jueves, 19 de febrero de 2026

Una polémica sobre los traductores (I)

El 16 de enero pasado, en elPeriódico, de España, el editor Pere Sureda, ex subdirector general de Ediciones B, ex director general de la editorial Grup 62 y ex director del Grupo Norma, publicó un artículo de opinión, donde, a cuenta de nada, señala una serie de ideas polémicas a propósito de los traductores literarios.

Sacralización del traductor

Este texto no pretender ir en contra nadie, y mucho menos en contra de los y las traductoras, los textos traducidos, las asociaciones de traductores y ese mundo que los rodea. Nada más lejos de mi intención, aviso. Solo quiero esclarecer un punto que me parece importante y que, quizá, estamos perdiendo de vista: el texto original. Ese es el determinante. A quién se traduce. Qué ensayo o novela o reportaje se está vertiendo a nuestras lenguas.

No es lo mismo traducir a William Shakespeare, pensarán ustedes, que la última obra de un autor joven que escribe en inglés. También lo pensaba yo. Creía que traducir a los clásicos de todos los tiempos requería un nivel de conocimiento excepcionalmente superior a la media. Lo sigo pensando. Pero considero que es bueno abrir el debate, si así lo quieren llamar, sobre qué libros, provengan del original que provengan, vertidos a nuestras lenguas son los que nos han emocionado, conmovido, maravillado. Busquen y verán que estos libros son maravillosos por quién los ha escrito en lengua original, no necesariamente por su traductor. Voy a desarrollar esta tesis. ¿O hipótesis? Da igual.

Recuerdo que en mi juventud (nací en 1957), a los 14 años, ya leía con fruición todo lo que pasaba por mis manos. De Enid Blyton a Julio Verne, de Mario Puzo a Emilio Salgari, y jamás se me ocurrió pensar en quién los traducía. Ignoro si en los títulos de crédito de esos libros figuraba o no el nombre del traductor. No conocía el concepto de traductor. Ni lo conocía ni pensaba en ello.

Disfrutaba o me resultaban pesados esos libros que leía en mis años de juventud e inocencia. Pasados los años, y ya trabajando plenamente en el sector editorial, observé que los traductores eran seres humanos cuyo trabajo fundamental era verter los textos de un idioma extranjero a nuestras lenguas. No me extrañó, sencillamente pasó a formar parte de todo lo que estaba aprendiendo y conociendo como profesional. Y desde entonces así fue. Seguía leyendo y seguía maravillándome o descartando los libros que me resultaban aburridos.

Protagonismo
Fue a principios del siglo XXI cuando en nuestro país, y de una forma insistente, la figura de quién traduce fue tomando mayor y merecido protagonismo. ¿Quizá la traducción directa del ruso hecha por Marta Rebón de la novela de Vasili Grossman Vida y destino, y de su éxito de crítica y público, fue lo que desencadenó una profunda reflexión sobre el protagonismo de la traducción? En mi imaginario, sí. La publicación data de 2007 y es de Galaxia Gutenberg. Existía otra traducción anterior del francés, es decir una traducción de una traducción, a cargo de Rosa Maria Bassols, publicada por Seix Barral en 1985, que no he leído.

En la primera edición en tapa dura con sobrecubiertas de la edición de Galaxia Gutenberg no figura el nombre de la traductora en portada. En las siguientes ediciones, ya sí. Como lector y como editor me parece lo correcto. Así debe ser. No hacerlo es retrógrado. No ignoremos, en tanto que editores, el nombre del traductor. Démosles lo que merecen. Pero que eso no nos lleve a errores infantiles como los que hoy se dan.

No contribuyamos a que la figura de la persona que traduce sea más importante que la de quien ha escrito el texto original. Eso sería una necedad y particularmente me parecería un escándalo. Comento esto porque en el entorno -libreros, prensa, escritores, lectores- quizás se empieza a valorar más la traducción que el original, y eso no. De ninguna manera: el responsable último siempre es el autor del texto original.

No olvidemos que cuando éramos jóvenes leíamos a Alejandro Dumas, Emilio Salgari, Graham Greene, Patricia Highsmith, Georges Simenon, Virginia Woolf y un largo etcétera y nos entusiasmaban, sin conocer quién los había traducido. Créanme, un gran escritor soporta a lo largo del tiempo muchas malas traducciones, pero sigue vivo.

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