jueves, 6 de enero de 2011

La estupidez del Gremio de Editores de España parece no tener límite y perjudica tanto a la industria editorial como a los potenciales lectores, pero la culpa es de Johnny Depp

En sintonía con Antonio Garrido, quien a fines de 2010 se quejaba del estancamiento del negocio de los libros digitales en España (ver entrada del 2 de enero pasado), en su opinión por culpa de la piratería, Antoni Comas, nuevo presidente de la Federación de Gremios de Editores de España ya maneja un discurso análogo, con el que se busca deslindar responsabilidades y eliminar toda sospecha de creatividad e inteligencia (para no hablar de bajar los precios, claro). Así al menos lo vio Josep A. Comas, en el artículo que publicó la Revista de Libros, el 4 de enero pasado.

A propósito de la piratería
y el libro electrónico

Habrá que seguir con lupa los movimientos que, desde ahora, realice el señor Antoni Comas, nuevo presidente de la Federación de Gremios de Editores de España. Por el momento, comienza a adoptar el mismo discurso que tantos dolores de cabeza le está dando a la SGAE. Es decir, si el sector del libro sufre una crisis, es por culpa de la piratería.

En declaraciones a Europa Press el señor Comas abre la caja de los truenos y afirma, como también lo ha hecho en el diario El Mundo, que una de sus principales preocupaciones es la descarga ilegal que, según manifiesta, “puede acabar con la industria del libro”.

Todo es discutible, por supuesto. Lanzo aquí varias consideraciones, algunas de las muchas que se me ocurren:

1. Según las cifras barajadas, en 2010 la venta de libros en España habría disminuido en un 4% respecto a años anteriores, lo que podría enmarcarse en la tendencia que afecta al resto de sectores industriales debido a la recesión económica internacional. Pretender achacar el descenso de facturación a la piratería es un despropósito. Se venden menos libros porque se vende menos de todo. Aunque se pretenda lo contrario, la crisis afecta también a los bolsillos de los ciudadanos. ¿Cómo se explica que el número de usuarios de las bibliotecas haya aumentado una media del 50% en todo el territorio nacional? Quizás sea porque los habituales compradores de libros han visto disminuido su poder adquisitivo, inclinándose por el servicio de préstamo. O a lo mejor es que nos ha entrado una fiebre y ahora todos somos tacaños. O piratas. En la escala de valores, la cultura no es un bien de primera necesidad. Menos cuando apenas hay recursos para cubrir otras, vitales para la supervivencia.

2. En España se ha pretendido instaurar el libro en soporte electrónico a través de plataformas que gestionan su distribución, con el fin de no romper el equilibrado sistema alimenticio de la cadena industrial (en este asunto los impresores no tienen nada que hacer, pero los distribuidores pretenden mantener su lugar). Libranda anunció en octubre la disminución de su oferta, limitando el número de títulos previstos. Esta decisión, se entiende, vino dada por las ridículas cifras de ventas obtenidas, la dejadez de las librerías asociadas, las dificultades a las que se ven sometidos los usuarios para acceder a la compra y los desorbitados precios, en ocasiones incluso por encima del mismo título en su edición impresa. Otras plataformas, como Leqtor o Amabook, mantienen políticas similares, aunque ha sido la primera, por las expectativas generadas y número de editoriales que la integran, la que peor imagen ha logrado.

3. En tiendas virtuales, se están ofertando obras clásicas libres de derechos a precios económicos. Curiosamente esas obras, en su mayoría, vienen cargadas por defecto en los dispositivos eReader, o se ofrecen en descarga legal y gratuita. ¿Tiene sentido venderlas? ¿Por qué no utilizan los recursos empleados en esas ediciones para otras que no están a la venta y se están solicitando?

4. Tanto el señor Antoni Comas como otros profesionales justifican el alto precio de los eBooks por el IVA que deben soportar (18% al considerarse producto electrónico, frente al 4% aplicado al producto cultural), “olvidando” que ese IVA se le aplica al precio base “siempre decidido por el editor” (lo entrecomillo por el motivo que entenderán más adelante). Si el precio base es alto, más lo será al aplicarle el IVA correspondiente. Es correcto reclamar el 4%, pero tampoco estaría mal que ese impuesto se cargara sobre una cifra base inferior a la del libro impreso ya que los costes de producción, no nos crean tan ilusos, es menor.

5. Los derechos de autor siguen siendo uno de los principales escollos para ofrecer eBooks a precios competitivos. Y también para frenar la piratería. En la pasada edición de Kosmópolis un editor justificaba el precio de los libros electrónicos y el escaso poder de maniobra para realizar ofertas en el PVP afirmando que las agencias no permitían rebajar los precios (¡!). Sabíamos que las agencias tenían un gran poder en la industria del libro, pero si están interviniendo también en los precios de venta al público, efectivamente, señor editor, tienen ustedes un grave problema del que difícilmente van a salir si no toman la opción que muchos sellos están considerando: dejar de negociar con ellas los derechos de los autores y saltarse al intermediario o publicar a escritores sin agente. Los hay. Y buenos. Pero si no tienen manera de emprender esa aventura, no nos hagan víctimas de sus conflictos. Ustedes han hecho fuerte al “enemigo”.

6. La piratería de libros existe desde mucho antes del lanzamiento de los soportes electrónicos. Y, hasta que no se empezó a comercializar en España, nadie había dicho nada ni se había perdido dinero. La mayoría de las obras pirateadas no se están ofertando de manera legal, por lo que no hay competencia que valga. Si la obra está disponible en la Red, ¿no es lícito que alguien que ha comprado un dispositivo pueda utilizarlo leyendo lo que buenamente pueda? No, claro.

7. Desde hace tiempo se están lanzando avisos para que la industria del libro no cometa los mismos errores que han hecho de las de la música y el cine un auténtico campo de batalla contra los clientes finales. Ni caso. El discurso del señor Comas tiene el mismo tono amenazante  con el que comenzó a insinuarse el señor Bautista, presidente de la SGAE. Si el camino va a ser el de proponer un nuevo canon similar al que ya conocemos (y declarado ilegal por el Tribunal de Justicia de la Unión Europea) no esperen que quienes hasta ahora han sido sus amigos y consumidores se queden con los brazos cruzados.

8. Y ya puestos en el asunto del canon, no estaría mal que en el debate intervinieran los fabricantes de soportes y dispositivos, ya que los productos tecnológicos (desde el escáner hasta los discos duros, operadoras de telefonía, sistemas operativos, eReaders, etc.) facilitan la labor del pirata. El eBook, en este momento, está considerado uno de estos productos. A ver si van a tener que enfrentarse ahora con quienes han de compartir la tarta, perjudicando a una industria a la que deberían tener como aliada.

miércoles, 5 de enero de 2011

Una revista digital española, que discute la traducción de poesía

"Nacida en 2005, PoesíaDigital es una revista que aparece renovada el primer día de cada mes. Su objetivo es compartir el fervor por la poesía entre todos los navegantes de la Red, sea cual sea su tendencia estética o intelectual, pues en la pluralidad de percepciones y de expresiones es donde se enriquece la cultura poética y la vida de cada uno. Lógicamente, por editarse y publicarse en España, PoesíaDigital se encuentra especialmente comprometida con los poetas y lectores de lengua castellana, la cual ha sido desde hace muchos siglos un instrumento eficacísimo de comunicación mundial. En cualquier caso, porque nos interesa la poesía universal, más allá de sus fronteras lingüísticas y geográficas, también queremos acercarnos a la lírica de otras lenguas a través de las mejores traducciones al castellano, tanto las que se hayan publicado hasta la fecha como las que puedan facilitarnos nuestros propios colaboradores."
Así presentada, esta publicación incluye en uno de sus números un artículo sobre la traducción de poesía, que copiamos a continuación, así como el link con la revista: http://www.poesiadigital.es/index.php?cmd=documento&id=9.

Traducir poesía

Poesía Digital se adentra en el mundo de la traducción de poesía de la mano de tres de los traductores más importantes de nuestro país. Jaime Siles, Jordi Doce y Xavier Farré contestan a diez preguntas que pensamos cubren la mayor parte de la problemática de la traducción de poesía. Si bien en un principio –y por no extendernos demasiado- pensamos elaborar un documento recogiendo algunas de las impresiones, definitivamente hemos preferido adjuntar directamente todas y cada una de sus opiniones, creando al final un texto largo pero de absoluto interés. Una panorámica muy completa del trabajo del traductor de poesía y de su condición en el panorama editorial actual.

1. Sobre la traducción

1.1 En concreto, a la hora de traducir, ¿cómo se enfrenta a la métrica y a los problemas derivados de la semántica de la palabra?
Jaime Siles: La métrica es un problema porque el traductor debe entender la función de ese metro, esa sílaba, esa rima en el sistema lingüístico de la lengua de la que está traduciendo. Sólo si lo entiende allí es capaz de reproducirlo en la lengua receptora. La lengua receptora tiene un sistema distinto, pero la semántica de esa lengua más o menos se puede trasladar. Aunque no todas las lenguas tienen la misma suerte. Por ejemplo, para el hexámetro clásico, griego y latino yo diría que es mejor el catalán que el castellano, mientras que el endecasílabo en la construcción que los barrocos llamaban la silva es la más fácil para traducir poemas largos al español. Ésa es al menos mi experiencia.

