domingo, 16 de agosto de 2009

Crear una identidad propia


En 1999, los traductores españoles Albert Freixa y Juan Gabriel López Guix entrevistaron para el número 3 de Quaderns. Revista de traducció al historiador francés Roger Chartier, especialista en historia del libro y, desde 2006, profesor del Collège de France, en la cátedra «Écrit et cultures dans l'Europe moderne. Se reproduce a continuación la parte pertinente de esa entrevista para los fines de este blog.

Una pregunta a Roger Chartier

–¿Qué papel otorga a las traducciones en la historia de la lectura? La traducción parece ser un factor determinante, por ejemplo, en la construcción de las literaturas nacionales.
–Me parece que las traducciones son una fuente muy importante a la hora de realizar una historia del modo en que los textos fueron comprendidos, interpretados, usados. La traducción, en lo que tiene de decisiones más técnicas, en tanto que elección de una palabra, la forma un género, un registro de lengua, refleja en realidad un horizonte de expectativas. En el caso de la traducción del Buscón de Quevedo hice un estudio, no de la traducción francesa de Scarron,
sino de las adaptaciones que los editores propusieron a un público más amplio bajo la forma de la literatura de cordel. Hay dos niveles de traducción: la traducción lingüística Quevedo-Scarron y la traducción editorial de un texto para un público que va desde el aristocrático, burgués de librería, hasta los lectores de la literatura de colportage.
Volviendo al tema de la literatura nacional, resulta evidente que es a través de las traducciones que se construye una imagen del otro. En el ejemplo del Buscón, se ve cómo Scarron ha reforzado el texto español de Quevedo utilizando elementos del Quijote, de la literatura burlesca, imponiendo criterios y categorías que venían de otra tradición, pero, también, llevando la traducción a un contexto «realmente» español. Hay una forma de españolización de la obra de Quevedo para marcar ese origen del texto a través de las diferencias afirmadas. Lo que me parece fundamental es esta concepción de la literatura nacional a partir de otras literaturas, pero no para decir que existen otras, sino para establecer un marco particularmente diferenciado en el que crear una identidad propia.

viernes, 14 de agosto de 2009

Cortázar sobre Borges traductor


El escritor Fernando Sorrentino (1942), autor de cuentos, novelas y libros de entrevistas (entre otras, con Jorge Luis Borges, con quien comparte la foto que ilustra este posteo), publicó el siguiente artículo en la edición de El Trujamán correspondiente al 9 de octubre de 2002.

Borges: acusado y absuelto

El número 17 de la tercera época de la revista Proa (Buenos Aires, mayo-junio, 1995) registra un breve texto inédito de Julio Cortázar titulado «Translate, traduire, tradurre: traducir».

En él, entre otros temas, compara el placer de traducir con el trabajo de traducir:

"Trujamán silencioso, en mi juventud viví tiempos de delicia mientras traducía libros como Mémoires d’Adrien, de Marguerite Yourcenar, o L’immoraliste, de André Gide, y años después los pagué con jornadas de horror o de letargo frente a los informes de algunos expertos de las Naciones Unidas en las esferas (ellos lo escriben así) de la sociología / alfabetización / regadío / medios masivos de comunicación (sic) / biblioteconomía / reactores atómicos de agua pesada, etcétera, que en general merecían su denominación de informes pero en segunda acepción."

Hay también algunas bromas sobre errores o disparates variados que se deslizan en traducciones y no falta —en su estilo de artificiosa oralidad— la simpática autotomadura de pelo:

"He palidecido al releer fragmentos de mis viejas versiones literarias, como en el caso del célebre pero olvidado estudio del abate Brémond sobre plegaria y poesía, donde me equivoqué sobre el esprit en el sentido de ingenio o agudeza y lo traduje derecho viejo como ‘espíritu’, estropeándole el pasaje al buen abate."

Pero enseguida agrega:

"Claro que peor le ocurrió a Borges que en un poema creo que de Francis Ponge tradujo sol por ‘sol’ en vez de ‘suelo’, pero ya se sabe que esas cosas pasan en las mejores familias, vide San Jerónimo."

Muy bien. Ocurre que, en toda su vida, Borges tradujo, del francés, tres poemas (o, mejor dicho, un poema y una suerte de prosa poemática):

El poema es «Paysage cruel» (constituido por cuatro partes tituladas «Trame», «Moments», «Animale», «Le temps de l’insecte»); esta obra pertenece a Édith Boissonnas (1904-1980).
Las prosas poemáticas pertenecen, en efecto, a Francis Ponge (1899-1988) y se titulan «De l’eau» y «Bords de mer».*
La revista Sur, en su entrega dedicada a la literatura de Francia (Buenos Aires, año 16, n.os 147-148-149, enero-febrero-marzo, 1947), incluye todos estos textos en versión bilingüe con páginas enfrentadas: en las pares se halla el original francés; en las impares, la versión española de Borges.

"Por exceso de escrúpulo (Cortázar escribió «creo que de Francis Ponge») revisé también el texto de Edith Boissonnas: allí no aparecen los vocablos sol ni soleil. "

Tampoco se encuentran en «Bords de mer». Pero sí en «De l’eau», según este detalle:

El vocablo sol figura cinco veces (a = Ponge; b = Borges):

a. Comme le sol, comme une partie du sol, comme une modification du sol.
b. Como el suelo, como una parte del suelo, como una modificación del suelo.
a. (…) se couche à plat ventre sur le sol (…).
b. (…) se acuesta boca abajo en el suelo (…).
a. (…) dans son désir d’adhérer au sol (…).
b. (…) en su deseo de adherirse al suelo (…).

En cambio, soleil sólo se halla dos veces:

a. Cependant le soleil et la lune sont jaloux de cette influence exclusive (…).
b. Sin embargo el sol y la luna le envidian esta influencia exclusiva (…).
a. Le soleil alors prélève un plus grand tribut.
b. El sol le arranca entonces mayor tributo.

Como vemos —y no podía esperarse otra cosa—, no hay ningún error en la traducción de Borges. Queda, por lo tanto, absuelto de culpa y cargo de la acusación de haber cometido tan grosero dislate.

En cuanto a la información suministrada por Cortázar, puede considerarse un ejercicio de literatura fantástica, a la que tan afecto era el imaginativo y cosmopolita narrador.

(*) Transcurrido más de medio siglo, adviértase la abismal diferencia de magnitud literaria que existe hoy entre los encumbrados creadores francófonos y el humilde traductor al español de entonces.

jueves, 13 de agosto de 2009

Traducir, transcrear, transferir


En el blog Salitre. verbo, lenguaje, oxímoron, Jorge Lara Rivera publicó el siguiente posteo el 25 de agosto de 2007.


Jorge Lara Rivera (Mérida, Yucatán, México, 1960) es Licenciado en Derecho por la Universidad Autónoma de Yucatán; licenciado en Español y candidato al grado de Maestro en Español por la Escuela Normal Superior de Yucatán. Miembro del Centro Yucateco de Escritores, Asociación Civil. Escribe poesía, cuento, ensayo, traducción y crítica de artes y letras. Editor, también ejerce el periodismo cultural y de opinión. Algunos de sus textos han sido publicados en periódicos y revistas nacionales y del extranjero y traducidos al inglés, el francés, el maya y el vasco.

