sean reconocidos como auténticos de Borges, estos pasarán a formar parte, por supuesto, del patrimonio de la señora Kodama, de la literatura argentina y de la humanidad. ~
Gratitudes

¡Cuántas hermosas cosas! Los confines
de la aurora del Ganges, la secreta
alondra de la noche de Julieta.
El pasado está hecho de jardines.
Los amantes, las naves, la curiosa
enciclopedia que nos brinda ayeres,
los ángeles del gnóstico, los seres
que soñó Blake, el ajedrez, la rosa,
el Cantar de Cantares del hebreo,
esa flor que florece en el desierto
de la atroz Escritura, el mar abierto
del álgebra y las formas de Proteo.
Quedan tantas estrellas todavía;
suspendo aquí mi vana astronomía.

Méjico 564

Los órdenes de libros guardan fieles
en la alta noche el sitio prefijado.
El último volumen ha ocupado
el hueco que dejó en los anaqueles.
Nadie en la vasta casa. Ni siquiera
el eco de una luz en los cristales
ni desde la penumbra los casuales
pasos de vaga gente por la acera.
Y sin embargo hay algo que atraviesa
lo sólido, el metal, las galerías,
las firmes cosas, las alegorías:
el invisible tiempo que no cesa,
que no cesa y que apenas deja huellas.
Ese alto río roe las estrellas.

El Minotauro

Encorvados los hombros, abrumado
por su testa de toro, el vacilante
Minotauro se arrastra por su errante
laberinto. La espada lo ha alcanzado
y lo alcanza otra vez. Quien le dio muerte
no se atreve a mirar al que fue toro
y hombre mortal, en un ayer sonoro
de hexámetros y escudos y del fuerte
batallar de los héroes. Ilusoria
fue tu aventura, trágico Teseo;
de la biforme sombra la memoria
no han borrado las aguas del Leteo.
Sobre los siglos y las vanas millas
ésta da horror a nuestras pesadillas.

All our yesterdays

Me pesan los ejércitos de Atila,
las lanzas del desierto y sus batallas;
de Nínive, ahora polvo, las murallas
y la gota del tiempo que vacila
y cae en la clepsidra silenciosa,
y el árbol secular en que clavada
fue por Odín la hoja de la espada
y cada primavera y cada rosa
de Nishapur. Me abruman las auroras
que fueron y que son, y los ponientes;
Tiresias y el amor de las serpientes
y las noches, los días y las horas.
Sobre la sombra que ya soy gravita
la carga del pasado. Es infinita.

Aquí. Hoy

Ya somos el olvido que seremos.
El polvo elemental que nos ignora
y que fue el rojo Adán y que es ahora
todos los hombres y que no veremos.
Ya somos en la tumba las dos fechas
del principio y del término, la caja,
la obscena corrupción y la mortaja,
los ritos de la muerte y las endechas.
No soy el insensato que se aferra
al mágico sonido de su nombre;
pienso con esperanza en aquel hombre
que no sabrá que fui sobre la tierra.
Bajo el indiferente azul del cielo
esta meditación es un consuelo. ~

jueves, 5 de agosto de 2010

En el lugar del crimen, un poema sospechado de apócrifo, y detrás, una posible traducción (II)

El cine nos ha acostumbrado a las secuelas de las historias que nos cuenta y, en los últimos años, ha sumado un concepto, el de "precuela" –palabra horrible, estamos de acuerdo–, para nombrar a los acontecimientos previos a la primera historia que se filmó.

La entrada del día de ayer tiene también precuela y secuela, y en ambos casos se la debemos a la infatigable Marietta Gargatagli, siempre dispuesta a desentrañar misterios.

Yendo por partes, como quería Jack el Destripador, se ofrece hoy un artículo del poeta colombiano Harold Alvarado Tenorio (foto), publicado en en la revista Número, varios años antes del hecho referido ayer. Para no abundar, se les ahorra a los lectores la polémica desatada sobre la calidad apócrifa de los poemas editados por Tenorio. Sin embargo, para los más exigentes, pueden recurrir a este enlace:
http://www.cubanuestra.nu/web/article.asp?artID=16225
 
Mañana, como para que nadie se quede con las ganas, va la secuela de la historia, con alguna precisiones.

Jorge Luis Borges cinco poemas inéditos

La última vez que ví a Borges fue en New York el 16 de diciembre de 1983. Debía dar una lectura o conferencia en el Center for Interamerican Relations y sabiendo, gracias a Emir Rodríguez Monegal, que Borges llegaría un día antes, pude concertar una cita con él y a solas. Rodríguez Monegal trajo a Borges hasta mi casa en el 170E de la calle 84 a eso de las once de la mañana y, literalmente, me lo endoso por el resto del día. Creo que tanto él, Emir, como Roberto Piccioto, iban de almuerzo con María Kodama, que pasaba por uno de esos malos ratos antes de la muerte del escritor. Pero Piccioto ya sabía cómo distraerla, le hablaba de antigüedades romanas y bizantinas, o le hacía preparar, en alguna cafetería de mala muerte atendida por italianos recién llegados de Palermo, una de esas pizzas hechas con pan francés y salchichas de ternera, que tanto le gustan. Kodama, después de muchos remilgos, terminaba siempre bebiendo margaritas y vermut seco en cualquier bar de Midtown, con tal de acostarse tarde y sin ver a Borges.

