jueves, 19 de mayo de 2011

Verónica Zondek: "Vivimos en un mundo de cruces y traslados constantes"

Publicado en la sección Cartapacios de la revista virtual mexicana Periódico de poesía (No. 39 / Mayo 2011) en el siguiente artículo  la poeta y traductora chilena Verónica Zondek (foto) reflexiona sobre el significado de traducir y vincula ese acto al de la lectura.



Traducir poesía:
puntos para barajar

La traducción es un género literario. Me refiero a que traducir un poema es también escribir un poema. El traductor es un lector de la traducción que el autor original del poema hizo de ese indecible sí mismo. Es, en rigor, una segunda lectura de ese primer impulso poético que luego será leído por lectores que volverán a leer el poema a partir de sí mismos. Así se genera un mundo de traducciones a partir de una primera traducción, que es la que genera el poeta para poder escribir su poema. Todas, contribuyen a interiorizarse por pasillos antes sólo presentes en la oscuridad y van a su vez iluminando algunos de sus recovecos. El traspaso a una lengua distinta de la original, es el vehículo que la hace legible para los que ignoran la lengua de la traducción autoral.

Por lo tanto, traducir es una lectura de las tantas e infinitas posibles. Cuando está bien hecha, funciona para el lector de la otra lengua del mismo modo en que el poema funciona en su lengua original para un lector x. Es posible o casi seguro, que ambos lectores hipotéticos no accedan a la misma e idéntica información, conocimiento y emoción del poema, dado que el lector de la traducción llega como el lector del original, con su propia mochila al hombro. Concluyo entonces, que si no hay dos lecturas de un mismo texto que sean idénticas, tampoco es posible que hayan dos traducciones idénticas. Ni siquiera si le pertenecen al mismo traductor.

Traducir es entonces un juego de espejos que se proyecta al infinito

1. El poeta se traduce a sí mismo

2. El traductor traduce al poeta

3. Todos los lectores posibles traducen al traductor del poema traducido

Si traducir es entender, leer el poema inicial, entonces el resultado no puede sino ser, como ya lo mencionamos, una de las tantas posibilidades de lectura de ese poema.

Sujeta siempre, por cierto, al momento, estado, compromiso y conocimiento del traductor en cuestión.

Ahora bien, volviendo al acto original (es decir al primer traductor, o más bien al poeta), escribir un poema es intentar decir lo que se vislumbra a través de la grieta que abre a una sensibilidad, percepción e intencionalidad específica y permite ver algo que antes era lugar común o asunto ilegible. Traducir ese poema, es necesariamente entrar en esa lógica, por lo que el resultado, no puede ser el mismo poema pero sí puede, si está bien escrito, ser un vehículo igual o similar en intensidad al inicial. Bien escrito o verosímil para ponerlo de otro modo, quiere decir a mi modo de ver, que el poema se reescribe de acuerdo a las reglas o anti-reglas de la lengua a la que se traduce utilizando las mejores herramientas que se tiene en la nueva lengua. Luego será el lector el que vuelve a traducir ese escrito a través del acto de leer, y llegará o no llegará a ese conocimiento de acuerdo a la traducción que él logre o no logre hacer del poema. Algo así como ese juego infantil del teléfono roto. Dependerá de los sucesivos traductores-lectores y de sus capacidades, el que el poema leído por el que ignora la lengua original en la que fue escrito, logre decir lo que quiso decir y logre traspasar la chispa del primero. En todo caso, la responsabilidad principal del traductor de un poema es por cierto tener una idea o intuición, de las muchas posibles, de lo que el autor original intentó comunicar, aunque este mismo no lo supiese a cabalidad cuando escribió el poema.

Para entender de lo que estoy hablando, hay que comenzar por entender la imposibilidad de acceder a un texto si no se lo traslada a un lenguaje conocido para el lector de otra lengua.

Entonces vuelvo a una imagen que ya usé en la ponencia del primer Encuentro en la Universidad Austral de Valdivia: trasladar de una lengua a otra es como exiliar al poema. Pasarlo de una cultura a otra. De un territorio a otro. Geografías que se fertilizan unas a otras ampliando sus mundos más allá de lo inmediato conocido.

El exilio de la lengua madre le permite al lector vivir la otra lengua no como propia sino como una ventana que lo hace conciente de la propia. Entonces el traductor que así accedió a la otra lengua, vuelve a la suya propia transformándola en algo personal. Apropiándose de ella. Transgrediéndola. Eso y el lugar cero desde donde esta proviene, hace que un poema traducido sea el mismo más lo otro. En definitiva es otro, va por otro camino y sólo roza el original. Pero eso, para el caso del lector del poema, da lo mismo. Siempre y cuando la lectura funcione y le hable íntima y sonoramente al que lo recorre.

Insisto, la traducción puede ser definida por una parte como un acto violatorio ya que se apropia ‘por la fuerza’ de un cuerpo ajeno para hacerlo suyo y por otro, como un acto promiscuo debido a que no puede sino mostrar la marca de la lectura del traductor a los otros lectores potenciales que tendrán acceso a ella.

