lunes, 18 de mayo de 2026

"Autoimponernos distintivos de pretendida superioridad ética no garantiza necesariamente la superioridad creativa de nuestra producción"

Una reciente iniciativa española, sugiere un "sello de traducción humana" para garantizar que los libros traducidos no respondan a traducciones realizadas mediante Inteligencia Artificial (cfr. la entrada de este blog correspondiente al 26 de mayo pasado). El escritor y traductor Andrés Ehrenhaus, residente desde hace décadas en Barcelona, reflexiona a  continuación, sobre la cuestión. 

De lo humano, su siniestralidad y los distintivos de pureza

Cuando Freud estaba escribiendo su clarividente trabajo sobre lo Unheimliche, seguramente no se detuvo ni un instante en pensar en cuántos apuros pondría a sus traductores al castellano y a gran parte de la teoría y práctica psicoanalíticas de ese ámbito lingüístico y cultural. La traducción canónica de die Unheimliche acabaría siendo “lo siniestro”, en un giro de distorsión obligado por la matriz latina de nuestra lengua, que no siempre tiene la agilidad y cintura necesarias como para correr a la par de las germánicas, capaces de complejizar y darles la vuelta a los conceptos con un simple prefijo. Me pregunto si no habría sido más acertado y certero traducirlo por “lo incómodo” o, más débilmente, por “lo inquietante”, habida cuenta de que siniestro no es ni siquiera lo opuesto a diestro o viceversa. En inglés, que sí tiene esa cintura por herencia y por derecho propio, la cosa se tradujo por the uncanny, cuya polisemia sin embargo también se queda, para mi gusto, un poco corta. ¿Por qué no aprovechar, ya que estaban, la ambigüedad de homely y retorcerlo chespiriana y froidianamente? ¿Por qué no se atrevieron a darle patente de corso a unhomely? Chi lo sa. En todo caso, en lo que a nuestro ámbito respecta, la torsión se perdió del todo y quedó sumida en las oscuras aguas de lo que no es “derecho”. Y no es lo mismo. Porque en ese texto la atención de Freud se detiene, justamente, en la ominosa sombra de lo hogareño, de lo familiar, y en su siniestro presagio. Lo que a Freud, tras recorrer los usos lingüísticos de ambos términos, le llama la atención es que la sensación de siniestralidad parezca emanar precisamente de la parte “buena”, familiar y conocida y que, yendo aún más allá y con la venia de sendos diccionarios de autoridades, heimlich y unheimlich acaben confluyendo en el mismo cono de sombra por arte de la arista íntima, resguardada, oculta, secreta, de aquello que el hogar debería albergar o poner a cubierto. Usos que se hacen patentes por ejemplo en Geheim, que significa secreto, en Heimlichkeiten, artes mágicas, o en las partes heimlich del cuerpo, que son las pudendas. Para Schelling, dice Freud, unheimlich sería todo lo que debió quedar oculto, secreto, pero, para bien o para mal, se ha manifestado. Lo siniestro manifiesto. Y heimlich, lo escamoteado al conocimiento, lo inconsciente. Así, ambos serían representaciones igualmente inquietantes de lo ominoso con la única diferencia de que lo siniestro ha escapado de las mazmorras del hogar y lo hogareño no. La ambivalencia del término alemán es tal que supera ampliamente, como la tortuga a la liebre, a la pacata oligosemia de nuestro vocablo, de manera que parecería bastar con decir heimlich para señalar una cosa y la contraria.

