jueves, 5 de diciembre de 2013

"¿Hasta qué extremos se puede llevar el arte de la edición?"

La revista colombiana El Malpensante, publicó en su número 65, correspondiente a octubre de 2005, la siguiente conferencia de Roberto Calasso, con traducción de Teresa Ramírez Vadillo, que nos envío la traductora mexicana Lucrecia Orensanz. En la bajada se lee: “Resulta fácil saber en qué consiste una mala editorial. Las hay por decenas y todas se parecen mucho en la mezcla de mercantilismo y miopía. En cambio, no existe una fórmula cierta para hacer una buena. El autor de este ensayo, sin embargo, puede hablar del tema con conocimiento de causa, pues la suya ha sido durante años una de las mejores editoriales en lengua italiana”.

La edición como género literario

Quisiera hablarles de algo que generalmente se da por entendido, pero luego no se revela como obvio en absoluto: el arte de publicar libros. Y primero quisiera detenerme un instante en la noción de edición en sí, porque me parece que está envuelta en una notable cantidad de equívocos. Si se le pregunta a alguien: ¿qué es una editorial?, la respuesta habitual, y también la más razonable, es la siguiente: se trata de un ramo secundario de la industria, en el cual se trata de hacer dinero publicando libros. Y ¿qué debería ser una buena editorial? Una buena editorial sería —si se me concede la tautología— la que supuestamente publica, dentro de lo posible, sólo buenos libros. O sea, para usar una definición rápida, libros de los que el editor tienda a estar orgulloso, y no a avergonzarse de ellos. Desde este punto de vista, una editorial semejante difícilmente podría revelarse de particular interés en términos económicos. Publicar buenos libros nunca ha vuelto espantosamente rico a nadie. O, por lo menos, no en una medida comparable con lo que puede suceder abasteciendo al mercado de agua mineral o computadores o bolsas de plástico. Al parecer, una empresa editorial puede producir ganancias notables sólo a condición de que los buenos libros sean sumidos entre muchas otras cosas de calidad muy diferente. Y cuando están sumidos, se pueden anegar fácilmente —y así desaparecer por completo.

Luego, será bueno recordar que la edición en numerosas ocasiones ha demostrado ser una vía rápida y segura para derrochar y chuparse patrimonios sustanciosos. Se podría además agregar que, junto con  roulette y cocottes, fundar una editorial siempre ha sido, para un joven de nobles orígenes, una de las maneras más eficaces de despilfarrar su fortuna. De ser así, la pregunta es cómo es que el papel del editor ha atraído a lo largo de los siglos a un número tan alto de personas —y continúe considerándose fascinante y, en cierto modo, misterioso también hoy—. Por ejemplo, no es difícil darse cuenta de que no hay título más codiciado por ciertos poderosos de la economía, quienes con frecuencia se lo conquistan literalmente a un precio de oro. Si esas personas pudiesen afirmar que publican verduras congeladas, en vez de producirlas, presumiblemente serían felices. Se puede entonces llegar a la conclusión de que, además de ser un ramo de los negocios, la edición siempre ha sido una cuestión de prestigio, no por nada sino porque se trata de un género de negocios que es a la vez un arte. Un arte en todos los sentidos, y seguramente un arte peligroso porque, para practicarlo, el dinero es un elemento esencial. Desde este punto de vista, bien se puede sostener que muy poco ha cambiado desde los tiempos de Gutenberg.

Y sin embargo, si pasamos la mirada por cinco siglos de edición tratando de pensar en la edición misma como un arte, en seguida vemos surgir paradojas de todo tipo. La primera podría ser ésta: ¿con base en qué criterios se puede juzgar la grandeza de un editor? Sobre esta cuestión, como solía decir un amigo mío español, “no hay bibliografía”. Se pueden leer estudios muy doctos y minuciosos sobre la actividad de ciertos editores, pero muy rara vez se encuentra un juicio sobre su grandeza, como en cambio sucede normalmente cuando se trata de escritores o pintores. ¿De qué estará hecha, entonces, la grandeza de un editor?

Trataré de responder a la pregunta con algunos ejemplos. El primero, y quizá el más elocuente, nos remite a los orígenes de la edición. Con la impresión ocurrió un fenómeno que se repetiría más tarde con el nacimiento de la fotografía. Al parecer hemos sido iniciados en estas invenciones por maestros que inmediatamente han alcanzado una excelencia inigualable. Si se quiere entender lo esencial de la fotografía, basta estudiar la obra de Nadar. Si se quiere entender qué puede ser una editorial, basta echar un vistazo a los libros impresos por Aldo Manuzio. Él fue el Nadar de la edición, el primero en imaginar una editorial en términos de forma. Y aquí la palabra “forma” se entiende de muchas y diferentes maneras. En primer lugar, la forma es decisiva en la elección y en la secuencia de los títulos a publicar. Pero la forma tiene que ver también con los textos que acompañan a los libros, además de la manera en que el libro se presenta como objeto. Por eso incluye la portada, el diseño, la compaginación, los caracteres, el papel. El propio Aldo solía escribir bajo la forma de cartas o epistulae aquellos breves textos introductorios que son los precursores no sólo de todas las introducciones, prefacios y epílogos modernos, sino también de todas las solapas de los forros, los textos de presentación a los libretos y la publicidad de hoy. Fue aquél el primer indicio del hecho de que todos los libros publicados por cierto editor podían ser vistos como eslabones de una misma cadena, o segmentos de una serpiente de libros, o fragmentos de un solo libro formado por todos los libros publicados por ese editor. Ésta, obviamente, es la meta más audaz y ambiciosa para un editor, y así ha persistido desde hace quinientos años. Y si les parece que se trata de una empresa impracticable, bastará recordar que también la literatura, si no oculta en su fondo lo imposible, pierde toda magia. Algo similar creo que se puede decir de la edición —o al menos de ese particular modo de ser editor, que ciertamente no ha sido practicado muy a menudo a lo largo de los siglos, pero a veces con resultados memorables—.

Para dar una idea de lo que puede nacer de esta concepción de la edición, me referiré a dos libros impresos por Aldo Manuzio. El primero fue publicado hace quinientos dos años con el abstruso título Hypnerotomachia Poliphili, que significa “Batalla de amor en sueños”. Pero ¿de qué se trata? Era lo que hoy se llamaría una “primera novela”. Y, además, de autor desconocido (y hasta hoy enigmático), escrita en una suerte de lenguaje imaginario, una especie de  Finnegans Wake compuesto sólo de mescolanzas e hibridaciones de palabras latinas e italianas. Una operación más bien arriesgada, se diría. Pero ¿qué aspecto tenía el libro? Era un volumen en folio, ilustrado con magníficos grabados que constituían una perfecta contraparte visual del texto. Lo que es aún más arriesgado. Pero llegados a este punto debemos agregar algo: según la inmensa mayoría de los apasionados de libros, éste es el libro más bello jamás impreso. Lo que puede ser verificado por cada uno de ustedes, si acaso les cayera en las manos una copia de aquella edición o también, en el peor de los casos, un buen facsímile. Aquel libro era obviamente un golpe de genio, único e irrepetible. Y al crearlo, el editor tuvo una función capital. Pero no deben pensar que Manuzio era grande sólo como preparador de tesoros para los bibliófilos de los siglos venideros. El segundo ejemplo que tiene que ver con él va en una dirección completamente distinta: tres años después de la Hypnerotomachia, en 1502, Manuzio publicó una edición de Sófocles en un formato que él quiso definir como parva forma, pequeña forma: es el primer libro de bolsillo de la historia, el primer paperback. Literalmente, el primer libro que se podía meter en un bolsillo. Al inventar un libro de tal formato, Manuzio transformó los gestos que acompañan a la lectura. Así, el acto mismo de leer mutó de manera radical. Observando el frontispicio, se puede admirar la elegancia del caracter griego cur-sivo que aquí es usado por primera vez y en seguida se convirtió en un valioso punto de referencia. Por eso, Manuzio fue capaz de alcanzar dos resultados opuestos: por un lado, crear un libro como la Hyp-nerotomachia Poliphili que jamás tendría igual, y es casi el arquetipo del libro único. Por otro, crear un libro completamente distinto, como el Sófocles, que en cambio sería copiado millones y millones de veces en todas partes, hasta hoy.