Reafirmo lo anterior, con una imagen de otro ámbito para ampliar el sentido de lo que quiero decir. ¿Qué hace que una joven adolescente se quite la vida? Es que quizás hay algo en la vida que ella no logra traducir y esto le produce tal angustia, que opta por desistir. Se borra, como quien dice, del escenario. Cuando traducimos, ¿acaso no hay algo de eso? Es decir, traducir un poema no es algo mecánico, que se soluciona por sí mismo. Traducir un poema involucra un enfrentamiento a algo que nos atrae y nos atrapa. Que entendemos a medias y a veces no entendemos, aunque su fuerza comunicativa nos provoque estremecimiento. Por eso intentamos o queremos traducirlo, hacerlo nuestro y entregárselo a otro. Ese impulso puede resultar o no, y tal como la adolescente, podemos o optar por borrarnos del escenario porque no pudimos con él o por seguir intentándolo hasta lograrlo. Hay una obsesión que nos abraza y no siempre tiene salida. Esto lo he experimentado muchísimas veces. En otras palabras, ¿será ese el impulso que nos hace perseguir un sentido posible en un determinado texto para traerlo a nuestra lengua, domarlo, domesticarlo, pronunciarlo, hasta hacerlo propio? ¿Es acaso ese sentido de la traducción el que nos entrega el placer? ¿Dominio por un lado y apertura a lo desconocido por el otro? ¿Relativo control? ¿Sensación de acceder, de no quedar al margen? o todo lo contrario: ¿una atracción por el espacio de extrañeza al que podemos acceder, el que nos impulsa obsesivamente a intentarlo?

Volvamos en cierto modo al comienzo: traducir constituye un acto de excelencia lectoral. El traductor debe manejar bien la expresión escrita en su lengua materna a la vez que debe ser un buen lector de la lengua de la cual traduce para así ser capaz de dilucidar los matices y niveles de expresión de la misma. Traducir poesía es un arte que requiere excelencia de oficio e intuición. Así, a pesar del acto violatorio que implica la acción de traducir, no es menor la entrega y el reconocimiento al poema en cuestión que involucra el elegirlo. El respeto que se debe tener por el texto original es obvio, pero no se puede olvidar que uno traduce para un lector que no conoce la lengua original, por lo que el poema traducido debe además tomar en cuenta al lector potencial de este traspaso. Quiero decir con esto, que debe hacer uso de todas las herramientas poéticas de su lengua, por ponerlo de algún modo, para que el poema traducido, se acerque a lo que el traductor lee como lo que el poeta quiso decir, para así lograr su objetivo, sin olvidar que el poema debe además conmover y abrir la grieta que hace posible intuir ese mundo otro o intensificado o no dicho. Puede usar para eso herramientas de la lengua a la cual traduce, que aunque no pertenezcan a la lengua original, sí funcionan en la lengua a la cual se ha transportado el poema renovando así, tanto la percepción como la visión y el entendimiento del lector. A su vez, es posible introducir posibilidades de la lengua original, que bien situadas pueden enriquecer la lengua a la cual se traduce. Las dificultades que presenta el lenguaje desde el cual se está traduciendo no suelen ser el problema central. Todo lenguaje es un saco de problemas. Mientras más de ellos reconozcamos en el poema a traducir, más rica y fértil será la traducción. El no ver dificultades y por lo tanto no traducirlas, sí que es un problema. Esta conciencia, implica un conocimiento profundo de la literatura e historia de la poesía a la cual se entronca el poema traducido.

Un poema como sabemos es lenguaje cargado de sentido. Este sentido se vehicula a través de distintas herramientas poéticas que son particulares a cada idioma. En este punto, dependerá del traductor, si logra encontrar las palabras adecuadas y las formas lingüísticas para que el poema no se pierda y logre traspasar las barreras de protección de un lector interesado. Es por eso que el poema original puede perder su impacto o angostar su significación, o, por el contrario, puede ganar o ensanchar sus significantes. En todo caso, siempre será otro. No estoy diciendo que el poema traducido sea bueno o malo, sino que quiero reiterar que traducir un poema es siempre primero una lectura y luego una escritura.

Traducir un poema es siempre un intento por encontrar el punto de equilibrio de las distintas coordenadas que lo componen: lo semántico, lo fonético, lo métrico, el contexto del cual surge y al cual llega además de lo sintáctico. Es casi imposible traducir todas estas cosas a la vez. Es entonces cuando el traductor se enfrenta a decisiones: qué intentar traspasar y qué no. Y eso dependerá del tipo de lector que sea y de su capacidad para decidir qué es más relevante o significativo en la traducción de la obra de un poeta determinado. Estas decisiones dependen del traductor, pero también de la época y la cultura donde ésta se realice y luego sea leída. Cada poema traducido, si es una buena traducción, tendrá lecturas variadas. Cada lector hará la suya, tal como ocurre con el poema original a las que el lector de la traducción no necesariamente podrá acceder.

Toda traducción está sujeta a múltiples modos de lectura y el poema en sí, a nuevas traducciones. El poema existe en la medida en que nos moviliza, nos habla, nos transforma y nos permite sentir o ver algo que ya no veíamos o nunca vimos o sentimos. Cada traducción abre ese espacio frágil y cambiante que acompaña al acto de vivir. El poema, la traducción de un poema, el poeta y el traductor, son seres vivos que acometen un escrito desde ese punto sensible donde nada es seguro y por lo tanto el lector, traducirá lo que lee de acuerdo justamente al punto donde él se encuentre ubicado en ese preciso momento.Es decir, el traductor de un poema rompe con la lengua original en que el poema ha sido escrito pero en la medida de su capacidad, restaura el poema a la lengua propia para hacer que éste se lea como tal.

