domingo, 14 de junio de 2026

"Traducir también es conversar"


Lo que sigue es un ejemplo de traducción conjunta. La noticia fue publicada por Eric Gras, el pasado 23 de mayo, en El Periódico Mediterráneo, de España. Según la bajada: "Un equipo de traducción literaria de la Universitat Jaume I de Castelló, liderado por Josep Marco Borillo y Pilar Ezpeleta, trabaja con la obra de Jane Austen desde el rigor, la sensibilidad y la revisión colectiva, reivindicando el valor insustituible del oficio traductor en plena expansión de la inteligencia artificial y renovando la vigencia de la autora británica".

El delicado arte de traducir a Jane Austen, desde Castellón

En una pantalla compartida, dentro de una carpeta de Google Drive, una frase de Jane Austen viaja varias veces antes de encontrar casa. Primero la lee una estudiante; después otra; ambas discuten una coma, un tratamiento, la respiración exacta de un diálogo; más tarde llegan Josep Marco Borillo y Pilar Ezpeleta, profesores de la Universitat Jaume I de Castelló, y vuelven a entrar en la frase como quien entra en una estancia antigua con luz nueva. Nada de ese recorrido se parece al gesto instantáneo de pulsar un botón. Traducir literatura, recuerdan sin solemnidad pero con firmeza, no consiste en trasladar palabras, sino en escuchar cómo late una lengua dentro de otra.

Una defensa del oficio frente a la automatización
En tiempos en que la inteligencia artificial amenaza con convertir la traducción en un trámite invisible, el trabajo que desarrolla el equipo de traducción literaria de la UJI con la obra de Jane Austen tiene algo de defensa del oficio y algo de declaración cultural. No se trata de nostalgia gremial ni de resistencia corporativa: se trata de mostrar que una traducción literaria profesional exige criterio, oído, negociación, memoria lectora y una responsabilidad estética que ninguna máquina puede asumir por sí sola. En una novela de Austen, una libra anual, un carruaje, una muletilla o un silencio social pueden decidir el retrato entero de un personaje.

La historia no empezó, curiosamente, con Austen, sino con otra autora angloirlandesa. «Hace unos tres años nos interesamos por Maria Edgeworth, una autora irlandesa notable», explican Marco y Ezpeleta. Había muy pocas obras suyas traducidas al español y una de las más recientes había aparecido en Libros de Seda. Aquella búsqueda abrió una relación con la editorial que acabaría llevando al equipo castellonense hacia otros nombres. «No tradujimos nada de Maria Edgeworth, porque las novelas que tenían en ese momento en cartera no encajaban con nuestro proyecto, pero sí una obra de otra irlandesa, Rosa Mulholland, titulada Hetty Gray». La experiencia funcionó: «Creo que podemos decir que a las editoras les gustó mucho el texto y también la traducción».

El aula convertida en taller profesional
Lo decisivo, sin embargo, es cómo definen ellos mismos ese trabajo. «Para nosotros esto no es investigación, sino ejercicio de la traducción en el contexto de las prácticas del estudiantado. Ellas y ellos traducen y nosotros revisamos y unificamos». Ahí aparece una de las claves del llamado sello UJI: una pedagogía que no simula el mundo profesional, sino que lo incorpora. La traducción deja de ser una asignatura abstracta y se convierte en un taller exigente, con una editorial al fondo, con lectoras y lectores reales, con el peso de una autora canónica y con la disciplina de entregar un texto publicable.

Libros de Seda fue quien propuso a Austen. «La iniciativa de traducir a Jane Austen fue de Libros de Seda, y nosotros, claro está, aceptamos encantados la propuesta», señalan. En el mercado abundan las versiones de Austen, pero esa abundancia no los inquieta. Al contrario: la pluralidad de traducciones permite ver que cada época vuelve a leer a los clásicos desde una sensibilidad distinta. «Cada una aporta soluciones distintas, y todas pueden ser válidas (aunque no igual de válidas: eso también hay que decirlo). Ahí reside la grandeza y el misterio de la traducción». La frase es casi un programa contra la falsa neutralidad automática: traducir es escoger, y escoger implica saber por qué.

Jane Austen sigue regresando
El proyecto tiene además el atractivo de los planes grandes. En un mundo que devora fragmentos, la editorial aspira a reunir la obra de Jane Austen en su catálogo. «En una época fragmentaria como la nuestra, que alguien emprenda proyectos ambiciosos se ha de reconocer y agradecer», dicen los profesores de la UJI. La conmemoración internacional del 250.º aniversario del nacimiento de Austen, celebrado en 2025, ha renovado esa atención sobre la escritora inglesa, cuya estela continúa en 2026 en bibliotecas, museos y editoriales. Nacida en 1775, Austen no ha dejado de regresar porque nunca se fue del todo: cambian las cubiertas, las pantallas y las generaciones, pero sus frases siguen haciendo visible la comedia moral de una sociedad.