No diré más sobre Aldo Manuzio porque ya veo perfilarse una pregunta en su mente, pregunta que se podría formular así: bien, todo eso es fascinante y pertenece a las glorias del renacimiento italiano, pero ¿qué tiene que ver con nosotros y con los editores de hoy, anegados por la marea creciente de CD-ROM, sitios de Internet, e-book y DVD —por no hablar de los diversos incestuosos connubios entre todos estos mecanismos—? Si tuvieran la paciencia de seguirme todavía unos instantes, trataré de dar una respuesta a esta pregunta usando otro ejemplo. En efecto, si les dijera sin medias tintas que a mi parecer un buen editor de nuestros días debería simplemente tratar de hacer lo que hacía Manuzio en Venecia en el primer año del siglo XVI, ustedes podrían pensar que estoy bromeando —aunque no bromeo para nada—. Entonces les hablaré de un editor del siglo XX, precisamente para mostrarles cómo actuó exactamente de ese modo, aunque en un contexto totalmente distinto. Se llamaba Kurt Wolff. Era un joven alemán, elegante, rico, pero tampoco demasiado. Quería publicar nuevos escritores de alta calidad literaria. Entonces inventó para ellos una colección de cuadernos más bien inusitados, de formato vertical, llamada “Der Jüngste Tag”, “El Día del Juicio”, un título que hoy parece completamente apropiado para una colección de libros que salieron en Alemania durante la Primera Guerra Mundial. Si dan una ojeada a estos libros de color negro, delgados y austeros, con las etiquetas pegadas encima, como sobre cuadernos de escuela, quizá se pondrán a pensar: ¿es así que debería presentarse un libro de Kafka? Y, en efecto, varios de los relatos de Kafka fueron publicados en esta colección. Entre ellos, La metamorfosis, en 1917, con una bella etiqueta azul y marco negro. En esa época Kafka era un joven escritor poco conocido y extremadamente discreto. Pero, leyendo las cartas que Kurt Wolff le es-cribía, se darán cuenta en seguida, por su exquisito tacto y delicadas atenciones, que el editor simplemente sabía quién era su interlocutor.

Kafka, por lo demás, no era ciertamente el único joven escritor publicado por Kurt Wolff. Ese mismo año 1917, más bien turbulento para la edición, Kurt Wolff recogió en un almanaque, que llevaba por título  Vom Jüngsten Tag, textos de algunos jóvenes autores. He aquí el almanaque y he aquí algunos de los autores: Franz Blei, Albert Ehrenstein, George Heym, Franz Kafka, Else Laske-Schüler, Carl Sternheim, George Trakl, Robert Walser. Son los nombres de los jóvenes escritores que en ese año se encontraron reunidos bajo el techo del mismo joven editor. Y esos mismos nombres, ninguno excluido, vuelven a entrar en la lista de los autores esenciales que un joven hoy debe leer si quiere saber algo de la literatura en lengua alemana de los primeros años del siglo XX.

Llegados a este punto, mi tesis debería mostrarse bastante clara. Aldo Manuzio y Kurt Wolff no hicieron nada sustancialmente distinto, a distancia de cuatrocientos años el uno del otro. De hecho, practicaban el mismo arte de la edición —si bien este arte puede pasar inadvertido a los ojos de los demás, editores incluidos—. Y este arte puede ser juzgado en ambos casos con los mismos criterios, el primero y el último de los cuales es la forma: la capacidad de dar forma a una pluralidad de libros como si fueran los capítulos de un único libro. Y todo ello teniendo cuidado —un cuidado apasionado y obsesivo— de la apariencia de cada volumen, de la manera en que se presenta. Y, finalmente, también —y no es ciertamente el punto de menor importancia— de cómo ese libro puede ser vendido al más alto número de lectores.

Hace aproximadamente cuarenta años Claude Lévi-Strauss propuso considerar una de las actividades fundamentales del género humano —cabe aclarar, la elaboración de mitos— como una forma particular de bricolaje. Después de todo, los mitos están constituidos de elementos ya preparados, muchos de ellos derivados de otros mitos. Llegados a este punto sugiero sumisamente considerar también el arte de la edición como una forma de bricolaje. Traten de imaginar una editorial como un único texto formado no sólo de la suma de todos los libros que ha publicado, sino también de todos sus otros elementos constitutivos, como las portadas, las solapas, la publicidad, la cantidad de copias impresas o vendidas, o las diversas ediciones en las que ha sido presentado el mismo texto. Imaginen una editorial de esta manera y se encontrarán inmersos en un paisaje muy singular, algo que podrían considerar una obra literaria en sí, perteneciente a un género específico. Un género que se jacta de sus clásicos modernos: por ejemplo, los vastos dominios de Gallimard, que de las tenebrosas florestas y de los pantanos de la “Série Noire” se extienden a los altiplanos de la “Pléiade”, pero incluyendo varias graciosas ciudades de provincia o asen-tamientos turísticos que a veces se parecen a los pueblos Potëmkin de cartón, levantados en este caso no por la visita de Catalina, sino por una temporada de premios literarios. Y bien sabemos que, cuando llega a expandirse de esta manera, una editorial puede adquirir un cierto carácter imperial. Así, el nombre Gallimard resuena hasta los limbos más remotos adonde se extiende la lengua francesa. O, en otra vertiente, podríamos encontrarnos en las vastas haciendas de Insel Verlag, que dan la impresión de haber pertenecido por mucho tiempo a un iluminado señor feudal que al final ha dejado sus propiedades a los más devotos y probados intendentes... No quiero insistir más, pero ya ven que de este modo se podrían concebir mapas muy detallados.

Considerando a las editoriales desde esta perspectiva, se mostrará quizá más claro uno de los puntos más misteriosos de nuestro oficio: ¿por qué un editor rechaza cierto libro? Porque se da cuenta de que publicarlo sería como introducir un personaje equivocado en una novela, una figura que arriesgaría desequilibrar al conjunto o desvirtuarlo. Un segundo punto concierne al dinero y a las copias: siguiendo esta línea, se estará obligado a tomar en consideración la idea de que la capacidad de hacer leer (o, por lo menos, comprar) ciertos libros es un elemento esencial de la calidad de una editorial. El mercado —o la relación con ese desconocido, oscuro ser llamado “el público”— es la primera ordalía del editor, en la acepción medieval del término: una prueba de fuego que puede también convertir en humo considerables cantidades de billetes. Por lo tanto, se podría definir a la edición como un género li-terario híbrido, multimediático. E híbrido sin duda lo es. En cuanto a que se mezcla con otros media, se trata de un hecho ya obvio. No obstante, la edición, como juego, sigue siendo fundamentalmente ese mismo viejo juego que Aldo Manuzio practicaba. Y un nuevo autor que se nos viene encima con un libro abstruso es para nosotros parecido al aún elusivo autor de la novela intitulada Hypne-rotomachia Poliphili. Hasta que este juego dure, estoy seguro de que siempre habrá alguien dispuesto a jugarlo con pasión. Pero si un día las reglas tuvieran que cambiar radicalmente, como a veces estamos inducidos a temer, estoy igualmente seguro de que sabremos convertirnos a alguna otra actividad —y podremos también reencontrarnos en torno a una mesa de roulette, o de écarté o de black jack.

Quisiera cerrar con una última pregunta y una última paradoja. ¿Hasta qué extremos se puede llevar el arte de la edición? ¿Es posible aún concebirla en circunstancias en que lleguen a faltar ciertas condiciones esenciales suyas, como el dinero y el mercado? La respuesta —sorprendentemente— es afirmativa. Al menos si observamos un ejemplo que nos ha llegado de Rusia. En plena Revolución de Octubre, en esos días que fueron, en las palabras de Aleksandr Blok, “una mezcla de angustia, horror, penitencia, esperanza”, cuando las imprentas ya habían sido cerradas por tiempo indeterminado y la inflación hacía subir los precios de hora en hora, un grupo de escritores —entre los cuales estaban un poeta como Chodasevic y un pensador como Berdajaev, además del novelista Michail Osorgin, que fue luego el cronista de esos eventos— pensó bien en lanzarse a la empresa aparentemente insensata de abrir una Librería de los Escritores, que permitiera a los libros, y sobre todo a ciertos libros, circular aún. Pronto la Librería de los Escritores se convirtió, en las palabras de Osorgin, en “la única librería en Moscú y en toda Rusia en la que cualquier hijo de vecino podía adquirir un libro ‘sin autorización’ ”.