No podemos desconocer que vivimos en un mundo de cruces y traslados constantes. Esto hace que la traducción sea un modo más de cruzar hacia otras culturas. Todos estos cruces de frontera producen necesariamente una ampliación del mundo conocido y nos permiten ensanchar la percepción y conocimiento del mismo. Traducción como viaje o ensanchamiento del mundo conocido. Sensaciones y percepciones desconocidas que nos mantienen vivos. Lo otro es una realidad que nos remece, nos abre y nos atemoriza a veces, pero nunca deja de enriquecernos. O sea, experiencia intercultural, que aunque suene políticamente correcto, es así. Es abrirse a lo extraño sin necesariamente pensar que uno puede apropiárselo completamente, aunque como lo planteamos más arriba, nazca de un deseo de apropiación del cuerpo ajeno. Cosa que, también, pienso es cierta para la lectura o escritura de un poema en la propia lengua. Es decir, no sólo a lo intercultural sino también a lo extraño, a aquello que puede ampliar nuestra propia percepción o conocimiento. El conocido estado del extrañamiento del que tanto se habla. El dar cuenta de lo que no se ve o no se quiere ver.

Y para terminar, pienso que de esto se desprende el hecho de que un poema es precioso justamente porque logra abrir a su lector a lo desconocido. Lo transmuta. Le indica nuevos canales de pensamiento o de emociones. Lo deja alerta frente a lo relamido, a lo dado, a lo seguro. A aquello que le impide ser un sujeto opinante. Un buen traductor traduce un poema o un autor que a él lo ha incitado a moverse desde ese lugar conocido e intenta trasmitir con lo que traduce eso mismo al lector. Esto ocurre porque el poeta al publicar el poema, lo suelta al mundo. De ahí en adelante las lecturas, las traducciones, las interpretaciones o efectos del mismo, son independientes de la voluntad del poeta o el traductor. El poema funcionará en el original o en su versión traducida, de acuerdo al lector y al tiempo y la situación en que éste viva. La traducción de un poema es y será siempre, una de las múltiples lecturas que se pueden hacer de ese poema. Y una buena
traducción, tendrá el mismo efecto en el lector, que a su vez leerá y hará su propia interpretación del poema. Es que un buen poema está vivo, tanto en su versión original como en la de la traducción.

miércoles, 18 de mayo de 2011

Y ya que estamos con los historiadores

El 16 de mayo pasado, el diario Clarín, en traducción de Elisa Carnelli, publicó un artículo originariamente aparecido en el New York Times, firmado por el historiador Robert Darnton, director de la biblioteca de la Universidad de Harvard.

El sueño de todos los libros,
gratis, para todos

El martes 22 de marzo, Denny Chin, un juez federal de Manhattan, rechazó la conciliación entre Google, que aspira a digitalizar todo libro que se haya publicado hasta el presente, y un grupo de autores y editoriales que habían demandado a la compañía por violar los derechos de autor.

El fallo es una victoria del bien común, ya que impide que una sola empresa monopolice el acceso a nuestra común herencia cultural.

Sin embargo, no deberíamos renunciar al sueño de Google de poner todos los libros del mundo a disposición de todos. En cambio, deberíamos construir una biblioteca digital pública que entregara estos ejemplares digitales en forma gratuita a los lectores. Sí, se interponen muchos problemas -legales, financieros, tecnológicos, políticos-. Todos pueden resolverse.

Chin invitó a Google y los litigantes a reescribir el acuerdo. Pero Google bien podría negarse a cambiar su estrategia comercial básica. Es por eso que lo que necesitamos es una opción no comercial: una biblioteca digital pública.

Una coalición de fundaciones podría aportar el dinero y una coalición de bibliotecas de investigación podría proporcionar los libros. La biblioteca naturalmente respetaría los derechos de autor y probablemente excluiría las obras que en este momento están en venta, a menos que sus autores quisieran facilitarlas. Incluiría los libros huérfanos, suponiendo que el Congreso de Estados Unidos aprobara leyes para liberarlos para uso no comercial en una biblioteca auténticamente pública.

Tachar esto de quijotesco sería pasar por alto los proyectos digitales que han demostrado su valor y factibilidad a lo largo de los últimos veinte años.

Todas las grandes bibliotecas de investigación han digitalizado parte de sus colecciones.

Empresas de gran envergadura como Knowledge Commons e Internet Archive han digitalizado varios millones de libros.

Una serie de países también están decididos a superar a Google escaneando el contenido completo de sus bibliotecas nacionales.

Francia planea invertir 750 millones de euros para digitalizar sus tesoros culturales; la Biblioteca Nacional de los Países Bajos está tratando de digitalizar todos los libros y publicaciones periódicas holandeses editados desde 1470; Australia, Finlandia y Noruega están llevando adelante sus propios esfuerzos.

Quizá Google mismo podría unirse a la causa de la biblioteca digital pública. Ha escaneado unos 15 millones de libros.

Dos millones de ese total se encuentran en el dominio público y podrían ser transferidos a la biblioteca como base de la colección.

La empresa no perdería nada con su generosidad y podría ganar admiración por su buena acción.
Con magia digital y pura audacia, Google demostró cómo podemos transformar las riquezas intelectuales de nuestras bibliotecas, esos libros que yacen inertes y sin uso en sus estantes. Pero sólo una biblioteca digital pública dará a los lectores lo que necesitan para enfrentar los desafíos del siglo XXI: una vasta colección de recursos que pueden ser aprovechados, gratuitamente, por cualquiera, en cualquier lugar y en cualquier momento.

