lunes, 11 de febrero de 2019

El gobierno iletrado de Buenos Aires removió a los libreros del Parque Rivadavia para abrir una calle


La noticia fue publicada por todos los diarios argentinos el pasado 10 de enero y permite entender cómo el actual Gobierno de la Ciudad, en sintonía con el actual gobierno del país, realiza todo tipo de negocios invocando la calidad de vida de los ciudadanos, pero a estos no los escucha, a pesar del maquillaje republicano. Así, según señala la bajada de la nota publicada por Nicolás Romero en el diario Página 12, “el gobierno porteño empezó el traslado de los puestos de libros del Parque Rivadavia para abrir la continuación de la calle Beauchef. Los libreros fueron forzados a un acuerdo. Desde la escuela lindante cuestionan no haber sido consultados”.

Menos plaza, más asfalto

A pesar de la oposición de las asociaciones de vecinos de la comuna Caballito y de los libreros de la feria del Parque Rivadavia, el gobierno porteño avanzó con la apertura de la calle Beauchef entre Rosario y avenida Rivadavia, que atravesará el parque que funciona como pulmón verde de la comuna 6. Al desprolijo operativo de desmantelamiento y traslado de los puesteros se sumó el reclamo de la comunidad educativa del Normal N°4 y el Liceo N°2, que comparten un edificio adyacente a la obra, porque no fue consultada sobre la nueva vía vehicular que pasará frente al sector de salida de los estudiantes.

La obra para abrir la calle, habilitada por el nuevo Código Urbanístico aprobado en diciembre, comenzó el jueves pasado, cuando operarios municipales empezaron a remover árboles en el corredor donde desde hace años funciona la feria de libros. El lunes avanzaron con el traslado de los puestos de libros a la vereda sobre la avenida Rivadavia. En ese sector funcionarán mientras duren los trabajos de apertura de la calle, que recortará 600 metros cuadrados al parque para “mejorar la accesibilidad”, según sostuvo el Ministerio de Ambiente y Espacio Público a cargo de la obra. Una vez finalizada la nueva calle, los puesteros volverían al lugar original. Ese es el forzado acuerdo al que llegaron los cien libreros con las autoridades durante las rondas de diálogo que mantuvieron, y que Fabián Torres, uno de los delegados de los libreros de la feria del parque, espera que se respete.

Fue bastante desprolijo porque iban a empezar con los puestos del lado de Rivadavia y al segundo día movieron a los que estaban sobre Rosario. Hubo gente que se quedó a dormir en la feria porque no nos dieron tiempo.” “Las obras van a durar unos seis meses. El problema ahora es que no tenemos suministro eléctrico. Y la gente de Ferias y Mercados nos dice que no vamos a tener luz durante todo ese tiempo. Hablamos con dos comuneros para ver si podemos lograr que nos conecten algún medidor de los que se utilizan para las ferias o cuando se hacen eventos dentro del parque. Pero, paradójicamente, Fernanda Moro, de Cambiemos, nos dijo que eso lo tiene que resolver Espacio Público, que es el ministerio encargado de la obra, que ya nos cortó la luz. Y la necesitamos porque a las seis de la tarde dentro de los puestos no se ve nada y, además, el gobierno exige que tengamos posnets, y no todos tienen un inalámbrico”, contó el delegado que hace 29 años trabaja en la feria.

“La verdad, es una tristeza absoluta. Venimos peleando hace mucho tiempo porque no está bueno que se pierda espacio público para abrir una calle. Fuimos a la Legislatura, hablamos en la Comisión de Patrimonio y juntamos más de cinco mil firmas en solo dos meses, y la calle la terminan abriendo por un pedido que hace el ministro de Ambiente, (Eduardo) Macchiavelli, tras una encuesta online en la que votaron 111 vecinos pidiendo la apertura.” 

“Caballito tiene un metro y medio de espacio verde por habitante y la Organización Mundial de la Salud recomienda 15 metros. Y por otra parte,  objetivamente, no va a servir. Beauchef termina en la calle Rosario, después tenés el trayecto del parque hasta Rivadavia. Cruzás y empieza Ambrosetti que a los 400 metros se hace contramano. Es decir, trasladás el problema cuatro cuadras. Encima, donde se hace contramano y se va a complicar el tránsito está el plan de emergencia del Hospital Durand que tiene todo sincronizado para el ingreso a guardia.”

