miércoles, 14 de diciembre de 2011

La discusión de los derechos de autor en la Argentina y la ausencia de los traductores

Con cierta periodicidad, aparece en la prensa el tema de los derechos de autor de los escritores en el mundo digital que, lejos de avecinarse, es ya una realidad. Menos evidente resulta la discusión sobre los derechos de los traductores, cuestión sobre la que habrá que plantarse con mayor firmeza con los editores –¿nuestros aliados?–  a la hora de la repartición de beneficios. La siguiente noticia fue publicada por Clarín y más tarde recogida en Punto Panorámico Nº24, del Laboratorio de Industrias Culturales (ver aquí).

Mercado editorial y derechos de autor
Los derechos de autor que perciben los escritores a nivel mundial varían en un porcentaje que va del 7 al 12% del precio de tapa del libro editado. En el mundo digital ese porcentaje puede trepar al 80%, si se desarrolla el mercado de los libros electrónicos o e-books. Diversas voces de la cadena de valor del libro alzan sus voces en este debate.

La editorial altenativa Orsai, de Hernán Casciari, paga 50% de derechos de autor y prevende sus libros por encargo en la web y sin intermediarios. Casciari es el autor del boom bloggero, editorial, y teatral “Más respeto que soy tu madre”. Se establece que los distribuidores se quedan con un 15% y el librero con un 30%, o más, siempre hablando del precio de tapa. Por lo que la mayoría de los consultados coincide en que el proyecto de Orsai es una bocanada de aire fresco pero imposible de replicar a gran escala. Daniel Divinsky, dueño de Ediciones de la Flor, concede que el monto que se llevan los libreros y los distribuidores en comparación con lo que percibe el autor es asimétrico. Pero por alguna razón ese porcentaje, con pequeñas variaciones, es el que rige en muchos países. Alejandro Vaccaro, presidente de la Sociedad Argentina de Escritores (SADE), expresa que es evidente que el escritor es el eslabón más débil en la cadena del libro, mientras que Graciela Aráoz, de la Sociedad de Escritoras y Escritores de la Argentina (SEA) afirma que el escritor recibe el 10% y le da de comer a mucha gente. Pablo Ramos, escritor, señala que el porcentaje es bajo, pero que en Europa a veces es menor. Y Pablo Pazos, de Arcadia Libros, dice que si bien en los últimos años abrieron muchas librerías, también están cerrando en la misma proporción. “El mercado del libro digital se está organizando como para medirlo en términos de justicia”, dice Antonio Santa Ana, gerente de Literatura General. En el mundo digital, sin intermediarios ni libreros, plataformas de autoedición online como Self-Publishing y editores de libro de autor (como Scribd, Autor-House, Xlibris, etc.) ofrecen hasta un 80% de derechos de autor. Pero Guillermo Shavelzon, agente editorial, también afirma que a las grandes corporaciones informáticas sólo les interesa vender sus dispositivos.

martes, 13 de diciembre de 2011

Las traducciones literarias al español, un arte complejo

Publicado en el semanario uruguayo Búsqueda del 6 de diciembre pasado y con firma de Silvana Tanzi, el siguiente artículo se apoya en una serie de ideas debidas a traductores uruguayos, españoles y argentinos, que opinan sobre la traducción y las condiciones en que ésta se lleva a cabo.

Los libros de los otros

Con los traductores literarios sucede algo injusto: si su trabajo es de calidad, suelen pasar inadvertidos. En general los lectores y la crítica literaria reparan en ellos cuando la traducción está llena de tropiezos lingüísticos y se aleja de la naturalidad de la lengua a la que se traduce. Cargan además con el mote de “traidor” que instauró la expresión italiana “traduttoretraditore”, pero ellos no son traidores, aunque tampoco puedan ser totalmente fieles. Su trabajo lleva años de lecturas, de dominio de la lengua extranjera y de la propia, de investigación sobre el autor y su cultura. “No sé por qué siempre se piensa mal de los traductores y sin embargo todos estamos de acuerdo en que la literatura rusa es admirable”, contestó Jorge Luis Borges en una entrevista de 1985 con Jorge Cruz en La Nación. Borges ejercía la traducción como una labor creativa y de reescritura del original, por lo cual fue elogiado y también criticado.

Salvo excepciones, el traductor literario es poco reconocido por las editoriales y está mal remunerado, por lo que debe combinar esta tarea con la docencia o con la traducción técnica o científica, que muchas veces resulta menos gratificante. Para conocer su trabajo, Búsqueda consultó a seis profesionales con años de experiencia en la traducción de obras literarias al español.

Entre España y Suecia
Roberto Mascaró es uruguayo y desde hace más de treinta años vive en Suecia. Poeta, docente y traductor, su nombre está asociado al último premio Nobel de Literatura, el poeta sueco Tomas Tranströmer, de quien tradujo toda su poesía al español. Respondió a Búsqueda desde Colombia, adonde llegó en una gira personal que él llama “Retropoesía”. “Consiste en participar en festivales y dictar talleres de poesía. Comencé en El Salvador y luego seguí por Guatemala y Honduras”, dijo. Mascaró traduce obras del inglés, del sueco y del francés, y también investiga los dialectos del castellano en América latina. Para él, la traducción es un género literario y un producto creativo, y el mejor traductor de un poeta es otro poeta. “Hay que trabajar de una lengua a la otra el mensaje poético, algo difícil para quien no escribe poesía. Es cierto que ha habido muy buenos traductores que no son poetas, pero sí lo fueron en sus traducciones. Eso hace de la traducción un género literario, y del traductor un escritor”.

Su amistad con Tranströmer y su conocimiento de la sociedad sueca le allanaron el camino para traducir una poesía cargada de silencios, “como un bosque nórdico en otoño”, según había escrito en la traducción de El bosque en otoño, que apareció en Montevideo en 1989 publicada por Ediciones de Uno. “Tranströmer representa el carácter parco, introvertido y silencioso de los suecos. Él reconoce en sus propios poemas que necesita de la soledad para escribir”.

Mascaró no se sorprendió por el Nobel otorgado a Tranströmer: “Era un premio esperado, había estado propuesto año tras año por más de una década. Cuando empecé a trabajar con su obra, ya era un poeta traducido a treinta lenguas”.