Robert Darnton (Nueva York, Estados Unidos, 1939) realizó sus estudios en la Universidad de Harvard y en 1964 obtuvo el doctorado en Historia en la Universidad de Oxford. Durante ese año y el siguiente trabajó como periodista en el New York Times. A partir de 1968 dictó clases en la Universidad de Princeton, de la cual fue profesor Shelby Cullom Davis de Historia Europea. En la actualidad es profesor emérito. En 1982 recibió una beca MacArthur y en 1999 fue elegido presidente de la American Historical Association. Desde el año 2007 es profesor Carl H. Pforzheimer y director de la Biblioteca de la Universidad de Harvard. Considerado uno de los mayores especialistas en historia de la Francia del siglo XVIII, Darnton es un pionero en el campo de la historia del libro, además de ser uno de los fundadores del proyecto de difusión bibliográfica gutenberg. En 1999 el gobierno francés lo nombró Chevalier de la Légion d’Honneur como reconocimiento por su obra. Entre sus libros se cuentan: La gran matanza de gatos y otros episodios en la historia de la cultura francesa (1999), El coloquio de los lectores. Ensayos sobre autores, manuscritos, editores y lectores (2003), Edición y subversión. Literatura clandestina en el Antiguo Régimen (Turner-FCE, 2003), El negocio de la Ilustración. Historia editorial de la Encyclopédie, 1775-1800 (Libros sobre libros-FCE, 2006), Los best sellers prohibidos en Francia antes de la revolución (2008) y El beso de Lamourette. Reflexiones sobre historia cultural (2011), todos publicados por el Fondo de Cultura Económica.

martes, 17 de mayo de 2011

La traducción de historia y sus problemas


El Club de Traductores Literarios de Buenos Aires se dio el lujo de contar con la historiadora Lila Caimari para que en el día de ayer, luego de referirse a las singularidades con que se enfrentan los historiadores cuando narran los acontecimientos que estudian, se ocupó de presentar algunos de los muchos problemas con los que tienen que vérselas los traductores cuando tienen que traducir historia. Con la claridad que acostumbra, lo hizo brillantemente, tal como puede verse en

 
Lila Caimari es historiadora. Investigadora independiente del CONICET, obtuvo su doctorado en Ciencias Políticas en el Institut d’Etudes Politiques de Paris. Entre sus libros se mencionan Peróm y la Iglesia católica (Emecé, 1995/reeditado en 2010); Apenas un delincuente. Crimen, castigo y cultura en la Argentina (1880-1955) (Siglo XXI, 2004), La ciudad y el crimen (Sudamericana, 2009) y la compilación La ley de los profanos (Fondo de Cultura Económica, 2007). Asimismo, ha publicado numerosos artículos en revistas académicas y capítulos en libros colectivos, en el país y el exterior. Actualmente investiga sobre policía y orden urbano en Buenos Aires de inicios del siglo XX, y dirige el grupo de investigación histórica “Crimen y Sociedad”, radicado en la Universidad de San Andrés.

Fotos: Agustín Spinetto

lunes, 16 de mayo de 2011

"Pobreza es recurso, en poesía"

Aquiles Julián, de la República Dominicana, pubica en su blog un libro entero del poeta y ensayista francés Yves Bonnefoy (foto), en que se encuentra el texto que se ofrece a continuación. Curiosamente, no hay constancia de traductor, aunque sabemos que hay una versión distinta de este mismo texto publicada por la editorial española Pre-Textos, en traducción del poeta argentino Arturo Carrrera.

La traducción de poesía

Se puede traducir por simple designación. Por ejemplo, me decía un día Wladimir Weidlé, agradablemente, el poema de Baudelaire, "Yo no he olvidado, vecina de la ciudad...", lleva el sonido de Pushkin, posee su  transparencia, es la mejor de las "traducciones". ¿Pero se  puede reducir un poema a su transparencia?  Se puede traducir un poema, no. Se encuentran allí demasiadas contradicciones que no se pueden resolver, deben hacerse demasiados desistimientos. Ejemplo (y es ello un hecho de experiencia personal) "Sailing to Byzantium", de Yeats: y ahora este título: ¿Embarcarse a Bizancio? Imposible, interpelaría Watteau. Además, saling tiene un dinamismo de verbo.
Se piensa en "A Honfleur! lo más pronto posible antes de caer más bajo", de Baudelaire, pero "A Bizancio" sería  ridículo: el mito excluye estas brevedades... En fin, to sail expresa por otra parte la idea de partida, la de la mar por franquear, difícil, agitada como la pasión y aquella del puerto a lo lejos: comercio, trabajos, obras, naturaleza vencida, el espíritu. Nada que pudiese llevar nuestro aparejar, y hacer velas es caduco, sobre estas distancias. Yo me resigné con "Bizancio-la otra orilla". Una tensión se salvó, quizás, pero no la energía, el arranque (al menos soñado) que expresaba el verbo. Como a menudo, desde la lengua de Shakespeare hasta aquella que tiraniza todavía Malherbe, lo vivido deviene de lo intemporal, lo irracional de lo inteligible. Otra solución: glosar el título, con esa frase de Baudelaire. Será necesario intentar la experiencia de traducciones desarrolladas, donde se dejarían vivir todas las asociaciones de ideas invocadas por la obra, sobre una página análoga a aquella del "Golpe de dados". Pero Yeats habla, en la unicidad y la urgencia del instante: Y es a eso de entrada que es necesario que uno permanezca fiel.

