lunes, 13 de diciembre de 2021

Opiniones en el bicentenario de Gustave Flaubert

Ayer, 12 de diciembre, Claudia Lorenzón publicó en el sitio de la agencia TELAM el siguiente artículo, en cuya bajada se lee: “Hace 200 años, el 12 de diciembre de 1821, nacía en Francia Gustave Flaubert, autor de obras clásicas de la literatura como Madame Bovary, Tres cuentos y Bouvard y Pécuchet”.

Flaubert: nuevas lecturas y traducciones, a 200 años de su nacimiento

La relectura y nuevas traducciones de la obra de Gustave Flaubert permiten descubrir y actualizar significados de textos como Madame Bovary, Salammbo y Bouvard y Pécuchet con los que el autor inauguró la multiplicidad de los puntos de vista y puso en práctica el uso del estilo indirecto libre, transformándose en uno de los mayores escritores de la historia de la literatura, según traductores y editores consultados, a 200 años de su nacimiento, un 12 de diciembre de 1821 en la ciudad francesa de Ruán.

“Su importancia puede medirse por todo lo que trajo de nuevo al arte de narrar”, afirma el traductor, ensayista y poeta Jorge Fondebrider, quien tradujo gran parte de su obra, mientras que para la editora Leonora Djament la importancia de su narrativa radica en que “marca un antes y un después en la literatura moderna”, otorgando a los personajes menores un protagonismo vedado hasta ese momento, “produciendo una escritura democrática”.

Siguiendo la lectura del filósofo francés Jacques Rancière, la editora de Eterna Cadencia señala a Télam que “las ficciones de Flaubert –que murió en 1880– plantean el fin de la lógica representativa, aristotélica, orgánica, donde hay relación causa/efecto y proponen, en cambio, una revolución donde los personajes menores –como Felicite en “Un corazón simple”– pueden vivir todas las pasiones”, de ahí su sello democrático.

De esta manera, “no hay pasiones reservadas a los personajes principales, a los grandes héroes de las historias, a los hombres que realizan los grandes trabajos, y se cuestiona la división naturalizada entre almas nobles y almas vulgares y visibiliza las pasiones y acciones de los “cualquiera”, en palabras de Rancière, que estaban invisibilizados, trabajan todos los días y tienen un rol único preasignado. Se trata de narrarlo todo, no porque todos sean iguales sino justamente porque todos son distintos”.

A este análisis, Fondebrider suma que Flaubert “desarrolló la multiplicidad de puntos de vista narrativos basándose en la perspectiva de los personajes, e instituyó el uso frecuente del estilo indirecto libre, recurso que hoy nos parece evidente, pero que hasta él prácticamente no se usaba; rompió el cliché romántico de equiparar vida y obra, y demostró que cualquier historia, incluidas las más triviales, puede ser literatura si se considera la necesidad de un estilo”.

En ese rescate de su figura, el traductor considera que Flaubert “equiparó la labor del narrador a la del poeta, lo que implica que no se limitó a contar historias, sino que hizo importantes a algunas bastante triviales por la forma en que las contó antes que por lo que dicen las historias mismas, sin perder de vista lo que para él era el dato distintivo de la condición humana: la estupidez, repetida una y otra vez con todas sus posibles variantes en cada uno de sus personajes, sin excepción”, como sucede en la inconclusa Bouvard y Pécuchet, su última novela.

En este sentido, Magdalena Cámpora, directora de la Cátedra de Literatura Comparada de la Universidad Católica Argentina (UCA) y titular de Literatura Francesa en esa institución y en la Universidad del Salvador, dice que en esa novela el autor quiso hacer –según Jorge Luis Borges– “'una enciclopedia de la estupidez humana', y para ello arma clasificaciones que no se entienden: cita libros acreditados, filosóficos, técnicos, cuyas enseñanzas no sirven para nada: en manos de Bouvard y Pécuchet, que son un poco ridículos, y todo se vuelve un engendro” y agrega que “Flaubert hace esto en el siglo XIX, que cree en el progreso, en el avance técnico”.

Fondebrider, que tradujo Madame Bovary, Tres cuentos y Bouvard y Pécuchet –que el año próximo editará Eterna Cadencia– cuenta que lo hizo en “ediciones anotadas”, lo que significa que a la traducción sumó “centenares de notas porque se trata de textos publicados hace más de un siglo que, por un lado, necesitan datos para que el lector actual pueda entender detalles que para los contemporáneos de la cultura de Flaubert resultaban transparentes, y por otro, porque desde la publicación de esos textos hubo miles de comentarios de críticos y escritores, algunos de los cuales arrojan luz sobre los propósitos de Flaubert”.

Para el traductor ese trabajo fue “una verdadera lección de literatura con mayúsculas”, que lo obligó “a pensar cada detalle hasta en sus menores recovecos: por ejemplo, si a Flaubert un párrafo le tomaba dos semanas, ¿quién soy yo para liquidarlo en quince minutos? A él no le gustaban ni las repeticiones ni las cacofonías, de modo que, por primera vez, traduje prosa en voz alta para escuchar, después de traducir, cómo sonaba”.