Miguel Sáenz nació en 1932 en Larache, ciudad al noreste de Marruecos, y desde hace cuarenta años vive en Madrid. Ha traducido del alemán el teatro íntegro de Bertolt Brecht, casi toda la obra de Thomas Bernhard y varios trabajos de Günter Grass, además de otros autores como Goethe, Joseph Roth, Franz Kafka o Salman Rushdie. Se inició como traductor literario en 1976 con Carta breve para un largo adiós, de Meter Handke, y desde entonces ha obtenido varios premios y reconocimientos.

“Que la traducción es un género literario lo dijeron Ortega y Gasset y Octavio Paz, pero nunca he entendido qué querían decir: la traducción pertenece necesariamente al mismo género que el original. Y para mí es un producto creativo y artístico: no hay contradicción entre esos términos”, comentó Sáenz. El mayor desafío que encuentra en su tarea es “mantener la necesaria honradez. Una traducción necesita su tiempo y hay que dársela”. Un buen tiempo le llevó traducir El Rodaballo, de Günter Grass: dos años. Por ese trabajo recibió en 1981 el premio Fray Luis de León.

En una montaña de la isla de Ibiza, vive desde hace más de doce años el traductor madrileño Carlos Manzano. Comenzó en la profesión en 1970 y se dedicó durante muchos años a la traducción de “literatura gris” como medio de subsistencia: “Documentos espantosamente escritos de organismos internacionales, los del sistema de las Naciones Unidas y de la Unión Europea”. Pero el verdadero “placer de los dioses” se lo brindaron las traducciones literarias. Entre las obras que ha traducido al español se encuentran Viaje al fin de la noche, de Louis Ferdinand Céline, y todos los tomos de En busca del tiempo perdido de Marcel Proust. Pero la lista de losautores que tradujo del francés, inglés, catalán, italiano e inglés es extensa. Manzano tiene una opinión diferente sobre la creatividad en la tarea del traductor: “La traducción en general –y la literaria en particular– no es una actividad creativa, sino todo lo contrario. Es más científica que artística, porque exige el mismo rigor metodológico que las ciencias exactas: se puede demostrar punto por punto en qué es incorrecta y cuál sería la versión correcta y sustitutiva. Pero, a diferencia de otras tareas científicas, presenta la excepcional particularidad de que su resultado sí es artístico. En eso consiste precisamente su rigor: en transmitir con precisión el carácter artístico del original”.

Sobre las dificultades de evitar los “españolismos” (como “jilipollez” o “capullo”) al traducir la jerga o el lenguaje coloquial de las novelas, Manzano responde: “Ni siquiera lo intento. En España disfrutamos mucho con las particularidades coloquiales y jergales de allende el mar. Lo mismo deberían hacer ustedes”. Para Manzano uno de los autores más difíciles de traducir, justamente por el empleo del lenguaje hablado y coloquial en sus obras, fue Céline, del que tradujo casi toda su narrativa y por el que siente una “identificación absoluta” y admira la “expresividad, la genialidad, del lenguaje hablado, popular y jergal” que utiliza en sus obras.

Para Patricia Willson, traductora y docente argentina, una de las dificultades mayores es traducir el habla popular o infantil. “No es fácil reproducir efectos de oralidad sin ridiculizar a los personajes”. Willson ha traducido del francés obras de Roland Barthes, Flaubert y Sartre, y del inglés las de Mary Shelley, Jack London y Mark Twain, entre otros. Para ejemplificar la falta de reconocimiento hacia
los traductores, Willson cuenta una anécdota: “En el suplemento cultural de un matutino porteño se publicó un avance de mi última traducción de Roland Barthes. En una nota se explicaban detalles de la edición en francés y en castellano, pero no se mencionaba el nombre de la traductora. Como si Barthes, post mortem, se hubiera traducido a sí mismo”.

Escritor, traductor y crítico literario, Elvio Gandolfo nació en Rosario, Argentina, pero reparte su tiempo entre Montevideo y Buenos Aires. Tiene más de cien libros traducidos y entre sus preferidos “por el resultado” están Las cosas que llevaban los hombres que lucharon, de Tim O’Brien, Las relaciones peligrosas, de Choderlos de Laclos y los diarios de Henry James. “No comparto cierta queja sistemática y gremial sobre, por ejemplo, por qué no se pone el nombre del traductor en los comentarios bibliográficos cortos. Por supuesto que tiene que figurar. Hago un paralelo con lo que antes se llamaba diagramación y ahora se llama diseño. De inmediato te creés más artístico y jorobás más si te llaman diagramador”.

Jorge Fondebrider integra el Club de Traductores de Buenos Aires que se creó hace tres años y tiene un blog en Internet con el mismo nombre. “Es una ‘revista’ diaria que se ocupa de traducción, del estado de la lengua y de las políticas que giran a su alrededor, también del mundo editorial”.

Fondebrider se dedica a la traducción literaria del inglés y del francés. Se ha especializado en literatura irlandesa y traduce poesía. En 1999 publicó con Gerardo Gambolini una gran antología de poesía irlandesa, y ahora está traduciendo a Joseph O’Connor, hermano de la cantante Sinéad O’Connor. “Me está costando mucho porque escribe usando argot de Dublín y de los irlandeses de Londres”.

Para Fondebrider la mayor complicación como traductor está en el trato con las editoriales. “No terminan de entender que sin la mediación de los traductores, los autores que contratan no existen. Luego burlan la ley con contratos malos, pagan tarde y mal y, en líneas generales, no valoran el trabajo de los traductores”. Sobre lo mal que ganan los traductores coinciden todos los entrevistados. En España cobran derechos de autor, pero en Argentina no, a los traductores les pagan por millar de palabras (más o menos dos páginas y media de un libro) entre $ 60 y $ 150 (entre 2 y 3 dólares). En España se paga entre 7 y 14 euros la página y en Chile casi 11 dólares. “Varias de las editoriales se pusieron de acuerdo en mantener los precios muy bajos. Las editoriales chicas pagan mejor y hacen contratos decentes. Saben que el valor agregado de una buena traducción es la diferencia entre comprar  un libro argentino y uno español”, comenta Fondebrider.