Tomé a Borges del brazo y le dije que camináramos un rato por Madison. Fuimos bajando lentamente, yo lazarillo recién estrenado, Borges anónimo ciego, por esa avenida donde están las más ricas pastelerías de la tierra y los cafés más acogedores de New York. A la altura de la calle ochenta y seis preguntó si era verdad que Yorkville había sido un barrio de emigrantes alemanes y le respondí que sí, que allí habían vivido hasta los años setentas una buena cantidad de germanos, checos y húngaros y que todavía quedaban en los alrededores restaurantes y mercados y típicas delicatessen. Borges comentó que hacía unos cincuenta años no comía gulash, y que temía hacerlo, pues tenía el estomago acostumbrado a la sopa de petit pois que doña Leonor había ordenado a Epifania Uveda luego del accidente de la ventana que casi le cuesta la vida y que cambio el rumbo de sus poemas y narraciones. Borges preguntó si comer un gulash entre los dos sería demasiada molestia para mí. Por supuesto que no. Entonces tomamos la ochenta y seis hacia el río y nos metimos en uno de esos bares irlandeses que están al lado de Macy´s. Borges no se enteró que lo había puesto a comer caraotas con posta, y el plato le pareció una delicia, como en verdad estaba.

Mientras comíamos y Borges comía muy lentamente, le pregunté cómo habían sido los últimos días de su madre. Se sintió sobrecogido, pero luego, recobrando su natural, intentó dar una respuesta completa sobre el asunto. Dijo que su madre había sufrido mucho, que ojalá no fuera él a sufrir cosa igual. Deseaba morir, tan pronto supiera llegada la hora, lo más pronto posible. El había pagado ya con su ceguera buena parte del infierno que le tocaría tras la muerte y por eso estaba seguro que la cosa sería expedita, de un día para otro. «Madre me llamó siempre «inútil» o «infeliz». Nunca permitió que llevase más de una vez una chica a casa y menos que ella pasase a mi cuarto por unos momentos.» Daba la impresión que Borges gozaba recordando los sufrimientos de su madre.

Cuando terminó de almorzar le pregunté qué deseaba hacer y volvió a sorprenderme. Quería que fuésemos a varios de los 104 (ciento cuatro, eso dijo Borges) bares que hay entre la cuarenta y la cincuenta y siete. Le pregunté cuando había estado allí y dijo que nunca, pero que recordaba un filme con Ray Milland —The Lost Week-End— donde un alcohólico entra y sale de bares como Clarke´s, Yukon, Jimmy´s, Olde Knick y la taberna Castle. Que cosa más prodigiosa, la memoria de Borges, para recordar nombres de bares en una película en blanco y negro. Le recordé que tenía que llamar a Rodríguez Monegal.

La fila para del teléfono público más cercano tenía por lo menos diez personas. Y ni modos de no hacer esa diligencia. Emir y mis otros amigos tenían que saber de qué iba la tarde con Borges. Estaba en la cola cuando divisé a Gabriel Jiménez Emán sobre la esquina de Lexington, mirando a lado y lado, como buscando orientación. Lo acompañaba María Panero, una divina argentina que estudiaba medicina en New York University luego de haber logrado que el gobierno americano le concediera visa de exiliada política. Le dije a Borges que cruzaramos la calle para saludar a Gabriel y cuando estuvimos cerca de ellos y antes que le presentásemos a María, Borges ya la había intuido, quizás porque la oyó hablar y supo que era argentina. El hecho es que de inmediato le puso la mano sobre el brazo a la muchacha y continuamos bajando hacia el Carl Schurz Park, donde nos sentamos un rato, mientras María describía a Borges el Triborough Bridge, la isla Wards, los barcos cargados de basura y arena y ambos se complacían con el clima benigno del día, ni frío ni ventoso.

Gabriel Jiménez Emán había llegado dos días antes a New York desde Barcelona, camino de Middleburry College, donde iba a dar una conferencia sobre el grupo Sardio y la poesía de Ramón Palomares. Estaba algo preocupado sobre el asunto pues había dejado sus apuntes en España y me estaba buscando para usar mis archivos. Al ver que Borges se entendía de lo lindo con María Panero, nos apartamos un poco y fuimos sentarnos en otro banco. De pronto vimos cómo María estaba escribiendo en un papel algo que Borges le dictaba y nos acercamos. María hizo señas para que no interrumpiéramos. Borges declamaba lentamente unos poemas mientras ella los copiaba. En esas estuvieron unos cuarenta minutos. Les dije que se hacía tarde, que debíamos regresar y tomar un taxi para lleva a Borges hasta la casa de Rigas Kappatos, donde nos esperaban Emir y Roberto Piccioto.

María y Borges parecían vivir un romance momentáneo. En el taxi Borges dijo que se haría con ella en la parte de atrás y Gabriel y yo ocupamos la parte delantera de ese viejo check-car gris con rayas de tigre rojas. Mirándoles por el espejo retrovisor parecían dos novios que recién volvían a encontrarse. Durante el viaje Borges le dictó otro poema. Cuando llegamos a casa de Rigas saludamos a Athinulis, el gato, y de inmediato le pregunté a María qué cosas eran esas que Borges le dictaba. Dijo que Borges había tenido una súbita iluminación y le había pedido servir de amanuense. Que había estado pensando unos sonetos en el avión que lo trajo desde Buenos Aires y no había encontrado a nadie más oportuno, que ella, para hacerlo. Le pedí los papeles, fui a la calle e hice dos copias de los poemas. María se quedaría con el original, que debía devolver a Borges, en marzo, cuando ella fuera a Buenos Aires. [Como dato curioso, Borges no dio a María el teléfono de la calle Maipú, sino dos números de dos pisos distintos: uno en la Calle French y otro en Rodríguez Peña y Juncal.] Todo esto, hecho a espaldas de Borges, pues no quería que Emir ni los otros conocieran los poemas, por lo cual no pudimos ni leerlos ni comentarlos en ese momento.