Por otra parte, al respetar el estilo particular de escritura de Flaubert, Fondebrider tuvo que pensar “cómo reproducir en el molde del castellano actual lo que había sido dicho en el particular molde del francés de la época de Flaubert, tarea pocas veces automática, y en cada oportunidad hubo desafíos particulares”, según manifiesta.

En el caso de Madame Bovary se plantea “una multiplicidad de puntos de vista muy grande que, por lo que vi, muchos traductores previos convirtieron en apenas un narrador omnisciente, y eso no es así en el original”, explica el traductor y señala que “en los Tres cuentos hay un vocabulario extremadamente preciso”, como sucede en “La leyenda de San Julián el hospitalario”.

En este caso, explica que “cuando se describe la jauría que Julián recibe como regalo de su padre, no se menciona la palabra “perro”, sino el nombre de cada raza, lo cual implica funciones muy específicas en la cacería, que Flaubert encontró en manuales de caza del siglo XII y que se refieren a razas extintas”. Ni qué hablar del enorme bagaje enciclopédico de Bouvard y Pécuchet: si uno pretende traducirlo tiene que saber cosas tan disparatadas como las particularidades del cultivo de melones, la historia de la Revolución francesa y las especificidades de la ética de Spinoza, y eso sólo para abordar apenas tres problemas que doy a modo de ejemplo, de los varios cientos que presenta el libro”.

Por todo esto, Djament considera “fundamental volver a traducir a los clásicos de tanto en tanto porque cambia la lengua, cambia la recepción de esos textos y se resignifican y amplían sus lecturas” y agrega que las traducciones que viene publicando Eterna Cadencia “intentan justamente ofrecer nuevas versiones, aprovechando las nuevas lecturas sobre Flaubert y los materiales inéditos que siguen apareciendo”.

Y destaca que “las anotaciones de Fondebrider brindan al lector contemporáneo una cantidad de información histórica, literaria y lingüística que vuelve la lectura una experiencia todavía más rica y compleja”.

Sin lugar a dudas Madame Bovary, novela censurada y cuestionada tras su publicación en 1856, es una de las obras más conocidas del autor francés, y si bien a la luz de las corrientes feministas es considerada una heroína, una mujer que se arriesga a la infidelidad o que se niega a maternar a su hija, a la que directamente deja con una nodriza, los expertos consultados relativizan esa calificación.

Fondebrider considera que esa “lectura contemporánea no está presente en las intenciones de Flaubert” y explica que “en su época, estaban de moda las novelas de adúlteras y a partir de una noticia policial y unas memorias de una conocida, el autor escribió su novela como una bravata: quiso demostrar que un tema, desde su punto de vista, del todo intrascendente, podía convertirse en arte a través del estilo. Pero la historia en sí le era del todo secundaria”.

No obstante, reconoce que “como todos los clásicos, admite muchas más lecturas de las que imaginó su autor. Hoy lo leemos de canto y de perfil, y, de acuerdo con el lugar en el que estemos parados, le atribuimos significaciones que no necesariamente tiene”.

“Dudo que Flaubert haya pensando en las luchas feministas del futuro cuando imaginó al personaje de Madame Bovary. Dudo incluso de que la haya considerado una heroína. Por otra parte, y esto ya desde una perspectiva política y filosófica, Flaubert siempre detestó a las mayorías y, en consecuencia, también las luchas colectivas”, afirma Fondebrider.

viernes, 10 de diciembre de 2021

Cultura de la cancelacción: el turno de Mark Twain

El pasado 4 de diciembre, Omar Genovese publicó en el diario Perfil la noticia sobre el destino que, como a tantos otros grandes escritores, le reserva la llamada “cultura de la cancelación”. En la bajada se lee: “La ola conservadora estadounidense no deja títere con cabeza: la lista de las obras canceladas no deja de crecer. Hasta el padre de la literatura moderna cayó en sus garras”.

Mark Twain: aniversario y cancelación

 

El 30 de noviembre de 1835 nacía, en un pequeño caserío llamado Florida, Missouri, Estados Unidos, el escritor Samuel Langhorne Clemens, conocido como Mark Twain. Autor de Las aventuras de Tom Sawyer y Las aventuras de Huckleberry Finn, destacadas en la formación de lectores a nivel mundial, en una extensa obra que incluye más de 45 libros en géneros como relatos cortos, novelas históricas, ensayos y libros de viajes. A 186 años de su nacimiento, cabe recordarse que Twain fue reconocido por William Faulkner como “el primer verdadero escritor estadounidense” y Ernest Hemingway señaló que con él “surge toda la literatura moderna”. 