Lo que Osorgin y sus amigos hubieran querido crear era una pequeña editorial. Pero las circunstancias lo hacían imposible. Entonces usaron la librería como una suerte de doble de una editorial. Ya no un lugar donde se producían libros nuevos, sino donde se trataba de dar hospitalidad y circulación a los libros numerosísimos —a veces preciosos, a veces comunes, con frecuencia dispares, pero, como sea, destinados a estar desperdigados— que el naufragio de la historia hacía arribar al mostrador de su negocio. Lo importante era mantener con vida ciertos gestos: continuar tratando a esos objetos rectangulares de papel, hojearlos, ordenarlos, hablar de ellos, leerlos en los intervalos entre una tarea y otra, en fin, pasarlos a otros. Lo importante era constituir y mantener un orden, una forma: reducido a su definición mínima e irrenunciable, ése es justamente el arte de la edición. Y así fue practicado en Moscú entre 1918 y 1922, en la Librería de los Escritores. Que alcanzó el acmé de su noble historia cuando los fundadores de la librería decidieron, visto que la edición tipográfica era impracticable, iniciar la publicación de una serie de obras en un único ejemplar escrito a mano. El catálogo completo de estos libros literalmente únicos se quedó en la casa de Osorgin en Moscú y al final se perdió. Pero, en su fantasmagoría, queda como el modelo y la estrella polar para quienquiera que trate de ser editor en tiempos difíciles. Y los tiempos siempre son difíciles.
  
Nota del editor - Esta conferencia pertenece al libro La locura que viene de las ninfas y otros ensayos de la editorial Sexto Piso.



miércoles, 4 de diciembre de 2013

¿Quién traduce los lenguajes ficticios?

El traductor español Mario Grande (quien con Mercedes Fernández Cuesta formó un tándem de traductores activo desde 1998) publicó la siguiente columna en El Trujamán del jueves 28 de noviembre pasado.

Lenguajes ficticios y traducción: caminos insospechados

Los lenguajes ficticios ocupan un lugar peculiar en libros, cómics, películas y videojuegos. No solo por su función narrativa, sino también por cuestiones asociadas a la traducción. Su presencia suele vincularse a entornos utópicos/distópicos, mundos mágicos, el espacio exterior. En ellos se hablan, se escriben, se leen y se escuchan, entre otros, la neolengua de Orwell (1984), el sindarin de Tolkien (El Señor de los Anillos) y el klingon de Marc Okrand (Star Trek), el nasdat de Burgess (La naranja mecánica) y el sildaviano de Hergé (El cetro de Ottokar), el na’vi de Paul Frommer (Avatar), las siete lenguas mágicas en la saga de Harry Potter de J. K. Rowling, los cerca de ciento cuarenta idiomas de los episodios de La guerra de las galaxias, obra de multitud de creadores, o el valiriano de Juego de tronos, inspirado en las novelas de George R. R. Martin. De algunos lenguajes ficticios solo se tiene vaga noticia o se conocen unas pocas palabras, en tanto que otros se nos presentan con un notable desarrollo histórico, social y gramatical: léxico, alfabeto, morfología y sintaxis, incluso cierta literatura. Los lenguajes ficticios pueden inspirarse en lenguas conocidas —identificándose con ellas, como la neolengua y el inglés de mediados del siglo xx— de las que extraen cualidades que refuerzan su función narrativa. Rasgo común a todos ellos es su potencia comunicadora anterior a la traducción. Por ejemplo, de la neolengua sabemos que es una lengua en continua reelaboración y reescritura (se está redactando la undécima edición del Diccionario) mediante la destrucción de palabras, procedimiento considerado por el Gran Hermano más útil que la traducción (tildada de falsificación) para lograr el objetivo de anular la facultad humana del lenguaje como expresión del pensamiento hacia el año 2050 (dos vueltas de tuerca al lenguaje de Houyhnhnms y Yahoos en la sátira de Swift). El lector difícilmente puede sustraerse al horror de una lengua sin pasado ni futuro. En otros casos, el recurso a lenguas célticas como el galés basta para revestir al relato de la Tierra Media de un expresivo manto de mítica antigüedad. El nadsat, que se sirve del ruso, funciona eficazmente como argot en plena guerra fría (como el fugaz runglish de Arthur Clarke en2001: una odisea del espacio). Lo mismo que el sildaviano, inspirado en el dialecto holandés de Bruselas), da cuenta de la «Anschluss» de Sildavia por Borduria. Otros lenguajes ficticios van derechos a provocar la emoción mediante la sonoridad, el tono, la frecuencia: el na’vi asociado con la inocencia, igual que el lenguaje de los ewoks (de tonalidad tibetana) o el hutés (de fonética quechua). Como si los lenguajes ficticios llegaran más profundamente. Y más allá de las fronteras del lenguaje humano, sirven de medio de comunicación entre humanos, no humanos y máquinas androides. Su máxima expresión sería C-3PO, el simpático robot dorado de La guerra de las galaxias capaz de traducir seis millones de idiomas (lo que le convertiría en patrono, honra y prez de los traductores electrónicos, siempre que no le extraigan la memoria artificial, claro).

La pregunta es: ¿quién traduce los lenguajes ficticios? Paradójicamente, esta labor no la efectúa el traductor, pues no ha tenido oportunidad de formarse en esos lenguajes. La traducción, cuando procede, (o, quizá mejor, una suerte de metatraducción dentro del texto en cuestión) recae en manos del autor, creador del lenguaje ficticio y único conocedor del mismo, a diferencia del mito de Babel. Al traductor le cabría intervenir en el caso de que fueran precisas adaptaciones. Alguien como Coetzee sugeriría que este tipo de lenguajes son una manifestación autoritaria por cuanto no son interactivos, sociales. Abogaría por el silencio. Alguien como Rushdie lo celebraría por lo que tiene de híbrido o ecléctico. Internet ha modificado los términos del debate, permitiendo la continuación del proceso de creación y traducción de estos idiomas ficticios colectivamente, transformando lo que quizá naciera con voluntad hermética de creación de la imagen del Otro Absoluto en acto de comunicación.


martes, 3 de diciembre de 2013

Un cura campechano

“En su afán de utilizar un lenguaje llano y directo, el papa Francisco recurre a menudo a términos lunfardos o bien porteños, e incluso a neologismos que él mismo crea; L'Ossvervatore Romano se ocupa de explicárselos al mundo”. Así dice la bajada de la nota que firma   en el diario La Nación, de Buenos Aires, del 1 de diciembre pasado. 

 

Bergoglismos: el léxico que impacta a todos

"¿Quién podía decirme, hace cincuenta años, que el más revoltoso de mis alumnos iba a escribir en L'Osservatore Romano? De haberlo sabido, en una de esas, no te mandaba a rendir examen...", le dijo Jorge Bergoglio al santafecino Jorge Milia. "¿Quién podía decirme, hace cincuenta años, que iba a ser recibido por un papa neologista, que reinventa el latín, el español, el italiano...?", retrucó a Francisco su ex alumno.

El diálogo sucedió durante un encuentro que mantuvieron los dos amigos en el Vaticano hace poco más de dos meses. Allí papa Francisco elogió los comentarios de Milia, publicados por el L' Osservatore Romano, sobre sus argentinismos y neologismos. En cuanto asumió el pontificado, Francisco sorprendió con sus gestos y también con sus palabras. No sólo invitó a obispos y sacerdotes a "ser pastores con olor a oveja", sino que también comenzó a usar términos casi propios del lunfardo, del lenguaje popular porteño y de neologismos inventados a propósito de algo que quería acentuar. Cuando Francisco habló de "primerear", sobre todo en el Vaticano muchos se preguntaron qué quería decir. Entonces, Milia escribió el primero de sus artículos para el blog Terre d' America, que lidera Alver Metalli. "Tuvo tanta repercusión que me pidieron que continuara escribiendo sobre lo que llamaron bergoglismos y luego los comenzó a publicar L'Osservatore", cuenta Milia, autor del libro De la edad feliz , publicado en 2006 con prólogo de Bergoglio.

A la lista de términos comentados por él –que incluye las expresiones "primerear", "balconear", "ningunear", "pasarse de rosca", "pescar una idea", "hacer lío", "empacharse" y "misericordiar"–, se podrían sumar muchos otros como "rosquear", "sacar el cuero", tener "cara de vinagre", "salir de la cueva" o cuidarse de los "mercachifles". Consideradas como "la jerga de Bergoglio" o comobergoglismos , las expresiones del Papa provocan dolores de cabeza a los traductores y asombran a todos, excepto a quienes ya lo conocían.

