lunes, 11 de agosto de 2014

Inéditos de Virginia Woolf en castellano, que acaban de ser publicados

Miguel Ángel Martínez-Cabeza acaba de traducir y publicar los ensayos incluidos en Atardecer en Sussex y otros escritos, que reúne trabajos inéditos en castellano de Virginia Woolf. Publicados por Abada Editores, de España, el 6 de agosto pasado, Juan Carlos Talavera dio cuenta de la obra en Excelsior, de México, y conversó con el traductor. 


La faceta más íntima y compacta de Virginia Woolf

CIUDAD DE MÉXICO, 6 de agosto.- Traducen y publican, por primera vez al español, 15 artículos y ensayos de la narradora inglesa Virginia Woolf (1882-1941) en el libro Atardecer en Sussex y otros escritos, donde aborda temas como la pintura y algunos viajes por España y Estados Unidos.

El volumen, publicado por Abada Editores, recién llega a México y, en entrevista con Excélsior, el traductor Miguel Ángel Martínez-Cabeza explica que éste ofrece un recorrido por la faceta más íntima de la narradora y ensayista, en la que se pueden apreciar los ejercicios de escritura más compacta que Woolf realizó a lo largo de su vida.

Atardecer en Sussex y otros escritos incluye 15 textos más, que habían permanecido dispersos, en los que Woolf escribe sobre música y sus viajes por Europa. “Aunque lo más importante es cómo Virginia Woolf mantiene su esencia como narradora y muestra la capacidad que tiene para trascender el momento; y es posible apreciar cómo la autora se aleja de la perspectiva académica para acercarse más al lector”, explica.

Vía telefónica desde España, el traductor considera que se debe resaltar que en estos textos existe una visión literaria, pero no evocadora de la autora, pues ella misma criticaba esa especie de “viajera sentimental”, pues aseguraba que es muy fácil tomar un elemento del paisaje, darle vueltas y hacerlo atractivo al lector. “Lo cierto es que ella no se detuvo a hacer eso”.

Sobre la idea de cómo nació este libro, Martínez-Cabeza comenta que el objetivo era compilar los 15 inéditos en español y reunirlos con otros 15 textos ya publicados, pero muy difíciles de encontrar, para así reunir esos otros temas de Woolf, como la pintura, la música y los lugares.

De los inéditos destaca “Prefacio a Pinturas recientes de Vanessa Bell”, quien era su hermana, “Exposición conmemorativa de Roger Fry”, “Norteamérica”, donde nunca ha estado, “El momento: una noche de verano” (póstumo); y otros que podrían ser ubicados entre los mejores que escribió, como “La Royal Academy”, “Dibujos y retratos”, “Extranjeros en Londres”, “El château y la vida en el campo”, “La casa de Lyme” y “Reflexiones de una puesta de Sol”.

Lo cierto es que a lo largo de esta compilación de escritos, que se ubican entre 1904 y 1947, se mantiene la esencia literaria de la escritora, “al mostrar un elemento común muy marcado: su posición cercana frente al lector. Recordemos que ella no tuvo formación universitaria, aunque no hizo otra cosa en su vida que leer y escribir”.

Así que la autora inglesa adoptó una perspectiva poco académica y esa idea la llevó a sus escritos sobre música y pintura. Y ella, que escribió con tanta fuerza, sensibilidad y con esa vena literaria, recrea en estos escritos imágenes muy interesantes, como en la Royal Academy, donde inventa una escena de teatro en la que participan los personajes de las pinturas, explica.

Una de las curiosidades del volumen es el pequeño artículo “A España”, donde se ve claramente que era muy poco viajera, pues sólo le gustaba montarse en tren por Inglaterra y pasear en la costa de Cornwall, donde vivió de niña. Entonces, al llegar a España… lo pasó fatal, desde su llegada en barco a Lisboa y el terrible viaje en tren, añade.

Otro elemento interesante en estos escritos de Woolf, señala Miguel Ángel Martínez, es que enfatiza lo que ella no quiere hacer en su escritura, y lo que no quiere era hacer ensayos de viaje donde utilizara el modelo que utilizaba Henry James, quien era amigo de la familia. Incluso hay otro texto, La viajera sentimental, donde Woolf dice que es muy fácil tomar un elemento del paisaje, darle vuelta y hacerlo atractivo al lector.

Así que éste es un volumen muy variado, que al mismo tiempo tiene ese elemento común, y esa visión de la viajera a quien no le gustaba hablar del viaje, indica. No olvides que Woolf fue una viajera con muy poca simpatía por el tema. Pero al mismo tiempo fue capaz de abordarlo con esa faceta literaria y totalmente contundente que se percibe en toda su literatura, agrega.

Otro texto muy evocador es el que da nombre al volumen “Atardecer en Sussex”..., donde se puede apreciar el  desdoblamiento que ella hace de sí misma. “Así que ella viaja en el coche y al mismo tiempo sucede un diálogo entre tres Virginia Woolf, donde aparece ella, ella misma y la otra Virginia, con esa visión de la perspectiva del que observa, asegura.