Jordi Doce: Cuando traduzco poesía en lengua inglesa, trato de reproducir en la medida de lo posible el metro del original, o de encontrarle un equivalente plausible. Debe tenerse en cuenta que el verso libre inglés tiene, por su carácter acentual, un ritmo mucho más marcado que el español, fundado quiérase o no en patrones silábicos que previenen o dificultan ciertas sonoridades y combinaciones fónicas. De ahí que en ciertos casos (la poesía de Charles Simic, por ejemplo) haya recurrido a cierta regularidad métrica para traducir el verso libre inglés. En lo que toca a posibles polisemias o ambigüedades semánticas, remito al lector a mi respuesta a la pregunta 1.4. Dicho brevemente, unas veces es importante y otras no tanto; depende de si forma parte del «centro invariante» (Popovic) del poema.

Xavier Farré: En cuanto a la métrica, siempre depende del texto a traducir, en cualquier caso siempre hay un intento de reproducirla, teniendo en cuenta la tradición de cada lengua. Considero que la tradición es uno de los aspectos más importantes a la hora de enfrentarse a una traducción. El uso de un metro determinado puede evocar en el lector unas lecturas ya determinadas, y ya representa toda una declaración de principios por parte del autor y del traductor. Con lo cual, el traductor tendría que analizar primero cuál es el significado simbólico de un metro determinado en la lengua de origen, y poder determinar si se puede realizar el mismo paso en la lengua de llegada. Esto, lógicamente, también es válido en el caso de que el autor utilice un tipo de verso que se aparta de las formas canónicas. No podemos obviar que la forma ya, intrínsecamente, está transmitiendo un mensaje, tiene un significado.
En cuanto a la semántica, también tenemos que tener en cuenta la naturaleza de cada lengua. Hay lenguas en que hay una diferencia importante entre los diferentes registros del lenguaje, sobre todo en la parte que atañe al léxico, mientras que en otras esta diferencia es mucho menor. El poeta utiliza siempre este recurso en su propia poesía, y se tendría que ver reflejado también en la traducción. No considero que tenga que haber una equivalencia exacta entre dos palabras que, pongamos por caso, puedan pertenecer a un registro literario o a un registro vulgar. Aquella palabra tiene una función en una sociedad concreta que puede no corresponderse en la lengua de llegada. Así es necesario no sólo tener en cuenta el lenguaje sino el contexto en el que éste viene siendo utilizado.

1.2 ¿Ha de ser el traductor poeta, para poder transmitir lo mismo y en la misma intensidad que el original?
J. S.: No sé si el poeta ha de ser un traductor o el traductor ha de ser un poeta, pero hay una cosa clave: la traducción más total que pueda existir es siempre la mejor lectura. Yo diría que la única lectura. Un poeta puede ser un buen traductor o un mal traductor, porque en las traducciones hay dos tipos de autoridad: hay una autoridad filológico lingüística -la que da el conocimiento de la lengua de la que se traduce- pero hay también una autoridad poética que es la de la lengua a la que se traduce. Por ejemplo, Fray Luis de León es ejemplo de gran poeta y traductor. He visto que algunos anglistas dicen que es un desastre Cernuda traduciendo a Shakespeare... Pero yo creo que Valverde es un buen traductor, creo que Vicente Gaos también es un buen traductor y creo que Ángel Crespo es un buen traductor, por citar casos españoles. De cualquier forma, no se trata de que el traductor sea capaz de traducir la misma intensidad. La misma intensidad del original es imposible. Porque si ese texto original en verso en una lengua se pasase a prosa en la misma lengua ya no sería lo mismo. Yo creo que no es la intensidad lo que se ha de intentar traducir, aunque a veces sí se consiga (y hay que ser un muy buen traductor para eso).  Lo que se traduce sobre todo es el espíritu, el tono del poeta, el clima del poeta en el mejor de los casos. Creo que casi nunca se es capaz de traducir la totalidad. Es más, la mayoría de los traductores -eso me pasa a mí, me imagino que a los demás también- optan siempre por una de las partes del poema, polarizando el sentido del texto sobre aquello con lo que más identificados están. Pero eso le pasa a todo lector. Un lector de un poema, tiende a coger un lápiz y señalar los versos que más le gustan. Al fin y al cabo la traducción sigue siendo una lectura. Ya decía Octavio Paz -y a mí me gusta mucho la frase- que todo acto es traducción.

J. D.: Si no poeta originalmente, sí es imperativo se convierta en poeta a consecuencia de haber traducido poesía. En cualquier caso, debe tener un conocimiento íntimo de la tradición poética de su propia lengua y poseer una sensibilidad lingüística fuera de lo común. Por lo general, se trata de condiciones que definen en gran medida a un poeta. Otra cosa es que muchos que se dicen poetas estén lejos de cumplirlas.

X. F.: En mi opinión, y aunque me encuentre en el grupo de los poetas traductores, no creo que sea necesario que el traductor tenga que ser poeta en el sentido canónico del término, pero sí que tendría que ser un gran lector de poesía (lo cual ya lo convierte en poeta). Y no solamente lector de su propia tradición poética sino de otras tradiciones, tanto en sus respectivas lenguas como en traducciones. Así creo que el traductor de poesía tiene que ser un lector multilingüe y a la vez un lector profundo de otras traducciones poéticas. En este sentido, opino que es casi indispensable que se disponga el texto original al lado de la traducción, para que así el lector pueda comprender o intuir las decisiones del traductor. Cuantas más tradiciones conozca y pueda ver las diferentes soluciones de las mismas en poesía, mejor podrá enfrentarse a los diferentes problemas que pueda plantear una traducción de poesía. Siguiendo con esta reflexión, considero que las tradiciones a las que tiene que tener acceso el traductor tienen que ser también diferentes. Por ejemplo, si nos centramos en las lenguas románicas, encontraremos muchas similitudes, fruto de una tradición que en numerosas ocasiones es común. Evidentemente, también podemos decir lo mismo de la tradición europea, pero la diferencia radica en la expresión a partir de una lengua determinada y con una estructura y soluciones concretas, y no únicamente en cuanto al ritmo y a la rima. Por otra parte, creo que el traductor, cuando es de poesía, tendría que traducir aquello que realmente le gusta. 

1.3 ¿Es la traducción una traslación, una recreación o una creación?
J. S.: No sé si la traducción es una traslación, una recreación o una creación. Yo creo que es las tres cosas. Si no fuese una traslación, si no partiese de un texto anterior dado no sería traducción, pero si no lo recrease tampoco. Y si en esa recreación no hubiese un aumento de mundo al polarizar un sentido difícilmente podríamos conocer a ese autor. La traducción debe ser un texto artístico porque el texto del que se traduce era un texto artístico. La buena traducción debe intentar suplir al texto aun sabiendo que no puede hacerlo. Usted puede tener una fotografía de alguien a quien quiere, pero sabe que no es suya. Es como un retrato. Como cuando un intérprete musical recibe una partitura: se le pide que la interprete, no que la reproduzca. Eso es lo que hace un buen traductor: una interpretación.

J. D.: Las tres cosas a la vez, y ninguna de las tres. Explicarlo llevaría mucho tiempo. Permítaseme al menos una boutade en todo el cuestionario.

X. F.: Seguramente no es ninguna de estas actividades y a la vez lo es todas. Siempre depende del poema que uno traduce. Cada poema representa un mundo independiente y el lector se tiene que ajustar a las exigencias del mismo para después poderlo traducir. Lo que en un poema surge como una creación quizás no funcione para el poema siguiente, donde se tiene que hacer una recreación. En un primer momento, la traslación sería el estado inicial de cualquier traducción, y a partir de aquí empieza el trabajo para poder transmitir no solamente el lenguaje del original. El traductor también tiene que estar pensando en el público potencial de la lengua de llegada (cosa que no tiene que hacer necesariamente el poeta al escribir el poema), con lo cual tiene que usar los mecanismos de los que dispone para poder provocar la misma sensación o una sensación parecida a la que puede tener el lector original. Si para este fin tiene que crear el poema, en mi opinión es completamente lícito hacerlo. Entonces entramos en el mismo debate planteado en la pregunta siguiente, ¿hasta qué punto podemos hablar de fidelidad?

1.4 Si hubiera porcentajes, que porcentajes de fidelidad deberíamos dar los lectores a la traducción respecto al original? En caso de que sea relativo, ¿de qué factores depende?
J. S.: Si hubiera porcentajes, yo creo que una buena traducción tendría que tener un 70 por ciento. Los factores son muchos. En primer lugar, el conocimiento de la lengua. En segundo lugar, la identificación del traductor con el poeta traducido. Si es un encargo editorial lo hace como un trabajo, pero si es un encargo estético que él así mismo se impone porque le interesa una línea de escritura determinada, entonces eso, aun con todos los errores que pueda contener, siempre será mejor que una traducción impuesta. Y luego depende del sentido poético y lingüístico del texto que tenga el traductor.

