Publicada en ADN 's Substack, la siguiente entrevista de Omar Guerrero con la traductora estadounidense Megan McDowell fue publicada el pasado 12 de agosto.
"Soy una mediadora muy pequeña en toda esta máquina de publicar libros"
Una de las invitadas internacionales de la 30° Feria del Libro de Lima #FilLima2026 fue la traductora literaria Megan McDowell (Kentucky, Estados Unidos, 1978), quien se ha especializado en traducir a varios escritores latinoamericanos contemporáneos para el mercado anglosajón. Ha trabajado con la obra de Mariana Enriquez, Alejandro Zambra, Brenda Navarro y muchos más. En 2022 ganó el National Book Award por la traducción del libro de cuentos Siete casas vacías, de Samanta Schweblin, por lo que ambas, autora y traductora, subieron al estrado para recibir tan importante galardón. Aprovechamos su visita a nuestro país para conversar sobre su trabajo.
–La traducción literaria es mucho más que la reescritura de un libro a otro idioma. Involucra lecturas, interpretación, estilo, ritmo; además de la comunicación constante con el autor. ¿Cómo es el método de trabajo de Megan McDowell una vez que asume la labor de traducción y qué elementos o recursos son prioritarios al momento de desarrollarla?
–Primero leo el libro, que suena obvio, pero no lo es. Luego hago un borrador, que es un borrador automático. Sucede que no hago investigaciones, sino que opto por este borrador donde empiezo a trabajarlo. En ese momento me pongo a leer otros libros que siento que tienen algo en común con el libro que voy a trabajar. O hay otros libros que están mencionados en el libro que voy a traducir. Por ejemplo, ahora estoy traduciendo Noche negra de Pilar Quintana, que trata de una pareja que se va a la selva a construir su casa y viven aislados en la naturaleza. Para eso estoy leyendo Éste es el mar, por ejemplo, que hace referencia a dos libros más: La caída de la casa Usher y Northanger Abbey, que están ahí por alguna razón. También estoy leyendo El corazón de las tinieblas porque todos estos libros están en conversación. Después de trabajar esa segunda versión, recién ahí empiezo a hablarle al escritor, a hacerle preguntas sobre cosas que quizás no entiendo o que quiero entender mejor. Y ahí es donde a mí me resulta importante tener esa relación de confianza con el escritor porque muchas veces mis preguntas son para saber si estoy en lo correcto, o quiero saber qué es lo que el escritor estaba pensando cuando lo escribió para hacerme una idea de todo el proyecto, de todo lo que tenía en mente al momento de escribir. Yo sé que es un lujo poder preguntar eso. Luego viene otra etapa. Entrego el libro, lo lee el editor, me lo devuelve con más preguntas. Y así. Esa es la última lectura. Leo el libro viendo cómo lo leyó una persona en inglés que no tiene el español en su cabeza. Y eso también es un momento muy clave para mí. Ahí lo considero terminado.
–¿Tienes libertad de escoger el libro que deseas traducir o estas decisiones siempre provienen de la editorial?
–Tengo ciertos escritores con los que siempre trabajo. He traducido todos los libros de Alejandro Zambra, de Samanta Schweblin, de Mariana Enriquez; y cuando tienen un libro nuevo da lo mismo si lo pide la editorial porque dan por hecho de que lo voy a traducir. Y ellos me dan bastante trabajo. Cuando hay una nueva novela de Alejandro, lo termino y enseguida tomo uno de Samanta, lo que ya resulta bastante porque trabajo muy lento. Aparte de ello, tomo otros proyectos. A veces son cosas que llevo años tentando como Juan Emar, que es uno de los primeros escritores que me interesó hace mucho tiempo y he seguido un poco con eso. Otros escritores me mandan sus libros. Y ahí sí puedo escoger un poco. Muchas veces me escriben los agentes o los editores, que ya han comprado los derechos del libro y que están buscando traductor. Pero la verdad es que rechazo mucho. Hay muchos proyectos muy interesantes que simplemente no puedo trabajarlos porque tengo tiempo. De vez en cuando tomo algo nuevo, como la novela de Pilar Quintana. Ahora también estoy trabajando un libro de Leila Guerriero, que me encantó. A veces funciona. A veces lo puedo hacer.