Es interesante que ese texto dé título al volumen. Primero por lo inglés y luego porque no crea una expectativa, que desde mi punto de vista sería confusa, el de presentar a la Virginia viajera, concluye.


EXTRANJEROS EN LONDRES
(Fragmento del ensayo que habla sobre los distintos  tipos de viajeros)

Todo aquel que escribe algo, por poco que sea, escribe un diario de impresiones cuando viaja al extranjero. La escena es tan nueva, tan original, y está dispuesta con tanto encanto, como a propósito para ser contemplada y puesta por escrito, que los dedos se curvan alrededor de una pluma imaginaria y los labios pronuncian las palabras instintivamente. Sería agradable pensar que esta costumbre no es del todo banal; y la buena disposición con que leemos las impresiones sobre nosotros escritas por extranjeros da buenos motivos para la esperanza. No hace falta ser profundo,  comparar situaciones ni predecir el futuro para resultar interesante; todo lo que se requiere de uno es que mire de verdad y que describa tan cuidadosamente como sea posible. El don está casi obsoleto entre los nacionales de una edad respetable por la misma razón que raras veces encontramos a alguien de mediana edad capaz de describir la forma del cubo del carbón. Oxford Street, Kensington Gardens, Piccadilly —los meros nombres de estos lugares provocan tantos ecos, su vista se confunde tanto con una multitud de otras vistas, que un londinense que se sentara a describirlos podría terminar con un ensayo sobre el gobierno de los partidos o una disertación sobre la inmortalidad del alma—. Las impresiones de Huard y Rutari constituyen una lectura excelente porque tienen cierto distanciamiento; vemos nuestra superficie como si fuera en un espejo improvisado, y sin embargo la imagen refleja los colores de una serie de idiosincracias individuales y nacionales que la llenan en otro sentido de sugerencias para nosotros. La base de la representación es la misma en ambos casos. Todos los viajeros profieren exclamaciones por la extensión de Londres, su bullicio, sus multitudes, sus contradicciones. Al escucharlos uno podría pensar que París es un pueblecito pulcro o Berlín un centro de cultura provincial, como Leeds. Todos recorren sus calles perplejos y entusiasmados ante los incontables tipos de personas que fluyen a raudales por los estrechos canales, siempre en movimiento, siempre cambiantes y creando un alboroto continuado. Todos se maravillan con la destreza de los chicos de los periódicos y con la majestuosidad de los policías. Visitan la City, la Torre, Greenwich y se muestran sensibles, como sólo pueden hacer los extranjeros, a los encarcelamientos y ejecuciones que tuvieron lugar allí. «Êtes-vous bien sûr», le preguntó Huard al guardia de la Torre, «qu’aucun fantôme n’erre ici la nuit, traînant ses chaînes et murmurant ses plaintes?». «Completamente seguro, señor», le contestó el buen hombre; y la mayoría estaríamos de acuerdo con él. Citan los ensayos de Lamb que han leído y los  artículos del Spectator, recuerdan lo que el doctor Johnson decía sobre Charing Cross, e imaginan cuántos personajes distinguidos han caminado por donde pasamos ahora.


viernes, 8 de agosto de 2014

Transformar un encargo en proposición activa

“En este artículo se analiza una de las competencias fundamentales que tradicionalmente ha quedado excluida de las destrezas que se esperan de un buen traductor literario: la capacidad de convertirse en agente de su propio conocimiento de la cultura de la lengua extranjera desde la que traduce aún sorprende a muchos egresados de la titulación de Traducción e Interpretación, e incluso a algunos traductores. El cambio del papel pasivo al activo del traductor literario reside en el conocimiento del mercado editorial y de la propia literatura”. Así dice la bajada de la nota que nuestra querida Yolanda Morató publicó en La linterna del traductor (http://www.lalinternadeltraductor.org/n4/traductor-literario.html)

A vueltas con el traductor literario:
una reflexión sobre sus competencias

En la lengua inglesa la palabra agency tiene un doble significado. Por una parte, hace referencia a la consabida acepción que designa, como el término en español, una oficina, despacho o sucursal de una empresa en la que se gestionan asuntos del interés de unos determinados clientes. En una acepción formal del término, el inglés reconoce que hacer algo «by/through the agency of», de manera literal, por medio de la agencia de alguien o de algo, implica la intervención de una persona o cosa —el agente propiamente dicho— que tiene capacidad de obrar y causar efecto en el resultado. Dicho esto, la expresión inglesa bien puede aplicarse a la labor que desarrollan algunos traductores literarios cuando quieren introducir, y por tanto publicar, cierta obra de un autor en un país en el que se hable la lengua hacia la que traducen.

Esta agencia1 del traductor literario ha tenido lugar a lo largo de los siglos, cuando la figura del editor no estaba tan perfilada como en nuestros tiempos o simplemente no contaba con más competencias que las de sufragar y organizar la publicación en sí. Existen, por supuesto, casos singulares, como la edición de los poemas de Garcilaso de la Vega realizada en 1580 por Fernando de Herrera, que constituye una edición crítica y filológica —con determinados desaciertos—, o la diferencia general entre las competencias del editor anglosajón y las de nuestros editores españoles, entre los que también podríamos señalar notables excepciones que no son pertinentes aquí.