Por otra parte, hacia la nueva calle tiene la salida el edificio que alberga el Normal 4 y el Liceo 2.

La presidenta de la cooperadora del Normal 4, Carla Martínez, dijo a este diario que “nunca nos comunicaron nada. El viernes pasado vino Edesur y cortó la luz a los puestos y el lunes empezaron a trasladarlos para abrir la calle que llaman de ‘convivencia’ donde los autos deberían circular a un máximo de 20 kilómetros. Pero a nosotros como institución nadie nos informó, y la escuela es perjudicada. El ingreso es por Rosario, pero la salida es por el parque. Y estamos hablando de una comunidad educativa muy grande. La escuela tiene cinco niveles: jardín de infantes, con sala de 2 a 5, primario, secundario y terciario. Por eso estamos viendo la posibilidad de presentar un amparo”.

viernes, 8 de febrero de 2019

¡Panhispanismo los cojones!


Una noticia sin firma, publicada en el diario Clarín, del 10 de enero pasado, da cuenta de una medida tomada por la plataforma Netflix para la proyección de la película Roma en España, y rápidamente abandonada, dado el rechazo de la comunidad internacional. “En la versión del sitio de streaming –dice la bajada–, la película hablada en español de México se veía en su versión adaptada al español de España. Eso había enojado a su director, que considera ‘innecesaria y ofensiva’ la transcripción”. No es la primera vez que esto ocurre en la historia. Por caso, cuando Ken Loach estrenó su película Riff Raff, hablada en inglés por obreros de la construcción, con múltiples acentos procedentes de distintos grupos étnicos, en los Estados Unidos se proyectó subtitulada “al inglés”.  

Netflix cambia los subtítulos 
de Roma en su plataforma

Netflix ya cambió los subtítulos en español para la película Roma, de Alfonso Cuarón, tras la polémica surgida por la diferencia entre las partes habladas con expresiones del español de México y los rótulos "adaptados" al español de España, una cuestión que había enojado al propio director, que consideraba "muy ofensiva para el público" esta transcripción. "El color, la empatía funciona sin los subtítulos. Me parece muy, muy ridículo. A mi me encanta ver, como mexicano, el cine de Almodóvar y yo no necesito subtítulos al mexicano para entender a Almodóvar", había dicho Cuarón.

Ahora, sin embargo, los usuarios de la plataforma que accedan a la película desde este jueves podrán ver la correspondencia entre las partes habladas por los actores y los subtítulos. La película también incluye subtítulos para las conversaciones en mixteco, una lengua indígena.

Otra de las críticas que habían abonado la polémica provino del académico de la RAE Pedro Álvarez de Miranda, quien consideraba "sorprendentes e innecesarios" los subtítulos en español para los cines de Madrid, que además suponían "una pérdida de tiempo y dinero" para los responsables de la distribución de la película. 

"No se trata tampoco de poner el grito en el cielo en estos casos, porque no es para tanto, pero sí que alguien tendría que decir a los distribuidores que en cierto modo están perdiendo el tiempo y el dinero subtitulando una cosa que ya estamos entendiendo y que podría ser chocante fuera de España, en otros países hispanohablantes", señalaba en declaraciones recientes Álvarez de Miranda. "Simplemente recordar que no es necesario, nunca lo ha sido, y desde luego la asociación de academias insistimos en que es un gran beneficio mutuo la unidad de la lengua española, por encima de la diversidad".

Finalmente, el asunto se resolvió en favor de la voluntad de Cuarón y quienes habían apoyado su postura. Y sienta un precedente a futuro: no hace falta traducir el castellano -aun con los localismos propios de una región o país- a otra forma del castellano.  

Roma recibió el León de Oro en el Festival Internacional de Cine de Venecia en 2018 y es la aspirante mexicana a los Óscar en la categoría de mejor película en lengua extranjera. El domingo pasado logró dos Globos de Oro como mejor película de lengua extranjera y por mejor dirección.


jueves, 7 de febrero de 2019

"¿Por qué conservamos los libros que ya leímos?"


En sintonía con Hinde Pomeraniec, pero por otras razones, Guillermo Piro (foto) también reflexiona sobre lo que propone Marie Kondo, o como se llame esa ignorante que dobla toallas. Lo hace en su columna del diario Perfil, del 13 de enero pasado.