Fueron repetidas las veces que Bergoglio pidió disculpas por pronunciar un término de tono vulgar o popular. Un ejemplo: en la homilía de la misa por la educación que celebró en abril de 2009 y en la que denunció que la droga se vendía en las puertas de los colegios, dijo: "(...) Tenemos que defender la cría, perdonen la palabra, y a veces este mundo de las tinieblas nos hace olvidar de ese instinto de defender la cría". Por eso, el padre Javier Klajner, responsable de la pastoral de la juventud de la arquidiócesis de la ciudad de Buenos Aires, afirmó a La Nación: "Mucho de lo que dice el Papa, sus expresiones y sus modos, nosotros lo vivíamos como una realidad". Y recordó que el ex arzobispo porteño describía a la Virgen como una mujer callejera. "Ustedes tienen que ser como ella, una mujer callejera y estar en la calle", les decía a los sacerdotes.

"Los bergoglianismos son como la síntesis de una catequesis ciento por ciento argentina que el Papa está exportando, está llevando al mundo, y no por fervor localista, sino por fervor misionero", planteó a La Nación Virginia Bonard compiladora de Nuestra fe es revolucionaria , un libro con homilías y mensajes de Bergoglio en sus tiempos como arzobispo porteño. Bonard, que también participó del acompañamiento que hizo la Iglesia a los familiares de las víctimas del incendio de Cromagnon, en la que murieron 194 jóvenes, recordó: "En una misa por el aniversario de esa tragedia, Bergoglio llamó santuario al local Cromagnon. Eso es mucho más que un neologismo. Es considerar que una porción de la ciudad se santuarizó por el dolor vivido por los citadinos, como decía él a veces, en vez de ciudadanos". Y agregó: "El Papa dice que prefiere una Iglesia accidentada a una Iglesia enferma. Y él también. Es evidente que prefiere accidentarse en el uso de la palabra y los gestos que quedarse con algo en el buche".

Aquí publicamos algunas de las expresiones que despiertan curiosidad en el mundo y a las que en breve se sumarían otras como el "chamuyo de Dios", según anticipó Milia:

Primerear
"El Señor nos primerea, nos está esperando. pecas y te está esperando para perdonarte."
Cuando en Buenos Aires alguien lo escuchaba hablar de "primerear" y lo interrogaba sobre el origen del término, Jorge Bergoglio explicaba que provenía del lenguaje futbolístico porteño. Expresa la acción de llegar antes, ganar de mano a otro o tomar la iniciativa, y fue incorporado por Francisco en su primera exhortación apostólica, que dio a conocer esta semana.

Balconear
"No balconeen la vida. métanse en ella, como hizo jesús."
En uno de sus artículos, Milia explica que en el lunfardo porteño "balconear" quiere decir mirar desde el balcón como un espectador de los demás sin participar de lo que sucede. El ex alumno de Bergoglio recuerda que, en su adolescencia, participaban de una procesión de Corpus Christi por el centro de la ciudad. "Era típico ver muchos balconeros. Personas que se dedicaban a saludar a los procesionantes y hacer comentarios entre ellos", narra. Y agrega: "Y Bergoglio nos señalaba la situación y nos invitaba a no balconear la fe. El cristiano es un protagonista, no un espectador".

Pasarse de rosca
"¡Esta civilización mundial se pasó de rosca! (...) porque es tal el culto que ha hecho al dios dinero que estamos presenciando una filosofía y una praxis de exclusión de los dos polos de la vida que son las promesas de los pueblos: los jóvenes y los ancianos."
La alusión al "pasarse de rosca" encuentra su explicación en la mecánica, cuando una tuerca se ajusta más de lo debido, se rompe y gira en falso. Y también se usa para decir que alguien transgredió un límite o es vencido por la ansiedad. "Poco importa que la expresión se use para hablar de la droga o del alcohol, que no es demasiado diferente de abusar del poder, del dinero o de las influencias. El resultado es el mismo: ya no ve la realidad, ya no la «agarra» tal como es, la distorsiona exagerándola o la envilece mortificándola", dice Milia.

Hacer lío
"¿Qué espero como consecuencia de la Jornada de la Juventud? Espero lío (...) quiero lío en las diócesis, quiero que se salga afuera, quiero que la Iglesia salga a la calle (...)."
Para los argentinos "hacer lío" implica provocar alboroto, desorden, interrupciones, gritos y, como el mismo Francisco dijo: salir de lo preestablecido. Interpreta Milia que no siempre se usa para algo positivo como lo hace el Papa. Por eso, "asombra que todos, más allá de la inevitable instrumentalización política, están seguros de haber comprendido, precisamente por la fuerza y la expresividad de la frase, su significado positivo. Lo dijo el Papa , agregan. Y, por lo tanto, está claro. Por eso la expresión está cambiando de sentido. Es más, ya lo hizo. Más que cambiar, podemos decir que el Papa Francisco la ha transfigurado".

Ningunear
"No ninguneen al que sufre, al que no consigue trabajo o no tiene dinero."
Se "ningunea" a alguien cuando se lo subestima, se lo ignora. El Papa les pidió a los jóvenes que "no se dejen ningunear, vivan la fe" y también que "no ninguneen al que sufre". Al conmemorar su pasado compartido con Bergoglio, Milia comenta: "En aquellos días de colegio no importaba si esa recomendación apuntaba a otro profesor, a algunos compañeros que se suponían mejores que los demás, o a un desesperado amor juvenil que dándonos calabazas nos había hundido en la desesperanza".

Pescar una idea
"Para que vaya pescando lo que piensan los obispos."
Usar el verbo pescar como sinónimo de comprender es propio del lunfardo porteño. El Papa usó esta expresión en su diálogo con la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, cuando le obsequió el documento producido por la cumbre de obispos latinoamericanos en Aparecida, Brasil, en 2007.

Misericordiando
"Déjate misericordiar."
El Papa se permitió inventar un verbo luego de constatar las dificultades presentadas para traducir su lema: "Miserando atque eligendo". El lema se refiere a la elección que hizo Jesús de Mateo, un cobrador de impuestos, y se traduce como "lo miró con misericordia y lo eligió" o "amándolo lo eligió". Al ser interrogado por Milia sobre esto, Francisco explicó: "El gerundio latino miserando es intraducible en italiano y en español. A mí se me ocurrió traducirlo con otro gerundio que no existe: Misericordiando". Monseñor Víctor Manuel Fernández, al comentar la invitación de Bergoglio a dejarse "misericordiar", explica: "Invita a las personas que se llenan de culpas y escrúpulos a dejarse perdonar y envolver por la ternura del Padre Dios"


lunes, 2 de diciembre de 2013

El poeta francés Yves Bonnefoy, premiado en México, habla de la traducción de poesía

El poeta francés Yves Bonnefoy recibió el Premio de Literatura en Lenguas Romances, de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, dotado con 150 mil dólares, de manos del secretario de Educación Pública, Emilio Chuayffet. 

Durante su discurso, este traductor de la obra de William Shakespeare y William Butler Yeats dijo: ““Traducir es también una tarea tan difícil como la invención poética original. Transportar a su lengua las significaciones de un texto escrito en otra es pasar al lado de la poesía, ya que ella misma es precisamente la transgresión de la significación conceptual”. Y agregó: “Cuando encontramos un poema en otra lengua, es necesario revivir la lucha que su autor sostuvo con o en contra de las palabras”.

viernes, 29 de noviembre de 2013

¿De que "español" hablan? (2)

Segunda parte del trabajo publicado ayer,  presentado por Juan Carlos Moreno Cabrera (1956), lingüista español y catedrático de Lingüística General en la Universidad Autónoma de Madrid, durante el I Simposi Internacional sobre Situació i Perspectives del Plurilingüisme a Europa (València 2008).

