miércoles, 9 de marzo de 2016

¿Obra fundamental de Bloom o estafa editorial?

Damián Tabarovsky publicó esta columna que sigue en el diario Perfil del 20 de febrero pasado. El libro al que alude, publicado hace ya algunos años, circuló en España y en Latinoamérica a un precio francamente escandaloso (38 euros allá, más de  700 pessos en la Argentina).

Un libro, una tapa

Qué buena onda, dije yo, una amiga que volvió ayer de España me trajo de regalo un libro reciente de Harold Bloom, de quien había leído con mucho interés algunos de sus primeros libros, como La cábala y la crítica o Poesía y creencia, antes de ir dejándolo de leer sumido, él, en una trivialidad que aúna la total concesión al mercado con la supuesta garantía de calidad que aporta el campus académico. No obstante, corrí hasta su casa (la de mi amiga) y me hice del obsequio. Bajo un eficiente retractilado, impecable y aún sin abrir, se encontraba La escuela de Wallace Stevens. Un perfil de la poesía estadounidense contemporánea, publicado por la editorial Vaso Roto, en un gran tomo de 534 páginas. En la tapa aparece también, arriba del título, con una tipografía diferente y cuerpo más grande, el nombre del autor (Harold Bloom) y, debajo del título, con un cuerpo bien pequeño: “Edición, traducción y notas de Jeannette L. Clariond”. La contratapa da cuenta de las ideas de Bloom acerca de la poesía norteamericana del siglo XX (“Para Bloom dos son los libros capitales de ese período: Las auroras de otoño, de Wallace Stevens, y El puente, de Hart Crane”), y termina afirmando, acerca del libro, que “he aquí una obra fundamental para entender una tradición poética”.

Pero gran sorpresa me llevé al abrir el libro: es una estafa editorial. En verdad, la “obra fundamental” de Bloom es una compilación de poemas de diecinueve poetas norteamericanos del siglo XX, que ocupan casi el 90% de las páginas del libro, cada uno acompañado con una breve introducción, de entre dos y cuatro páginas, de Harold Boom. En ningún lugar de la tapa se informa al lector que lo que tiene en sus manos es una compilación de poesía norteamericana del siglo XX, donde Bloom sólo le dedica unas paginitas a cada poeta. Hay también un largo y mediocre prólogo de la tal Jeannette L. Clariond (que en la tapa aparece como “Edición, traducción y notas”, pero que ya en la portadilla su rol crece a “Edición, traducción, prólogo y notas”), que comienza con una cita de William Blake: “La imaginación no es un estado sino un mero acto de existir”. Efectivamente, hay que apelar a la imaginación para suponer que éste es un verdadero libro de Bloom y no un verso (perdón por el chiste fácil) que engaña al lector. Estamos acostumbrados a ser estafados por los grandes conglomerados multinacionales, ¿ahora también tendremos que habituarnos a que lo hagan las pequeñas editoriales de poesía?

No obstante, en esas pocas páginas, Bloom se las ingenia para pontificar sin cesar en frases como: “Elizabeth Bishop es la única escritora libre (además de Robert Frost) de la influencia de Whitman”, o “Los mormones han producido, hasta ahora, solamente un genuino genio literario, May Swenson”. Quizá la única frase inteligente la escribe Bloom a propósito de John Ashbery: “Apollinaire sugirió sorpresa para el arte del poeta moderno pero ¿qué hay de sorprendente en un grupo de poemas que no tolera relectura? Ashbery pudo haber recibido la influencia de De Kooning, Kline, Webern y Cage, pero ninguno de estos artistas enriqueció su obra […] Ashbery logra su mejor momento cuando, lejos de la proverbial sabiduría revitalizante y al margen de las elipsis, se atreve a usar el lenguaje directo de Stevens”.

martes, 8 de marzo de 2016

"Se enseña a leer de manera reproductiva, para repetir lo que dice la autoridad académica"


El 21 de febrero pasado, Clarín publicó sin firma la siguiente entrevista con Renata Dessau, Licenciada en Filosofía, que acaba de publicar Escribir en la Universidad, un libro que trata de acercar la escritura al ámbito universitario.


