lunes, 18 de agosto de 2014

Si te toca traducir "tinker" o "traveller", sonaste

Carmen Torregrosa, del Centro de Traducción de los Órganos de la Unión Europea, publicó el siguiente artículo en Punto y Coma, el Boletín de los Traductores Españoles de las Instituciones de la Unión Europea, y aunque así presentado parece parte de un trabalenguas, trata sobre una cuestión bien concreta: una palabra que, como otras tantas, no tiene traducción posible.

Algunas consideraciones sobre los travellers irlandeses

 

Del Observatorio Europeo del Racismo y la Xenofobia nos ha llegado una nota pidiéndonos que no traduzcamos la palabra Travellers cuando se refiere a un colectivo concreto (minoría étnica irlandesa), sino que la dejemos siempre en inglés.

Como seguramente más de uno se cuestionará lo bien fundado de tal decisión (pues de todos es sabido que el impulso natural del traductor es traducir), intentaremos aquí, en previsión de eventuales objeciones, rebatirlas con toda la proactividad que nuestra imaginación nos permita.

Los travellers son una minoría autóctona de Irlanda (aproximadamente el 0,5 % de la población nacional) con una cultura y forma de vida particulares, de las que el nomadismo es parte fundamental pero no exclusiva. Aunque con muchas afinidades socioculturales con los romà1, no les son asimilables: pertenecen, en efecto, a una etnia distinta, de origen controvertido (celta o anterior) pero en cualquier caso muy antiguo, hasta el punto de que muchos los consideran los irlandeses de mayor solera2.Están documentados en la verde Eire al menos desde el siglo XIII; en The Taming of the Shrew, Shakespeare nos presenta a un traveller y sus costumbres.

En la actualidad se calcula que existen unos 25.000 en Irlanda, a los que cabe sumar los de la diáspora: 15.000 travellers irlandeses viviendo en Gran Bretaña y unos 7.000 travellers de ascendencia irlandesa en los Estados Unidos (adonde emigraron azuzados por el hambre de la patata). Incluso en Australia y Canadá pueden encontrarse pequeños núcleos.

Hablan el shelta (también llamado gammon, sheldru o cant), una lengua con sustrato celta (especialmente el léxico) y una estructura sintáctica que presenta rasgos del inglés y del romaní. Sin embargo, la lengua tiende a perderse entre las nuevas generaciones, que cada vez más se expresan en inglés, aunque con un acento y unas expresiones muy peculiares y reconocibles.

Históricamente se han dedicado a la calderería, y por eso se les conoce también con el sobrenombre despectivo de tinkers (al que cabe añadir el de  knackers,  pikeys e incluso gypos). Son además, por lo que parece, excelentes tratantes de caballos (de hecho existe una raza muy apreciada conocida comoTinker horses).

Su forma de vida los emparenta, por tanto, con otras poblaciones itinerantes que están luchando por un reconocimiento de su cultura que les ayude a hacer frente al racismo al que, por unos u otros motivos, se han visto secularmente expuestos. Con la idea de que los principales interesados arrojaran luz sobre su identidad antropológica, histórica y política, el Consejo de Europa celebró en septiembre de 2003 un seminario (Cultural identities of Roma, Gypsies, Travellers and other related groups in Europe) al que asistieron representantes de todas estas comunidades. Parece que todavía no se han elaborado las conclusiones, entre las que debería encontrarse el apelativo con que tales colectivos desean que se los identifique. La cuestión es espinosa, pues algunos son partidarios de adoptar un nombre general (Romà) que les confiera el peso específico necesario para llevar a buen puerto sus reivindicaciones, mientras otros prefieren distinguirse del magma indiferenciado a que los ha confinado la mirada del otro: ya se sabe que todos los no grecorromanos son bárbaros mientras no se demuestre lo contrario3. En cualquier caso, para los fines que aquí nos ocupan, los travellers parecen decididos a enarbolar su diferencia frente al colectivo romaní, y a que se los llame por este nombre.

La pregunta es ahora qué hacemos con ello en español. Sin duda el primer reflejo del traductor es transformarlos en «itinerantes» o «nómadas», tal vez añadiéndoles el gentilicio «irlandeses» para borrar todo asomo de duda. Sin embargo, no hay que olvidar que en inglés existe tanto  itinerant  como nomad, que son en cierto modo hiperónimos en los que se incluyen estos viajeros por antonomasia.

O lo que es lo mismo: que no todos los travellers son Travellers, y traducir este último término por «nómadas» o «itinerantes» es reducir el concepto; además de que, en la práctica, puede prestarse a confusión (incluso adjetivándolo con «irlandeses»), como de hecho ha sucedido en más de una ocasión4.

No es este el lugar para andar buscándoles los semas a itinerantes, nómadas, trashumantes, buhoneros, titiriteros, vaqueiros de alzada o cómicos de la legua; sobre todo porque, a mi modesto entender, la cuestión es tan sencilla como que se trata de un gentilicio y como tal hay que traducirlo, dejando libre el hiperónimo para usos más generales5.

En cualquier caso, para estar segura de qué entiende un anglófono cuando decimos the Travellers, así, con la mayúscula o el artículo que dan al nombre común el empaque que requiere para convertirse en propio, yo hice un sencillo experimento, al alcance de cualquiera que tenga a mano un hispano-irlandés o similar. A saber: pregunté a bocajarro a mi cobaya qué entendía por Travellers. La respuesta fue inmediata: «gitanos». Independientemente de la aberración etimológica que supone emparentar a celtas y egipcios6, el experimento prueba, o al menos eso creo, que para un anglófono los Travellers no son unos nómadas cualquiera, sino estos tataranietos de los celtas con unos usos y costumbres y una problemática que se asemejan bastante a los de nuestros gitanos. Y, por supuesto, con su propio gentilicio (aunque, por razones obvias, sin el correspondiente topónimo).

¿Se traducen los nombres gentilicios? Para responder a esta pregunta remito al lector directamente al esclarecedor artículo sobre toponimia de Miquel Vidal en este mismo número, y especialmente al apartado «Los exotopónimos contraatacan». Sustituya el amable lector «topónimo» por «gentilicio» en todo el texto y entenderá por qué me parece de justicia conservar el «endogentilicio» (permítaseme el barbarismo). Y por qué, puestos a hispanizar, la única traducción plausible que se me ocurre es «trávelers» (y, la verdad, para este viaje...)7. Eso sí, incluso si dejamos a los Travellers tan en inglés como su madre los trajo al mundo, la minúscula parece de rigor, pues de todos es sabido que en español los gentilicios sustantivados son menos importantes que en inglés (the Irish, pero «los irlandeses»).

En realidad, creo que la raíz del problema está en la decisión, a mi juicio desafortunada, de bautizarse con un vocablo tan genérico y transparente en una lengua tan universal. Si se llamaran sápmi, sinti oboyash, a santo de qué íbamos a estar aquí buscándole tres pies al gato.

Con un poco de suerte, a lo mejor todavía se deciden a presentarse al mundo como Pavees («comerciantes», en shelta), el término con que de hecho se refieren a sí mismos8. A mí me parecería lo más sensato; y, sinceramente, se me escapan las razones que pueden inducirles a no hacerlo.