A las siete salimos de casa de Rigas y tomamos dos taxis para ir hasta el Center, donde Borges daría su conferencia. Entramos, y de inmediato, Emir fue a buscar a la boliviana Rosario Santos, que nos metió en uno de los saloncitos del segundo piso de la fundación de los Rockefeller, donde estaban varios profesores de N.Y.U. y Columbia. Ofrecieron wisky, pero Borges prefirió tomar «agua del municipio». Yo me ingurgite unos tres de ellos, y al cuarto, me di cuenta que estaba completamente borracho.

Lo que vino después es una de las tragedias de mi vida. Subimos al salón de conferencias, que estaba totalmente abarrotado. De pronto vi como Borges estaba a miles de kilómetros de mí y me hundí en un delirio paranoico digno de Poe. Lo cierto es que salí a Park, tome el tren en Hunter College y me fui a casa. Al llegar vi que el perro del portero tenía cara y barbas de hombre y que mi vecino, con su calvicie, parecía un gato desollado, etc., etc., hasta que decidí llamar a mi hermana y decirle lo que estaba pasando. Como a las once de la noche ya estaba yo en una cama del Lenox Hill Hospital donde pasé la más triste y terrorífica navidad de mi vida. En uno de los bolsillos de mi abrigo, que mi hermana llevó a casa, estaban los poemas de Borges.

Al salir del hospital decidí ir a Madrid, donde había pasado tantos buenos ratos y donde esperaba recuperarme de esa enfermedad de las grandes ciudades: el pánico. Carlos Jiménez me recibió en Barajas y cruzamos la ciudad en su viejo Cuatro Caballos. Le conté de la enfermedad y le mostré los poemas de Borges, que llevaba entre un ejemplar de la Webster´s Word Histories, que había tomado para leer en el avión como una suerte de terapia a mis males. Al llegar a casa de Carlos, Sara Rosemberg tomó el libro y lo puso sobre uno de los estantes de su biblioteca. Allí se quedaría unos años más. Carlos y Sara hacían lo imposible por distraerme día a día para que olvidara mis padecimientos. Una noche, cuando vino a casa Antonio Caballero para leer un capítulo de Sin remedio, volví a pensar en los poemas de Borges, pero de nuevo las cosas tomaron otro rumbo. Volví a New York, abandoné New York, Carlos Jiménez se separó de Sara Rosemberg y Sara Rosemberg se quedó con los libros de Carlos.

Hace cuatro meses volví a Madrid. Antes de la separación Sara y Carlos habían comprado un piso en la cuarta planta del número 25 de la Calle del Prado, donde Sara había vuelto a poner los libros de Carlos y de ella en los anaqueles de antes, luego de transformar la vieja cocina y convertirla en sala de estudio. Una de aquellas noches veraniegas, luego de cenar, Juan Madrid comenzó a inventar otra de sus historias de crímenes y detectives y mencionó el Word Histories. De inmediato recordé los poemas de Borges. Fui a la biblioteca y buscando, buscando, encontré el libro bajo unos veinte volúmenes de tratados sobre arte, anarquismo y profilaxis sexual. Tomé el libro y oh milagro, allí estaban los poemas de Borges. Nada dije. Metí mi libro entre la bolsa de mercado y al día siguiente, nueve años después, leí por primera vez aquellos versos que había dictado el viejo adorado a la divina Panero.

Los cinco poemas de Borges no presentan novedades formales ni temáticas, ni tienen títulos. Uno repite el motivo de la «biblioteca», otro el «pasado», otro el «presente», el cuarto da las gracias por haber conocido, desde la penuria del tiempo y la vida, el mundo y las literaturas. El último vuelve sobre el asunto del laberinto y su Minotauro. Desde la primera lectura llama la atención la perfección de los primeros trece versos, no así sus finales, que son abruptos. Como si su autor no hubiese tenido tiempo para concluirlos y dejará allí, por lo pronto, terminado el asunto, pensando en volver sobre ellos. Son textos que bien podrían engrosar las páginas de La Cifra, donde Borges se repite incensante y se renueva en sus caóticas enumeraciones. Allí, donde lo que nos une a él no son los asuntos, ni sus enigmas, ni sus destellos. Mas bien el tono íntimo, de confesión, que ofrece su música: la voz de J. L. B., única e inimitable. Voz que apenas se reconoce en estos poemas ofrecidos a María Panero. Pues algo falta de hondura en ellos.

Intrigado por esta causa, decidí recurrir a uno de los expertos borgianos mas raros y desconocidos que se conozco. José Manuel Martell me recibió en su piso de la Calle Férraz y de inmediato examinó los poemas. Luego de dos o tres lecturas y mediciones y subrayados, el erudito mallorquín, concluye que los poemas deben ser borradores mentales borgeanos de los años sesenta, que nunca quiso publicar, pero que usaba como anzuelo, cuando aparecía alguna chica que le interesaba. Martell recordó que cosa parecida había ocurrido cuando Borges reconoció a María Kodama en el verano de 1957, en Buenos Aires, en la Facultad de Letras. Borges le habría declamado un centón de Xul Solar, que en alguna parte decía: «pienso con esperanza en aquel hombre/que no sabrá quien fui sobre la tierra». «Y no sólo le dijo ese poema, —agregó Martell—, sino que le contó a Kodama que él tenía la manía de guardar billetes de 10, 50 y 100 dólares entre los libros de su biblioteca y que Silvia Silberman le había tomado gusto a los de cincuenta».

