miércoles, 26 de julio de 2023

Una iniciativa por el derecho a leer



El pasado 25 de julio, Santiago Díaz Benavides publicó en el suplemento Leamos, del diario InfoBAE, un artículo a propósito del club de lectura que intenta detener la censura de libros en los Estados Unidos. Según la bajada, "Impulsado por dos jóvenes de Texas, el movimiento en defensa de elegir qué libros leer va ampliando sus fronteras en el interior del país".

Un club de lectura lucha contra la censura literaria en Estados Unidos

A raíz de la decisión de algunas escuelas de restringir el acceso a ciertos libros, Ella Scott y Alyssa Hoy, dos adolescentes de Leander, Texas, han liderado un movimiento en defensa del derecho a elegir qué leer y cuándo. Frente a las prohibiciones de libros en instituciones académicas de su ciudad, fundaron el “Club de Lectura Prohibida”. A partir de allí, otros clubes de características similares han aparecido en el resto de los Estados Unidos.

Según datos de la Asociación de Bibliotecas de EE. UU., en el año escolar 2021-2022, se emitieron más de 2,500 prohibiciones de libros en 32 estados. Texas lideró la lista con 801 prohibiciones, seguido de Florida y Pensilvania.

Las solicitudes de prohibición suelen involucrar obras que abordan temas de identidad racial y sexual, con más del 80% de los libros censurados incluyendo personajes LGBTQ+ o no blancos.

Uno de los libros afectados fue All Boys Aren’t Blue (No todos los chicos son azules) de George M. Johnson, una memoria sobre la experiencia de crecer como persona de color y queer. Johnson, en una entrevista con la radio pública estadounidense NPR, señaló: “Cada vez que escribes un libro en el que hablas sobre tu verdad, habrá personas que querrán silenciarla”.

El problema de la censura se extiende incluso a obras clásicas como Matar a un ruiseñor, de Harper Lee, ganadora del Premio Pulitzer y publicada en 1960, que fue prohibida por los distritos escolares de Oklahoma y Carolina del Norte en 2021, a pesar de su relevancia en el análisis de la injusticia racial en EE. UU.

Este fenómeno ha llevado a miles de estudiantes a levantar su voz y defender la libertad de elección. “Definitivamente, es desconcertante pensar que esto está sucediendo en un lugar como EE. UU., donde tenemos esta cultura de libertad”, comentó en su momento Ella Scott, de 17 años. “Vienen personas de diferentes grados y orígenes. Es genial escuchar las diversas conversaciones que surgen cuando hablamos de un tema que nos afecta a todos”, agregó Alyssa Hoy, también de 17 años, en conversación con la BBC.

En el estado de Missouri, dos estudiantes llevaron al distrito escolar de Wentzville a los tribunales por la eliminación de ocho libros considerados “obscenos”.

En Florida, el activista y poeta Adam Tritt creó la Fundación 451, que compra libros prohibidos y los distribuye en lugares públicos. “Hemos distribuido casi 3.000 de esos libros a niños y jóvenes, y mi sueño es recaudar más fondos para hacer lo mismo en todo el país”, señaló Tritt.

La directora ejecutiva de PEN America, Suzanne Nossel, ha destacado la importancia de la participación de los jóvenes en este debate. “Están luchando. Puede que todavía sean demasiado jóvenes para votar y cambiar la ley, pero ya están luchando”.

Enfrentando la censura, Ella Scott y Alyssa Hoy afirman: “Está bien sentirse incómodo y no leer un libro. Pero quitárselo a todos los demás no es justo”.

La lucha contra la censura literaria en Estados Unidos es un testimonio de la determinación de los jóvenes para defender su derecho a leer y formar su propia opinión, incluso en tiempos de creciente polarización política. Esta generación está demostrando que el acceso a la diversidad de ideas es esencial para una sociedad verdaderamente libre.

Poco a poco, el fenómeno se va extendiendo a todo el país y cada vez más son los libros que han conseguido salir del listado de prohibidos para regresar libremente a las manos de los lectores. Quién diría que en 2023 estaríamos viviendo la ficción de Ray Bradbury. Ojalá no llegue el tiempo en que no solo esté prohibida la lectura, sino que también se le incinere como si se tratara de un virus que se expande, contagia y extermina.

martes, 25 de julio de 2023

"Ulyses" en las otras lenguas de España



El 27 de noviembre de 2022, Gorka Bereziartua publicó en CTXT, de España, un interesante artículo donde relata las aventuras y desventuras de la traducción de James Joyce al euskera, el catalán y el gallego. Pese al tiempo transcurrido, lo reproducimos a continuación.

Ulises en un hipotético país plurilingüe

No es que quiera abrir la caja de los truenos a estas horas de la mañana, pero hay unas rimas que Gabriel Aresti dedicó al político socialista Tomás Meabe en las que se lee lo siguiente: “Cierra los ojos muy suave, / Meabe, / pestaña contra pestaña: / Sólo es español quien sabe, / Meabe, / las cuatro lenguas de España”. Aparecieron en la portada de un libro de relatos de Meabe publicado en castellano, catalán, euskera y gallego; y lo llamativo, por decirlo de alguna manera, es que desde aquella época (1968) hasta hoy, con todos los pantalones de campana, barricadas, carreras delante de los grises y chaquetas con hombreras que han llovido, la idea de país plurilingüe del escritor bilbaíno sigue teniendo un club de fans cuyos miembros cabrían holgadamente en un ascensor cualquiera. Será porque, tomada literalmente –que es como se toman hoy en día demasiadas cosas– implica que hay pocos españoles. Y claro.

Pero no vamos a seguir por este camino, que alguno se pondrá nervioso y terminará pidiendo un taxi. Además, aquí hemos venido a hablar de literatura, que es en último término la que sufre las consecuencias de este asunto y llegados al 2022, centenario de la publicación de Ulises de James Joyce, el lector español –bueno, el castellano; ya nos iremos aclarando– habrá leído una buena ración de artículos sobre la obra maestra del irlandés e incluso sobre sus traducciones. Porque se ha escrito mucho y muy bien sobre el tema; pero cabe señalar que ha sido difícil encontrar alguna referencia en prensa a las otras traducciones, las que se han hecho en esas otras lenguas que se leen en el Estado español. En las siguientes líneas intentaremos rellenar ese hueco –en la medida de lo posible–.

El manuscrito que desapareció
Hemos empezado con Aresti. Vamos a seguir con él. Porque además de ser uno de los poetas en euskera más importantes del siglo XX, polemista incansable, martillo de puristas y conservadores, y uno de los principales acicates para que la lengua vasca tuviera un estándar unificado; Gabriel Aresti fue también, al parecer, el primer traductor de Ulises al euskera.

Lo cierto es que no se sabe si llegó a terminar la traducción, ni en qué punto se encontraba, ni cómo abordó la tarea, ni qué materiales tuvo a mano… No se sabe casi nada de esa traducción. Sólo lo que cuenta Jon Juaristi en el prólogo de otra traducción, la de algunos poemas de T. S. Eliot (T.S. Eliot euskaraz, Hordago, 1983): que en sus últimos años de vida el escritor había comunicado a algunos de sus amigos su intención de traducir a Joyce, que le parecía imposible hacerlo al castellano manteniendo todos los matices del original, y sin embargo creía que se podía traducir al euskera sin perderlos.

De esa hipotética traducción no se ha vuelto a saber nada. Tras la muerte de Aresti, el propio Juaristi recibió parte de la obra del poeta, pero según explica en el citado prólogo, el 15 de septiembre de 1975 “una Institución Benemérita hizo un registro en mi casa. El así llamado material subversivo que encontraron estaba compuesto por el artículo ‘Las raíces de la burocracia’ de Isaac Deutscher y de un gran conjunto de manuscritos de Gabriel Aresti. Después de la muerte de Franco, todos los intentos para recuperar esos manuscritos fueron en balde (…). Y entre ellos estaba, posiblemente, la única traducción de Joyce al euskera”.