Pero incluso si no es el caso, no veo dónde está el problema de llamarles por el nombre que ellos mismos se impongan. Al pan, pan; y a los Travellers, travellers.


1 
Sobre la denominación en español de la etnia gitana, véase el siguiente artículo en la Plataforma del Parlamento Europeo:
http://www.europarl.europa.eu/transl_es/plataforma/pagina/toponim/toporoma.htm


2 
Son más afines, según parece, a los Jenisch centroeuropeos y a nuestros mercheros(despectivamente conocidos como quinquis por ser, como los travellers, quincalleros), de origen también incierto (no son gitanos ni payos) y cuya lengua no presenta parentesco conocido con ninguna. Recordemos que nuestro merchero más célebre es Eleuterio Sánchez, ex Lute.

3 
No estará de más recordar aquí que las palabras «bárbaro» y «beréber» comparten un mismo origen etimológico; las realidades que designan, en cambio, comparten bien poca cosa, como no sea la ignorancia del que así las nombró.

4 
Durante bastante tiempo, en el Consejo de Europa se tradujo Travellers al francés como Gens du voyage, que es en Francia una categoría administrativa, lo que, por lo visto, ha causado bastantes problemas. De hecho, la terminología utilizada es relativamente confusa, como puede comprobarse fácilmente echando un vistazo a sus documentos, y es precisamente esto lo que está intentando resolverse.
Por otro lado, la adjetivación «irlandeses» podría entenderse como una simple oposición a losScottish Travellers...

5 
Véase al respecto la siguiente declaración hecha en la Conferencia Mundial contra el Racismo de 2001 por la Unión Romaní española: «We absolutely reject the denomination nomads because of its generic as imprecise character. Incorporating the translation of this expression for the universal denomination of our people is not justified by the fact of the existence of a tiny minority of persons who call themselves travellers» (http://www.unionromani.org/notis/new2001-09-03.htm).

6 
Recordemos que la palabra «gitano» procede de «egiptano», origen que se le suponía, por defecto, a todo aquel que venía de Oriente.

7 
Huelga decir que de ninguna manera podemos traducirlos por «romà» o por «mercheros», pues eso sí sería mezclar churras con merinas.

8 
Aunque, para nombres bonitos, el que les dan en Australia, The Sundowners (porque levantan su campamento allí donde el sol se pone).



viernes, 15 de agosto de 2014

Fealdades argentinas como formas de identidad (II)

Una ampliación de la nota publicada en el día de ayer, donde los autores de la obra le explican a María Luján Picabea, de Ñ, cómo recopilaron los términos y los riesgos que se corren ante el envejecimiento precoz de un trabajo complejo.

El glosario infinito

La discusión que damos aquí es sobre el lugar de las palabras en la política, y para ello nos inscribimos en la tradición teórico social, teórico política que dice que las palabras no son una añadidura, un agregado a una vida material independiente, sino que forman parte de la materialidad de la vida social y política, y son productivas, crean realidades”, resume el sociólogo e investigador Gabriel Vommaro y habla del  Diccionario del léxico corriente de la política argentina. Palabras en democracia (1983-2013) , producto de un proyecto interdisciplinario que coordinó junto a la lingüista Andreína Adelstein, con el apoyo de la Agencia Nacional de Promoción Científica y Tecnológica y la Universidad Nacional General Sarmiento (UNGS).

El proyecto, surgido en 2008, se agitó hacia el interior de un grupo de investigadores del Instituto de Desarrollo Humano de la Universidad, cuenta Adelstein, que integraba junto a Vommaro y Eduardo Rinesi, entre otros. Ellos comenzaron a interrogarse sobre frases y términos emblemáticos de las distintas etapas, desde el retorno a la democracia. “La idea era hacer un repertorio del modo en que el lenguaje político decía algo sobre el ciclo político argentino reciente”, comenta Vommaro y agrega que fue Adelstein y el equipo del área de ciencias del lenguaje quienes dieron una forma más esquemática a la idea, que se materializó, luego, en el diccionario.

“Lo primero que hicimos fue ver qué tipo de diccionario queríamos. Pensábamos que tenía que ser un diccionario no especializado sino para el gran público y que tuviera una doble mirada, la de la política y la del cambio lingüístico. Para ello señalamos ‘palabras testigo’, es decir, palabras que representaran momentos determinados del lapso, que clasificamos según los períodos presidenciales y a partir de áreas temáticas”, detalla Adelstein.

Aquellas palabras, que se convertirían luego en las 106 entradas fueron rastreadas, cuenta la lingüista, en entrevistas con especialistas: “Les consultábamos sobre las palabras más representativas de los últimos 30 años. Con ellas definidas, luego, íbamos a la prensa para buscar ejemplos y usos”. Una vez definido el corpus, el equipo –integrado por Adelstein, Victoria Boschiroli, Mariana Berri, Inés Kuguel y Julieta Straccia, de área de lingüística; Ricardo Aronskind, Sergio Morresi, María Elena Qués, Eduardo Rinesi y Gabriel Vommaro, del área política, con la colaboración de Susana Nothstein y Gabriela Krickeberg– convocó a más de sesenta autores para que redactaran las entradas, con los que trabajó en un intenso ida y vuelta para lograr homogeneizarlas. “Antropólogos, economistas, historiadores, politólogos y sociólogos aceptaron el desafío de describir en un espacio breve, y para un público no necesariamente experto en la materia, términos asociados a temas en los que ellos son, en la mayoría de los casos, reconocidos especialistas”, escriben los coordinadores en el prólogo.

De ese trabajo interdisciplinario, surgió un diccionario que, considera Adelstein, “arriba a una mirada lingüística del funcionamiento de las palabras y el rol que tienen en la política, en la conformación del léxico de un país”, y para ello se apeló– como bien dice en el prólogo– al léxico común del español de la Argentina reciente, en el marco del desarrollo histórico social. Por léxico común entendemos el conjunto de vocablos que un hablante comprende y usa”, en oposición al léxico especializado o científico.

El índice de entradas del Diccionario da cuenta de una nutrida y permanente creación colectiva, que desde 1983 hasta la actualidad ha tenido momentos de mayor ebullición que otros, pero ha mantenido alta su vitalidad. “La complejidad de la democracia argentina, los altibajos, las mutaciones recurrentes la hicieron muy rica en productividad de términos y de resemantización de términos clásicos. La productividad de la aparición de nuevos sujetos sociales, actores políticos, nuevas identidades políticas, actores vinculados con el mundo económico, palabras vinculadas con el impacto político, etiquetas de descalificación política de adversarios, etc. Hay una riqueza que no necesariamente tiene un sentido positivo pero sí en función de la vitalidad y de la intensidad de la política argentina”, cuenta Vommaro.

