martes, 15 de diciembre de 2020

El agente literario Daniel Schavelzon es otro que opina

El 10 de diciembre, Daniel Gigena publicó en el diario La Nación, de Buenos Aires, una nota y entrevista con el agente literario Guillermo Schavelzon, donde se habla, entre otras muchas cosas, del futuro del libro.


“Las librerías, como las escuelas, nunca sobran”

Después de décadas de trabajar primero como librero y luego como editor en la Argentina, México y España, Guillermo “Willie” Schavelzon (Buenos Aires, 1945) fundó en Buenos Aires una agencia literaria. Debido a la suma de circunstancias personales y la internacionalización del negocio del libro, se trasladó a Barcelona, una de las capitales del libro en lengua española, y se asoció con Barbara Graham. La agencia literaria Schavelzon–Graham representa la obra un centenar de escritores de ficción y no ficción (la mayoría en lengua española) o de sus herederos, como en el caso del uruguayo Mario Benedetti, Leopoldo Brizuela y Juan José Saer. Entre otros, Claudia Piñeiro, Martín Kohan, Jorge Lanata, María O’Donnell, VladyKociancich, Agustina Bazterrica y Juan Sasturain, el colombiano Santiago Gamboa, la peruana Grecia Cáceres y los chilenos Pablo Simonetti y Óscar Contardo figuran entre los que delegan sus asuntos comerciales a Schavelzon–Graham.

 

En 2005, junto con la filial local del Grupo Planeta y el escritor Ricardo Piglia (cuya obra hoy representa), Schavelzon fue condenado por la Justicia argentina a pagar una indemnización al escritor Gustavo Nielsen por el affaire en torno de Plata quemada. Nielsen, finalista del Premio Planeta con La flor azteca, denunció que el premio había sido “arreglado” en favor de Piglia. La Justicia determinó que había existido predisposición del premio en favor de la novela basada en la historia real del asalto a un banco bonaerense, contratada desde 1994 por un sello del grupo editorial. Aquel episodio de 1997 fue el comienzo del fin de los días de Schavelzon como director editorial de Planeta y el preámbulo de su debut como agente literario.

 

Además de desempeñar su tarea (y muy bien, según afirman varios de los autores que representa), Schavelzon es alguien que piensa acerca del mundo del libro, que anticipa debates y discute lugares comunes de la industria. En su blog, dedicado a la edición, los libros y los escritores, publica artículos sobre el mercado editorial, el oficio de editor y la “cocina” de los éxitos literarios. En el más reciente, que lleva el apocalíptico título de “El fin del concepto de publicación, tal como lo entendíamos hasta ahora”, reflexiona sobre las consecuencias de la forzada (por la pandemia) reconversión digital. Desde Barcelona, y días después del miniescándalo protagonizado por su colega estadounidense Andrew Wylie, la Nobel de Literatura 2020, LouiseGlück, y el editor español Manuel Borrás, Schavelzon responde las preguntas de La Nación

 

–¿Cómo viviste este año de pandemia en lo personal y desde lo profesional?

–Tratando de comprender lo incomprensible, y con mucho trabajo para tratar de entender el futuro del mundo del libro.

 

–El libro electrónico no cambió finalmente la industria del libro. ¿Lo hará la creciente digitalización?

–El libro electrónico, que parecía la gran amenaza del libro de papel, no logró cuotas de mercado significativas. Al igual que el audiolibro, es un soporte más, bienvenido, porque suma al total, aunque no alcanza a reemplazar la pérdida de ventas de libros de los últimos diez años, que es muy elevada. El libro estaba en crisis antes de llegar la pandemia, que encontró a todos ya muy debilitados.

 

–¿Qué hace exactamente un agente literario y en qué beneficia la carrera de un escritor?

–Un agente literario es un profesional al servicio del escritor, cuyo objetivo es conseguir el mayor número de lectores posibles, en todos los países, idiomas y soportes, incluidos los audiovisuales, tan importantes en este momento. Todo esto no puede darse al mismo tiempo, ni rápido, ni para todos, es un trabajo de acumulación que alguna vez hay que comenzar. El agente es un gestor, los objetivos son siempre de máxima. Esta es la teoría, la práctica es más compleja, intrincada y personalísima.

 

–¿Todos los autores de cierto renombre deberían estar representados por un agente?

–No lo creo, aunque es una pregunta que habría que hacer a los escritores. Los agentes existen porque los escritores demandan sus servicios. Los escritores se dedican a escribir, un trabajo aislado, individual, que requiere mucho esfuerzo y sacrificios, a veces es incompatible con la familia, los amigos, las noches y los fines de semana. No imagino a un escritor dedicándose a vender y administrar su obra o negociando con una gran plataforma audiovisual.

 

–¿Qué conclusiones sacaste del affaire Louise Glück/Pre-Textos/Andrew Wylie? El agente siempre queda como el villano de la historia.

–Me pareció una polémica sin sentido. ¿Criticar a una poeta por querer ganar dinero con su obra, cuando por primera vez en su vida puede hacerlo? ¿O querer cambiar de editorial, si no estaba satisfecha? La escritora sigue siendo muy buena, la editorial también. El dinero no resta credibilidad al hecho literario. Todo editor elige a quien publica, de la misma manera, una autora, cuando puede, elige una editorial, o delega la decisión en su agente.

 

–En un texto reciente publicado en tu blog señalás que se termina la era de la publicación tal como la conocemos. ¿Qué factores motivan este cambio?

–No podría sintetizar lo que requiere de una extensa explicación. El cambio tiene que ver con los sistemas de comercialización, cuando el 50% de los libros vendidos en el mundo están en manos de una sola empresa de venta online, sería imposible que las cosas no cambiaran radicalmente. Esa empresa es Amazon.

 

–En tu opinión, ¿se producen demasiados libros e incluso sobran librerías?

–La sobreproducción ha sido una estrategia, no un error. En el mundo analógico, las grandes pilas de libros venden libros, para eso había que fabricar muchos ejemplares, sabiendo que iban a sobrar. Los sobrantes no eran sorpresa, era algo previsible en ocho de cada diez títulos. Esto es parte de lo que va a cambiar, porque Amazon no necesita hacer pilas de libros para vender. Las librerías literarias, tampoco. En cuanto a las librerías, nunca sobran, como no sobran escuelas. Lo que vendrá es una transformación, un proceso de reconversión. En las grandes cadenas por falta de rentabilidad, como ha sucedido en Estados Unidos, donde las más grandes cerraron, o en Europa, donde la FNAC cambió su eje por la tecnología. A ningún inversor le interesa un negocio que no sea rentable. Los libros de calidad se venderán en las librerías más chicas, que conocen bien a sus clientes y saben recomendar, son aquellas que seguirán abiertas, aunque ganen poco. Es un momento de gran oportunidad: estarán en espacios acotados, fuera de las grandes avenidas y de los centros comerciales. Los algoritmos no han resultado buenos prescriptores, las redes tampoco. Los lectores vemos cómo se equivocan las recomendaciones de Amazon, porque están diseñadas para el consumo masivo, algo que, en la edición, no sé si seguirá existiendo.