Muchos de los traductores literarios harían suya la frase del escritor Italo Calvino al referirse a su labor como editor: “La mayor parte del tiempo de mi vida la he dedicado a los libros de los otros. Y me alegro de ello”. Sería bueno registrar sus nombres cuando se compre el próximo libro.

lunes, 12 de diciembre de 2011

Borges para empezar bien la semana

Como para empezar bien la semana, una de las conferencias de Arte poética. (Seis conferencias sobre poesía pronunciadas en inglés en la Universidad de Harvard durante el curso 1967-1968), de Jorge Luis Borges, originalmente publicadas en castellano en traducción de Justo Navarro por la  editorial Crítica (Barcelona, 2001)

La música de las palabras y la traducción

En aras de la claridad, me limitaré ahora al problema de la traducción poética. Un problema menor pero también muy pertinente. Esta discusión debería allanarnos el camino hacia el tema de la música de las palabras (o quizá la magia de las palabras), del sentido y el sonido en la poesía. 

Según una superstición ampliamente arraigada, toda traducción traiciona a sus originales incomparables. Lo expresa muy bien el conocidísimo juego de palabras italiano Traduttore, traditore, que se supone irrebatible. Puesto que este juego de palabras es muy popular, debe ocultar un grano de verdad, un núcleo de verdad. 

Discutiremos las posibilidades (o la imposibilidad) y el éxito (o lo contrario) de la traducción poética. Según mi costumbre, partiremos de algunos ejemplos, pues no creo que se pueda mantener una discusión sin ejemplos. Dado que mi memoria a veces se parece demasiado al olvido, elegiré ejemplos breves. Analizar estrofas o poemas completos excedería nuestro tiempo y mi capacidad. 

Empezaremos con la “Oda de Brunanburh” y la traducción que de ella hizo Tennyson. Esta oda (mis fechas siempre son bastante inseguras) fue compuesta a principios del siglo x para celebrar la victoria de los hombres de Wessex sobre los vikingos de Dublín, los escoceses y los galeses. Pasemos a examinar algún verso. En el original, encontramos algo que reza más o menos así: sunne up zet morgentid mzere tungol. Es decir, “el sol en el curso de la mañana” o “el sol en las horas de la mañana”, y luego “esa famosa estrella” o “esa imponente estrella”, aunque aquí “famosa” sería una traducción mejor (maere tungol). El poeta, a continuación, llama al sol godes candel beorht: “brillante candela de Dios”. 

Esta oda fue traducida al inglés en prosa por el de Tennyson y publicada en una revista. El hijo probablemente le explicó a su padre algunas reglas esenciales del verso inglés antiguo: el ritmo, el uso de la aliteración en lugar de la rima y cosas parecidas. Luego Tennyson, que era muy aficionado a los experimentos, intentó escribir antiguos versos ingleses en inglés moderno. Es importante señalar que, aunque el experimento fue un éxito notable, nunca lo repitió. De modo que, si buscamos antiguos versos ingleses en las obras de Lord Alfred Tennyson, tendremos que contentarnos con ese único y excepcional ejemplo, la “Oda de Brunanburh”

Estos dos ejemplos –“el sol, esa famosa estrella” y “el sol, brillante candela de Dios”– fueron traducidos por Tennyson así: when first the great / Sun–star of morning–tide (“Cuando la gran / estrella solar del curso de la mañana”). Ahora bien, sun–star of morning–tide es, a mi juicio, una traducción verdaderamente impresionante. Es, incluso, más sajona que el original, puesto que nos ofrece dos palabras compuestas germánicas: sun–star y morning–tide. y, evidentemente, aunque morning–tide puede ser entendida como morning–time (“horas de la mañana”), podemos también pensar que quería sugerirnos la imagen del amanecer como desbordándose en el cielo. Y así lo que tenemos es una frase verdaderamente extraña: when first the great / Sunstar of morning–tide. E inmediatamente, un verso después, cuando Tennyson llega a la “brillante candela de Dios”, lo traduce como Lamp of Lord God (“Lámpara del Señor”). 

Tomemos ahora otro ejemplo, una traducción que no sólo es intachable, sino también hermosa. En esta ocasión consideraremos una traducción del español. Se trata del maravilloso poema “Noche oscura del alma”, escrito en el siglo XVI por uno de los más grandes –podríamos decir sin temor el más grande–de los poetas españoles, de todos los hombres que han usado la lengua española para los fines de la poesía. Estoy hablando, por supuesto, de San Juan de la Cruz. La primera estrofa dice así: 

En una noche oscura,
con ansias en amores inflamada, 
¡oh dichosa ventura!, 
salí sin ser notada
estando ya mi casa sosegada. 

Es una estrofa maravillosa. Pero si consideramos el último verso extraído de su contexto y aislado (seguramente es inadmisible hacer una cosa así), resulta un verso más bien mediocre: “estando ya mi casa sosegada”. Tenemos el sonido siseante de las tres eses de “casa sosegada”. y sosegada no es precisamente una palabra excepcional. No intento menospreciar el texto. Sólo señalo (y muy pronto verán por qué lo hago) que el verso, aislado, extraído de su contexto, es bastante trivial. 

Este poema fue traducido al inglés por Arthur Symons a finales del siglo XIX. La traducción no es buena, pero si quieren examinarla, pueden encontrarla en el Oxford Book of Modern Verse de Yeats. Hace algunos años, un gran poeta escocés y también sudafricano, Roy Campbell, emprendió una traducción de la “Noche oscura del alma”. Me gustaría tener el libro aquí, pero nos limitaremos al verso que acabo de citar, “estando ya mi casa sosegada”, y veremos qué hizo con él Roy Campbell. Lo tradujo así: When all the house was hushed (“cuando toda la casa estaba callada”). Encontramos la palabra “all”, que da sensación de espacio, sensación de inmensidad, al verso. y enseguida la hermosa, la preciosa palabra inglesa hushed. Hushed parece ofrecernos la verdadera música del silencio. 