De la cuna a la cuña.
Brevísima relación del nacionalismo lingüístico español
(Segunda parte)

4. LAS CINCO VOCALES DEL ESPAÑOL
Otro de los tópicos más conocidos y utilizados del nacionalismo lingüístico español es la idea de que el sistema pentavocálico del español (surgido del sistema heptavocálico del castellano antiguo; Penny, 2006: 63) estándar facilita grandemente el aprendizaje y uso de esta lengua, lo cual es una característica que puede explicar parte de su extensión y pujanza. Esta idea procede de Menéndez Pidal y, tal como he mostrado recientemente (Moreno Cabrera, 2008: 79), es aceptada sin reservas por algunos filólogos y académicos en la actualidad. Curiosamente, esta característica la comparte el español con el euskera, compañero de glosas, según la ideología del nacionalismo lingüístico español. Sin embargo, en el caso de esta lengua, no parece que este rasgo haya sido esecialmente importante para su expansión. Al contrario, el euskera ha ido viendo reducido su territorio desde la Edad Media y en la actualidad va recuperando hablantes paulatina-mente, pero no tan rápidamente como ocurrió en el caso del español. Es muy revelador que se mencione este aspecto de las cinco vocales y se omitan otros detalles de la estructura lingüística del español que deberían parecernos mucho más decisivos a la hora de juzgar la presunta facilidad de esta lengua. El español comparte con otras lenguas romances unos paradigmas de conjugación verbal realmente complejos, con diversos subgrupos diferenciados cuyos modelos de conjugación siguen los denominados verbos irregulares. En español se podrían contabilizar, al menos, medio millar de estos verbos irregulares (muchos menos que los verbos irregulares del inglés o del alemán, por ejemplo). Comparada con la facilidad de las cinco vocales, esta característica podría ser considerada como un escollo importante, más que como una ventaja. Por esta razón, esta propiedad morfológica del español como lengua romance es oportunamente silenciada en el discurso del nacionalismo lingüístico español.

5. EL ESPAÑOL COMO LENGUA COMÚN
Llegamos ahora al tópico más importante del nacionalismo lingüístico español. Se trata de que el español es la lengua común de todos los ciudadanos del Estado español, en el sentido de que es la única lengua compartida por todos los ciudadanos de ese estado. Es la idea sobre la que se basa el  Manifiesto por la lengua común presentado en Madrid en junio de 2008, que tanta polvareda levantó. Las concepciones ideológicas que hay detrás de este concepto se pueden ver reflejadas de modo cristalino en las siguientes citas:

“La razón por la que el español es oficialmente el idioma constitucional –a pesar de que se le denomine «castellano»–  es por ser la lengua común de todo el territorio nacional, la que conocen todos los españoles , y no por razones políticas impositivas de ningún tipo[…]. El idioma español ha sido aceptado y adoptado en toda España como lengua común de convivencia desde la época medieval...” (Lamela,2008: 129-130; cursivas de JCMC)

En efecto, el español o castellano, como queramos llamarlo, se habla en toda España, incluidas las comunidades bilingües, donde además de ser la lengua oficial del Estado –su aspecto más formal–, es la lengua común de todos los españoles y  la única en la que todos pueden comunicarse y cuyo conocimiento por parte de todos los ciudadanos residentes en las comunidades bilingües les permite, en la actualidad, la posibilidad de competir con grandes ventajas en el área más extensa de las comunidades castellanohablantes, precisamente por ser bilingües.” (Herreras, 2006: 376; cursivas de JCMC)

El carácter excluyente del nacionalismo lingüístico español se ve perfectamente en la expresión del segundo de los pasajes según la cual el español es la única [lengua] en la que todos pueden comunicarse. Es posible que sea verdad que el español es la única lengua en la que todos los ciudadanos españoles se comunican de hecho, dado que la educación de muchos de estos ciudadanos, desde hace siglos, ha dado la espalda al reconocimiento de cualquier realidad lingüística del Estado español distinta de la castellana. Sin embargo es palmariamente falso que el español sea la única lengua en la que se pueden comunicar todos los ciudadanos del Estado español. Esto es así porque todas las lenguas de este Estado español menos una (el euskera) son lenguas romances y, por consiguiente, están estrechamente emparentadas. Esto significa que, mediante la vía de una educación adecuada, todo castellano hablante está capacitado para que pueda entender con poco esfuerzo el gallego, el asturiano, el catalán o valenciano o el aragonés. Sabemos que, al menos desde la Edad Media, los gallegos, los valencianos o los aragoneses, partiendo de sus lenguas propias, han sido capaces de entender a los castellano-hablantes; más aún, han sido capaces de hablar castellano. ¿Por qué, entonces, los castellanohablantes no habrían de ser capaces de al menos entender –voy a dejar de lado el hablar– las demás lenguas romances peninsulares? ¿Es que acaso el castellano es más fácil de entender que otras lenguas romances? ¿Es que acaso los castellanos están menos dotados para entender otras lengua romances que los gallegos, catalanes, valencianos, asturianos y aragoneses? Las únicas respuestas no racistas a estas preguntas sólo pueden ser negativas.

Partiendo, entonces, de esa respuesta negativa a la última pregunta formulada, podemos deducir fácilmente que, por ejemplo, el gallego puede ser perfectamente una lengua de comunicación entre todos los ciudadanos españoles en el siguiente sentido. Un gallego o valenciano podría hablar en gallego o en valenciano en todo el territorio del Estado español y ser entendido sin dificultad por todos los castellano-hablantes. Esto es perfectamente posible y factible y hasta socialmente razonable y, desde luego, aconsejable.

Por consiguiente, es falsa la idea de que el español sea la única lengua en la que todos los ciudadanos españoles pueden comunicarse. El gallego, el catalán o valenciano, el asturiano o el aragonés, todas lenguas romances, también tienen esa posibilidad, mal que le pese al nacionalismo lingüístico español, que es, aunque las apariencias parezcan indicar lo contrario, claramente excluyente.

Con todo, el nacionalismo lingüístico español insiste en los siguientes puntos: 

–El castellano nunca se ha impuesto y cuando se intentó imponer, ello fue poco operativo pues ya era la lengua común. 

–Toda acción de promoción y afianzamiento del castellano es legítima y necesaria, porque es la lengua común, la lengua nacional. 

–Ninguna acción a favor del castellano es impositiva, ni vulnera derecho alguno.

El siguiente pasaje insiste en la primera de las ideas:

“Lo que sostengo es que los intentos de imponer el castellano, cuando existieron, llegaron tarde, no fueron ni continuados ni sistemáticos, y se vieron obstaculizados por mil avatares. […] La prueba definitiva de la débil imposición del castellano la dan hoy varios millones de hablantes de catalán, gallego y vasco.” (Lozano,2005: 101-102; cursivas de JCMC)

Las ideas anteriores son el haz de un envés muy tenebroso, que incluye ideas como las siguientes: 

–Las demás lenguas de España son menos entendibles que el castellano. 

–Las demás lenguas de España están menos unificadas y están más dialectalizadas que el castellano. Por ello, dificultan la comunicación de forma más o menos notable. 

–Las demás lenguas de España son menos útiles

 –Las demás lenguas de España limitan, empobrecen y aíslan a las personas. 

–No conocer estas lenguas no es un déficit importante. En todo caso, es un lujo caprichoso prescindible aprenderlas y usarlas.

De las que se derivan las siguientes: 

–Las acciones de promoción de las lenguas diferentes del castellano son siempre impositivas y suponen un atropello de los derechos individuales y un ataque directo e intolerable a la lengua común. 

–La promoción de las lenguas diferentes del castellano es ilegítima, innecesaria, excluyente, particularista y pretende socavar la lengua común. 

–La obligación de conocer esas lenguas es intrínsecamente reprobable y constituye un atropello intolerable.