La acumulación como factor de riesgo

En Esperando a Godard, de Michel Vianey, hay una escena memorable. Vianey persigue a Jean-Luc Godard y al elenco de Masculino-Femenino (estamos en 1965) a Suecia, y en el viaje en tren, mientras todos duermen o charlan, Godard lee. Lee Crimen y castigo, de Dostoievski. Llegado un momento, Godard llega al final del libro, entonces, satisfecho, lo cierra y pregunta en voz alta: “¿Alguien quiere leer Crimen y castigo?”. Y como nadie responde, él se pone de pie, abre la ventana del tren, lanza la novela lejos y vuelve a tomar asiento, como si nada hubiera sucedido.

Siempre intenté emular esa relación con los libros, una relación hecha de usufructo y egoísmo, esa idea un poco espartana de que a los libros debemos quitarles todo y no darles nada a cambio, tan acostumbrado estoy a hacer lo contrario, dándoles más de lo que recibo. Es una relación despareja, que recuerda un poco al reloj del que habla Cortázar en el preámbulo de “Instrucciones para dar cuerda a un reloj”: “Cuando te regalan un reloj te regalan un pequeño infierno florido, una cadena de rosas, un calabozo de aire. No te dan solamente el reloj, te regalan la necesidad de darle cuerda todos los días, te regalan la obsesión de atender a la hora exacta en las vitrinas de las joyerías, en el anuncio por la radio, en el servicio telefónico. Te regalan el miedo de perderlo, de que te lo roben, de que se te caiga al suelo y se rompa. No te regalan un reloj, tú eres el regalado, a ti te ofrecen para el cumpleaños del reloj”. Creo que en general nos comportamos como si fuésemos los regalados, como si los libros fueran nuestros amos.

¿Por qué conservamos los libros que ya leímos? Por manía coleccionística, tal vez, o quizá porque abrigamos la secreta esperanza de que alguna vez, algún día, sintamos necesidad de volver a leerlos y nos tranquiliza saber que allí estarán, esperando. Es ridículo. Sobre todo cuando, en mi caso, creo que solo releí en mi vida pocos libros: El nombre de la rosa, de Eco; Fragmentos de un diario en los Alpes, de Aira; Los novios, de Manzoni, Los siete pilares de la sabiduría, de T. E. Lawrence, la Divina Comedia, de Dante; La luna de los asesinos, de Richard Stark; Socorro, estoy prisionero, de Donald Westlake; el Quijote... y no muchos más. De modo que mi biblioteca podría consistir tranquilamente en esos ocho libros.

Un amigo que trabaja en una biblioteca pública estuvo en casa el otro día e hizo una estimación a vuelo de pájaro. Dice que tengo ocho mil libros. ¿Por qué tengo ocho mil libros si solo releí ocho?

Marie Kondo no tiene razón. La japonesa maniática del orden opina que deberíamos deshacernos de toda nuestra biblioteca y conservar solamente treinta libros. Son demasiados. Con diez alcanza y sobra. Cuenta el escritor Ruggero Guarini en el prólogo a La sinagoga de los iconoclastas, de J.R. Wilcock, que el argentino poseía además de “una casita sencilla, con pocos muebles y escasos cacharros”, un estante de libros. ¿Cuántos libros significa eso? ¿Quince? ¿Diez? Sabemos que Wilcock amaba a Wittgenstein, de modo que sin duda contaba al menos con las Observaciones filosóficas y con el Tractatus logico-philosophicus. ¿Cuáles serían los otros?

Acumular libros como si fueran zapatos, al igual que el consumo de harinas, es resultado del sedentarismo. El hombre paleolítico, nómade, no leía ni consumía harinas. Y se movía por la vida con aceitada agilidad y gozando de buena salud. Acumular libros es uno de los principales factores de riesgo en el desarrollo de muchas enfermedades crónicas, como la diabetes y la hipertensión arterial.

miércoles, 6 de febrero de 2019

"Una sensación exactamente en las antípodas de la satisfacción que puede provocar el espacio libre"


La periodista y escritora Hinde Pomeraniec (foto) es la directora del suplemento Cultura InfoBAE. En la bajada de la nota que publicó en ese medio el pasado 9 de enero, se lee: “En la serie A ordenar con Marie Kondo, la bestseller y nueva gurú del orden en la casa asegura que hay que desprenderse de los libros con los mismos métodos que usamos para deshacernos del resto de los objetos que ya no nos hacen felices. El problema es que los grandes lectores no van tras los libros solo para ser felices. Y algo más: para ellos, la satisfacción no es vaciar espacios sino tener cada vez más estantes colmados de mundos posibles”.

