martes, 10 de febrero de 2026

"¿Ha oído usted hablar de Abdelfattah Kilito?"

El pasado 10 de enero, en La Jornada Semanal, de México, el poeta, ensayista y editor José María Espinasa publicó este comentario a propósito de Abdelfattah Kilito, escritor de origen árabe que escribió La lengua de Adán, un libro que trata sobre cómo se lee y cómo se escogen hoy las lecturas.


El mejor método para escoger una lectura

Se suele decir que lo mejor es el encuentro fortuito, al capricho del azar, pero sabemos que no es del todo cierto. Los caminos cambian según la época. En un tiempo lo fueron las reseñas en revistas y suplementos, en otro las mesas de novedades y ahora, según me comentan mis alumnos nativos digitales, las recomendaciones de amigos en las redes, equivalente del ancestral y siempre efectivo boca a boca. ¿Ha oído usted hablar de Abdelfattah Kilito? Supongo que no. Yo tampoco hasta hace algunas semanas que Francisco Segovia me preguntó si lo había leído. A la sonrisa que disimulaba mi ignorancia, él agrego sonriendo, “como kilo, pero chiquito” y me prestó La lengua de Adán.

Para mi una revelación y una sorpresa: toca temas muy abstrusos con enorme gracia y sencillez sin perder profundidad, aunque a veces parezcan bizantinos: el mito, la lengua, la traducción. Son tópicos muy presentes en otros autores con un alto grado de abstracción, presentados aquí con la sencillez de un relato. Por ejemplo, ¿qué lengua hablaba Adán en el paraíso? No es novedoso escribir ensayos como cuentos ni a la inversa, pero lo hace con tanta gracia que rápidamente quise leer otros libros del autor y en la red vi que Turner le publicó La curiosidad prohibida (Leyendo Las mil y una noches).

Como se ve, su nombre y sus temas no ocultan su origen árabe: nació en Rabat, Marruecos, en 1945, y es una de las figuras de la actual literatura de esa zona cultural. En Francia es bastante conocido, lo es menos en inglés y muy poco en español. No me voy a ocupar sino tangencialmente de él y lo tomo de pretexto para un asunto que aparece y reaparece en mis colaboraciones en este suplemento: ¿Cómo se lee? ¿Cómo se escogen hoy las lecturas? No, desde luego, en función de la publicidad apoyada en algoritmos. Y eso es, también, de manera más profunda tema para Kilito. En esta época en que la revistas en papel son pocas y ya no cumplen la función que tuvieron hace cincuenta años, y las mesas de novedades en las librerías están marcadas por la moda y los intereses económicos, autores como éste tienen algo de secreto. Pero el boca a boca, el bit a bit, sigue funcionado. Eso fue lo que hizo Segovia recomendándome leer a Kilito. No creo que hubiera llegado a él por otros caminos.

Leo a pocos escritores árabes, recientemente lo he hecho con Adonis, sé que es una limitación. Aunque el poeta libanés se ha puesto en cierta manera de moda, su lectura sigue siendo, como dice Rosa Chacel de toda lectura, un secreto, no un secreto a voces, pero sí uno que queremos compartir, o más aún provocar, como un contagio, crear una cadena de trasmisión del secreto, un rio subterráneo, una paradoja, una moda secreta. Los lectores digitales podrán buscar los libros de Kilito en la red, yo sigo prefiriendo el papel y fui a buscar La curiosidad prohibida. No estaba en ninguna de las librerías que visité ‒Gandhi, Sótano, Péndulo‒ pero en esta última había otro, El caballo de Nietzsche (Losada). Desde luego no en la mesa de novedades y más bien al fondo del almacén porque tardaron en traerlo, delgado volumen que no llega a las 150 páginas y que cuesta casi 500 pesos. Lo dudé, pero acabé comprándolo. Esta vez el título sí habría despertado interés por si mismo sin saber más cosas sobre el autor, pero de ser estricto tiene poco que ver con su contenido, el autor de La gaya ciencia apenas aparece en un par de páginas. Se trata de un curioso ejercicio de memoria ficcionalizada y de ficción memoriosa. Cuenta los orígenes de su/una vocación de escritura a partir de la importancia de la copia de textos como aprendizaje, equivalente físico de memorizar. Pero si el libro no menciona casi a Nietzsche no me sentí decepcionado. Lo personal aquí sirve para crear una extraña incertidumbre en lo que ocurre, lo que se relata tiene una condición ‒o diríamos, con la física‒, un principio de incertidumbre en el cual quiero ver un antídoto contra las religiones teocráticas, proclives al dogmatismo.

Con esto quiero señalar que Kilito es un escritor de su tiempo, ese marcado por el regreso del fascismo en Estados Unidos, Argentina y, desde luego y en primer lugar Israel, que ha sumido a Palestina en un infierno. Pero es de su tiempo porque sutilmente se sitúa contra él. A la vez su ritmo de lectura no tiene para nada la aceleración característica de nuestra época, sino una actitud de serenidad casi ascética. Eso vuelve su literatura algo familiar, como si conversara con el lector y esperara a escuchar sus respuestas. Así, preguntarnos qué lengua hablaba Adán en el paraíso es asomarnos a un abismo. Supongo que Trump diría que hablaba inglés, porque no puede concebir nada sino desde sí mismo y su autosatisfacción. ¿Cuál es el matiz que aporta el escritor a Occidente? Bueno, yo pienso que el preguntarse sobre la lengua concreta de ese paraíso y no preguntarse de manera más abstracta ‒más occidental‒ si en el paraíso Adán hablaba. Si ciertas reflexiones transforman la maldición de Babel en una bendición, es tal vez porque en el paraíso no se necesitaba el habla, el silencio lo decía todo y la hacía innecesaria. ¿Cómo escoges, lector, lo que lees? Ojalá le hicieras caso, como yo, al consejo de Francisco Segovia y busques textos de Kilito. No te será fácil encontrarlos, pero eso lo vuelve más emocionante l

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