 

–¿Por qué varias editoriales y, en particular, muchos autores optan por la venta directa de sus libros?

–Los autores se autopublican y venden directamente porque están hartos de no encontrar editor. Las editoriales, venden directamente porque es un buen negocio, esto es parte de lo que llamo reconversión.

 

–¿Cuál es el negocio en la industria del libro y quiénes son los que realmente ganan?

–El negocio no es muy grande, en los grandes conglomerados siempre es la línea que menor margen aporta. Estos entraron al mundo del libro intentando transformar una actividad cultural, en una industria masiva, centrada en el ocio y el entretenimiento. El negocio fueron los grandes bestsellers, esos libros que vendían, solo en español, tres o cuatro millones de ejemplares. No sé si este fenómeno se podrá mantener, porque esos lectores ya han cambiado sus hábitos de consumo cultural: ven series de televisión. Los bestsellers sostenían a la gran industria editorial y a las cadenas de librerías, fue algo importante para todos. Esa pérdida no será reemplazada con libros.

 

–¿Cambió la figura del editor en las últimas décadas? A veces tienen más prensa que los escritores y en los últimos años en muchos de ellos se despertó una voluntad de enseñanza.

–No lo veo así, el editor era una figura mucho más pública antes que ahora. El editor hoy está condicionado por lo comercial, por la necesidad de facturación. Solo el pequeño editor independiente puede seguir haciendo lo que le gusta, aunque para aprovechar esta oportunidad tendrá que aprender a administrar mejor, no dedicarse solo al catálogo.

 

–Representás a varios autores argentinos. ¿Cómo ves la literatura argentina actual?

–Me preocupa lo que tan bien dijo Martín Kohan: “Ser escritor es fácil, es barato, es accesible, es inocuo; si les da satisfacción serlo, adelante; el ingreso es irrestricto. Que no haya más lectores, en cambio, me parece más preocupante, y parecería indicar que muchos de los que quieren escribir literatura argentina no están interesados en leerla”.

 

–¿Qué te lleva a aceptar a un escritor como representado?

–Las agencias que creen conveniente leer todo lo que sus clientes escriben tienen el límite de esta posibilidad. Hay muchas formas de ser agente, el de Glück representa a 1200 escritores, y parece que no lo hace mal.

 

–¿Vas a publicar un libro con tus textos?

–El blog es un formato en el que me siento cómodo. Yo no soy escritor, solo un observador del mundo del libro, no creo que publicarlo como libro de papel pueda aportar algo más.

  

lunes, 14 de diciembre de 2020

Un recuerdo para la traductora Lucila Cordone


Nunca es fácil hablar de la muerte, pero sin duda es mucho más difícil cuando quien parte es una colega joven y tan querida como Lucila Cordone. Lucila era una excelente profesional, amaba la traducción y disfrutaba intensamente de enseñar a traducir. De su generosidad para transmitir su experiencia pueden dar fe todos sus alumnos. Sentía un gran respeto por lo que hacía y se comprometía para mejorar las condiciones de trabajo para todos. Precisamente, ese fue el espíritu con el que se volcó, también generosamente, durante mucho tiempo a concebir, redactar y discutir el proyecto de ley de traducción auto
ral. Ni hablar de los largos años de voluntariado dedicados junto a muchos de sus colegas más cercanos a seguir construyendo y ampliando el alcance y los objetivos de la AATI, que me atrevo a decir que era su segunda casa.

Lucila participaba en muchísimos proyectos. A mí me tocó compartir dos iniciativas importantes y controvertidas que encaramos con mucho entusiasmo: el proyecto de ley de traducción autoral y la modificación de los estatutos de AATI para incorporar como socios activos a personas que, con formación diversa, tuvieran experiencia como traductores en el campo editorial. En un plano más personal, estuve a tiro de llamada y whatsapp acompañándola a lo largo de esta dolorosa enfermedad hasta el domingo anterior a su partida.

Estoy segura de que cada uno de quienes tuvimos la suerte de conocerla y compartir momentos con Lucila, en diferentes tiempos, en diferentes proyectos y en diferentes geografías, vamos a coincidir en que ella combinaba algunas cualidades notables que, en muchos de nosotros, hasta serían antagónicas: sumamente respetuosa y a la vez firme en sus convicciones, entusiasta ya la vez muy reflexiva.

Su sonrisa y su calidez se quedarán para siempre en el recuerdo de cada uno. ¡Hasta siempre, querida Lucila!

Julia Benseñor


viernes, 11 de diciembre de 2020

Coda: a propósito de las preguntas a autores, traductores, editores y agentes literarios

A lo largo de las dos últimas semanas, con la excusa de lo sucedido entre la editorial Pre-Textos, Louis Glück (quien fuera su autora) y la Wylie Agency (representante de Glück) se ha generado una serie de preguntas que, desde el Club de Traductores Literarios de Buenos Aires, hemos hecho llegar a un gran número de autores, traductores, editores y agentes literarios, con el objeto de establecer una discusión sobre temas que, entendemos, nos atañen a todos los interesados en el mundo del libro. Las respuestas fueron menos de las esperadas, lo que permite sospechar que hemos puesto el dedo en alguna llaga. Por esa razón, se agradece especialmente a quienes se tomaron la molestia de contestar. Dicho lo cual, queda claro que son muchas las cosas que deben discutirse. Una de ellas, no menor, es la pregunta con la que Andrés Ehrenhaus, narrador y traductor argentino radicado en Barcelona, comienza la siguiente reflexión, brillantemente expuesta y, según entendemos, de lectura obligatoria.

Autoría, redistribución y justicia económico-poética 

Considerando que a los autores les corresponde entre el 10% y el 8% del precio de tapa de los libros que publican, y a los traductores entre el 4% y el 1%, cómo se justifica que a las librerías les toque entre el 40% y el 35% y a las distribuidoras entre el 30% y el 25%, reservándose el resto a las editoriales. ¿Se puede sostener esa proporción? ¿Por qué sí o por qué no?

Entre las diversas prácticas editoriales, buenas, malas y regulares, hay una que es decididamente fea: la retribución que percibe el autor de la ganancia que genera su propia obra. La pregunta de cabecera, planteada a modo de encuesta en estas páginas virtuales, incide precisamente sobre ese punto. No hablo sólo de la ganancia generada por la publicación (y las consiguientes distribución y explotación comercial) de la obra, sino también de la que se deriva de su mera creación, es decir, de la ganancia cultural que se produce cada vez que alguien aporta contenido a, en este caso, la literatura nacional, regional, mundial, porque esta ganancia no es puramente simbólica, sino que trae adosado un valor real que a menudo (si no siempre) se soslaya, ignora o cuestiona en el momento de sumarla al aporte autoral, como si el contenido no fuese ni valiera nada salvo cuando se presta a su explotación, digámosle, editorial. Pero aun aceptando este soslayo o ignorancia interesados, el autor sigue siendo el último orejón de un tarro que, vamos a decirlo alto y claro, estaría vacío sin obras con qué llenarlo. Obras que generan única y exclusivamente los autores, e incluyo aquí por supuesto a los traductores, cuya problemática autoral es particular pero no ajena a esta distribución paradójica.