En defensa del “tsundoku”:
Marie Kondo no tiene razón

Hola, amigos, mi nombre es Hinde y soy lectora compulsiva. No creo ser víctima de una enfermedad sino de un comportamiento, una forma de vida que a lo largo de los años me dio momentos de intensa alegría y de tristeza imborrable, de placer y conocimientos extraordinarios y también otros de inquietud, desdicha y malestar que sin embargo hicieron de mí quien soy.

Soy lo que soy por los libros y soy mucho más que mi propia vida gracias los libros, que son, como decía Umberto Eco, la inmortalidad hacia atrás. Y resulta que ahora, en su manía insaciable por ponerle orden al mundo –en estas últimas semanas, desde Netflix– la experta japonesa Marie Kondo dice que hay que desprenderse de ellos cuando ya no tienen que ver con nuestra felicidad: que hay que decirles adiós igual que como debemos hacerlo con un vestido de quince o una bufanda apolillada del abuelo. Con todo respeto: ¿de qué habla esta mujer? Solo alguien que no es lector puede pensar que desprenderse de libros es una tarea equiparable a la de deshacerse de tarros de cocina con leyendas corroídas por el tiempo o de cajitas inútiles que hace rato no guardan nada. Querida Marie: me temo que no sos una lectora.

Nací en una casa en la que había bibliotecas y libros. No eran libros heredados de las familia de mis padres, inmigrantes judíos de Europa del Este con modesta impronta cultural: eran libros que mi padre –lector curioso y de intereses múltiples– compraba semana a semana durante la década del 60, un tiempo en el que Argentina todavía era el faro de las traducciones y las ediciones latinoamericanas y en un país en el que había editores que se ponían a la cabeza de la promoción de la lectura.

La mayoría de los libros con los que crecí y con los que en muchos casos seguí estudiando eran títulos editados en las diferentes colecciones del Centro Editor de América Latina, que dirigía Boris Spivacow. (Gracias, Boris, sería sin dudas buen título para un libro de memorias, si alguna vez emprendo algo así). Muchos de esos libros –chiquitos, destartalados y con letra imposible para la presbicia de hoy– aún me acompañan, sé dónde ubicarlos, reconozco sus lomos breves y el diseño de sus cubiertas: me llaman todavía. 

Durante la adolescencia compré y me regalaron mis primeros libros propios y ya en la universidad seguí comprando como novedades o en librerías de viejo aquellos títulos que iban a marcarme para siempre desde la licenciatura en Letras que, en definitiva, es una suerte de profesionalización de la figura del lector. Muchos años después tuve también la fortuna de producir libros: escribí los míos, edité los de otros y siempre seguí leyendo. Cada tanto regalo o dono libros, pero las cuentas indican que siempre son más los libros que entran que los que salen, es regla.

Soy lectora desde que aprendí a leer con los carteles de la calle o los titulares de los diarios; leo de día y de noche y adquirí el don de adivinar el perfil de las personas a través de sus bibliotecas, que recorro en diagonal en cuanto entro a una casa, en una práctica de “cata de lomos” desarrollada a través de los años. Soy de las que lee en el transporte público, aviones o salas de espera; pertenezco a la raza de personas que siempre tienen lectura en papel o electrónica a la mano para matizar esperas y también a esa otra raza de curiosos malsanos que, mientras leen su propio libro, pispean por encima lo que lee el de al lado, tomando nota mentalmente si se trata de un objeto de interés. Leo al derecho y al revés todo lo que está a mi alcance. Sucumbo ante las vidrieras, mucho más si son extranjeras y con materiales que desconozco. Recibo libros por mi trabajo pero compro libros porque me gusta hacerlo. Leo siempre, todo el tiempo. A veces creo que leo, incluso, cuando duermo.

En mi casa hay bibliotecas en varias habitaciones –no soy la única lectora, muchos de los libros por las manos de varios de los miembros de mi familia, a veces durante una misma temporada– y no alcanzan los espacios, por lo que hay libros apilados no solo al lado de mi cama sino también en los rincones más insólitos. Estoy convencida de que si mi hogar todavía no implosionó es porque en los últimos años muchos títulos los leo en su versión electrónica y es que, en el caso de los libros más nuevos, lo que me interesa es llegar a esa historia o a ese ensayo de la manera más rápida y cómoda posible. No tengo necesariamente vínculo afectivo con todos los libros, esto también es algo que se crea, se construye. Un libro es un objeto pero es también un manantial de contenido y no solo de recuerdos.