Publico pues, estos cinco poemas, tal y como los transcribió María Panero, hace ya, casi diez años. Ojalá el lector no olvide, al leerlos, estos otros:

No puedo ejecutar un acto nuevo, soy la fatiga de un espejo inmóvil.

Nada hay antiguo bajo el sol.

Todo sucede por primera vez, pero de un modo eterno.

El que lee mis palabras está inventándolas.

Los sonetos

I
Encorvados los hombros, abrumado
por su testa de toro, el vacilante
Minotauro se arrastra por su errante
laberinto. La espada lo ha alcanzado
y lo alcanza otra vez, Quien le dio muerte
no se atreve a mirar al que fue toro
y hombre mortal, en un ayer sonoro
de hexámetros y escudos y del fuerte
batallar de los héroes. Ilusoria
fue tu aventura, trágico Teseo;
de la bifronte sombra la memoria
no ha borrado las aguas el Leteo.
Sobre los siglos y las vanas millas
ésta da horror a nuestras pesadillas.

II

Me pesan los ejércitos de Atila,
las lanzas del desierto y las murallas
de Nínive, ahora polvo; las batallas
y la gota del tiempo que vacila
y cae en la clepsidra silenciosa
y el árbol secular donde clavada
por Odín fue la hoja de la espada
y cada rosa y cada primavera
de Nishapur. Me abruman las auroras
que son y fueron los ponientes,
el amor y Tiresias y las serpientes
las noches y los días y las horas.
gravitan sobre la sombra que soy.
La carga del pasado es infinita.

III

Ya somos el olvido que seremos.
El polvo elemental que nos ignora
y que fue el rojo Adán y que es ahora
todos los hombres y los que seremos.
Ya somos en la tumba las dos fechas
del principio y el fin, la caja,
la obscena corrupción y la mortaja,
los ritos de la muerte y las endechas.
No soy el insensato que se aferra
al mágico sonido de su nombre;
pienso con esperanza en aquel hombre
que no sabrá quien fui sobre la tierra.
Bajo el indiferente azul del cielo,
esta meditación es un consuelo.


IV

Los ordenes de libros guardan fieles
en la alta noche el sitio prefijado.
El último volumen ha ocupado
el hueco que dejó en los anaqueles.
Nadie en la vasta casa. Ni siquiera
el eco de una luz en los cristales
ni desde la penumbra los casuales
pasos de vaga gente por la acera.
Y sin embargo hay algo que atraviesa
lo sólido, el metal, las galerías,
las firmes cosas, las alegorías
el invisible tiempo que no cesa,
que no cesa y que apenas deja huellas.
Ese alto río roe las estrellas.


V

¡Cuántas cosas hermosas! Los confines
de la aurora del Ganges, la secreta
alondra de la noche de Julieta.
El pasado está hecho de jardines.
Los amantes, las naves, la curiosa
enciclopedia que nos brinda ayeres,
los ángeles del gnóstico, los seres
que soñó Blake, el ajedrez, la rosa,
El cantar de los cantares del hebreo,
son la flor que florece en el desierto
de la atroz Escritura, el mar abierto
del álgebra y las formas de Proteo.
Quedan aún tantas estrellas.
Suspendo aquí esta vana astronomía.

Fuente:arquitrave.com

miércoles, 4 de agosto de 2010

En el lugar del crimen, un poema sospechado de apócrifo, y detrás, una posible traducción (I)


La noticia fue publicada en el diario Clarín del 30 de junio de 2009, con firma del periodista Horacio Bilbao. Apenas unos días después, motivó una columna de Jorge Aulicino, titulada "El indiferente azul", que fue publicada en la revista Ñ del 4 de julio de 2009. Dos semanas después, el mismo Aulicino sumó una nueva columna a la primera, aumentando el misterio de la historia en la que, sin duda, algún traductor metió la cola. Todo esto ha sido publicado en Otra iglesia es imposible de ayer, el blog de Aulicino que puede verse en http://campodemaniobras.blogspot.com/

Una historia de intrigas
alrededor de un poema atribuido a Borges


Colombia, 25 de agosto de 1987. Los paramilitares acribillaron al Héctor Abad (foto) –médico y político especializado en Salud Pública– en Medellín. Su hijo, el escritor Héctor Abad Faciolince, llegó unos minutos después. Lo encontró ya muerto. Lo besó y de su bolsillo sacó dos papeles. Una lista de personas amenazadas por los fascistas entre los que estaba el muerto y un poema sobre la muerte. Firmado JLB.

Aunque en ese entonces el poema tenía una importancia menor para Abad, lo hizo público en noviembre de ese año, en el diario El Espectador. Allí escribió que era de Borges. Por su belleza y por la forma en que lo encontró, el poema es también el epitafio de la tumba del padre: "El olvido que seremos..." Y es el eje de una historia trágica e intrigante.

"Esperé mucho tiempo. No sólo para escribir la historia sino para darme cuenta de que había una historia", dice Abad. Hace dos años pudo escribir un libro sobre su padre. Lo tituló El olvido que seremos. "Hablo de la bondad de mi padre y de la maldad de los asesinos, el soneto todavía no me importaba", dijo Abad. Al final, hay una mención del poema. Tardó 20 años para escribir ese libro, acompasado por el dolor. Y durante esos 20 años no pasó nada.

Pero de repente, a la luz del éxito comercial de su obra, el poema se volvió polémica. Ganó una importancia repentina. "Muchos me acusaron. Decían que estaba tratando de unir mi nombre de enano a la figura gigantesca de Borges para vender", recordó Abad. Entonces todo el mundo empezó a negar que el poema fuera de Borges.