La labor del traductor literario como descubridor, introductor y divulgador de autores no es, por tanto, nada nuevo, como tampoco lo es la confluencia de escritor y traductor en una misma persona. Recuérdese uno de los fragmentos de La novela de un literato, en la que Rafael Cansinos Assens reflexiona sobre el papel del traductor literario. Unos amigos del autor, Pepe y Manolo Molano (protagonistas de su novela póstuma Bohemia), le recomienden la traducción como vía de subsistencia que emplean muchos escritores; una realidad contraria, podría decirse, a la que vivimos hoy:

¿Por qué no traducía como Viriato y González-Blanco y tantos otros? Ahí tenía a Rafael Urbano y a Luis Terán, que se ganaban de ese modo la vida y además se hacían un nombre. ¡hasta Unamuno traducía para la España moderna!...
Yo torcía el gesto. eso de traducir, de verter al propio idioma los pensamientos ajenos, era algo secundario, servil. yo quería expresar los míos.
—Pero por algo hay que empezar. vea usted, Valle-Inclán mismo ha traducido  La Reliquia de Eça de Queiroz [.] una buena traducción tiene su mérito. los traductores —agregaba Manolo— han hecho un gran papel en la historia literaria2.

Bien es cierto que en el campo de la traducción literaria —al que por alguna razón muchos siguen llamando «no especializada» a pesar de que el lenguaje de la ficción es siempre, por fuerza, artificial y por tanto de lo más especializado— conviven aún varios clichés promovidos por el sector más conservador, o quizás sería más correcto decir por el más ajeno a la práctica de la traducción de textos literarios. El traductor de poesía debe ser poeta es de los peores estereotipos que se siguen propagando como un virus invisible. Me imagino a un poeta al que se le resistan los sonetos, o a otro a quien no le salga un endecasílabo que no resulte artificioso. Sería como poner a un saltador de trampolín a hacer saltos de obstáculos. Porque son todos saltos, ¿no es así? Igual de absurdas resultan esas afirmaciones que definen a la poesía como un todo o, aún peor, a la Literatura como un compartimento estanco.

Acabar con la imagen del traductor como el otro
Tradicionalmente hemos trazado una línea divisoria entre el original y su reproducción o, en términos foucaultianos, entre lo mismo y lo extraño. El traductor se convierte así, desde la óptica propia del poder, en el traidor del original, aquel que, en palabras de Cansinos Assens, «vierte al propio idioma los pensamientos ajenos». Como contrapartida, la Ley de Propiedad Intelectual (lpi) y sus posteriores refundiciones han garantizado un papel cada vez mayor en nuestro país a la figura del traductor, que ya es, desde hace décadas, autor. No obstante, al papel del traductor como lector —noción fundamental en los escritos de Gadamer— y de autor, hay que añadirle un creciente protagonismo de su función como agente.

La situación histórico-política de nuestro país posibilita ahora, además, que los traductores de estos últimos treinta años se conviertan en redescubridores de textos e imágenes culturales: por un lado, actualizan la labor que otros traductores llevaron a cabo hace más de medio siglo; por otro, rescatan fragmentos —que en ocasiones alcanzan páginas y páginas— que fueron suprimidos por las prácticas políticas de la censura y el empleo de la moral como excusa para eliminarlos. Mediante estas operaciones de rescate, los traductores no solo ponen a nuestra disposición nuevos textos o textos actualizados, sino que permiten reflexionar sobre antiguos conflictos existentes entre prácticas estéticas y políticas. El Archivo General de la Administración de Alcalá de Henares atesora una cantidad ingente de material (los expedientes de censura literaria no tienen desperdicio) que permite reconstruir un mapa negado a la cultura de aquellos años. La traducción se convierte, por tanto, en la mayor posibilidad de acción y recuperación. Por eso, tanto los críticos literarios como los lectores deben exigir una actualización de las traducciones. No es fácil —las situaciones ideales siempre encierran tintes de utopía—, pero el traductor debe ir despojándose de la imagen de traidor, del otro, en definitiva, del culpable. Que existen malas traducciones en el mercado es una excusa muy gastada: también hay malas operaciones y malas construcciones, y nadie culpa a la Medicina y a la Arquitectura de traicionar sistemáticamente al ser humano. Tampoco debe olvidarse que una traducción que suene rara no es solo culpa del traductor sino también del revisor y, sobre todo, del editor. Si nadie compra hoy un coche con carrocería del siglo xxi y motor del xix. ¿Por qué sigue sucediendo con los libros?

¿Por dónde empezar?
En numerosos seminarios dedicados al gremio, los traductores intercambiamos información sobre cómo empezamos en nuestra profesión: algunos, por accidente, traduciendo algunos poemas en casa; otros, por insatisfacción, intentando mejorar algo que al leerlo no nos complació demasiado. Hay profesores, egresados de distintas Filologías, traductores con titulación pero con pocas horas de práctica literaria —al menos, si se comparan con el resto de las asignaturas en la carrera—, filósofos y gente que simplemente se puso manos a la obra, porque en la familia se hablaba la lengua de partida, o porque necesitaba ganar unas monedas.