Sin duda es el mercado (o la economía, estúpido, me diría Clinton) la instancia ya a esta altura mítica que regula y determina el valor de cada eslabón de la llamada cadena del libro, aunque sea groseramente y, por supuesto, de un modo relativo, como lo son, por otra parte, todos los cálculos proporcionales. Sin duda ese mercado pide sangre fresca, o muy antigua –que es otra manera de la frescura (o de la ingenuidad)– para mantener aceitada su dentadura y cebado su estómago, y ya se sabe que no hay otra sangre para el monstruo que la plusvalía, es decir, que la extracción y deglución del valor que generan los cuerpos, no las máquinas, y que esos cuerpos son los de quienes más indefensos e indefendidos están en la cadena: los autores y traductores, obviamente, pero también los asalariados de la industria, que además de esquilmados son anónimos: editores de mesa, correctores, becarios, en otra época maquetistas y diseñadores, etc. Con una diferencia: si estos cobran por hora de sudor, los primeros cobran por volumen o peso de producción, lo cual los sitúa un peldaño histórico por debajo, en la escala salarial, de los empleados fijos de la industria, del mismo modo que los siervos de la gleba lo estaban del proletariado. No digo que ganen más o menos, sino que la vara con que se mide su salario es casi precapitalista.

Porque es así. Dejemos de lado al autor puro y centrémonos en el traductor, que es un arquetipo más mixto, porque está a medio camino de la creación artística y la labor artesana o profesional, si se quiere (y sí, se quiere). Al traductor se le pide (o encarga, para decirlo en términos contractuales) una creación nueva derivada de otra original y a ese encargo se le presuponen todos los ingredientes de la creación y la creatividad, es decir, se le exige una poética. Y esa es siempre la carátula con la que el editor inicia la relación con el traductor: la traducción es una tarea excelsa, un arte inasible, un ejercicio de libertad estética, etc. Sin embargo, toda esta exaltación no conduce a una valoración acorde de la labor de traducción sino más bien lo contrario: a mayor dificultad de la traducción en sí, menor será el valor asignado a las horas-músculo dedicadas a ella. Véase los casos de la traducción de poesía o de obras clásicas de la Antigüedad, donde el traductor llega incluso a regalar su trabajo o la mayor parte del tiempo invertido en él, consciente y casi avergonzado de que no haya algoritmo ni escandallo ni máster de empresas que pueda pagar lo que ese trabajo y tiempo invertidos valen verdaderamente. Si eso no es extracción (grotescamente voluntaria) de la plusvalía, que alguien venga y me lo explique con levitas.

Pero incluso en los casos en que la traducción se hace con los ojos cerrados y una mano atada a la espalda, porque la obra original no presenta problema alguno (salvo el tedio) y encima es una novela de grandes ventas y promete unos beneficios apetecibles, las regalías percibidas por el traductor no serán proporcionales y equitativas, y no digamos ya con las ganancias del editor, que suele esgrimir su apuesta a ciegas, sus gastos fijos, su escaso margen y un largo etcétera de pleonasmos empresariales para justificar la desproporción de beneficios, sino con las del distribuidor y el librero, como bien señala la pregunta de cabecera, que no han invertido nada concreto en esa obra específica y tanto les da si es un bálsamo para la lectura o un mal de vientre cultural mientras se venda o, cuando menos, circule. Y eso sin mencionar que muchos grandes grupos o aglomeraciones de sellos tienen sus propios canales de distribución y venta. En fin, que será una práctica consuetudinaria y legal como la vida misma, pero es fea de narices, por usar un casticismo autorreferencial. Que el autor o el traductor mueran en la pira sacrificial del editor vaya y pase, pero que se chamusquen en las parrillas de distribuidores y librerías es salvaje. ¿Cómo van a llevarse mucho más de la mitad de lo que una obra ajena produce cuando el autor se lleva como mucho una décima parte? No cabe en ninguna cabeza que no sea obtusamente capitalista. ¿Por qué? Por la sencilla razón de que estos grandes aparatos de producción, distribución y venta no tendrían razón de ser, es decir, serían ontológicamente nulos, sin las obras que devoran. Sin los textos previos a la cosa-ahí libro, no habría ni industria ni mercado del libro, ni ninguna de las subindustrias que genera: el así dicho periodismo cultural, varias carreras universitarias, las imprentas o el star system literario.

Pero obras hay, y al parecer siempre las habrá. He ahí la debilidad del eslabón. Atrapado en su propia creatividad productiva, el autor escribe, el traductor traduce (sí, muchas veces sin encargos, gratis, por el mero placer y riesgo de la traducción), los artistas de toda índole producen. Y un tremendo aparato ideológico les (nos) hace creer que la obra no está completa sin su reproducción y puesta en el mundo… ¡industrial! Pero, ¿qué le importan al autor la industria y el mercado, si de todos modos lo van a matar de hambre (como si el hambre fuera, además, la condición creativa por excelencia)? ¿Es obligado que los libros se reproduzcan de a cientos de miles, que inunden los escaparates, que se hacinen en las bibliotecas, que saturen a los escasérrimos lectores habituales, que se quemen en piras cuando su vida útil (¡su vida útil!) ya toca a su fin? ¿No era Michaux quien decía que le encantaba saberse leído por treinta amigos, e incluso podía imaginar a trescientos lectores, pero que tres mil ya se le escapaba por completo y prefería no pensar en ello?

Volviendo a las cifras y su baile, leo la respuesta de Miguel Balaguer, editor de Bajo la luna, valiente y amable (como señala el director del blog), y me llama la atención la manera en que zanja la cuestión cruda que plantea la pregunta. Miguel dice: “eso es lo que son esas cifras de la pregunta: literatura pura”. Y yo le creo, claro. Pero me pregunto si eso las invalida. Si la matemática no es siempre una forma de relato. Si la literatura no es siempre una cifra. Y también me pregunto qué clase de literatura son: ¿ficción fantástica, poesía concreta, farsa, tragedia? No sé, por literarias que sean yo las sigo viendo feas. Por decir algo suave. Porque aunque los porcentajes fueran ligeramente otros y todo se corriera un poco, queda siempre notoriamente en el horno el mismo eslabón de siempre: el primero. Aquí no hay paradoja de gallinas y huevos, lo que hay es explotación agropecuaria. Y la verdad que estamos hartos. No sólo de hacer cuentas y que no nos salgan; no sólo de que nos vengan siempre con los mismos argumentos banalizados hasta el caracú; no sólo de que nuestro esfuerzo real se valore en términos de uso y no de trabajo. Estamos hartos de llorar. Y esto no se mendiga.