–En una entrevista para The Paris Review comentas que no te gusta la frase “Lost in translation”. ¿Podrías comentar más sobre este concepto y por qué no es de tu agrado?
–Siento que la gente ama odiar la traducción. Cuando hablamos de traducción, la primera reacción que la gente hace es pensar: “bueno, yo no lo diría así”, “esto no se dice así, entonces esta traducción está mal”, pero hay mucho más que contribuye a la construcción de una traducción. Hay muchas decisiones. No es algo literal, como cambiar palabra por palabra. Estamos pensando en voz, música, registros, juegos de palabras. Esa es una primera reacción. Yo lo que hago, y no debería hacer, es leer los comentarios en Amazon o en Goodreads. Y muchas veces veo que hay reseñas o comentarios que dicen que les encantó el libro, pero que es una traducción, por lo que les dan cuatro de cinco estrellas. Entonces hay ese prejuicio. Lo consideran algo menor, no es tan perfecto como el original. Y esa forma de pensar es muy dañino a la literatura porque, a mi forma de verlo, la traducción agrega mucho a la cultura literaria. En mi caso, del inglés. La traducción de voces de otros países tiene mucho que contribuir. Y decir que un libro escrito en inglés es mejor que un libro traducido del español para mí resulta muy ofensivo. Siento que hay que concentrarse mucho más en lo que se gana con la traducción. Claro, los traductores somos seres humanos, por lo que a veces cometemos errores, pero los autores también son seres humanos, por lo que también cometen errores, lo que no sería muy justo concentrarse en los errores de los escritores al momento de escribir. Hay que ver el proyecto total y hay que entenderlo en el plano en el que está funcionando. Y el plano de la traducción es mucho más que los errores.
–También has hecho traducciones a muchos escritores chilenos como Lina Meruane, Alejandro Zambra o Diego Zúñiga, quizás porque has vivido buen tiempo en Chile. ¿Cómo traduces palabras tan propias del habla chilena como polola, cachay o po?
–Esa pregunta de cómo traducir ciertas palabras es difícil a veces responder porque no hay una forma de traducir una palabra exacta. Siempre tienes que pensar la situación en el libro, los personajes que dirían estas palabras. Con “polola” tenemos una palabra en inglés y uso esa palabra, que muchas veces es “girlfriend”. Si es necesario hacer una diferenciación, como por ejemplo en un libro de Paulina Flores, que estoy trabajando ahora, su personaje, que está en España, y le pregunta a su “pololo”, a su amante peruano: ¿quieres pololear conmigo? Y luego hay un chiste sobre que no están en Chile, por lo que no es vigente ese trato, digamos. En ese sentido tengo que mantener la palabra “polola” porque lo importante es la chilenidad. Pero muchas veces no importa que la palabra sea chilena sino el significado. Hay que ver qué te llama, qué te pide cada instancia.
–No he leído aún la traducción que has hecho de Poeta chileno, de Alejandro Zambra, pero me inquieta saber cómo hiciste con las traducciones absurdas e hilarantes que se mencionan en el capítulo “Poetry in motion” con respecto a los nombres de estos poetas chilenos: Pola Andthecow, Alexandra of the River, Ralph Blonde o Xavier Beautiful.
–Eso fue fácil. Mantuve las traducciones absurdas al inglés y solo agregué una línea que corresponde al personaje de Vicente que piensa lo ridículas que le resultan las traducciones al inglés de los nombres de los poetas chilenos.
–¿Al traducir a una autora como Mariana Enriquez resulta necesario insertar más palabras o frases para intensificar el terror que transmite en sus historias?
