miércoles, 6 de agosto de 2014

Ni Buster Keaton ni los Hermanos Marx: José Salas Subirat, por Lucas Petersen

Con el título "Salas Subirat: primer traductor del Ulises de James Joyce al castellano", Lucas Petersen dio ayer una charla francamente desopilante en el Club de Traductores Literarios de Buenos Aires. Se refirió en ella a los orígenes de Salas Subirat, su paso por el grupo de Boedo, sus aventuras como vendedor de seguros, sus muchas teorizaciones sobre los seguros, las incursiones en los libros de autoayuda y, claro, la traducción de Joyce, con muchos vericuetos en el medio que planteó como piezas sueltas de un fantástico rompecabezas que incluye a Héctor Pedro Blomberg, César Tiempo, el editor Santiago Rueda y el cantante de boleros Mario Clavel.

Licenciado en Ciencias de la Comunicación, Lucas Petersen es periodista cultural especializado en música e historia de la cultura, trabajó en varias emisoras radiales y colaboró, entre otras publicaciones, con la revista Ñ. Es docente de Historia en el Instituto Universitario Nacional de Arte (IUNA). Obtuvo una beca del Fondo Nacional de las Artes para investigar la vida de José Salas Subirat, primer traductor Ulises de James Joyce al castellano.

Hasta que se suba el video a youtube, puede vérselo aquí: http://www.ustream.tv/recorded/50989073

martes, 5 de agosto de 2014

Dos calzoncillos largos marca Hering

Lectura y charla con Ariel Magnus a propósito de la traducción al alemán de su libro La abuela, que cuenta la dramática historia (y a la vez un desopilante viaje en el presente) de una inmigrante alemana sobreviviente de Auschwitz desde la mirada tierna y humorística del mayor de sus nietos. En alemán, el libro se publicó con el título Zwei lange Unterhosen der Marke Hering (Dos calzoncillos largos marca Hering).

Lectura breve en castellano y alemán.
Charla en castellano con el autor. 

Participan Ariel Magnus y Silvie Rundel (Die Zeit). Lee en alemán: Andrea Bélafi. Modera: Carla Imbrogno.

Jueves 7 de agosto a las 19 h
Biblioteca del Goethe-Institut: Av. Corrientes 343.
Entrada libre y gratuita.

Un libro de memorias “muy poco convencional” de una sobreviviente del Holocausto. Así se refirió el Jüdische Zeitung a La abuela, el libro de Ariel Magnus que Kiepenheuer & Witsch publicó en Alemania traducido por Silke Kleemann. La crítica alemana en general no escatimó elogios, pero ésta en particular resalta el espíritu del autor, que a modo de prólogo advierte: “Existe una vasta literatura de y sobre los sobrevivientes de los campos de exterminio nazis. Este libro no deriva de esa literatura ni tiene la intención de acrecentarla. La idea que lo rige no es la de reflexionar sobre el Holocausto ni la de contar para los anales la historia de una sobreviviente más. Su tema es una abuela y su nieto, en este caso mi abuela (que sobrevivió Auschwitz) y yo (que a veces reflexiono sobre asuntos que ignoro)”.

En su libro, Magnus reproduce en castellano –y dejando colarse expresiones en alemán y portugués– un reportaje en el que la abuela le cuenta caóticamente cómo siguió de manera voluntaria a su madre ciega a los campos de Theresienstadt y Auschwitz, para ser liberada de milagro en Bergen-Belsen y recalar vía Suecia en Porto Alegre, donde residió hasta su fallecimiento en 2013. La particularidad de esta crónica ha significado un desafío en materia de traducción a una lengua meta que está presente cultural-, histórica- y literalmente en el original mismo. En el libro en castellano de Magnus, las partes en las que habla la abuela son traducciones (del autor) del alemán y del portugués al castellano. La versión alemana del libro exigió volver a las fuentes: los casetes con las desordenadas grabaciones. El cambio de título fue una decisión editorial y retoma la imagen de un regalo incansable de la abuela a su nieto: una y otra vez, dos calzoncillos largos de la marca brasileño-alemana Hering.

Sobre la forma del relato, el escritor advierte que retratar a su abuela “no es solo contar su historia, sino ante todo reproducir su forma de contarla. Por eso los capítulos testimoniales reproducen con la mayor fidelidad posible su forma de hablar y de organizar o más bien de desorganizar la información. Aunque su discurso resulta algo confuso al principio, solo así se logra transmitir la voz de la abuela con la vitalidad que de alguna manera la salvó de una muerte segura”.