Otro desistimiento obligado en este mismo poema: fish, flesh, fowl ("pescado", "posta",  "pollo"), con los que Yeats reúne en tres palabras la variedad de la vida, e incluso y sobre  todo, por la aliteración, su impulso, su aparente finalidad. ¡Bastante arduo! Pero peor aún, hay allí una expresión fabricada, que hace que se pueda soñar que la lengua común preserva así el vigor de esta lengua adámica que tantos poetas añoran. "Sailing to Bizantium" exige pues interrogar la sabiduría popular, la nación. El aquí, en el momento mismo en el que es cuestión de arrancarlo, por el espíritu puro. Contradicción, profunda en Yeats, constante, tanto que fecunda de punta a punta su obra, pero que no se puede más que perderla en francés, que no ofrece para estas palabras brevedad semejante: las lenguas no poseen sus "fortunas" en los mismos puntos. Traduje: "todo lo que nada, vuela, se lanza", lo que no retiene el impulso sino por una significación, no dentro de la sustancia verbal. Por otra parte, y por una vez, el verbo es menos que el sustantivo: este fish, etcétera, que parecía repetir el acto primero, divino, de la denominación. Donde un texto tiene sus oportunidades, sus nudos, su espesor "su inconsciente-, la traducción debe pasar a una superficie, libre para tener por otra parte sus propios nudos. No se puede traducir un poema.

Pero tanto mejor, porque un poema es menos que la poesía, y hallarse desprovisto de él, es de otra manera,un estímulo. Un poema "un cierto número de palabras en un cierto orden sobre la página, es una forma, donde es abolida la relación con el otro, con la finitud: lo verdadero. Y el autor puede complacerse en ello, es sosegador, se ama hacer- ser objetos que permanezcan, pero rápidamente se siente pesar de haberse puesto en contradicción con el lugar y el tiempo del verdadero intercambio. Un medio, el poema, una hipótesis de espíritu, no un fin. Publicarlo, una verificación, un tiempo de reflexión que uno se otorga, pero no es aceptarlo, absolutizarlo. Y el mejor lector de forma parecida es aquel que ama el poema, sí: pero cómo puede no amarse un ser: considerando sólo los valores de los cuales se ufana, en el sentido que lleva. Nada de idolatría por lo escrito; pero tampoco nada de aversión iconoclasta en adelante. Más bien, compasión, una especie de existencia compartida. Pero, ¡qué saqueo desde entonces! Todas estas "riquezas" del texto, ambigüedades, paragramas, polisemias, etc., privadas del derecho de imponernos sus crucigramas. Pero en compensación, he aquí que no llegamos a comprender, a retener: la poesía de  otras lenguas.

Que se sepa ver, en efecto, lo que motiva el poema; que se sepa revivir el acto que a la vez lo ha producido y se atasca en él: y libres de esta forma anquilosada que no es nada sino un trazo, la intención, la intuición primeras (digamos una aspiración, una obsesión, cualquier cosa universal), pudieran ser de nuevo intentadas en la otra lengua, y tanto más verídicamente en adelante en cuanto la misma dificultad se manifiesta allí: la
lengua de traducción, paralizante como la primera de este cuestionamiento que es una palabra. Sí, la dificultad de la poesía es que la lengua es si es tema, cuando la palabra de ella es presencia . Pero comprender eso, es reencontrarse con el autor que se traduce, percibiendo mejor las tiranías que él sufre, los movimientos de pensamiento que allí opone; y las fidelidades que le faltan. Porque las palabras van a tratar de amaestrarnos con su modo de ser. De auxiliares de la buena traducción comenzada, van a hacerse los abogados del mal poema que ella deviene, ellas van a rebajar la experiencia en provecho de un texto; será necesario desconfiar, verificar la necesidad ontológica de nuestras imágenes nuevas más bien que su semejanza término a término (exterior desde luego) a aquellas del poema original. Y es una pesada tarea, pero a cambio, somos ayudados por este autor que se traduce, cuando es Yeats, cuando es John Donne o Shakespeare. Y en lugar de ser, como antes, ante la masa de un texto, henos aquí de nuevo en el origen, allí donde se acrecía lo posible y por una segunda travesía, donde se posee el derecho de ser sí mismo. Un acto, ¡en fin! Se aventuraba con las lagunas de su lengua, se "bricolaba" como gusta decirse hoy, he aquí ahora que se revive la limitación del otro, tanto como se escucha lo que se ha podido aprender allí, ya que es necesario existir primero, antes de escribir. Que se sepa que el poema no es nada y la traducción es posible, lo que no es fácil de decir; esto no es más que la poesía recomenzada.

Desmesura, retomar así en el origen a Yeats, ¿aspirar entonces a un poder de invención semejante?, pero aspirar no significa estar seguro de llegar. Y toda poesía, es siempre la misma ambición, que entre las más verdaderas va sin certidumbre. No hay poesía sino de lo imposible. Y, fracasar ahí, digamos específicamente, guarda al menos abierto el campo a esta preocupación de unidad, o de transparencia y de destino.

Prácticamente, en efecto: si la traducción no es una copia y una técnica, sino un cuestionamiento y una experiencia, ella no puede inscribirse "escribirse- sino en la duración de una vida, de la cual ella solicitará todos los aspectos, todos los actos. Y ello no exige que el traductor sea "poeta" por otra parte. Pero implica de seguro, que si él también escribe, no podrá mantener separada su traducción de su propia obra. Algunos ejemplos de esta interdependencia "personales-, pues no hay allí de qué enorgullecerse (ni alarmarse: menús hechos, que no sirven más que de índices).