Añadiré a estos dos ejemplos muy favorables del arte de la traducción un tercero. Éste no lo comentaré, dado que no es el caso de un verso traducido a verso, sino más bien de prosa elevada a verso, a poesía. Tenemos el lugar común latino (tomado de los griegas, por supuesto) Ars longa, vita brevis, o, como creo que deberíamos pronunciarlo, “uita breuis”. (Resulta verdaderamente feo. Volvamos a vita brevis, a Virgilio y no a Uerguilius.) Se trata de una simple afirmación, de una opinión. Es elemental, transparente. Su tono superficial es un acierto. De hecho, es una especie de profecía del telegrama y de la literatura nacida de los telegramas. “El arte es largo, la vida es breve”. Este lugar común ha sido repetido muchísimas veces. Y en el siglo XIV, un grand translateur, un gran traductor –el maestro Geoffrey Chaucer– necesitó esa frase. Evidentemente, no pensaba en la medicina; quizá pensaba en la poesía. Pero quizá (no tengo el texto a mano, así que podemos elegir), quizá pensaba en el amor y quería deslizar esa frase. Escribió: The life so short, the craft so long to learn. (“La vida tan breve, el arte tan largo de aprender”): o, como ustedes habrán imaginado, lo pronunciaría: The Iyf so short, the craft so long to lerne. Aquí no sólo encontramos la afirmación, sino también la verdadera música de la melancolía. Podemos ver cómo el poeta no piensa Únicamente en el difícil arte y en la brevedad de la vida; también lo está sintiendo. Es lo que añade la aparentemente invisible e inaudible palabra clave so. The Iyf so short, the craft so long to lerne.

Volvamos a los dos primeros ejemplos: la famosa “Oda de Brunanburh” y Tennyson, y la “Noche oscura del alma” de San Juan de la Cruz. Si consideramos las dos traducciones que he citado, no son inferiores al original, pero percibimos una diferencia. La diferencia está más allá de las posibilidades del traductor; depende, más bien, de la manera en que leemos poesía. Pues, si recordamos la “Oda de Brunanburh”, sabemos que nace de una profunda emoción. Sabemos que los sajones han sido derrotados muchas veces por los daneses, y cómo los sajones detestaban esa circunstancia. Y hemos de pensar en la alegría que los sajones occidentales sentirían cuando, después de un largo día de lucha –la batalla de Brunanburh, una de las más grandes batallas de la historia medieval de Inglaterra–, derrotaron a Olaf, rey de los vikingos de Dublín, y a los odiados escoceses y galeses. Pensamos en lo que sentirían. En el hombre que escribió la oda. Quizá fuera un monje. Pero la verdad es que, en lugar de dar gracias a Dios (a la manera ortodoxa), agradeció la victoria a la espada de su rey y a la espada del príncipe Edmund. No dice que Dios les concediera la victoria; dice que ellos la obtuvieron “swordda edgiou”, “con el filo de las espadas”. Todo el poema está lleno de una alegría salvaje, despiadada. Se burla de los que han sido derrotados. Es una alegría que hayan sido derrotados. Cuenta cómo el rey y su hermano vuelven a su Wessex, su “West Saxonland”, como Tennyson lo llama (“fueron a su West–Saxonland, satisfechos de la guerra”). Después de eso, se remonta a la historia de Inglaterra; piensa en los hombres que llegaron de Jutlandia, en Hengist y Horsa. Es algo muy raro: no creo que muchos tuvieran tal sentido de la historia en la Edad Media. Así que tenemos que considerar el poema como fruto de una profunda emoción. Tenemos que considerarlo como un alud de gran poesía. 

Cuando nos referimos a la versión de Tennyson, por mucho que la admiremos (y la conocí antes de conocer el original sajón), la consideramos un logrado experimento con el antiguo verso inglés, acometido por un maestro del verso inglés moderno; es decir, el contexto es diferente. Evidentemente, el traductor no tiene la culpa de ello. Sucede lo mismo en el caso de San Juan de la Cruz y Roy Campbell: podemos pensar (supongo que no es inadmisible pensarlo) que when all the house was hushed es verbalmente –desde el punto de vista de la pura literatura superior a “estando ya mi casa sosegada”. Pero eso cuenta poco en lo que se refiere a nuestro juicio sobre las dos piezas, el original español y la traducción inglesa. En el primer caso, pensamos que San Juan de la Cruz alcanzó la experiencia más elevada de la que es capaz el alma de un hombre: la experiencia del éxtasis, el encuentro de un alma humana con el alma de la divinidad, con el alma divina, de Dios. Después de haber tenido esa experiencia inefable, tenía que comunicarla de alguna manera, por medio de metáforas. Entonces encontró a mano el Cantar de los cantares y tomó (muchos místicos lo han hecho) la imagen del amor sexual como imagen de la unión mística entre el hombre y su dios, y escribió el poema. Así, estamos oyendo –estamos oyendo por casualidad, podríamos decir, como en el caso del sajón– las palabras exactas que pronunció San Juan de la Cruz. 

Veamos ahora la traducción de Roy Campbell. Nos parece buena, pero quizá nos inclinemos a pensar: “Sí, está bien el trabajo del escocés, después de todo”. Lo cual es, evidentemente, distinto. Es decir, la diferencia entre una traducción y el original no es una diferencia entre los textos mismos. Supongo que si no supiéramos cuál es el original y cuál la traducción, los podríamos juzgar con imparcialidad. Pero, desgraciadamente, no puede ser así. y, en consecuencia, el trabajo del traductor siempre lo suponemos inferior –o, lo que es peor, lo sentimos inferior– aunque, verbalmente, la traducción pueda ser tan buena como el texto. 

Llegamos ahora a otro problema: el problema de la traducción literal. Cuando hablo de traducción estoy usando una metáfora muy extendida, puesto que si una traducción no puede ser fiel al original palabra por palabra, aun puede ser menos fiel letra por letra. En el siglo XIX, un especialista en griego prácticamente olvidado, Newman, acometió una traducción literal y en hexámetros de Homero. Su propósito era publicar una traducción “en contra” del Homero de Pope. Usaba frases del tipo “húmedas olas”, “mar de oscuro vino” y otras por el estilo. Pero Matthew Arnold tenía sus propias teorías sobre cómo traducir a Homero. Cuando apareció el libro del señor Newman, Arnold lo reseñó. Newman le contestó; Matthew Arnold volvió a contestarle. Podemos leer esa vivísima e inteligentísima discusión en los ensayos de Matthew Arnold. 