Las siguientes palabras radican en los anteriores supuestos que consideran que la promoción de las lenguas distintas del castellano es impositiva y excluyente:

“Aprender y usar la lengua local, considerarla lengua propia en exclusiva implica negar que a lo largo de los siglos el castellano también ha formado parte de su cultura. Así se cierra la puerta del bilingüismo […] y  se facilita la exclusión de los otros […] los que no hablan la lengua propia.” (Lozano,2005: 167; cursivas de Lozano, negrita de JCMC)

Según otros autores esto pone en peligro al castellano y crea una situación de extrema gravedad:

“Poner las lenguas comunes en situación de castigo y persecución es caminar hacia atrás, es pura regresión. Es un mal para todos. […] Es crear limitaciones regresivas de grave repercusión.[…] El español tiene problemas en España. Es bien conocido. Ante una situación que ha sido creada artificialmente, ha llegado el momento de exigir una solución al problema. Pero nadie se atreve.” (Lamela, 2008: 130-131)

Las dos citas anteriores son de dos libros escritos por una periodista y un arquitecto, que se tienen aquí en cuenta para mostrar el hecho de que la ideología del nacionalismo lingüístico español está implantada en los ámbitos generales de la opinión pública autorizada y de los medios de comunicación de masas. Sin embargo, podemos encontrar pasajes similares en obras escritas por profesionales de la lingüística. El libro citado de Herreras es un ejemplo paradigmático de cómo ha penetrado este discurso corrosivo del nacionalismo lingüístico español en el ámbito académico moderno. Para mostrarlo voy a citar y comentar algunos párrafos de la conclusión de esta obra:

“Si es cierto que el aprendizaje de la lengua autonómica puede favorecer la integración dentro de la sociedad, no lo es menos que puede ser también un factor de discriminación que dificulte el éxito escolar del alumno en esa comunidad y, por consiguiente, el éxito social, tanto dentro de esa comunidad como fuera de ella.” (Herreras,2006: 364-365; cursivas de JCMC)

Este razonamiento se aplica a la lengua autonómica pero no a la lengua española. Esta última no parece ser ni haber sido nunca un factor de discriminación que dificulte el éxito escolar. ¿No lo ha sido durante los siglos en los que los hablantes nativos gallego hablantes, euskaldunes y catalanohablantes han sido escolarizados en español? El nacionalismo español lo tiene muy claro: el español nunca ha sido lengua de discriminación ni de exclusión, ni ha sido un estorbo para el éxito escolar. La razón es clara: es una lengua superior a las demás lenguas con las que ha convivido tanto en el ámbito lingüístico como en el social. Más adelante dice este autor:

“Por todo ello pensamos que imponer, en la actualidad, una enseñanza monolingüe en lengua autonómica en las comunidades bilingües supondría un engaño, además de un retroceso y una contradicción.” (Herreras, 2006: 374; cursivas de JCMC)

Afirmaciones como ésta se desprenden del ideario del nacionalismo lingüístico español que he apuntado en esta sección. La enseñanza monolingüe de una lengua distinta del español es un engaño, un retroceso y una contradicción. Sin embargo, la enseñanza monolingüe en español es sincera (no es un engaño), es un avance (no un retroceso) y es coherente (no es contradictoria). Se podría argumentar que Herreras se refiere sólo al momento actual. Aun concediendo esto, ¿en qué época o período habría que conceptuar la enseñanza monolingüe en español como un engaño, un retroceso y una contradicción? El nacionalismo lingüístico español lo tiene muy claro: nunca. La lengua española siempre ha sido una lengua sincera, progresiva y coherente y las demás lenguas han ido asociadas al engaño, al atraso y a la contradicción. Un último apunte en la misma dirección lo podemos ver en el siguiente pasaje del libro de Herreras:

“Es cierto que imponer una enseñanza monolingüe en lengua autonómica no hará perder a todos los ciudadanos de las comunidades bilingües este instrumento de comunicación tan importante que es el español. Con toda seguridad, los más dotados económicamente podrán suplir esta carencia del sistema de enseñanza en su comunidad de origen, enviando a sus hijos, como ya se hace, a estudiar a otros lugares de España, pero la inmensa mayoría se verá condenada por sus escasos recursos económicos, a un monolingüismo reductor, hipotecando así en gran parte sus posibilidades de futuro.” (Herreras,2006: 377, cursivas de Herreras, negrita de JCMC)

En este pasaje tenemos un compendio en verdad elocuente de los tópicos principales del nacionalismo lingüístico  español. Primero, el español es un instrumento de comunicación importante, parece que más o mucho más que el gallego, el euskera o el valenciano. He aquí el tópico de que el español es una lengua más comunicativa, más entendible que las otras lenguas de España. No enseñar español o en español es una carencia grave. No enseñar en catalán o valenciano, gallego, asturiano o euskera no parece una carencia tan grave, incluso no parece una carencia en absoluto. El monolingüismo en las lenguas diferentes del castellano es necesariamente reductor, frente al monolingüismo en español, que parece ser ampliador. El monolingüismo en español es una riqueza, frente al monolingüismo en catalán o valenciano, gallego o vasco, que es una hipoteca.

Queda clara la posición del nacionalismo lingüístico español. Todo lo que no sea predominio absoluto y total del castellano sobre las demás lenguas de España es excluyente, limitador, atentatorio contra los derechos individuales, empobrecedor, particularizador y regresivo. Todo lo que sea la promoción de ese dominio del castellano será beneficioso,  progresivo, liberador, enriquecedor, universalizador y protector de los derechos individuales. Creo que hay razones más que suficientes para expresar en estos términos tan radicales la ideología del nacionalismo lingüístico español en sus formas de manifestación actuales: el examen detenido y crítico de muchos de los discursos públicos informados por esta ideología, tanto los especializados como los dirigidos al público en general, no dejan lugar para una caracterización más moderada.

6. CONCLUSIÓN
A lo largo de las páginas anteriores, he pasado revista a cuatro de los principales tópicos del nacionalismo lingüístico español tal como se formulan en la actualidad. He intentado mostrar, de modo breve, que ninguno de esos cuatro tópicos tiene una base lingüística real, sino que se fundamentan en determinadas manipulaciones interesadas de diversos aspectos empíricamente verificables. Estas manipulaciones, algunas de las cuales he intentado hacer evidentes en este artículo, ponen de manifiesto una ideología profunda-mente nacionalista de carácter excluyente y retrógrado. Siglos de imposición del castellano en todo el territorio del Estado español han propiciado que esta lengua sea la más usada en la actualidad. Este es un hecho objetivo que no se puede negar. Ahora bien, la ideología del nacionalismo lingüístico español lo aprovecha para asignar a la lengua castellana una serie de bondades que, en realidad, se derivan de una convergencia de circunstancias socio históricas contingentes y no de ninguna supuesta superioridad de esa lengua sobre las demás lenguas del Estado español. Esa supuesta superioridad se utiliza para presentar la lengua castellana como fácilmente asimilable y con un alto valor comunicativo (para explicar su supuesta expansión natural), como especialmente progresiva (permite el progreso y el avance social), como especialmente moderna y útil en la sociedad actual (permite la comunicación en todos los ámbitos de la sociedad moderna), como lengua de entendimiento y concordia (permite el entendimiento entre todos y evita los malos entendidos) o como lengua global (permite la comunicación con otros países más allá del Atlántico). Pero esta ideología tiene un reverso extremadamente oscuro, ya que esa caracterización del castellano es inseparable de una concepción de las demás lenguas que va justamente en sentido opuesto. Esas otras lenguas de España son menos fáciles de asimilar y tienen un bajo valor comunicativo (se explica así su ámbito local), son regresivas (no permiten el progreso y el avance social, sino que nos sumen en el localismo y el retroceso cultural), están anticuadas y son poco útiles en la sociedad actual (no permiten la comunicación eficiente en todos los ámbitos de la sociedad moderna), son lenguas de incomprensión y discordia (impiden el entendimiento entre todos y producen malos entendidos) y son lenguas estrictamente locales (no permiten ir  más allá de un pequeño territorio). Las inquietudes, desazones y desvelos, que hemos visto reflejados en las citas que he ido aportando a lo largo de este artículo, ponen de manifiesto este lado oscuro de una ideología que, lejos de luchar en favor de la promoción de las lenguas que se han visto limitadas y reducidas por la imposición contingente del castellano, intenta justificar y contribuir al mantenimiento de esa situación de desequilibrio mediante las supuestas esencias lingüísticas de esa lengua tan privilegiada. La alabanza de la lengua propia, en este caso, sigue sirviendo de coartada para la justificación de un etnocidio lingüístico que, por fortuna, en muchos casos todavía no se ha podido llevar a cabo hasta sus últimas consecuencias.

Que, contra lo que se suele afirmar, este tipo de nacionalismo lingüístico español existe, creo que se puede deducir fácilmente del contenido de muchos discursos de personalidades e instituciones representantes de instancias culturales de gran relevancia en el  Estado español actual (Moreno Cabrera, 2008). En este breve trabajo me he limitado a esbozar algunas pistas para su correcta caracterización y valoración.