Pespuntes acerca de la transcreación
(traducción literaria)

Una de las vertientes contemporáneas de la discusión entre lingüistas, filólogos y etnólogos es acerca de la supervivencia de un idioma ante la inexorable y celerísima erosión que enfrenta la diversidad lingüística y, por ende, cultural del mundo.
Los idiomas, se sabía en el 2003, suman alrededor de seis mil trescientos dieciséis en toda la Tierra, pero la mayor parte de la gente sólo usa alguno de cinco o seis, considerados lenguas amenazantes porque cuentan con la tecnología y la relevancia económicas necesarias para desplazar el empleo de otro, y por ser prácticos, prestigiados e influyentes como el árabe, el chino, el inglés y el español; y es que casi el 94% de la población habla sólo alguno de esos cinco o seis idiomas “asesinos”, mientras que el 6% restante se expresa en alguno de todos los otros. Incluso, prospecciones muy pesimistas señalaban ese año el hecho de que en países como Perú, donde la mayor parte de la población es bilingüe y más de la mitad de sus habitantes habla la lengua ancestral quechua, resultaba altamente probable que ese idioma estuviese perdido para el 2026 (claro que el ascenso de Evo Morales al poder político en la vecina Bolivia, donde predomina el aymará, puede alargarle la agonía). Otro tanto ocurrirá algo más pronto con los lenguajes de las islas de la Micronesia y de pueblos amazónicos donde el número de hablantes apenas contabiliza docenas; la extinción es ya inminente para alguna lengua de las primeras naciones del norte de México, cuyos hablantes no pasan de cuatro (uno de ellos sin ser su idioma materno, pero que se propuso su aprendizaje como científico) –y en los primeros meses de 2007 la televisión abierta ha reportado misma situación para otra lengua originaria en Oaxaca. Tales circunstancias parecen favorecer la tesis de que nos dirigimos a un conglomerado homogéneo e indiferenciado en lo cultural, pero también pone sobre aviso de la depauperación acelerada que enfrenta la humanidad en su riqueza de conceptualizaciones del mundo, de lecturas y perspectivas acerca de la realidad humana.
"Mariposa" es una voz compuesta que de manera sintética asocia al movimiento y la levedad –y, a la vez, un término poético que permite aunar la noción de grandeza con una acción inconsútil, entendidas como concepciones de una cultura–,butterfly no tiene mucho que ver con ella cuando hace de la generalización el agregado de una cualidad, ni tampoco la antigua voz farfalla en que constan elementos descriptivos; aun papillon torna físico el sentido del término, lo materializa y pareciera restarle importancia (excepto por una impensada asociación de sonido que nos remite al papálotl preamericano náhuatl –semejante, por otro lado, y no menos asombrosa que la conocida del griego theos con téotl); la voz "siempre", por su parte, coincide con el sentido de tiempo que toujours comunica, la cual, sin embargo, reiterando la condición de eterno lleva implícito un aspecto repetitivo; pero, en cambio, esa palabra dista de la noción espacial que da la contracción always, cuyo significado añade las ideas de "manera invariable" y de "ruta". Así también, una simple expresión coloquial como to make a decisioncomparada con la española "tomar una decisión", revela divergencias en la escala moral de la vida en dos culturas; y lo mismo acontece con la que expresa el saber algo "de memoria", pues resulta clara la escisión entre razón y emoción de nuestra cultura si se la confronta con by heart, la inglesa, o la ítala di cuore y la francesa par cœur. En latín, verbatim incorpora cauces metafísicos.
El estudio de otro idioma permite asomarse a la diversidad cultural del mundo a través de una ventana que se revela espejo y mapa de una cultura: su itinerario, historia, contactos con otras civilizaciones, mitos, autopercepción colectiva y claves de poder, temores, estructura mental y valores de sus hablantes, el imaginario y lo físico de su entorno, toda una forma de vida social ampliamente expresa.
De ahí la importancia de mantener al uso nuestra particular interpretación de las cosas, de tener una lectura propia de ellas o, dado el caso de esclarecer alguna experiencia, traducirla al código lingüístico nuestro.
Aunque a menudo los verbos "traducir" e "interpretar" son usados como sinónimos, existen entrambos diferencias sutiles; respecto a la escritura, es común distinguir como "versión" el texto transferido a otra lengua, del original, previniendo al lector de las posibles mutaciones sufridas en el proceso de transcripción.
Entre escritores (Alfonso Reyes aconseja en La experiencia literaria emprender, apenas sea posible, el aprendizaje de otros idiomas con miras primero a leer), suele ser recurrente la asociación de los términos "traducción" y "traición" (que en italiano tienen idéntica raíz), pues en la historia de la Literatura resultan innegables las infidelidades y traiciones que padecen textos y autores vertidos a otra lengua.
Ello convalida la idea de que no existe traducción exacta ni definitiva y el que cada generación emprenda una búsqueda propia para conocer de primera mano a esos autores en sus textos y rinda a su comunidad el parte de lo obtenido durante su indagación.
La materia lleva a ocuparse de un asunto alterno, el relativo a la otredad, alteridad o capacidad empática que, si bien exige imaginación, requiere igualmente de interés genuino por conocer al diverso, compromiso con el oficio interpretativo e integridad para aceptar las limitaciones.
Es claro que los estudios de género aportan mucho en este campo, especialmente al hacernos caer en la cuenta de algunas suplantaciones, falsificaciones inconscientes y otras deliberadas en que se incurre, por ejemplo, bajo presión apremiante del mercado editorial, cuando se pretende expresar situaciones relativas, precisamente, a la dificultad que reside en el género. Es el caso que afronta algún traductor de un cuento sobre una mujer que narra experiencias específicas de la feminidad como el alumbramiento. El asunto plantea una serie de cuestionamientos de orden práctico, semiológico y aun morales al traductor.
No faltará quien, con ligereza, considere que no es importante el género del autor ni el de los personajes para emprender la ardua tarea de verterlos al cauce del imaginario de su lengua. Aun más, la reflexión puede y debe ser extendida hasta envolver el cómo la comprensión más afín entre el autor, el texto y su traducción, por una parte, y la experiencia del lector y sus propios y personales prejuicios condiciona la visión que se tendrá de ese mundo paralelo. Y esto incluye también la interpretación, por cuanto el traductor (lector también) no es poseedor de una visión holística del complejo texto-persona-personaje-público. Aquí son notables –y cruciales– aspectos como la represión, la ideología en el traductor, cómo influye el idioma propio, la interacción del texto.
Así, el recuento de la literatura universal está lleno de personajes que juegan con la apropiación del léxico, sea masculino o femenino (como ocurre en Primeras sombras con Borges, o en Orlando en el caso de Virginia Woolf), y el empleo del oxímoron y la interlogical secuence.
Términos como narrateur y narratrice, author, traducción de la traducción, point of view, voice, styl, punctuaction, subjet, el proceso por blocks de campo, o la vie en prose, el bavarder, del francés, atribuido a las mujeres (el bruît: ruido, al cual se le compara y es su raíz), los matices de significado en cada idioma (por ejemplo, en inglés: confront que entraña tensión, con el ‘face to face’ que revela reflejos) y la sexualidad de algunas lenguas para distintos términos, sea machista o flexible, y aun transexual (¿ejemplos?, la corbata, el lipstick) cobran entonces sentido. Lenguas, como la polaca, tienen delimitaciones en el uso de las expresiones, que corresponden estrictamente al género: unas a hombres y otras a mujeres, sobre un mismo hecho.