No es de extrañar, por tanto, que muchos estudiantes —y algunos traductores afortunados— se muestren hoy sorprendidos ante la agencia del traductor literario que quiere hacer valer sus competencias sin mediación de la agencia tradicional. Si en muchos casos el escritor se ha puesto en contacto directo con el editor, ¿por qué no habría de hacerlo el traductor, si además es, por ley, también autor? No son pocos los estudiantes de las titulaciones de Traducción e Interpretación de nuestro país que se quedan estupefactos cuando, al contarles que deben contactar con los editores, ser ellos quienes den el primer paso, no comprenden una realidad que en el sector se llama, con cortesía, envíos no solicitados.

Las razones que justifican la ruptura de esta barrera invisible son muy claras y responden a lo que denomino la paradoja del sindicato soviético: para que te dieran trabajo tenías que estar afiliado al sindicato pero no te podías afiliar si no tenías trabajo; en otras palabras: es difícil encargarle una traducción literaria a alguien que no tiene nada publicado, pero es difícil publicar algo si no se está ya iniciado en este mundo.

Otra de las sorpresas en torno a la traducción literaria es el lugar que ocupa en los planes de estudio. En un artículo sobre las expectativas del cuerpo estudiantil, Arrés y Calvo observan que «los estudiantes de Traducción e Interpretación consideran, casi en exclusiva, el perfil literario o audiovisual (por afinidad con sus intereses o porque se trata de un perfil con mayor reconocimiento social)» dado que son perfiles profesionales «gancho» que se anuncian en las páginas web de las universidades españolas3. Si se analiza la estructura de las titulaciones españolas, se comprueba que, con la formación adquirida durante los años de licenciatura o grado, resulta improbable que los estudiantes obtengan la formación necesaria para ser traductores de obras literarias. Una gran mayoría de estos estudiantes afirman, además, que tienen una visión negativa o muy negativa del mercado de la traducción literaria, debida, principalmente, a lo que interpretan como un difícil acceso al mercado laboral y la escasa remuneración económica que esta labor conlleva si se compara con otras especialidades4.

El significado del no y qué no hacer
Los traductores literarios se encuentran hoy ante una doble realidad: por una parte, debido a la crisis, se han retirado gran parte de las subvenciones a las editoriales que servían, en palabras de editor, para «sufragar» las traducciones; por otro, el abaratamiento de costes de producción ha hecho que surjan nuevas editoriales, empresas pequeñas que no por ello descuidan la calidad, el trato al traductor y los resultados que se observan en las grandes firmas. Prueba de ello es que el Premio Nacional de Edición de 2008 se le otorgó al grupo Contexto, constituido por siete pequeñas editoriales entre las que están Libros del Asteroide, Global Rhythm e Impedimenta. Este tipo de sellos representan una nueva oportunidad para el traductor literario que no tiene acceso a las grandes editoriales, pero que cuenta con proyectos de traducción que pueden resultarles interesantes a los sellos independientes.

En los últimos meses han surgido diversos debates en torno a la aparición de un importante número de pequeñas editoriales. La agente literaria Carmen Balcells sembró algo de polémica cuando las comparó con las setas: «Ahora es la temporada. Brotan miles de ellas alegremente, por todos lados. Ahora hay que ver cuáles de ellas son transgénicas y cuáles no». A este comentario tan citado añadió Ignacio Echevarría su símil, por el que los pequeños sellos «vienen a ocuparse de la casquería de la industria», por más que se definan como lugares exquisitos; aunque también destacó Echevarría la habilidad de las microeditoriales para convertirse en «radares de lo que está por venir. posibilitando pequeños circuitos que se ajustan a la configuración cada vez más reticular de la nueva cultura»5.

Merece la pena, desde luego, probar suerte con distintas editoriales si conocemos una obra que nos parece «necesaria» entre la literatura publicada en español. Dice Antonio Rivero Taravillo, I Premio Andaluz de Traducción, que «un no suele suponer un sí perfeccionado», y no le falta razón. A cualquier tipo de negativa que recibamos le suele acompañar a menudo una posterior reflexión sobre qué puede haber fallado. Sin embargo, a pesar de que toda reflexión a posteriori siempre aportará algo interesante, conviene no descuidar precisamente todo lo contrario, los inicios. Conviene preparar un capítulo impoluto, o al menos, un texto cuidado en todas sus dimensiones, y que haya recibido varias revisiones por parte de, al menos, dos personas.

Recomiendo también el consejo de otro colega, el traductor Andrés Sánchez Pascual, Premio Nacional de Traducción y filósofo, que en una ocasión me dijo que no existen los problemas sin solución, sino los problemas mal planteados. Por eso, en no pocas ocasiones, que obtengamos un no quizás tenga más que ver con los planteamientos iniciales que con lo que aportamos en sí. Aunque parezca mentira, hay traductores que, cuando mandan su capítulo de prueba, pierden de vista el catálogo de las editoriales y quiénes las dirigen. Como sucede con el arte de regalar, lo que a uno le gusta no coincide necesariamente con los gustos de la persona a la que va dirigido el regalo. Cómo proceder queda, desde luego, a juicio de quien compra el regalo pero, por pura generosidad, siempre será mejor analizar los gustos del regalado. Dicho esto, entre el numeroso grupo de editoriales con el que contamos en España, habrá siempre catálogos donde nuestra traducción simplemente no encaje. Para ello, jamás deben perderse de vista ni las novedades editoriales ni los fondos de las editoriales a las que queramos dirigirnos.