Uno y otro tenían mucho que decir sobre los dos aspectos de la cuestión. Newman suponía que la traducción literal era la más fiel. Matthew Arnold empezó con una teoría sobre Homero. Dijo que en Homero habían coincidido diversas cualidades: claridad, nobleza, sencillez, y cosas parecidas. Pensaba que un traductor siempre debería transmitir la impresión de esas cualidades, incluso cuando no las corroborara el texto. Matthew Arnold señaló que una traducción literal conducía a la extravagancia y la zafiedad. 

Por ejemplo, en las lenguas románicas no decimos “Está frío”. Decimos “Hace frío”: Il fait froid, Fa freddo, etcétera. Pero no creo que nadie traduzca fait froid por It makes cold en lugar de It is cold, Otro ejemplo: en inglés decimos Good Morning, y en español decimos “Buenos días” (Good days). Si Good morning se tradujera por “Buena mañana”, nos parecería una traducción literal, pero difícilmente una traducción fiel. 

Matthew Arnold señaló que, cuando traducimos literalmente un texto, se crean falsos énfasis. No sé si tuvo en cuenta la traducción de Las mil y una noches del capitán Burton; quizá le llegó demasiado tarde. Burton traduce Quitab alif laila wa laila por Book of the Thousand Nights and a Night (“Libro de las mil noches y una noche”) en lugar de Book of the Thousand and One Nights. Esa traducción es literal. Es fiel al árabe palabra por palabra. Pero es inexacta en el sentido de que las palabras “libro de las mil noches y una noche” son una forma común en árabe, mientras que a nosotros nos provocan una ligera impresión de sorpresa. Y esto, evidentemente, no lo pretendía el original.

Matthew Arnold aconsejaba al traductor de Homero que tuviera una Biblia al alcance de la mano. Decía que la Biblia en inglés podía ser una especie de modelo para una traducción de Homero. Pero, si Matthew Arnold hubiera estudiado con detenimiento su Biblia, habría advertido que la Biblia inglesa está llena de traducciones literales, que parte de la extraordinaria belleza de la Biblia inglesa radica en esas traducciones literales. 

Por ejemplo, encontramos a tower of strength “una torre de fortaleza”). Ésta es la frase que Lutero tradujo como ein feste Burg, “una poderosa (o firme) plaza fuerte”. Y tenemos the song of songs, “el cantar de los cantares”. He leído en Fray Luis de León que los hebreos no tienen superlativos, así que no podían decir “la mayor canción” o “el mejor cantar”. Dicen “el cantar de los cantares”, como podrían haber dicho “el rey de reyes” en lugar de “el emperador” o “el rey más excelso”; o “la luna de lunas” por “la luna más grande”; o “la noche de las noches” por “la noche más sagrada”. Si comparamos la traducción inglesa “Song of Songs” con la alemana de Lutero, vemos que Lutero, a quien no le preocupaba la belleza, que sólo quería que los alemanes entendieran el texto, tradujo las mismas palabras por das hohe Lied. “el buen cantar”. Descubrimos así que esas dos traducciones literales contribuyen a la belleza. 

De hecho, podría decirse que las traducciones literales no sólo conducen, como señalaba Matthew Arnold, a la zafiedad y la extravagancia, sino también a la novedad y la belleza. Creo que esto lo advertimos todos, puesto que, si examinamos una versión literal de algún poema extravagante, esperamos algo exótico. y si no lo encontramos, nos sentimos defraudados en cierta medida. 

Llegamos ahora a una de las mejores y más famosas traducciones inglesas. Estoy hablando> por supuesto, de la traducción que hizo FitzGerald de los Rubaiyat de Ornar Hayyam. La primera estrofa dice así: 

Awake! For morning in the bowl of night 
Has flung the stone that puts the stars to flight: 
And, lo! the hunter of the East has caught 
The Sultan's turret in a daze oflight. 

(Despertad! Pues la mariana en el cuenco de la noche 
ha echado la piedra que pone las estrellas a volar; 
y, ay, el cazador de Oriente ha capturado
el torreón del Sultán en una confusión de luz.) 

Como sabemos, el libro lo descubrieron en una librería Swinburne y Rossetti. Su belleza les impresionó. No sabían absolutamente nada de Edward FitzGerald, casi desconocido hombre de letras. Había intentado traducir a Calderón y el Coloquio de los pájaros de Farid al–Din Attar; no fueron demasiado buenos esos libros. Y luego apareció su obra famosa, hoy un clásico. 

Rossetti y Swinburne captaron la belleza de la traducción, pero nosotros nos preguntamos si habrían captado esa belleza en el caso de que FitzGerald hubiera presentado los Rubáiyát como un original (en parte era original) más que como una traducción. ¿Habrían considerado que FitzGerald tenía licencia para decir: Awake! For morning in the bowl of night / Has flung the stone that puts the stars to flight? (El segundo verso nos envía a una nota a pie de página, que explica que echar una piedra en un cuenco es la señal para la partida de la caravana.) Y me pregunto si a FitzGerald se le hubiera consentido el “lazo de luz” (noose of light) y el “torreón del Sultán” en un poema suyo. 

Pero creo que podemos demorarnos en un solo verso, un verso que encontramos en una de las restantes estrofas: 

Dreaming when dawns left hand was in the sky 
I heard a voice within the tavern cry: 
“Awake my little ones, and fill the cup 
Before life's liquor in its cup be dry”. 

(En sueños cuando la mano izquierda del alba estaba en el cielo
 oí una voz entre el griterío de la taberna: 
“Despertad, mis pequeños, y llenad la copa 
antes de que el licor de la vida en su copa se seque.) 