En otro orden de preocupaciones están las semejanzas estilísticas y detalles de significación en perspectiva histórica, por cuanto determinan, no sólo la noción de época de producción del texto, sino que centran la discusión en los tópicos de la intraducibilidad de ciertos giros del lenguaje, la temática sexista y la transformación de género en el texto literario, y demarcan también los nuevos inexorables acercamientos al perfil psicológico, ideológico y político de los pensadores y creadores literarios. Verbigracia: Oscar Wilde y James Joyce siendo irlandeses, hablantes de gaélico, lengua céltica, escriben sus obras trascendentes en el idioma de la potencia ocupante; Franz Kafka, de origen hebreo, lo hace en alemán aun cuando hacia el fin de sus días se interesara por el checo; Dante Alighieri quien vivió una era latinizante, es un nacionalista congruente que escoge el toscano en lugar del lustre de culto para su ambiciosa Comedia; A. Dumas se transfigura cultural e históricamente desde el universo antillano a través del francés; más recientemente y mucho más cerca de nosotros, Juan Goytisolo prefiere el catalán al castellano para dar cauce a su literatura (y ahora se empeña en la forma dialectal del árabe del Norte de Marruecos buscando preservar la antigua tradición oral del área), y desde hace aproximadamente cincuenta años documentados, al menos, viene desarrollándose un rico movimiento literario chicano en zonas fronterizas de Estados Unidos y México cuya expresión originó el spanglish. He aquí una veta para explorar, donde conceptos como la preeminencia, el prestigio social, el colonialismo o la afirmación identitaria y de resistencia cultural entran en juego.
Cuestiones subjetivas como la preferencia por la vivacidad oral italiana, el ritmo narrativo, la sonoridad del francés y la gracia del español son elementos de cohesión que articulan el discurso y no pueden tomarse a la ligera.
Es antigua la angustia compartida por los intérpretes, ya que, a menudo, es necesario optar entre la literalidad a veces intraducible o la expresión sin sentido y la reelaboración del texto para darle aliento propio en la lengua a que se vierte.
El remanente experiencial ofrece usos y prácticas de criterio para las elecciones necesarias en el trabajo de la traducción, por ejemplo, para afrontar la diferente puntuación que existe entre el español y el francés; atender, asimismo, el ritmo de la puntuación, que en francés es aconcesal, etc. De aquí se desprende el carácter impredecible de la traducción y sus concesiones a la necesidad o los imperativos de forma y sentido.
Aún más: una misma línea puede tener versiones diferentes en distintos traductores, pero el estudio riguroso de la obra de un autor lleva a cotejar las diversas ediciones de esa obra en el idioma original, lo cual permite descubrir que también hay infidelidades al autor (o variaciones del mismo, por ejemplo: el multitraducido Canek –de Ermilo Abreu G.), en las ediciones de su propia lengua.
Si salimos del bilingüismo acostumbrado en los ámbitos latinos, los desfiladeros que tiene que atravesar la traducción se tornan arriesgados. Lo demuestran las lenguas eslavas –el búlgaro y el ruso, por ejemplo– extremadamente complejas a la traducción por la imperiosa regla (del primero) de no repetir vocablos, o por, además del alfabeto cirílico, la falta de tiempos pasado y futuro que se sustituyen con ciertas expresiones convencionales que ofrecen idea del tiempo del acontecer (en el segundo). Pero en búlgaro hay más matices y sutilezas para el pasado, dependiendo de si el hablante estuvo, si participó en el evento o sabe porque le dijeron, pues no es lo mismo si lo vio o si se lo contaron; distinción que cobra forma por el uso de pasado histórico –experiencial– y pasado narrativo en el texto literario.
Consecuentemente, por ejemplo, la traducción del libro Life of P al búlgaro supuso grandes dificultades para no repetir sin razón las palabras, algo común en inglés, su lengua original, así como expresar las plantas y los animales adecuadamente ("papagayos" o parrots; pero, ¿periquillos?; ape o monkey para humano), de suerte que traducir a ese idioma es casi como reescribir el libro.
El ruso, por su parte, casi no tiene auxiliares; se usan frases que sitúan o el tiempo se descubre por el contexto, pues no hay pasado en esa lengua. Insurge entonces la importante cuestión de, si al traducir, se usa o no el tipo de habla de la época en que se crea la obra literaria. Un ejemplo de la distancia entre el sentido original y una traducción lo ofrece el solo título Guerra y Paz de León Tolstoi, que en realidad debiera traducirse por La guerra y el mundo.
Por otro lado, en el idioma vasco (éuskero), las medidas del tiempo han sido muy distintas de las nuestras; así, en otra época expresaba una semana de tres días –no como la romana antigua, ni la del vasco actual–, la cual nombraba de un modo práctico: el primer día de la semana, el día de en medio de la semana, y el día después del día de enmedio de la semana.
Y todo lo previo se queda al margen de otra perspectiva de estudio fascinante, la relativa a los sistemas de escritura de los idiomas, bien que sean –o no– éstos alfabéticos, ideográficos, posicionales (como el coreano), etcétera.
Tema curioso, pero importante también, lo constituyen las onomatopeyas de los idiomas, las distintas lenguas en que se "expresan" literariamente los animales, especialmente de la llamada literatura infantil. Una indagación al respecto (que emprendí junto con la poetisa Sandra Alland), entre participantes de un intercambio en Canadá, reveló tal diversidad en el asunto que se colige interesantes aspectos sensoriales y moldes culturales de percepción.
Así, el sapo –o la rana (dependiendo de la especie local), ese personaje común en fábulas, refranes, cuentos y poemas, puede también ser políglota, pues, su croar en inglés suena rebé, rebé (gráficamente: rebbe, rebbe) y en búlgaro Qvak, qvak, qvak qvak, algo lejanos del croac, croac en español y, por supuesto, distantes en aliento frástico y sentido fónico del gló gló gló hispanomexicano, totalmente distinto del maya lek-lek-lek-lek.
¿Quién traduce a quién?, ¿qué, cómo, cuándo y, sobretodo, por qué?, son algunos cuestionamientos inquietantes que reformula durante el proceso cualquiera que acomete el quehacer traductor con amor por la comunicación y la belleza de los idiomas, y al hacerlo se vuelve receptivo al concepto de "transcreación" (en nuestro mundo latino formulado hace mucho por el brasileiro Haroldo de Campos, pero que escuché por primera vez de la Dra. Patricia Godbout, profesora de traducción del Departamento de Letras y Comunicación de la universidad canadiense de Sherbrook), apto contemporáneamente para contener el verdadero signo de la traducción como decodificación e interpretación en que se empeña a cada instante la especie, desde siempre y para todos.
Entonces traducir, transcrear, transferir un texto literario de un idioma a otro es siempre necesario e importante, pues constituye una aventura humanista, un genuino gesto de respeto hacia lo diverso, una búsqueda bienintencionada por interpretar la diferencia, por entenderla, aceptando la sociodiversidad –la variedad cultural del mundo– y reconociéndola como fuente de su riqueza.