Para el sociólogo, sin embargo, hay períodos, o más bien coyunturas, que hacen necesario el nacimiento de nuevos términos y fogonean cierta creatividad en el uso del lenguaje: “Los contextos de crisis y conflictividad político social más alta son contextos particularmente productivos porque aparecen neologismos, nuevos términos. Recurrimos a la invención porque lo que está no nos alcanza para definir lo que pasa”, resume.

Lo que habla a las claras del “increíble dinamismo de la lengua”, según Adelstein: “Los diccionarios son viejos apenas salen”, comenta y acerca ejemplos recientes: “Nuestro diccionario quedó viejo con todo lo que está pasando ahora con palabras como ‘buitres’ y ‘default’ ”.

Es que los diferentes actores imponen nuevos conceptos o reactualizan permanentemente términos que más temprano que tarde son tomados por la calle: “Sin duda, los medios de comunicación son grandes productores de neologismos y nuevas palabras para describir la política, la economía y la vida social, simplemente porque necesitan condensar procesos en un término o una expresión. Pero no son los únicos. Hay palabras que crean los actores políticos y los actores sociales, hay instancias de negociación, pasa mucho en la definición de identidades políticas. Pasó, por ejemplo, con el caso de los piqueteros que primero rechazaron ese nombre y luego lo reivindicaron con cierto orgullo. La construcción de las palabras nos habla del modo en que conflictivamente le damos sentido a la realidad social, el modo en que nombramos el mundo político, económico, sus actores, sus conflictos, sus problemas”, explica el sociólogo.


jueves, 14 de agosto de 2014

Fealdades argentinas como formas de identidad (I)


“Lenguaje político. Un diccionario recopila voces surgidas en democracia que interpretan experiencias y fenómenos de la historia reciente”, dice la bajada de la nota publicada por el periodista Fabián Bosoer en la revista Ñ del sábado 9 de agosto pasado.

Neopalabras para poder entender la Argentina

Cuánto de revelación y de recurrencia hay en el lenguaje político de los argentinos? ¿Nombramos fenómenos nuevos con categorías viejas o ensayamos nuevas palabras, neologismos o eufemismos, para revestir de novedad secuencias históricas que se reiteran, como variaciones o actos reflejos sobre las mismas temáticas y cuestiones, estímulos y respuestas?

¿Se ha enriquecido o empobrecido el discurso político en las últimas décadas? ¿Hay un lenguaje propio de la democracia, con sus modismos, semióticas y semánticas? ¿Qué nos dicen estas palabras acerca de los actos del habla que caracterizan al ámbito en el que se enuncia y despliega la construcción simbólica y material de la política, redes sociales y medios masivos mediante? ¿Son estos “decires” el resultado de una construcción social dialógica, que surge del debate y el diálogo entre diferentes voces?, ¿O representan una constelación de emisiones auto-referenciales que se reafirman en sus maneras de describir realidades?

Recordamos la tesis de Foucault en Las palabras y las cosas (1966) como premisa: cada momento de la historia posee ciertas condiciones subyacentes de verdad que constituyen una suerte de base material de toda subjetividad fundante; las condiciones del discurso cambian a lo largo del tiempo, de un período a otro. El lenguaje vale como signo de las cosas. Como expresión y agente de inscripción generacional y cultural de identidad social y de comunidades nacionales es, además, el ámbito donde es posible situar las disputas ideológicas, la creación de sentidos y la construcción de realidades. Los términos y las palabras conceptualizan segmentos de esa realidad y nos sirven para denominar objetos, individuos y procesos, permitiéndonos así aproximarnos al mundo.

El lenguaje político tiene, a su vez, sus propias reglas, lógicas, campos de gravitación y de acción; depende de quiénes lo utilizan, hacia quiénes se dirige y cuáles son sus condiciones de surgimiento y circulación. Dirigentes, funcionarios, periodistas, intelectuales, son portadores de emisiones y enunciados que nos permiten describir la dimensión discursiva de la democracia, sus universos de sentido, brújulas y hojas de ruta que orientan nuestras acciones y que las reproducen.

Sabemos lo que significó luchar por nuestro derecho básico a nombrar las realidades que vivimos y se nos escamoteaban –la palabra “desaparecidos” resume ese extremo de in-visibilización forzada: “que digan dónde están”, fue el reclamo. Tipificar conductas y procederes que no estaban contemplados en códigos y leyes, desplegar relatos que permitieran entender lo incomprensible fue tarea compleja de la transición. Luego tuvimos otros aprendizajes y distorsiones, como la de pretender que ciertas realidades existen sólo porque son nombradas –decir es hacer, prometer es realizar–, la práctica de instituir realidades retóricamente a la que es tan afecto el discurso político, con sus relatos justificatorios o apologéticos.

Nuestra historia política reciente estuvo signada por profundas crisis y transformaciones sociales, políticas y económicas, así como por permanencias y reincidencias, en cuyo desencadenamiento y desarrollo fueron centrales actores que incorporaron “repertorios de acción” y formas de decir que sedimentaron como sentido común de una época. En el Diccionario del léxico corriente de la política argentina (Editorial Universidad Nacional de General Sarmiento), Andreína Adelstein, lingüista, y Gabriel Vommaro, sociólogo, dieron cuenta de ello coordinando a un grupo de especialistas a quienes encargaron una selección de esas palabras tal como las utilizaron los actores políticos y como se fueron “naturalizando” entre los ciudadanos profanos de la política. Los 106 términos recogidos en este volúmen incluyen desde voces de larga tradición, como “mercados”, “neoliberalismo” o “populismo”, hasta términos técnicos popularizados, como “riesgo país”, “convertibilidad” o “default”, “puntero” o “piquete”, o vocablos que se cargaron de intensidad e intencionalidad, como “inseguridad”, “destituyente”, “saqueo” o el tan en boga “fondos buitre”. Palabras que constituyen señales de identidad para aquellos que las nombran, articulando así un discurso político cuyas piezas parecen haberse desmembrado con el desdibujamiento de las grandes tradiciones ideológicas.

Puede reconocerse, escribe Vommaro, que los significados del mundo son objeto de conflicto entre actores con desiguales capacidades de producirlos y difundirlos, y que el sentido común es siempre un acervo de significados en disputa, sometido a luchas por su conservación, revisión o redefinición. El lenguaje no es sólo un conjunto de recursos compartidos que hacen posible la mejor o peor inteligibilidad del mundo, sino también y sobre todo un campo de batalla por la definición de sus significados. La misma democracia, por ejemplo, empieza a conceptualizarse de otras maneras, sostiene Eduardo Rinesi: “ni como una utopía ni como una rutina ni como un espasmo, sino como un proceso continuo y progresivo de profundización, ampliación y universalización de derechos. De la democracia se va, entonces, a la democratización: de la idea de sistema a la de proceso. Y sobre todo: del vínculo entre democracia y libertad al vínculo entre democracia y derechos”.