El manuscrito que apareció
La primera traducción catalana, realizada por el manresano Vidal Jové, sí que ha vuelto a aparecer, pese a que nunca llegó a publicarse. La encontró el catedrático Alberto Lázaro en el Archivo de Alcalá de Henares, mientras buscaba rastros de la obra de Joyce en la censura española. Existen dos ejemplares mecanografiados, según explica la investigadora Teresa Iribarren en un artículo publicado en la revista Quaderns.

La historia de ese primer Ulises en catalán comienza en 1966 con un encargo delirante y acaba con más preguntas que respuestas: Antonio Herrero Romero, director del sello barcelonés AHR, pide a Jové que traduzca la obra de Joyce en un plazo de cuatro meses. Herrero había puesto en marcha La Renaixença, colección de clásicos en la cual ya había publicado una traducción al catalán de El Decamerón de Bocaccio. Pero teniendo en cuenta el trabajo que se le pedía y el tiempo del que disponía, Jové tuvo claro que el editor no era consciente de la complejidad del libro.

Según explica Iribarren en el citado artículo, la correspondencia entre editor y traductor refleja que Jové empezó el trabajo sin mucha ayuda y con escasos recursos. No tenía constancia de la primera traducción al castellano –la de José Salas Subirats de 1945, que por cierto también tiene su historia– y tampoco tenía a mano la guía de Stuart Gilbert James Joyce’s Ulysses, publicada ocho años antes. Así que se hizo con la prestigiosa traducción francesa de Auguste Morel supervisada por el propio Joyce, y la cotejó con el original mientras trabajaba a destajo para terminar a tiempo.

A pesar de que logró un plazo algo más amplio –siete meses– y de que contó con la ayuda de su yerno, el hispanista inglés G. J. G. Cheyne, fue una labor realizada en condiciones más que mejorables. Y una vez finalizada terminó en una caja que nadie abriría en 40 años, pese a que la censura había permitido su publicación. Hay varias hipótesis para explicar lo que pasó: que el editor no hizo las gestiones para conseguir los derechos de autor; o que simplemente dejó de lado la idea de una colección de clásicos en catalán. Vidal Jové intentó que el libro se publicase a través de Tomás Garcés, amigo personal que ejercía de abogado en otra editorial. Nunca lo consiguió.

Los fragmentos de la discordia
Una de las cosas que más llaman la atención cuando uno se pone a buscar información sobre las traducciones de Ulises en lenguas que hoy en día son cooficiales en el Estado español es que se tradujo antes al gallego que al castellano. Ese sería el titular. Que, eso sí, requiere matices. Y que suele dar pie a un debate sobre la naturaleza de esa pionera traducción que no se ha cerrado del todo.

Corría agosto del año 1926 cuando Ramón Otero Pedrayo publicó algunos fragmentos de Ulises en la revista Nós. Se trataba de pasajes extraídos de dos episodios, “Cyclops” e “Ithaca”, y no fueron una publicación aislada. Venían precedidos de tres artículos escritos por Vicente Risco en la misma revista en los que se hacía un repaso de la literatura irlandesa moderna. Que los intelectuales reunidos en torno a la revista Nós, cuyo leitmotiv era elevar la cultura gallega y darle una dimensión europea siguieran de cerca todo lo que pasaba en la recién independizada Irlanda tiene sentido. Pero parece ser que al descubrir a Joyce, Risco tuvo sentimientos encontrados, ya que criticó su anticatolicismo y sus posicionamientos políticos: “Soberbio como el demonio, ni estuvo con los renacentistas irlandeses, ni con sus enemigos”, escribió en el último de esos artículos.

Críticas políticas aparte, el hecho, bastante alucinante, es que los fragmentos de Ulises en gallego estaban ahí cuatro años después de que se publicara el original. Cómo se tradujeron es una cuestión que ha traído de cabeza a académicos durante décadas: ¿Lo hizo directamente del inglés o se basó en fragmentos que ya habían sido traducidos al francés? Cuando la editorial Galaxia publicó en 2003 la traducción de Otero Pedrayo (Ulises, 1926), lo hizo con un estudio introductorio de Kerry Ann McEvitt que pretendía zanjar el tema concluyendo que el traductor utilizó ambas fuentes, la obra original y las traducciones francesas. Pero el debate sigue estando presente, con artículos tan minuciosos como el que publicó Joaquim Ventura Ruiz en la revista 1611, que además de ofrecer datos para cuestionar esa hipótesis, señala otros temas, como la escasa influencia que tuvo esa primera traducción en las generaciones posteriores, entre otras cosas porque fue casi imposible consultarla después del golpe de 1936.

Entre manuscritos requisados en registros policiales, traducciones que quedaron inéditas y fragmentos publicados en una revista que durante la dictadura franquista era más seguro no guardar en casa –materiales subversivos, ya saben–, ha habido que esperar hasta las décadas de 1980 y 2010 para poder leer Ulises en catalán, euskera y gallego.

Tres Ulises catalanes
La primera edición catalana se publicó en 1981, impulsada por la librería Leteradura, que puso en marcha una campaña de mecenazgo –hoy lo llamaríamos crowdfunding– para sufragar los gastos. Todo indica que la operación salió bien en términos económicos: según las crónicas de la época el libro fue la estrella de Sant Jordi aquel año, llegando a vender 15.000 ejemplares de la primera edición y de las dos reimpresiones que siguieron. Más allá de esas cifras, Teresa Iribarren destaca en su artículo el valor simbólico que tuvo la traducción para las letras catalanas: “El catalán ya había hecho suyo el gran clásico moderno (…). Así, se homologaba a las literaturas vecinas”.

El encargado de la traducción fue Joaquim Mallafré (Reus, 1941), profesor universitario que tuvo un punto de partida sustancialmente mejor que su predecesor Vidal Jové: buen dominio del inglés, conocimiento de la obra, experiencia como traductor… “Mallafrè también ha explicado”, según Iribarren, “que comenzó a traducirlo como ejercicio, cuando era profesor en la Universidad Rovira i Virgili, y que al mostrar el primer capítulo a Jaume Vidal Alcover y a Maria Aurèlia Capmany, le espolearon para llevar a cabo la totalidad de la traducción”. Un trabajo que duró siete años, los mismos que tardó Joyce en escribir la novela, lo cual da una idea de lo escrupuloso que fue su trabajo.

Y sin embargo, en 2018 se publicó una nueva traducción al catalán, realizada por Carles Llorach-Freixes. ¿Por qué? Aparte del clásico debate sobre si es necesario o no hacer nuevas traducciones de textos canónicos, lo cierto es que había motivos concretos que justificaron esta nueva versión: como apunta Iribarren, la traducción de Mallafrè es previa al proceso de estandarización del catalán de los años 80-90 y a las políticas de traducción que se implementaron a finales del siglo XX. Además, el primer Ulises catalán se publicó sin textos que acompañaran la lectura –como prólogos introductorios o notas al pie de página–. Llorach-Freixes, además de retraducir la obra, incorporó comentarios explicativos antes de cada uno de los 18 episodios de la novela, con el fin de ofrecer a los lectores algunas claves de lectura básicas. La edición de 2018 incluye, además, dos “mapas de navegación” –el esquema Gilbert y el esquema Linati– elaborados por Joyce para hacer más comprensible la lectura de Ulises.