miércoles, 12 de agosto de 2009

Del administrador


La siguiente explicación viene a cuento por los numerosos mails que le llegan al administrador, con motivo de los más diversos posteos que realiza mensualmente en este blog. Corresponde comenzar señalando que, por una cuestión de respeto y de mutuo interés, sería más apropiado que no se tratara de mails personales –cuya naturaleza misma invalida el posterior posteo–, sino de comentarios que pudieran subirse para mayor provecho de todos. Muchos, por su pertinencia y por lo atinado de sus observaciones servirían para esclarecer algún punto de vista o para polemizar con lo que se publica, y está claro que, si así fuera, todos nos veríamos beneficiados y este blog terminaría cumpliendo el servicio al que aspira.

En segundo lugar, este es un blog que responde a los intereses del Club de Traductores Literarios de Buenos Aires. Por lo tanto, tal como ocurre en las reuniones, debe reflejar un espectro de opiniones lo suficientemente amplio y, claro, puntos de vista a veces encontrados, ya que son usuarios del blog traductores muy experimentados así como traductores incipientes y estudiantes de traducción. Asimismo, los posteos están dirigidos a individuos con perspectivas teóricas muy definidas y a otros quienes sólo se contentan con la práctica, sin considerar teoría alguna. Están también los interesados en los problemas técnicos de la traducción literaria, los que se ocupan de su historia, los que se interesan apenas por sus múltiples manifestaciones en la cultura contemporánea y quienes están insertos en las distintas ramas de la industria editorial. Justamente, éste último punto es el más delicado de todos.

Fuera de los aspectos eminentemente administrativos o legales (condiciones de trabajo, pagos, contratos, etc.), en el mundo editorial existen otras alternativas tan enojosas como las anteriores. Así, las políticas públicas de subsidio a la traducción, el destino de los fondos públicos empleados en ellas y los que deciden el destino del dinero, así como sus criterios de decisión, ocupan un lugar privilegiado en este blog. También la legislación existente –o la que debería existir– para proteger los derechos de los traductores avasallados por las editoriales. Hay también espacio para el juicio de los traducidos respecto de los traductores, para la actitud de los editores respecto de los que traducen, las protestas de los traductores respecto de los correctores y también viceversa. Por último –y esta es la parte más desafortunada– para la pompa y circunstancia de ciertos personajes ocupados de las distintas instancias de intermediación (agentes, scouts, editores supuestamente calificados) que se pasean por el mundo, arrogándose una importancia desmedida en desmedro de otros actores del proceso editorial (sobre todo, los escritores y sus traductores). Todo esto es tema de este blog y hace a las preocupaciones de quienes lo leen. Con lo que volvemos al principio.

Si alguien tiene algo que decir, el administrador preferiría que lo hiciera públicamente en lugar de comentarlo en forma privada por la vía del mail.
Si los protagonistas del blog dicen o hacen cosas con las que no estamos de acuerdo o que, sencillamente, nos caen mal, el comentario es la forma adecuada de manifestar nuestro punto de vista.
La vida de una publicación –y, al fin y al cabo, ésta lo es– depende de lo que vayan a decir sus lectores a propósito de lo que se publica. Entonces, una vez más, el Club de Traductores Literarios de Buenos Aires invita a sus amigos, colegas y a los simples curiosos a manifestarse en las páginas de su blog en los términos de respeto que corresponden.

martes, 11 de agosto de 2009

Una de mercaderes


Como todo el mundo que haya estado cerca del mundo editorial sabe, Guillermo Schavelzon, luego de haber trabajado de un lado del mostrador durante al menos tres décadas, en 1998 se convirtió en agente literario. Inició su agencia en Buenos Aires y tres años después se trasladó totalmente a Barcelona, donde hoy reside. Su agencia atiende entre otros a Ernesto Sábato, Alberto Manguel, Juan José Saer, Ricardo Piglia o Manuel Puig. La siguiente entrevista, publicada en el blog Libros & Bitios, de José Antonio Millán, fue posteada el 7 de mayo del corriente año.

La foto que ilustra el posteo es de Daniel Mordzinski

"Nunca nos quedamos sentados"

–Me da la impresión de que parte de la relación de los autores con el mundo del libro ha pasado a los agentes: los editores, en muchos casos meras piezas de mecanismos empresariales, no tienen tiempo para dedicar a sus autores...
–Es verdad, los agentes hemos asumido el rol del interlocutor excepcional con el escritor, y esto tiene que ver con dos cosas: la rotación de editores de una casa a otra que se inició hace varios años en todo el mundo, que hace que la relación del autor con su agente sea la más duradera, y por otro lado, que los editores son víctimas del sistema de concentración de empresas y reducción de personal. Hoy un editor se ocupa de tantos títulos y autores al mismo tiempo, que ¿cómo podría sostener el nivel de exigencia que implica este tipo de relaciones?

–¿Cómo ve usted la posibilidad de venta de derechos de autores hispanohablantes (hablo sobre todo de los literarios) a otras lenguas? ¿Qué pasos puede dar el agente para promocionarlos?
–La posibilidad está siempre abierta, lo difícil es saber buscarla. Además de los eventos profesionales internacionales (ferias de Frankfurt, Londres, las de América), en mi agencia nos permitimos nosotros elegir el editor que queremos para cada autor, quiero decir que pensamos para cada país cuál es el editor adecuado, y a ese le ofrecemos la obra de una manera contundente: una novela (que hemos leído), que conocemos, que le presentamos con información complementaria, con sinopsis en varios idiomas, con prensa y mucha convicción. No enviamos “libros desnudos” por correo. Además sabemos en qué está trabajando cada autor, lo conocemos, de la misma manera que conocemos el catálogo y los gustos del editor al que le estamos ofreciendo. Este sistema nos da un porcentaje de éxito bastante bueno. Lo que no hacemos nunca es quedarnos sentados a esperar que algún editor nos escriba. Aunque a veces sucede.

–¿No puede ser un problema el hecho de que los editores de muchas editoriales extranjeras no dominen el español, ni existan buenos lectores de libros en español que puedan informarlos?
–El problema lo hay, en especial en Estados Unidos, donde acuden a lectores del mundo académico que no son lo mejor para comentarle una novela a un editor. Nosotros enviamos mucha información en inglés y en otros idiomas, y en algunos casos nos hemos hecho cargo de traducir un libro completo al inglés, con un traductor nativo, convencidos de que así sería más fácil vender los derechos. Además, eso de que el autor sea propietario de su traducción (lo aprendí en USA) tiene sus ventajas, en especial si se llega a ediciones de bolsillo, o al cine. Son diferentes maneras que buscamos los agentes para que nuestros representados ingresen un poco más.

–¿Existe un "efecto Bolaño" que atraiga la traducción de más autores hispanoamericanos o españoles a otras lenguas? ¿Qué opina del hecho de que sea Andrew Wylie, un agente norteamericano, quien controle sus derechos?
–Sí, existe un efecto: no es enorme, pero prestan atención a los hispanoamericanos cuando antes ni los tenían en cuenta.
De todos modos Estados Unidos sigue siendo un país que no traduce, en el último año de 120.000 títulos publicados solo 300 (sí, trescientos) fueron traducciones, considerando todos los idiomas y todos los géneros. Solo Inglaterra está peor, cada vez más ignorantes, como dice Alberto Manguel cuando recorre las librerías en Londres.
En cuanto al agente, la decisión de quién representa a un autor la toma el autor o sus herederos; es bastante habitual que los herederos hagan cambios muy grandes, como si fuera parte del duelo. En este caso prefiero no dar una opinión personal. Sí quisiera recordar que cuando Andrew Wylie tomó la representación de Bolaño, los contratos de edición para Estados Unidos ya estaban firmados, por lo que el éxito arrollador de Bolaño en ese país es mérito, en primer lugar de la obra, y luego de su editor en España y su agente anterior.

–Los derechos digitales de la mayoría de los autores españoles e hispanoamericanos están en manos de sus agentes, no de sus editores. ¿Cómo ven los agentes esta cuestión?
–Yo reformularía la pregunta, los derechos digitales no están en manos de los agentes, sino de los autores. Los agentes representamos a los autores, no somos propietarios de los derechos que gestionamos. Para los agentes esta es una gran responsabilidad, el problema no es que los derechos digitales estén en manos de los editores, los editores saben cuidar una obra, el problema es cuando están en manos de Google, que –como se puede ver en los libros que ofrecen- no saben qué es un autor literario ni un libro, ni una edición, la oferta es tremenda confusa e indiscriminada, hasta el escaneado es de mala calidad. Un libro no es solo “un contenido”, es mucho más.