El número, que podría llegar a ser el doble de acuerdo con los más de tres mil agentes editoriales privados, es impresionante, pero donde mejor se aprecia es en el hermoso «Mapa de metro editorial 2010», donde aparecen tantas paradas con nombres familiares que resulta fácil tomar conciencia del número de opciones y posibilidades que, como traductores, tenemos ante nosotros. Hay que armarse de paciencia —tampoco se trata de abusar del optimismo—, saber seleccionar y aprender de las líneas editoriales que nos resulten más interesantes.

¿Quedan obras literarias sin traducir? ¿Cómo ponerse manos a la obra?
En un país como España, donde los traductores se han dejado la piel y los ojos para poder subsistir (no hay que olvidar que para vivir de la traducción es necesario traducir muchas, muchas obras) parecería que el panorama literario guarda ya pocas sorpresas para el editor. Nada más lejos de la realidad. Como decía en un comienzo, el traductor es un agente literario y, como tal, debe estar preparado, no solo ya para «descubrir» nuevas obras sino para ejecutar toda una operación de marketing mediante la cual el editor se muestre de acuerdo con nosotros acerca de la necesidad de publicar la obra que le ofrecemos.

Existen hoy páginas interesantísimas con recursos para el traductor literario. Una de ellas es «Books of the Century», un análisis de la literatura publicada en lengua inglesa durante todo el siglo xx, año por año, realizado por Daniel Immerwahr, estudiante de doctorado en Historia en la Universidad de California (Berkeley). Immerwahr enumera los libros más vendidos durante todo el siglo xx, además de incluir una lista de obras que han recibido una importante atención por parte de la crítica de los países anglosajones. Ignoro la existencia de este tipo de recursos de información literaria en otras lenguas, pero el conocimiento de la cultura de la lengua desde la que se traduce es la mejor consejera sobre dónde y cómo averiguar qué autores son fundamentales, aunque hayan pasado desapercibidos en nuestro país.

Tampoco es recomendable perder de vista a los demás en el sentido más amplio. Tras las charlas y comunicaciones en los seminarios dedicados a la traducción, resulta frecuente encontrarse con estudiantes y con personas que ya se han licenciado, todo hay que decirlo, que han leído una obra y, por las razones que sean —desde la puntuación hasta el léxico pasando por las erratas—, consideran que el texto merece una segunda traducción. Quizás lleven razón; todos sabemos que todo texto es siempre, si no mejorable, ampliamente transformable en otro que parecerá más adecuando en el momento en que lo leemos. Pero los que trabajamos en esto sabemos que las traducciones suelen tener una vida media de cuarenta o cincuenta años (no solo en su vigencia lingüística sino en el propio mercado), y conviene recordar a quienes se inicien que cazar erratas e incongruencias de ediciones recientes puede resultar un pasatiempo curioso, pero con ello no rellenarán más que horas de conversación o las páginas de algún artículo. Es incuestionable que la reflexión sobre los éxitos y fracasos de un texto traducido nos ayuda a entender mejor los procedimientos que se emplean en un proceso tan complejo como la traducción. No obstante, no debe olvidarse que siempre es más fácil criticar un texto que escribirlo o que traducirlo.

Otro error frecuente consiste en tomarse las cosas a la tremenda: ponerse manos a la obra para contactar con un editor no significa traducir la obra entera. He conocido a quienes han emprendido una hazaña de estas características. Creo que con algunos poemas o un capítulo fundamental para la obra es más que suficiente. No importa cuánto tiempo se tenga entre las manos: la derrota que supone ver el texto que uno ha estado traduciendo publicado por otro es tremenda. Tampoco hay creerse Colón ni Américo Vespucio, por decirlo con algo de humor. Las editoriales suelen encargarles las obras de escritores conocidos a sus traductores de confianza, para eso sirve la experiencia. A quienes empiecen, con creerse que van en alguna carabela es más que suficiente, para eso sirven los entusiasmos del principiante: hay más tiempo para leer, para formarse —y por qué no, para equivocarse—, para jugar a ser descubridor sin haber visto tierra aún.

A las competencias que tradicionalmente se le han atribuido al traductor literario o de libros debemos añadir otra: la capacidad potencial de transformar el tradicional encargo en proposición activa. Así podremos beneficiarnos no solo de las distintas habilidades y destrezas que hemos aprendido de los maestros durante años, sino también del inmenso regalo que supone ver materializada una apuesta personal a la que llega tras el fascinante camino del autoaprendizaje. 