Los tres Ulises catalanes tienen diferencias considerables. Después de comparar cómo tradujeron el mismo fragmento Jové, Mallafrè y Llorach-Freixes, Iribarren concluye que las tres presentan aciertos y fórmulas mejorables: “Vidal pone mucho énfasis en traducir la musicalidad joyceana y, pese a ser el único que tenía que pasar por la censura, es el que carga más las tintas en la irreverencia. Mallafrè opta por naturalizar el texto –la traducción del nombre Buck es un ejemplo– aunque coge menos licencias interpretativas que Vidal, siempre mirando a ser más fiel al original. Y en la retraducción, Llorach vuelve a distanciarse un poco más de la versión inglesa, una opción justificada por el hecho de que los comentarios introductorios de cada capítulo y las notas ya le permiten iluminar el sentido del texto”.

Un Ulises, ocho manos
“No creo que se pueda comparar con nada de lo que he traducido ni antes ni después”, explica María Alonso Seisdedos, una de las cuatro personas que se encargó de la traducción de Ulises al gallego (Editorial Galaxia, 2013). El trabajo en equipo es una de las particularidades de la versión gallega, que en un principio fue encargada por Víctor Freixanes, editor de Galaxia, a Xavier Queipo. Dada la complejidad de la tarea, éste convenció a Xema Sainz (Antón Vialle) para que se sumara al proyecto. Además, la editorial creyó conveniente la colaboración de otra traductora profesional de reconocida categoría, Eva Almazán, que como explica Alonso, “además de contribuir a la traducción, revisa el texto definitivo”. En 2012 Almazán tuvo que desistir del proyecto y fue entonces cuando Alonso se sumó como cotraductora y revisora. “Acepté por pura inconsciencia y durante doce meses, hasta que se publicó un año después, entre traducciones de doblaje y el Ulises, no tuve un momento de sosiego”.

Los textos iban y venían de Bruselas –desde donde trabajaron Queipo y Vialle– hasta Galicia, donde Almazán primero y Alonso después revisaban, corregían e incluso ponían patas arriba los fragmentos recibidos. En una entrevista que concedieron a El Siglo de Europa en 2014 concluían que cada una de las 265.000 palabras de la novela pasó por las manos de cada uno en varias ocasiones. “James Joyce intenta que el lector entienda los sentimientos de los personajes a través de sus palabras y con el significado que ese personaje otorga a esa palabra, que contrasta con el significado que esas mismas palabras tienen en el mundo exterior, lo que en la novela a menudo provoca situaciones muy cómicas”, explicaron en esa misma entrevista. “Esta polisemia casi nunca funciona en otros idiomas de la misma manera que en inglés, lo que complica mucho la vida de los traductores. Hasta el punto de que llegas a obsesionarte, y no es exageración, con la búsqueda del equivalente en tu idioma de eso que intentas traducir”.

Pero esa forma obsesiva de trabajar tuvo su reconocimiento, el Premio Nacional de Traducción –además de otros muchos premios de traducción de ese año–, que simbolizó un punto de inflexión en la historia de la traducción literaria gallega. “Fue la demostración, no tan evidente para muchos, de que en gallego como en cualquier lengua se puede decir todo”, explica Alonso.

¿Cómo se traduce una obra así a un idioma que, como explica la traductora, no dispone de una gramática oficial? ¿Cómo se dirime la tensión entre la necesidad normativa de una lengua minorizada y las posibilidades expresivas del texto de Joyce? Alonso dice que optaron por ser irreverentes, “no en cuestiones ortográficas, sino principalmente con el léxico, pero siempre partiendo de una base gallega auténtica, sin recurrir a castellanismos, pues eso sí que me parece que sería imperdonable en una traducción”. Y buscaron soluciones imaginativas para los episodios más complejos, como el 14, en el que Joyce parodia en orden cronológico varios estilos que tuvo el inglés literario hasta su época. “Al haber sido tan dispar la evolución de ambos idiomas, no podíamos servirnos de la traducción de textos en gallego coetáneos de los ingleses, ya que son más numerosos los elementos que los diferencian que los que los unen. Por eso tuvimos que recurrir a una solución menos satisfactoria pero también eficaz: incluir palabras, expresiones y modismos que permitan al lector identificar el periodo histórico al que se refieren”, explicaron a El Siglo de Europa.

Después de aquella intensa y agotadora experiencia, Alonso ha vuelto a traducir a Joyce este año: “su” Dublineses es la segunda traducción de este libro en lengua gallega –la primera corrió a cargo de Débora Ramonde, Rafael Ferradáns y Xela Arias en 1990–. “Habiendo tanto y tanto clásico o contemporáneo por traducir al gallego, tal vez no fuera necesario embarcarse en otra edición. Pero esta, como el noventa por ciento de la producción que sale de mi teclado, no fue una propuesta mía”, afirma la traductora. Y añade: “A pesar de la polémica que suscitó como nueva traducción, yo disfruté lo indecible”.

Un hito que partió de un papel y un bolígrafo
Xabier Olarra recuerda el día en que empezó su traducción de Ulises al euskera: 16 de junio de 2012. Para entonces ya había traducido a autores de todo tipo, desde Jean-Paul Sartre a William Faulkner, pasando por Francis Scott Fitzgerald, Ford Madox Ford, Agatha Christie, Ambrose Bierce, Raymond Queneau, J.R.R. Tolkien, Ian McEwan o Dashiell Hammett, por citar solo algunos. Es decir: manejaba una variedad de registros que lo convertían en una de las personas con más boletos para embarcarse en una tarea como ésta. Pero incluso para un traductor con tantas horas de vuelo, Ulises iba a ser especial. Para empezar, porque iba a ser analógico: armado con un cuaderno, un bolígrafo y diccionarios en papel, se propuso traducir 500 caracteres al día. “Sin prisas”, explica. Y, de hecho, los tres primeros episodios de Ulises en euskera se tradujeron así. Luego vino la Unión Europea con una zanahoria –una beca de traducción– y un palo –con forma de fecha de entrega–, y la dinámica de trabajo tuvo que cambiar completamente: durante siete días a la semana, Olarra invirtió todas las horas que pudo en Ulises, y el lector vasco lo tenía en sus manos en otoño de 2015.

Este año, coincidiendo con el centenario, la editorial Igela ha publicado una nueva versión con algunas correcciones en un intento por mejorar “las partes difíciles de traducir (poemas, canciones) o las intraducibles (juegos de palabras, etc.). He dedicado otros seis meses a eso”, explica el traductor tolosarra. “Pero si volviera a hacer un repaso dentro de diez años encontraría algo que corregir o que mejorar”. Es más, considera que las traducciones de Ulises siempre serán provisionales: “Para empezar, porque el texto que se publicó tenía varias erratas, que se corrigieron cuando Joyce aún vivía. Luego, el experto Hans Walter Gabler publicó Ulysses. The corrected text en 1984. Todas las correcciones que hizo no han sido aceptadas, pero las nuevas versiones que se han hecho tanto en francés como en español y en italiano se han realizado teniendo en cuenta muchas de ellas. Por lo tanto, no hay unanimidad respecto a la obra que hay que traducir”.

Al igual que en el trabajo del cuarteto gallego, en la traducción de Olarra llama la atención el episodio 14. Sin embargo, parece que la estrategia para traducir los pastiches del original ha sido distinta: “Joyce mismo explicó a algunos de sus amigos que había parodiado nueve estilos (o escritores). Por lo tanto, esa peculiaridad exige al traductor hacer algo parecido. Y eso hice, empezando por imitaciones de Bernart Etxepare y Joanes Leizarraga, pasando por Axular y Txomin Agirre hasta llegar, saltando de uno a otro, a las formas de hablar ‘naturales’ del medio rural y urbano de nuestros días”.