–El hecho de que Carmen Balcells, una agente, haya creado una joint venture para vender obras digitales para e-books, ¿puede repetirse?
–No parece que ninguna otra agencia haya optado por ese camino, para mí el negocio de los libros electrónicos solo será posible cuando se haya definido quién dominará el hardware para leerlos, los dispositivos. Esa es una lucha entre gigantes (Apple, Google, Amazon, Sony…). El que imponga su dispositivo –ellos dicen que faltan dos o tres años- será nuestro principal comprador de derechos, mientras toda editorial digital doméstica, aunque tecnológicamente es posible, solo sirve para generar un intermediario más. Crear editoriales electrónicas no me parece un proyecto con futuro, aunque tiene mucho glamour. Los problemas más urgentes que deberá enfrentar el libro son otros, como la reducción de las páginas de cultura de los diarios o su transformación en secciones que llaman “tendencias”, o la desaparición de suplementos literarios, que siguen siendo los principales prescriptores para el buen lector.

–¿Cómo ha resultado la experiencia de la joven ADAL (Asociación de Agencias Literarias)?
–Muy buena, habiendo en España más de 20 agencias, nos encontramos con que no teníamos un foro conjunto de reflexión, y eso es ADAL. Estamos muy contentos, surgen muchas cosas nuevas, además de obtener beneficios concretos en servicios y asesoramiento legal y fiscal, que es muy beneficioso para los autores que representamos. Es todo beneficio común, vivimos en una época muy especial, donde en forma individual las cosas se hacen muy complejas. Comenzando por la necesidad de comprensión del nuevo mundo del negocio del libro, de la lectura y la edición, que no es tan sencillo como unas décadas atrás.

lunes, 10 de agosto de 2009

Recuerdo de un traductor (IV)


Rodolfo Modern nació en Buenos Aires el 22 de julio de 1922. Es abogado y doctor en Letras.

Ha sido profesor titular de Literatura Alemana en la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA. Es miembro de número de la Academia Argentina de Letras. Poeta, cuentista y ensayista.

Su obra poética incluye, Rueda en el espejo (1972), Andanzas de Odiseo (1975), Asedio del ángel (1980), Tiempo de espera (1988), Intermitencias de la nada (1999), La fina tela del silencio (2004), Moneda de intercambio (2005).

En narrativa ha publicado Sostenido por bemoles (1977), El día que no murió nadie (1981), Fin de temporada (1987), La señora Hellgaarth sale de paseo (1989), El libro del señor Wu (1991 y 1998), El coctel de camarones (1999), Invenciones varias (2004) y La salsera de Meissen (2005).

Entre sus piezas teatrales se mencionan Paseo con Clara (1995), Interludio celeste, La mancha de Arequito (1999) y El niño (2001).

Como ensayista ha publicado una célebre Historia de la literatura alemana (1961 y 1979), Arturo Cancela (1962), Literatura alemana del siglo XX (1969), El expresionismo literario (1972, que incluye una breve antología con textos de Johannes Becher, Gottfried Benn, Theodor Däubler, Albert Ehrenstein, Ivan Goll, Georg Heym, kart Heynicke, jacob van Hoddis, Wilhelm Klemm, Else Lasker-Schüler, Alfred Lichtenstein, Oskar Loerke, Kart Otten, Ernst Stadler, August Stramm, Ernst Toller, Georg Trakl, Franz Werfel, Alfred Wolfestein y Paul Zech), Estudios de literatura alemana (1975), Autores alemanes de los siglos XVIII, XIX y XX (1986), Hispanoamérica en la literatura alemana y otros ensayos (1989), Franz Kafka, una búsqueda sin salida (1993) y Literatura y teatro alemanes (1995).

Ha traducido:

Épocas de la literatura alemana, de Hermann Schneider (1956),

Obra completa, de Georg Trakl (1968),

Poesía alemana del siglo XX (1974, que incluye textos de Stefan George, Rainer Maria Rilke, Hugo von Hofmanssthal, Hermann Hesse, Rudolf Alexander Schröder, Hans Carossa, Ernst Stadler, Georg Heym, George Trakl, Else Lasker-Schüler, Franz Werfel, Wilhelm Lehmann, Oskar Loerke, Georg Britting, Friedrich Georg Jünger, Joseph Weinheber, Gottfried Benn, Bertold Brecha, Marie Luise Kaschnitz, Nelly Sachs, Günter Eich, Kart Krolow, Peter Huchel, Stephan Hermlin, Johannes Bobrowski, Heinz Piontek, Ingeborg Bachmann, Paul Celan, Helmut Heissenbütel y Hans Magnus Enzensberger),

Antología poética, de Hermann Hesse (1974),

El camino difícil y otros cuentos, Hermann Hesse (1975),

Lenz, de Georg Buchner (1976),

Michael Kohlhaas, El Vendedor De Caballos, de Heinrich von Kleist (1977).

domingo, 9 de agosto de 2009

“Todos somos académicos de la lengua”


En su número 1, de marzo de este año, Entreculturas publicó un breve ensayo de Miguel Sáenz, cuya lectura se recomienda especialmente.

La foto que ilustra este posteo es de Arshes Anasal.