Decían, sin vueltas, que Abad había inventado eso del poema en el bolsillo. "Pensé entonces que la belleza del poema debía ser rescatada, descubriendo a un autor distinto a Borges o confirmando que el poema era de él".

Decidió ir a fondo Abad, fuera lo que fuera. Pero tenía varios problemas. El poema no aparece ni en la Obra Poética ni en las Obras Completas de Borges. Para colmo, perdió el papel que su padre había escrito de puño y letra.

Un poeta colombiano le dijo que ese poema había sido escrito después de la muerte de su padre. Es decir: el soneto que Abad padre, defensor de los derechos humanos asesinado por los para, llevaba en su bolsillo, no había sido escrito.

El poeta colombiano es Harold Alvarado Tenorio. El publicó estos poemas en 1993. Lo hizo con errores de métrica, cambiando o repitiendo palabras. "Esto despistó a los expertos", dijo Abad. "Tenorio me dijo que eran suyos, luego que eran de Borges y que se los habían entregado a una amiga de él Nueva York", cuenta Abad.

¿De dónde había sacado su padre entonces aquel poema, seis años antes de que los publicara Tenorio?

Abad contrató a una estudiante para hurgar archivos y les escribió a una decena de expertos en Borges. También le pidió a un amigo que consultara a María Kodama. Mientras ni los académicos y ni la viuda de Borges daban el poema por auténtico, su asistente hacía la tarea. Entre otras cosas, publicó un artículo pidiendo datos del poema. Y dio resultado. Un día, en la librería que Abad tiene en Medellín apareció una mujer, Tita Botero. Sabía de dónde había copiado su padre el poema.

Botero le entregó a Abad un recorte de la revista Semana, del 26 de mayo de 1987 con una nota de introducción, una foto de Borges en el centro y abajo dos sonetos, explicados así: "Acaba de aparecer en Argentina un 'librito', hecho a mano, de 300 copias para distribuir entre amigos. El cuaderno fue publicado por Ediciones Anónimas y en él hay cinco poemas de Jorge Luis Borges, inéditos todos y, posiblemente, los últimos que escribió en vida. Aquí reproducimos dos de esos cinco últimos poemas de Borges." Uno era el suyo.

Su asistente consiguió los archivos del programa de radio que hacía Abad padre. En uno de ellos, el doctor había leído el poema. Abad volvió a escuchar la voz de su padre después de 20 años y con semejante confirmación fue a buscar a Tenorio, quien reconoció que fue Jaime Correas, uno de los estudiantes mendocinos que mencionaba Semana, quien le había hecho llegar los sonetos. "Tal como los había publicado Correas, los poemas sí eran atribuibles a Borges, eran perfectos", recordó Abad. Los errores eran de Tenorio.

Abad consiguió el e-mail de Correas, quien le confirmó todo. Borges, decía, les había dado los sonetos en mano a Franca Beer, la mujer del artista Guillermo Roux. Ellos, junto con el poeta francés Jean Dominique Rey, fueron a visitar a Borges. Roux hizo unos dibujos mientras Rey lo entrevistaba. Al final, Rey le pidió a Borges unos poemas. Borges le dijo que se los daría; Franca volvió al día siguiente y Borges le dijo que sacara poemas de un cajón. Ella los tomó e hizo copias.

Abad fue a Mendoza a ver a Correas; a Buenos Aires, a encontrarse con Franca Beer y Guillermo Roux y a París, a hablar con Dominique Rey. Con los años surgieron contradicciones. Franca Beer dice que fue a ella a quien entregaron los poemas y Dominique dice que fue a él. "Yo creo que Borges se los dio a los dos", reparte Abad.

Pero entonces se convenció de que los poemas, eran en verdad de Borges. ¿Falta que los lectores y expertos piensen lo mismo? "Si quieren, yo ya estoy tranquilo", responde Abad.

Con el círculo cerrado, Abad y Correas escribieron sendos libros. Ahora ambos, con sus historias paralelas que se tocan en muchos puntos, fueron la sensación del Festival Malpensante que se hizo en Colombia. Hasta esta aparición de Héctor y de su padre asesinado con el poema en el bolsillo, los poemas estaban ahí, en un cuadernillo publicado hace 20 años.


El indiferente azul (I)

El esfuerzo realizado por el escritor colombiano Héctor Abad Faciolince para probar la autenticidad de un poema de Jorge Luis Borges que estaba en los bolsillos de su padre, asesinado en 1987 por un grupo parapolicial, tiene una justificación que parece exceder la de rendir tributo a una memoria. Según el relato que publicó Clarín el martes pasado (30 de junio de 2009), Abad Faciolince ya había hecho mucho en pos de ese último objetivo: hace dos años, publicó el libro El olvido que seremos, para contar quién era el doctor Héctor Abad, abogado, defensor de los derechos humanos. Aunque el supuesto poema de Borges le había dado el título del libro, no le importaba especialmente. Sólo cuando se alzaron voces denunciando el texto como apócrifo, se preocupó el escritor en averiguar si era tal. ¿Su honor estaba en juego? ¿El de su padre? No parece. Si el asesinado doctor Abad guardaba ese poema, era porque lo daba por bueno en dos sentidos: por su contenido y en cuanto a la autoría. Estaba en su bolsillo y tenía las iniciales de Borges. El doctor no se lo atribuía a él mismo, desde luego. Tampoco su hijo intentó hacerlo pasar por obra de su padre. Fue más bien lo contrario: la mención de Borges desató un mínimo coro de protestas.