Carlos Strasser, en su última obra La razón democrática y su experiencia (Prometeo) es más riguroso y escéptico respecto de las definiciones amplias y ambiciosas; el lenguaje, nos está diciendo, debe servir ante todo para precisar conceptos que nos permitan luego desarrollar hermenéuticas: democracia, por ejemplo, es una de las palabras más abusadas de nuestro tiempo, sostiene: “De lo que cabe hablar hoy es de un orden político que, en rigor, guarda un parecido remoto con el concepto de un gobierno del pueblo, incluso con el concepto reajustado al día, el cual remite por un lado, nada más –y nada menos– que a un estado constitucional de derecho en el que las autoridades son elegidas cada tanto por el voto popular, y por el otro a un régimen de gobierno que no está compuesto sólo por esa ‘democracia’ sino también por otro tipo de régimen político, con los que ella se entrelaza y cohabita, por ejemplo, con la tecnocracia, el corporatismo, la oligarquía o la partidocracia. Volvemos, pues, a la importancia de nombrar y significar el sentido de las palabras que utilizamos. Como señala Ivonne Bordelois en La palabra amenazada , “las lenguas no sólo se ‘emplean’ no son sólo valores de comunicación, expresión personal o uso colectivo: contienen la experiencia de los pueblos y nos la transmiten, pero sólo en la medida en que estemos dispuestos a reconocer su capacidad de poder hablarnos. La expresión ‘usar la lengua’ reduce la lengua a un instrumento cuando en realidad es un proceso que vastamente nos trasciende”.

Algunos ejemplos del Diccionario

Abuelas
Al igual que en el caso de Madres, en los usos coloquiales propios de los organismos de derechos humanos y de diversos grupos políticos y sociales afines a sus planteos se entremezclan en la mención a Abuelas connotaciones afectivas. En las notas periodísticas es, en cambio, más frecuente que se refiera a la agrupación por su nombre completo. (Luciano Alonso)
 
Corralito 
La expresión (...) alude a la imagen de una jaula cerrada mediante redes utilizada para el cuidado de niños que recién comienzan a dar sus primeros pasos. El paralelismo con este objeto es bien gráfico, ya que así como el corralito material no deja mover a los niños. (Damián Zorattini)

Destituyente 
La voz alude a una acción por la cual se despoja a una autoridad de su cargo (...) Sin embargo, en la Argentina el término adquirió nuevas connotaciones, que, de alguna manera, se impusieron sobre las anteriores, a partir de su uso en un documento emitido por un grupo de intelectuales el martes 13 de mayo de 2008 conocido como Carta abierta. Allí se fijaba la posición de los firmantes en el marco del conflicto entre el gobierno nacional de Cristina Fernández de Kirchner y las patronales agropecuarias. (Leonardo Eiff) 

Escrache 
Acción y el efecto de fotografiar, retratar o prontuariar a alguien (...) En la Argentina de mediados de los años noventa para designar un tipo particular de acción de protesta que llevaban adelante los organismos de derechos humanos para denunciar a personas que habían participado de la represión durante la dictadura militar. (Pablo Bonaldi) 

Piquete 
En la Argentina contemporánea su uso se generalizó durante la década de 1990 para referirse al corte de rutas o calles como forma de protesta (...) En ese sentido, en nuestro país el piquete o los piquetes como forma de protesta social han quedado preponderantemente asociados a la organización y movilización de desocupados. (Sebastián Pereyra)


miércoles, 13 de agosto de 2014

Una gacetilla de prensa

Es sabido que, en Buenos Aires, desde el año pasado, la editorial El Hilo de Ariadna, dirigida por Leandro Pinkler y María Soledad Costantini, están publicando algo así como una Biblioteca Personal de J.M. Coetzee. Dicho de otro modo, tal parece ser que ellos le pagan a Coetzee para que éste les elija los títulos y les escriba un prólogo, y la editorial se encarga del resto. 

Se trata de una curiosa idea suntuosamente presentada, que cuenta, a la fecha, con títulos como La letra escarlata, de Nathaniel Hawthorne, La marquesa de O/Michael Kolhaas, de Heinrich von Kleist, Tres mujeres/Uniones, de Robert Musil, Madame Bovary, de Gustave Flaubert, El ayudante, de Robert Walser y se anuncian Watt, de Samuel Beckett, Roxana, de Daniel Defoe, El buen soldado, de Ford Madox Ford, Cuentos, de Franz Kafka, Las esferas del mandala, de Patrick White De todo esto nos enteramos leyendo la gacetilla de prensa que ahora anuncia la aparición de La muerte de Iván Ilich / Patrón y Peón / Hadji Murat, de Lev Tolstói, en traducción de nuestro viejo conocido Alejandro González, a quien felicitamos por la labor realizada. 

La gacetilla de prensa dice otras cosas, pero no vienen al caso.



martes, 12 de agosto de 2014

Autores de todo el mundo se unen para frenar el avance de la librería virtual.

La noticia –seguramente un cable, porque no lleva firma– fue publicada por Ñ el 7 de agosto pasado. Se trata de una guerra entre hampones –Amazon y Hachette, pero podrían haber sido cualequieras otras distribuidora global y multinacional del libro– en la que los escritores quedan en el medio. Del lugar que le cabe a los traductores en esta pugna entre truhanes, mejor ni hablar.

Escritores unidos contra Amazon

Casi 900 autores de todo el mundo han firmado una carta protestando contra las tácticas de Amazon en sus agresivas negociaciones comerciales con la casa editorial Hachette, la cuarta más grande de los Estados Unidos. La lista incluye best-séllers y autores de prestigio y reconocimiento mundial como Paul Auster, Donna Tartt, John Grisham y Stephen King. El autor de thrillers tecnológicos, Douglas Preston, ha sido el creador de esta iniciativa.

A través de The Authors Guild, una organización estadounidense fundada en 1912 que milita por los derechos de autor, se publicó la carta que declara que –en el último mes– Amazon a) boicotea autores de Hachette; b) rehúsa aplicar descuentos a los títulos de Hachette; c) demora la entrega de títulos de Hachette por semanas.

La carta dice lo siguiente: “Como escritores, sentimos fuertemente que ningún vendedor debería bloquear la venta de libros o disuadir a clientes de comprar los títulos que desean. No es justo que Amazon, como parte de sus represalias, perjudique a un grupo de autores que no tienen parte en la disputa.” En su pulseada con Hachette, Amazon retruca que no hay motivos para que un libro electrónico cueste más de diez dólares. Lo justifica argumentando que un e-book no se imprime, no tiene gastos de distribución ni de depósito ni se corre el riesgo de hacer libros de más: una vez pagados los costos de edición, todo es ganancia. Para Douglas Preston: “Por mucho tiempo, Amazon ha estado abusando de su poder de una forma prepotente y creo que los autores están hartos. Nos sentimos traicionados porque ayudamos a Amazon a convertirse en una de las corporaciones más grandes del mundo. Lo apoyamos desde el comienzo, contribuimos con blogs gratis, reseñas no pagadas y todo tipo de tareas que Amazon nos pidió hacer sin recompensa.” Acerca de la protesta de los autores dijo: “Nunca en mi vida he visto a autores unirse como lo están haciendo en este caso.” Philip Jones, editor de Bookseller –una de las publicaciones más importantes sobre la industria editorial en los Estados Unidos– declaró: “Todo el mundo piensa que esta negociación va ser crucial para lo que viene. No sabremos cuáles sean los términos que se firmen cuándo eventualmente se pongan de acuerdo, pero eso será una línea dibujada en la arena con la cual todos tendremos que vivir.” Jones agregó: “Amazon es tan grande y tan dominante que esto tendrá un efecto global. Especialmente en el mercado de los libros electrónicos, en el cual si no estás siendo vendido o activamente promocionado por Amazon, estás muerto.” Ya ha habido disputas parecidas pero esta es la primera vez que se ha despertado la ira colectiva de los escritores. “Ser señalado como una empresa que es irrespetuosa hacia los autores no es nada bueno para Amazon.” dijo Jones.