Por eso creo que es momento de plantear nuevas reglas de juego, toda vez que el juego en sí está cambiando a paso redoblado y que muchas de las razones que hacían aparecer como imprescindibles a distribuidores (sobre todo), grandes superficies de venta e incluso a los grandes gupos editoriales están empezando a resquebrajarse. Y no me refiero sólo a la gradual deriva virtual y a los canales de distribución no tradicionales (muchos de los cuales también alimentan, en el fondo, la misma dinámica autofagocitaria, como Amazon, el gran Saturno del momento), sino al despliegue ya imparable de un escenario editorial suborbital mucho más rico, variado, provechoso y dinámico que el de las grandes estaciones orbitales y su chatarra espacial. La fenomenología siempre se avanza a la prescripción, y así ocurre también en este ámbito: las propuestas de relación contractual entre autores y editores suborbitales son, por intuitivas y necesarias, mucho más equitativas que las que lastran a la industria tradicional. Los porcentajes y anticipos se negocian y rediseñan y se proponen nuevas formas de intercambio de valor, basadas además en una percepción mucho más justa y, a la vez, flexible de esos valores intercambiables. Pero la gran industria y el mercado existen y no podemos desecharlos como interlocutores si queremos gestar un cambio progresivo de las reglas; tampoco, y esto merece ser repetido hasta el cansancio, debemos perder de vista el correlato legal ni dejar de insistir en que este tome esa fenomenología como materia prima real de lo que debería re-legislarse. De ahí que interese incidir en lo real para que lo simbólico se haga eco y adecúe debidamente.

Ahora bien, ¿cómo rediseñar el dichoso escandallo y las proporciones aparentemente inamovibles de la comercialización del libro desde una perspectiva e intereses autorales? Es decir, ¿cómo “activar” el papel “por defecto” que tenemos en la cadena del libro y convertirlo en ganancia? Lo primero y esencial es perder la fobia ganancial. ¿Las manos de un autor no deben tocar el dinero? ¿Su cabeza no puede desviarse de “lo artístico puro” para ocuparse de “lo económico impuro”? Así nos corrió siempre el capital, y muchos, aunque sólo sea pour la galerie, seguimos portando ese estandarte-estigma. Lo segundo es comprender bien el mecanismo del chupete. ¿Quién aporta qué, en términos concretos de valor? Lo tercero es sentarse a hacer números. Si la parte gorda del pastel se la lleva el tramo final de la cadena, que es el que menos inversión en materia prima, capital intelectual (y cultural) y horas-persona de trabajo por libro aporta y arriesga, algo debe ajustarse ahí para que los tramos iniciales –o begetters, como los definía el editor de chéspir– no tengan que masacrarse por unas migajas de margen. Puesto que estamos hablando de proporciones, es obvio que, y más aún cuando estamos hablando de una manta corta, si no se recorta de un lado no se puede añadir del otro. De modo que yo propongo empezar a recortar donde menos valor se le añade (y más se le extrae) a la cosa-libro, verbigracia, el distribuidor. Es el único eslabón que ni aporta capital cultural ni hace una diferencia significativa entre el valor simbólico de un libro o el de un par de zapatos. El único beneficio real que añade es el de arrimar el libro a zonas periféricas; todo lo demás es contraproducente, empezando por los plazos y las urgencias por acelerar la circulación de novedades, imponiendo una presión extra sobre libreros e, indirectamente, editores.

Ergo, quienes primero deben ceder son los distribuidores, que disfrutaron de una época dorada hace un par de décadas y ahora le ven las orejas al lobo: la autoedición sería su billete de ida al Elíseo. Si quieren seguir teniendo un eslabón en la cadena tendrán que negociar con el resto. Y recalcular sus costos. Otro tanto ocurre con los libreros, que son y seguirán siendo por mucho tiempo imprescindibles, pero no en los términos onerosos y desajustados a la demanda actual en que se mueven ahora. Hemos asistido a la lenta agonía y muerte, a veces mediante penosa, obscena e impúdica ejecución, de las grandes librerías “alephicas”, tan auspiciadoras de una oferta universal (en todos los sentidos, incluidos los peores, de la palabra) como fagocitadoras de lo verdaderamente novedoso, en contraposición con el paradigma de “novedad editorial”. En ese aspecto, las pequeñas, pensantes y especializadas les han tomado una delantera de fábula de Esopo: la liebre ya no alcanzará jamás a la tortuga. Menos es más, festina lente, etc. Hoy en día se da la paradoja de que una minúscula y perdida librería especializada en poesía puede subsistir más dignamente y vender bastante más –con arreglo a su tamaño físico y empresarial– que un gigante de varias plantas y más personal de seguridad que libreros. Ergo, el segundo ajuste, no sólo en costos, sino también en sistemas de depósito, consignación, etc., deberán hacerlo los puntos de venta. Quizás estemos hablando de centésimas, pero cada migaja cedida por los últimos eslabones cuenta. Así, además, sumarán fuerzas para pelear por ayudas y rebajas o exenciones en el IVA y no las utilizarán para hacer presión hacia abajo. Distribuidores y libreros deberán repartirse un margen más estrecho. Sí, el nene dijo caca.

Hasta ahora, nuestro “enemigo de clase” en la lucha por la dignidad autoral (moral o simbólica pero también, esencialmente, patrimonial) venía siendo nuestro “amigo” intelectual o ideológico. Es decir, situábamos natural o intuitivamente en la primera línea del frente de enfrente al editor, nuestro amo o explotador, sobre todo visto así desde la subtrinchera de la traducción. Y no sería arriesgado aventurar, creo, que esta cerrazón doctrinaria nos privó de alcanzar mejores y más provechosos acuerdos con o en la industria del libro. No me refiero a dejar de ver al editor como un empresario (tanto si es un CEO de un megagrupo como el hombre o la mujer orquesta de un modestísimo proyecto), sino a dejar de lado dogmatismos para avanzar en una negociación menos sangrante y más sensata entre las partes del contrato de edición o traducción. En ese sentido, la fuerza contra los abusos de los eslabones finales (y los intermediarios en especial) deberíamos ejercerla bastante codo a codo, sin cederles a ellos lo que luego querríamos repartirnos cuando ya no está. Lo cual plantea dos escenarios potenciales: a) se recupera terreno económico, recortándoselo a esos eslabones; o b) no way, josé. No obstante, en ambos casos la necesidad de un cambio en los postulados tradicionales de la relación seguirá vigente. Por ejemplo, es hora de que, como dije al principio, se entienda el valor cultural o creativo que genera una obra nueva en términos de valor económico también, es decir, como una inversión efectiva y real de su autor, tanto en cuanto al trabajo persona/hora como en la proporcional e insoslayable existencia de gastos fijos, sin todo lo cual la obra sería ontológicamente imposible. ¿Por qué valen más (es decir, se valoran por encima) los gastos fijos de empresa que los personales? ¿El autor no come, no habita, no se viste, no paga luz, insumos, tecnología? ¿No pierde una parte de su tiempo laboral en tareas de comunicación o en la resolución de problemas legales derivados de su relación contractual? ¿Por qué todo esto solo es visible de un lado del mostrador?