No me alcanzan los libros, nunca alcanzan, los lectores somos cazadores insaciables. Tengo pilas de libros clasificados según urgencias profesionales o intereses personales; tengo también la pila destinada al ocio y las vacaciones. Me desespera no tener tiempo para leer todo lo que me interesa y al mismo tiempo sigo sumando pendientes. No es solo fetichismo –no tendría nada de malo que lo fuera–, es una ansiedad lectora que apenas logró atenuarse en los últimos años, cuando decidí que el tiempo que tengo por delante es muchísimo menos que el que ya viví y por eso decidí no leer nunca más ni siquiera por obligación profesional nada que no me provoque curiosidad o interés genuinos. No hace mucho supe que esta especie de síndrome de devoción por los libros y por la lectura tiene un nombre en japonés. La palabra es tsundoku y define la bibliomanía o práctica de acumulación de lecturas, que uno podría extender a la necesidad de tener más y más libros porque sí, por placer, aunque sepamos que jamás, ni en siete vidas, podremos terminar de leerlos.

Todavía no había terminado de asumir como propia la manía llamada tsundoku en japonés cuando Marie Kondo decidió llevar su magia japonesa del orden a los libros. En uno de los capítulos de la serie, Marie y su intérprete llegan con su método KonMari a la casa de una pareja de escritores que necesitan desesperadamente acomodar sus objetos y su espíritu. A la hora de los libros, Marie les asegura en su clásico tono zen que hay que despedirse de los libros que ya no tienen que ver con nosotros, que hay que decirles gracias y adiós porque ya no tendrán un lugar en nuestro futuro y que hay que pensar que “los libros son un reflejo de nuestros pensamientos y nuestros valores”. Ay, no. No. No es así, Marie.

En primer lugar, parece extraño tener que aclarar que uno no lee solo por identificación: leer es ir en busca de mundos posibles, enamorarse de personajes que sentimos cercanos pero es también vivir intensamente la vida de otros personajes que están en el lado contrario de la vida en donde estamos parados, tanto en materia de ideas como de conducta. Si siguiéramos la idea de que “los libros son un reflejo de nuestros pensamientos y nuestros valores”, nadie podría leer novelas policiales o de terror, sería imposible leer biografías de asesinos en masa o historias de incestos y solo leeríamos ensayos que hablan de lo que pensamos y no de lo que está pensando el mundo o de las ideas con las que, a través de los siglos, se gestó el pensamiento de la civilización.

Por todo esto y tanto más, se complejiza aplicar a los libros la teoría de Kondo de quedarnos solo con aquello que tiene que ver con nuestro presente o con lo que nos hace felices. O pensar que si hace años conservamos ejemplares de libros que nunca leímos es porque en realidad no los necesitamos. Y es que los libros no nos atraen por una necesidad ni son solo la memoria de un momento feliz sino que son, además, la posibilidad latente de un fulgor que aguarda ahí, a la espera. Tenemos más y buscamos más porque no hay satisfacción posible.

No es un tema de métricas, ni de identificación o valores; no se trata de la pura dicha o el regocijo de la tarea realizada. El célebre lema de Marie Kondo “conserva solo lo que te haga feliz y despréndete de lo demás” puede ser un buen criterio para aplicar en objetivos elementales como hacer espacio en un armario o en un mueble de cocina o cuando llega el momento duro de desprenderse de recuerdos que pesan al punto de no permitirnos avanzar luego de un duelo de cualquier tipo.

Te juro, Marie, que para un lector no hay nada más maravilloso que una librería colmada de ejemplares o una habitación con estantes llenos de promesas: como ves, una sensación exactamente en las antípodas de la satisfacción que puede provocar el espacio libre y despejado de otra clase de objetos. Y es que los libros no tienen nada que ver ni con la eficiencia, ni con el feng shui ni con los tips ingeniosos: la buena literatura no tiene propósitos y la biblioteca de un lector no es un mueble más sino una personal hoja de ruta, un singular mapa de su vida construido a través de sus gustos en el tiempo.