Amazon ha intentado ganar terreno en la disputa ofreciendo darle el ciento por ciento de las regalías a los autores de Hachette mientras que dure la disputa, pero el sello editorial rechazó esta oferta.

Por su lado, Amazon dice que está luchando para ofrecer mejores precios a sus clientes. En una reciente entrevista con el Wall Street Journal, Russ Grandinetti, el vice presidente de contenidos de Kindle –el dispositivo de lectura electrónica de Amazon– afirmó: “Esta discusión es sobre los precios de los e-books. Los términos bajo los cuales establezcamos acuerdos comerciales determinarán el nivel de los precios que podremos ofrecer a nuestros clientes.” Nadie estima que la disputa Amazon-Hachette se resolverá pronto. Por su lado, Preston ha prometido seguir luchando por los derechos de autores.

lunes, 11 de agosto de 2014

Inéditos de Virginia Woolf en castellano, que acaban de ser publicados

Miguel Ángel Martínez-Cabeza acaba de traducir y publicar los ensayos incluidos en Atardecer en Sussex y otros escritos, que reúne trabajos inéditos en castellano de Virginia Woolf. Publicados por Abada Editores, de España, el 6 de agosto pasado, Juan Carlos Talavera dio cuenta de la obra en Excelsior, de México, y conversó con el traductor. 


La faceta más íntima y compacta de Virginia Woolf

CIUDAD DE MÉXICO, 6 de agosto.- Traducen y publican, por primera vez al español, 15 artículos y ensayos de la narradora inglesa Virginia Woolf (1882-1941) en el libro Atardecer en Sussex y otros escritos, donde aborda temas como la pintura y algunos viajes por España y Estados Unidos.

El volumen, publicado por Abada Editores, recién llega a México y, en entrevista con Excélsior, el traductor Miguel Ángel Martínez-Cabeza explica que éste ofrece un recorrido por la faceta más íntima de la narradora y ensayista, en la que se pueden apreciar los ejercicios de escritura más compacta que Woolf realizó a lo largo de su vida.

Atardecer en Sussex y otros escritos incluye 15 textos más, que habían permanecido dispersos, en los que Woolf escribe sobre música y sus viajes por Europa. “Aunque lo más importante es cómo Virginia Woolf mantiene su esencia como narradora y muestra la capacidad que tiene para trascender el momento; y es posible apreciar cómo la autora se aleja de la perspectiva académica para acercarse más al lector”, explica.

Vía telefónica desde España, el traductor considera que se debe resaltar que en estos textos existe una visión literaria, pero no evocadora de la autora, pues ella misma criticaba esa especie de “viajera sentimental”, pues aseguraba que es muy fácil tomar un elemento del paisaje, darle vueltas y hacerlo atractivo al lector. “Lo cierto es que ella no se detuvo a hacer eso”.

Sobre la idea de cómo nació este libro, Martínez-Cabeza comenta que el objetivo era compilar los 15 inéditos en español y reunirlos con otros 15 textos ya publicados, pero muy difíciles de encontrar, para así reunir esos otros temas de Woolf, como la pintura, la música y los lugares.

De los inéditos destaca “Prefacio a Pinturas recientes de Vanessa Bell”, quien era su hermana, “Exposición conmemorativa de Roger Fry”, “Norteamérica”, donde nunca ha estado, “El momento: una noche de verano” (póstumo); y otros que podrían ser ubicados entre los mejores que escribió, como “La Royal Academy”, “Dibujos y retratos”, “Extranjeros en Londres”, “El château y la vida en el campo”, “La casa de Lyme” y “Reflexiones de una puesta de Sol”.

Lo cierto es que a lo largo de esta compilación de escritos, que se ubican entre 1904 y 1947, se mantiene la esencia literaria de la escritora, “al mostrar un elemento común muy marcado: su posición cercana frente al lector. Recordemos que ella no tuvo formación universitaria, aunque no hizo otra cosa en su vida que leer y escribir”.

Así que la autora inglesa adoptó una perspectiva poco académica y esa idea la llevó a sus escritos sobre música y pintura. Y ella, que escribió con tanta fuerza, sensibilidad y con esa vena literaria, recrea en estos escritos imágenes muy interesantes, como en la Royal Academy, donde inventa una escena de teatro en la que participan los personajes de las pinturas, explica.

Una de las curiosidades del volumen es el pequeño artículo “A España”, donde se ve claramente que era muy poco viajera, pues sólo le gustaba montarse en tren por Inglaterra y pasear en la costa de Cornwall, donde vivió de niña. Entonces, al llegar a España… lo pasó fatal, desde su llegada en barco a Lisboa y el terrible viaje en tren, añade.

Otro elemento interesante en estos escritos de Woolf, señala Miguel Ángel Martínez, es que enfatiza lo que ella no quiere hacer en su escritura, y lo que no quiere era hacer ensayos de viaje donde utilizara el modelo que utilizaba Henry James, quien era amigo de la familia. Incluso hay otro texto, La viajera sentimental, donde Woolf dice que es muy fácil tomar un elemento del paisaje, darle vuelta y hacerlo atractivo al lector.

Así que éste es un volumen muy variado, que al mismo tiempo tiene ese elemento común, y esa visión de la viajera a quien no le gustaba hablar del viaje, indica. No olvides que Woolf fue una viajera con muy poca simpatía por el tema. Pero al mismo tiempo fue capaz de abordarlo con esa faceta literaria y totalmente contundente que se percibe en toda su literatura, agrega.

Otro texto muy evocador es el que da nombre al volumen “Atardecer en Sussex”..., donde se puede apreciar el  desdoblamiento que ella hace de sí misma. “Así que ella viaja en el coche y al mismo tiempo sucede un diálogo entre tres Virginia Woolf, donde aparece ella, ella misma y la otra Virginia, con esa visión de la perspectiva del que observa, asegura.

Es interesante que ese texto dé título al volumen. Primero por lo inglés y luego porque no crea una expectativa, que desde mi punto de vista sería confusa, el de presentar a la Virginia viajera, concluye.