Existe la creencia casi esotérica (ligada por causalidad a la ya mencionada fobia ganancial que padecemos los autores) de que el arte y el beneficio están reñidos… a menos de que el arte se convierta en mercancía, claro, y su carácter fetichista genere un plusvalor vedado al creador. En esa alquimia capitalista, la obra se cosifica y traslada lo ganable a la cosa-libro, despojando a la obra en sí del derecho a lucrarse de sí misma. La operación desplaza sutilmente al creador de la cadena ganancial de la mercancía y lo relega a un estadío previo, casi medieval, de artista mecenizado, como si la industria lo agraciara con una suerte de beca o subvención en lugar de hacerlo partícipe del interés generado por su propia inversión (en tiempo, energía intelectual, trabajo físico, etc.). Esto no es exclusivo de la visión neoliberal del proceso libresco sino que a menudo se refleja también en los enfoques “progresistas”, como si la crítica de la teoría del valor se detuviera en la obra (lo que la modernidad llama “contenidos”) y en la éticainherente a su propiedad y se aburriera al llegar a los pasos subsiguientes (i.e., los “soportes”), dando por sentada su naturaleza recalcitrante, refractaria y, por tanto, inamovible.

Yo planteo en cambio que nos liberemos del yugo de clase autoinfligido y entremos en la cadena societaria con nuestra modesta pero sustancial inversión (tanto más sustancial cuanto mayor el capital cultural que aporta). Tanto nos refriegan el riesgo asumido como argumento en contra de nuestras reivindicaciones que quizás sea momento de compartirlo, valorando como es debido nuestra inversión inicial y reclamando una retribución recíproca. No nos dejemos correr con números que bailan siempre al son de la industria, el mercado y la costumbre. Hagamos nuestros propios cálculos, atrevámonos a pedir más si la apuesta lo vale. Deconstruyamos la transferencia desigual que se nos impone desde la mera escenografía contractual. Y siempre que sea posible, arriesguemos, aprendamos a arriesgar. Como se ve, no propongo otra cosa que trabajar en busca de un cambio de paradigma. O dejamos de lado la fantasía de que el capitalismo neoliberal no incide en nuestro mundo in vitro y le presentamos pelea como corresponde o deberemos resignarnos a ser los eternos perdedores de un negocio que depara menos fama que justicia económico-poética.

jueves, 10 de diciembre de 2020

Preguntas a autores, traductores, editores y agentes (6)

Hoy contestan una agente literaria y dos traductores. Cada uno de ellos se atiene a las respuestas que le resultan más pertinentes. Se trata de Claudia Bernaldo de Quirós, de Alejandro González y de Matías Battistón.

Claudia Bernaldo de Quirós


–¿Qué sentido tienen los agentes literarios?
–Un agente literario es la persona que defiende los derechos del autor o autora. Es la persona encargada de lograr que el autor edite el mejor texto posible, en la mejor editorial posible y con las mejores condiciones posibles. 
El compromiso mío frente a un autor, es como digo, mover sus textos entre las editoriales más interesantes y hacer todas las gestiones necesarias para que se publique. 
Nos encargamos de toda la gestión que implica una publicación: discutir los términos del contrato, vigilar el cumplimiento de lo acordado. 
Y cuando el libro ya está editado revisamos las liquidaciones, los compromisos. 
En suma, un agente brinda al autor su conocimiento literario, su conocimiento del mercado editorial, sus contactos, su conocimiento jurídico para los contratos, administrativos para las liquidaciones y su cariño para establecer una relación de respeto y de confianza. 
En cuanto a si es importante tener o no tener un agente es una decisión personal. Yo creo que sirven/servimos para proteger los derechos del autor y para conseguir mejoras en los contratos (los autores suelen firmar sin pensar mucho en el futuro o aceptar condiciones francamente leoninas) para interesar a más editoriales, para desentenderte de los asuntos administrativos y dedicarte a escribir, para ser traducido.... En suma, para conseguir mayor proyección. 
Esta es una agencia mediana. Le doy mucha importancia al vínculo con los autores, y a los textos. Si me enamoro de un texto ya pueden caer rayos y centellas que conseguiré que se publique. 
Me gusta arriesgar y no necesito grandes curriculums sino que los textos me interesen. 
No me desaliento fácilmente, sé que esto es una carrera de fondo y no un sprint y soy muy trabajadora e insistente... Por eso pido paciencia y confianza en mi trabajo. 
Me importa mucho lograr establecer un equipo de trabajo con el autor basado en la confianza y en el reconocimiento de que todos tiramos del mismo carro. 
Me gusta estar informada de las cuestiones de prensa y promoción de los autores y de los libros , ya viste que somos muy activos en FB, en Instagram, en Twiter... 
Como dije, concibo este trabajo y la relación entre autor/agente como la de un equipo que ambos tiramos para el mismo lado. No tomo ninguna decisión con la que el autor no esté de acuerdo , parece obvio, pero lo aclaro. Procuro siempre brindar los pros y los contras de las cosas, los riesgos o aciertos que asumimos antes de tomar una decisión. 
Y para eso trazo/trazamos un camino a seguir. Juntos, en equipo. 

Alejandro González 

–¿Qué sentido tienen los agentes literarios? 
–En verdad, no creo que pueda aportar desde mi lugar, porque son temáticas que me escapan: no soy autor, desconozco el negocio editorial más allá de mi contacto directo con editores, solo una vez en mi vida hablé con un agente literario (un alemán que representa a un escritor ruso contemporáneo), tampoco frecuento ferias del libro donde se dan esas instancias de negociación de derechos autorales. 

–Considerando que a los autores les corresponde entre el 10% y el 8% del precio de tapa de los libros que publican, y a los traductores entre el 4% y el 1%, cómo se justifica que a las librerías les toque entre el 40% y el 35% y a las distribuidoras entre el 30% y el 25%, reservándose el resto a las editoriales. ¿Se puede sostener esa proporción? ¿Por qué sí o por qué no? 
–En cuanto al 10% de regalías, no sé cómo se llegó a esa suma. 

–¿Qué pasa con las traducciones cuando los autores cambian de editorial y se decide usar una traducción nueva? 
–Lo de la traducción “abandonada”, por así decir, es una buena pregunta; supongo que, como indica Ariel Magnus, mucho derecho uno no tiene al pataleo si en su momento cobró el dinero que le corresponde. Suponete que yo traduzco a un autor ruso vivo y, 6 años después, una editorial española arregla otra traducción del mismo libro. Si yo cobré en su momento, no sé incluso si tengo derecho a algún reclamo. Sí me sorprendería lo opuesto: que me ofrecieran traducir un libro que se publicó hace 6 años en otra parte; ahí creo que trataría de indagar por qué han desechado la traducción precedente de un colega (yo cuento con una ventaja: el mundo de la traducción ruso-español es muy pequeño y medio que nos conocemos todos a ambos lados del charco; no sería difícil escribir al o a la colega y preguntar qué ha pasado). Pero, como ves, te hablo desde supuestos. 


Matías Battistón 

–Considerando que a los autores les corresponde entre el 10% y el 8% del precio de tapa de los libros que publican, y a los traductores entre el 4% y el 1%, cómo se justifica que a las librerías les toque entre el 40% y el 35% y a las distribuidoras entre el 30% y el 25%, reservándose el resto a las editoriales. ¿Se puede sostener esa proporción? ¿Por qué sí o por qué no? 
–Para mí los porcentajes son un misterio. La única explicación que me dieron en su momento tenía más pinta de justificación a posteriori que de verdadero origen de los números, y la olvidé enseguida. Si alguien tiene una convincente, me encantaría oírla. 