El método de la UJI se opone por naturaleza a la velocidad impaciente. «Tras un par de sesiones preparatorias, repartimos los primeros capítulos entre las estudiantes para que cada una traduzca su parte. Suelen trabajar por parejas, de modo que las dos personas que han traducido el mismo fragmento tienen que negociar y consensuar un texto común». Luego llega la revisión docente, la devolución, la puesta en común, otra vuelta sobre el texto. «Al final, cada fragmento se ha revisado, al menos, cuatro veces, dos por parte del estudiantado y otras dos por parte nuestra (que normalmente son más, porque hay que revisar y revisar)». Revisar y revisar: ese infinitivo repetido contiene una ética profesional.

Traducir también es conversar
La traducción, que a menudo se imagina como una labor solitaria, aparece aquí como una forma de conversación. Esa conversación no busca aplanar las voces ni imponer una uniformidad mecánica. Austen no suena igual en Lady Susan que en Persuasión, y el equipo lo sabe. «La voz no tiene por qué sonar coherente porque no es la misma en todos los libros», advierten. Lady Susan, novela epistolar, carece de voz narradora; Persuasión, obra de madurez, exige otro tipo de escucha. Incluso la ironía cambia de temperatura: puede ser obvia en Orgullo y prejuicio, hiriente en La abadía de Northanger y más sutil en Emma o Persuasión.

Ahí empiezan los verdaderos problemas, los que separan una traducción viva de una equivalencia plana. En Lady Susan aparecían «las formas de tratamiento (cómo se hablan los personajes), otras cuestiones de registro, los implícitos culturales (por ejemplo ¿qué significa que alguien tiene ‘tres mil libras al año’?), la omnipresente ironía». En Persuasión, explican, «las dificultades son de otro calibre». La sintaxis se vuelve más enrevesada y el grado de abstracción obliga a «desempaquetar» el texto. Traducir, entonces, es abrir una frase sin romperla; revelar su mecanismo sin que pierda elegancia; comprender qué no dice Austen cuando parece decirlo todo.

El peligro del anacronismo
También está el peligro de convertir el siglo XIX en decorado. Los clásicos no pueden hablar como si acabaran de bajar de una aplicación de mensajería, pero tampoco deben hacerlo como muñecos de museo. «No se puede arcaizar el texto sin caer en la caricatura. Nuestra materia prima debe ser la lengua actual, pero sin estridencias». La traducción busca una lengua suficientemente limpia para no envejecer demasiado pronto y suficientemente discreta para no traicionar la época. Una estridencia, ejemplifican, sería «decir que alguien va al supermercado en un texto de principios del siglo XX». En Austen, un anacronismo no es solo un error: es una puerta mal cerrada en la arquitectura de la ficción.

El vocabulario, por su parte, conserva pequeñas trampas históricas. «Es increíble la cantidad de tipos de carruajes que podía llegar a haber: que si calesas, que si landós, que si faetones…». A ello se suman las cuestiones legales, la propiedad «vinculada», las expresiones idiolectales, las muletillas que caracterizan a un personaje y que deben repetirse con precisión. Pero la dificultad mayor no siempre está en la palabra rara, sino en la música de lo común: «la sintaxis, en cómo se ordena la información y cómo late cada frase». Pocas definiciones mejores de traducir a Austen: atender al latido.

Más allá de la novela romántica
La escritora ha sufrido durante mucho tiempo el encasillamiento de la novela romántica, como si sus argumentos matrimoniales bastaran para explicar su supervivencia. Marco y Ezpeleta desmontan esa lectura reducida. En Austen hay amor, sí, pero sus narradoras «defienden siempre la racionalidad aplicada a las relaciones amorosas, lo cual no es exactamente romántico». Incluso ironizan con una hipótesis irresistible: si Austen hubiera creado «un personaje inspirado en lord Byron», habría sido «para ponerlo en su sitio». La autora interesa porque mira el deseo, la conveniencia, el dinero, la vanidad y la inteligencia desde una distancia que no enfría, sino que ilumina.

La vigencia de Austen procede, en buena parte, de esa mirada. «Queremos pensar que si nos sigue atrayendo es porque era una gran escritora; es decir, porque tenía una visión del mundo propia y sabía plasmarla en palabras dignas de ser recordadas». Sus protagonistas, añaden, «reflejan la complejidad humana, sus contradicciones y anhelos», construidas «de un modo particularmente sutil y elegante, desde una cierta distancia y con inteligencia». Quien traduce esas frases no solo cambia de idioma: se acerca a una forma de pensamiento narrativo. Debe percibir la ironía antes de nombrarla, el juicio moral antes de subrayarlo, el temblor emocional antes de explicarlo.

La inteligencia está en los matices
Al final, tal vez traducir a Jane Austen sea aceptar una lección que ella misma habría entendido muy bien: la inteligencia está en los matices. En no confundir rapidez con precisión, ni corrección con estilo, ni romanticismo con lucidez. En saber que una frase aparentemente cortés puede esconder un juicio feroz. En escuchar el roce de las clases sociales, las emociones contenidas y las convenciones que oprimen o delatan.

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