–Esta pregunta supone que hay una cierta cantidad de palabras que trae la traducción y que es más o menos la misma cantidad de palabras que trae la versión en español, pero no es así. A veces tengo que explicar o dar un poco de contexto quizás para cosas que no se van a entender, que quizás en Argentina, o en el mundo de habla español se entiende o se sobreentiende, y que en inglés no se entiende. Entonces a veces hago algo así, pero más que nada para lograr el terror pienso en la música y en el ritmo de las traducciones solo para intensificarlo. Eso y las palabras que deben ser muy específicas como pensar en los términos que tienen que ver con las sensaciones corporales. Mariana usa muchas palabras que se refieren al sonido, a sensaciones físicas, a olores, por lo que siempre trato de hacer esas sensaciones más inmediatas.
–También has traducido la novela Ceniza en la boca (Eating Ashes) de la escritora mexicana Brenda Navarro, cuya historia transita entre México y España con el tema de la migración. ¿Esto trajo consigo alguna dificultad en la traducción?
–Sí, justamente traía problemas de traducción o dificultades. La prosa de ese libro es bien coloquial. Las frases son muy largas. Es como si alguien estuviera dando un gran monólogo. Su personaje central, que es mexicana, viaja primero a Madrid y luego a Barcelona. Y en cada lugar donde va tiene que encontrarse con otro tipo de español. Entonces ese libro tiene el español mexicano, pero también el español de España o de otras regiones o países de Sudamérica, incluso hay un español hablado por un gringo. Entonces todas esas versiones del español yo tenía que diferenciarlas en mi traducción. Esa fue una dificultad, pero para mí fue muy importante. De nuevo traté de “enseñarles” las palabras a mis lectores como “pendejo” para simbolizar el habla mexicana. Les enseñé palabras españolas como “tía” o “qué guay”, y mencioné que estas palabras pertenecen a tal lugar. Solo así se podía diferenciar las distintas voces, pero no incluí las palabras españolas sin explicación. Pero también sentí que si los lectores no entienden ciertas palabras eso tiene que ver con el libro en sí, de sentirte un poco descolocada lingüísticamente, por lo que traté de abrazar un poco esa incertidumbre lingüística.
–Después de traducir al inglés a varios escritores latinoamericanos contemporáneos, ¿crees que ha surgido otra vez un gran interés por parte del mercado anglosajón sobre la literatura de nuestro continente, sobre todo después de los éxitos aislados del boom latinoamericano y el fenómeno Bolaño? ¿Te sientes una mediadora de lo que está ocurriendo?
–Yo creo que los lectores anglosajones están abriéndose cada vez más a la traducción en general. Yo cuando voy a Estados Unidos y hago eventos, hace diez años sin falta alguien sacaba el tema del boom, y eso ahora ya no pasa. Eso quiere decir que los lectores están ampliando sus ideas sobre la literatura de América Latina. En cuanto al fenómeno Bolaño pasa al mismo tiempo que el fenómeno Elena Ferrante o el fenómeno Knausgård. Entonces todos esos libros de estos escritores, como mostraron los editores en Estados Unidos, demuestran que la traducción es viable. Esa idea de que publicar traducciones siempre va a ser una pérdida no es cierto o no tiene que ser cierto. Siento que las grandes editoriales hoy en día están buscando voces nuevas de América Latina que no necesariamente tienen que ser voces consagradas como los del boom. Y sí, están buscando al próximo Bolaño, la próxima Samanta Schweblin, la próxima Fernanda Melchor. Y no solo las editoriales independientes, como sucedía en el pasado, porque eran ellos los que se arriesgaban a publicar una traducción. Hoy en día las grandes editoriales también están haciéndolo. Y siento que los lectores lo buscan. Ya no es un problema ser traducido porque los lectores tienen más un concepto para leer un libro de Chile o un libro de Argentina. Por tal razón, me siento una mediadora porque trabajo con la literatura contemporánea y tengo una visión de la traducción que quiero que sea una conversación inmediata y constante. Soy una mediadora muy pequeña en toda esta máquina de publicar libros.
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