martes, 5 de febrero de 2019

Una observación más bien inculta y exagerada


El 7 de enero pasado, un periodista anónimo de Clarín glosó de manera más bien pedorra una nota francamente pedorra de la revista National Geographic, donde se habla de la librería Ateneo Grand Splendid, de Buenos Aires, como la más linda del mundo. Y es posible que el edificio sea notable, pero, de ahí a imaginar que “lindo” es sinónimo de “bueno” hay un abismo que ni siquiera la filosofía griega clásica puede salvar. De hecho, se trata de la nave insignia de la cadena de más de 40 librerías Yenny-El Ateneo, propiedad del Grupo Ihlsa. que, a través de las marcas Yenny, El Ateneo, Tematika.com y Editorial El Ateneo se constituye como el operador líder en de venta de libros de la Argentina (al menos así se publicitan a sí mismos). Su característica fundamental –igualmente compartida por las liberías Cúspide, del Grupo Clarín– es dedicarse a la venta de libros recientes, y prácticamente nunca apostar a la construcción de un catálogo. Para ello, cuentan con vendedores de buena presencia que, en razón de su incultura, se ven obligados a recurrir a las computadoras para saber de qué libros les hablan los clientes.

El Ateneo Grand Splendid
señalada como la librería más linda del mundo

“Ésta es la librería más linda del mundo”, dice el título que publica la famosa revista National Geographic. Y abunda: “La iluminación es suave, con acentos que muestran lo mejor de la artesanía de principios del siglo XX. Las conversaciones son silenciosas, como en una gran biblioteca; sin embargo el espacio es tan cálido y acogedor que el café, en la parte de atrás de la sala cavernosa, está lleno de clientes que leen y beben capuchinos y submarinos de chocolate. Usted ha entrado a la librería Ateneo Grand Splendid”.

Situada en Santa Fe y Callao la librería, dice el artículo “frecuentemente es citada en los blogs como la más linda del mundo”. Y, agrega, Brian Clark Howard, el redactor, “pueden no estar equivocados”.

El artículo del National Geographic cuenta que el edificio fue inaugurado en 1919 como teatro. Por allí pasaron cantantes como Roberto Firpo (que le dedicó un tango) y hasta Carlos Gardel.

Allí, también, se hacen innumerables presentaciones de libros. La visitaron Rosa Montero y José Saramago entre muchos otros escritores.

“El café –sueña el redactor– está ubicado en lo que fue el escenario, así que uno puede imaginar su nombre escrito en neón mientras se sumerge en la pastelería”.

El National Geographic aconseja a los viajeros visitar el lugar y señala “los magníficos frescos en el techo y el estilo latino”. La cúpula fue realizada por Nazareno Orlandi en 1919, como una celebración de la paz, tras la Primera Guerra mundial. El frente tiene una marquesina de estilo griego con cariátides que sostienen los balcones de granito gris, hombres agobiados por el peso.

Fue sede de Radio Splendid y de la discográfica El Nacional Odeón a partir 1926. Salvo el período 1964-1973, cuando volvió a ser teatro, se convirtió en uno de los cines más importantes de la ciudad y, tal vez, el más bello. Lleno de historias y mística, logró resistir varias crisis pero no pudo competir con las grandes cadenas y cerró en 2000, con futuro incierto. Pero sólo unos meses más la cadena El Ateneo decidió instalar allí la librería más grande de América latina: 2.000 metros cuadrados.

La librería abrió, como tal, en diciembre de 2000. Para transformar el antiguo teatro (y cine) hubo que nivelar el suelo y restaurar la cúpula. Los numerosos palcos fueron usados para instalar salitas de lectura con sillones y mesas. El agregado moderno fueron dos escaleras mecánicas hacia el subsuelo.

Allí donde antes se ubicaban los camarines se ubicó el sector de literatura infantil. 

Es lugar para café, para turismo, para presentaciones y encuentros. Y para encontrarse con unos doscientos cincuenta mil libros, todos juntos. Y darse una panzada.

lunes, 4 de febrero de 2019

Voces contra el CILE: protesta que oír se deja


“El CILE, que se realizará en marzo en Córdoba, se presenta como una ‘fiesta de la lengua’ a la que asistirá la monarquía española, y un grupo de trabajadores de la cultura lo toma como una afrenta en el panorama económico actual, sin nada que festejar.” Así dice la bajada de la nota publicada por Silvina Friera, en Página 12, el pasado 3 de enero.