1 A partir de aquí, emplearé la palabra en cursiva, por hacer referencia a la segunda acepción inglesa del término y no al significado que el término posee en español.
2 Tomo 1, p. 159. Cansinos Assens se cansa, sin embargo, de las traducciones, que acaba recibiendo en forma de incesantes encargos de distintos editores. En el segundo tomo de sus memorias se lamenta: «un escritor no debería saber lenguas, ni francés, para que los editores ‘generosos’ no pudieran ofrecerle esta clase de compensaciones» (p. 294), un sentimiento de desencanto que reside en la visión que tiene de cada uno de estos ‘oficios’: «Uno no piensa que la literatura sea una cosa práctica ni un medio de vida. Para eso está el periodismo y la traducción» (p. 291). Véase La novela de un literato (Madrid: Alianza, 1982, tomo 1; Alianza, 1985, tomo 2; y Alianza, 1995, tomo 3).
3 Eugenia Arrés López y Elisa Calvo Encinas. «¿Por qué se estudia traducción e interpretación en España? Expectativas y retos de los futuros estudiantes de Traducción e Interpretación», en Entreculturas, nº 1, 2009, pp. 618; 623.
4 «La traducción literaria en los planes de estudio españoles. Percepciones y creencias de los nuevos estudiantes». Con la incorporación del grado, estoy trabajando en estos momentos en una nueva recogida de datos relacionada con las impresiones sobre la traducción literaria en el alumnado de los nuevos planes universitarios.»
5 Ignacio Echevarría, «Dj editores», El Cultural, 11 de junio de 2010, p. 35.


jueves, 7 de agosto de 2014

"Vivimos una época incierta y desdibujada"

Ismael Attrache ha publicado la siguiente columna en El Trujamán deñ 30 de julio pasado. Vale la pena reproducirla.


Leer traducciones

Con frecuencia he comentado con varios colegas la perplejidad que me causan ciertas declaraciones de algunos traductores, que, cuando se les pregunta, aseguran que no suelen leer traducciones, que prefieren recurrir al original, especialmente cuando el texto está escrito en la lengua en que ellos trabajan. Más frecuente es todavía que los lectores de a pie (por llamarlos de alguna manera) lamenten verse obligados a recurrir a una traducción, cosa que, según ellos, les priva del sabor original, de la pureza, de la integridad de una obra que, por lo que se deduce de sus palabras, se ha visto corrompida, casi pisoteada.

Cuando empecé a traducir profesionalmente, hace quince años, también me obsesionaba esta idea de la integridad del texto original, esa noción, no sé si platónica o romántica, de que en algún lugar existía una obra incólume a la que yo debía aspirar. Esa idea, ahora mismo, casi me parecería ingenua si pudiera obviar la tensión innecesaria que causa a quien la alberga. Creo que también subyace en ella no sólo un cierto esnobismo, sino también una cierta tentación de trascendencia, de convertir nuestro oficio en una especie de coyunda sublime con las musas, en un pretexto para darse importancia, para adquirir un prestigio social que nos haga acreedores de la admiración de los demás. Motivos muy comprensibles, por otro lado, para entregarse a una profesión, pero que acaban entorpeciendo su desarrollo. 

Página traducida tras página traducida, se fue erosionando en mí esa idea de lo original, de lo intocable y de lo sublime; mi manera de ejercer la profesión fue saliendo del panteón de las cosas inmutables y grandiosas para irse situando, o más bien internando, en un terreno mucho más problemático pero también más interesante y más ambiguo: el de una exploración nunca concluida, el de una investigación a la que no se puede poner el punto final (nunca mejor dicho), sino cuya puntuación, por razonada y coherente que sea, siempre puede volver a revisarse. O discutirse.

Vuelvo a manifestar el asombro que me causa que un traductor, un lector, se vanaglorie de no leer traducciones. Porque al estudiar la obra de otros colegas, no sólo percibimos nuestras propias limitaciones y descubrimos soluciones nuevas a problemas que quizá habíamos dado por resueltos de un modo demasiado precipitado, sino que estamos haciendo otra cosa que tiene mucho que ver con todo lo que es literatura y lenguaje: estamos poniendo a prueba nuestro mundo interior, ése que hemos ido construyendo y amarrando a base de palabras; es decir, nos estamos abriendo a otras versiones, a las palabras del otro, a la deconstrucción de nuestros prejuicios y, quizá, al desarrollo de otras construcciones mentales nuevas y también perecederas. ¿Cuántos traductores, al consultarle una duda al autor al que traducen, han descubierto que éste no tenía la menor idea de por qué había puesto determinada palabra en cierto lugar? ¿Significa esto que existe un original inmutable? ¿Significa esto que sería más conveniente optar por lo ideal o por una incertidumbre consciente y razonada?