Pues bien, voy a servirme aviesamente de la brillante y atrevida argumentación froidiana (que mi torpeza quizás haya embarrado en lugar de sintetizarla) para ilustrar, desde una perspectiva sin duda asilvestrada y muy poco académica, mi sospecha de que algo muy similar ocurre con el concepto de “lo humano” y su para mí forzada membresía en el club de “lo bueno” . Ya ni siquiera me hace falta el apoyo crepuscular del alemán, que encima le añade género al género y lo acaba de enterrar (menschlich, humano, lo que caracteriza a los hombres; Menschlichkeit, humanidad, comunidad o conjunto de los hombres). Incluso pasando esto por alto, el término chirría por todas partes y es tan ominoso y digno de sospecha como lo hogareño, lo familiar, lo doméstico, lo que se debe mantener a resguardo y esconder en el cuarto más recóndito de la casa. ¿No sería eso acaso lo “malo”, lo inhumano? ¿Y lo inhumano de quién, de quiénes? De nosotros, ¿verdad? Porque no vamos a molestarnos en esconder y mantener en secreto algo que no nos comprometa como humanos, algo que no sea lo “humano inhumano”, algo que no confluya en el mismo cono de sombra. Sólo que, en este caso, lo ocultador de lo malo sería el prefijo, y lo humano sería eso inhumano que ha conseguido escapar de la oscuridad doméstica y mostrarse a la luz. Sería nuestro secreto desvelado. Nuestro envés. Porque, ¿cuántas veces hemos escuchado eso de “fulanito tuvo un comportamiento inhumano”? Como si el hecho de comportarse“inhumanamente” fuera ajeno a fulano y no inherente a su humanidad, como si lo inhumano  de los humanos se nos hubiera pegado como un chicle a la suela del zapato que con un poco de aguarrás se pudiera despegar. Cuando, por otra parte, tanto el chicle como el zapato como el aguarrás son creaciones humanas, son muestras de nuestra creatividad. Igual que el napalm, la imprenta o la picana eléctrica. O la IA.

Y aquí llegamos al punto crudo. ¿Es humana o inhumana la IA? Y suponiendo que fuera lo segundo, ¿dónde radicaría su inhumanidad? ¿En su condición de artificio? ¿De herramienta sin alma? Mi planteo es sencillo, primario, rayano con la imbecilidad: si usar un destornillador para atornillar un tornillo no constituye per se un acto inhumano, un uso inhumano de una herramienta inhumana y, en cambio, usarlo para asestarle 18 puñaladas a un gatito doméstico sí, ¿no radicaría la inhumanidad (la perversión) del acto en el humano que lo comete antes que en la propia herramienta? ¿No vuelve “inhumana” a la herramienta el uso “humano” que se haga de ella? ¿No es el humano quien decide pervertirla? ¿Y no es por tanto la inhumanidad una opción “ética”, si se quiere, de lo humano y no una condición inherente a la herramienta? Porque, ¿qué tiñe de mayor inhumanidad al napalm que a la penicilina? Una intencionalidad previa, ¿verdad?, un designio inscrito en su diseño, en la finalidad “perversa” para la que fue creado, hasta el punto de hacernos “sentir” que posee un grado mayor de humanidad una bayoneta que una bomba atómica. Y así también “sentimos” que es más “humano” el acto de escribir a mano o incluso a máquina que el de entregar el alma a la asistencia “inhumana” de la IA, que nos “deshumanizamos” al usarla, que nos convertimos en máquinas...

No seamos ingenuos, plis. No somos menos humanos si recurrimos a la IA que si nos encerramos a traducir con un punzón y una tablilla de cera a la luz vacilante y heimlich de una lámpara de aceite. No ganaremos nada deshumanizando algunas herramientas y ennobleciendo otras. Los inhumanos somos nosotros. Autoimponernos distintivos de pretendida superioridad ética (muy difícilmente comprobable in factis, por otra parte) no garantiza necesariamente la superioridad creativa de nuestra producción. No escondamos nuestra inhumanidad tras distintivos y sellos que le imputan un valor real a nuestra humanidad. Digo esto sin el menor atisbo de frivolidad y, por el contrario, con toda seriedad, preocupación y simpatía por quienes día tras día van perdiendo fuentes de trabajo por causa del uso humano de la IA. No en vano éramos varios los que advertíamos, desde hace ya muchos años, en congresos, encuentros, artículos y conversaciones privadas entre colegas, en contra de la alimentación de esos ur-IAs que eran los así llamados motores de traducción. Pero la compulsión humana por el progreso deshumanizador es imparable. No nos cansamos de crear aquello que un segundo después de creado ya percibimos como amenaza inhumana. Nadie nos obliga a ello, sólo nuestra humana voluntad. Eppur...