J. D.: El concepto de fidelidad es resbaladizo y, en cualquier caso, no se mide en porcentajes. Importa reconstituir en nuestra lengua lo que Popovic denominó el «centro invariante» del poema, la médula formal y de sentido conformada por aquellos elementos que, a juicio del lector en posesión de sus facultades críticas, hacen de ese poema lo que es y no otra cosa. Me temo que, formulada así, mi respuesta parece sortear el dilema inscrito en su pregunta. Es un dilema que puede resumirse de otro modo: debo escribir el poema que X hubiera escrito de ser mi compatriota o escribir en mi lengua, pero es posible, de igual modo, que si X fuera mi compatriota o escribiera en mi lengua no hubiera escrito ese poema, puesto que todo texto literario es, entre otras cosas, el fruto de una sensibilidad en pugna con la historia y la tradición literaria particulares de cada lengua.

X.F.: Aquí entramos en el aspecto crucial de la traducción poética, ¿a qué nos referimos cuando estamos hablando de fidelidad? Normalmente siempre se ha centrado esta discusión en el aspecto de la forma o del contenido. Pero en un poema tenemos muchos más aspectos a tener en cuenta: el tono, la voz poética… Además, todos estos elementos nunca están aislados, sino que forman parte de un todo indisoluble, son como capas que se imbrican y después llegan a una osmosis constante. Con lo cual, al modificar en la traducción uno de estos elementos, estamos modificando los otros. Podemos ver también que en cada traductor hay diferentes conceptos de traducción y de fidelidad. Vladimir Nabokov, por ejemplo, utiliza un concepto de fidelidad muy diferente al traducir Evgene Onegin al inglés, y al traducir Alicia al ruso, porque prioriza unos aspectos concretos. La fidelidad en Joseph Brodsky, al hablar de sus traducciones al inglés, funciona diferente cuando él es el único traductor o cuando realiza las traducciones conjuntamente con otros poetas norteamericanos. Cuando traducimos un autor como, por ejemplo, John Donne, ¿qué tipo de lengua tenemos que utilizar: un equivalente a la que utilizaba el autor en su época o una lengua completamente contemporánea? El hecho de optar por una de los posibilidades nos remite a un tipo de fidelidad concreta, que es la que ha perseguido el traductor. Entonces, ¿hay una fidelidad preferible a otra? Depende del autor, del contexto en que se crea la versión original y la traducción, del efecto que persiga el traductor, del público potencial a quien se dirige la traducción. No podemos encerrar este debate en dos posibilidades, sino que hay un amplio abanico, y cada una de las posibilidades podrá ser válida siempre y cuanto se ciña a unos objetivos concretos. En el fondo, cada autor es diferente, cada libro de poemas es diferente, y cada poema es diferente. Si empezamos desde este punto de partida tendremos que convenir en que cada uno de estos poemas, como entidad artística, necesita primero pasar por un análisis detallado para que el traductor pueda después elegir la estrategia más conveniente, más plausible, para cada ocasión.

2. Sobre el trabajo del traductor

2.1 ¿Hay traducciones más difíciles que otras? ¿Es sólo el idioma el factor de dificultad o también el estilo?

J. S.: Claro que hay autores más difíciles de traducir que otros. Pero no sólo por las lenguas: yo diría que más por los estilos. Cuando un alumno de latín o griego cambia de autor tiene que volver a aprender toda la lengua. Cree que ya no sabe nada. Dice: si yo sabía griego, si yo sabía latín... No, él sabía el griego o el latín de determinado autor. Porque al modificar el estilo, se modifica toda la lengua. Ésa es la gran lección de las lenguas clásicas.

J. D.: A la primera pregunta: sí, claro. No es lo mismo traducir a John Donne que a Joan Margarit, por ejemplo. Y el ejemplo responde en gran medida a la segunda pregunta: hay idiomas que plantean mayor dificultad que otros (a veces por su excesiva cercanía, no se vayan a pensar), y estilos tan íntimamente ligados a la textura de un idioma concreto que la traducción corre el peligro de segar la hierba bajo los pies del original: piénsese, por ejemplo, en una hipotética traducción de las Soledades de Góngora al inglés, o en lo difícil que resulta verter al español las obras de Hopkins o el primer Ted Hughes, tan ligadas ambas al elemento germánico/sajón de la lengua inglesa.

X.F.: Sí, evidentemente, y esto no quiere decir solamente que hay algunos autores más difíciles de traducir que otros (a causa de la lengua, el estilo y la dicción, el tipo de poesía que escriba, etc.), sino que también podemos encontrar esta dificultad en varios poemas del mismo autor. Hay poemas que hasta parece que hayan sido escritos para ser traducidos directamente, y hay otros que plantean dificultades que podrían llegar a ser consideradas como insuperables. Otro aspecto a tener en cuenta sería el uso de referencias culturales por parte del autor, pertenezcan éstas exclusivamente al mundo del autor o sean alejadas para el lector de llegada. O sean poemas que funcionan casi exclusivamente en un ámbito cultural concreto. O si ya se quiere ir un paso más allá, sería el juego lingüístico a partir de las referencias culturales. Entonces sí que nos encontramos ante un serio problema de traducción. También se tiene que considerar la forma que se utiliza. No comparto la opinión de que los poemas escritos en verso libre (aunque según T.S. Eliot esto no existe) o en la prosa recortada que decía W. H. Auden -aunque yo prefiera denominarlo como un poema que formalmente sigue unas normas internas que no responden a una tradición secular- sean más fáciles de traducir. Precisamente porque en estos poemas se tiene que encontrar primero las directrices que lo rigen, los motivos que empujaron al autor a escribirlo de aquélla  y no de otra manera. La rima tiene también su importancia. Por ejemplo, en la mayoría de las lenguas eslavas se pueden permitir una serie de rimas que en nuestra tradición, a causa de la influencia que ha ejercido la poesía trovadoresca, consideramos falsas. Esto también representa un escollo si queremos mantener una fidelidad hacia la forma. Como se puede ver, por otra parte, todos los aspectos en la traducción están íntimamente relacionados, y no podemos tratarlos por separado. Ahora bien, considero que todos ellos siempre nos remiten a un punto, la importancia que tiene la tradición de una literatura determinada como condicionante también de la traducción.
Considero que todos [los aspectos de la traducción] siempre nos remiten a un punto: la importancia que tiene la tradición de una literatura determinada como condicionante también de la traducción. (Xavier Farré)
2.2 ¿Debería presentarse siempre el texto original junto a la traducción?
J. S.: Yo sí creo que debería presentarse siempre el texto original junto a la traducción, siempre que sean lenguas que se conozcan: catalán, alemán, inglés, italiano, francés incluso ruso. Es una declaración de principios. Sabe el autor que el texto que manda es el original y el suyo siempre es un simulacro, o un intento.
Hay veces que la traducción mejora el texto original. Hay un caso singular: el del poeta italiano premio Nobel, Salvatore Quasimodo, a quien en Italia no leen como poeta apenas sino por las traducciones que hizo de los líricos griegos y latinos. También Jáuregui en español hizo una buena traducción de la Farsalia que durante mucho tiempo fue leída en el Siglo de Oro como una obra de creación, aun sabiendo el público lector que se trataba de una traducción.

J. D.: Por principio, éste es el criterio más honesto y razonable. Como es obvio, si se traduce de una lengua remota o desconocida para un sector amplio de la población, este criterio pierde algo de su fuerza. Y, por desgracia, en ocasiones el pago que se exige para la reproducción del texto original hace que las editoriales de poesía (por lo general modestas) opten por no respetarlo. Me parece una decisión difícilmente reprochable.

X.F.: Tal como se puede deducir de la respuesta que he dado en la pregunta 1.2 soy partidario de presentar siempre la versión original, aunque el lector no la entienda. Si el poema está escrito en un alfabeto conocido (y aquí sobreentiendo que no solamente el latín, sino también el alfabeto griego y el cirílico) o en una lengua europea, por ejemplo, uno puede ver si hay rima o no, por ejemplo. También se puede ver si existe (al menos aparentemente) una cierta regularidad en la medida de los versos. Aunque uno no pueda leerlo puede ser capaz de entrever esta existencia de rimas. Cuando se trata de otros alfabetos, puede haber una explicación previa (en un prólogo) del funcionamiento de la poesía en una lengua determinada. En otro aspecto, no menos práctico, no descartemos que un lector puede enamorarse de una lengua por esta arbitrariedad que son los signos. De esta manera pueden surgir más traductores.