“Es una afrenta que agrega hipocresía”

El que nomina, domina”, afirma el editor cordobés Alejo Carbonell, citando una certera definición del sociólogo francés Pierre Bourdieu, con la intención manifiesta de iniciar un gran debate nacional y cuestionar la realización del VIII Congreso Internacional de la Lengua Española (CILE), que se realizará en la ciudad de Córdoba del 27 al 30 de marzo. Los reyes de España y el presidente Mauricio Macri inaugurarán el CILE en el teatro Libertador. Los trabajadores de la cultura, editores, escritores, traductores, docentes, libreros, advierten “que dada la brutal situación económica a la que el actual gobierno está sometiendo al pueblo argentino en general y al sector editorial en particular –con pérdida de muchos puestos de trabajo, y con editoriales, imprentas y librerías en situación de crisis terminal–, la realización de este congreso, con todas sus pompas, es una afrenta que agrega hipocresía a este hostigamiento económico y social”. La solicitada, que cada vez suma más adherentes, ha sido firmada por los escritores Gabo Ferro, Palo Pandolfo, Laura Devetach, Pablo Ramos, Washington Cucurto, Graciela Bialet, Ricardo Romero, Elena Anníbali, Mariano Quirós, Silvio Mattoni, Damián Ríos, Mariano Blatt, Leticia Obeid, Ariel Bermani, Laura Wittner, Alejandra Correa y Julieta Mortati, entre otros narradores y poetas, además de editores como Víctor Malumián (Godot), Guido Indij (Interzona), Francisco Garamona (Mansalva), Maximiliano Masuelli (Iván Rosado) y la librera Débora Yanover.

Los firmantes de la solicitada impulsada por Carbonell, editor de Caballo Negro, agregan “que la realización del congreso pretende reconfirmar el carácter hegemónico del español peninsular en esta zona del mundo, es decir, afirmar esa versión del español como idioma central para los gobiernos y para el poder. Que el congreso viene a asfaltarle el camino al empresariado español –a facilitarle las comunicaciones para sus negocios–, y a reflotar alguna corriente de simpatía que le permita seguir avanzando por sobre cualquiera de las variantes lingüísticas espontáneas que favorecen y representan nuestra propia riqueza, hasta que no quede ni un rastro de las lenguas originarias o minoritarias en el ámbito público”. El editor de Caballo Negro –que ha publicado los cuentos completos de Daniel Moyano, Mi música es para esta gente; y la poesía completa de Glaude Baldovin, Mi signo es fuego, entre otros títulos– explica a PáginaI12 por qué es una afrenta la realización del CILE. “Desde que esta gente está en el gobierno no hubo una sola medida que favorezca al sector editorial. Por el contrario, la crisis del libro está llevando a cerrar librerías, pero también a que se fundan imprentas, a que haya muchas pequeñas editoriales a un cachetazo de cerrar y muchos puestos de trabajo menos. Todos los informes, todas las declaraciones, dan cuenta de que el libro está para atrás. Y eso solo por hablar de la industria editorial, pero podemos enumerar hasta el infinito y más allá. Entonces, en este marco, que se realice alegremente un Congreso de la Lengua, con la presencia de la monarquía española, con tips como ‘fiesta de la lengua’, es una provocación. No tenemos nada que festejar”.

Carbonell subraya que para la norma hispanoparlante hay un idioma que es “el español bien hablando, es decir el de ellos, y el resto, hacemos lo que podemos”. “Esto, que por momentos parece ser un condimento simpático, de color, resulta ser una condena. Cuando decimos ‘reconfirmar’, nos referimos a que el español peninsular necesita seguir sosteniendo una relación hegemónica, de poder, por sobre todas las expresiones particulares, regionales, y llevarlas a su mínima expresión o que no existan más, porque esa lógica se reproduce en todo: en los negocios, en las relaciones gubernamentales... ‘el que nomina, domina’ es una gran definición”. ¿Por qué en un mundo donde prevalecen repúblicas presidenciales o parlamentarias todavía perduran monarquías como la española?, pregunta este diario. “No sé qué pensarán los españoles, a mí me daría mucha vergüenza tener reyes –confiesa el editor de Caballo Negro–. Viajar a otro país para discutir lo que sea y que te acompañe el rey como respaldo, no sé, es vergonzante... Lo curioso es que entre el anuncio del congreso y la fecha de su realización ellos tuvieron un cambio de gobierno abrupto. Y dan a entender que lo que tienen ahora es un gobierno más progresista, pero toda la cuestión institucional está intacta. Ese colonialismo paternalista está siempre presente, con hitos como el ‘¿por qué no te callas?’. ¿Alguien puede creer de verdad que los reyes de España llegarán a Córdoba para discutir sobre la lengua? De ninguna manera, ellos vienen porque este tipo de encuentros garantizan hegemonía cultural para que el empresariado español haga sus negocios lo más cómodo posible”.