Detengámonos en el primer verso: “En sueños cuando la mano izquierda del alba estaba en el cielo”. Evidentemente, la clave de este verso es la palabra “izquierda”. Si se hubiera usado cualquier otro adjetivo, el verso no tendría sentido. Pero “mano izquierda” nos hace pensar en algo extraño, en algo siniestro. Sabemos que la mano derecha se asocia a lo “recto” –en otras palabras, a la rectitud, a lo franco–, pero aquí encontramos la ominosa palabra “izquierda”. Recordemos la frase española “lanzada de modo izquierdo que atraviese e! corazón”: la idea de algo siniestro. Percibimos que hay algo sutilmente torcido, malo, en esa “mano izquierda de! alba”. Si el persa soñaba cuando la mano izquierda del alba estaba en el cielo, instantáneamente su sueño se hubiera convertido en una pesadilla. Y apenas si somos conscientes de ello; no tenemos por qué detenernos en la palabra “izquierda”. Pero la palabra “izquierda” marca toda la diferencia: tan delicado y misterioso es el arte del verso. Aceptamos “En sueños cuando la mano izquierda del alba estaba en el cielo” porque suponemos que lo avala un original persa. Por lo que yo sé, Omar Hayyam no corrobora a FitzGerald. Esto nos plantea un interesante problema: una traducción literal ha creado una belleza propia, sólo suya. 

Siempre me he preguntado sobre el origen de las traducciones literales. Hoy día somos partidarios de esas traducciones; de hecho, muchos de nosotros sólo aceptamos las traducciones literales, porque queremos dar a cada uno lo suyo. Esto les hubiera parecido un crimen a los traductores del pasado, que pensaban en algo de muchísimo más mérito. Querían demostrar que la lengua vernácula estaba tan capacitada para un gran poema como la original. y supongo que don Juan de Jáuregui, cuando traducía a Lucano al español, pensaba lo mismo. No creo que ningún contemporáneo de Pope pensara en Homero y Pope. Supongo que los lectores, los mejores lectores por lo menos, pensarían en el poema mismo. Les interesaban la Iliada y la Odisea, y les traían sin cuidado las fruslerías verbales. Durante toda la Edad Media, la gente no consideraba la traducción en términos de una transposición literal, sino como algo que era recreado: como la labor de un poeta que, habiendo leído una obra, la desarrollaba luego a su ser, según sus fuerzas y las posibilidades hasta entonces conocidas de su lengua. 

¿Cuál fue el origen de las traducciones literales? No creo que surgieran de la erudición; no creo que surgieran del escrúpulo. Creo que tuvieron un origen teológico. Pues, aunque la gente juzgara a Homero el más grande de los poetas, no olvidaba que Homero era humano (quandoque dormitat bonus Homerus), de modo que sus palabras podían ser alteradas. Pero cuando tocó traducir la Biblia se planteó un asunto muy diferente, porque se suponía que la Biblia había sido escrita por el Espíritu Santo. Cuando pensamos en el Espíritu Santo, cuando pensamos en la infinita inteligencia de Dios comprometida en una tarea literaria, no podemos concebir elementos casuales –elementos azarosos–en su obra. No. Si Dios escribe un libro, si Dios condesciende a la literatura, entonces cada palabra, cada letra, como dicen los cabalistas, debe haber sido meditada a do. y podría ser una blasfemia manipular el texto escrito por una inteligencia infinita y eterna. 

Creo, asi que la idea de una traducción literal surge con las traducciones de la Biblia. Es una mera suposición mía (imagino que aquí muchos especialistas que podrían corregirme si me equivoco), pero la considero altamente probable. Cuando ya habían sido acometidas traducciones admirables de la Biblia, los hombres empezaron a descubrir, empezaron a pensar que había belleza en los modos de expresión extranjeros. todo el mundo es partidario de las traducciones literales porque una traducción literal siempre nos produce esas leves sacudidas de asombro que esperamos. De hecho, podría decirse que el original es innecesario. Quizá llegue el momento en que una traducción sea considerada como algo en sí misma. Pensemos en los Sonetos traducidos del portugués de Elizabeth Barrett Browning. 

Alguna vez he ensayado una metáfora más bien audaz, pero me he dado cuenta de que resultaría inaceptable por proceder de mí (yo sólo soy un contemporáneo), así que se la he atribuido a algún remoto persa o a algún escandinavo. Entonces mis amigos han dicho que era admirable; y, por supuesto, nunca les he contado que la había inventado yo, pues le tenía aprecio a la metáfora. Después de todo, los persas o los escandinavos podrían haber inventado esa metáfora, u otras mucho mejores. 

Volvamos, así. a lo que dije al principio: que nunca se juzga verbalmente una traducción. Podría ser juzgada verbalmente, pero nunca lo es. Por ejemplo (y espero que no piensen que estoy diciendo una blasfemia), he estudiado con mucho detenimiento (pero eso fue hace cuarenta arios, y puedo alegar los errores de la juventud) Les Fleurs du mal de Baudelaire y Blumen des Bose de Stefan George. Creo que, evidentemente, Baudelaire es un poeta superior a Stefan George, pero Stefan George fue un artesano mucho más hábil. Creo que si comparáramos ambos libros verso a verso, descubriríamos que la Umdichtung de Stefan George (ésta es una hermosa palabra alemana que no significa un poema traducido de otro, sino un poema urdido a partir de otro; también tenemos “Nachdichtung”, un after–poem, una versión; y “Übersetzung”, una simple traducción), creo que la traducción de Stefan George quizá sea mejor que el libro de Baudelaire. Pero esto, evidentemente, no le vale a Stefan George, pues las personas interesadas en Baudelaire –y a mí Baudelaire me ha interesado mucho– entienden que las palabras proceden de Baudelaire; es decir, piensan en el contexto de la vida entera de Baudelaire. Mientras que en el caso de Stefan George tenemos a un eficiente pero algo pedante poeta del siglo XX que vierte las auténticas palabras de Baudelaire a una lengua extranjera, el alemán. 

He hablado del presente. Digo que nos pesa, que nos abruma nuestro sentido histórico. No podemos estudiar un texto antiguo como lo hicieron los hombres de la Edad Media, el Renacimiento o incluso el siglo XVIII. Hoy nos preocupan las circunstancias; queremos saber exactamente lo que Homero pretendía decir cuando escribió aquello del “mar color de vino” (si color de vino” es la traducción correcta, cosa que no sé). Pero, si nuestra mentalidad es histórica, creo que quizá podamos imaginar que llegará un día en el que los hombres ya no tengan tan presente la historia como nosotros. Llegará un día en el que a los hombres les importen poco los accidentes y las circunstancias de la belleza; les importará la belleza misma. Puede que ni siquiera les interesen los nombres ni las biografías de los poetas. 