2.3 ¿No debería prologarse siempre la traducción de un texto técnico que explique el trabajo realizado? ¿Podrían incluirse notas al pie –como las ediciones críticas- acerca de problemas concretos de traducción?
J. S.: Yo creo que en el prólogo, se agradece mucho que en caso de haber posibilidad -porque el traductor no debe ser siempre un ensayista, ya tiene bastante con el trabajo realizado-, el autor de la traducción haga una buena introducción a la obra, a la época, al contexto y al estilo, explicando además su propio sentido de la traducción. Eso da unas claves que son importantes. La nota al pie de página en las ediciones críticas es necesaria, pero en la traducción supone un fracaso. Si el traductor tiene que poner una nota al pie de página diciendo: “Aquí el autor quiere decir...” está reconociendo que es un mal traductor. Tiene que optar entre las posibilidades. Sólo cuando se trata de un palabra muy distinta puede explicarlo. Una cosa es que el traductor reconozca los límites de su traducción porque haya un término imposible y otra que tenga que poner una nota cada poco. Creo que un ejemplo de lo que es la traducción de términos complicados es lo que le pasó a los monjes que estaban evangelizando a los esquimales. Ellos, cuando traducían del latín Agnus Dei como Cordero de Dios comprobaban que los lectores no entendían nada. Y entonces se dieron cuenta de que los esquimales no habían visto un cordero en su vida y no había posibilidad de representárselo mentalmente. Entonces tradujeron Cordero de Dios como Foca de Dios. Es la traducción que existe allí. Y es una traducción perfecta,  porque eso sí produce en el alma del que lo lee una  impresión igual a la que produce Agnus Dei en el occidental. No es la traducción literal, pero es que si se hiciera la traducción literal el texto no se entendería.

J. D.: Creo que toda traducción de poesía extranjera debe contar con un ensayo crítico que sitúe la obra en su ámbito de producción original y explique las tensiones que suscita su ingreso en el sistema literario de nuestro idioma. Dejo al responsable de la edición decidir sobre la pertinencia de incluir en ese ensayo referencias concretas a su esfuerzo traductor.

X.F.: No creo que interese mucho a los lectores, aparte de a los mismos traductores, claro está. Por otra parte, no considero necesario que se tenga que hacer esta explicación en el mismo libro de poemas editado. Hay otros canales, como, por ejemplo, que el traductor edite un libro de ensayos planteando los problemas de la traducción a partir de sus propias experiencias (como es el caso excepcional de Ocalone w tlumaczeniu -Salvado en la traducción- del poeta y traductor polaco Stanislaw Baranczak). En cuanto a los notas a pie de página explicando problemas de traducción, considero que son innecesarias, con la salvedad de algunos problemas de contexto cultural necesarios para entender el poema. El traductor tiene que poner todos sus esfuerzos en hacer una traducción poética, y que el poema que traduce funcione de una manera independiente. Un lector de poesía quiere leer poesía. Esto comporta riesgos, pero el traductor tiene que asumirlos en el mismo momento en que empieza con este trabajo.

2.4 ¿Existe en la actualidad algún original sin traducir –o mal traducido- que requiera una atención urgente? ¿Cuál es su balance de la calidad de las traducciones en España?
J. S.: Claro que existe en la actualidad algún original sin traducir o que requiera una revisión: todos. Todos los textos traducidos requieren siempre una revisión posterior. Por eso no hay traducciones para siempre: hay traducciones para cada generación. Cada generación, igual que vuelve a descubrir el amor tiene que volver a redescubrir la literatura. Y para redescubrirla necesita de un buen grupo de traductores, porque verán el mismo texto de otra manera. Una traducción es una percepción. Cada generación establece unos vínculos con el lenguaje, unos vínculos con el entorno y unos vínculos con los textos. Las traducciones sirven de hecho como rasgos para describir todo el significado de una época. ¿Cómo se traduce en esta época? Pues si se traduce así, se escribirá así. Lo que decía Borges: si yo supiera como leerán los hombres del año dos mil veinte, yo sabría cómo se escribirá en el año dos mil veinte, porque la clave de escritura está determinada por la clave de lectura. Creo que en España hay muchas más traducciones que en otros países, de lo cual no hay que alegrarse sino condolerse, porque eso indica que en España la gente habla muy pocas lenguas o lee muy pocas lenguas. Podrían no hablarlas, pero tampoco leerlas es grave. Hay, digamos, una pereza intelectual, que se delega en el trabajo del pobre traductor. Volviendo sobre el nivel de traducciones en España, es verdad que no todas las traducciones son igual de buenas, pero yo sí vengo observando que en lo que se refiere a la poesía -que es lo que más trabajo y más me interesa, aunque he traducido otros géneros- la calidad de las traducciones es buena, variando lógicamente esta apreciación según las lenguas y según las editoriales. En este sentido, la labor de las pequeñas editoriales como Pre-Textos, Acantilado, Hiperión, Visor o La Veleta es una labor caracterizada por hacer algo diferente a una rutinaria traslación. Es otra cosa. Y estos editores saben que ese público es minoritario pero que es un público exigente.

J. D.: En España se traduce mucho, de ahí que la calidad de las traducciones sea muy variable: hay traducciones buenas, malas y mediocres. Por lo general, los resultados son bastante dignos, y en el ámbito de la poesía más que notables, con las lógicas excepciones. Originales sin traducir o por traducir siempre hay, por supuesto. También hay que traducir de nuevo lo ya traducido: cada promoción rescribe a sus clásicos, los adapta a sus necesidades emocionales e intelectuales.

X.F.: Hay muchos originales que quedan, por suerte, por traducir. No quisiera hacer una lista extensa, pero me permitiría mencionar algunos nombres. Por ejemplo, algún libro completo de poemas de Czeslaw Milosz, o los posteriores a la adjudicación del Nobel en 1980, el poeta lituano Tomas Venclova, los poetas eslovenos Edvard Kocbek, Gregor Strnisa, el poeta serbio Vasko Popa, el poeta estonio Jaan Kaplinski (que sí ha sido traducido al español, pero no se ha publicado todavía). En cuanto a poetas más jóvenes, por ejemplo, la poeta croata Sibila Petlevski, el poeta esloveno Ales Debeljak, o el polaco Tomasz Rózyczki, y habría muchos más.  En general las traducciones en España gozan de buena salud. En los últimos años han aparecido nuevas traducciones, gracias principalmente a la labor de pequeñas editoriales que intentan sacar al mercado obras poéticas relevantes. Con todo, creo que al mercado español le falta riesgo, ya que la mayoría de traducciones poéticas de autores poco conocidos salen en España después de haber alcanzado un cierto reconocimiento en el mundo anglosajón y en Alemania. A veces salen traducciones a partir de un Nobel, pero antes del fallo podemos encontrarnos que no hay ningún libro de aquel autor. En cuanto a la calidad, considero que cada vez hay una mayor exigencia para presentar buenas traducciones. Aparte de los grandes nombres, también empiezan a surgir nuevas voces, más jóvenes, que presentan un relevo asegurado, como son los casos de Jordi Doce y otros.

3. Sobre el status del traductor

3.1 ¿Cuál cree que es el papel del traductor en el panorama editorial actualmente?
J. S.: El papel del traductor en el panorama literario es mínimo en el sentido de que al traductor le dan un encargo, especialmente en la novela y en el ensayo, y debe realizarlo rutinariamente en un plazo determinado. En poesía es distinto. Muchas veces es el propio traductor el que propone a la editorial un autor que él ha traducido o que  le interesa traducir por razones estilísticas.

J. D.: El traductor sigue siendo una figura secundaria, en gran parte invisible y mal pagada. Por otro lado, el traductor de poesía siempre se ha movido por impulsos que poco tienen que ver con la publicidad o el dinero: prefiere el trato íntimo con los escritores y las obras que admira. Lo que no quita para que, en su fuero interno, desee tímida y vergonzosamente un mayor reconocimiento público.
El traductor sigue siendo una figura secundaria, en gran parte invisible y mal pagada. (Jordi Doce)
X.F.: El traductor se encuentra ante una presión por presentar un trabajo de calidad, pero a la vez se tiene que reconocer que no está bien remunerado. En el fondo un traductor hace su oficio por amor a la literatura y a las obras que traduce. El papel que tiene es fundamental (no olvidemos que es puente entre culturas, y la carta de presentación de un autor).

3.2 Reivindicaciones del traductor en la editorial y en el panorama literario.
J. S.: El pobre traductor está mal pagado, normalmente. Una primera reivindicación sería, junto al reconocimiento literario y social,  un reconocimiento económico. En Alemania pagan mejor porque hay un servicio de traducciones que no paga la editorial sino que pagan directamente las autoridades y eso funciona muy bien. En ese caso el Estado intenta suplir lo que es un deficiencia de la editorial, que lo que no quiere es perder beneficios. Respecto a la consideración literaria y social, hay que tener en cuenta que el traductor es un intérprete, como un puente entre dos espacios que debe comunicar lo mejor posible. Y desde ese punto de vista el traductor es un catalizador de la literatura, porque introduce en un cuerpo dado -un organismo vivo como es una literatura de una lengua o de un país- un elemento de otro, y cuando esto pasa todo el organismo receptor se resiente y da una respuesta, que normalmente es aumentativa. Por eso respeto y admiro mucho al traductor. Siempre le he considerado un re-escritor en el caso de la prosa y un re-poeta, un co-poeta, en el caso de la poesía. Por todo esto en mis críticas siempre doy cuenta del traductor, siempre me refiero a él en relación con su trabajo. No sólo me gusta dialogar con el poeta traducido, sino que me gusta dialogar con el diálogo que con el poeta traducido ha establecido el traductor. Digamos que es un diálogo a tres bandas. Creo que eso intelectualmente es muy lúcido, muy productivo.