Recientemente, la publicación cultural 48 Hills (www.48hills.org), de la ONG San Francisco Progressive Media Center, recordó al escritor como enemigo del imperialismo. “Me opongo a que el águila ponga sus garras en cualquier otra tierra”, es la cita con la que Bruce Mirken inicia un recorrido sobre sus escritos al respecto, entre ellos, To the Person Sitting in Darkness (1901), donde con sarcasmo enumera las brutalidades contra africanos y asiáticos infligidas por Gran Bretaña, Rusia, Alemania y otras naciones, para también reclamar a su país por la ocupación de Filipinas. 


En 1905, seis años después que Joseph Conrad publicara El corazón de las tinieblas, Twain denuncia a Leopoldo II de Bélgica en El soliloquio del rey Leopoldo, donde asume su voz para relatar la barbarie del régimen en el Congo Belga. Escribió sobre él: “Ha destruido deliberadamente más vidas de las que han ocurrido en todos los campos de batalla de este planeta durante los últimos mil años.”


Pero vayamos a los gritos que llegan de “una discusión cultural”. Las aventuras de Huckleberry Finn se eliminó como texto de lectura escolar en Duluth, Mi-nnesota, en el año 2018, acusado por “uso de insultos raciales” (la palabra nigger, negro de forma despectiva). Bajo este tipo de lupa “progresista”, sumado a las vindicaciones del movimiento Black Lives Matter, los 14 mil consejos escolares de educación pública estadounidense son escenario del enfrentamiento entre conservadores y progresistas, como si la línea Mason & Dixon de la Guerra de Secesión fuera una grieta norte-sur nunca resuelta.  


Así, a principios de noviembre, miembros de la junta escolar del Condado de Spotsylvania, Virginia, sugirieron la quema de libros que enseñan sobre raza y sexualidad existentes en la biblioteca, a partir de uno en especial: 33 Snowfish, de Adam Rapp. Este puritanismo es un concreto avance contra la teoría crítica de la raza, estudiada en el ámbito universitario a expensas de los demócratas, que examina cómo la historia del racismo impacta en el país. El gobernador electo de Virginia, Glenn Youngkin, durante su campaña prometió prohibir dicha teoría en las escuelas. La ola de amenazas contra quienes trabajan en los distritos escolares es tal que el FBI monitorea tal ambiente.


Otros libros que los conservadores cuestionan y corren riesgo de ir a la pira: The Bluest Eye, la novela más vendida de Toni Morrison; Ruby Bridges va a la escuela, libro autobiográfico para niños de la luchadora por los derechos civiles; En la casa de los sueños de Carmen María Machado; Fun Home: A Family Tragicomic de Alison Bechdel; Martin Luther King, Jr. y la marcha sobre Washington, libro para niños de Frances E. Ruffin y el ya desterrado en Virginia en el 2013, Beloved del Premio Nobel de Literatura Toni Morrison.

jueves, 9 de diciembre de 2021

Comienzan, en Argentina, las actividades del bicentenario del nacimiento de Gustave Flaubert

 

Como ya fue comentado la semana pasada, mañana comienzan los dos días que el Club de Traductores Literarios de Buenos Aires, con la Cátedra de Literatura Comparada de la U.C.A. y la Cátedra de Literatura Francesa de la misma institución, conjuntamente con el Institut Français de Argentina, dedican a celebrar a Gustave Flaubert con motivo del bicentenario de su nacimiento.

Para ello, hoy 9 diciembre, a las 18 y a las 19 hs., habrá dos mesas: una, dedicada a conversar con tres editores argentinos de la obra de Flaubert y preguntarles por el sentido de publicarlo en este país y en este momento, y otra, en la que se entrevistará, con el correspondiente subtitulado al castellano, al crítico e investigador francés Jacques Neefs, especialista en Flaubert.

Mañana, 10 diciembre, también en el horario de las 18 y 19 hs., habrá otras dos entrevistas con Anne Herschberg Pierrot y Pierre-Marc de Biasi, ambos también críticos e investigadores especializados en Flaubert.

Quienes no puedan presenciar alguna de las actividades, éstas quedarán alojadas en el youtube del Institut Français de Argentina, donde podrán verse y oírse en cualquier momento.  

A horas de que tengan lugar, estos son los vínculos de acceso:

1) Editores : 
https://www.youtube.com/watch?v=C514UIPa4GQ

2) Jacques Neefs : 
https://www.youtube.com/watch?v=wm9cAwTHgHs

3) Anne Herscheberg-Pierrot : 
https://www.youtube.com/watch?v=m9UMeRRMAKc

4) Pierre-Marc de Biasi : 
https://www.youtube.com/watch?v=EbXfMr2xoIs




miércoles, 8 de diciembre de 2021

Otro punto de vista sobre el lenguaje inclusivo


“El uso de pronombres neutros, el lenguaje inclusivo o los eufemismos políticamente correctos forman parte de la neolengua contemporánea. Y aunque hay cambios necesarios para la renovación natural de las lenguas, en ocasiones, las transformaciones responden a necesidades políticas.” Esto dice la bajada del artículo publicado en Ethics, el pasado 18 de octubre, por Ricardo Dudda, periodista y editor. Integra la redacción de la revista Letras Libres y es columnista en El País y The Objective, además de autor de La verdad de la tribu. La corrección política y sus enemigos (Debate, Madrid, 2019).