Creo que estas cuestiones reflejan posturas ideológicamente contrapuestas, por decirlo de algún modo, del ejercicio de la traducción y de la lectura. Quien prefiere leer únicamente lo que considera original se aferra a la seguridad ficticia de lo definitivo. Quien contempla el ejercicio de la lectura, de esa hiperlectura que es la traducción, como un proceso siempre inacabado en el que las voces de los demás desempeñan un papel crucial, en el que aportan un oxígeno imprescindible para que ese proceso siga teniendo sentido, se mudan a un lugar que resulta mucho más confuso pero también estimulante. Vivimos una época incierta y desdibujada en la que, con una frecuencia que de forma preocupante es cada vez mayor, unos y otros se lanzan con cierta desesperación a las seguridades de lo absoluto, a las fauces de eso que suele llamarse populismo. De forma modesta, página a página, quizá leer traducciones y enfrentarnos a las diversas construcciones de lo real pueda servir, en parte, para contener esa marea sucia.


miércoles, 6 de agosto de 2014

Ni Buster Keaton ni los Hermanos Marx: José Salas Subirat, por Lucas Petersen

Con el título "Salas Subirat: primer traductor del Ulises de James Joyce al castellano", Lucas Petersen dio ayer una charla francamente desopilante en el Club de Traductores Literarios de Buenos Aires. Se refirió en ella a los orígenes de Salas Subirat, su paso por el grupo de Boedo, sus aventuras como vendedor de seguros, sus muchas teorizaciones sobre los seguros, las incursiones en los libros de autoayuda y, claro, la traducción de Joyce, con muchos vericuetos en el medio que planteó como piezas sueltas de un fantástico rompecabezas que incluye a Héctor Pedro Blomberg, César Tiempo, el editor Santiago Rueda y el cantante de boleros Mario Clavel.

Licenciado en Ciencias de la Comunicación, Lucas Petersen es periodista cultural especializado en música e historia de la cultura, trabajó en varias emisoras radiales y colaboró, entre otras publicaciones, con la revista Ñ. Es docente de Historia en el Instituto Universitario Nacional de Arte (IUNA). Obtuvo una beca del Fondo Nacional de las Artes para investigar la vida de José Salas Subirat, primer traductor Ulises de James Joyce al castellano.

Hasta que se suba el video a youtube, puede vérselo aquí: http://www.ustream.tv/recorded/50989073

martes, 5 de agosto de 2014

Dos calzoncillos largos marca Hering

Lectura y charla con Ariel Magnus a propósito de la traducción al alemán de su libro La abuela, que cuenta la dramática historia (y a la vez un desopilante viaje en el presente) de una inmigrante alemana sobreviviente de Auschwitz desde la mirada tierna y humorística del mayor de sus nietos. En alemán, el libro se publicó con el título Zwei lange Unterhosen der Marke Hering (Dos calzoncillos largos marca Hering).

Lectura breve en castellano y alemán.
Charla en castellano con el autor. 

Participan Ariel Magnus y Silvie Rundel (Die Zeit). Lee en alemán: Andrea Bélafi. Modera: Carla Imbrogno.

Jueves 7 de agosto a las 19 h
Biblioteca del Goethe-Institut: Av. Corrientes 343.
Entrada libre y gratuita.

Un libro de memorias “muy poco convencional” de una sobreviviente del Holocausto. Así se refirió el Jüdische Zeitung a La abuela, el libro de Ariel Magnus que Kiepenheuer & Witsch publicó en Alemania traducido por Silke Kleemann. La crítica alemana en general no escatimó elogios, pero ésta en particular resalta el espíritu del autor, que a modo de prólogo advierte: “Existe una vasta literatura de y sobre los sobrevivientes de los campos de exterminio nazis. Este libro no deriva de esa literatura ni tiene la intención de acrecentarla. La idea que lo rige no es la de reflexionar sobre el Holocausto ni la de contar para los anales la historia de una sobreviviente más. Su tema es una abuela y su nieto, en este caso mi abuela (que sobrevivió Auschwitz) y yo (que a veces reflexiono sobre asuntos que ignoro)”.

En su libro, Magnus reproduce en castellano –y dejando colarse expresiones en alemán y portugués– un reportaje en el que la abuela le cuenta caóticamente cómo siguió de manera voluntaria a su madre ciega a los campos de Theresienstadt y Auschwitz, para ser liberada de milagro en Bergen-Belsen y recalar vía Suecia en Porto Alegre, donde residió hasta su fallecimiento en 2013. La particularidad de esta crónica ha significado un desafío en materia de traducción a una lengua meta que está presente cultural-, histórica- y literalmente en el original mismo. En el libro en castellano de Magnus, las partes en las que habla la abuela son traducciones (del autor) del alemán y del portugués al castellano. La versión alemana del libro exigió volver a las fuentes: los casetes con las desordenadas grabaciones. El cambio de título fue una decisión editorial y retoma la imagen de un regalo incansable de la abuela a su nieto: una y otra vez, dos calzoncillos largos de la marca brasileño-alemana Hering.

Sobre la forma del relato, el escritor advierte que retratar a su abuela “no es solo contar su historia, sino ante todo reproducir su forma de contarla. Por eso los capítulos testimoniales reproducen con la mayor fidelidad posible su forma de hablar y de organizar o más bien de desorganizar la información. Aunque su discurso resulta algo confuso al principio, solo así se logra transmitir la voz de la abuela con la vitalidad que de alguna manera la salvó de una muerte segura”.