Galardonado con el Premio Euskadi de traducción –el tercero en la colección de Olarra–, Ulises también ha sido un hito en la historia de la traducción literaria vasca. Los escritores que a partir de ahora escriban en euskera tendrán ese referente en su propia lengua. Preguntado sobre la influencia que puede tener ese hecho de cara al futuro, Olarra cree que “el escritor tiene que buscar su voz, pero es mejor que haya escuchado mucha música antes de empezar a cantar. No para imitar a éste o a aquél, sino para conocer, por lo menos, las escalas y los tonos de eso que quiere crear”.

Ulises puede ser, en ese sentido, un muestrario amplísimo de posibilidades de escritura, así como un artefacto que ofrece interpretaciones inagotables. “Joyce quería que los expertos se pasaran 300 años discutiendo sobre lo que quiso decir aquí o allá. Hay gente que ha pasado toda su vida haciendo anotaciones a Ulises. Los debates y las aclaraciones han seguido hasta hoy y el tema no está zanjado”, explica Olarra.

Y si Ulises por sí solo ya genera debates interminables, imagínate lo que podría alargarse la cosa si añadimos el tema del plurilingüismo en el Estado español, que ya ha producido unos cuantos siglos de dimes y diretes: si lo miras bien, escribir sobre estas traducciones puede compararse con abrir una puerta a la eternidad. Una eternidad que gastaremos discutiendo, vale, pero eternidad al fin y al cabo.

lunes, 24 de julio de 2023

"Los poderes en la industria editorial se negaron"

El pasado 3 de julio, Sergio C. Fanjul publicó en el diario madrileño El País un artículo referido a la charla que el escritor sudafricano J. M. Coetzee y su traductora argentina Mariana Dimópulos tuvieron en el Museo del Prado, en razón de la residencia del primero en la institución. La bajada dice: "El escritor sudafricano es el primer autor, dentro de un nuevo ciclo, que está pasando tres semanas en la pinacoteca para escribir sobre la relación entre pintura y literatura".

El Nobel Coetzee se traslada al Museo del Prado: “Es imposible traducir imágenes en palabras”

En la pantalla se proyecta el cuadro San Jerónimo leyendo una carta (1627-29), de Georges de La Tour. En el lienzo San Jerónimo, vestido de rojo, se abisma sobre un papel, absorto, mientras sujeta los anteojos en la mano. Estamos intentando traducir esta imagen a palabras en un artículo periodístico y esa es precisamente la pregunta que se hace el escritor J. M. Coetzee. ¿Es posible traducir una imagen a palabras, a un bloque de texto? “La respuesta es no. Se puede encontrar una forma sustitutiva, pero no traducirla”, dice. Antes se ha proyectado el célebre cuadro sobre la construcción de la torre de Babel, de Brueguel el Viejo, tan utilizado en el sector literario. Así que ahora Coetzee se pregunta. “¿Se ha librado la imagen de la maldición de Babel?”. Y se responde: “No lo creo, la imagen puede ser más falsa que la palabra”.

El premio Nobel sudafricano de 83 años, muy bien llevados, mantuvo este jueves una charla en el Museo del Prado sobre las relaciones entre la literatura y la pintura con su traductora al español, la filósofa y escritora argentina Mariana Dimópulos. Antes de comenzar, Coetzee tuvo la cortesía de dar los agradecimientos en un español de difícil traducción, ya que estamos con el tema, pero esforzado: prometió más y mejor a la próxima. La conversación fue extraña, porque fue una conversación leída, cada uno de los contertulios repitiendo las frases que llevaban impresas en un papel, lo que dio cierta sensación de ortopedia. El evento se celebraba para inaugurar el proyecto Escribir el Prado, con la colaboración de la Fundación Loewe, y transcurrió como una especie de lección de filosofía del lenguaje que recordaba a las divagaciones de Ludwig Wittgenstein o a los experimentos literarios de Georges Perec. Una de las discusiones trató sobre la posibilidad de escribir la mirada del retrato del papa Inocencio X de Velázquez. Conclusión: también es imposible.

“Necesitamos las palabras para entender las imágenes”, dijo Dimópulos. La prueba es el propio museo, donde necesitamos como mínimo las cartelas para saber lo que estamos viendo (y aunque los textos museísticos muchas veces, sobre todo en el arte contemporáneo, no sean de fácil lectura). “Las imágenes dominan cada vez más nuestro mundo, lo que puede dar a entender que las imágenes son igual de importantes que las palabras. Nuestro cerebro, de hecho, traduce constantemente entre palabras e imágenes, pero no sabemos cómo”. Coetzee quiso añadir una tercera variable a la práctica literaria: no son solo palabra e imágenes. Es también la música, la música de las frases.

El invitado confesó que se siente incómodo en idiomas que no tienen fórmulas de trato de respeto, como usted (en ingles you no diferencia entre tú y usted). Y observó algo curioso: en las historias escritas podemos saber cuando se pasa de la distancia a la intimidad, cuando se pasa del usted al yo, entre dos personajes. Pero en inglés eso no se especifica. “Quien traduce eso al español”, dijo Coetzee, “tiene que conocer bajo la superficie de la vida de los personajes, incluso más de lo que los conoce el autor, de modo que hace una aportación semiautoral”.

También contó que quería que ninguna traducción de su última novela, El polaco (Hilo de Ariadna), fuese inferior a su original en inglés. Y que, “como dueño de los derechos de autor”, pidió que todas las traducciones manasen de la traducción en español. “Pero los poderes en la industria editorial se negaron, porque es como un artículo de fe que se debe traducir del original”. A Coetzee no le cabe duda de que si este libro se hubiera escrito en una lengua “menor, por ejemplo, el albanés”, las editoriales no hubieran tenido problema en traducir del inglés. “Se hubieran saltado sus principios. ¿Por qué? Porque el inglés es, tal vez, la lengua más importante en este momento. Fui el perdedor en ese combate. Es de lamentar”.

Residencia en el Prado
Imagínese disponer de tres semanas para perderse en la contemplación de las colecciones del Museo del Prado. Si Andy Warhol se jactó de ver el museo en unos minutos, Coetzee, residente en Adelaida, Australia, se afinca en Madrid durante 21 días para “interpelar desde la imaginación narrativa” las colecciones del Museo, según informa la institución. A partir de esta estancia escribirá un texto, el primero de una colección publicada en la revista Granta que se centrará en explorar esos vínculos entre la escritura y las artes plásticas. Un buen entretenimiento cultural podrá ser, durante los siguientes días, visitar el museo para ver si uno se cruza, además de con la princesa Margarita Teresa de Austria y las meninas, con el Nobel sudafricano. Coetzee es el autor seleccionado para inaugurar el proyecto, con Valerie Miles, editora de Granta, como asesora literaria, que invitará a escritores de prestigio internacional a sumergirse en esta experiencia.

En la presentación, el exministro Javier Solana, presidente del patronato del Prado, le auguró muchas dificultades a la hora de traducir a palabras este museo. “Es una tarea compleja”, sentenció. Describió a Coetzee como un autor duro, difícil de leer, aunque de su gusto. “Casi siempre encuentro algo que tiene que ver con la vida de verdad. Creo que es un hombre que cree en el género humano. También en sus desgracias, pero con la convicción de que podemos elevarnos y dejar de sufrir en algunos momentos. De que podemos ser felices”.


viernes, 21 de julio de 2023

Carlos Díaz, el director editorial de Siglo XXI


El pasado 10 de julio, Emilia Racciatti entrevistó al editor Carlos Díaz, director de Siglo XXI, a propósito de la fusión entre las filiales mexicana y argentina con la española, hasta hace poco independiente de las dos casas latinoamericanas. La entrevista fue publicada por TELAM, el pasado 10 de julio.