Traducción y cultura en el ámbito literario

[Tal vez debiera cambiar el título de esta intervención por el de "Traducción y culturas en el ámbito literario", porque voy a hablar, por una parte, de casos en que no sólo hay dos culturas unidas por el puente de la traducción, sino tres o más y, por otra, de la confusión actual de culturas y sus repercusiones en la traducción.]
En estos últimos años ha estado muy de moda hablar de colonialismo y poscolonialismo en este campo. Sobre el tema han escrito, brillantemente, personalidades como Homi Bhaba o Gayatri Chakravorty Spivak, Haroldo de Campos y muchos otros, que, desde distintos ángulos (posmodernismo, posfeminismo, postestructuralismo, toda la serie de post-), han subrayado que la traducción es una de las hija naturales de los procesos de colonización y descolonización, y que su práctica está necesariamente condicionada por los desequilibrios de poder entre las culturas. "La traducción –han dicho Bassnett y Lefevere–, como toda (re)escritura, nunca es inocente" (1).
Sin embargo, no es mi intención de añadir páginas a una ya copiosa (y valiosa) bibliografía, sino más bien hablar del colonialismo lingüístico, es decir, de la colonización de un idioma por otro y sus consecuencias para la traducción, y también, aunque no esté nada de moda, sobre la responsabilidad moral del traductor.
[Yo no soy un teórico, sino un practicante de la traducción literaria, y las distintas teorías que han sucedido en los estudios sobre la traducción me recuerdan lo que Walter Benjamín decía sobre la traducción de textos literarios. Para Benjamin, cada nueva versión iluminaba un aspecto diferente y complementaba el texto original, de forma que éste acababa por convertirse en una simple versión más de un texto idealizado. Una obra literaria, en la historia de la Literatura, no era esa obra aislada, sino esa obra más sus traducciones a los distintos idiomas. Algo parecido, creo, está ocurriendo con las teorías sobre la traducción basadas en la fidelidad, la equivalencia funcional, la manipulación, el skopos, el canibalismo, los instersticios, la reescritura, la condición de subalterno, el "género", etc. Todas ellas son válidas, todas son parciales y todas juntas van conformando algo que, sin embargo, no tenemos todavía: una teoría plenamente satisfactoria de la traducción. A menos que, con Klaus Reichert, consideremos que no hay métodos de traducir ni teorías. "Toda teoría puede refutarse con otra; todo método sirve sólo para el ejemplo con que se trata de demostrar" (2).]
Habría que recordar algunos hechos básicos y reconocidos sobre el colonialismo. Y tengo que decir, antes que nada, que soy hijo de colonialistas. Nací en Marruecos, viví veinte años en África [Tetuán, Tánger, Ifni, Sáhara] y, en mi infancia y juventud, el colonialismo –cierto tipo de colonialismo– fue mi medio ambiente natural. Debo reconocer, sin embargo, que en mi casa sólo aprendí el respeto y el cariño por la población colonizada o, como se decía eufemísticamente, "protegida". Tuve que leer luego a Frantz Fanon, traducir muchos documentos del Comité de los Veinticuatro para las Naciones Unidas, vivir, trabajando para esa Organización, todo el proceso del surgimiento ( hundimiento) del mito del Tercer Mundo y el Nuevo Orden Económico Mundial, y presenciar luego, ya de lejos, los horrores del poscolonialismo... para empezar a reflexionar. Antes creía sinceramente que sólo había dos tipos de colonialismo: el que pudiéramos llamar latino (español, francés o portugués), basado en una mezcla del colonizador con la población colonizada de la que surgían poblaciones mestizas y nuevas culturas (un colonialismo "bueno"), y el colonialismo sajón (básicamente inglés), racista, despreciativo y opresor: el colonialismo "malo". No hace falta decir que esa simplificación no resistía el más mínimo análisis.
Con el tiempo he aprendido que no hay colonialismo bueno, por paternalista que sea. Frantz Fanon lo explicó bien en Peau noire, masques blancs (3): el simple hecho de hablar en petit-nègre a un nativo era ya un insulto, con independencia de la intención y del hecho probable de que ese nativo fuera incapaz de hablar un francés correcto. Leyendo a Fanon, yo recordaba con vergüenza que, en mi casa, el tuteo al marroquí era automático. Y nada importaba que él, a su vez, te tuteara. Aunque autores como Alfred W. Crosby me hayan ayudado luego a situar hasta cierto punto el colonialismo en una especie de marco de determinismo ecológico, mi sentimiento de culpabilidad no ha desaparecido nunca (4).
Antonio de Nebrija, como es sabido, escribió en 1492 que "siempre la lengua fue compañera del imperio" (5). La palabra "imperio" no tenía entonces las connotaciones negativas que hoy tiene, pero la frase refleja muy bien la conciencia que tuvieron los conquistadores españoles de la importancia del idioma. Por eso, su primera aproximación a las lenguas indígenas consistía en traducir a ellas el Evangelio (la Biblia estaba ya mal vista por la Iglesia), porque la evangelización era la justificación moral de la conquista... y de la explotación posterior. Y los traductores, los intérpretes de los primeros conquistadores (los llamados "lenguas"), fueron considerados por los pueblos aborígenes como traidores: su misión era infundirles otra cultura, traicionando la suya propia. La Malinche podía ser, según Bernal Díaz del Castillo, Doña Marina, "una muy excelente mujer" (6), pero para los aztecas no era más que una traidora.
No pretendo, sin embargo, remontarme tan lejos. Aunque creo que si la Historia, con mayúscula, puede considerarse como una sucesión de imperios, la historia de la cultura, con perdón de Samuel P. Huntington, podría considerarse muy bien como una sucesión de colonizaciones... y de traducciones. Se ha dicho muchas veces que la colonia misma no era más que una traducción, una copia de la metrópoli en otro lugar del mapa. Lo que me interesa recordar ahora es un hecho actual, sobradamente conocido: que la literatura inglesa más interesante es hoy la escrita por indios de la India, la francesa la escrita por magrebíes y la alemana la escrita por turcos. Es el fenómeno que Salman Rushdie, analista de ese procesos en el contexto británico, denominó, con frase que se ha hecho célebre, El Imperio contraataca ("The Empire Strikes Back". La venganza literaria de las antiguas colonias (7).
El caso inglés es especialmente notable. El propio Rushdie hizo en 1997, para conmemorar los cincuenta años de la independencia de la India, una antología de literatura de ese país (8), que, como toda antología, fue muy criticada y por muy distintas razones. De los 33 escritores recogidos, 23 no vivían ya en la India, y un par de ellos eran pakistaníes. Por si fuera poco, se trataba de autores que escribían en inglés y no en las lenguas vernáculas de la India (sólo había una traducción del urdu, de Saadat Hasan Manto, un escritor ya difunto), y faltaban autores indios significativos... Sin embargo, lo que nadie se atrevió a discutir fue la calidad de los textos recogidos, aunque se pusiera en duda la afirmación de Rushdie que se trataba de una prosa más importante que todo lo que se había escrito en esos cincuenta años en los 16 idiomas de la India. [Rushdie, no obstante, aunque sea un provocador nato, no tiene nada de chovinista. Precisamente en uno de sus ensayos, ("In Defense of the Novel, Yet Again"(9) ), se enfrenta con George Steiner, que, en una conferencia pronunciada ante la Asociación de Editores Británicos consideraba "axiomático" que las grandes novelas procedían ahora de la más lejana periferia, y que la novela europea, como género, estaba acabada.]
Salman Rushdie tiene un sentido agudo de la importancia de la traducción y, en su novela Shame (Vergüenza, en español), el narrador pronuncia una frase más de una vez citada: "Yo también yo soy un hombre traducido. He sido llevado a través. Por lo general se cree que siempre se pierde algo en la traducción; yo me aferro a la idea –y aduzco, para probarla, el éxito de Fitzgerald-Khayyam– de que también puede ganarse algo"(10). En una conferencia pronunciada en la Universidad de Turín en 1999, sobre las influencias literarias ("Influence" (11) ), hablaba de cómo le impresionó el hechode que Rabindranath Tagore, el Nobel bengalí, hubiera tenido una influencia mucho mayor en América Latina, gracias a su editora argentina, Victoria Ocampo –y a sus traductores Zenobia Camprubí y el también premio Nobel Juan Ramón Jiménez, hubiera debido decir –, que en la propia India.
Sin embargo, lo que interesa ahora es que los escritores indios antes citados y otros que podrían citarse, es decir, los escritores del poscolonialismo, eran y son, como ha hecho notar G.J.V. Prasad, traductores al inglés (a un inglés no británico) de parcelas de la cultura india (12). Prasad subraya que las elecciones que tienen que hacer son las mismas de un traductor y, citando a Meenakshi Mukherjee, dice que "la traducción literal no es siempre la respuesta, porque [el escritor] tiene que asegurarse de que los modismos o imágenes traducidos no vayan contra el genio del inglés" (13). [También Maria Tymoczko está de acuerdo: la tarea de un traductor interlingual tiene mucho en común con la del escritor poscolonial, pero mientras que aquél tiene un texto, éste tiene el metatexto de su propia cultura (14)].
Esa forma de escribir de muchos escritores indios poscoloniales les ha granjeado críticas, especialmente a Rushdie, de quien se ha dicho que su uso de expresiones en urdu añade color a sus textos, pero no es un verdadero creador bilingüe; es decir, casi los mismos reproches que Spivak hacía a Rudyard Kipling, el escritor imperialista por excelencia, al decir que utilizaba, incorrectamente, palabras y expresiones indostánicas para dar sabor local a sus textos (15). Rushdie, sin embargo, tiene otra versión: "Nacido en un idioma, el urdu, he hecho mi vida y mi obra en otro. Todo el que haya atravesado una frontera lingüística comprenderá fácilmente que ese viaje implica una especie de cambio de forma o autotraducción. El cambio de idioma nos cambia" (16).