No contaremos los detalles. El escritor partió en pos del autor verdadero y encontró primero un falsificador que había publicado el poema alterándolo y atribuyéndoselo, y más tarde a los primeros editores, y por último a quienes habían tomado de mano de Borges la copia de este soneto que elogia al olvido y que no figura en ninguno de sus libros.

Se seguirá discutiendo. Los testimonios pueden convencer o no, pero una historia de dolor y minucias, bajo un azul indiferente, está escrita. Muchos se han dado a desmenuzar la obra buscando el sello del estilo. No agrego nada a esto último si digo que hay un verso en el poema que es marcadamente borgiano pero que no es de Borges enteramente: “Bajo el indiferente azul del cielo” evoca unas líneas de “Domingo a la mañana”, un complejo prodigio del poeta estadounidense Wallace Stevens (foto). Este profetiza allí que el cielo será, alguna vez, “una parte de trabajo y una parte de dolor (...) no este divisor e indiferente azul ”. Hubo algunas traducciones del poema en la Argentina. Alberto Girri hizo una. Otra la habían hecho Borges y Adolfo Bioy Casares y fue publicada en la revista Sur en marzo de 1944.

El indiferente azul (II)

Hace dos semanas, anoté que un verso del poema atribuido a Borges que apareció en un bolsillo del asesinado doctor Héctor Abad en 1987 podía estar citando a otro, de “Domingo a la mañana ”, una composición en ocho tramos del estadounidense Wallace Stevens.

Borges, junto con Adolfo Bioy Casares, había traducido este poema en la década de los 40. La versión apareció en marzo de 1944 en la revista Sur. Para nadie que lea “Domingo a la mañana”, de Stevens, en el original o en respetuosas traducciones, los calificativos aplicados al cielo en la tercera estrofa pasan sin pena.

The sky will be much friendlier then than now,/A part of labor and a part of pain,/And next in glory to enduring love,/Not this dividing and indifferent blue, escribe Stevens, lo que traducido por Alberto Girri es: El cielo será entonces más amistoso que ahora,/una parte de esfuerzo y una parte de dolor,/y cercano en la gloria el amor perdurable,/no este divisorio e indiferente azul,verso este último que Borges y Bioy traducen: “No este indiferente azul, que aleja”.

Y se trata de que el poema que según diversas evidencias Borges escribió, y el doctor Abad llevaba en su bolsillo, habla sin más del “indiferente azul ”.

Borges pudo o no haber escrito el poema que se le atribuye. El falsificador pudo imitarlo. Pudo incluso haber leído a Stevens y haber recordado su indifferent blue sin saber que Borges lo había traducido con Bioy. Pudo saberlo, incluso, y pudo haber adivinado que Borges lo habría usado si hubiese escrito el soneto póstumo.

Stevens era un pagano, Borges un agnóstico; para ambos el azul, metonimia del cielo, era indiferente en términos bíblicos.

Borges escribió mucho en defensa de la traducción y también tradujo –no tanto como otros poetas de los que después nacieron en esta tierra de traductores–. Sea que conocía ambos poemas o no, el supuesto falsificador tradujo la mente de Borges a su vez. Y si Borges fue el autor, usó en su creación aquel verso que había volcado al castellano con Bioy y que sin duda dormía en su memoria.

Esta pista, cierta o falsa, sobre la autenticidad del poema de Borges hallado en el bolsillo de un hombre asesinado sólo pudo aparecer, para aclarar o mezclar aun más la baraja, en un país como la Argentina, cuyos autores se dedicaron apasionadamente a la traducción como a una parte de su obra.

martes, 3 de agosto de 2010

La traducción de la ciencia y sus problemas


Ayer, lunes 2 de agosto, desafiando el frío inclemente de este invierno, una nutrida concurrencia se reunió para escuchar al Dr. Alberto Kornblihtt, biólogo molecular, y a la Dra. Vivian Scheinsohn, arqueóloga, quienes participaron de una nueva reunión del Club de Traductores Litearios de Buenos Aires. Cada uno de ellos, desde el saber que les confieren las respectivas disciplinas que representan, comentaron cuáles son los problemas cuando se traduce ciencia. Para aquéllos interesados en la velada, puede consultarse en http://www.ustream.tv/recorded/8682865


Alberto Kornblihtt estudió en el Colegio Nacional de Buenos Aires, se recibió de biólogo en 1977 en la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la UBA, luego hizo su doctorado en la Fundación Campomar (ligada a la Facultad de Ciencias Exactas) e hizo su postdoctorado en la Universidad de Oxford, Inglaterra, en donde estudió por tres años. Es investigador principal del Conicet, profesor titular plenario con dedicación exclusiva y miembro del Departamento de Fisiología, Biología Molecular y Celular de la Facultad de Ciencias Exactas.


Vivian Scheinsohn se licenció en Ciencias Antropológicas en la Universidad de Buenos Aires, donde luego se doctoró en el año 1998. Titular de la cátedra de Arqueología Argentina en la Facultad de Filosofía y Letras de la U.B.A., es asimismo investigadora adjunta por el Conicet, con sede en el Instituto Nacional de Antropología y Pensamiento Latinoamericano. Es miembro asociado de Sigma Xi, the Scientific Research Society desde 2004; miembro fundador de la Asociación de Arqueólogos Profesionales de la República Argentina; miembro de la Society for American Archaeology desde 2005, y miembro de Internacional Council for (ICAZ) desde 2006. Actualmente trabaja en las provincias de Chubut y Río Negro, sobre temas relacionados con la arqueología y la ecología del paisaje.


fotos: Guido BonFiglio

lunes, 2 de agosto de 2010

¿A cuánto el kilo de novelista argentino?