Pero no solo del pasado habla el libro. Ariel Magnus explica lo que lo mueve a hablar también del presente de una persona de la que se supone que solo interesa su pasado: “en primer lugar, la intuición literaria de que mi abuela es un personaje notable, y en segundo, la corazonada periodística de que la curiosa relación que todavía mantiene con el país de sus verdugos dice mucho de ese horrible pasado que ella preferiría olvidar y yo aquí busco reconstruir”.

lunes, 4 de agosto de 2014

Witold Gombrowicz recordado en Buenos Aires



 Mientras la Biblioteca Nacional de Argentina prepara para el próximo jueves un encuentro alrededor de la figura del escritor polaco, en el que participarán más de sesenta críticos, psicoanalistas, dramaturgos, historiadores, sociólogos y periodistas, Pablo Gasparini, autor de El exilio procaz: Gombrowicz por la Argentina, publicó ayer la siguiente columna en el diario Página 12.

La lengua rejuvenecida

En Buenos Aires, Gombrowicz escribe en polaco y traduce al español y al francés. Es una apuesta triple que apunta a su patria, al territorio local de su exilio y a la república mundial de las letras. Se trata de una apuesta que se da en una dimensión bastante diferente a la de la publicación de sus primeros textos en Polonia, con tirajes pagados por su padre o, a medias, de su propio bolsillo. Imaginar cómo hubiera sido esta trayectoria literaria si no hubiera ocurrido la guerra es un atrevimiento ético o un ejercicio de ciencia ficción histórico-política. Lo cierto es que Gombrowicz se internacionaliza desde Argentina; un espacio que si bien le resultó hostil en sus círculos consagrados lo introdujo, por otro lado, a la tan latinoamericana experiencia de lo babélico, a la certeza de no poseer un único Nombre o Padre, a la falta de soberanía de un significado estable desde donde constituirse. Así, el polaco geba, por tomar un término clave, es también gueule y facha y aun, como se lo sugiere Manuel Gálvez en una carta, escracho.

Creo que éste es el punto donde su biografía pampeana, tan rica en datos y anécdotas sobre los percances materiales –Gombrowicz durmiendo en el piso de la sala de un amigo durante meses, almorzando en el funeral de un desconocido, cambiando de pensión por falta de pago– se encuentra con la condición de su propia lengua: la de la sobrevivencia. Traducir del Polaco al polaco, hacerlo sobrevivir, implica, tal como Benjamin lo insinúa en relación con la genealogía entre original y traducción, el desafío de la sobrevida, “que no merecería este nombre si ella propia no fuese mutación y renovación” o, podríamos decir nosotros, si ella misma, la sobrevida, no fuese rejuvenecimiento, ese devenir del que Gombrowicz confiesa sentirse afectado durante su exilio sudamericano. Escribir en polaco a extramuros de su sacra Comunidad implica, de hecho, reinventarse y reinventar esa lengua desde el resbaloso territorio donde los significados, espectralmente liberados de su pasado, ganan en movilidad lo que pierden en consenso. Hay en ese ofrecimiento a los otros con que Gombrowicz se entrega a la traducción –a la sociedad de voces del café Rex– el reconocimiento de una pérdida. Nunca, en estas traducciones, se trata de honrar y heredar el túmulo de la lengua polaca, más bien se trata de una actividad lúdica, festiva, donde la lengua, regada a Bols, es colaborativo pasaje de sentidos posibles.

Y si, por seguir con la célebre Facha, pensamos que este concepto además de sus semas de apariencia, convoca la velada manera en que un “indudable” macho argentino puede referirse, sin aparentes suspicacias, a la belleza o pinta de otro “indudable macho argentino”, podríamos arriesgar que es la subterránea fuerza sexual del lenguaje la que impulsa aquella (algo histriónica) desafiliación desacralizadora por la que la lengua de Gombrowicz logra rejuvenecerse y rejuvenecerlo. Otro furtivo lugar donde escritura y cuerpo, se dicen y se tocan.


viernes, 1 de agosto de 2014

¡Muy buenas noticias: ahora estamos en youtube!

Como es sabido por todos quienes frecuentan este blog, el Club de Traductores Literarios de Buenos Aires se reúne físicamente una vez por mes en algunas de las dos sedes actuales del Centro Cultural de España. Las actividades que allí transcurren se graban y, hasta ahora, podían consultarse en la columna de la derecha de este blog, bajo la rúbrica "Reunión del Club de Traductores".