–¿Qué pasa con las traducciones cuando los autores cambian de editorial y se decide usar una traducción nueva? 
–Me ocurrió que me ofrecieran libros traducidos hacía relativamente poco, por ejemplo. Y es curioso: cada vez que yo le decía al editor que bien podría tratar de conseguir los derechos de esa traducción en vez de hacer una nueva (y a lo sumo revisarla o localizarla con permiso o colaboración del traductor), me decía que ni lo había intentado ni la había leído, pero que de todas formas “sabía” que sería más engorroso que hacerla de cero. No puedo ni confirmar ni refutar la intuición esa. 
Otra experiencia que sí tuve fue traducir a un autor que se manejaba exclusivamente con la agente a la hora de responder consultas de traducción, nunca de manera personal. Pero como al final no contestó a la única consulta que le hice (ya sea porque la agente nunca le pasó la consulta a él, o la respuesta a mí, o porque simplemente él no quiso contestar), no creo que este sea un ejemplo que sume demasiado al debate, salvo quizá para ilustrar cómo un agente puede para aislar todavía más al autor del resto de la cadena de producción de un libro. En este caso, por lo que sé, el aislamiento era deseado por el autor mismo, más que un efecto secundario.

miércoles, 9 de diciembre de 2020

Preguntas a autores, traductores, editores y agentes (5)

Otras dos narradoras argentinas responden las preguntas del Club de Traductores Literarios de Buenos Aires. En la ocasión, Ana María Shua e Inés Fernández Moreno. 

Ana María Shua 

–¿Qué sentido tienen los agentes literarios? 
–Todo el sentido del mundo para quien quiera publicar fuera del país. La mayor parte de las editoriales del exterior, sobre todo las grandes, prefieren no tratar directamente con los autores y sin agente no hay manera de llegar, a menos que se tenga un éxito de ventas considerable. Para la editorial, el agente funciona como filtro. Si el éxito sucede, es necesario el agente para administrarlo, un trabajo que la mayor parte de los autores no sabemos/queremos hacer: cómo se negocia una película, qué derechos hay que cobrar por un audiolibro, etc. etc. Para publicar solo en Argentina no tiene sentido un agente porque el mercado local es muy chico. 

–¿En qué consiste la tan mentada fidelidad entre autores y editores? 
–¿Qué fidelidad? El mundo es cruel y cada uno hace lo que más le conviene. 

–Considerando que a los autores les corresponde entre el 10% y el 8% del precio de tapa de los libros que publican, y a los traductores entre el 4% y el 1%, cómo se justifica que a las librerías les toque entre el 40% y el 35% y a las distribuidoras entre el 30% y el 25%, reservándose el resto a las editoriales. ¿Se puede sostener esa proporción? ¿Por qué sí o por qué no? 
–Librerías y distribuidores tienen que pagar personal, local, depósito. Y competir con Amazon! Las editoriales tienen que pagar todo eso más el costo de producción del libro. Las editoriales chicas tienen menos costos fijos pero poco capital de giro. Obviamente creo que los autores deberíamos ganar más, sobre todo sobre las reediciones, que son muchísimo más económicas para la editorial que la primera edición. Muchas editoriales pagan más porcentaje si los autores venden cantidades muy importantes, pero creo que por una simple reedición ya debería subir el porcentaje que nos toca. 

–¿Qué pasa con las traducciones cuando los autores cambian de editorial y se decide usar una traducción nueva? 
–La vida es así. Si el autor es muy exitoso (en ventas o en prestigio), se puede dar el lujo de defender a su traductor, suponiendo que lo ame. Si no, tiene que alegrarse de que lo vuelvan a editar y callarse la boca. 


Inés Fernández Moreno 

–¿Qué sentido tienen los agentes literarios? 
–Creo que su sentido aparece a partir de la globalización y de la escalada del modelo americano donde todo es mercancía. Hay que vender libros, tener éxito, ganar dinero y son pocos los escritores que saben hacer esto solos. O que quieran o puedan (aunque estén en desacuerdo) mantenerse al margen del mercado editorial y su modalidad actual. Dentro de este mismo marco entra el tema de la globalización, los premios, la aspiración de muchos escritores de que se traduzca, se difunda y se venda su obra en otros países. El escritor no tiene capacidad ni tiempo para encarar estas negociaciones. Le hace falta un agente. 

–¿En qué consiste la tan mentada fidelidad entre autores y editores? 
–En el respeto y la comprensión entre ambas partes de las necesidades y los derechos del otro. Aunque sabemos bien que se cometen todo tipo de tropelías. Sobre todo cuando hay mucho dinero en juego, cosa que les puede suceder a algunos autores y a otros no. De manera que el tema es muy amplio y depende de cada caso, de la importancia de la editorial, del volumen del negocio que puede mover cada autor etc. Por mi parte he tenido la suerte de editar la mayoría de mis libros con el sello Alfaguara en un marco de mucha consideración y amistad. 

–Considerando que a los autores les corresponde entre el 10% y el 8% del precio de tapa de los libros que publican, y a los traductores entre el 4% y el 1%, cómo se justifica que a las librerías les toque entre el 40% y el 35% y a las distribuidoras entre el 30% y el 25%, reservándose el resto a las editoriales. ¿Se puede sostener esa proporción? ¿Por qué sí o por qué no? 
–Tal como está planteado, suena muy injusto para los escritores y traductores, su parte parece muy magra respecto de los otros porcentajes. Pero habría que escuchar a las otras partes y llegar a porcentajes justos. 

–¿Qué pasa con las traducciones cuando los autores cambian de editorial y se decide usar una traducción nueva? 
–Supongo que depende de lo bien o mal pagada que fue esa traducción, pero de este tema no sé nada. 

martes, 8 de diciembre de 2020

Preguntas a autores, traductores, editores y agentes (4)

Miguel Vitagliano y María Teresa Andruetto son dos reconocidos escritores argentinos. Como en los casos anteriores, se les pidió que respondieran las preguntas que consideraran más pertinentes o que desearan responder. 


Miguel Vitagliano 

–¿Qué sentido tienen los agentes literarios? 
–La función de los agentes literarios depende del mercado editorial en que un autor quiera, se proponga o pretenda hacer circular sus libros. En mi caso en particular siempre he publicado en Argentina, no creo necesario tener un intermediario para conversar con los editores a los que conozco de cerca; es más, me da mucho pudor de solo pensar en la situación. 
En las ocasiones que tuve un agente y quise publicar en el exterior, no tuve suerte. Según los agentes –porque fueron dos intentos diferentes- se trataba de ser paciente y esperar un poco más. Yo no veía del mismo modo las cosas y terminamos la relación. En los dos casos era yo quien había ido a buscarlos, nos conocíamos solo a través de la correspondencia, no podía pretender más. La primera fue una agente alemana que no vaciló en cobrar su porcentaje por una traducción en la que no había tenido ninguna injerencia, la segunda una española, también con muchísimos autores representados, aunque más cálida en la correspondencia. 
Al único agente que me pidió una entrevista para proponerme un contrato, llegado el momento le dije que no; recién había publicado mi tercera novela y no me sentía preparado para manejar ese vínculo. Después de algunas novelas más intenté buscarlo y no estuvo dispuesto a conversar. ¿Si me arrepiento? A veces sí y bastante, pero nunca mientras escribo. 
En síntesis, valoro la función que pueden cumplir los agentes literarios en el trabajo de un escritor y en la circulación sus textos. Pienso como ejemplo –y para alejarnos en el tiempo y en la geografía– en Edward Garnett y la función que tuvo en la obra de dos escritores tan distintos como Joseph Conrad y William Henry Hudson. 