Esos escritores poscoloniales son, en realidad, traductores de una cultura a otra. Más aún, utilizan estrategias para hacer que sus textos parezcan traducidos. Lo mismo que los antiguos traductores coloniales británicos, tratan de presentar la cultura india como "exótica"... a unos lectores de habla inglesa que no pertenecen a esa cultura. Como ha dicho Samia Mehrez en el contexto francófono, los escritores poscoloniales crean una especie de lenguaje "intermedio" y, en consecuencia, ocupan un espacio también intermedio (17). Por ello se explica que a veces, paradójicamente, los escritores indios que escriben en inglés no funcionen bien al ser traducidos a lenguas de la India.
Todo lo cual quiere decir, en definitiva, que el traductor a un idioma europeo de esos autores está en realidad "retraduciendo", y se enfrenta con un doble problema: no sólo tiene que traducir una cultura británica a la cultura de su propio idioma, sino también una cultura india adaptada ("orientalizada", diría Edward Said) a un público británico. Y los riesgos de sufrir un descalabro son grandes.
Algo muy parecido ocurre con la literatura francesa escrita por magrebíes educados en esa cultura. No tengo en ese campo una experiencia directa, pero sí los iluminadores comentarios de Malika Embarek. De padre marroquí, madre española y educación francesa, esta traductora, que se califica a sí misma de "mestiza cultural y racial" (18), está en condiciones ideales para realizar su trabajo, pero la sutileza con que lo hace es notable.
Malika Embarek, al traducir a escritores magrebíes de expresión francesa (Tahar Ben Jelloun, Mohamed Chukri, El Maleh), hace algo que me parece admirable: resucitar viejos arabismos españoles para traducir palabras árabes que a veces aparecen en los textos de esos escritores. Una frase suya me parece todo un programa de trabajo: "Conservadora propuesta para este milenio: consultemos el tesoro de nuestra lengua, antes de sucumbir
perezosamente al encanto de los términos foráneos"(19). Para Malika Embarek, el traductor español se encuentra en una posición privilegiada al traducir a los autores magrebíes: al resucitar arcaísmos árabes, consigue un doble propósito: "extranjerizar" el texto (en el sentido de Lawrence Venuti) y, al mismo tiempo, domesticarlo y castellanizarlo para el lector de hoy, recordándole términos castizos olvidados.
Por último está el caso de los turcos (y no sólo turcos) que escriben en alemán, y de su figura más destacada: Emine Sevgi Özdamar. Resulta muy significativo que, a principios de 2002, el Canciller alemán Gerhard Schröeder invitara a tres escritores a hacer una lectura pública en el "Sky-Lobby" de la Cancillería Federal: Günter Grass, Christa Wolf y Özdamar, como representantes de las actuales literaturas alemanas en sentido estricto: la ex occidental y ex oriental, y la literatura escrita por inmigrantes.
No se trata en este caso de una literatura poscolonialista, sino de una literatura de la emigración. Turcos, italianos, checos, sirios, portugueses, búlgaros, yugoslavos, japoneses, españoles (el magnífico poeta José F.A. Oliver, andaluz de la Selva Negra)... están hoy colonizando el idioma alemán, al obligarlo a decir cosas que ningún alemán diría. Son autores que escriben directamente en ese idioma, pero, lo quieran o no, están también traduciendo su cultura. Muchos de ellos han recibido el premio Adelbert von Chamisso, creado precisamente para escritores en alemán que no tiene el alemán como lengua materna.
Yo he traducido al español a Özdamar, lo que ha sido un placer infinito, y he podido suplir en parte mi ignorancia del turco y la cultura otomana gracias a la disponibilidad de la autora para responder a mis preguntas. Sin embargo, hay en sus obras todo un mundo de imágenes y metáforas que he tenido que ir asimilando lentamente. Mi consuelo es que el lector de habla española, en principio, tampoco dispone de ese bagaje cultural y, por lo tanto, mi recepción como traductor es tan ingenua como la suya. Sin embargo, hay un problema secundario: en ocasiones, el alemán de Özdamar es "incorrecto". Y ella se ha negado siempre a que se corrigieran sus errores, porque esos errores, decía, eran precisamente ella.
Hay una obra de Emine Sevgi Özdamar de especial interés para el tema de que aquí se trata. Es el relato "La lengua de mi madre" (Mutterzunge), incluido en el libro del mismo nombre. En él, la autora, que siempre ha escrito en alemán, aunque llegó a Alemania a los catorce años para trabajar como obrera y fue luego actriz en el Berliner Ensemble, bajo la dirección de los discípulos de Brecht, se pregunta cuándo perdió la lengua de su madre. "Ahora sólo recuerdo frases de mi madre que ella dijo en su lengua de madre, pero, cuando me imagino su voz, las frases me vienen a los oídos como un idioma extranjero bien aprendido" (20). Me parece imposible ejemplificar mejor el extrañamiento del emigrante.
También en la traducción de esos textos, aunque escritos directamente en alemán, hay una traducción previa de su autor. Y, para el traductor posterior a otro idioma, manejar tres culturas (incluida la suya) no es fácil. Su voz se convierte más claramente que nunca en esa "terceira voz" de que ha hablado Joâo Barrento (21). Pienso de paso que la instintiva desconfianza que todos sentimos hacia las traducciones hechas a través de una lengua intermedia se justifican, no sólo porque, como puede comprobarse con frecuencia, el nuevo traductor asume y aumenta los errores del traductor intermediario, añadiendo los propios, sino porque, sencillamente, cuando la traducción no es directa hay otra cultura que se interpone, otra cultura que a veces no conoce en absoluto el traductor final.
Quisiera señalar que hoy asistimos a un fenómeno global, alarmante, y globalmente alarmante, que es el de la mal llamada "globalización" (anglicismo ya imparable). En el campo cultural hay que preguntarse: globalización ¿de qué? ¿Vamos realmente hacia una cultura universal? Goethe habló de la "literatura mundial", pero él se refería al conocimiento mutuo, precisamente a través de la traducción, de una multitud de literaturas nacionales, es decir, a una coexistencia activa de literaturas coetáneas(22).
En cualquier caso, es evidente que, actualmente, el idioma colonizador es el inglés. Y también que ello no se debe tanto a la herencia del vasto imperio británico como al inmenso poderío económico de los Estados Unidos. La colonización cultural estadounidense (entendiendo "cultura" en un sentido muy amplio) es la mayor que ha existido jamás. McDonald's o Coca-Cola son sólo símbolos, y las formas de penetración cultural (el cine, la televisión o los comics (23), por ejemplo, empezando por la propia palabra comics) son innumerables, pero Internet es la verdadera fuerza invasora, mucho más poderosa que las mortíferas armas del Imperio.
La cosa sería relativamente sencilla para el traductor si todas las culturas, todas las lenguas, sufrieran esa influencia por igual, es decir, si todas lenguas estuvieran igualmente contaminadas por el inglés. [Por poner un ejemplo reciente, aunque no importante. En la última novela de Günter Grass, A paso de cangrejo, aparece, ya en la segunda página, la palabra story, totalmente incorporada hoy al alemán (véanse las Simple Storys de Ingo Schulze). En la novela de Grass designa el tema de un reportaje que el narrador protagonista tiene que escribir, pero, aunque se justifique en alemán por su uso en el lenguaje periodístico, se trata de un anglicismo perfectamente innecesario en español y todavía no introducido. Yo hubiera podido utilizar esa palabra, que hubiera sido perfectamente comprensible para el lector español. Pero ¿por qué importar un término inútil?] Sin embargo, ningún país, ninguna nación quiere perder su propia lengua, ninguno quiere que se corrompa irremediablemente. ¿Qué hacer? También en el caso español la situación está cambiando. En otros tiempos la Real Academia Española (y el conjunto de las academias latinoamericanas) era normativa y clara. En los últimos años parece dispuesta a aceptarlo casi todo. Es cierto que, como dijo Américo Castro, "todo idioma tiene suficiente vitalidad para asimilar o expulsar elementos extraños, y cuando esto no ocurre, es que está a punto de dejar de existir..." (24). Los idiomas fuertes –lo dijo también Goethe– se tragan lo extranjero y lo digieren. Ése es el caso del inglés, que nunca se plantea problemas de asimilación. Álex Grijelmo lo ha expresado más coloquialmente: "El idioma sabe defenderse solo. Sólo necesita tiempo y que le dejen tranquilo"(25). Los franceses, sin embargo, no piensan lo mismo, y la razón no es tanto quizá el conservadurismo de la Académie française, sino el sincero amor del francés a su propia lengua. Son los franceses los que con más firmeza se oponen a la invasión lingüística estadounidense.
El ciudadano español, en contra de lo que a veces se dice, tiene también un profundo cariño a su idioma, aunque le falte la cultura del francés. No obstante, tradicionalmente ha necesitado, como el francés, una autoridad que fijara la norma... aunque sólo fuera para saber contra qué norma tenía que rebelarse. Como decía Lázaro Carreter, "no cabe... optar por decisiones tajantes, pues casi nada es tajante y neto en la vida de un idioma" (26).
Yo creo sinceramente que en España incumbe al traductor, como a cualquier otro escritor, una función importante y difícil. Por un lado, debe conservar la limpieza del idioma, por otro tener conciencia siempre de que también en materia lingüística la soberanía reside en el pueblo. El traductor debe vivir en el mundo real y no puede descargar su responsabilidad sobre la Real Academia Española. Hoy, todos somos académicos de la Lengua. Y el traductor español tiene que enfrentarse al el reto que supone un mundo "globalizado" (valga la redundancia) en el que el inglés es rey. Su responsabilidad es grande, porque el traductor es, debe ser, no sólo un puente entre culturas sino también un defensor de las fronteras de la cultura española.