EXTRANJEROS EN LONDRES
(Fragmento del ensayo que habla sobre los distintos  tipos de viajeros)

Todo aquel que escribe algo, por poco que sea, escribe un diario de impresiones cuando viaja al extranjero. La escena es tan nueva, tan original, y está dispuesta con tanto encanto, como a propósito para ser contemplada y puesta por escrito, que los dedos se curvan alrededor de una pluma imaginaria y los labios pronuncian las palabras instintivamente. Sería agradable pensar que esta costumbre no es del todo banal; y la buena disposición con que leemos las impresiones sobre nosotros escritas por extranjeros da buenos motivos para la esperanza. No hace falta ser profundo,  comparar situaciones ni predecir el futuro para resultar interesante; todo lo que se requiere de uno es que mire de verdad y que describa tan cuidadosamente como sea posible. El don está casi obsoleto entre los nacionales de una edad respetable por la misma razón que raras veces encontramos a alguien de mediana edad capaz de describir la forma del cubo del carbón. Oxford Street, Kensington Gardens, Piccadilly —los meros nombres de estos lugares provocan tantos ecos, su vista se confunde tanto con una multitud de otras vistas, que un londinense que se sentara a describirlos podría terminar con un ensayo sobre el gobierno de los partidos o una disertación sobre la inmortalidad del alma—. Las impresiones de Huard y Rutari constituyen una lectura excelente porque tienen cierto distanciamiento; vemos nuestra superficie como si fuera en un espejo improvisado, y sin embargo la imagen refleja los colores de una serie de idiosincracias individuales y nacionales que la llenan en otro sentido de sugerencias para nosotros. La base de la representación es la misma en ambos casos. Todos los viajeros profieren exclamaciones por la extensión de Londres, su bullicio, sus multitudes, sus contradicciones. Al escucharlos uno podría pensar que París es un pueblecito pulcro o Berlín un centro de cultura provincial, como Leeds. Todos recorren sus calles perplejos y entusiasmados ante los incontables tipos de personas que fluyen a raudales por los estrechos canales, siempre en movimiento, siempre cambiantes y creando un alboroto continuado. Todos se maravillan con la destreza de los chicos de los periódicos y con la majestuosidad de los policías. Visitan la City, la Torre, Greenwich y se muestran sensibles, como sólo pueden hacer los extranjeros, a los encarcelamientos y ejecuciones que tuvieron lugar allí. «Êtes-vous bien sûr», le preguntó Huard al guardia de la Torre, «qu’aucun fantôme n’erre ici la nuit, traînant ses chaînes et murmurant ses plaintes?». «Completamente seguro, señor», le contestó el buen hombre; y la mayoría estaríamos de acuerdo con él. Citan los ensayos de Lamb que han leído y los  artículos del Spectator, recuerdan lo que el doctor Johnson decía sobre Charing Cross, e imaginan cuántos personajes distinguidos han caminado por donde pasamos ahora.


viernes, 8 de agosto de 2014

Transformar un encargo en proposición activa

“En este artículo se analiza una de las competencias fundamentales que tradicionalmente ha quedado excluida de las destrezas que se esperan de un buen traductor literario: la capacidad de convertirse en agente de su propio conocimiento de la cultura de la lengua extranjera desde la que traduce aún sorprende a muchos egresados de la titulación de Traducción e Interpretación, e incluso a algunos traductores. El cambio del papel pasivo al activo del traductor literario reside en el conocimiento del mercado editorial y de la propia literatura”. Así dice la bajada de la nota que nuestra querida Yolanda Morató publicó en La linterna del traductor (http://www.lalinternadeltraductor.org/n4/traductor-literario.html)

A vueltas con el traductor literario:
una reflexión sobre sus competencias

En la lengua inglesa la palabra agency tiene un doble significado. Por una parte, hace referencia a la consabida acepción que designa, como el término en español, una oficina, despacho o sucursal de una empresa en la que se gestionan asuntos del interés de unos determinados clientes. En una acepción formal del término, el inglés reconoce que hacer algo «by/through the agency of», de manera literal, por medio de la agencia de alguien o de algo, implica la intervención de una persona o cosa —el agente propiamente dicho— que tiene capacidad de obrar y causar efecto en el resultado. Dicho esto, la expresión inglesa bien puede aplicarse a la labor que desarrollan algunos traductores literarios cuando quieren introducir, y por tanto publicar, cierta obra de un autor en un país en el que se hable la lengua hacia la que traducen.

Esta agencia1 del traductor literario ha tenido lugar a lo largo de los siglos, cuando la figura del editor no estaba tan perfilada como en nuestros tiempos o simplemente no contaba con más competencias que las de sufragar y organizar la publicación en sí. Existen, por supuesto, casos singulares, como la edición de los poemas de Garcilaso de la Vega realizada en 1580 por Fernando de Herrera, que constituye una edición crítica y filológica —con determinados desaciertos—, o la diferencia general entre las competencias del editor anglosajón y las de nuestros editores españoles, entre los que también podríamos señalar notables excepciones que no son pertinentes aquí.

La labor del traductor literario como descubridor, introductor y divulgador de autores no es, por tanto, nada nuevo, como tampoco lo es la confluencia de escritor y traductor en una misma persona. Recuérdese uno de los fragmentos de La novela de un literato, en la que Rafael Cansinos Assens reflexiona sobre el papel del traductor literario. Unos amigos del autor, Pepe y Manolo Molano (protagonistas de su novela póstuma Bohemia), le recomienden la traducción como vía de subsistencia que emplean muchos escritores; una realidad contraria, podría decirse, a la que vivimos hoy:

¿Por qué no traducía como Viriato y González-Blanco y tantos otros? Ahí tenía a Rafael Urbano y a Luis Terán, que se ganaban de ese modo la vida y además se hacían un nombre. ¡hasta Unamuno traducía para la España moderna!...
Yo torcía el gesto. eso de traducir, de verter al propio idioma los pensamientos ajenos, era algo secundario, servil. yo quería expresar los míos.
—Pero por algo hay que empezar. vea usted, Valle-Inclán mismo ha traducido  La Reliquia de Eça de Queiroz [.] una buena traducción tiene su mérito. los traductores —agregaba Manolo— han hecho un gran papel en la historia literaria2.

Bien es cierto que en el campo de la traducción literaria —al que por alguna razón muchos siguen llamando «no especializada» a pesar de que el lenguaje de la ficción es siempre, por fuerza, artificial y por tanto de lo más especializado— conviven aún varios clichés promovidos por el sector más conservador, o quizás sería más correcto decir por el más ajeno a la práctica de la traducción de textos literarios. El traductor de poesía debe ser poeta es de los peores estereotipos que se siguen propagando como un virus invisible. Me imagino a un poeta al que se le resistan los sonetos, o a otro a quien no le salga un endecasílabo que no resulte artificioso. Sería como poner a un saltador de trampolín a hacer saltos de obstáculos. Porque son todos saltos, ¿no es así? Igual de absurdas resultan esas afirmaciones que definen a la poesía como un todo o, aún peor, a la Literatura como un compartimento estanco.