Neolenguas o la nueva higiene verbal

Hay que empezar con George Orwell, el escritor y periodista británico que luchó durante toda su vida contra la manipulación del lenguaje. En su célebre ensayo La política y la lengua inglesa (1946) critica especialmente la neolengua política, que «ha de consistir, sobre todo, en eufemismos, en interrogantes, en mera vaguedad neblinosa». Pero Orwell, cuyos consejos sobre escritura clara son imprescindibles, no es el más indicado para explicar la neolengua contemporánea. El escritor reprobaba la retórica política que busca confundir, ocultar realidades y evadir responsabilidades. Sus enseñanzas, por tanto, no nos sirven para entender los pronombres neutros, el lenguaje inclusivo o los eufemismos políticamente correctos.

Como dice Deborah Cameron, autora de Verbal Hygiene (1995), «los críticos de la corrección política están desplegando el concepto eufemismo de una manera que ‘san George Orwell’ deploraría: como una mueca generalizada hacia palabras que consideran de alguna manera inapropiadas –demasiado largas, demasiado guays, demasiado nuevas, demasiado políticas–. Cuando usan la palabra eufemismo, significa lo que eligen que significa». Ahora bien, se puede sustituir eufemismo por neolengua. No todo neologismo es neolengua orwelliana.

Para hablar de la neolengua contemporánea hay que hablar de poder. En la política de izquierdas contemporánea todo es política, desde lo que desayunamos hasta lo que nos excita en la cama. Y la política siempre ha sido una cuestión de poder. Sin embargo, la concepción del poder que está detrás de esta politización no es la clásica, la maquiavélica; es una concepción foucaultiana. Es decir, todo es política y todo está atravesado por pugnas de poder a menudo invisibles.

Lo explica así el filósofo Richard Rorty en Forjar nuestro país (1999): «El concepto poder denota una agencia que ha dejado una mancha indeleble en cada palabra de nuestro lenguaje y en cada institución de nuestra sociedad. Está siempre ahí, y no podemos verlo ir ni venir. Uno puede divisar a un empresario con un maletín llegando a la oficina de un congresista, y quizá bloquearle la entrada. Pero nadie puede bloquear el poder en el sentido foucaultiano. El poder está tanto dentro como fuera de uno».

Obviamente, según esta lógica, el lenguaje es también siempre político. El activismo en defensa de la «higiene verbal» o de la reivindicación de un lenguaje inclusivo no tiene solo una motivación reparadora, sino que busca también señalar una causa política, problematizar –un concepto muy usado en los estudios culturales– las cosas que hemos asumido como neutrales o ajenas a la política. Como explica Cameron, «la nueva higiene verbal está motivada políticamente y asume que el lenguaje no solo es un medio para las ideas, sino un formador de ideas, que siempre e inevitablemente es político, y que la verdad que dice alguien puede ser relativa al poder que tiene. Este conjunto de asunciones, más que la simple intención de sustituir unas palabras por otras, es lo que hace que la cuestión del lenguaje ‘políticamente correcto’ sea tan explosiva».

Un problema político, no lingüístico
A menudo los activistas por un lenguaje inclusivo o políticamente correcto no intentan resolver un problema lingüístico, sino de representación o reconocimiento político. No es que haya una palabra que ha dejado de evocar lo que tenía que evocar o de definir con exactitud una realidad, sino que de pronto nos hemos dado cuenta de que quizá no estábamos todos incluidos en ella. No importan tanto la morfología, la pragmática o los usos y reglas de lenguaje, sino si la reforma lingüística es capaz de evocar la pugna política que se desea visibilizar.

Pongamos un ejemplo: en junio de 2021, en el Día Internacional del Orgullo LGTBI, la ministra de Igualdad de España, Irene Montero, afirmó en la televisión pública que siempre estaría «del lado de un lenguaje que haga sentir a todas las personas que son importantes, y que existe un compromiso con ellos, ellas y elles». Montero estaba usando un pronombre neutro para reivindicar la existencia de los individuos no binarios, que no se identifican con el género masculino ni femenino. Aquí, el concepto elle importa más como reivindicación política que como reforma lingüística. Sigue la lógica de que «lo que no se nombra no existe». Según Álex Grijelmo, autor de Propuesta de acuerdo sobre el lenguaje inclusivo (Taurus, 2021), «decir que lo que no se nombra no existe es olvidar que en la comunicación funcionan el sobreentendido, la presuposición, la insinuación, la ironía… y, sobre todo, el contexto». Para el periodista, la solución no es crear un género neutro, sino que las mujeres (o, por ejemplo, los individuos no binarios) «se apropien de los genéricos en lugar de sentirse excluidas. Ya ha pasado con palabras originariamente exclusivas de los hombres, como homenaje o patrimonio».