"A la sociedad argentina le está interesando bastante poco leer libros de política"

Con la fusión de las sedes de México, España y Argentina, la editorial Siglo XXI comienza una nueva etapa que tiene como director general al editor y sociólogo argentino Carlos Díaz, para quien la unificación permitirá potenciar el proyecto editorial en los tres países, con publicaciones que apuntarán a llegar al mismo tiempo a las librerías y en paralelo difundir a autoras y autores argentinos con distintos perfiles.

Díaz asume este rol después de haber estado 20 años como responsable de la filial local de Siglo XXI y destaca que con esta atomización se van a beneficiar autores argentinos que estaban publicando tanto en España como en México, algunos consagrados como Beatriz Sarlo o Diego Golombek y otros menos conocidos –como Pablo Stefanoni, Melina Furman o Andrea Giunta.

"Lo bueno de tener autores de habla hispana es que los libros y los autores de libros importantes pueden circular de otra manera. Hoy es uno de los grandes problemas de los autores que los publican en un país pero no circulan en el país vecino", indica en una conversación telefónica con Télam.

Sociólogo de formación y de familia ligada al universo editorial, Carlos Díaz es hijo de los historiadores María Esther Rapalo y Alberto Díaz, quien trabajó en la sede de Siglo XXI en la Argentina hasta 1976 cuando se tuvo que exiliar con su familia primero en Colombia y después en México, donde trabajó con Arnaldo Orfila Reynal, fundador del sello.

Siglo XXI fue fundada en 1965 por el mítico editor, que difundió la obra de cientos de intelectuales latinoamericanos que se comprometieron con el proyecto inicial y se expandió con sedes en Argentina, Colombia y España. Orfila Reynal (La Plata, 1897 - México, 1998) estuvo al frente de la editorial durante 35 años, y en ese período todas las sedes funcionaron de manera coordinada, pero con su muerte, Siglo XXI España diseñó su propio itinerario, alejándose de su casa matriz, y en 2010, los accionistas de Siglo XXI España vendieron su participación a la editorial Akal.

La reciente unificación de las tres sedes tuvo un primer capítulo hace dos años cuando los empresarios Hugo Sigman y Silvia Gold se convirtieron en accionistas mayoritarios de Siglo XXI México, que se equiparó a la Argentina. Pero la formalización del proyecto editorial Siglo XXI se concretó el 30 de mayo cuando se anunció que la editorial de México adquirió la totalidad de las acciones de la sede española.

Con un catálogo que incluye obras de Luis Alberto Romero, Daniel Rafecas, Beatriz Sarlo, Roland Barthes, Jacques Lacan, Michel Foucault, Eduardo Galeano, Carlos Nino o Andrea Giunta, la editorial inicia así una etapa en la que Díaz asume como director general y sobre ese desafío y la industria local habla en en esta nota con Télam

–¿Cuál es el principal desafío a la hora de asumir la conducción de una filial intercontinental? ¿Qué aporta la experiencia de la filial argentina a esta etapa?
–En la práctica es una buena noticia porque por primera vez en la historia Siglo XXI va a ser una. Hasta ahora éramos dos: México y Argentina que funcionábamos como el mismo proyecto editorial. Y después estaba España que funcionaba como una entidad totalmente autónoma. Compartíamos historia, logo, autores pero cada uno se manejaba por su cuenta y eso generaba problemas muy grandes, así que estamos resolviendo un tema que, para nosotros, es muy significativo. Pero también puertas afuera permite proyectar a la editorial hacia el futuro. En los últimos 30 años ha habido un proceso de concentración muy grande en el mundo de la edición pero una de las cosas más notables es el tamaño de las grandes editoriales, los grandes grupos que existen hoy, básicamente Planeta y Penguin. Por debajo tenés editoriales muy bonitas pero también muy pequeñas y las de tamaño mediano están en crisis. No quedaron muchas y menos con el perfil de editoriales como Siglo XXI. Las parecidas fueron compradas por los grandes grupos. Paidós, Ariel, Taurus, por nombrar algunas que hoy son la sombra de lo que fueron. Después hay otras que están en crisis o directamente cerraron. Entonces para Siglo XXI poder manejarnos como una única editorial y poder pisar fuerte en el mercado español nos da más músculo.

–Siglo XXI se caracteriza en Argentina por intervenir en la conversación pública con libros de funcionarios, exfuncionarios, académicos, artistas. ¿Eso pasa también en España o en México? ¿Cómo proyectás esa tarea en esta nueva etapa?
–Esa es una de las cosas más lindas que hemos hecho como editorial. Nos ha costado mucho trabajo y nos da mucho trabajo. No son proyectos que nos llegaron o que escribió alegremente alguno de nuestros autores, la mayoría son libros que hemos impulsado nosotros, que hemos acompañado en el proceso de escritura, en pensar los índices. Hay mucho involucramiento de parte de la editorial para que esos libros existan y nos parecen valiosísimos. Este no es un modelo que exista de la misma manera en Siglo XXI España ni en México. Sobre todo porque no es tan fácil que muchos de los académicos se avengan a escribir en un registro más de divulgación, a salirse del registro más académico al que están tan habituados y se permitan escribir con la mano un poco más suelta y exponer ideas, exponerse a la discusión, no les resulta siempre tan sencillo. Nos llevó años de trabajo armar el catálogo. Son libros que nos dan mucho trabajo y nuestra idea es replicar eso en México y en España.

–¿Cómo impacta esta nueva etapa en la circulación de autores en nuestro país? ¿Se abre la posibilidad de acceder a nuevas ediciones de autores o autoras extranjeros?
–No, porque los libros de Siglo XXI España ya estaban llegando a Argentina, no los distribuíamos pero llegaban a través de otra editorial así que esos libros ya estaban circulando. Vamos a tener una política fuerte de desarrollo en España entonces la idea es que salgan autores importantes que podamos publicar acá. Se van a beneficiar autores argentinos que estamos publicando tanto en España como en México, algunos consagrados como pueden ser Beatriz Sarlo o Diego Golombek pero también otros menos conocidos como Pablo Stefanoni, Melina Furman, Laura Fernández Cordero, Andrea Giunta. Esto también es lo bueno de tener autores de habla hispana: que los libros y los autores de libros importantes pueden circular de otra manera. Hoy es uno de los grandes problemas de los autores que los publican en un país pero no circulan en el país vecino.

–¿La idea es que los libros se publiquen al mismo tiempo en los tres países?
–Sí, tratamos. Las fronteras desaparecen, ya que si un libro sale reseñado en Babelia o en las redes sociales eso lo ve mucha gente, entones tratamos de aprovechar y que los lanzamientos sean simultáneos. A veces por tema de calendario es más difícil de combinar y tenés que adaptarte. Porque en España julio y agosto son dos meses en los que no se publica nada, entran en período de vacaciones, mientras que para nosotros eso sería en enero y febrero. Pero en líneas generales tratamos de que los lanzamientos sean mundiales.