Será para bien, si pensamos que existen naciones enteras que piensan de esta manera. Por ejemplo, no creo que en la India la gente tenga sentido histórico. Una de las dificultades de los europeos que escriben o han escrito historias de la filosofía india es que los indios consideran contemporánea toda la filosofía. Es decir, les interesan los problemas mismos, no los hechos biográficos o históricos, los datos cronológicos. Que Fulano fuera maestro de Mengano, que lo que escribiera bajo tal influencia, todas esas cosas son naderías para ellos. Les preocupa el enigma del universo. Imagino que, en un futuro (y espero que ese futuro esté a la vuelta de la esquina), los hombres se preocuparán por la belleza, no por las circunstancias de la belleza. Entonces tendremos traducciones no sólo tan buenas (las tenemos ya) sino tan famosas como el Homero de Chapman, el Rabelais de Urquhart, la Odisea de Pope. Creo que éste es un punto culminante digno de ser deseado con devoción. 

domingo, 11 de diciembre de 2011

Una metáfora de la situación del traductor

El hijo menor del Administrador, de 10 años, juega a God of War 2 en su playstation. De pronto, el Administrador observa que el personaje principal, Kratos –al lado del cual Conan el Bárbaro pasa por intelectual– toma del cabello al otro personaje y lo obliga a leer un texto que tiene una determinada clave que Kratos necesita (ver ilustración). Luego de torturarlo para que le pase esa clave y de obtenerla, Kratos le estrella la cabeza contra el libro hasta que el pobre personaje termina desangrado con el cerebro hecho pulpa contra el piso.

Alarmado por la violencia de la escena, el Administrador le pregunta a su hijo quién es ese desgraciado. A lo cual la inocente criatura responde con toda naturalidad: "Es el Traductor".

En ese momento, el Administrador, lleno de melancolía, interrumpió el diálogo. Huelga cualquier otro comentario. Toda similitud con la situación de los traductores verdaderos, es mera coincidencia.

Nota: Ningún animal fue dañado durante la realización de este videogame. El único lastimado fue el Traductor.

sábado, 10 de diciembre de 2011

La RAE va a terminar vendiendo chorizos: ya la critican hasta en España

Se reproduce a continuación la reseña que el escritor español Márius Serra realizó sobre  El dardo en la Academia, publicada en el diario La Vanguardia, de Barcelona, el 6 de diciembre pasado. Los dos volúmenes de la obra, como ya fue oportunamente señalado, fueron coordinados por Silvia Senz y Montse Aberte

RAE, del verbo raer

Llega a las librerías El dardo en la Academia (Melusina), un doble volumen coordinado por Silvia Senz y Montse Aberte que contiene quince rigurosos trabajos académicos muy críticos con el quehacer de la Real Academia Española de la lengua, fundada en 1713, aprobada por Felipe V en 1714 y descrita como una entidad endogámica, nepotista, machista, elitista, clasista, conservadora, hermética, nacionalista y católica. Los autores que rompen el tabú neoancestral de criticarla son lingüistas españoles e hispanoamericanos. El dardo es una obra imprescindible que no pone en cuestión las legítimas tareas de normalización lingüística que emprende la institución académica, sino la manera como las ha emprendido. Se critican los fundamentos ideológicos y los prejuicios lingüísticos, pero también la metodología y la calidad del trabajo académico, en el que los escritores tienen un papel ornamental. El dardo evidencia la arbitrariedad con que trabaja la RAE y la falta de transparencia que se deriva de su estatus de Real Academia, una entidad científica pública que tiene la prebenda de actuar como si fuese privada. La explotación editorial de sus productos nunca estuvo sujeta a concurso público y su objetivo de fomentar una lengua castellana unitaria y abierta a la hispanofonía se contradice con su persecución de todo aquel que difunde su lengua por la red. Serían capaces de querer cobrar un canon a los crucigramistas que copien la definición de tas, ros o ucase del DRAE. Los títulos de tres de los trabajos dardistas bastarán para entrever su alcance: 1) el ensayo del doctor madrileño Juan Carlos Moreno Cabrera: Unifica, limpia y fija; la RAE y los mitos del nacionalismo lingüístico español; 2) de Silvia Senz: Una, grande y (esencialmente) uniforme. La RAE en la conformación y expansión de la 'lengua común'; y 3) de Susana Rodríguez: Un mundo a su medida. La construcción de la realidad en los últimos diccionarios de la RAE.

Rae es forma del verbo raer (del latín radere). Lo busco en el DRAE y hallo tres acepciones: "1) Raspar una superficie quitando pelos, sustancias adheridas, pintura, etcétera, con un instrumento áspero o cortante. 2) Igualar con el rasero las medidas de áridos, y 3) Extirpar enteramente algo, como un vicio o una mala costumbre". El dardo demuestra que, más allá de la cursilada esa del "limpia, fija y da esplendor", la RAE rae que se las trae. Y no rae una vez sino tres: 1) en su celo raspador de heterodoxias, 2) en su imperial voluntad de unificar la diversidad lingüística, dentro y fuera de la Península, en lengua castellana y en otras que coexisten con ella, haciendo pasar a todo el mundo por el mismo rasero y 3) en su confesa propensión a identificarse con las estirpes extirpadoras. Y es que en castellano RAE no sólo es forma del presente de indicativo. También es imperativo: "rae (tú), raé (vos), raed (vosotros), raigan o rayan (ustedes)". De modo que los señores académicos (y alguna académica excepcional) se ven impelidos a seguir este mandato. Y por eso algunos raspan, igualan y extirpan con gran aplicación y, rayendo, rayendo, pretenden dejar el idioma raído y bien raído.

La vía académica, de matriz francesa, no es la única manera posible de gestionar los cambios evolutivos que experimenta cualquier idioma. En lengua inglesa el modelo de normalización anglosajón se sustenta en una praxis liberal sin organismos oficiales. Un sistema en el que la autoridad se adquiere a través de los méritos de cada cual, y no mediante una letra (mayúscula o minúscula) recibida en raída herencia.

viernes, 9 de diciembre de 2011

Becas francesas para proyectos de traducción

Isabelle Berneron, del Servicio Cultural de la Embajada de Francia, nos hace llegar la siguiente información para becas del Centre National du Livre.