Al mismo tiempo, ¿a quién dañan estas reivindicaciones? El activismo por la higiene verbal es inofensivo. Como dice la lingüista Elena Álvarez Mellado, «el pronombre elle es una forma de denominarse a sí mismo, no nos están imponiendo nada a los demás, es lo menos amenazante del mundo». Es una cuestión de autoestima; una comunidad decide nombrarse como desea. El problema está en la implantación más allá de la propia comunidad. Hay una aspiración de universalidad en la reivindicación de los pronombres neutros que choca con la necesidad de la mayoría de los hablantes. Irene Montero no estaba frente a individuos no binarios cuando habló de elles: la pregunta es si pasará como con el desdoblamiento de género, cuyo uso es intermitente y no muy estricto. ¿Insistirá Montero hasta que se generalice?

Un cambio que solo soluciona el problema de una minoría es legítimo e importante, pero es difícil que trascienda ese contexto. Un ejemplo es el concepto latinx, una manera neutra de nombrar a la comunidad latina en Estados Unidos. Según una encuesta del Pew Research Center, solo un 3% de la población latina usa el concepto, y solo uno de cada cuatro ha oído hablar de él. Solo una minoría movilizada y activista usa el concepto. De esto se deduce algo obvio: el problema de invisibilidad que intenta denunciar este activismo no es lingüístico.

La izquierda cultural
Hay quienes creen que esta fijación con los cambios nominales o simbólicos responde a una obsesión de la izquierda contemporánea, que parece que pone menos interés (o el mismo interés) en cambiar las cosas que en renombrarlas. Es lo que Rorty denominó «izquierda cultural, que piensa más en el estigma que en el dinero, más sobre motivaciones psicosexuales profundas y ocultas que sobre una avaricia superficial y evidente». O Tony Judt, que antes de fallecer en 2011 criticó que la izquierda cultural estaba más interesada en las implicaciones metafóricas del poder que en el propio poder. Es un debate largo y complejo, y la visión alternativa sostiene que las cuestiones materiales y las culturales son inseparables: un avance en derechos civiles va acompañado de una normalización moral.

El debate lingüístico es más complejo porque los cambios en la lengua son más lentos que los cambios morales. Como dice Grijelmo, «todo lo que concierne a las lenguas evoluciona con una enorme lentitud. A veces nos deslumbran algunos neologismos, pero la estructura de un idioma se modifica poquísimo. Hace siglos que no se inventan una preposición, un artículo, una conjugación verbal». El lingüista John McWhorter es más abierto a los cambios. Dice que los neologismos o los eufemismos son como los calzoncillos: hay que cambiarlos de vez en cuando.

«En una sociedad lingüísticamente madura deberíamos asumir que los conceptos que utilizamos para ayudarnos a avanzar en nuevas formas de pensamiento requieren de un recambio periódico», dice McWhorter. La «rueda del eufemismo», como ha llamado el psicólogo Steven Pinker a este proceso de reciclaje constante –en el original inglés es treadmill, que es una cinta para correr–, «no es ni el lenguaje de los burócratas, ni tiene que ver con las políticas de la identidad», señala. Y aclara que es un síntoma del hecho de que, por mucho que nos gustaría que fuera al contrario, es más fácil cambiar el lenguaje que cambiar las ideas.

Hay cambios necesarios que forman parte de la renovación natural de las lenguas, que son vivas y dinámicas. En otras ocasiones, sin embargo, los cambios responden más a necesidades políticas que lingüísticas, y no son más que intentos bienintencionados pero ingenuos de cambiar la realidad con herramientas deficientes.

martes, 7 de diciembre de 2021

Las agencias de traducción vuelven a meter la cola


El pasado 2 de noviembre, Bárbara Bécares publicó en el portal Genbeta, de España, una publicación del grupo Webedia, dedicada a seguir la actualidad del mundo del software, de Internet y de los servicios web, la siguiente nota sobre las traducciones de Netflix al castellano. En este blog, la cuestión ya había sido tratado previamente, en la entrada correspondiente al 22 de noviembre de este año.

Los errores de traducción en Netflix son un reflejo de las malas condiciones de sus profesionales y el abuso de la traducción automática

Diversas polémicas recientes de Netflix han puesto sobre la mesa la calidad (o mala calidad) de sus traducciones en ciertos momentos y los traductores profesionales han decidido alzar la voz al respecto y mostrar qué hay detrás de los errores. Primero, con el gran último éxito de la plataforma, "El juego del calamar", un tiktoker coreano dijo que el diálogo estaba muy bien escrito pero que en la traducción a inglés no se había conservado nada de él.