–Son una editorial que publica libros de funcionarios o exfuncionarios, en un año electoral, ¿Cómo impacta eso en las ventas? ¿Hay más interés por esas lecturas en un año electoral?
–A la sociedad argentina hace un tiempo que le interesa bastante poco leer libros de política. No solo de funcionarios o exfuncionarios. Nosotros no hacemos tanto libro de políticos sino tal vez de algún político con formación. Matías Kulfas, por ejemplo, es un tipo con una formación académica enorme. O lo mismo, otra autora que publicamos como Sabina Frederic. Tratamos de pensar libros sobre la coyuntura política del país y que sintonicen con esos momentos pero una de las cosas que estamos notando con dolor es que hay poco interés, así como en otros momentos había mucha avidez por leer sobre política o historia argentina, ahora vemos que no. Si ves una lista de los libros más vendidos en Argentina, hay muy pocos de política. Muchos de autoayuda, de dietas. Salvo 'El nudo', de Carlos Pagni; 'Conocer a Perón', de Juan Manuel Abal Medina; 'Diario de una temporada en el quinto piso', de Juan Carlos Torre; o 'El arribista del poder"', de Diego Genoud. En otras épocas había muchos más. Hay algo de cierto hastío. Me parece que postpandemia no estamos haciendo grandes balances o dando grandes debates sobre lo que nos pasó. Nos subimos todos a la ruedita del hámster y estamos corriendo de nuevo como si nada hubiera pasado. El shock no nos sirvió para ponernos a pensar en profundidad hacia dónde estamos yendo.

–¿Ubicás algún momento en el que empezó a consolidarse ese desinterés por las lecturas de libros políticos?
–Creo que desde la pandemia. El momento que recuerdo donde todavía había cierta avidez por esos libros fue hasta los primeros años del macrismo, después creo que una parte de la sociedad argentina se decepcionó mucho con el macrismo, luego hubo cierta ilusión con el Frente de Todos y fue fallida, entonces te encontrás con que hay poco entusiasmo, pocos buenos argumentos para entusiasmarse con la política para mucha gente. No lo comparto pero mi sensación es que la gente está un poco cansada. Nosotros no cambiamos por más que cambie la coyuntura, seguimos con nuestra misma línea y tratamos de sintonizar y reflexionar sobre eso. Tratamos de pensar proyectos para interrogarnos porque al final somos parte de esta misma sociedad y nos interesa poder elaborar una reflexión sobre lo que nos está pasando y estamos viviendo. Vendamos más o menos vamos a seguir haciendo los mismos libros, no es que vamos a dedicarnos al esoterismo o a la autoayuda. Tenemos una línea y seguiremos recorriendo ese camino.

Responsable de un catálogo en el que se pueden encontrar títulos de Ana María Shua, Matías Kulfas, Axel Kicillof o Mariana Gené, Carlos Díaz analiza la coyuntura de la industria editorial nacional ante la problemática del papel y el crecimiento de las ferias del libro, aunque reconoce que en la editorial que conduce no han tenido que cambiar el plan de publicaciones y siguen encontrando estrategias para sostener el proyecto diseñado.

–En Argentina vivimos una crisis que afecta la bibliodiversidad que está relacionada con la falta de papel y la concentración de este insumo en dos papeleras. ¿Qué análisis hacés de esa problemática y cómo afectó y afecta al plan editorial de Siglo XXI?
–Ha sido una problemática muy democrática en nuestro sector porque nos afectó a todos: los chiquitos, los medianos y los grandes. Todos hemos sufrido el problema de la escasez de papel y los precios del papel. Y no hay mucha defensa, la única es que si tenés un mango, un ahorrito, comprás papel pero como si estuvieras comprando literalmente oro. Cuando vemos que hay papel disponible nos abalanzamos, compramos y nos stockeamos. Hasta ahora no hemos dejado de publicar nada por falta de papel, sí hemos hecho malabares para conseguirlo y hemos pagado precios ridículos para conseguirlos, precios que en alguna medida, no en todas, tenemos que trasladar a precios de tapa de los libros. No podés trasladar todo porque no te lo compraría nadie, tenés que sacrificar algo en el camino. En Argentina estamos muy acostumbrados a estas épocas de crisis donde tenemos que hacer malabares, darle vuelta a las cosas. Lo tengo naturalizado y lo hago asumiendo que es así. El consuelo es que la falta de papel es un problema mundial pero no como en Argentina. Acá los aumentos son abusivos. Trato siempre de entender, no quiero ser caprichoso y mirar solo mi problema.

–Post Pandemia, las ferias del libro, los eventos presenciales alrededor de los libros generaron gran convocatoria. ¿Cómo fue para la editorial esta etapa?
–Notamos el deseo de reencontrarse, de salir. Algo que empezarnos a cambiar este año: no hacemos más presentaciones formales, en el sentido del autor con tres panelistas que hablan maravillas de su libro. Tratamos de organizar mesas redondas o diálogos con un eje que tiene que ver con el libro que estamos presentando pero que no sea tanto presentación sino pensar temas. Están funcionando muy bien. Eso también se ve en las ferias del libro, las que están bien organizadas son un éxito de público y de ventas. Hace 10 años eso no existía en la misma magnitud. Es algo más reciente.

jueves, 20 de julio de 2023

Lucía Campanella y la traducción de los autores anarquistas

La siguiente entrevista con Lucía Campanella, fue realizada por Tania Alonso y publicada el 15 de junio pasado, en la página de la Universitat Oberta de Catalunya, donde la investigadora uruguaya trabaja en el Laboratorio de Estudios Literarios Globales (GlobaLS)

“Es posible que muchas traducciones anarquistas fueran realizadas por mujeres”

Las publicaciones periódicas anarquistas desempeñaron un papel clave en la difusión de este movimiento social, entre los años 1890 y 1920, cuando el anarquismo vivía su momento más álgido. Al tratarse de un movimiento global, los textos originales no siempre estaban escritos en la lengua de la publicación y era preciso traducirlos. Pasados cien años de esos tiempos convulsos, la investigadora uruguaya Lucía Campanella lleva a cabo una revisión de la traducción literaria publicada en la prensa anarquista de la época.

Con el proyecto “The Anarchist Translation Flows and World Literature Project” (ARGOT), Campanella vuelve al Laboratorio de Estudios Literarios Globales (GlobaLS) –adscrito al Internet Interdisciplinary Institute (IN3) y a los Estudios de Artes y Humanidades de la Universitat Oberta de Catalunya (UOC)–, en el cual había sido investigadora en 2021, gracias a una beca posdoctoral Marie Skłodowska-Curie.

Lucía Campanella se inició como profesora de Literatura en educación secundaria y continuó sus estudios de Letras en la Universidad de la República, Uruguay. Realizó su doctorado en cotutela entre Francia e Italia, en el marco de una beca Erasmus Mundus. Se especializó en Literatura Comparada, particularmente en la relación Francia – Río de la Plata. Forma parte del grupo Historia de la Traducción en Uruguay, que lleva adelante el proyecto I+D CSIC (Udelar) “150 años de traducción literaria en Uruguay”.

–¿Por qué la anarquía?
–Desde hace diez o quince años se está desarrollando un campo que en inglés se conoce como anarchist studies. En línea con este campo, algunos colegas de mi universidad se han interesado por los periódicos anarquistas y las prácticas educativas anarquistas. Paralelamente, llegué hasta este movimiento a través de un autor que estudié para mi tesis de doctorado, Octave Mirbeau, un escritor francés del siglo xix que fue muy cercano a algunas corrientes del anarquismo. Mirbeau escribió una novela que me gusta mucho y que se llama Diario de una camarera, en la que hay una empleada doméstica que parece compartir ideas anarquistas, muy pertinentes para la situación de dominación en la que ella se encuentra. Resulta que Mirbeau era también uno de los autores favoritos de la prensa anarquista de principios de 1900 y vi que en la prensa anarquista del Río de la Plata había una gran cantidad de traducciones de literatura internacional, no solo de Mirbeau, sino de muchos otros autores y autoras, no solamente anarquistas.

