jueves, 26 de noviembre de 2009

La forma miserable con que algunas editoriales ejercen la censura incluso en la actualidad


Mauro Fernández Alonso de Armiño (Mauro Armiño) es un crítico literario, periodista y traductor español, que en 1971 ganó el premio de traducción "Fray Luis de León" (vale decir, el equivalente del actual Premio Nacional de Traducción), por su Antología de la poesía surrealista (publicada por Ed. Visor). Ha traducido a autores rusos (Maiakovsky), gallegos (Rosalía de Castro), bengalíes (Tagore, Gibrán Jalil Gibrán), ingleses (George Eliot), estadounidenses (Nathaniel Hawthorne) y principalmente franceses (Pierre Corneille, Molière, Rousseau, Alejandro Dumas, el marqués de Sade, Julio Verne, Marcel Proust, Henri Bergson, Ferdinand de Saussure, Jacques Le Goff y Claude Lévi-Strauss, entre otros).
El artículo de su autoría que se reproduce a continuación fue originariamente publicado en el Nº 754 de El Siglo, de Madrid, correspondiente al 17 de septiembre de 2007.

Censura… que algo queda

En teoría, a la censura se la llevó la trampa y pasó al desván de los cacharros viejos de la dictadura; pero, en la realidad, la censura pervive primaveral, enérgica y variopinta en muchas formas todavía hoy, cuando ya hace más de treinta años que se decretó la muerte de la tijera. ¿Cómo pervive? De muchas formas, pero sólo voy a centrarme en una que no afecta sólo a quien la genera, el mundo editorial, sino a la sociedad entera, que parece haberla incorporado, quizá sin saberlo sabiéndolo, como un mecanismo de seguridad, y en la que los editores que la utilizan confiscan el derecho a la libertad de los lectores.

Al grano: distintas editoriales siguen publicando obras de grandes autores que, en su momento, tuvieron que pasar por la censura quedando en ellas despellejados pero al fin benditos y santos. Ejemplos: la traducción que Nemesio Fernández Cuesta hizo hace más de un siglo de Los miserables de Víctor Hugo sigue siendo editada y reeditada. En la promoción, la editorial Planeta pretende avalar la calidad de la traducción hablando de ella como clásica por el tiempo que ha pasado desde su primera edición; y sí, ha pasado el tiempo… y también las tijeras, que cortaron o modificaron todo lo que desde el punto de vista religioso o moral no convenía al régimen, si es que no fue el traductor quien lo cortó. Párrafos como “Dios quizá ha muerto, decía un día a quien escribe estas líneas Gérard de Nerval, confundiendo el progreso con Dios, y tomando la interrupción del movimiento por la muerte del Ser Supremo” (V, I, xx) desaparecen; y eso que el texto se limita a decir “quizá”. Si llega a decir que ha muerto del todo…

Gaznates para estomatólogos
A este clase de eliminaciones se unen otras, de tipo moral: en el pasaje en que a la joven Cosette se le cae algo al suelo y se agacha para recogerlo, Marius “le miró el gaznate”. Ni que el enamorado de Cosette fuera estomatólogo. El traductor, o el corrector, interpreta así el término gorge que, hablando en plata, son los dos globos –parte superior de los pechos– que sobresalen del corpiño femenino a que nos tienen acostumbrados las películas francesas de época. Curioso que en la mala traducción de ese término caigan tanto buenos traductores –en alguna ocasión Ester Benítez– como excelentes escritores –Vargas Llosa, en su estupendo y recomendable ensayo sobre ese libro de Victor Hugo, publicado hace tres años, La tentación de lo imposible– que vuelven al gaznate.

La ley no escrita según la cual toda cultura debe rehacer sus clásicos traducidos cada cincuenta años no sólo no se cumple, sino que se pondera precisamente lo viejo, lo que ha pasado por las tijeras. Se siguen editando, con sello de calidad, obras como los cuentos que de Voltaire tradujo el abate Marchena, cuando se ha quedado obsoleta y más que traducción era recreación. El sello RBA, por ejemplo, puso no hace mucho en el mercado de quiosco los clásicos en obras completas de la antigua Aguilar. Este sello, tan prestigioso durante la dictadura, con sus pieles y su papel biblia, que la nueva clase alta o semi-alta que había engordado con el régimen compraba por metros, tuvo que someterse a las directrices de éste, y para ello fue eliminando de todos sus libros cuanto podía molestar o rozar la concepción del mundo nacional-católico. Desaparecen, como en el caso anterior, toda referencia religiosa o moral que no comulgue con lo impuesto. Ejemplo: en las obras completas de Oscar Wilde, traducidas no demasiado bien por Julio Gómez de la Serna, se quedan en el limbo de las tijeras frases de un joven nihilista como: “No, todo lo que existe debe ser destruido; todo lo que existe, está mal”, o “Siendo enemigo del hombre, ¿no soy amigo de Dios?”, que el autor inglés pone en boca de un zar dictatorial.

A medio camino quedan sutilezas; la cola de la frase “Ningún pretexto necesitas” desaparece porque era “ningún pretexto necesitas para faltar a misa”. Por si acaso el lector se hace preguntas peliagudas que sólo los teólogos deben contestar, de la frase “Es el amor, y no la filosofía alemana, la verdadera explicación de este mundo”, se elimina la continuación “cualquiera que pueda ser la explicación del otro”.

Borbones y Bonapartes
Hay cortes o sustituciones más sutiles, tanto que cuesta ver su razón; donde la traducción dice: “Las chuletas a la imperial han desaparecido naturalmente con los Borbones”, Wilde achacaba a “los Bonaparte”, no a los Borbones, la desaparición de las deliciosas côtelettesà l’imperiale. ¿Había que denigrar a la familia Borbón entonces en el exilio y aprovechar que el Pisuerga pasaba por Valladolid? También se suprimen negaciones de las costumbres bendecidas: “Es el desarrollo del sentido moral de las mujeres lo que hace del matrimonio una institución”, que dicho así puede sonar bien; pero la cola dice: “… del matrimonio una institución tan decepcionante e injusta”.