Horacio, hablando a Hamlet de sus compañeros de guardia cuando se aparece el fantasma, ellos fueron "destilados", dice él, "casi hasta la gelatina con la acción de terror"... El sentido es claro. Pero el acto de terror introduce una intensidad, trágica, donde gelatina (literalmente la "gelatina", tan inglesa, para nosotros "papilla") se me volvió un problema. ¿Por qué? las obscenidades del comienzo de Romeo pueden traducirse. Pero ellas son significantes así no sea más que de ellas mismas, mientras que aquí gelatina es lengua ordinaria, empleada sin atención, sin énfasis en el sentido. Ahora, bien francés en ello (creo yo), tengo tendencia a querer que tales contextos, luego ejemplares, sean un conocimiento acrecentado, por tanto, una economía del sentido, por tanto, un vocabulario, si no restringido por lo menos verificado. Que lo trivial se mantiene, sí, y es Rabelais, Rimbaud, pero como tal, y a ello se aproxima Racine o Nerval y lo que se llama lengua noble, o literaria, pero que no es sino una lenguaten sa . Los ingleses (cf. Mercutio) esperan menos del lenguaje. Quieren más observación directa, de sicología simple (en resumen, gelatina allí donde un soldado la diría) como heroica reconstrucción.

Y yo les concedo la razón. Pero haría falta por lo tanto, que luchando así contra mí, yo acepte el desafío sin más y hable de papilla, ¿o incluso de agua de pudín? Arriesgando ser un fresco, yo habría sido literal. Pero si es cierto que he seguido siendo por otra parte, así sea poco, discípulo de Racine, esta aparente fidelidad, va a producir lo pintoresco simple, es este el pecado de las traducciones románticas, mal desbastadas del verbalismo de antes "que va en todo caso, a paliar en mí y no resuelve un problema. ¡Mejor Ducis! Mejor escuchar Shakespeare hasta el momento en que yo pudiera aventajarlo en toda mi escritura y no simplemente reflejarlo, aquí. Y esperando, y con conocimiento de causa (yo añadiría una nota), convierte engelatina con una palabra a mí, implicado en otras prosecuciones.Ceniza... La traducción ha fracasado, en el plano local. Pero el acto de traducir ha comenzado, y llegará más tarde, de otro lado" todavía aquí.

Y ahora, de nuevo de Yeats, en "La congoja del amor", cuando él habla de la joven de los  "melancólicos labios rojos" que está "condenada como Odiseo y las naves laboriosas". Laboriosa, ésta palabra evoca las largas travesías difíciles y los balanceos del navío, pero también el problema afectivo, la tristeza, sin contar con que to be in labour, es dar a luz, y que to labour, ha guardado poéticamente su acepción arcaica, "laborar", casi sembrar.Todos estos sentidos valen aquí, ¿qué hacer pues? Pero esta vez, yo no he podido incluso plantearme la pregunta, y traduje irresistiblemente, labouring por "los que renguean a lo lejos" incluyendo de entrada el rechazo en la traducción. Y yo podría justificar o criticar estas palabras- Ulises no huía, pero los hijos de Príamo, quien muere en el verso siguiente, lo hicieron por otra Troya, etc. "Pero allí no está la cuestión. Porque estas palabras, no me han venido por el corto circuito que se cree que va desde el traductor del texto a la traducción, sino por todo un lazo de mi pasado. A menudo he pensado en la cojera de un navío... una vez incluso, regresando de Grecia, en 1961, y el corazón pleno con el recuerdo de la Esfinge de Naxiens, cuya sonrisa expresa la ataraxia, la música, yo imaginaba que el barco, que pintaba de noche, así, frente a la costa italiana, él también huía y buscaba; y pensando bien seguramente en Verlaine, yo esbocé una especie de poema, donde jugaba su rol también el agua que riela, para siempre "como hierro, en una caja cerrada": un poema que nunca he terminado desde entonces- y que yo mismo, he roto de súbito, doce años después, en suma, para que viva mi traducción.

La relación de lo que se buscaba allí con mi cuidado por la poesía de Yeats, se convirtió en lo más importante, el verdadero devenir. Fue el poeta inglés quien me explicó a mí mismo, y es mi encaminamiento lo que ha querido traducirlo. Es en una relación de destino a destino, en suma, y no de una frase inglesa a una francesa, que se elaboran las traducciones, con prolongamientos que no se puede prever (este barco y su cojera han reaparecido en mi último libro). Continuación lógica de éste propósito, haría falta que me pregunte en qué me han ayudado mis traducciones; y cómo la poesía de otras lenguas ha contribuido al devenir de la nuestra.

Falta de tiempo, yo no haré sino evocar otra pregunta preliminar. ¿En cuáles condiciones esta especie de traducción, esta traducción de la poesía, no es ella una empresa insensata? "Traducid vuestro prójimo", propuse una vez. ¿Pero quién puede serlo suficientemente?

La ironía de Donne, la morosidad luminosa de Elliot o el spleen baudelairiano, la "malevía" (y la esperanza, siempre) de Rimbaud, ¿no son mundos impenetrables?, y en cuanto a Yeats, la aspiración a la Idea, Bizancio, pero sangre y laguna, la neblina y el arrobamiento, la rabia misma, pasión, y Adonis tanto como Cristo, ¿son ellos compartibles?