Ahora bien, a lo largo de estos seis años,  gracias a los buenos oficios del CCEBA, se utilizaba el espacio de ustream tv que la institución rentaba para difundir sus actividades y, entre ellas, las nuestras. Sin embargo, como los lectores habrán comprobado, las actividades permanecían disponibles por un lapso de unos tres meses y luego salían del stream. 

Para solucionar ese problema y hacer que las reuniones que realizamos, el CCEBA queden disponibles para todo el mundo y por tiempo indeterminado, se ha dispuesto subir todo ese material (¡sí, los seis años de reuniones!) a youtube, poniendo así on line todo lo que llevamos hecho para un público incluso más amplio.

De ese modo, los interesados podrán recurrir, de ahora en más, a este canal exclusivo: https://www.youtube.com/channel/UCHcdbt4-3M3d1uZl_p0tOYg 

jueves, 31 de julio de 2014

"Cualquiera se atreve a juzgar nuestra labor"

Josefina Cornejo publicó el siguiente texto en El Trujamán del 28 de julio pasado.

¿Quién lo ha traducido?

Ayer, a las nueve de la tarde, puse el punto final, por fin, a un proyecto que me ha traído por la calle de la amargura estos tres últimos meses. Acabo de enviarlo a la editora. Está entregado, mi parte está hecha. Pero ahora me asalta otra preocupación. ¿Se venderá bien? ¿Gustará el libro? Mejor dicho, ¿gustará la traducción?

He traducido documentos privados de cierto personaje que no ha pasado a la historia por sus grandes hazañas en pos del progreso de la humanidad. Será recordado más bien como artífice, autor e impulsor de una de las mayores matanzas de las que fue testigo el siglo que dejamos atrás hace ya unos años. He vertido al español, pues, la cotidianidad familiar de tan infame figura. Y resulta que, más allá del valor histórico que puedan representar, puesto que se concibieron en los años de mayor terror y crueldad, tales escritos están repletos de faltas ortográficas, hacen gala de una pobre sintaxis, ignoran las reglas de puntuación y utilizan un alemán llano, muy llano, que solo de vez en cuando se adorna un poco. En fin, este señor, que pronunció discursos rimbombantes con una retórica en ocasiones un tanto complicada, en los que gustaba de referencias a grandes autores del pasado y en los que de continuo evocaba a sus ancestros, los dioses nórdicos y las raíces privilegiadas y exclusivas de su pueblo, en su vida privada resulta anodino y, pese a escribir mucho, descubrimos que no lo hacía muy bien. Sus cartas y diarios nos muestran a un tipo relajado que no hace gala de alardes literarios; no hay ninguna pretensión en ellos, como tampoco la hallaremos en la traducción. No es tarea del traductor corregir el texto, ¿cierto? Pero, ¿lo entenderá así el lector? ¿Escucharemos eso tan manido de «la traducción es muy mala»? ¿Se culpará a quien la firma de la mediocridad del material?

Observo desde hace un tiempo que cualquiera —sea lector asiduo, lector esporádico o alguien que apenas haya pasado las páginas de un libro— se atreve a juzgar nuestra labor sin más. «Qué pena cuando el libro está mal traducido», escuché hace unas semanas de boca de una persona que se precia de leída. ¡¿Cómo?! No creo que tenga la costumbre de leer la traducción al tiempo que la contrasta con el original. Sinceramente, lo dudo. Entre otras cosas, porque el comentario en cuestión lo hizo a propósito de una novela escrita en un idioma bastante alejado del nuestro y con el que guarda bien pocas similitudes: el húngaro.


Me viene a la memoria otra sutil observación de una compañera de mi clase de conversación —por esto de no perder el dominio oral tras tantos años de esfuerzo, trabajo y, admitámoslo, dinero—. Me preguntó que si traducía libros. He de admitir que aprecio, eso sí, cierta curiosidad en el otro cuando confiesas que te dedicas a la traducción. Asentí con la cabeza. «¡Qué interesante!», dijo uno de los presentes, quien también quiso saber si mi nombre aparecía impreso. «Sí, pero, bah, la única persona que lo busca es mi madre», reconocí. «Y yo, cuando el libro está mal traducido», afirmó otro de los que allí se encontraban. ¿Habrase visto semejante…? No, si ahora resulta que todo el mundo tiene nociones (¿someras?) de inglés, francés, alemán, y también de ruso, polaco o chino, o lo que se tercie. Y, por supuesto, no se me ocurre cuestionar el magistral manejo del español de estos lectores, ya sean asiduos, esporádicos o que apenas hayan pasado las páginas de un libro. Faltaría más.

miércoles, 30 de julio de 2014

Spregelburd, Coelho y "todo el mundo"

Además de haber traducido a Harold Pinter y a Sarah Kane, entre otros, Rafael Spregelburd es un excelente actor de teatro, cine y televisión, y un gran director teatral. Tal es así que su presencia, hoy en día, resulta insoslayable en pantallas y escenarios. Y eso quizás le juegue en contra a la hora de considerar que, por si fuera poco, en el reparto de virtudes le tocó también ser un extraordinario escritor que se aventura allí donde otros no van. Por caso, y a modo de brevísimo ejemplo, esta columna publicada en el diario Perfil, de Buenos Aires, el 26 de julio pasado.