Becas para traductores con proyectos a realizar en Francia

Le Centre National du Livre propose aux traducteurs confirmés des bourses de séjour pour mettre en place un projet de traduction d’ouvrages français. Les bourses peuvent être octroyées pour une durée de un à trois mois (jusqu’à six mois pour les projets exceptionnels).
Les dossiers sont transmis au CNL par les services culturels des ambassades de France. Les dossiers doivent nous parvenir 10 jours avant les dates de limite de dépôt au CNL.

Les dates limites de dépôt des dossiers au CNL étant:
- le 10 janvier pour la session de mars ;
- le 10 avril pour la session de juin ;
- le 25 août pour la session de novembre.

À l’issue de leur séjour en France, les bénéficiaires présentent un compte rendu de leur séjour (personnes rencontrées, recherches effectuées, lieu de séjour, conditions d’accueil…). Quand leur traduction est publiée, ils en adressent un exemplaire au Centre national du livre et veille à ce que son éditeur y fasse figurer la mention : « le traducteur a bénéficié, pour cet ouvrage, du soutien du Centre national du livre ». Ces envois conditionneront le dépôt d’une nouvelle demande au CNL.

En savoir plus

Formulaire ad-hoc: Bourses traducteurs confirmés formulaire 2012 _2_
mot-clé:
 

jueves, 8 de diciembre de 2011

Traducciones increíbles en la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA

El 19 de enero de 1999, Dolores Echevehere publicó en La Nación, de Buenos Aires, la noticia que sigue y que se reproduce por lo extraordinaria que resultan en razón de su objeto: una colección de libros antiguos, raros y en muchas ocasiones inclasificables, que publicó la Facultad de Filosofía y Letras de la U.B.A. Muchos de esos títulos, totalmente disponibles y por monedas, corresponden a textos traducidos. Quien desee ver una lista completa y en detalle de estas maravillas, aparentemente discontinuadas en 2003, no tiene más que buscarla aquí.

Colección de libros raros, olvidados y curiosos 

La Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires (UBA) fundó la "Colección de libros raros, olvidados y curiosos", una saga de títulos elegidos a partir de los tesoros literarios que pueblan los estantes de su biblioteca y de los cuales está haciendo nuevas ediciones.

La idea surgió en 1995 cuando el entonces decano, Luis Yanes, tomó la determinación de mudar la valiosísima biblioteca de 250.000 volúmenes de la Facultad, ubicada en Independencia al 3000, a la actual sede de la casa de estudios, en Puan 480.

La mudanza de los libros permitió volver a clasificarlos y en muchos casos incluso a descubrirlos. De esta manera están logrando vigencia obras importantes de la historiografía y de la literatura de los siglos XVI a XVIII, entre otras.

"Independencia era un lugar solitario, lleno de tesoros, utilizado muy poco por los estudiantes y el público en general", expresó a La Nación el profesor José Emilio Burucúa, director de la colección, luego de comentar que ello ocurría, tal vez, porque la biblioteca no se encontraba dentro de la Facultad.

La colección se inició con la investigación y posterior publicación de Viaje por el Atlántico en el siglo XVI, de Anthony Knivet, que llegó a Río de Janeiro en 1592 como prisionero inglés de la expedición de Thomas Cavendish, cuando éste intentaba repetir su hazaña de circunnavegación al globo terrestre tres años antes.

En su relato describe los apremios que vivió debido al hambre, la gangrena y otras pestes padecidas cuando fue prisionero de guerra en un país apenas civilizado, poblado de caníbales, como lo era Brasil en ese entonces.

El segundo de los títulos editados fue el Tratado de las supersticiones y hechicerías, de fray Martín de Castañega, editado por primera vez en Logroño, en 1529, por petición del obispo de Calahorra, don Alonso de Castilla.

Al encargar un manual de reprobación de supersticiones, el prelado pretendía que su lectura se difundiera entre todo el clero de su diócesis.

La Inglaterra isabelina
Descripción de la Inglaterra isabelina, editada por primera vez en 1577, fue el tercer trabajo que encaró el grupo de trabajo de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA, integrado por profesores, alumnos becados y graduados que van rotando cada vez que se decide editar un título.

Es un trabajo muy famoso que resulta de un informe realizado por intelectuales, historiadores, clérigos, miembros del Parlamento y poetas menores de principios del siglo XVI sobre las sociedades, industrias, comercios, comportamiento de los mercados, entre otros temas sociológicos.

"Es llamativo que en el análisis no aparezca el concepto de Providencia, típico de esa época", expresó el profesor José Emilio Burucúa.

Advirtió, también, la capacidad analítica mantenida en la obra, ya que no se habla de los grandes hombres sino de la gente común, su alimentación y tipo de vida. "Hicieron lo que la ciencia realizó 200 años después", señaló Burucúa.

El teatro cómico italiano
En cuarto lugar, los incansables investigadores de la UBA editaron La Cassaria, de Ludovico Ariosto, la primera obra de teatro cómico italiano.

Propone una trama complicada: un baúl lleno de objetos preciosos es introducido en la casa de un proxeneta como prenda de rescate de dos jóvenes; a partir de allí, un ir y venir de situaciones tragicómicas caracteriza a la obra.

Y, por último, se editó Heptaplus, de Giovanni Pico della Mirandola. Es un comentario dedicado a Lorenzo dei Medici, articulado de manera septiforme -es decir, en siete exposiciones de siete capítulos cada una-, sobre los seis días del Génesis.

"Este filósofo del Renacimiento, que entendía que el saber humano era una empresa colectiva y acumulativa, con Heptaplus realizó una descripción, una cronología y una teoría del conocimiento con una coherencia que permite reunir a Homero con los padres de la Iglesia", explicó Burucúa, quien propone participar por medio de la lectura de esta exquisita colección de libros raros, olvidados y curiosos.

Iniciativa
"La investigación literaria que los profesores, graduados y alumnos realizan para editar la "Colección de libros raros, olvidados y curiosos" es un buen ejemplo que destaca el nivel académico de la Universidad de Buenos Aires. No dejemos que esta iniciativa se diluya por falta de presupuesto", señaló José Emilio Burucúa. .