Más aún, hace unos días descubrimos que en la serie sobre el cantante Luis Miguel que está reproduciendo Netflix, se dio un tremendo error en la traducción desde una expresión común andaluza. En la línea de diálogo subtitulada un personaje decía así: "I'm sorry, this is my weapon". Es decir, "Lo siento, esta es mi arma". El problema es que la frase en cuestión en el español original es "Lo siento mucho, 'mi arma'", lo cual cambia enormemente el significado de la conversación.

Todo esto ha desvelado que una plataforma de películas y series tan inmensa como es Netflix no siempre usa a profesionales de la traducción para esta labor (y tira de máquinas) y que, además, las condiciones de trabajo que enfrentan los traductores en España son bastante precarias.

Genbeta ha hablado con una traductora (prefiere mantener su nombre en el anonimato) que ofrece sus servicios a Visual Data, una subcontrata socia de Netflix en España, y con Iris C. Permuy que es vicepresidenta de ATRAE, Asociación de Traducción y Adaptación Audiovisual de España, para conocer más a fondo quién está detrás de las traducciones de los contenidos que consumimos en Netflix.

En el año 2019 ya analizamos desde Xataka cómo en la época dorada que vive el sector audiovisual de la mano de Netflix, HBO o Amazon Prime también encontrábamos más presión y precariedad en el sector. En especial por los plazos de entrega y los altos porcentajes económicos que se llevan los intermediarios. Ahora, dos años más tarde y tras una pandemia que impulsó el número de usuarios de estas plataformas, lo que describen los trabajadores sigue siendo similar.

La traductora profesional y con un gran bagaje a su espalda en el sector con la que hemos hablado, que trabaja para Visual Data, explica que para acceder la empresa realiza pruebas, una especia de convocatorias abiertas, en las que quienes participan deben traducir unos minutos de un capítulo de una serie. Esta prueba no es pagada.

Tras esto, las personas seleccionadas pasan a ser trabajadoras autómonas y con unas condiciones de trabajo que no les asegura un ingreso estable, como sucede a menudo en los empleos que ofrecen ciertas webs para freelancers que actúan de intermediarias. "Hay semanas que hay muchos proyectos o proyectos muy grandes, y luego hay momentos en que hay puntuales o ninguno", explica la entrevistada.

Hasta hace poco, los proyectos se asignaban a modo subasta. Los profesionales recibían un mail diciendo lo que la empresa necesitaba, y los primeros que escribían se lo quedaban. Lo que les llevaba a tener que estar siempre atentos a su mail.

Ahora funciona igual, pero se han formado equipos más reducidos. La empresa intemediaria envía "al equipo un mail listando el o los proyectos y el número de capítulos que hay que traducir o corregir, cada profesional responde con su disponibilidad, diciendo cuántos capítulos puede asumir y en función de eso se le asignan ciertas labores. Las deadlines a veces son muy cortas, otras no tanto y cada uno decide si lo acepta o no.

En cuanto a los pagos, la traductora profesional ha firmado un convenio donde se le prohíbe desvelar esta información. Y desde la organización ATRAE, Iris C. Permuy explica que la Ley de Competencia no permite compartir ese dato sobre las tarifas. Según la vicepresidenta, "a los traductores autónomos se nos considera empresas y, por tanto, hablar públicamente de tarifas, sobre todo desde el seno de ATRAE, se considera un intento de pactar tarifas y nos podrían multar con hasta cinco cifras".

Además de los profesionales de la traducción, desde ATRAE afirman que saben que empresas subcontratas de Netflix (y de otras plataformas como Amazon Prime) usan tecnología que realiza traducción automática que después los trabajadores editan. Y por muchas tecnologías avanzadas que se usen para realizar traducciones, no llegan al nivel de un profesional del sector. Desde ATRAE aseguran tener fuentes que han confirmado estas prácticas.

"No es Netflix quien usa esta tecnología para ahorrarse la contratación de servicios de traducción, sino algunas de las empresas intermediarias con las que Netflix colabora. Netflix tiene traductores propios para una parte de su oferta audiovisual, pero subcontrata a agencias de traducción para otra parte de sus productos".

Para Iris C. Permuy la tecnología debe ser "un apoyo para hacer nuestro trabajo más eficiente y de calidad. Sin embargo, si se sustituye al traductor humano y se salta directamente a la posedición de traducciones generadas automáticamente, primero, se está eliminando un puesto de trabajo y, segundo, se está poniendo en peligro la calidad. Una máquina no es capaz de diferenciar, por ejemplo, el género gramatical de un diacrítico o una marca de formalidad del inglés al español. No puede imprimirle personalidad a los personajes. Va a perderse ironías, juegos de palabras, dobles sentidos, guiños culturales, intertextualidad. Una máquina solo va a encontrar los equivalentes literales, nunca soluciones creativas al texto".