Acabar con la imagen del traductor como el otro
Tradicionalmente hemos trazado una línea divisoria entre el original y su reproducción o, en términos foucaultianos, entre lo mismo y lo extraño. El traductor se convierte así, desde la óptica propia del poder, en el traidor del original, aquel que, en palabras de Cansinos Assens, «vierte al propio idioma los pensamientos ajenos». Como contrapartida, la Ley de Propiedad Intelectual (lpi) y sus posteriores refundiciones han garantizado un papel cada vez mayor en nuestro país a la figura del traductor, que ya es, desde hace décadas, autor. No obstante, al papel del traductor como lector —noción fundamental en los escritos de Gadamer— y de autor, hay que añadirle un creciente protagonismo de su función como agente.

La situación histórico-política de nuestro país posibilita ahora, además, que los traductores de estos últimos treinta años se conviertan en redescubridores de textos e imágenes culturales: por un lado, actualizan la labor que otros traductores llevaron a cabo hace más de medio siglo; por otro, rescatan fragmentos —que en ocasiones alcanzan páginas y páginas— que fueron suprimidos por las prácticas políticas de la censura y el empleo de la moral como excusa para eliminarlos. Mediante estas operaciones de rescate, los traductores no solo ponen a nuestra disposición nuevos textos o textos actualizados, sino que permiten reflexionar sobre antiguos conflictos existentes entre prácticas estéticas y políticas. El Archivo General de la Administración de Alcalá de Henares atesora una cantidad ingente de material (los expedientes de censura literaria no tienen desperdicio) que permite reconstruir un mapa negado a la cultura de aquellos años. La traducción se convierte, por tanto, en la mayor posibilidad de acción y recuperación. Por eso, tanto los críticos literarios como los lectores deben exigir una actualización de las traducciones. No es fácil —las situaciones ideales siempre encierran tintes de utopía—, pero el traductor debe ir despojándose de la imagen de traidor, del otro, en definitiva, del culpable. Que existen malas traducciones en el mercado es una excusa muy gastada: también hay malas operaciones y malas construcciones, y nadie culpa a la Medicina y a la Arquitectura de traicionar sistemáticamente al ser humano. Tampoco debe olvidarse que una traducción que suene rara no es solo culpa del traductor sino también del revisor y, sobre todo, del editor. Si nadie compra hoy un coche con carrocería del siglo xxi y motor del xix. ¿Por qué sigue sucediendo con los libros?

¿Por dónde empezar?
En numerosos seminarios dedicados al gremio, los traductores intercambiamos información sobre cómo empezamos en nuestra profesión: algunos, por accidente, traduciendo algunos poemas en casa; otros, por insatisfacción, intentando mejorar algo que al leerlo no nos complació demasiado. Hay profesores, egresados de distintas Filologías, traductores con titulación pero con pocas horas de práctica literaria —al menos, si se comparan con el resto de las asignaturas en la carrera—, filósofos y gente que simplemente se puso manos a la obra, porque en la familia se hablaba la lengua de partida, o porque necesitaba ganar unas monedas.

No es de extrañar, por tanto, que muchos estudiantes —y algunos traductores afortunados— se muestren hoy sorprendidos ante la agencia del traductor literario que quiere hacer valer sus competencias sin mediación de la agencia tradicional. Si en muchos casos el escritor se ha puesto en contacto directo con el editor, ¿por qué no habría de hacerlo el traductor, si además es, por ley, también autor? No son pocos los estudiantes de las titulaciones de Traducción e Interpretación de nuestro país que se quedan estupefactos cuando, al contarles que deben contactar con los editores, ser ellos quienes den el primer paso, no comprenden una realidad que en el sector se llama, con cortesía, envíos no solicitados.

Las razones que justifican la ruptura de esta barrera invisible son muy claras y responden a lo que denomino la paradoja del sindicato soviético: para que te dieran trabajo tenías que estar afiliado al sindicato pero no te podías afiliar si no tenías trabajo; en otras palabras: es difícil encargarle una traducción literaria a alguien que no tiene nada publicado, pero es difícil publicar algo si no se está ya iniciado en este mundo.

Otra de las sorpresas en torno a la traducción literaria es el lugar que ocupa en los planes de estudio. En un artículo sobre las expectativas del cuerpo estudiantil, Arrés y Calvo observan que «los estudiantes de Traducción e Interpretación consideran, casi en exclusiva, el perfil literario o audiovisual (por afinidad con sus intereses o porque se trata de un perfil con mayor reconocimiento social)» dado que son perfiles profesionales «gancho» que se anuncian en las páginas web de las universidades españolas3. Si se analiza la estructura de las titulaciones españolas, se comprueba que, con la formación adquirida durante los años de licenciatura o grado, resulta improbable que los estudiantes obtengan la formación necesaria para ser traductores de obras literarias. Una gran mayoría de estos estudiantes afirman, además, que tienen una visión negativa o muy negativa del mercado de la traducción literaria, debida, principalmente, a lo que interpretan como un difícil acceso al mercado laboral y la escasa remuneración económica que esta labor conlleva si se compara con otras especialidades4.

El significado del no y qué no hacer
Los traductores literarios se encuentran hoy ante una doble realidad: por una parte, debido a la crisis, se han retirado gran parte de las subvenciones a las editoriales que servían, en palabras de editor, para «sufragar» las traducciones; por otro, el abaratamiento de costes de producción ha hecho que surjan nuevas editoriales, empresas pequeñas que no por ello descuidan la calidad, el trato al traductor y los resultados que se observan en las grandes firmas. Prueba de ello es que el Premio Nacional de Edición de 2008 se le otorgó al grupo Contexto, constituido por siete pequeñas editoriales entre las que están Libros del Asteroide, Global Rhythm e Impedimenta. Este tipo de sellos representan una nueva oportunidad para el traductor literario que no tiene acceso a las grandes editoriales, pero que cuenta con proyectos de traducción que pueden resultarles interesantes a los sellos independientes.

En los últimos meses han surgido diversos debates en torno a la aparición de un importante número de pequeñas editoriales. La agente literaria Carmen Balcells sembró algo de polémica cuando las comparó con las setas: «Ahora es la temporada. Brotan miles de ellas alegremente, por todos lados. Ahora hay que ver cuáles de ellas son transgénicas y cuáles no». A este comentario tan citado añadió Ignacio Echevarría su símil, por el que los pequeños sellos «vienen a ocuparse de la casquería de la industria», por más que se definan como lugares exquisitos; aunque también destacó Echevarría la habilidad de las microeditoriales para convertirse en «radares de lo que está por venir. posibilitando pequeños circuitos que se ajustan a la configuración cada vez más reticular de la nueva cultura»5.

Merece la pena, desde luego, probar suerte con distintas editoriales si conocemos una obra que nos parece «necesaria» entre la literatura publicada en español. Dice Antonio Rivero Taravillo, I Premio Andaluz de Traducción, que «un no suele suponer un sí perfeccionado», y no le falta razón. A cualquier tipo de negativa que recibamos le suele acompañar a menudo una posterior reflexión sobre qué puede haber fallado. Sin embargo, a pesar de que toda reflexión a posteriori siempre aportará algo interesante, conviene no descuidar precisamente todo lo contrario, los inicios. Conviene preparar un capítulo impoluto, o al menos, un texto cuidado en todas sus dimensiones, y que haya recibido varias revisiones por parte de, al menos, dos personas.

