viernes, 20 de febrero de 2026

Una polémica sobre los traductores (II)

El pasado 26 de enero, Enrique Murillo, quien ha sido lector y editor, traductor y escritor, entre otras cosas, y ha trabajado en Anagrama, en Plaza & Janés, en Planeta y Alfaguara, además de coordinador de Babelia, el suplemento literario de El País, publicó este artículo de opinión en defensa de la labor de los traductores frente a un polémico artículo del editor Pere Sureda. Lo hizo en elPeriódico, de España.

La importancia del traductor

Escribo enfadado por el tono y la escasa aportación de datos que mi querido colega Pere Sureda empleó en este suplemento cuando habló de lo que él denuncia como excesiva “sacralización” del trabajo del traductor. No cita muchos ejemplos de lo que llama “errores infantiles”, que al parecer se cometen ahora de forma abundante y que consisten en tratar al traductor como alguien “más importante” que quien ha escrito el texto original. Que yo sepa, eso es a lo sumo una excepción muy minoritaria.

Además, si hay un trabajo editorial que está sacralizado excesivamente en España no es precisamente ése, sino el del editor, que suele hablar de sí mismo como un creador (copiando la frase del librero y editor izquierdoso François Maspero), cuando se atreven a decir la simpleza de que “mi obra es mi catálogo”. ¡Por favor! Comparar esa supuesta “obra” con la del autor es megalomanía.

Hablemos de la consideración que por lo general merece la traducción en el sector editorial. Porque lo que sí es necesario denunciar es el trato miserable que, en cuanto a remuneración y consideración, merece el traductor en la mayoría de las empresas dedicadas a la edición.
Remuneración

Los traductores cobran, con tarifas congeladas desde 2010, entre 10 y 15 euros por página de 2.100 caracteres con espacios. Lo cual significa que no se sacan al mes ni un salario mínimo interprofesional (aparte de no cobrar si cogen vacaciones, si están enfermos, si pasan días o semanas sin encontrar quien les dé trabajo, cosas muy habituales). Además, carecen de una consideración fiscal adecuada, lo que les castiga aún más, ya que son tan falsos autónomos como los 'riders' de Glovo.

Es cierto que, ahora, los editores incluso ponen a veces el nombre del traductor en portada o la portadilla, cumpliendo así el espíritu de la Ley de Propiedad Intelectual de 1987. Pero eso no significa darles más importancia que al escritor. Ha habido alguna vez algún traductor-estrella, digamos que habrá cuatro o cinco de un colectivo de unos cuantos miles. Pero son excepciones casi inexistentes.

En cuanto a la complejidad de su trabajo, en cuanto a la necesidad de que sea un trabajo por lo menos eficaz, habría mucho que hablar. Si una novela o crónica humorística (pensemos en algunas de Tom Wolfe) no hace reír por culpa del traductor, el libro está muerto. Por citar solo un ejemplo.

Al lector interesado he de remitirle a mis memorias, donde trato extensamente no solo el asunto de la remuneración, sino también el de las características de ese trabajo y su grado de creatividad en relación a la necesidad de reinventar a veces el propio idioma con formas verbales, léxicas y de construcción sintáctica que jamás se habían empleado. Es decir, son, por lo menos, y los mejores solamente, creadores de lenguaje.

En este país tan desdichado para todo lo referente a la cultura del libro, lo que necesitan los traductores no es menos sino más consideración. Que puedan ser considerados como entes capaces de negociar colectivamente sus condiciones laborales con los editores, cosa que ahora se les prohíbe bajo pena de multa, sería sin duda un avance.

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