Hay ataques a clases sociales y oficios que desaparecen: por ejemplo, contra los abogados; un personaje de Vera, o los nihilistas, desprecia las leyes que su hijo estudia, aunque admite que “un hombre que conoce la ley no hay nada ilegal que no pueda hacer cuando se le antoje”; la frase desaparece. Naturalmente las palabras feas son sustituidas siempre por otras más bonitas; y “ramera” o “puta” queda en “damas de la corte” (Wilde); con la expresión “los favores últimos” de una señorita se encubren términos eróticos más directos (Historia de mi vida, de Casanova).

Hecho curioso: también se produce la censura contraria; por seguir con Oscar Wilde, la traducción que los hermanos Sastre, José y Alfonso, hicieron, disfrutó de doble censura: la obligada del régimen, y la de los traductores, hombres de la izquierda de ese momento; por los años 60, cuando traducía a Wilde, Alfonso Sastre andaba en la clandestinidad y más o menos vinculado al PC; por eso no debió parecerle mal eliminar el adjetivo “abominable” que va en el texto inglés precediendo a “socialismo”, ni tampoco dejar siempre a Dios a un lado y sustituir toda referencia al catolicismo por frases irrelevantes, no marcadas ideológicamente; hasta las expresiones ”¡Dios mío!” Entre unos y otros, el lector que haya comprado esas Obras completas de Wilde en versión Aguilar, no sé si se entera, pero lo cierto es que no lee lo que se escribió y lo que pretende leer. Si llevaran una faja sobre la cubierta diciendo: “Libro censurado”, ¿se venderían? Lo mismo ocurre con las traducciones de los años sesenta de la Historia de mi vida, de Casanova, de los Cuentos de Voltaire, bien traducidos por el poeta Antonio Espina, pero de los que la censura eliminó menosprecios a frailes y ataques a la Iglesia; si a Voltaire le quitan eso…

La alargada sombra de la tijera
Los ejemplos son mínimos, pero contundentes, repetidos, constantes: hay además otro defecto en este tipo de libros: por lo menos a los citados les faltan múltiples líneas, y esa falta responde a pasajes peliagudos de traducir, a descuidos, a las distintas composiciones de cada editorial en su momento; la última se utilizaba para la siguiente y cada una debía ser compuesta si no se ajustaba a la misma caja. Recordemos además lo que se hacía, lo que estaban obligadas a hacer las editoriales: cuando había que presentar el libro a censura, los correctores de la editorial sabían a qué atenerse, y limaban lo que les parecía peligroso; luego la censura seguía el esquileo del texto; y cuando Fraga, hoy demócrata de esta vida y de la otra, fingió enterrar la censura previa en el pasado, los correctores siguieron con su trabajo porque la eliminación de la censura previa era una trampa: si una vez editado censura prohibía el libro, toda la tirada, con su coste, pasaba a la guillotina con las pérdidas económicas consiguientes para el editor, el primer interesado en no forzar demasiado y eliminar lo chillón o cualquier idea inconveniente.

La sombra de la censura es tan alargada que, desaparecida oficialmente, sigue, continúa tachando, borrando, eliminando. Dos son los motivos: por la incuria de algunos editores que consideran el libro como una caja de zapatos en la que hay algo dentro; les importa sólo un producto, y les da igual libro que ladrillo. Y en segundo lugar, por motivos económicos: una traducción de más de mil páginas como es Los miserables cuesta equis, y si utilizan una vieja traducción, además sin derechos de traducción ni de autor, se ahorran esa equis sin importarles nada más.

Las formas de gestión editorial ya no manipulan en el sentido clásico de manipulación: asumen la manipulación censurada de la dictadura y la propalan en una sociedad que teóricamente se rige por otros principios; nadie levanta la voz. ¿Qué hacen tantos suplementos culturales como hay en todos los periódicos de alcance nacional? Su misión parece ser la zanahoria para el amigo, el palo para el enemigo, y en esta categoría entran también las editoriales, que pueden ser amigas o enemigas, editar unas cosas u otras. Y las grandes editoriales, ni se tocan. La libertad es para todos.

Juguetes que envenenan o pueden ser peligrosos para niños, alimentos averiados, gripes aviares, vacas locas, productos en malas condiciones, etc., provocan una reacción inmediata de parte del Ministerio correspondiente para retirarlos del mercado. En cultura no, a nadie le importa, nadie va a retirar ningún libro averiado y censurado que sigue transmitiendo los valores de la dictadura y de la Iglesia que se conchabó con ella para el uso de la tijera, después de andar bendiciendo los cañones de los llamados nacionales.

4 comentarios:

  1. HOLA ME PUEDES DECIR QUE TRADUCCION COMPRO DE CONDE DE MONTECRISTO? Y DE LOS MISERABLES?

    ResponderEliminar
  2. Lamentablemente, no, porque no son obras con las que me haya topado últimamente, Samuel. Acaso algún otro traductor o lector pueda aconsejarte. Esperemos que sí.,
    Un saludo cordial.

    ResponderEliminar
  3. Buenos días, estoy buscando el libro de Anna Karenina pero no me decido por la editorial, me podrías aconsejar una. Gracias.

    ResponderEliminar
  4. Voy a trasladar la pregunta a Selma Ancira y a Alejandro González, ambos traductores del ruso, para ver si ellos pueden responderle mejor de lo que yo lo haría.

    ResponderEliminar