J. D.: El nombre del traductor debería aparecer por descontado en la portada de todo libro de poesía extranjera. Y el pago a su trabajo debería ser mayor. Una objeción razonable a este segundo punto es que las ventas de poesía dan pocas satisfacciones: la demanda es escasa, el pastel pequeño y el reparto de beneficios casi ridículo. En cuanto al panorama literario en general, haría una reivindicación fundamental: que su trabajo sea objeto de análisis, siquiera breve, en toda reseña o comentario crítico que merezca la obra traducida.

X.F.: Las únicas reivindicaciones serían tener unos plazos de entrega de traducción que fueran razonables, y que permitieran trabajar con holgura, y también que hubiera una valoración auténtica de la tarea del traductor. En cuanto al panorama literario, quizá reivindicar el prestigio de la faceta de traductor, y el trabajo que éste realiza.

Los traductores
Jordi Doce (Gijón, 1967) es licenciado en Filología Inglesa por la Universidad de Oviedo y doctor por la Universidad de Sheffield (Inglaterra). Ha sido, asimismo, lector de español en la Universidad de Oxford y subdirector editorial de la revista Letras Libres. Ha preparado ediciones bilingües de la poesía de Paul Auster, William Blake, T. S. Eliot, Geoffrey Hill, Ted Hugues, Charles Simic y Charles Tomlinson, así como de las memorias literarias de Thomas de Quincey. Es autor, entre otros, de los poemarios Diálogo en la sombra (Deva, 1997), Leccciones de permanencia (Pre-Textos, 2000), Otras lunas (DVD, 2002) y Gran Angular (DVD, 2005). En prosa ha publicado Bestiario del nómada (Eneida, 2001) y el libro de notas y aforismos Hormigas blancas (Bartleby, 2005). En su faceta ensayística destaca su tesis acerca de la Presencia del romanticismo inglés en la poesía española contemporánea, premio de Ensayo Casa de América y publicado recientemente por Ediciones Península. Su obra está incluida en las antologías La otra joven poesía española (Igitur, 2003) y Campo abierto. Antología del poema en prosa en España,1990-2005 (DVD, 2005). Ha coordinado con Andrés Sánchez Robayna el volumen de ensayos críticos Poesía Hispanoamericana contemporánea (Círculo de lectores/Galaxia Gutenberg, 2005). Actualmente colabora como crítico de libros en el suplemento cultural ABCD, entre otras publicaciones.
Jaime Siles (Valencia, 1951) estudió en las universidades de Salamanca, Tubinga y Colonia. Ha sido catedrático de las universidades de La Laguna y St. Gallen (Suiza), profesor invitado en las de Viena, Salzburgo, Graz, Turín, Bérgamo y Ginebra, así como en la de Madison (Wisconsin), y en la actualidad es catedrático de Filología Latina en la Universidad de Valencia. Autor de ensayos como El barroco en la poesía española (1976 y de próxima reedición), Mayans o el fracaso de la inteligencia (2000) o Más allá de los signos (2003), y traductor de Paul Celan, Wordsworth y Arno Schmidt, su obra poética incluye títulos como Canon (Premio Ocnos en 1973), Música de agua (Premio de la Crítica del País Valenciano y Nacional de la Crítica de 1983), Semáforos, semáforos (Premio Fundación Loewe en 1989), Himnos tardíos (Premio Internacional Generación del 27, 1999) y Pasos en la nieve (Tusquets, 2004). En 2003 publicó, junto con José María Micó, la antología Paraíso cerrado: poesía en lengua española de los siglos XVI y XVII (2003) y ese mismo año recibió el Premio Teresa de Ávila por el conjunto de su obra. Sus obras han sido traducidas al alemán, al italiano y al francés. Recientemente ha publicado el libro de ensayos Poesía y Traducción: cuestiones de detalle (Prensas Universitarias de Zaragoza, 2005).
Xavier Farré (L’Espluga de Francolí, Tarragona, 1971) es profesor y traductor. Fue lector en la Universidad Adam Mickiewicz de Poznan (Polonia), en la Universidad de Ljubljana (Eslovenia) y actualmente trabaja en la Universidad Jagiellonski de Cracovia. Ha traducido del polaco a los poetas Czeslaw Mislosz y Adam Zagajewski. También ha traducido a otros poetas polacos publicados en varias revistas y catálogos literarios. Realizó la traducción de la obra teatral Auslóschung/ Extinció, una adaptación que el director de teatro Krystian Lupa hizo de la novela homónima de Thomas Bernhard. Y también del mismo director, la versión teatral de Los hermanos Karamázov. Ambas se representaron en el marco del Festival Grec de Barcelona. Está preparando una amplia antología del poeta polaco Zbigniew Herbert: 89 poemes. Ha publicado el libro de poesía Llocs comuns, y tiene en prensa Retorns de l’Est (tria de poemes 1990-2001).

martes, 4 de enero de 2011

Look! Up in the sky.

En su número 118, de octubre de 2006, la Revista de Libros publicó el siguiente artículo de Miguel Sáenz que, como de costumbre, ayuda a pensar. En este caso, sobre qué es una traducción literaria.







Es una copia... Es un original... Es ¡traducción!