Pero pobreza es recurso, en poesía. La experiencia que no se ha vivido, es porque a veces se ha rechazado: y la traducción, en la que un poeta nos habla, puede desbaratar lacensura; es ésta una de las formas de ayuda que yo he dicho que ella aporta. Una energía se libera. Nuestras fascinaciones nos habrán guiado. Pero que no se siga sino a ellas, con toda seguridad. Toda obra que no nos requiera es intraducible.

domingo, 15 de mayo de 2011

Virgilio traducido en Chile



En el portal de la Pontificia Universidad Católica de Chile puede leerse, con fecha del 16 de diciembre de 2010, la noticia de la publicación por parte de esa casa de estudios de la versión de La Eneida, realizada por el traductor chileno Egidio Poblete (1868-1940). Los editores a cargo fueron Nicolás Cruz y Antonio Arbea.

Publican versión chilena del poema
La Eneida, de Virgilio

Rescatar la traducción que hizo el chileno Egidio Poblete, hace más de setenta años, del poema La Eneida de Virgilio, es el propósito de este libro editado por los académicos Nicolás Cruz; que imparte el curso de 'Historia de Grecia y Roma', y Antonio Arbea; profesor de Latín en la Facultad de Letras.  

El volumen editado por los profesores Cruz y Arbea es un trabajo minucioso, que ha introducido varios elementos para una mejor comprensión. Primero, como explica el profesor Cruz, el texto ha sido enumerado de acuerdo a los versos latinos originales, lo cual facilita una adecuada orientación del lector en el poema, permitiendo un ágil cotejo de la traducción con el original. El libro contiene dos prólogos. Uno sobre Virgilio, su obra y el protagonista del poema; mientras que el otro está dedicado al traductor. Además, cada uno de los doce cantos o partes del poema tiene su propia introducción, donde se destacan sus contenidos centrales, la discusión actual entre los estudiosos y los aspectos en que el lector puede reparar para obtener un mayor provecho de su lectura. Finalmente, el volumen tiene un completo índice onomástico que abarca a todos los personajes del poema.

La traducción de La Eneida realizada por Egidio Poblete (1868-1940) fue publicada por primera vez en 1937, en el diario La Unión de Valparaíso. El texto fue el resultado de un extenso trabajo que comenzó en su breve paso por el seminario. "En 1891, mientras estaba ocioso en casa, inicié la traducción, con más valor que avío, y vertí los primeros cantos. En un viaje a Santiago confesé mi atrevimiento a don Manuel Antonio Román (que había sido mi profesor de Gramática en el seminario y mi jefe en la secretaría episcopal, y me mostraba mucho afecto). ¡En qué hora se lo dije! Los afanes del empleo y después mis labores de periodista me obligaron a cortar el trabajo, pero el señor Román, cada vez que me veía o escribía, reclamaba enérgica e insistentemente que prosiguiera la obra, durante dieciocho años", escribe el propio autor. La traducción ha merecido importantes reconocimientos y es considerada la contribución chilena más importante a los estudios clásicos latinos.

La Eneida es un extenso poema épico escrito por el romano Publio Virgilio Marón, entre los años 29 y 19 a.C. Su tema central es el largo viaje que Eneas, junto a algunos troyanos, realizó desde su ciudad destruida por los griegos hasta las tierras de Italia, donde terminaron de instalarse luego de haber sostenido una guerra contra los pueblos del lugar. A propósito de esta narración, Virgilio presenta distintos momentos de la historia de Roma, para terminar relacionando todo lo anterior con aquello que sucede en su propia época, marcada por el fin de guerras civiles y la llegada de Augusto al cargo de emperador. Pero no se trata de una obra de historia ni de política, aunque ambas temáticas tienen espacios significativos en el poema; las claves más importantes se encuentran en lo religioso y cultural.

Virgilio, nacido en el año 70 a.C., vivió la mayor parte de su vida adulta en un imperio sumergido en el conflicto de las guerras internas y la consiguiente inseguridad para sus habitantes. Él mismo experimentó sus efectos en carne propia al serle confiscada su propiedad agrícola en Las Galias. Como muchos de sus contemporáneos, adhirió a Augusto, vencedor de la batalla de Accio en el año 31 a.C. y escribió a favor de las nuevas condiciones que se auguraban. En sus escritos se refleja su rechazo a la violencia y la confusión de ese periodo.

sábado, 14 de mayo de 2011

El traductor como autómata

Patricia Willson publicó la columna que se ofrece a continuación en El Trujamán del lunes 9 de mayo pasado.

Sartre y la traducción: secuela de las Cartas persas

En la voluminosa obra sobre la vida de Gustave Flaubert entre 1821 y 1857 escrita por Jean-Paul Sartre (L’Idiot de la famille, 1971-1972, de próxima aparición en castellano), aparece una breve referencia a la traducción, inserta en el capítulo en el que Sartre analiza el fracaso de Flaubert como estudiante de leyes en París. Luego de la compacta producción juvenil, sobreviene un período de relativo silencio literario, que coincide con la estancia parisina para hacer estudios de Derecho. Gustave se aburre en la Sorbona y en su cuarto, en Rue de l’Est; abre el Código Napoleónico y comienza a bostezar. Miente a su familia sobre los exámenes, es reprobado, se deja estar. La hipótesis de Sartre es que el futuro autor de Madame Bovary se desconecta intelectualmente, está ausente. «Las Instituciones, es cierto, están escritas en latín —afirma Sartre—, lo cual demanda un esfuerzo suplementario. Traduce. Pero esta actividad casi automática (conoce la lengua) no implica necesariamente la intelección».