Coincido en que hay que hacer algo por defender nuestras fuentes de trabajo, por dignificar la producción digna y de calidad, por no entregarnos ciegamente a los cantos de sirena de la velocidad y la facilidad, por no dejarnos reemplazar por máquinas, por desenmascarar a los que venden gato por liebre, etc., pero no así, no detrás de un distintivo que no nos pone en modo alguno a salvo de nuestros espectros más unheimlich y nuestras perversiones más hogareñas. Mis traducciones no están exentas de usos espurios. Nada inhumano me es ajeno. No me sirvo –por ahora– de la IA como tampoco me volqué de buenas a primeras en su momento en el uso de la computadora; me cuesta perderle el cariño a mis herramientas viejas y obsoletas y tomárselo a las flamantes y seductoras. Pero eso no hace menos inhumanas mis traducciones. No las vuelve menos artificiales. De hecho, mis traducciones son puro artificio. No quiero renunciar al artificio ni ponerme a resguardo detrás de un sello de garantía. Ni creo que ese sea el camino para defender algo más que nuestro minúsculo reducto simbólico.

11 comentarios:

  1. Totalmente de acuerdo. La IA es una herramienta más, admito que una que me cuesta usar, pero creo que como otras, la cuestión es aprender a usarla con criterio.

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  2. Lo que pretende la campaña del sello de traducción humana no es imponer ninguna garantía de calidad (tarea imposible, por otra parte), sino reclamar transparencia en el uso de la IA aplicada a los procesos editoriales. No es una campaña tecnófoba, ni mucho menos, como se puede deducir leyendo el manifiesto en https://sellodetraduccionhumana.ace-traductores.org/. Gracias.

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  3. Sí, Rita, sé que es esa la intención y te agradezco la aclaración. La mía tampoco es la de tumbar la campaña sino simplemente tomar cierta perspectiva crítica respecto del valor simbólico que le atribuimos a lo "humano" versus lo "automático" o "artificial", cuando de hecho todo tiene un mismo artifex, digamos. Para mí el quid de la cuestión no es si se usa o no la IA para traducir sino cómo se la usa, y eso es difícilmente etiquetable. También pienso, pero esto no lo quise decir en el artículo, que buscar esa distinción ahora es un gesto un tanto defensivo y que podemos quedar relegados a una especie de reserva natural de traductores "puros". No obstante, comparto la preocupación por la desfachatez con que el sector editorial está pasando de ser una industria a ser una mera estructura logística disfrazada, precisamente, de "humanismo", y entiendo que haya que blindar la poca autonomía creativa que aún nos queda, pero me parece que eso pasaría más por una reeducación de los propios traductores que por una campaña hacia fuera. Me refiero a que lo peligroso no es sólo el recurso al uso activo o productivo de la máquina sino sobre todo el uso pasivo que hacemos de ella sin tener conciencia de ello. Estamos empezando a comer lo que caga, por decirlo mal y pronto, porque en gran medida la hemos alimentado antes. Hay ahí un ejercicio de autocrítica que no estamos asumiendo y eso nos puede llevar a cometer las mismas distracciones.

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  4. El artículo de Don Andrés es puro sofisma.

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  5. No puedo protestar por el anonimato del comentarista anónimo cuando yo en persona he incurrido en la misma falta. Así, pues, confieso que el primer anónimo que aparece en los comentarios soy yo, el así llamado Don Andrés, a quien por este sencillo acto saco de las cómodas sombras del anonimato e invito, a renglón seguido, a que el segundo anónimo haga lo propio, si no le es demasiado oprobioso, nicht wahr?

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  6. Es política de este blog no publicar comentarios anónimos por considerarlos, entre otras cosas, un acto de repugnante cobardía. Eso se lee claramente, al principio de la columna de la derecha, por lo que quien administra hace notar que aquéllos que no firman, además de cagones son estúpidos.