Como dice la vicepresidenta de ATRAE, la traducción va mucho más allá de trasladar una palabra de un idioma a otro. Hay intenciones, tonos, subtexto, matices. "Un guionista pasa meses, a veces años perfilando cada línea de diálogo, ¿qué nos hace pensar que una máquina va a ser capaz de plasmar ese mismo esmero en la traducción? Según la experta, ya que no se trata del futuro, no estamos ante un avance que va a hacer nuestras vidas mejores y más sencillas, sino ante una falta de respeto a nosotros como traductores, a los creadores del producto original y, sobre todo, al consumidor, que por abaratar costes recibe productos de cada vez menor calidad".

Cuando para un texto se usa producción automática, el poseditor puede llegar a cobrar hasta un tercio de la tarifa. Mientras, el traductor se encuentra con una traducción plana y plagada de errores pragmáticos, por lo que para que el producto final tenga sentido hay que invertir mucho tiempo o incluso retraducir, según recuerda Permuy.

Además, al post-editar la traducción automática el poseditor está alimentando a la máquina, entrenándola, de modo que esta tarea no solo no debería ser más barata que la traducción, sino bastante más cara, puesto que se está ofreciendo el servicio extra de incorporar mejoras a una tecnología pensada para eliminar el rol del profesional en la traducción.

ATRAE propone a los usuarios a que, cada vez que vean una traducción de mala calidad, se lo hagan llegar a la plataforma (en Netflix, por ejemplo, haciendo clic en la banderita de la esquina superior derecha durante la visualización). "Es la única manera de que desde los grandes del audiovisual se percaten de la importancia de una buena traducción e inviertan en ello", considera Permuy.

Por su parte, los traductores profesionales también podrían tomar ciertas medidas. En España tienen el obstáculo de la Ley de Competencia, según la vicepresidenta. Ella considera que "hasta que esta legislación cambie, la única solución es que las agencias, estudios y plataformas apuesten por la calidad en vez de por la calidad y el abaratamiento de costes; que tomen ejemplo de nuestros vecinos franceses, que ofrecen plazos mucho más distendidos respaldados por unas tarifas mucho más dignas.

Esto pasa porque los propios profesionales del sector se planten ante tarifas y plazos abusivos; algo que, si bien no siempre es realista" hay que buscar fórmulas para que sea cada vez más factible. ATRAE también considera urgente que los profesionales de la traducción rechacen la práctica de la post-edición.

lunes, 6 de diciembre de 2021

¿Una moda pasajera o una renovación entre lo arcaico y el porvenir de la lengua?

El pasado 4 de diciembre, Ariel Schettini publicó el siguiente artículo en el diario Página 12. Según la bajada, “La semana pasada, la edición online del diccionario francés Petit Robert registró el uso del pronombre ‘iel’: un vocablo que une el masculino y femenino. ¿Este cambio permite dejar atrás el binarismo del lenguaje o lo fortalece? El debate entre especialistas”.

Un problema para “elles”

Cualquier persona que haya estudiado ciencias humanas en el mundo conoce el diccionario llamado Petit Robert. Su autoridad en la regulación de la lengua excede los límites del francés. Petit Robert no es solamente un reservorio de acepciones y formas cuyos dictámenes sancionan el buen decir, sino también el modo en el que se comunica el Estado Francés y las reglas generales de esa patria lingüística, heredera de la colonización económica y cultural que llamamos la francofonía.

Petit Robert es heredero del diccionario establecido por uno de los más grandes lexicógrafos de la historia, del siglo XIX, Emile Littré, cuya autoridad se derrama sobre los más importantes diccionarios del mundo. El suyo no sólo fue un diccionario de acepciones, sino también un listado de autoridades, que permiten que uno recurra a una definición, pero también al modo, al estilo, al gesto o al matiz con el que una autoridad de la lengua, moduló la palabra. Pero Littré, cuyo trabajo fue celebrado por los más grandes filósofos y escritores del mundo, debió renovarse. Renovarse es la tarea de todo gran diccionario, porque si no fuera así, muy rápidamente se convertiría en un “museo” de una lengua fosilizada y no en una ayuda para el uso real y actual. Petit Robert, que comenzó en 1951, es la edición en un sólo tomo, de la lengua francesa actual. Su renovación es una parte fundamental de la tarea de los lexicógrafos y gramáticos que registran los cambios más tenues o más violentos de la lengua.

Esa tensión entre lo establecido y la novedad en un diccionario es un tema apasionante, sobre todo porque todos podemos opinar sobre algo tan cotidiano y personal como “nuestro” modo de usar la lengua; y, la verdad sea dicha, muy pocos nos detenemos a pensar en las consecuencias que cierto uso idiosincrático o muy excluyente pueda tener para alienar a los hablantes de nuestras lenguas. Hay temas burocráticos (como la lengua en la que se escribe la ley que puede condenar la vida de un ser humano) o temas afectivos, e incluso temas económicos (cuando lo que necesitamos es intercambiar lenguaje por dinero, en el caso de todas las personas que vivimos de vender nuestro lenguaje, como las maestras, periodistas o quienes deben escribir una receta para salvar una vida). Lo cierto es que no podemos vivir con el lenguaje no reglamentado, pero también es verdad que las reglas están en constante cambio.