El título, evidentemente, alude a Supermán, el personaje de Jerry Siegel y Joe Shuster, uno de los héroes de cómic más incombustibles de todos los tiempos. Aunque pueda parecer un tanto traído por los pelos, espero que al final se vea que tiene algo que ver con el contenido de este artículo. En cualquier caso, a partir de textos esenciales de Goethe, Benjamin, Nabokov y Borges, intentaré dilucidar qué es una traducción literaria: copia, original, versión, interpretación, reescritura, crítica, exégesis, falsificación, manipulación... o todo lo contrario. Empezaré por Borges, que es siempre lo más socorrido. Dentro de su obra hay un cuento que lleva camino de convertirse en el más citado por todos los teóricos de la traducción literaria. Me refiero a «Pierre Menard, traductor del Quijote», cuyo argumento es conocido: Pierre Menard, erudito francés, se propone un día reescribir el Quijote. Menard «no quería componer otro Quijote –lo cual es fácil– sino el Quijote. Inútil agregar que no encaró una transcripción mecánica del original: no se proponía copiarlo. Su admirable ambición era producir unas páginas que coincidieran –palabra por palabra y línea por línea– con las de Miguel de Cervantes». Confieso que el cuento, cuando lo leí por primera vez, me irritó. Borges, claramente, se había pasado. Luego comprendí que, en realidad, Borges había inventado, nada más y nada menos, que una nueva forma de traducción que añadir a las tres que Roman Jakobson definió en 1959, en un artículo seminal1: la traducción intralingual, la interlingual y la intersemiótica. Pierre Menard había realizado una traducción sencillamente intratextual, que utilizaba los signos, no sólo de la misma lengua, sino del propio texto traducido. De que el Quijote de Menard era una «copia», creo, no puede haber duda. Lo que resulta dudoso es que fuera una «traducción». ¿No presupone toda traducción no sólo otra lengua, sino también una diferencia? (Sobre este aspecto no me resisto a contar una anécdota. Hace unos años traduje para el Teatro de La Abadía de Madrid el Urfaust de Goethe. José Luis Gómez, su director, me fue obligando a hacer hasta siete versiones distintas: literal, explicativa, fonética, rítmica, rimada, sin rimar... Una día me dijo por fin lo que quería: un texto que sonara lo mismo, utilizara la misma métrica, rimara, tuviera la misma belleza y no se apartara un ápice del sentido original. Naturalmente, le dije que la única solución que se me ocurría era representar el Urfaust en alemán.) Volviendo brevemente a Borges. Hoy que tanto se estima en literatura la llamada intertextualidad (forma elegante de decir plagio inventada por Julia Kristeva), ¿no podría considerarse que Pierre Menard fue el rey de los plagiarios? Había utilizado un texto ajeno, incorporándolo a su obra, pero lo había incorporado en su totalidad, convirtiéndolo en la obra misma. Walter Benjamin. No voy a referirme aquí a su ensayo de 1936 sobre «La obra de arte en la era de su reproducibilidad técnica»2, aunque parezca pintiparado para la ocasión, sino a otro ensayo, «La tarea del traductor»3, que, en el ranking de artículos más citados por quienes se ocupan de la teoría de la traducción, mantiene un reñido mano a mano con el citado «Pierre Menard». El ensayo de Benjamin no está demasiado bien traducido al castellano (lo que suele ocurrir con casi todos los textos sobre traducción) y ello, unido a su oscuridad natural, hace que se preste casi a cualquier cosa. Ahora bien, a los efectos que aquí interesan, las tesis de Benjamin son sensacionales. La más importante parece ser que, en realidad, la obra original es sólo la primera versión de un texto, completada luego por sus traducciones a otros idiomas. Javier Marías escribió una vez que podría entenderse que las traducciones son una especie de variaciones sobre el tema de una composición musical original, lo que no está nada mal visto, pero Benjamin fue más allá: para él, las traducciones iluminan el primer texto, que, además, moriría sin la supervivencia que las nuevas versiones le aseguran. En la historia de la literatura, el puesto de una obra será ocupado no sólo por ella, sino también por todas sus versiones hechas a distintos idiomas a través de los siglos. En el fondo, es la misma idea que expresa en el ensayo sobre la obra de arte en la era de su reproducibilidad técnica: la historia de la Mona Lisa comprende la de todas las copias hechas de la Mona Lisa en los siglos XVII , XVIII y XIX . Para cualquier traductor literario, Benjamin es una ganga.Y es que, en su afán de reconocimiento, el traductor oscila siempre entre dos posturas. A saber: decir que él es tan autor, tan creador, como el autor original, el cual sólo tuvo la suerte de estar antes allí en el momento oportuno.Y decir que, en el fondo, no hay autores: todos somos traductores de unos textos ideales que teóricamente podrían contemplarse en alguna caverna platónica. La línea de Benjamin es también la de Octavio Paz: ningún texto original lo es enteramente, y además toda traducción es igualmente un original, porque «cada traducción es, hasta cierto punto, una invención y, así, constituye un texto único»4. Había prometido hablar también de Nabokov. Y Benjamin me da pie: en su ensayo sobre la tarea del traductor, con perfecta incongruencia, Benjamin acaba diciendo:«Porque, de algún modo, todas las grandes obras literarias, pero más que todas las sagradas, contienen, entre líneas, su traducción virtual. La versión interlineal de los textos sagrados es el modelo originario o ideal de toda traducción». Pues bien, la posición de Nabokov hacia la traducción fue siempre, cuando menos, ambivalente. Por un lado, tradujo al ruso, según dicen maravillosamente, Alicia en el país de las maravillas. Una traducción libérrima, en la que Alicia se convierte en Anya y Nabokov traslada la acción, los personajes y las parodias del texto de Carroll a un ambiente familiar para los niños rusos. En cambio, su traducción del Evgueniy Onieguin de Pushki es un trabajo de eslavista para eslavistas, casi de esclavista para esclavos. Como el mismo Nabokov confesó en una entrevista de 1962, «a la fidelidad de la transposición lo he sacrificado todo: elegancia, eufonía, claridad, buen gusto, uso moderno e incluso corrección gramatical». Él habla de «transposición» y no de traducción, pero su Eugenio Onieguin no es una transposición, sino, a lo largo de sus cuatro volúmenes, una especie de inmensa explicación y hermenéutica de la novela de Pushkin. No le pareció así a su (hasta entonces) amigo, el crítico Edmund Wilson, quien, en un famoso artículo, habló de «torturas infligidas [por Nabokov] al lector y a sí mismo», «estilo innecesariamente torpe» y, sobre todo, «ausencia de sentido común». La polémica entre los dos gigantes resulta interesante e instructiva5, porque Nabokov no se mordía precisamente la lengua (lo más suave que dice de Wilson es que era incapaz de escandir debidamente un verso ruso), pero lo que importa es que, aunque pueda discutirse si el Oneguin de Nabokov es o no una traducción (un tipo de traducción absolutamente literal), parece evidente que no se trata de una copia, sino de un verdadero original acompañado de un aparato crítico desmesurado. El propio Nabokov, con notoria incongruencia, al traducir o colaborar con su hijo Dmitri en la traducción al inglés de sus novelas rusas, o al traducir él solo Lolita al ruso, no siguió en absoluto ese criterio, pero habrá ocasión de volver sobre él al tratar de las traducciones hechas a otros idiomas por el autor del texto original. Aunque pueda parecer una blasfemia, las ideas de Goethe sobre la traducción tampoco fueron demasiado coherentes. Debo confesar que siento hacia ellas cierta desconfianza desde que supe que, en una conversación con Eckermann, el 3 de enero de 1830 7 , elogió la traducción francesa hecha por Gérard de Nerval de la primera parte del Fausto, diciendo que le gustaba mucho más que su propio texto alemán. Goethe no lo sabía, pero la traducción hecha por Nerval (que en aquella época tenía diecinueve años) es un descarado plagio de otra traducción anterior, y Nerval, que sabía muy poquito alemán, se equivoca cada vez que intenta mejorarla6. Pues bien, Goethe fue, entre otras mil cosas, no sólo lingüista, sino también traductor: tradujo a Cellini; tradujo Le neveu de Rameau de Diderot (que se publicó, por cierto, antes en alemán que en francés); tradujo a Voltaire, a Racine, a Corneille...7. En las notas a su Diván oriental-occidental8, habla de tres clases (o tres épocas) de la traducción: la primera es la «prosaica», la traducción en prosa que nos da a conocer, sin salir de casa, la obra poética extranjera. La segunda es la «paródica» (no en el sentido de imitación burlesca, sino en su más puro sentido etimológico de «camino paralelo»), es decir, la traducción que trata de adaptarse a lo extranjero, pero sólo para apropiarse de su espíritu y expresarlo como propio.Y hay un tercer tipo de traducciones –el supremo y último para Goethe– en que la traducción trata de identificarse con el original, de forma que pueda, no sólo sustituirlo (anstatt des andern), sino ocupar su lugar (an der Stelle des andern). No es éste el momento de señalar paralelismos con la sobradamente conocida teoría de Schleiermarcher sobre las dos formas de traducir (aproximar el lector al original o el original al lector). Lo importante en Goethe es, me parece, cómo subraya que una buena traducción, una buena copia, puede reemplazar al original. En alemán, evidentemente, Shakespeare ha dejado de ser hoy Shakespeare para convertirse en Friedrich von Schlegel o, mejor dicho, al revés. O lo que es lo mismo: Shakespeare aparece en la literatura alemana y se incorpora irrevocablemente a ella dos siglos después de haber muerto William Shakespeare. Con esto he dado ya un repaso a los autores prometidos, y hora sería ya de hablar de las traducciones que no niegan su humilde condición de copia. Pero antes me gustaría traer a colación a Botho Strauss, que ha dicho también sobre el tema algo que viene al caso. El controvertido dramaturgo alemán, críptico novelista y ensayista excelente, escribió en 1999 Die Fehler des Kopisten (Los errores del copista)9. Es una mezcla de relato y ensayo, en el que elogia la vida sencilla y hace una aseveración sorprendente: todo está ya escrito, todo escritor continúa sólo una tradición, es un simple copista, y su originalidad aparece únicamente cuando, por error, se aparta de esa tradición. Sólo así, como ocurre en el mundo de los seres vivos cuando la Naturaleza copia erróneamente el código genético, puede surgir una especie nueva, original. Por lo común, el escritor, el copista, «vive sólo para confirmar, minuto a minuto, lo que, en versos o renglones, se ha escrito siempre». Es un simple «continuador de lo escrito» y todo texto literario –en lo que coincide con Julia Kristeva–, un mosaico de citas. En Los errores del copista, el tema es recurrente: «Todo lo nuevo ha sido sólo nuevamente elaborado, como si el signo de nuestra época fuera la planta de reciclaje. [...] Es como si todos los barcos se dirigieran al gran puerto de la literatura y ninguno pusiera rumbo mar adentro». Pues bien, pregunto yo, si los escritores no son más que simples copistas, ¿qué ocurre con los copistas de los copistas, es decir, con los traductores? ¿Podría decirse que son más originales que los propios autores de los textos que traducen, porque no se limitan a copiar las equivocaciones de ellos sino que añaden sus propios errores, haciendo surgir así nuevas especies, nuevos seres, aunque alguna vez –reconozcámoslo– teratológicos? No obstante, quizá lo más sensato sea no hablar de traducción ni de traductores, sino de traducciones. Pese a Derrida, las traducciones son copias, mientras no se demuestre lo contrario, pero su calificación como tales no depende de su fidelidad, ni de su calidad, sino de factores menos nobles y mucho más aleatorios. En primer lugar, de la intención del traductor: si éste pretende crear una obra original, convirtiéndose (Novalis) en «el poeta del poeta», su traducción no será una copia. Octavio Paz subraya que, en contra de lo que suele decirse, pocas veces los poetas son buenos traductores de poesía: en realidad, utilizan el poema ajeno como punto de partida para escribir su propio poema. En segundo lugar, el estatus de una traducción depende, sobre todo, de su aparición en el tiempo. Si recordamos a Benjamin, parecería que el autor original es sólo el que copió primero: el que estuvo allí en el momento adecuado. En literatura, como se dice en la milicia, «la antigüedad es un grado». Sin embargo, la verdad es que ni siquiera ser el primero parece ser decisivo en esa materia. Lo que importa es la difusión. Claude Bleton, traductor de Juan Goytisolo y Juan Marsé, entre otros, en su novela Los negros del traductor10 , cuenta la historia de un francés, traductor de español, que poco a poco va impacientándose porque los autores españoles, que normalmente se dedican sobre todo al deporte nacional del consumo de cañas, tienen poco tiempo para escribir sus obras maestras, y empieza a hacerles sugerencias e, incluso, a escribirles partes enteras de sus obras sin terminar. Los escritores españoles, al principio, lo aceptan encantados, pero en un momento dado uno de ellos se rebela, y entonces el traductor lo mata. El problema que se plantea, a medida que los asesinatos (¡diez negritos!) proliferan, es que empiezan a aparecer las traducciones antes que los originales, e incluso traducciones de originales que nunca podrán existir ya, porque sus autores han muerto. Yo creo que el verdadero problema estriba en que la palabra «copia» arrastra un estigma. Cuando Schopenhauer dice, en sus Parerga y Paralipomena, que una biblioteca de traducciones le parece una galería de pintura en la que sólo hubiera copias, lo dice, evidentemente, con muy mala baba11. De nada sirve que los traductores se empeñen en decir que el concepto de originalidad es decimonónico y hoy está anticuado. Que los autores clásicos no distinguían entre traducciones, imitaciones y originales. Que los escritores de la Europa oriental, los rusos a la cabeza, reivindican sus traducciones como libros suyos y Pasternak consideraba que su libro más importante sería la traducción del Fausto, que no llegó a terminar. O que aduzcan que Javier Marías dice que probablemente su mejor texto es y será siempre su traducción del Tristram Shandy de Sterne12. El problema, creo, es que el traductor no acaba de creerse lo que afirma y, en el fondo, en el fondo, piensa que es un falsario. En una lección inaugural del curso en la Universidad Pompeu Fabra, hace un par de años (2003-2004) –pido perdón por la autocita–, mencioné el libro de Patricia Highsmith El temblor de la falsificación 15 .Todo traductor, dije, experimenta al iniciar su traducción ese temblor.Y hay argumentos que avalan la tesis de que el propio traductor se siente en falta continuamente. En mi caso personal: ¿por qué, por sistema, no leo traducciones, salvo cuando tengo que hacerlo por razones profesionales? ¿Por qué me niego a poner la firma que me solicita algún admirador en un libro que he traducido? ¿Por qué seguimos siendo todos atrozmente desconfiados (recientemente, las traducciones de los Genji Monogatari de Murasaki Shikibu nos han confirmado en nuestros prejuicios) cuando se trata de traducciones de traducciones? Si creyéramos de verdad lo que afirmamos, una traducción de una traducción sería sencillamente una copia más, pero no necesariamente mala. Traducciones, versiones, adaptaciones, imitaciones13, textos inmigrantes con papeles, sin papeles o que han perdido los papeles... ¿Dónde están las fronteras? Botho Strauss dice: «Hay épocas de transportistas y de fundadores. Hay épocas de copistas: la época de los gramáticos alejandrinos y de los monjes medievales». Quizás hayamos entrado en una de esas épocas sin darnos cuenta. La originalidad se bate en retirada. ¿Es realmente la traducción un género literario, como aseguró Ortega? ¿O una función especializada de la literatura, como dijo Octavio Paz, que llamó a traducción y creación «operaciones gemelas»14? ¿Por qué si la traducción es una manifestación del noble arte de la copia, no tiene su musa (como no la tiene, por cierto, la filosofía), tal como señala agudamente Benjamin? ¿Es la traducción un simple plagio que no quiere decir su nombre? (La palabra plagio, en su arcaico sentido latino de «secuestro» siempre me ha encantado. Conocía su uso mexicano, pero ahora me entero –Diccionario Panhispánico de Dudas– de que se utiliza en ese sentido en casi toda América.) ¿Se apodera simplemente el traductor, para venderlo, de un texto que no es su esclavo? ¿Y qué pasa con los plagios de otros plagios, es decir, con los plagios de las traducciones? En el teatro español contemporáneo cabría citar a toda una serie de insignes escritores, desde Vázquez Montalbán (Shakespeare) hasta Antonio Gala (Tennessee Williams), pasando por Buero Vallejo o Camilo José Cela (ambos Brecht), que han practicado con desenvoltura el plagio en ese campo. ¿Es de verdad el plagio, como afirmaba Giraudoux, la base de todas las literaturas, salvo la primera, que no conocemos? Es un hecho probado que muchas literaturas (la latina, la polaca, quizá todas), comenzaron por una traducción...15. ¿Podríamos decir, parafraseando a Eugenio d'Ors, que «lo que no es traducción es plagio?». Por otra parte, el hecho de que un texto traducido alcance la consideración de original o copia depende muchas veces, no siempre, de la intención del autor. Quizá Lutero o los anónimos autores de la Biblia del rey Jacobo no pensaron nunca que su obra desplazaría, en sus respectivos países, al texto original de la Biblia, pero así ha sucedido. Sin embargo, el caso inverso –el de un texto claramente original que pretende pasar por traducción, por copia– es casi exclusivo de la literatura. El traductor, también como el plagiario latino, trata a veces de vender como esclavo a un hombre libre. No me refiero al Quijote, porque Cervantes no pretende seriamente que el lector se crea que su texto es traducido, pero hay casos famosos en la historia de la literatura. El Rubaiyat de Omar Khayyam seguramente tiene mucho más del inglés de Edward J. Fitzgerald que del farsi original, pero, al menos, ha pasado a la historia como traducción. Sin embargo, a nadie se le ocurriría hoy aceptar que los poemas de James McPherson fueran escritos, como él pretendía, por Ossian, hijo de Fingal.Y en España podemos encontrar casos sorprendentes en la novela de quiosco de la posguerra: no hablo de los apodos utilizados para escribir por escritores como José Mallorquí, Guillermo López Hipkiss o Francisco González Ledesma (el famoso Silver Kane), sino de traducciones del inglés encargadas y vendidas (a un precio miserable) como traducciones, aunque tuvieran muy poco que ver con el original. Los ejemplos podrían multiplicarse en todos los países. ¿Y qué pasa cuando el autor traduce su propia obra, convirtiéndose en copista de sí mismo? ¿No sería demasiado aventurado suponer que las traducciones de Nabokov al inglés (idioma execrable, según Nabokov, claramente inferior al ruso) de sus propias novelas son más bien otros tantos originales? Y, en el caso de Samuel Beckett, parece evidente que cuando se traduce no se traduce, sino que se reinventa. Sus versiones al inglés y al francés difieren demasiado entre sí. Por último, no parece descabellado suponer que la copia de otros textos mediante la traducción cumple muchas veces, simplemente, una función análoga a la de la copia de obras pictóricas por artistas mediocres o principiantes.Ya a mediados del siglo XVII lo señalaba así Johann Christoph Gottsched y luego lo recomendó Robert Louis Stevenson. Para terminar, quiero añadir que, en contra de lo que lleva diciéndose muchos años en la teoría de la traducción literaria, la traducción comienza y termina en la palabra. Es cierto que no se traducen vocablos, sino translemas (como dice Julio César Santoyo: unidades mínimas de traducción) o, si se quiere, textos, obras enteras, autores enteros, culturas enteras. Pero, en definitiva, seamos sinceros: sólo traducimos palabras. «En principio era el verbo» plantea ya un problema de traducción al doctor Fausto, pero lo que no suele decirse es que, en materia de traducción, la palabra es también el fin. Robert Menasse, en su Phänomenologie der Entgeisterung (Fenomenología de la desespiritualización)16, que no se sabe muy bien si es una continuación, una crítica o una sátira de la Fenomenología del espíritu de Hegel, concluye con una afirmación apodíctica y seguramente irónica: «En principio fue la copia».Yo añadiría: y al final también. Volvamos al comienzo. El traductor no es Supermán.Ya Augusto Monterroso calificó, con razón, a los traductores de seres por lo general más bien melancólicos y dubitativos.Y el traductor medio coincide mucho más con Clark Kent, el periodista de traje gris y gafas, eternamente enamorado de su (musa sustitutiva) Lois Lane, que es el álter ego de Supermán: «Clark es torpe, tímido, inseguro de sí mismo. Pero es también educado, honrado; sobre todo, para los lectores de cualquier parte del mundo, resulta vulnerable e identificable.Y, en contraste con otros héroes de ficción popular de doble identidad [Don Diego/El Zorro o Bruce Wayne/Batman] Clark Kent es la falsificación y Supermán, el absolutamente recto, justo y poderoso... la realidad»17. De vez en cuando, muy de tarde en tarde, casi de siglo en siglo, algún traductor se despoja de su disfraz y se convierte en benefactor de la humanidad. Look! Up in the sky. It’s a bird! It’s a plane... It´s Superman!18