Publicado en el diario Clarín del 1 de agosto pasado, el siguiente artículo de Alejandra Rodríguez Ballester permite comprobar el entusiasmo despertado entre los agentes literarios por la promoción de autores argentinos que permite la próxima Feria de Frankfurt por lo mucho que les soluciona el trámite contar con subsidios estatales para poder hacer mejor sus negocios privados.

Cosecharás tu siembra:
hablan los agentes de los escritores argentinos


Algunos de ellos han forjado una leyenda. Como Andrew Wylie, en Gran Bretaña, que representa a escritores como Philip Roth, Martin Amis, Salman Rushdi, Borges y Nabokov. Su apodo, “el Chacal”, lo dice todo … Otros, como la española Carmen Balcells, quedaron ligados al hallazgo de una literatura, como la latinoamericana del boom. Los agentes literarios son ahora la mejor puerta de acceso al mercado internacional. Los que representan a los escritores argentinos tuvieron trabajo extra estos años ante la demanda por la Feria de Frankfurt, que en octubre tendrá a la Argentina como invitada de honor.
 
“En Alemania el impacto es enorme. Este año unas cien editoriales alemanas publican por lo menos un título argentino”, asegura Nicole Witt, agente de José Saramago y responsable de la venta de derechos de traducción al alemán, francés, portugués, holandés, italiano, ruso, serbio, turco e inglés de Las viudas de los jueves de Claudia Piñeiro; de Rabia , de Sergio Bizzio, a seis lenguas; El niño pez, de Lucía Puenzo, también a seis. Claudia Piñeiro ya tiene programada una gira europea ligada a su viaje a la Feria de Frankfurt.
 
Con su agenda ya cerrada, “una reunión cada media hora de 9 a 18 durante tres días”, para cuando le toque ocupar su escritorio en el Literary Agentes and Scout Center de Frankfurt, donde trabajan sin parar más de quinientos agentes, Guillermo Schávelzon hace balance. “En 2008 cerramos casi cien contratos de traducción para que los libros estén publicados este año. Los más interesados fueron los sellos de Alemania, Holanda, Francia, Italia y Portugal”. Considera que habrá que esperar unos tres años para saber “quiénes tuvieron lectores y quiénes no”.
 
“Hay escritores que vendemos desde siempre a varios idiomas: Ricardo Piglia, Martín Kohan, Elsa Osorio, Pablo de Santis ... Este año hay sorpresas: Lisboa, la nueva novela de Leopoldo Brizuela, será el lanzamiento de escritor argentino más importante de Alemania, con 30 mil ejemplares de primera edición. La editorial invitó al autor a una gira, los libreros –informados seis meses antes– están muy entusiasmados”, agrega Schávelzon, que lamenta que el Comité argentino (COFRA) todavía no haya decidido qué escritores llevará. “Los editores europeos suelen saberlo con un año de anticipación, para publicar y promover sus libros con tiempo. Ahora es tarde: sólo se hará ruido dirigido a la política argentina, no al mundo de la edición europeo”, lamenta Schávelzon.
 
Matías Strobel, agente de Florencia Bonelli, Ernesto Mallo y Ricardo Coler, dice que “Frankfurt es la cosecha: la mayoría de los títulos va a aparecer de ahora en adelante, y habrá una avalancha de reseñas y artículos”. Todos opinan, como Nicole Witt, que “será importante a partir de octubre trabajar con ímpetu para que el impacto no se pierda después de la Feria. Para lograr esta meta, será fundamental que el Programa SUR de apoyo a la traducción siga funcionando.”

domingo, 1 de agosto de 2010

Uno de los más grandes escritores argentinos, finalmente traducido al francés

El sábado 23 de febrero de 2008, el diario Clarín publicó una entrevista entre la periodista María Laura Avignolo, correspondal de la publicación en París y la traductora Odile Begue, autora de una versión francesa de Una excursión a los indios ranqueles, la extraordinaria crónica de Lucio V. Mansilla*.


Mansilla traducido al francés

En su casa de París, Lucio Victorio Mansilla decidió hacer una corta confesión a un sacerdote. "Padre, en mi vida, yo maté a algunos hombres y amé a numerosas mujeres. Es todo", dijo el pecador. Era el 8 de octubre de 1913 y pocas horas después, Mansilla murió. Ahora, después de 95 años, con la traducción al francés de Una excursión a los indios ranqueles –su obra fundamental en la literatura argentina– Francia retribuye al escritor, militar y ensayista argentino aquel amor por la cultura francesa. La obra fue traducida al inglés hace medio siglo, pero no se conocía hasta ahora en París. Esta edición francesa era un "deber de familia", así lo tomó Odile Begue, una argentina de la familia de los banqueros Supervielle, que llego a los 19 años a París por las mismas razones culturales que Mansilla. Begue fue la esposa del pintor Leopoldo Torres Agüero, es madre de dos hijos y hoy está casada con Alberto Girondo, traductor y sobreviviente de los horrores de la ESMA. Alberto es pariente directo de Lucio Mansilla y su bisabuelo es Carlos Girondo, hermano de Oliverio, el famoso escritor. Odile Begue decidió traducir este clásico argentino "cueste lo que cueste" y así encontró a Christian Bourgois, famoso editor de literatura extranjera y también emparentado con Mansilla. Pero quien hace posible esta edición es una mecenas franco-argentina, María Rosa Bemberg, otra descendiente directa de Mansilla, que ya en 1989 patrocinó en Emecé una edición de la obra. Desde esta semana, dos mil ejemplares de Une excursion au pays des ranqueles están en las librerías de París. La heroína de esta aventura literaria es la incansable Odile Begue, quien después de transpirar con muchas páginas, descubrió que lo suyo es la traducción literaria.