7. BIBLIOGRAFÍA
BINOTTI, L. (1995): La teoría del “Castellano Primitivo”. Nacionalismo y reflexión lingüística en el Renacimiento español.Münster: Nodus Publicationen.
HERRERAS , J. C. (2006):  Lenguas y normalización en España. Madrid: Gredos
LAMELA, A.(2008):  El idioma español y su futuro. Madrid: Espasa.
LOZANO, I. (2005):  Lenguas en guerra . Madrid: Espasa.
MORENO CABRERA, J. C. (2008): El Nacionalismo lingüístico. Una ideología destructiva. Barcelona: Península.
NIETO VIGUERA , J. A. (2007): Glosas Emilianenses. Cuna de la Lengua Castellana . León: Edilesa.
PENNY, R. (2004): Variación y cambio en español. Madrid: Gredos. 
– –(2006): Gramática histórica del español. Barcelona: Ariel.

VV.AA.(1999): Agenda para el año 2000. La lengua castellana y la escritura. La Rioja: Edición y Diseño D&B.

jueves, 28 de noviembre de 2013

¿De qué "español" hablan? (1)

El siguiente trabajo, que se ofrece en este blog en dos días consecutivos, fue presentado por Juan Carlos Moreno Cabrera (1956), lingüista español y catedrático de Lingüística General en la Universidad Autóma de Madrid, durante el I Simposi Internacional sobre Situació i Perspectives del Plurilingüisme a Europa (València 2008).

De la cuna a la cuña.
Brevísima relación del nacionalismo lingüístico español
(Primera parte)

1. INTRODUCCIÓN
Las ideologías lingüísticas centradas en la promoción de una lengua determinada crean un discurso de carácter mitológico que intenta presentar la lengua en cuestión como superior a los demás idiomas con los que convive y justificar suposición dominante o ventajosa sobre ellos. En este artículo me voy a ocupar de algunos de los tópicos principales del nacionalismo lingüístico español, que, lejos de constituir una postura marginal o residual, propia de grupos o personas exaltados, conforma un corpus muy bien articulado y desarrollado de conceptos promovidos por las instituciones del Estado español y presentados como características inherentes, naturales e indiscutibles de la lengua española supuestamente basadas en el sentido común. Voy a mostrar que esos tópicos se apoyan en presupuestos falsos, para lo cual basta echar mano de la ciencia lingüística moderna.

Hay que advertir que, en general, estas ideologías se suelen fundamentar en una serie de hechos empíricos indiscutibles para, sobre su base verificable, construir todo un conjunto de ideas propagandísticas que presentan esos hechos empíricos constatables como naturales e inevitables. El caso más frecuente consiste en que, después de que una lengua, mediante la imposición, ha ampliado su territorio de forma muy importante (como ha ocurrido con el inglés, el francés, el español o el portugués), se toma el hecho objetivamente verificable de que esa lengua goza de un número de hablantes enorme y de un uso muy notable, como patente de corso para asociar esa lengua con una serie de cualidades inherentes, que la hacen intrínsecamente superior a las demás lenguas con las que convive en ese territorio ampliado. De esta manera, las valoraciones ideológicas de la lengua queda aparentemente justificadas y son presentadas como propiedades necesarias e inevitables de ella.

En este artículo voy a examinar cuatro de los tópicos típicos del nacionalismo lingüístico español. En primer lugar, hablaré sobre la idea del nacimiento de la lengua española materializada a través de la metáfora de la cuna. En segundo lugar, examinaré el tópico de la presunta conversión del castellano en español a través de su extensión geográfica, ilustrada mediante la imagen de la cuña. En terce lugar, voy a comentar otro de los tópicos preferidos del nacionalismo lingüístico español: el que hace referencia a las cinco vocales, como garantes de su facilidad de aprendizaje y manejabilidad práctica. En cuarto lugar, trataré lo que es, sin duda, el tópico más importante de la versión moderna del nacionalismo lingüístico español. Se trata del concepto de español como lengua común, en el que se explota de forma más clara el mecanismo de justificación de una ideología lingüística a través de una determinada base empírica, que acabo de esbozar.

2. LA CUNA DEL ESPAÑOL: EL ACTA DE NACIMIENTO DE LA LENGUA CASTELLANA

Es un tópico muy extendido dentro de la opinión pública española que los primeros testimonios escritos del castellano –y, por tanto, del español– están en las Glosas Emilianenses. He aquí tres muestras entre muchas otras que sepodrían aportar:

“El castellano, cuyos primeros balbuceos aparecen en las Glosas Emilianenses, en torno a los siglos X y XI, es el idioma común de una veintena de naciones. Forma nuestro patrimonio cultural másextenso y constituye nuestra auténtica patria espiritual.” (VV.AA.,1999:9; cursivas de JCMC)

“Su trabajo [el del glosador] le ha valido una sonora recompensa, pues los siglos quisieron conservarlo hasta llegar a nosotros como el primer testimonio escrito en lengua castellana: las Glosas Emilianenses” (Lozano,2005: 78; cursiva de Lozano, negrita de JCMC)

“Nuestra lengua escrita se alumbró en San Millán de la Cogolla.[…] Los inicios del ‘castellano’surgen del valle de San Millán.” (Lamela, 2008: 48; cursivas de JCMC)

En estas breves citas podemos ver una expresión quintaesenciada de la ideología nacionalista del español que, partiendo del dato falso de que en las Glosas Emilianenses encontramos los primeros testimonios del castellano, asocia esta acta de nacimiento con el concepto de lengua común, tal como podemos comprobar en la primera de las citas, que es otro de los principales tópicos de este nacionalismo, que examinaré en la sección quinta del presente artículo.

Además, estas humildes y breves glosas son ensalzadas de forma desproporcionada para dar la máxima importancia a estos supuestos inicios del castellano:

“Pocos casos hay en la historia de la humanidad en que un grupo tan reducido de palabras haya producido semejante torrente de saber y de cultura. Y esto ha sucedido en San Millán de la Cogolla.” (Nieto Viguera, 2007: 87)

No voy a hacer referencia ahora a la falsedad del dato de que las Glosas Emilianenses son el primer testimonio escrito de castellano, porque ya lo he comentado en otro lugar (Moreno Cabrera, 2008: 165-167). Lo importante es constatar que la ideología del nacionalismo español intenta asociar esta lengua con el nacimiento de una nación y, por ello, es fundamental que esa nación sea anterior a cualesquiera de las otras naciones situadas en el Estado español o, si no es anterior, al menos, es lo suficientemente pujante culturalmente para que su lengua sea la primera en aparecer en un escrito. Un pequeño inconveniente, en este caso, es que en estas glosas aparecen también frases en euskera, aunque esto podría ser una ventaja para la ideología del nacionalismo lingüístico español, ya que, dado que el euskera no es una lengua romance, el hecho de que los supuestos primeros testimonios del castellano aparezcan junto a los de una lengua no romance, ni siquiera indoeuropea, son un claro indicio de antigüedad y precocidad sobre otras lenguas romances. En esa dirección parece apuntar el siguiente comentario:

“Pero la gloria de San Millán no acaba ahí. En ese mismo monasterio donde tanto se confiaba en Dios para alcanzar la vida eterna, otro hombre, o tal vez el mismo, copió dos glosas en otra de las lenguas habladas en la zona, el vasco, dejando así de forma imperecedera la huella de su pluma también en los escritos más antiguos, no epigráficos, conservados en esa lengua.” (Lozano, 2005: 78-79)

Ese supuesto carácter de mayor antigüedad y abolengo en la lengua escrita del romance castellano sobre los demás romances de la Península es un resto ideológico de la teoría del castellano primitivo característica de la etapa renacentista del nacionalismo lingüístico español (Binotti,1995),según la cual el castellano era incluso anterior al latín, supuesto manifiestamente incompatible con nuestros conocimientos lingüísticos actuales. Sin embargo, como acabamos de comprobar, la ideología nacionalista no tiene inconveniente en manipular la interpretación de los primeros testimonios escritos en lengua romance para dar a la lengua española una preeminencia sobre las demás lenguas romances desde los primeros testimonios escritos. Que se trata de una operación puramente propagandística se ve de forma clara en el libro de Nieto Viguera (2007) titulado Glosas Emilianenses. Cuna de la lengua castellana y en el que se afirma lo siguiente:

“Mas las glosas, en su mayoría, ya no son latín, se trata de otras formas, de otros modos de comunicarse, de otra nueva lengua, aunque todavía no sea el ‘castellano’ o el español, como prefieran otros.” (Nieto Viguera, 2007: 75; las comillas son de Nieto Viguera)

