viernes, 19 de febrero de 2021

Fernando Sorrentino y un ejercicio de memoria



El pasado 17 de enero, el escritor Fernando Sorrentino publicó la siguiente columna en el diario La Prensa, de Buenos Aires. En ella da cuenta de un léxico todavía vigente en muchos aficionados al fútbol que los locutores de radio y televisión no han logrado enterrar.

Cuando el offside quedó fuera de juego

Mientras fui niño, adolescente y joven, pasé gran parte de mi vida –como corresponde a todo varón sano y argentino– jugando al fútbol en los “potreros” (insuperable escuela “natural” de habilidades y destrezas deportivas, desconocida, según creo, por las gentes civilizadas del primer mundo). Y, si bien es verdad que mi nivel de juego nunca alcanzó las cúspides de calidad del peor de todos los futbolistas profesionales que en el planeta han sido, no lo es menos que mi desempeño siempre fue digno y que jamás sufrí el estigma vergonzante de ser llamado tronco, nabo, queso, crudo, croto y otros similares términos injuriosos.

En la década de 1950, que coincide con aquella remota etapa de mi existencia, los cuadros de fútbol de la Argentina solían, en los periódicos y en las revistas deportivas, adoptar una forma parecida al zigurat, que pretendía diseñar en el papel la teórica ubicación de los jugadores en el campo de juego.

Es muy fácil presentar un ejemplo cualquiera de cualquier cuadro. Pero, ya que soy el autor de esta nota y, por lo tanto, puedo elegir, no ejemplificaré con ninguno de los equipos por los que no siento ninguna simpatía, que son todos, sino con el Racing Club de Avellaneda, el único por el que sí siento amor, devoción y veneración. Entonces, digamos que, en 1949, Racing formaba así:

1) Antonio Rodríguez
2) Higinio García y 3) Nicolás Palma
4) Juan Carlos Fonda, 5) Alberto Inocencio Rastelli y 6) Ernesto Gutiérrez
7) Juan Carlos Salvini, 8) Norberto Méndez, 9) Rubén Bravo, 10) Llamil Simes y 11) Ezra Sued.

La mera costumbre hacía imaginar que, horizontalmente, había en la cancha cuatro líneas: 1, el arquero (a veces, muy afectadamente, llamado goalkeeper); 2 y 3, los backs o fullbacks; 4, 5 y 6, los halves; 7, 8, 9, 10 y 11, los forwards.

En rigor, las cosas en el campo de juego eran bastante diferentes. Para señalar sólo una discrepancia muy evidente: la última línea defensiva no estaba constituida por dos jugadores sino por tres:

4) Juan Carlos Fonda, 2) Higinio García y 3) Nicolás Palma

De manera que Fonda lidiaba, sobre todo, con el 11 rival; García, con el 9; Palma, con el 7.

Ahora bien, aquellas denominaciones en inglés se convertían, en labios de las buenas gentes del pueblo (entre las que me incluyo), en formas fonéticas inimaginables. Los chicos de entonces decíamos palabras tales como “fulbá” [fullback]; “jas” [half] y su plural “jases”; “güin” [wing, winger] y su plural “güines”; “insíder” o “insái” [insider]; “jans” [hand]; “angol” [outgoal]; “córner” [corner]; “réfere” [referee]; “laiman” [linesman], etcétera, etcétera.

Con el tiempo, y de modo gradual, parece ser que los periodistas deportivos dieron en olvidar aquellos extraños vocablos en “inglés”, y entonces se empezó a hablar de zagueros, medios, volantes, punteros, entrealas, centrodelanteros, tiros de esquina, saques laterales, saques de meta, posiciones adelantadas, árbitros, jueces de línea, etcétera.

En años anteriores a esta insurrección castiza, ocurría que, en el momento de iniciar el juego, el futbolista (estamos hablando de partidos de aficionados, id est, “partidos de potrero”) que debía poner en movimiento la pelota preguntaba “¿Aurieli?”, conjuro que era respondido por el capitán rival con este enigmático monosílabo: “¡Diez!”. Sólo una vez cumplida esta ceremonia, podía comenzar el partido. Y, a modo de escribano, doy fe de su realidad, pues he sido testigo y partícipe en muchas de tales solemnidades.

Aficionado como soy a ciertas modestas prácticas filológicas, no resisto la tentación de retraducir al inglés ambos vocablos: Pregunta: All ready? Respuesta: Yes!

Reliquia de aquellos años es la curiosa metáfora empleada por Homero Manzi en su tango Che, bandoneón (1950): “y el trago de licor que obliga a recordar / si el alma está en orsái, che, bandoneón” (se me ocurre, al pasar, que esa conjunción si tendría que ser que).

Mi último escolio será para puntualizar que “orsái” significa offside, es decir “posición adelantada”, “fuera de juego”. Concluyo con la exhortación a emprender la poética tarea de imaginar un alma en posición adelantada.

1 comentario:

  1. Tal vez porque si el alma no está en orsái -raro, pero posible- el trago de licor no obligue a recordar. Sí quizás a otras cosas, pero no a recordar. Cambiar por "que" guarda sentido, pero otro, me parece.

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