El 14 de enero de este año, la escritora y traductora argentina Mariana Dimópulos publicó en la revista española El Trujamán, el primero de varios artículos que, con título común "Futurología", reflexionan sobre la lengua y la traducción.
Cuando hablamos de lenguas primeras lo decimos en muchos sentidos. Una lengua primera puede ser la lengua de origen, es decir, la imaginada lengua primigenia —desde la adánica hasta el indoeuropeo, pasando por todas las estrambóticas hipótesis que se barajaron en la Europa de los siglos xvi y xvii—, o puede ser lengua primera respecto de la traducción. Esta será la lengua del original mientras la otra, la segunda, es la lengua meta. Los traductores escribimos lenguas segundas en este sentido.
¿Puede que este dominio esté llegando a su fin? Mi respuesta es afirmativa. La clave está en la traducción automática voz-a-voz. Anunciada por diversas empresas que se dedican a monetizar la traducción como nunca lo han podido hacer los traductores humanos, los servicios de interpretación automática permiten entender lo que dice un hablante cuya lengua no conozco, es decir, recibir aquel enunciado opaco de forma clara et distincta en mi propia lengua. Recordemos el jelly fish de una famosa sátira inglesa donde se viajaba por las galaxias, tal como lo cuenta David Bellos. Allí estaba disponible el «pez de Babel», definido como la cosa más rara del universo: un pececito amarillo y gelatinoso que, una vez colocado en el oído, era capaz de hacer entender todas las lenguas del mundo de forma automática mediante la absorción de frecuencias inconscientes del cerebro que, conectadas con el centro del lenguaje y sumadas a otras funciones delirantes, ofrecía una versión satírica de la idea del pensamiento universal. El efecto final era la demostración de la no existencia de Dios. (Cómo era la demostración se explicaba en una desopilante serie de deducciones en la versión televisada de la Hitchhicker’s Guide to the Galaxy.) Lo interesante era que, en lugar de evitar las guerras gracias a la comunicación y comprensión mutua de culturas, el dispositivo las aceleraba y las hacía más sangrientas. Hoy nuestra versión del pez de Babel se ha hecho realidad o está muy cerca de serlo. Ahora, ante la pregunta de la función global del inglés y su posible declive, tenemos una respuesta. Pronto todos podrán comunicarse en la lengua propia sin pasar por ninguna lingua franca, pues cada uno llevará escondido este traductor universal en alguna forma tecnológica primero especialmente extraña y celebrada por pocos, luego impuesta, por el interés del capital en su triunfo tecnológico, a todos los que progresivamente puedan pagar por ella.
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