–¿Cuál es el objetivo del proyecto ARGOT?
–Ampliar y darle una vuelta al trabajo que yo ya estaba realizando, de forma muy artesanal, con la prensa anarquista de Montevideo y Buenos Aires. Queremos estudiar otras ciudades de características similares, que tengan también puerto y hayan recibido o enviado migraciones importantes en el periodo que me interesa, que es entre 1890 y 1910. Hemos ampliado la investigación a Río de Janeiro, La Habana, Nueva York, Lisboa y Barcelona. Para poder abarcar todo este periodo de tiempo y todas estas ciudades, vamos a trabajar con herramientas computacionales, que permitirán procesar esta enorme cantidad de datos. El resultado final de la investigación serán dos bases de datos: una sobre mediadores y traductores y traductoras, y otra base de datos de textos traducidos.

–¿Qué autores y qué lenguas destacan en el anarquismo?
–Había una corriente principal, escrita mayoritariamente en francés, pero también otra periférica, en lenguas minoritarias y de difícil traducción, como por ejemplo el neerlandés o el noruego. Este último idioma, por ejemplo, es el de Henrik Ibsen, que era una estrella en la prensa anarquista de la época. Seguramente, las traducciones no eran directas de la lengua original a la lengua final, sino que se pasaba por traducciones intermedias en francés u otras lenguas.

–¿Por qué entre 1890 y 1910?
–Es un periodo importantísimo para la historia del anarquismo. A escala mundial, algunos anarquistas llevan a cabo atentados y magnicidios que tienen una enorme repercusión. Con los atentados, el movimiento pasa a la primera línea mediática, policial y judicial. No había nadie en esa época que no supiera qué era un anarquista. Como consecuencia de la represión contra estos actos, muchos activistas encuentran en la escritura la única forma de expresarse, aunque la prensa anarquista queda prácticamente ilegalizada en muchos países. Se producen también movimientos migratorios, de exiliados o expulsados. Además, es un momento de cambio en la literatura, con el nacimiento de las primeras vanguardias y la puesta en cuestión sobre qué es y qué no es literatura.

–¿Y qué se entiende hoy en día por literatura?
–No sabría decirte qué es lo que se considera ahora literatura, pero está claro que el concepto ha cambiado. Esta evolución empieza en el siglo xix, con la multiplicación de géneros al ampliar el concepto más allá de los géneros clásicos, como la tragedia, la epopeya o la comedia. En ese periodo irrumpe con mucha fuerza la novela o el poema en formas distintas a la del clásico soneto. Hoy en día sigue sin estar claro qué es literatura y qué no, pero ya no importa tanto si se puede o no poner a una publicación la etiqueta de literario.

–¿Qué es la literatura comparada, una de sus especialidades?
–La literatura comparada pone en cuestión que las literaturas sean necesariamente entendidas y estudiadas en el marco nacional y del Estado. Es decir, cuando yo estudié tenía una asignatura que se llamaba literatura uruguaya, otra que era literatura latinoamericana, y luego estaba la literatura española y la literatura universal. No entendía por qué Uruguay y España sí tenían derecho a tener una asignatura propia, pero los otros países no. Esto tiene que ver con la tradición de entender la literatura en el marco de lo que es la nación. Pero los lectores somos transnacionales. No leemos solo publicaciones de nuestro país. La literatura es siempre un fenómeno que posee una dimensión internacional, pero sobre todo transnacional. La literatura comparada entiende la literatura como un fenómeno global, tiene una mirada más amplia y compara distintos sistemas.

–Su otra especialidad es la historia de la traducción en Uruguay. ¿En qué está trabajando en este campo?
–Participo en el proyecto “150 años de traducción literaria en Uruguay”, que ha sido escogido por la Comisión Sectorial de Investigación Científica de la Universidad de la República (CSIC-Udelar). En Uruguay no existe una cátedra de estudios de traducción literaria. Se puede estudiar traducción jurídica, por ejemplo, pero no traducción literaria. Tampoco hay una tradición sólida y establecida de trabajos en torno a la traducción. De aquí que mis tres compañeras del proyecto y yo misma hayamos tenido que formarnos, en parte, fuera del país. Con este proyecto queremos llevar a cabo un estudio bibliométrico sobre el catálogo de la Biblioteca Nacional, que es donde se depositan todos los libros que se publican en Uruguay, para saber cuántos y cuáles de los libros publicados en los últimos 150 años son traducciones. Esperamos que la generación y la puesta en común de esta información sea un impulso para los estudios de traducción.

–En todos sus estudios tiene en cuenta la perspectiva de género. ¿Qué papel han desempeñado las mujeres en sus campos de estudio?
–Justo estoy organizando con una compañera un congreso para el próximo año en Madrid sobre traductoras y editoras anarquistas. Hay que decir que durante muchos años la traducción fue considerada una tarea menor, subalterna, secundaria, una práctica escritural de menor categoría. Al ser considerada como tal, muy a menudo fue llevada a cabo por mujeres, tanto en el ámbito anarquista como en otros. Queda mucho por explorar. Personalmente, hasta ahora me he encontrado con muy pocos nombres de traductoras. También es cierto que en prensa, que es en el ámbito en que me muevo, pocas veces se menciona el nombre de la persona que traduce y en ocasiones se utilizan pseudónimos.

–¿Hay buenas y malas traducciones?
–No busco traducciones que sean perfectas, ni tampoco me interesa hacer un trabajo de cotejo de la traducción con el original para ver si el traductor era o no bueno. A veces se tiende a encarnizarse con los traductores y nos olvidamos de que las lecturas más importantes de nuestras vidas las hemos leído a través de traducciones que quizás no eran las mejores. Tan solo en contadas ocasiones las traducciones de obras cruciales son unánimemente reconocidas como excelentes: de hecho, el concepto de lo que es una buena traducción cambia con el tiempo. Pero nada de esto ha impedido que nos enamoráramos de Shakespeare o de Ibsen leyéndolos en lenguas que no eran las originales. Muchas de las traducciones que me encuentro en la prensa anarquista están hechas tan bien como era posible y me interesa reivindicar ese trabajo intelectual realizado en condiciones precarias.

–¿Algún nuevo proyecto en el tintero?
–Llevo un tiempo estudiando al autor francouruguayo Álvaro Armando Vasseur. Realizó una gran cantidad de traducciones y fue el primero en traducir una parte importante de Hojas de hierba de Walt Whitman al español y es también el primero en haber traducido al filósofo danés Søren Kierkegaard al español. Nunca se le hizo mucho caso porque no trascendió como autor. Mi idea es hacer algo así como una biografía intelectual, que dé cuenta de ese personaje y de su trabajo, no siempre logrado, como agente cultural.

miércoles, 19 de julio de 2023

Defensa de los bibliotecarios estadounidenses

Pese a que Barack Obama, el ex presidente de los Estados Unidos, multiplicó las acciones militares de su país en el exterior y llevó adelante una agresiva política contra los inmigrantes ilegales, por ser el primer presidente afroamericano, ser demócrata y tener como sucesor a Donald Trump, le quedó la reputación de progresista. Tal vez desde esa perspectiva deben ser leídas sus declaraciones sobre las prohibiciones de libros en su país. En la bajada del artículo, publicado por InfoBAE el pasado 17 de julio, se lee: "El ex presidente señaló que leer sobre personas cuyas vidas eran muy distintas a la suya le enseñó a colocarse en el lugar de otra persona. Su carta fue dirigida a la American Library Association".