Pero no solo del pasado habla el libro. Ariel Magnus explica lo que lo mueve a hablar también del presente de una persona de la que se supone que solo interesa su pasado: “en primer lugar, la intuición literaria de que mi abuela es un personaje notable, y en segundo, la corazonada periodística de que la curiosa relación que todavía mantiene con el país de sus verdugos dice mucho de ese horrible pasado que ella preferiría olvidar y yo aquí busco reconstruir”.

lunes, 4 de agosto de 2014

Witold Gombrowicz recordado en Buenos Aires



 Mientras la Biblioteca Nacional de Argentina prepara para el próximo jueves un encuentro alrededor de la figura del escritor polaco, en el que participarán más de sesenta críticos, psicoanalistas, dramaturgos, historiadores, sociólogos y periodistas, Pablo Gasparini, autor de El exilio procaz: Gombrowicz por la Argentina, publicó ayer la siguiente columna en el diario Página 12.

La lengua rejuvenecida

En Buenos Aires, Gombrowicz escribe en polaco y traduce al español y al francés. Es una apuesta triple que apunta a su patria, al territorio local de su exilio y a la república mundial de las letras. Se trata de una apuesta que se da en una dimensión bastante diferente a la de la publicación de sus primeros textos en Polonia, con tirajes pagados por su padre o, a medias, de su propio bolsillo. Imaginar cómo hubiera sido esta trayectoria literaria si no hubiera ocurrido la guerra es un atrevimiento ético o un ejercicio de ciencia ficción histórico-política. Lo cierto es que Gombrowicz se internacionaliza desde Argentina; un espacio que si bien le resultó hostil en sus círculos consagrados lo introdujo, por otro lado, a la tan latinoamericana experiencia de lo babélico, a la certeza de no poseer un único Nombre o Padre, a la falta de soberanía de un significado estable desde donde constituirse. Así, el polaco geba, por tomar un término clave, es también gueule y facha y aun, como se lo sugiere Manuel Gálvez en una carta, escracho.

Creo que éste es el punto donde su biografía pampeana, tan rica en datos y anécdotas sobre los percances materiales –Gombrowicz durmiendo en el piso de la sala de un amigo durante meses, almorzando en el funeral de un desconocido, cambiando de pensión por falta de pago– se encuentra con la condición de su propia lengua: la de la sobrevivencia. Traducir del Polaco al polaco, hacerlo sobrevivir, implica, tal como Benjamin lo insinúa en relación con la genealogía entre original y traducción, el desafío de la sobrevida, “que no merecería este nombre si ella propia no fuese mutación y renovación” o, podríamos decir nosotros, si ella misma, la sobrevida, no fuese rejuvenecimiento, ese devenir del que Gombrowicz confiesa sentirse afectado durante su exilio sudamericano. Escribir en polaco a extramuros de su sacra Comunidad implica, de hecho, reinventarse y reinventar esa lengua desde el resbaloso territorio donde los significados, espectralmente liberados de su pasado, ganan en movilidad lo que pierden en consenso. Hay en ese ofrecimiento a los otros con que Gombrowicz se entrega a la traducción –a la sociedad de voces del café Rex– el reconocimiento de una pérdida. Nunca, en estas traducciones, se trata de honrar y heredar el túmulo de la lengua polaca, más bien se trata de una actividad lúdica, festiva, donde la lengua, regada a Bols, es colaborativo pasaje de sentidos posibles.

Y si, por seguir con la célebre Facha, pensamos que este concepto además de sus semas de apariencia, convoca la velada manera en que un “indudable” macho argentino puede referirse, sin aparentes suspicacias, a la belleza o pinta de otro “indudable macho argentino”, podríamos arriesgar que es la subterránea fuerza sexual del lenguaje la que impulsa aquella (algo histriónica) desafiliación desacralizadora por la que la lengua de Gombrowicz logra rejuvenecerse y rejuvenecerlo. Otro furtivo lugar donde escritura y cuerpo, se dicen y se tocan.


viernes, 1 de agosto de 2014

¡Muy buenas noticias: ahora estamos en youtube!

Como es sabido por todos quienes frecuentan este blog, el Club de Traductores Literarios de Buenos Aires se reúne físicamente una vez por mes en algunas de las dos sedes actuales del Centro Cultural de España. Las actividades que allí transcurren se graban y, hasta ahora, podían consultarse en la columna de la derecha de este blog, bajo la rúbrica "Reunión del Club de Traductores".

Ahora bien, a lo largo de estos seis años,  gracias a los buenos oficios del CCEBA, se utilizaba el espacio de ustream tv que la institución rentaba para difundir sus actividades y, entre ellas, las nuestras. Sin embargo, como los lectores habrán comprobado, las actividades permanecían disponibles por un lapso de unos tres meses y luego salían del stream. 

Para solucionar ese problema y hacer que las reuniones que realizamos, el CCEBA queden disponibles para todo el mundo y por tiempo indeterminado, se ha dispuesto subir todo ese material (¡sí, los seis años de reuniones!) a youtube, poniendo así on line todo lo que llevamos hecho para un público incluso más amplio.

De ese modo, los interesados podrán recurrir, de ahora en más, a este canal exclusivo: https://www.youtube.com/channel/UCHcdbt4-3M3d1uZl_p0tOYg