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  7. Aquí va mi aporte.
    No sé si la campaña alude a la superioridad ética del traductor humano, en contra de la máquina creada -claro que sí- por humanos. Tiene razón el autor del artículo.
    Paso a explicarme.
    1) Mi apoyo a la campaña significa apoyo estas palabras: discernimiento, sensibilidad, conocimiento de temas y lugares, capacidad de encarnarse en otra voz y en otro ámbito, versatilidad, oído musical, intuición, ejercicio cerebral-espiritual... No sé si se incluye la superioridad ética. Yo defiendo la actividad, el hecho traductor. Cada texto debería tener el traductor y la traductora que se merece.
    2) Es cierto, tengo una traducción de Pablo Neruda de Romeo y Julieta, y la verdad preferiría no volver a leerla. Y el traductor Marcelo Menasché se refería al “hotelito” donde vivía Odette de Crécy, y no sé si acertaba al llamar de esta forma a las casas que, al menos en Rosario, llamábamos (no sin pompa) petit hôtel. Es más: en las editoriales -en unas cuantas- suelen haber empleados “máquina normativas” que se niegan a aceptar anomalías sintácticas. He sufrido correcciones de esas máquinas humanas. Y soy testigo de discusiones entre una excelente traductora y una editora-máquina (porque no entendía que la lógica mental de la protagonista de la obra la llevara a iniciar las oraciones en minúscula y con la misma y repetitiva frase). Para rematarla, recomiendo leer lo que cuenta Cortázar en Clases de literatura en Berkeley, sobre lo que el corrector de estilo hacía (o intentaba perpetrar) con las comas de sus cuentos.
    Es definitiva: el “factor humano” no necesariamente significa superioridad. De ninguna clase. (prueba de ello, que alguien traduzca el nombre del autor del artículo por “don Andrés” ya nos da la pauta de qué cosas disparatadas hacemos los humanos).
    3) Pero me gustaría matizar:
    No sé si todas las traducciones que leí desde que leo son buenas. No, seguro que no. Pero esa imperfecta traducción humana era parte del poder de ese texto sobre mí. Incluso la imperfección “nerudiana”. Y el hotelito de Odette. Como soy humana, quiero oír la voz humana. Aunque desafine. Aunque provoque discusiones entre dos seres humanos por una mayúscula o una palabra. Pero esa voz habló para mí y decidió hacerlo de determinada manera. Décadas más tarde, un siglo después, otra voz intenta afinar, refinar. Y así se suceden las versiones traducidas de la novela de Proust.
    4) Vamos a lo práctico:
    Mis inspirados párrafos precedentes se topan con esto: el mundo editorial en el que estamos. A la rabiosa y española precariedad laboral se viene a sumar que una máquina lo hace y se acabó. Bueno, se le paga a alguien para que haga la revisión “post máquina”. (Por otro lado, ya hace mucho tiempo que hay máquinas las que detectan plagios en trabajos enviados por alumnos universitarios y de másters; y no nos enfadamos con esto).
    A mí me parece que hay que aprovechar esta campaña por todos los cientos y miles de traductores que siguen cobrando lo mismo desde hace décadas, que tienen que correr para no perder el trabajo, aceptar encargos por miedo; no sea que al decir “no” ya no los llamen. No hay un sistema económico-cultural que los considere en su justa medida. Ni en su justo lugar. Hay excepciones, sí. La utilización de la máquina es, al fin, la gota que debería rebalsar este vaso.
    No sé yo si están las cosas en palacio para endilgarse superioridad de algo. Ni creo en absoluto que el autor del artículo, Andrés Ehrenhaus, haya escrito un sofisma. Lo que hace es abrirnos a la reflexión y al debate.