Si este autor afirma que las glosas no son todavía castellano o español, el subtítulo del libro en el que se encuentra esta afirmación no tiene más que –suele ocurrir habitualmente con los títulos de los libros– una función puramente propagandístico-educativa que se contradice con lo afirmado en la obra que presenta y que el propio autor caracteriza de forma clarividente al principio del libro:

“Para que usted no se vaya defraudado hemos escrito estas páginas sobre las Glosas. Y al redactarlas hemos pensado en el visitante normal, que no tiene especiales inquietudes lingüísticas o históricas, que ha oído hablar de ‘San Millán, cuna de la lengua’, de las ‘Glosas Emilianenses’ o de la Rioja, como lugar del nacimiento del castellano, y que desea una información cumplida sobre el significado de esta especie de eslogan publicitario que le ha traído hasta San Milán.” (Nieto Viguera, 2007: 4; cursivas de JCMC)

Es una pena que el lector tenga que esperar hasta la página 75 (de las 95 de que consta el libro) para hacerle saber la falsedad de ese eslogan publicitario. Resulta curioso y revelador que, a partir de la página 81 hasta el final del libro, en donde se pondera la importancia de estas Glosas Emilianenses, se habla de nuestra lengua al referirse a esas glosas y se afirma:

“Partamos de una realidad perfectamente verificable: entre nosotros ha sido una constante histórica que nuestra lengua, en momentos críticos de maduración, ha sentido la necesidad de reafirmarse y dejar constancia de su capacidad como medio adecuado de expresión en su forma escrita o gráfica, no hablada.” (Nieto Viguera, 2007: 81)

Es decir, al hablar sobre la importancia de las Glosas Emilianenses se reafirma precisamente uno de los tópicos principales del nacionalismo lingüístico español: el español tiene una capacidad perfectamente verificable para ser un medio adecuado de expresión escrita desde los primeros testimonios  escritos: da igual que las Glosas Emilianenses no estén escritas en esta lengua, tal como había afirmado el autor unas pocas páginas antes.

3. LA CUÑA Y LA SUPUESTA CONVERSIÓN DEL CASTELLANO EN ESPAÑOL
Otro de los tópicos esenciales del nacionalismo lingüístico español es la supuesta conversión de la variedad lingüística castellana en una lengua completa y desarrollada denominada español. Esta idea lleva a decir a algún autor que el castellano ya no existe porque sus hablantes decidieron abandonarlo para usar sólo la lengua española común:

“Por supuesto, el «castellano» también es una lengua española, tristemente ya desaparecida al haber sido sustituida, a lo largo de los tiempos, de manera total y absoluta, por el idioma nacional, el «español» […]. Ha sido una renuncia que no se ha sabido valorar y agradecer todavía a los castellanohablantes y a sus respectivos territorios” (Lamela, 2008: 69-70)

Esta conversión va asociada a la expansión del castellano por toda la Península, a su adopción por poblaciones de habla no castellana y a los procesos de koineización y mezcla que acabaron por convertir el castellano en una nueva entidad lingüística de calidad superior. No voy a aducir aquí las formas concretas que adopta esta visión del español, que abarca desde la metáfora de la cuña de Menéndez Pidal, o ladel abanico de Amado Alonso, hasta el cambio de forma interior del castellano en su presunta transformación lingüística, porque ya lo he hecho en otro lugar (Moreno Cabrera, 2008:87 y siguientes).

Ante ello conviene decir que el castellano medieval no se ha transformado en otra lengua superior, sencillamente porque sigue existiendo en la forma de castellano moderno que, sin duda alguna, procede de ese castellano medieval. Lo que aprovecha aquí la ideología nacionalista española es el hecho de que la lengua estándar española, tal como es adoptada por el Estado español y por sus instituciones educativas y culturales, es una versión cultivada y elaborada del castellano vulgar moderno. Ello hace que la variedad castellana moderna esté muy próxima, si es que no es casi idéntica, a esa lengua española estándar. Pero esto es así, no porque el castellano se haya convertido en español, sino porque la lengua estándar fundamentalmente escrita que denominamos mediante la expresión español estándar o normativo peninsular no es más que una variedad o registro culto elaborado del castellano vulgar moderno. De aquí podemos deducir que no es cierto, como dicen los apóstoles del nacionalismo lingüístico español, que el castellano vulgar moderno es un dialecto del español, sino que ocurre exactamente todo lo contrario: el español estándar normativo no es más que una variedad culta del castellano moderno:

“No tiene sentido, por tanto, decir que las variedades orales empleadas en, pongamos por caso, Soria o La Mancha son «dialectos del español», ya que esto implica una falsa relación histórica entre cada una de esas variedades y el español (esto es, la lengua estándar que tuvo su origen en el dialecto de Burgos, transferido más tarde[con modificaciones] a Toledo durante la Reconquista y finalmente codificado después como la lengua de Castilla y posteriormente del Estado español).” (Penny, 2004: 38)

Tampoco es cierto que el castellano moderno haya desaparecido ni que los castellano hablantes hayan renunciado a su lengua para pasar a ser hablantes del español, como se afirma en la cita que inicia esta sección. Esta absurda idea sólo puede tener un propósito: la indicación de que los hablantes de lenguas distintas del castellano deben también renunciar ausar su lengua propia para adoptar la lengua común, como hicieron supuestamente los castellanos con el español.

(continúa mañana)

miércoles, 27 de noviembre de 2013

Una de diccionarios

Traductora española de ensayo y humanidades en lengua francesa, además de profesora de traducción en la Universidad Pontificia Comillas de Madrid y traductora e intérprete jurada, Alicia Martorell publicó hoy, en El Trujamán, la siguiente columna sobre a un tema que a todos los traductores interesa. Nos regocija saber que no se menciona al DRAE, que, como Borges solía decir, es “un cementerio de palabras”

El orden alfabético

He pasado la mayor parte de mi vida profesional coleccionando diccionarios: las visitas a las secciones especializadas de las librerías y a los libreros de viejo han constituido durante años seña de identidad y signo de reconocimiento entre colegas.

Los tengo de los temas más variados: textiles, arquitectura, matemáticas, cine, meteorología, informática… Llenan más de dos metros lineales de librería.

Sin embargo, tengo que reconocer que ya casi no uso la mayoría de ellos.

Los veo en los estantes acumulando polvo y me duelen las horas pasadas acaparando, descubriendo en rincones ignotos, transportando y clasificando esos sacos cargados de palabras, pero mis hábitos de trabajo han cambiado.

Los bilingües, salvo excepciones (que casi siempre son glosarios normativos o algunos pocos de estructura y calidad excepcional), se quedaron hace mucho en la cuneta. ¿Cómo va a ser posible casar dos términos en dos idiomas sin contexto y sin definiciones, sin fuentes y sin referencias? En otros tiempos, no había otra cosa, así que no me horrorizaba como ahora aceptar que dos términos significaban lo mismo sin saber ni siquiera qué significaban.

Otros simplemente se han quedado obsoletos, pero eso ya es más normal: las técnicas evolucionan o simplemente desaparecen y son sustituidas por otras.

Otros, que quizá fueron mi única guía para un tema determinado, demostraron con el tiempo su carácter cojitranco. Ahora los miro y me pregunto cómo no vi que no valían un pimiento. Quizá por eso: porque no tenía otra cosa.

Algunos los sigo usando tanto como antes: son los diccionarios enciclopédicos, los que son autoridad en un tema determinado, los más especializados. Todos son monolingües sin excepción y tratan de botánica, filosofía, historia, conceptos jurídicos, mitología… Hace mucho que les hice el honor de sacarlos del estante de los diccionarios y colocarlos en el estante de su especialidad, que es donde deben estar.

También conservo y sigo usando todos los días los diccionarios de la lengua pero, salvo el María Moliner, que prefiero en la edición previa al innecesario lavado de cara, todos se pueden consultar en línea. Los de carácter lingüístico: etimológicos, de sinónimos, de anglicismos, de términos griegos o latinos, de topónimos… también son herramientas cotidianas.

Y el más querido, el de todos los días, el que me ayuda a escribir mejor, a ampliar mi vocabulario, a despegarme del original: el Corripio. Ya lo he comprado tres veces porque el uso constante lo desloma, pero si tuviera que llevarme un diccionario a una isla desierta es sin duda el que elegiría.

Quizá es que ya no busco por orden alfabético las palabras que necesito para trabajar: las trato de capturar allí donde están pastando con sus semejantes, en los manuales, en los croquis, en los libros de consulta: en su contexto.