–¿En qué consiste la tan mentada fidelidad entre autores y editores? 
–No dejo de pensar al editor como al autor de un gran volumen, su catálogo, y componiendo cada uno de sus capítulos con un libro ajeno. No dejo de pensarlo como un cómplice en una conspiración y disfruto de eso. Un vínculo estrecho construido sobre la base de la mutua confianza que reconoce que hay profundos secretos compartidos y, a la vez, otros no menos importantes que quedan sin compartir. Un equilibrio. Así ha sido siempre la relación que mantuve, y busqué tener, con mis editores. ¿Cuándo se rompe esa relación? Cuando se pierde la complicidad entre las obras de ambos y se quiebra el equilibrio. La fidelidad exigiría otra cosa, la ilusión de un todo compartido, y no es algo que podría en medio, al menos, en esa relación. 


María Teresa Andruetto 

–¿Qué sentido tienen los agentes literarios? 
–Un agente es un representante, representa lo que uno es y quiere ser ante otros a los cuales uno no puede llegar o lo que uno decide delegar en otro, por las razones que fueren. En mi caso, tengo agente (a esta altura, ya una amistad consolidada) desde hace unos 14 años, quien me representa en todo lo que ofrezco a excepción de la poesía, que ha quedado fuera de nuestro trato. Me refiero a representar en un sentido profundo, como una persona que interpreta el modo en que yo quiero ser y estar como escritora, lo que va mucha más allá de las cuestiones contractuales. Nada que ella decida lo hace por su cuenta, sino con mi aprobación y lo que más valoro es su profunda escucha y respeto acerca de lo que yo quiero ser y hacer, y el modo en que quiero serlo y hacerlo. Esa manera de ser y estar como escritora, lo que yo entiendo por eso, como me posiciono, de qué modo y ante quiénes es para mí más importante que las cuestiones estrictamente contractuales que ella, por supuesto, cuida. 

–¿En qué consiste la tan mentada fidelidad entre autores y editores? 
–Un escritor puede cambiar de editorial, por supuesto que sí, como puede uno cambiarse de casa de una más grande a una más chica o de una más chica a una más grande, o de una mas incómoda o menos bonita o menos afín a otra más linda o más cómoda o más afín. El asunto es para qué y de qué manera se hace eso. Siempre la generosidad y el respeto y la gentileza a quien ha apostado en algún momento por nosotros es buena cosa, no sólo para el otro, también para nosotros. Entonces puede haber plazos, esperas, ciertos cuidados y consideraciones…, para seguir con el ejemplo de la casa, uno puede mudarse claro, pero no por eso debiera dejar la casa sucia o las instalaciones rotas… 

–Considerando que a los autores les corresponde entre el 10% y el 8% del precio de tapa de los libros que publican, y a los traductores entre el 4% y el 1%, cómo se justifica que a las librerías les toque entre el 40% y el 35% y a las distribuidoras entre el 30% y el 25%, reservándose el resto a las editoriales. ¿Se puede sostener esa proporción? ¿Por qué sí o por qué no? 
–Aquí sucede como con cualquier otro producto, la relación entre el costo del producto (libro, leche, carne, papa, lana, pulóver) y el precio final de venta, y entre lo que gana quien produce (un kilo de papas, por ejemplo) y lo que eso sale en la boca de venta minorista tiene esa proporción y más acentuada incluso. Para achicar esa diferencia, habría que achicar los eslabones de la cadena de comercialización, o subsidiar ciertos eslabones del recorrido que va desde la producción a la comercialización minorista, habría que poder hacer una traza ágil desde las manos de quien produce hasta las de la boca de salida, en este caso las librerías. 
Con respecto a los porcentajes de derechos de autor, no sé decir lo que es justo, pero sí puedo decir que es universal, que no es sólo entre nosotros. Cuando alguien escucha que el escritor cobra el 10 % del precio de tapa, se sorprende, lo considera una injusticia, pero al respecto quisiera llamar la atención sobre algo de lo que pocas veces se habla y que diferencia el producto libro del producto papa o leche, en sentido estrictamente económico. 
El producto libro es de alta complejidad y el escritor no es quien hace ese producto, sino sólo en el sentido de su intangibilidad. Para que eso que el escritor hace se transforme en producto a comercializar se necesita papel para imprimir, hilo para coser, goma para pegar, tinta para imprimir, se necesita quien diseñe las páginas, quien imprima (y ponga sus máquinas impresoras para hacerlo) se necesita pagar derechos al diseñador de la letra que se va a utilizar, se necesita quien revise los textos para que salgan sin errores, quien guillotine, encole, etc. Muchas personas y mucho material para que eso que el escritor escribió adquiera una existencia física. De modo que el autor del texto (aunque haya hecho la base en torno a la cual todo comience a girar) aporta una parte de entre muchas otras de ese producto final que luego se va a comercializar. En ese costo del producto físico que es el libro, están el pago al autor del texto, el pago al traductor si lo hubiere, hay diseñadores que también cobran derechos, los creadores tipógrafos también cobran derechos, como parte de los costos del producto. Otra vez, eso, los pagos a los hacedores que convergen en la realización del “producto libro” podrían mejorarse si algunos de esos ítems estuvieran subsidiados (en algunos casos, lo están). Por eso es tan interesante el libro y su industria, por la cantidad de personas que trabajan en ella, toda una rueda de trabajo que tiene como punto de arranque lo que un escritor ha escrito en la soledad de su casa. 