NOTAS
1 Susan Bassnett, y André Lefevere (eds.): Translation, History and Culture, Pinter, Londres 1990, pág. 11.
2 Klaus Reichert: Die unendliche Aufgabe, Cal Hanser, Munich 2003, pág. 298.
3 Frantz Fanon: Peau noire, masques blancs, Éditions du Seuil, París 1952, pág. 25.
4 Alfred W. Crosby: Ecological Imperialism (The Biological Expansion of Europe, 900-1900), Cambridge University Press, Cambridge 1986.
5 Antonio de Nebrija: Gramática de la lengua castellana (edición crítica de Antonio Quilis). Ediciones de Cultura Hispánica, Madrid 1992, prólogo.
6 Bernal Díaz del Castillo: Verdadera Historia de la Conquista de la Nueva España, Alianza Editorial, Madrid 1989, pág. 87.
7 Sobre el reflejo del hallazgo de Rushdie en la crítica literaria y, especialmente, en The Empire Writes Back, de Wlliam Ashcroft, Gareth Griffiths y Helen Tiffin (eds.), (Routledge, Londres y Nueva York, 1989), así como el concepto de "contraescritura" en general, véase María José Vega: Imperios de papel (Introducción a la crítica postcolonial), Crítica, Barcelona 2003, págs. 235 y sigts.
8 Salman Rushdie: Mirrorwork: 50 Years of Indian Writing: 1947-1997, Henry Holt, Londres 1998.
9 Íd.: Step Across This Line (Collected Nonfiction 1992-2002), Random House, Nueva York 2002, págs. 49 y sigts. (Traducción española de Miguel Sáenz: Pásate de la raya, Plaza & Janés, Barcelona
2003).
10 "I, too, am a translated man. I have been borne across. It is generally believed that something is always lost in translation; I cling to the notion - and use, in evidence, the success of Fitzgerald-Khayyam - that something can also be gained." (Salman Rushdie: Shame, Jonathan Cape, Londres 1983, pág. 29; traducción española de Miguel Sáenz: Vergüenza, Alfaguara, Madrid 1985).
11 Op.cit., págs. 62 y sigts.
12 G.J.V. Prasad: "Writing translation (The strange case of the Indian English novel", en Susan Bassnett y Harish Trivedi (eds.): Postcolonial Translation (Theory and Practice), Routledge, Londres y Nueva York, 1999, págs. 41 y sigts.
13 Meenakshi Mukherjee: The Twice Born Fiction (Heinemann, Nueva Delhi, 1971), págs. 173 y 174.
14 Maria Tymoczko: "Post-colonial writing and literary translation", en Bassnett y Trivedi (eds.): op.cit. en la nota 12, pág. 21.
15 Gayatri Chakravorty Spivak: A Critique of Postcolonial Reason (Toward a History of the Vanishing Present), Harvard University Press, Harvard (Mass.) y Londres, 1999, pág. 162.
16 Salman Rushdie: Op.cit. en la nota 9, págs. 373 y 374.
17 Samia Mehrez: "Translation and the post-colonial experience: the francophone North African
text", en Lawrence Venuti (ed.): Rethinking Translation: Discurse Subjectivity Ideology, Routledge, Londres 1992, pág. 121
18 Malika Embarek: "Traducirse a sí mismo", en Miguel Hernando de Larramendi y Juan Pablo Arias (eds.): Traducción, emigración y culturas, Universidad de Castilla-La Mancha, Cuenca 1999, págs. 205 y sigts.
19 Malika Embarek: "Mis arabismos preferidos: alheña", Instituto Cervantes: El Trujamán, 17 de mayo de 2000 [http://cvc.cervantes.es].
20 "Ich erinnere mich jetzt an Muttersätze, die sie in ihrer Mutterzunge gesagt hat, nur dann, wenn ich ihre Stimme mir vorstelle, die Sätze selbst kamen in meine Ohren wie eine von mir gut gelernte Fremdsprache."
(Emine Sevgi Ösdamar: Mutterzunge, Rotbuch, Berlín 1990, pág. 7; traducción española de Miguel Sáenz: La lengua de mi madre, Alfaguara, Madrid, 1996).
21 Joâo Barrento: O poço de Babel (Para uma poética da traducâo literária), Relógio d'Agua, Lisboa, 2002, págs. 106 y sigts.
22 Véase Fritz Strich: Goethe und die Weltliteratur, Francke, Berna 1946.
23 Véase Ariel Dorfman y Armand Marttelart: Para leer al Dato Donald, Ediciones Universitarias, Valparaíso 1971.
24 Américo Castro; "Los galicismos", Lengua, enseñanza y literatura, Madrid 1924, pág. 107. Citado
por Manuel Seco: Diccionario de dudas y dificultades de la lengua española (10ª ed.), Espasa, Madrid, 1998, pág. XX.
25 Álex Grijelmo: Defensa apasionada del idioma español, Taurus, Madrid 1998, pág. 132.
26 Fernando Lázaro Carreter: El dardo en la palabra, Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores, Barcelona, 1997, pág. 25.