Recomiendo también el consejo de otro colega, el traductor Andrés Sánchez Pascual, Premio Nacional de Traducción y filósofo, que en una ocasión me dijo que no existen los problemas sin solución, sino los problemas mal planteados. Por eso, en no pocas ocasiones, que obtengamos un no quizás tenga más que ver con los planteamientos iniciales que con lo que aportamos en sí. Aunque parezca mentira, hay traductores que, cuando mandan su capítulo de prueba, pierden de vista el catálogo de las editoriales y quiénes las dirigen. Como sucede con el arte de regalar, lo que a uno le gusta no coincide necesariamente con los gustos de la persona a la que va dirigido el regalo. Cómo proceder queda, desde luego, a juicio de quien compra el regalo pero, por pura generosidad, siempre será mejor analizar los gustos del regalado. Dicho esto, entre el numeroso grupo de editoriales con el que contamos en España, habrá siempre catálogos donde nuestra traducción simplemente no encaje. Para ello, jamás deben perderse de vista ni las novedades editoriales ni los fondos de las editoriales a las que queramos dirigirnos.

El número, que podría llegar a ser el doble de acuerdo con los más de tres mil agentes editoriales privados, es impresionante, pero donde mejor se aprecia es en el hermoso «Mapa de metro editorial 2010», donde aparecen tantas paradas con nombres familiares que resulta fácil tomar conciencia del número de opciones y posibilidades que, como traductores, tenemos ante nosotros. Hay que armarse de paciencia —tampoco se trata de abusar del optimismo—, saber seleccionar y aprender de las líneas editoriales que nos resulten más interesantes.

¿Quedan obras literarias sin traducir? ¿Cómo ponerse manos a la obra?
En un país como España, donde los traductores se han dejado la piel y los ojos para poder subsistir (no hay que olvidar que para vivir de la traducción es necesario traducir muchas, muchas obras) parecería que el panorama literario guarda ya pocas sorpresas para el editor. Nada más lejos de la realidad. Como decía en un comienzo, el traductor es un agente literario y, como tal, debe estar preparado, no solo ya para «descubrir» nuevas obras sino para ejecutar toda una operación de marketing mediante la cual el editor se muestre de acuerdo con nosotros acerca de la necesidad de publicar la obra que le ofrecemos.

Existen hoy páginas interesantísimas con recursos para el traductor literario. Una de ellas es «Books of the Century», un análisis de la literatura publicada en lengua inglesa durante todo el siglo xx, año por año, realizado por Daniel Immerwahr, estudiante de doctorado en Historia en la Universidad de California (Berkeley). Immerwahr enumera los libros más vendidos durante todo el siglo xx, además de incluir una lista de obras que han recibido una importante atención por parte de la crítica de los países anglosajones. Ignoro la existencia de este tipo de recursos de información literaria en otras lenguas, pero el conocimiento de la cultura de la lengua desde la que se traduce es la mejor consejera sobre dónde y cómo averiguar qué autores son fundamentales, aunque hayan pasado desapercibidos en nuestro país.

Tampoco es recomendable perder de vista a los demás en el sentido más amplio. Tras las charlas y comunicaciones en los seminarios dedicados a la traducción, resulta frecuente encontrarse con estudiantes y con personas que ya se han licenciado, todo hay que decirlo, que han leído una obra y, por las razones que sean —desde la puntuación hasta el léxico pasando por las erratas—, consideran que el texto merece una segunda traducción. Quizás lleven razón; todos sabemos que todo texto es siempre, si no mejorable, ampliamente transformable en otro que parecerá más adecuando en el momento en que lo leemos. Pero los que trabajamos en esto sabemos que las traducciones suelen tener una vida media de cuarenta o cincuenta años (no solo en su vigencia lingüística sino en el propio mercado), y conviene recordar a quienes se inicien que cazar erratas e incongruencias de ediciones recientes puede resultar un pasatiempo curioso, pero con ello no rellenarán más que horas de conversación o las páginas de algún artículo. Es incuestionable que la reflexión sobre los éxitos y fracasos de un texto traducido nos ayuda a entender mejor los procedimientos que se emplean en un proceso tan complejo como la traducción. No obstante, no debe olvidarse que siempre es más fácil criticar un texto que escribirlo o que traducirlo.

Otro error frecuente consiste en tomarse las cosas a la tremenda: ponerse manos a la obra para contactar con un editor no significa traducir la obra entera. He conocido a quienes han emprendido una hazaña de estas características. Creo que con algunos poemas o un capítulo fundamental para la obra es más que suficiente. No importa cuánto tiempo se tenga entre las manos: la derrota que supone ver el texto que uno ha estado traduciendo publicado por otro es tremenda. Tampoco hay creerse Colón ni Américo Vespucio, por decirlo con algo de humor. Las editoriales suelen encargarles las obras de escritores conocidos a sus traductores de confianza, para eso sirve la experiencia. A quienes empiecen, con creerse que van en alguna carabela es más que suficiente, para eso sirven los entusiasmos del principiante: hay más tiempo para leer, para formarse —y por qué no, para equivocarse—, para jugar a ser descubridor sin haber visto tierra aún.

A las competencias que tradicionalmente se le han atribuido al traductor literario o de libros debemos añadir otra: la capacidad potencial de transformar el tradicional encargo en proposición activa. Así podremos beneficiarnos no solo de las distintas habilidades y destrezas que hemos aprendido de los maestros durante años, sino también del inmenso regalo que supone ver materializada una apuesta personal a la que llega tras el fascinante camino del autoaprendizaje. 

1 A partir de aquí, emplearé la palabra en cursiva, por hacer referencia a la segunda acepción inglesa del término y no al significado que el término posee en español.
2 Tomo 1, p. 159. Cansinos Assens se cansa, sin embargo, de las traducciones, que acaba recibiendo en forma de incesantes encargos de distintos editores. En el segundo tomo de sus memorias se lamenta: «un escritor no debería saber lenguas, ni francés, para que los editores ‘generosos’ no pudieran ofrecerle esta clase de compensaciones» (p. 294), un sentimiento de desencanto que reside en la visión que tiene de cada uno de estos ‘oficios’: «Uno no piensa que la literatura sea una cosa práctica ni un medio de vida. Para eso está el periodismo y la traducción» (p. 291). Véase La novela de un literato (Madrid: Alianza, 1982, tomo 1; Alianza, 1985, tomo 2; y Alianza, 1995, tomo 3).
3 Eugenia Arrés López y Elisa Calvo Encinas. «¿Por qué se estudia traducción e interpretación en España? Expectativas y retos de los futuros estudiantes de Traducción e Interpretación», en Entreculturas, nº 1, 2009, pp. 618; 623.
4 «La traducción literaria en los planes de estudio españoles. Percepciones y creencias de los nuevos estudiantes». Con la incorporación del grado, estoy trabajando en estos momentos en una nueva recogida de datos relacionada con las impresiones sobre la traducción literaria en el alumnado de los nuevos planes universitarios.»
5 Ignacio Echevarría, «Dj editores», El Cultural, 11 de junio de 2010, p. 35.