Pronombre sin género
La semana pasada, como parte de la renovación periódica que hacen todos los diccionarios vivos del mundo, la edición online de Petit Robert registró para sorpresa de muchos, que esperaban un tono más conservador y un lapso de tiempo más extenso, el uso del pronombre “iel” para la tercera persona del singular en caso sujeto y “iels” para la tercera persona del plural “sea cual fuere su género”. Y la definió como de uso “raro”, es decir, poco frecuente. Y prácticamente no ha quedado ciudadano francés y hablante de la lengua sin expedirse sobre el tema.

Fabrice Pliskin, en Le Nouvel Observateur, argumentó fervorosamente contra la aceptación de lo que considera, apoyado en la filosofía del último “gran pensador” francés, Jacques Derrida, “una palabra reaccionaria, discriminatoria y de origen patriarcal”. De acuerdo con su teoría, pretende ser la palabra que define lo no binario pero es la que más nombra el binarismo (al unir “il y elle” que sería “el y ella” en español, en una única palabra. “lleva sobre sí, la presencia de lo que trata de rechazar y superar”. Y termina señalando la violencia de semejante entrada: “(un vocablo que) con el pretexto de “incluirnos” nos anexa”, denuncia.

El ministro de Educación de Francia también se expidió: “la escritura inclusiva no es el futuro de la lengua francesa”, su adopción temprana le parece todavía “inestable y complejo” (refiriéndose a que sus reglas de uso no son claras). La misma Primera Dama, Brigitte Macron, que sabe del tema, se expidió diciendo que con dos pronombres era suficiente. Pero la palabra también tuvo defensores. Elisabeth Moreno, encargada de la igualdad entre las mujeres y los hombres del gobierno, declaró que “es una progreso para quienes tienen la voluntad de reconocerse en ese pronombre”. Las periodistas de Le Figaro se preguntaron también si el diccionario debe ceder a lo que nombraron “presiones ideológicas”. Pero desde las oficinas de la publicación Robert se defendieron diciendo que efectivamente, vienen notando el uso creciente de voces inclusivas desde 2010. Habría que agregar que ningún hablante de ninguna lengua habla con todas las voces que registra un diccionario. Su origen iluminista trata de acercar claridad sobre esas voces y por más que haya habido épocas en las que su autoridad era respetada a rajatabla, los hablantes nunca permitieron que el diccionario cercene su creatividad. Hay palabras que son minoritarias, por la naturaleza misma de su uso, y nadie se escandalizó nunca porque en todos los diccionarios del español exista la palabra “apoquinar” o el sustantivo “borborismo” de uso muy poco frecuente como el 80 por ciento de las palabras registradas. En el mismo sentido, el diario Libération, tomó partido por la defensa del cambio y aclaró que no se trata de pensar en si el término “iel” es o no ideológico, porque en la lengua todo es ideología, selección, clasificación, etc.

¿Una moda o el futuro de la lengua?
Aun así, la irritación que despierta el debate. Es verdad que puede haber algo de policial en la indignación, pero también es posible que hay quienes se preguntan si es una moda pasajera o una renovación entre lo arcaico y el porvenir de la lengua. Y si bien es verdad que el lenguaje muestra vestigios de machismo en el uso, no es verdad que haya ninguna palabra que solo por su uso, tenga un potencial liberador ni revolucionario.

El escritor argentino Diego Vecchio, que es también profesor en Francia en París 8, comenta sobre el estupor de los francoparlantes, pero también señala inconsistencias en el modo en que se acuñó la palabra: “Que un diccionario sea sensible al uso y no a la norma, no tiene nada de extraño. Ya era hora. Lo extraño son las reacciones de indignación provocadas por esta operación, como si la invención de un pronombre fuera un cocobacilo inoculado en la lengua a fin de grangrenarla. Lo extraño también es que el diccionario Robert reconozca, en la misma entrada, para este pronombre sujeto neutro que busca escapar de la lógica binaria, las formas ielle y ielles, escritas con las marcas del género femenino. ¿Es el retorno de lo reprimido?”

¿Esto modifica la relación de aprendizaje de la lengua francesa, para los que la aprenden como segunda lengua?, también es parte del problema. Consultado el profesor Oscar Fiasché, que enseña en la sede Buenos Aires de la Alianza Francesa, dijo: “No me es indiferente esta mirada sobre el género….soy curioso y también respetuoso. Si tuviera que decir si esta acepción cambiaría mi manera de enseñar, yo diría que no. Pienso que tendría algunos matices. Trataría de adaptarme para no herir susceptibilidades. Me importa. Pero no veo que pueda interferir en mi modo de enseñar”.

Y también podríamos empezar a pensar las alternativas que nos ofrece el mismo Vecchio para deshacernos del problema: “¿Y si se suprimieran todas las marcas de género? ¿Y si se inventara una lengua en la que todo fuera exclusivamente de género femenino?”