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  8. Visto que la cosa parece dar para más, y para no desatender a Lilian Neuman, que salió gallardamente en mi defensa intelectual, voy a tratar de aclarar algunos de mis impuros sofismas, si es que llegan a tanto. Bien es sabido que la palabra en cuestión no gozaba de tan mala fama en la Grecia antigua hasta la llegada de Platón & Aristóteles, los dos grandes comisarios de la epistemología al uso. Antes de eso, sofisma, que viene directo de sofía, era sinónimo de sabiduría y, más estrictamente, de la parte más sociológica, digamos así, del saber. Los sofistas hasta entoces eran estudiosos de todo lo humano, mira por dónde, y, tuvieran o no razón, trataban de sistematizarlo. Pero antes incluso de eso, un sofista era alguien con sobrada experiencia en un oficio o profesión. Si eso era lo que quería destacar “anónimo” de mi artículo, más que preocuparme debería ruborizarme, aunque algo me dice que no iban por ahí los tiros. Diré en su descargo que no es el primero que me tira con munición platónica. Ya desde muy pequeño tanto mi padre como mi madre ponían fin a mis diatribas tildándolas de sofismas, que yo traducía humanamente entonces como pavadas o huevadas o sandeces supinas, porque lo que a veces venía después de sofisma era un chancletazo, que era un argumento mucho más verdadero que mis falacias. Así pues, cuando me dicen sofista pienso: a mi juego me llamaron, y esquivo la chancleta, arte u oficio que más pronto que tarde aprendí.
    En cuanto a los sofismas propiamente dichos, diré que, si bien, como dice Lilian Neuman, uno de los objetivos del texto era llamar a la reflexión y la discusión en torno a lo que para mí era y sigue siendo un desliz conceptual. Ya aclaré que no me opongo a pelearle a la máquina (más bien diría a la maquinaria logístico-editorial) el espacio que sanamente nos corresponde, pero no quisiera hacerlo detrás de un concepto para mí más falso incluso que mis propios sofismas: hablar de “traducción humana” es lo mismo que decir “lámpara de luz” o “limpieza higiénica”; equivale a un pleonasmo. Porque no hay traducción que no sea humana, toda vez que se traduce de un lenguaje a otro, dos invenciones humanas que podrían reducirse a una si no nos creemos esa paparruchada de Babel. Encima, se los traduce con herramientas que también son de invención humana, operadas, en última instancia, por humanos. No existe la “traducción inhumana”, no al menos hasta que aparezca un alien con una propuesta de traducción propia. Claro que defiendo la traducción imperfecta y frágil frente a la pretensión de robustez y perfección que aspiran a imponer los operadores de la nueva máquina. ¡Pero ellos también son humanos! Si yo asumiera el sello de “traductor humano”, también los incluiría a ellos.
    Contra eso me rebelo. Contra ese pleonasmo que nos atrapa en un loop. Pero no soy ingenuo, no creo en la inocencia inherente de todas las herramientas: las hay que no tienen un uso saludable. No es lo mismo un serrucho que una bayoneta. No es lo mismo una mina antipersona que un osito de peluche. Y no es lo mismo el diccionario de la RAE que el María Moliner, sencillamente porque nacen con finalidades diferentes. No me gusta la IA. Pero calificándola de inhumana no le hago ni cosquillas a sus operadores. Al revés: les muestro mi confusión y mi disposición a seguir comprando sus sofismas.

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  9. A toro bastante pasado ya, se me ocurre algo un poco menos pleonásmico y sinuoso para la campaña, aunque tampoco se libra del todo de la presunción de redundancia: Traducción Autoral. Esto, aparte de no estigmatizar el uso de artificios "inhumanos" (diccionarios, audios, computadoras, IAs) para la confección de la obra derivada que es toda traducción, centraría el foco en la autoría, indisoluble del creador de la traducción, que es, por consiguiente, responsable intelectual de ella, para lo bueno y para lo malo, a la par que detentador de los derechos de autor y sus obligados devengos. Al autor lo que es del autor. Y los medios de producción para quienes los trabajan. Suena todo esto un poco antiguo, quizás, pero uno tiene la edad y las fidelidades que tiene. Traducción Autoral sería mi sello.

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  10. Estimado Andrés Ehrenhaus, le rogamos tenga en cuenta que éste es un blog argentino y que hay ciertas expresiones ibéricas que nos resultan del todo ajenas. ¿Qué quiere decir "a toro bastante pasado ya"? Por favor, ilústrenos porque nosotros, en Latinoamérica, salvo las horrorosas excepciones de los mexicanos y colombianos, con los toros no tenemos nada que ver.

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  11. Bueno, toros, o sus referentes metonímicos lidia o corridas, los hubo hasta que D.F. Sarmiento los prohibió por decreto en 1891. No obstante, existe un diccionario bastante abultado de españolismos, el DLE de la Real Academia Española de la Lengua, que suele ocuparse con verdadero entusiasmo de los modismos referidos a esa práctica bárbara para muchos, incrustados en el habla de la península con la misma naturalidad que otros localismos como "judiada" o "gitaneo", por ejemplo. Allí, en la parte de expresiones coloquiales asociadas al mencionado semoviente, figura la locución adverbial "a toro pasado" con el significado de: "Después de haber perdido o dejado pasar la oportunidad". Es decir, para entendernos en criollo, medio tardelli. O ahora que del chori sólo queda el piolín.

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