–¿Cómo surgió la idea de traducir este libro al francés?
–La tuve desde siempre. Trabajé para un librero con traducciones de español antiguo y además traduje un libro importante del psicoanalista Horacio Etchegoyen. Es el momento de intentar traducir Ranqueles, me dije. Me tiré al agua y tuve mucho apoyo de mi prima, la poeta Silvia Baron Supervielle. Mi marido, Alberto Girondo, me ayudó mucho con los términos del campo. Juan Carlos Garavaglia, un especialista en el siglo XIX, hizo el prefacio.

–¿Cómo logró convencer a un francés para editarlo?
–Yo quería que lo hiciera Christian Bourgois, un gran editor francés de literatura extranjera, que era pariente de Mansilla y murió a fines de diciembre de 2007, pero alcanzó a ver el libro casi terminado. Me faltaba la financiación porque es un libro que salió muy caro. La conseguí a través de María Rosa Bemberg –Rosine– que también es descendiente de Mansilla. Al final es como una historia de familia. Al principio, Bourgois era reticente. Pero muchos amigos míos le insistieron. El aporte de Rosine Bemberg fue importante, ese dinero decidió a Bourgois.

–¿Por qué le puede interesar Mansilla al público francés?
–No sé. Bourgois tiene buena distribución con Editions du Seuil. Mansilla adoraba París, aquí murió. Viajó 17 veces en su vida a Europa, también a la India. Su libro se tradujo en Inglaterra y los Estados Unidos en los años 50 pero no en Francia, los franceses no traducen, son reacios. Hacerlo era como un deber familiar.

–¿Hubo resistencias en la familia Bemberg para editar el libro?
–Rosine me decía: "¿Qué demonios les importa a los franceses este libro? Nadie lo va a comprar". Las hijas decían lo mismo, no veían cuál era el interés. La convencí a Rosine de que lo que se invertía en cultura no era dinero tirado por la ventana. Y porque ella era, además, pariente de Mansilla.

–¿Mansilla era conocido como intelectual en París?
–Conocía a Montesquieu, iba al College de France, publicó dos libros aquí, Estudios morales era uno. El estaba vinculado a Francia. Tenía esa relación que su generación y su clase social establecieron con la cultura francesa.

–Los críticos literarios han caracterizado a Mansilla como un vanguardista en su clase social, literariamente menos reaccionario que José Hernández...
–Mansilla es muy moderno. Su aprehensión de la sociedad argentina, su visión de los indios, su sentido de equidad, su necesidad de integrarlos y no exterminarlos -como sucedió- eran sus principales características. No era un marginal porque participaba de todo. Pero era muy original y excéntrico para su época. Eso le impidió llevar una carrera politica. No se callaba la boca.

–¿Como lo veían sus familiares?
–Era muy amigo de su hermana, Eduarda Mansilla, excéntrica como él. Los hijos murieron muy jóvenes y tuvo una vida familiar dramática. Estaba casado con una prima hermana, pero su historia estaba llena de amoríos.

–¿Cómo explica que en la Argentina de posguerra civil, él no tuviera una visión reaccionaria de la sociedad, los indios y gauchos?
–No fue un reaccionario. Tiene una visión muy crítica de la política de Sarmiento, se pelea con él y equipara la sociedad india con la argentina cristiana. Cuando compara el rancho de un gaucho y el toldo de un indio, él dice que se supone que el gaucho es civilizado y el indio es un bárbaro. En el terreno se comportan exactamente como lo contrario. Supongo que su libro debe haber sido un escándalo en su época.

–En el libro, Mansilla trata de explicar la convivencia que había entre los indios, los hombres blancos de la frontera y los malones, que se habían convertido en expediciones económicas.
–Exacto, eso es lo que explica muy bien Garavaglia en el prólogo de esta traducción. Para ellos era una forma de sobrevivir. Es el contraste entre dos modelos económicos: el estilo nómade de los indios, su orfebrería; y el modelo del campo de ganadería y cultivo. Si los cristanos hubiesen enseñado a los indios a trabajar, hubiera sido una forma de insertarlos en la sociedad.

–¿Desdiaboliza a los ranqueles?
–Sí, él relata todo ese mundillo de los cautivos y los refugiados políticos en las tolderías después de las guerras civiles. Relata esa sociedad de frontera, marginal.

–¿Cuánto hay de militar en Mansilla y cuánto de intelectual?
–Eso es lo que hace fascinante al personaje. Es muchas cosas a la vez. Es uno de los primeros que trae a la luz el mundo de los gauchos y de la injusticia que sufren.

*Para los lectores extranjeros que no tengan la fortuna de haberlo leído hasta ahora, Lucio Victorio Mansilla (Buenos Aires, 23 de diciembre de 1831 - París, 8 de octubre de 1913), personaje excéntrico y cosmopolita que se permitía luchar en la guerra de la Triple Alianza vestido de árabe, fue uno de los más importantes escritores argentinos del siglo XIX y acaso el primer gran cronista del país. General de división del Ejército Argentino, fue también periodista,  político y diplomático. Su bibliografía comprende De Adén a Suez (1855), Una excursión a los indios ranqueles (1870), Entre nos (causeries de los jueves) 5vol.(1889/90), Retratos y recuerdos (1894), Estudios morales o sea el diario de mi vida (1896), Rosas, ensayo histórico-psicológico (1898), Máximas y pensamientos (1904) y Mis Memorias (1904).