–¿Qué pasa con las traducciones cuando los autores cambian de editorial y se decide usar una traducción nueva? 
–Creo que esos derechos de los traductores (a que se sostengan sus traducciones cuando se cambia de casa editorial) están pendientes de resolver, del mismo modo que en el caso de los ilustradores. Los ilustradores han avanzado mucho en el asunto asociándose para defender sus derechos, haciendo constar muchas veces algo de eso en el contrato). Tengo más experiencia en este último caso. Si un libro mío se reedita o cambia de editorial (en la mayoría de los casos ha sido por cierre de la editorial, fallecimiento del editor, decisión conjunta de editor/autor, etc.) siempre se llevó, por decisión mía o conjunta, al mismo ilustrador a la nueva casa. Pude/pudimos sostener eso en todas las ediciones en nuestra lengua y propuse siempre (y en algunas ocasiones lo aceptaron) al mismo ilustrador en ediciones en otras lenguas. Pero reconozco que, en esos traslados, el ilustrador de un libro depende casi siempre de las decisiones del autor del texto (no sucede así a la inversa, que el ilustrador edite esas mismas ilustraciones con otro texto) y sospecho que algo similar sucede con los traductores. De cualquier modo, el escritor puede (depende de su reconocimiento) intentar proponer y algunas veces hasta imponer a su compañero de camino, traductor o ilustrador, en la nueva casa editorial.

lunes, 7 de diciembre de 2020

Preguntas a autores, traductores, editores y agentes (3)

Poeta, novelista y ensayista, el colombiano Darío Jaramillo es uno de los escritores más importantes de la lengua. Por su parte, Juan Bonilla, además de poeta, narrador y periodista cultural, es uno de los más notables escritores españoles de la actualidad, merecedor del último Premio Nacional de su país en la categoría novela. Ambos accedieron a responder las preguntas que el Club de Traductores Literarios de Buenos Aires les ha enviado a autores, traductores, editores y agentes. 

Darío Jaramillo

–¿Qué sentido tienen los agentes literarios? 
–Mi opinión la expresó hace casi un siglo el titulo de un texto de Raymond Chandler sobre los agentes: “el diez por ciento de tu vida”. La del libro actual es la historia de un una cadena de produción y venta llena de eslabones que no agregan nada. El primero, totalmente superfluo, el agente 

–¿En qué consiste la tan mentada fidelidad entre autores y editores? 
–En general, se trata de hallar una ética que regule esas relación, y creo que es una ética puramente comercial, si cabe, en consideración de que los editores por regla general están en el baile por intereses pecuniarios. Eso, en general. Pero en mi caso concreto mi editor es un amigo mío y mi relación con él, si ha de aplicársele alguna ética, es la de la amistad, que incluye lealtad, franqueza, amor por los libros y, sobre todo, la facilidad para ponerse cada uno en el pellejo del otro. 

–Considerando que a los autores les corresponde entre el 10% y el 8% del precio de tapa de los libros que publican, y a los traductores entre el 4% y el 1%, cómo se justifica que a las librerías les toque entre el 40% y el 35% y a las distribuidoras entre el 30% y el 25%, reservándose el resto a las editoriales. ¿Se puede sostener esa proporción? ¿Por qué sí o por qué no? 
–Los distribuidores no aportan ningún valor agregado y, en gran parte, los libreros tampoco. Si algo bueno dejó la pandemia fue el principio de una conexión directa entre editores y lectores, gracias a las ventas por computador. Las librerías son un buen escenario de exhibición, pero tendrán que reinventarse. Los clubes de lectura son un buen primer paso. Si se eliminara la distribución y los editores le vendieran al consumidor final y a las librerías, la cadena bajaría un 40 % de sus costos; el problema siguiente sería trasladar algún porción de ese porcentaje a los lectores. 

–¿Qué pasa con las traducciones cuando los autores cambian de editorial y se decide usar una traducción nueva? 
–Me gusta mucho que haya varias traducciones de los textos. La reivindicación de los traductores es que se mantenga el principio de que su remuneración, al contrario de la de los autores, esté desligada de las unidades vendidas. 


Juan Bonilla 

–¿Qué sentido tienen los agentes literarios? 
–En un sistema como el español –de España, me refiero–, donde, más o menos, nos conocemos todos, no haría apenas falta los agentes literarios, de manera que su principal utilidad se proyecta hacia el extranjero. Es verdad que una agencia es capaz de negociar mil veces mejor que uno, no hay que engañarse, pero aquí cuando digo uno me estoy refiriendo sólo a mí, habrá quien sea un hacha negociando sus condiciones y no necesite de una agencia para tales trámites. Mi experiencia es esa: la agencia que me representa se ocupa de algo que yo no podría hacer, como es negociar el precio de venta de lo que escribo (siempre que lo que yo pensaba conseguir era X, la agencia obtenía X+5) y buscar editores en el extranjero. 

–¿En qué consiste la tan mentada fidelidad entre autores y editores? 
–Yo publiqué mis primeros libros –uno de relatos y otro de poemas– con Pre-Textos. El de relatos hizo algo de ruido y varias editoriales me ofrecieron comprarme una novela. Una editora, Silvia Querini, de Ediciones B, me citó en el Café Gijón de Madrid y me dijo: mira, sé que tienes ofertas y no me gustan las subastas, esto es lo que te ofrezco, piénsatelo. Y me dio un contrato en el que figuraba una suma admirable. Yo me hospedaba en casa de Manolo Borrás, y al volver de ese encuentro me dijo: ¿qué te ofrecen? Le mostré el contrato. Se sacó la pluma del bolsillo de la chaqueta y me ordenó: fírmalo ahora mismo. Lo hice. Han pasado 25 años de eso, y aún publico con Pre-Textos cuando puedo -mi último libro de relatos lo publiqué con ellos. Supongo que es una forma de fidelidad, pero es una palabra que no viene a cuento: es sencillamente que los libros de Pre-Textos me encantan. Supongo que por fidelidad debemos entender la relación de décadas que mantuvo Miguel Delibes con Destino o la de Eduardo Mendoza con Seix Barral: en ambos casos, fíjate bien, a la fidelidad las acompañaba el éxito de ventas, lo que es un punto que facilita mucho las fidelidades. 

–Considerando que a los autores les corresponde entre el 10% y el 8% del precio de tapa de los libros que publican, y a los traductores entre el 4% y el 1%, cómo se justifica que a las librerías les toque entre el 40% y el 35% y a las distribuidoras entre el 30% y el 25%, reservándose el resto a las editoriales. ¿Se puede sostener esa proporción? ¿Por qué sí o por qué no? 
–El sistema es una locura, sí. Pero, más allá de esos porcentajes, nuestro principal problema, no nos engañemos, es que no hay un colchón de lectores suficientemente mullido, y sin eso es muy difícil alcanzar cualquier tipo de profesionalización como la que se da en otros lugares donde se pagan hasta las frases promocionales que se colocan en las fajas. Si en España hubiera, no sé, 10 millones de lectores habituales, el peso de esos porcentajes no nos parecería tan escandaloso como, seguramente, es 

–¿Qué pasa con las traducciones cuando los autores cambian de editorial y se decide usar una traducción nueva? 
–Ni idea, supongo que se pierden hasta nunca jamás si el autor original tiene derechos porque el traductor es propietario de su traducción, pero no del original. Lo idóneo, sin duda, sería que la nueva editorial comprara la traducción ya hecha. La retraducción, como vemos algunas veces, es un nombre bastante cursi para lo que podría ser mero plagio –y si no lo es, como supongo que será en la mayoría de los casos, dada la imposibilidad de probar que nuevas traducciones no tuvieron a la vista las antiguas, condenaría a alguna multa a todo aquel que no citara las traducciones previas– no perdemos nada por citar, vivimos en una casa de citas. Nunca he entendido esa manía de no citar traducciones previas: si los traductores no respetan a los traductores, ¿cómo van a esperar que alguien los respete?