1. Roman Jakobson, «On Linguistic Aspects of Translation», en Reuben A. Brower (ed.), On Translation, Cambridge, Harvard University Press, 1959, pp. 232 y ss.
2. Walter Benjamin, Das Kunstwerk im Zeitalter seiner technischen Reproduzierbarkeit, Fráncfort, Suhrkamp, 1977, pp.19y ss.
3. Walter Benjamin, «Die Aufgabe des Übersetzers», en Sprache und Geschichte, Stuttgart, Reclam, 1992, pp. 50 y ss. (hay diversas traducciones al español).
4. Octavio Paz, Traducción: literatura y literalidad, Tusquets, Barcelona, 1971, p. 9.20Alexandr Pushkin,Eugene Onegin: a Novel inVerse, trad. inglesa y comentarios de Vladimir Nabokov), Princeton, Princeton University Press, 1955.
5. Johann P. Eckermann, Gespräche mit Goethein den letzten Jahren seines Lebens, Stuttgart, Reclam, 1998 (hay traducción española de Rosa Sala: Conversaciones con Goethe, Barcelona,Acantilado, 2005).
6. Sobre Goethe y la traducción, véase Antoine Berman: L'épreuve de l'étranger, París, Gallimard, 1984, pp. 87 y ss. (hay traducción española de Rosario García López: La prueba de lo ajeno: cultura y traducción en la Alemania romántica, Las Palmas, Universidad de Las Palmas, 2004).
7. Johann Wolfgang von Goethe, West-Östlicher Diwan/Die Walhlverwandschaften, Múnich, Manesse, 2004 (hay diversas traducciones al español).
8. Botho Strauss, Die Fehler des Kopisten, Múnich/Viena, Carl Hanser, 1999.
9. Claude Bleton, Les nègres du traducteur,París, Métailié, 2004 (hay traducción española de María Teresa Gallego, Andrés Ehrenhaus, Miguel Sáenz y Jesús Zulaika, Madrid, Funambulista, 2004).
10. Arthur Schopenhauer, «Parerga und Paralipomena», Zürcher Ausgabe, vol. X, Zúrich, Diogenes, 1977, p. 618 (hay diversas traducciones al español).
11. Javier Marías, «Mi libro favorito», Literaturay fantasma, Madrid, Siruela, 1993, p. 210.
12. Patricia Highsmith, The Tremor of Forgery, Londres, Penguin, 1987, p. 139 (hay traducción española de Maribel de Juan: El temblor de la falsificación, Madrid, Alfaguara, 1995).
13. Octavio Paz, op. cit., p. 14.
14. Karl Dedecius, Vom Übersetzen, Fráncfort, Suhrkamp, 1986, p. 120.
15. Robert Menasse, Phenomenologie der Entgeisterung, Fráncfort, Suhrkamp, 1995.
16. David Michael Petrou: «Superman, the Legend», en The Making of Superman.The Movie, Nueva York,Warner Books, 1978.
17. El presente artículo se basa en una conferencia pronunciada el 13 de diciembre de 2005 en el Museo Patio Herreriano de Valladolid, en el marco de un ciclo de conferencias titulado El arte de la copia.
18. El presente artículo se basa en una conferencia pronunciada el 13 de diciembre de2005 en el Museo Patio Herreriano de Valladolid,en el marco de un ciclo de conferencias titulado El arte de la copia.
19. Véase el artículo de Jean Malaplate, «Un plagiat ignoré: la traduction de Faust par Gérard de Nerval», Colloquium Helveticum, 1998, n.º 9.
20. Véanse Edmund Wilson, «The Strange Case of Pushkin and Nabokov», en The New YorkReview of Books,21de julio de 1965, y Vladimir Nabokov, «The Strange Case of Nabokov and Wilson», en The New York Reviewof Books, 26 de agosto de 1965.
21. Javier Gomá Lanzón, Imitación y experiencia, Valencia, Pre-Textos, 2003.