“¿Por qué no te callas?” –no viene mal recordarlo– fue la frase que lanzó el rey de España, Juan Carlos I, contra el entonces presidente de Venezuela Hugo Chávez en la XVII Cumbre Iberoamericana de Jefes de Estado en Santiago de Chile. Carbonell cuenta que hay un sector de la Universidad Nacional de Córdoba, en Filosofía y Humanidades, que no adhiere al Congreso de la Lengua y que está trabajando activamente en la organización de un Foro multilingüístico. “Sin recursos, cada uno desde donde puede, está levantando su voz contra el Congreso –plantea el editor cordobés–. Creo que finalmente podremos articular todo y confluir en un gran espacio de encuentro no solo de resistencia, sino también virtuoso en cuanto al volumen de ideas y de suma de voluntades para hacer algo superador”.

* La solicitada completa en 
https://sites.google.com/view/rechazo-al-cile

viernes, 1 de febrero de 2019

2019: el décimo primer año del CTLBA


Hoy, el Club de Traductores Literarios de Buenos Aires reanuda sus actividades, dando comienzo al décimo primer año de su existencia.


Con el correr del tiempo, el campo de intereses que lo anima se ha ido ampliando. A las cuestiones relacionadas con la traducción literaria a secas se sumó la preocupación por el estado de la(s) lengua(s), y a esto último, el funcionamiento del mundo editorial, que es el ámbito habitual de trabajo de los traductores literarios. No puede ser de otra manera porque, en general, la traducción literaria se hace de una lengua ajena a la propia y porque además no se traduce en abstracto, sino necesariamente para editoriales.

Hemos comprobado, a lo largo de todos estos años, que estas ideas no suelen estar presentes en las currícula de los profesorados de lengua, lo cual genera una serie de confusiones en los jóvenes traductores que muchas veces no tienen la menor idea de a cuál de las muchas variantes de la lengua propia traducen. 

Tampoco saben cómo funciona el mercado editorial porque sus profesores generalmente son profesores de traducción y no necesariamente traductores. Nadie les dice a esos estudiantes, por ejemplo, que con un título de traductor no se consigue trabajo de traductor literario porque eso, precisamente, es lo último que les interesa a los editores. En síntesis, la lógica de la traducción literaria como oficio nada tiene que ver con la de la traducción legal, la científico-técnica y mucho menos con la interpretación. 

Entonces, así como cada una de las variedades mencionadas (a las que podrían sumarse otras, como los estudios de traducción o la traductología) se desarrollan en sus ámbitos correspondientes, la traducción literaria tiene el suyo e implica saberes que exceden las reflexiones de Walter Benjamin sobre el oficio de traducir, las nuevas tecnologías en la producción de instrumental científico y medicamentos, y el uso de determinadas claves para no perder palabra en un discurso que hay que interpretar. 

Con todo, a la hora de las ferias del libro, las conferencias académicas y los congresos, no se habla de estas cosas, sino de Borges como traductor y de otros temas afines porque, lamentablemente para los que efectivamente se dedican todo el año a traducir libros, la traducción literaria es más sexy que la traducción legal, la científico-técnica y los problemas de la interpretación. El público, cuando existe, se siente más a gusto oyendo hablar de Borges que de pasaportes o cefalosporinas

Nuestras reuniones mensuales en la Biblioteca del Goethe Institut de Buenos Aires han reflejado estas cuestiones. Otro tanto puede decirse de los materiales publicados en este blog, sean originales o tomados de la prensa mundial. Y en paralelo, nos hemos ocupado de poner en claro quién es quién en este pequeño mundo que, como el de los dentistas, los carpinteros o los abogados, tiene sus más y sus menos, sus héroes y sus canallas. A los primeros los hemos honrado; a los segundos, los hemos puesto en evidencia. Es lo que vinimos haciendo y lo vamos a hacer en el año que empieza.

Jorge Fondebrider