Ulysses cambió su foto de perfil

Coelho anda gritando en los recreos que Joyce le hizo mucho daño a la literatura. Es recurrente que desde las mieles del éxito se descargue la furia (aunque cuesta imaginar a Coelho enfurecido) contra fantasmas indelebles embebidos en un prestigio al que semejantes disparates harán más publicidad que mella. Coelho ha dicho en realidad que “Joyce hizo mucho mal a la literatura porque nadie lo ha leído pero todo el mundo dice que lo ha leído”. Sí, el problema de Coelho no es con Joyce, sino con “todo el mundo”.

La opinión de un “internetual” (como el brasileño gusta definirse a sí mismo) no dejará rastro “intelectual” de esta disputa, magnificada por los medios sólo porque es divertida y hace que unos y otros riamos por lo bajo como Patán. Pero sugiero olvidar el motivo central para ir por rutas laterales, verdaderamente aceitosas. ¿Quién será “todo el mundo” para Coelho? ¡No creo haberme topado con nadie que mienta haber leído a Joyce! ¿Para darse ínfulas de qué? Pero en cambio, debo confesar con culpa que sí he hecho apestosamente lo contrario: suponer que Coelho es horrible sin haberlo leído jamás. En la misma semana de su declaración desembozada, me preguntaron en una entrevista con mil trampas qué autor me parecía horrible, y me pareció que quedaba bien si decía Coelho. Coelho debe ser horrible, tantos lectores no pueden sino estar equivocados. Hoy pienso –con horror– que mi problema, igual que el del pobre Coelho, rechoncho en sus creencias, es “todo el mundo”. O casi. Y que leer no es más que una lupa que hace evidente ese problema.




martes, 29 de julio de 2014

Traducciones censuradas durante el franquismo

A nadie se le escapa que, por muy moderna que se presente la industria editorial española, muchas de las traducciones que incluso hoy circulan por la Península fueron realizadas durante el franquismo y, por lo tanto, arrastran la censura de esos largos años de oscurantismo.

Según se señala en la página de inicio, “TRACE (http://www.ehu.es/trace/colectivo.html) es un proyecto de investigación colectivo e interuniversitario sobre las Traducciones Censuradas que agrupa a investigadores de las universidades de León y País Vasco, Universidad de Cantabria y Miguel Hernández de Elche. I.P. Ibon Uribarri”.

El objetivo es simple: “Este proyecto de investigación abarca el estudio de la traducción y la censura de diferentes géneros textuales en diferentes combinaciones lingüísticas en España (1939-1985), tema que viene siendo rasgo definitorio del equipo de investigadores. Se inscribe en los Estudios Descriptivos de Traducción, que se completan con una visión más amplia de la censura basada en las ideas de Pierre Bourdieu. La investigación tiene una base empírica, que se sustancia en la catalogación electrónica de más de 13.000 traducciones (corpus ó catálogo). Esto permite el trabajo con corpus textuales amplios (corpus 1) que incluyen textos representativos seleccionados según criterios objetivos.

En los últimos años se está dando el paso hacia la digitalización y alineación de los corpus y el uso cada vez más intensivo de tecnologías de análisis textual. El análisis textual informatizado se complementa con la aplicación de conceptos de la lingüística textual y el análisis del discurso aplicado a la traducción. La combinación de estas herramientas conceptuales y técnicas permitirá; seguir profundizando en el conocimiento de la realidad lingüística y cultural de las traducciones censuradas y en el funcionamiento de la censura en la producción textual en general.”

A la fecha, los investigadores que integran el proyecto han publicado Traducción y censura en España(1939-1985). Estudios sobre corpus TRACE: cine, narrativa y teatro,  (http://www.ehu.es/argitalpenak/images/stories/libros_gratuitos_en_pdf/Humanidades/Traduccion%20y%20censura%20en%20Espana%20(1939-1985).pdf), con edición de Raquel Merino Álvarez.

Vale la pena darse una vuelta por la página.