lunes, 3 de enero de 2011

La lengua como software milagroso

La habitual columna de Andrés Neuman,  escritor argentino radicado en España, en la revista Ñ del viernes 24 de diciembre pasado estuvo dedicada a la reforma de la ortografía propiciada por la RAE. He aquí sus conclusiones, con la bonhomía a la que su autor nos ha acostumbrado.

Fazer software

Los cambios nos dan miedo. Y cierta pereza (el monárquico diccionario también admite fiaca). Por eso solemos preferir las normas a las que ya estamos acostumbrados, aunque no todas sean razonables. Mucha gente se horroriza ante los cambios ortográficos propuestos por las academias de la lengua. Sin embargo, algunos me parecen atendibles. Pasar de quórum a cuórum, continúa una evolución que viene dándose desde el latín vulgar. De hecho, si no seguimos escribiendo en latín es por miles de transformaciones como ésa. La desaparición de las tildes en los monosílabos tampoco es nueva: nuestros abuelos escribían y fué. Simplificar y unificar, más que un capricho académico, es una tendencia interna de la lengua. Habrá quien eche de menos (el monárquico diccionario también admite extrañar) la exótica q de Irak, como hace añares alguien pudo lamentar la desaparición de la bonita ç. En  fin, hablantes, ¿qué le vamos a fazer? Un dioma no es un conjunto de reglas que permanecen estáticas al alcanzar la perfección, sino un sistema perpetuamente na marcha. Conviene mantener la perspectiva histórica. Y la geográfica. El alemán acaba de reformar drásticamente su ortografía, causando trastornos mucho mayores. El francés padece una ortografía retorcida, tan apegada a sus etimologías que pocos franceses logran escribirlo correctamente. El español supo simplificarse, y no le ha ido tan mal. Pienso en la lengua como un milagroso software que, un par de veces por siglo, se actualiza levemente. Me sorprende que eso nos moleste tanto, mientras pagamos fortunas por utilizar sistemas operativos que se actualizan todos los días, y sin debates previos. Eso sí, y aquí protesto: ¿qué hacemos con las tildes del adverbio sólo? ¿Las dejamos solas? Me acuerdo del verso de Machado: "Quien habla solo espera hablar a Dios un día". Sin tilde, el verso es irónico. Con tilde, el pobre Machado se vuelve religioso. ¡Qué distinto es hablar solamente y hablar solos! Lo primero lo hacemos cada día los hablantes. Lo segundo ojalá no lo hagan nunca los académicos.

domingo, 2 de enero de 2011

Antonio Garrido festeja el Día de los Inocentes

Todos los 28 de diciembre, en la Argentina –y suponemos que también en muchos otros países– se festeja el "Día de los Inocentes". A los efectos prácticos, como en todos lados, se hacen bromas a los incautos y después, cuando se les revela que se trataba de una tomadura de pelo", se les dice: "Que la inocencia te valga".
La siguiente noticia, procedente de la publicación virtual española Economía Digital y publicada justamente el 28 de diciembre pasado, señala que Antonio Garrido –director del Grupo Edebé, una editorial salesiana que publica para las distintas etapas de formación, desde Educación infantil hasta el Bachillerato y la Formación Profesional, y que, desde la década de 1990, multiplica su oferta sumando literatura infantil y juvenil, llegando hasta la Argentina, Chile y México)– afirma que la piratería es la responsable del estancamiento del sector digital en España. Si se lo cree, que la inocencia le valga.

El estancamiento del sector digital en España

En pleno debate sobre las descargas en Internet a raíz de la ley Sinde, tumbada en el Congreso y que el Gobierno quiere rescatar en el Senado, el director de Edebé, Antonio Garrido, ha añadido un capítulo más en la polémica acusando a la alta tasa de piratería en España como la principal causa “del estancamiento” del sector digital. Tal como ha manifestado este martes en una ponencia en la facultad de Derecho de Esade en Barcelona, el miedo a perder el control sobre los contenidos publicados ha provocado que las editoriales no apuesten aquí por el libro digital.

Garrido ha recordado que España está entre los cinco países con mayor índice de piratería, “lo que en el sector literario ha supuesto en 2010 un 35,1%, casi el doble que en 2009 y traducido en dinero suma unos 421,5 millones de euros”, ha manifestado. Precisamente estas son las cifras que, según la valoración del director de Edebé, han provocado que las editoriales ralenticen la edición digital y el catálogo disponible sea escueto. Un hecho que dificulta la penetración del producto.

Esto, junto a que la tasa de IVA más alta para el libro electrónico que el de papel (un 18% enfrente al 4%), provoca el “estancamiento” actual que está viviendo el sector. Además, Garrido tampoco ha visto con buenos ojos el precio de los dispositivos de lectura, el desconocimiento que existe entre los consumidores y la falta de unificación de criterios entre los comercializadores. “Cada dispositivo sale al mercado con su propia tecnología, lo que implica que la editorial deba desarrollar la versión online de un mismo título en varias versiones tecnológicas”, ha lamentado, encareciendo el producto final. Con todo, ha asegurado que si no se quitan palos a las ruedas no se llegará al desarrollo normal en el sector.

sábado, 1 de enero de 2011

Un libro sobre la traducción literaria en México

La primera noticia del año viene de México y nos la envía Selma Ancira desde Barcelona. Según el flyer que adjuntamos, el 29 de noviembre pasado, en la Casa Refugio Citlaltepétl, del D.F., se presentó el volumen De oficio, traductor. Panorama de la traducción literaria en México, a cargo de Marianela Santoveña, Lucrecia Orensanz, Miguel Ángel Leal Nodal y Juan Carlos Gordillo, donde se entrevista a los traductores mexicanos Adriana Domínguez, Arturo Vázquez, Alejandro Zenker, Nair Anaya, Tomás Segovia, Tatiana Bubnova, Fabienne Bradu, Tomás Serrano, Monique Legros, Selma Ancira y Fabio Morábito, entre otros, sobre distintos aspectos de la profesión (la traducción literaria, las cuestiones gremiales, la formación de traductores, las minucias del oficio, el traductor y su lengua).