Barack Obama criticó la prohibición de libros: “Es profundamente erróneo y contrario a lo que ha hecho grande a este país”

El ex presidente de los Estados Unidos Barack Obama dio un fuerte respaldo a los bibliotecarios y criticó la cultura de la cancelación por la cual algunos libros históricos o contemporáneos son prohibidos para no ofender a diferentes colectivos de la sociedad. En una carta dirigida a la American Library Association (ALA), Obama remarcó que leer sobre personas cuyas vidas eran muy distintas a la suya le enseñó a ponerse en el lugar de otra persona y que cree que esa postura de prohibición de obras memorables es “profundamente errónea” y contrario a lo que hizo grande a aquel país.

Los bibliotecarios están siendo acosados en algunos estados en los que la legislación local prohíbe algunos textos que considera puede ser perjudicial y sensibles para algunos sectores de la sociedad. En algunos casos, incluso, estos trabajadores pueden enfrentar causas penales.

“En cualquier democracia, el libre intercambio de ideas es una parte importante para garantizar que los ciudadanos estén informados, se comprometan y sientan que sus puntos de vista importan”, dijo el ex presidente norteamericano en una carta que compartió en sus redes sociales este lunes. “Es tan importante que, aquí en Estados Unidos, la Primera Enmienda de nuestra Constitución establece que la libertad comienza con nuestra capacidad de compartir y acceder a las ideas, incluso, y quizá especialmente, a aquellas con las que no estamos de acuerdo”.

Obama, un lector voraz que suele compartir sus preferencias literarias a sus seguidores, continuó su defensa de la libre expresión y de la inalterabilidad de las obras que moldearon su pensamiento y el de varias generaciones: “Los libros siempre han influido en mi forma de ver el mundo. Escritores como Mark Twain y Toni Morrison, Walt Whitman y James Baldwin me enseñaron algo esencial sobre el carácter de nuestro país. Leer sobre personas cuyas vidas eran muy distintas de la mía me enseñó a ponerme en el lugar de otra persona. Y el simple acto de escribir me ayudó a desarrollar mi propia identidad, algo que resultó vital como ciudadano, como organizador comunitario y como presidente”.

“Hoy en día, algunos de los libros que dieron forma a mi vida -y a la de tantos otros- están siendo cuestionados por personas que no están de acuerdo con determinadas ideas o perspectivas. No es casualidad que estos ‘libros prohibidos’ estén a menudo escritos o protagonizados por personas de color, indígenas y miembros de la comunidad LGBTQ+, aunque también ha habido casos desafortunados en los que libros de autores conservadores o libros que contienen palabras o escenas ‘desencadenantes’ han sido objeto de retirada. En cualquier caso, el objetivo parece ser silenciar, en lugar de comprometerse, rebatir, aprender o tratar de comprender opiniones que no coinciden con las nuestras”, dijo Obama.

El referente del Partido Demócrata continuó: “Creo que este enfoque es profundamente erróneo y contrario a lo que ha hecho grande a este país. Como ya he dicho antes, no sólo es importante que los jóvenes de todas las clases sociales se vean representados en las páginas de los libros, sino que también es importante que todos nos comprometamos con ideas y puntos de vista diferentes”.

“También es importante comprender que el mundo nos observa. Si Estados Unidos -una nación construida sobre la libertad de expresión- permite que se silencien ciertas voces e ideas, ¿por qué deberían otros países hacer lo posible por protegerlas? Irónicamente, son los textos cristianos y otros textos religiosos -los textos sagrados que algunos de los que piden la prohibición de libros en este país afirman querer defender- los que a menudo han sido el primer objetivo de los esfuerzos de censura y prohibición en los países autoritarios”, subrayó.

En ese sentido, defendió la labor de los bibliotecarios a quienes colocó en “la primera línea” de esa confrontación diaria y cotidiana. “Nadie lo entiende mejor que ustedes, los bibliotecarios de nuestro país. En un sentido muy real, estáis en primera línea, luchando cada día para dar a conocer la mayor variedad posible de puntos de vista, opiniones e ideas, y decidir por nosotros mismos con cuáles estamos de acuerdo”.

“Por eso quiero tomarme un momento para daros las gracias a todos por el trabajo que hacéis cada día, un trabajo que nos ayuda a entendernos unos a otros y a abrazar nuestra humanidad común. Y no se trata sólo de libros. También proporcionáis espacios donde la gente puede reunirse, compartir ideas, participar en programas comunitarios y acceder a recursos cívicos y educativos esenciales. Juntos, ayudáis a las personas a convertirse en ciudadanos informados y activos, capaces de hacer de este país lo que quieren que sea”, continuó Obama.

El ex presidente entre 2009 y 2017 enfatizó que ese trabajo es hecho “en un clima político difícil en el que, con demasiada frecuencia, sos atacados por personas que no pueden o no quieren entender el papel vital -únicamente estadounidense- que desempeñáis en la vida de nuestra nación. Así que, tanto si acabas de empezar a trabajar en una biblioteca pública o escolar, como si llevas toda tu carrera, Michelle y yo queremos darte las gracias por tu inquebrantable compromiso con la libertad de leer. Todos tenemos una deuda de gratitud con vosotros por asegurar que los lectores de todo el país tengan acceso a una amplia gama de libros y a todas las ideas que contienen”.

“Por último, a todos los ciudadanos que lean esto, espero que se unan a mí para recordar a todo el que escuche -e incluso a algunas personas que ustedes creen que no- que el intercambio libre y sólido de ideas siempre ha estado en el corazón de la democracia estadounidense. Juntos, podemos hacer que eso sea cierto para las generaciones venideras”, concluyó.

Más de 2.500 títulos fueron impugnados en 2022, una cifra récord, según los datos recogidos por la ALA, que también registró que el número de impugnaciones de libros casi se duplicó con respecto al año anterior. Un reciente análisis del diario The Washington Post descubrió que solo en los últimos dos años, al menos 19 estados han aprobado o considerado proyectos de ley que castigarían a los bibliotecarios con penas de prisión o cárcel por proporcionar a los menores libros “dañinos”, obscenos o sexualmente explícitos.

Texas lidera la nación en intentos de prohibiciones de libros en las bibliotecas escolares, según una encuesta de PEN América del año escolar 2021-2022, y se encuentra entre los estados donde los legisladores han presentado proyectos de ley que facilitarían el enjuiciamiento de los bibliotecarios. El diario The Houston Chronicle informó que desde 2021 la policía había sido llamada a las bibliotecas escolares y públicas de Texas al menos cinco veces para examinar libros en busca de contenido ilegal.


martes, 18 de julio de 2023

Valiosa traducción del anglosajón al castellano de Armando Roa Vial, publicada por la editorial LOM


La editorial LOM, de Chile, acaba de publicar un valioso trabajo de Armando Roa Vial (1966), poeta, traductor y ensayista chileno. Se trata de El arpa y la espada, una antología de los primeros grandes textos de la literatura inglesa escritos en prosa y en verso, desde Beowulf hasta antes de Chaucer. Así, figuras como Beda, Alcuino, Cynewulf, Alfredo o Wulfstan, entre un sin número de autores anónimos que redactaron algunas de las páginas más inspiradas de la alta Edad Media, conformarán un enorme legado literario que sólo a partir del siglo XIX, por el fuerte resurgimiento del medievalismo, será redescubierto de manera sistemática.

Uno de los mayores desafíos a partir de entonces ha sido la recuperación del inglés antiguo o anglosajón, lengua que comienza a declinar a partir de la invasión de Guillermo el Conquistador en 1066, para ser reemplazada por el anglonormando, de naturaleza romance, que luego evolucionará gradualmente hacia la morfología actual del inglés.

El escrito es un rescate del idioma flexivo, con estructuras gramaticales y ortográficas propias, cuyo timbre sinuoso, marcado por vocales y consonantes breves y largas, ofrece una sonoridad que en poesía hará gala de un empleo notable de la aliteración y los contrapuntos acentuales.