Esta inesperada acotación, que escinde la actividad traductora de la intelectual, se ubica en la línea de la que Montesquieu incluye en las Cartas persas, a mediados del siglo xviii. En efecto, en la carta CXXVIII, dirigida por Rica a Usbek, se reproduce un diálogo ficcional entre un geómetra y un sabio que traduce:
—Tengo una gran novedad que contarle: acabo de publicar a Horacio.
—¡Cómo! —dijo el geómetra—, hace dos mil años que se publicó.
—Usted no me entiende —insistió el otro—; se trata de una traducción de este autor antiguo que acabo de editar; hace veinte años que me ocupo de hacer traducciones.
—¿Cómo, señor? —dijo el geómetra—. ¿Hace veinte años que no piensa? ¿Usted habla por los otros, y ellos piensan por usted?
En ambos textos aparece el traductor como autómata, como reformulador acrítico de los productos de una subjetividad artífice y pensante: la del autor. A partir de estas coincidencias podría proponerse una tipología binaria de escritores: el conjunto de los que piensan como Sartre y Montesquieu, y el conjunto de los que —por ser muchas veces ellos mismos traductores— reconocen las dificultades y hasta las claudicaciones de la traducción, sí, pero no le cercenan nunca la dimensión reflexiva y creadora.

viernes, 13 de mayo de 2011

En España la hora del personal de limpieza vale más que la de los traductores argentinos

Se repone esta entrada que se subió hace dos días y que luego, en razón del problema técnico de Blogger (que nos dejó sin servicio), fue retirada de manera inconsulta. Se refiere a una noticia publicada el 11 de mayo pasado por el diario español El País, con firma de Javier Rodríguez Marcos, referida a Ricardo San Vicente, traductor español del ruso.

La hora de un traductor vale tanto como la de la limpieza

"¿Qué es el alma rusa? Yo sé lo que es la ensaladilla rusa, la ruleta rusa y la montaña rusa -que, por cierto, en Rusia no se llaman así-, pero ¿el alma?". Ricardo San Vicente lo dice porque en el menú hay filetes rusos, pero ya puestos: ¿qué es lo más parecido a esa alma? "Pues tal vez la española: ser un país de frontera y preguntarse todo el día por el alma".

San Vicente es catedrático en la Universidad de Barcelona, responsable de la edición de las obras completas de Dostoievski para el Círculo de Lectores y -de Chéjov a Brodsky- traductor de más autores de los que caben en un almuerzo. Solo la peripecia de su vida duraría litros de vodka.

El profesor pasó por Madrid para asistir, como jurado, a la entrega del premio que la Fundación Yeltsin otorga a la mejor versión del ruso al castellano. Este año ha sido para Fernando Otero Macías, Yulia Dobrovolskaya y José María Muñoz Rovira. El restaurante no lo ha elegido él, pero al sentarse recuerda haber estado allí con su tío Fernando Claudín, el histórico dirigente expulsado del PCE junto a Semprún en 1964. "De repente no existía", dice. "Lo borraron de la historia". Sus padres fueron dos de los niños enviados por la República a San Petersburgo en 1936 para ahorrarles la Guerra Civil. Él nació en Moscú en 1948 y allí aprendió ruso antes que castellano: "Con mi padre siempre hablé en ruso. Estaba muy agradecido a la URSS porque, en un tiempo de privaciones, se ocupó de ellos con todo el cuidado. Recibió una formación de altísimo nivel como ingeniero. Su agradecimiento era tal que no quería ver que el régimen que se volcó con aquellos niños también cometió atrocidades con sus ciudadanos". Algunas de esas atrocidades las recogió Varlam Shalámov en sus Relatos de Kolimá, una obra a la altura de Archipiélago Gulag y que San Vicente está traduciendo por primera vez completa al castellano para la editorial Minúscula. Son seis tomos y ya han aparecido tres.

Por momentos, el arenque es tan ácido como la memoria: Ricardo San Vicente volvió a España con su familia en 1957. Fue una decepción para sus padres: "Encontraron un país egoísta y poco solidario, frío". ¿Y su propio aterrizaje en la posguerra franquista? "Nunca noté nada. Luego me dijeron que en la mili había un largo informe sobre mí".

Este filólogo llegó a su oficio después de, "como todos los hijos de emigrantes", pasar años sin querer saber nada de Rusia. Ahora le preocupa el futuro de la universidad en tiempos del Plan Bolonia: "Estamos en manos de gestores que no entienden lo que hacemos. Las humanidades se diluyen". Además, el jarro de agua fría llega en un gran momento de la filología eslava, cuando ya es costumbre traducir a Tolstói del original y no, como antes, a través del francés o el alemán. Comenzaron a hacerlo los que, como sus padres, fueron "niños de Rusia" y hoy lo hace una brillante generación de traductores salidos de las facultades, algo que puede tener los días contados: "Bolonia hará que vuelva el amateurismo: traducirán un diplomático que se quede a vivir aquí, un emigrante...". Sus filetes se enfrían, pero San Vicente rebaña tiempo para recordar que el sueldo de los traductores no está a la altura de su cualificación: "Casi todo el mundo tiene otro trabajo porque la hora media de un traductor vale en España, con todos los respetos, lo que la de una mujer de la limpieza".