“Si los chicos escriben mal es porque no les enseñan a pensar”

Algunos expertos culpan al celular y a Internet; hay quienes diagnostican apatía generalizada o evocan supuestos tiempos mejores, cuando era inconcebible que un adolescente errara la concordancia entre sujeto y predicado. Las dificultades de escritura de los jóvenes suelen ser objeto de preocupación –e indignación– adulta. Lejos de la nostalgia y la denuncia apocalíptica, la licenciada en Filosofía Renata Dessau acaba de publicar Escribir en la Universidad  (Paidós), un libro que encara el desafío de acercar la escritura a los jóvenes, por medio de una reflexión teórica accesible y de ejercicios prácticos. Para Dessau, es hora de que el sistema educativo ponga el foco en los procesos de pensamiento previos a la escritura.

–¿Por qué es necesario un libro sobre escritura para universitarios? ¿No es algo que la escuela ya debería haberles enseñado?
–Vengo dando talleres de escritura en escuelas primarias, en bibliotecas y en la universidad. En todos los niveles noté que a los alumnos les cuesta conceptualizar, o sea, poder recortar una idea primero para después darle forma escrita. El problema no es tanto la redacción –sí hay problemas, pero son subsanables–: lo más grave es cuando no sabés qué se quiere decir, porque hay poca claridad mental en la idea. Entonces el alumno empieza a balbucear, a meter nexos y circunstanciales para llenar ese vacío.

–¿Es un problema de pensamiento antes que de gramática?
–Claro. Nosotros en los talleres de la facultad hacíamos mapas conceptuales, en los que se abstraen los conceptos de un texto y después se ven las relaciones que surgen entre ellos. Los alumnos detectaban bien los bloques conceptuales. Pero no veían las relaciones entre esos conceptos, que hacen al sentido del texto. Es un problema de lectura crítica, y es también un latigazo a la escritura. Porque no podés escribir si primero no pensás, si no tenés claridad mental, aunque los procesos puedan ser concurrentes y estés pensando mientras escribís. Nuestra propuesta apunta a prestarle atención a ese proceso pre-verbal de cómo se genera la idea, al proceso de conceptualización y a las relaciones conceptuales entre las ideas. 

–La agenda educativa suele poner la lupa más sobre las dificultades de comprensión lectora que sobre la escritura... ¿Es posible escribir bien sin comprensión de textos?
–Mi opinión es que se enseña a leer de manera reproductiva, para repetir lo que dice la autoridad académica. Cuando vos escribís, estás formalizando un pensamiento. Cuando leés, estás reconstruyendo el pensamiento de otro. El proceso de formalización de una idea propia no se enseña en la escuela ni en la universidad. Se enseña la lectura, pero no una lectura crítica. Sin eso es difícil que después puedas opinar algo diferente y escribirlo. Este proceso no está estimulado ni sistematizado en la enseñanza. Y me parece clave que el joven pueda recuperar su autoría, como un sujeto responsable de lo que escribe y lo que opina. Es muy importante lo que ese sujeto tenga para decir, sin quedar preso de la reproducción de lo ya dicho, para que pueda contribuir a la creación colectiva del conocimiento. 

–¿Cómo puede abordarse este desafío en el sistema educativo?
–A mí me enoja que se la agarren con los chicos, cuando no hay una autocrítica de las políticas educativas. Hay que revisar cómo se arma una currícula para enseñar a pensar antes de escribir. Pensar, escribir y leer son fenómenos que tendrían que ser abordados sistemáticamente desde la investigación y la enseñanza.

lunes, 7 de marzo de 2016

Sí, la culpa es del correcaminos...


El pasado 19 de febrero, el periodista Ezequiel Martínez publicó la siguiente columna en la revista Ñ. En ella se habla sobre lo que puede pasar con la ortografía en el futuro inmediato.

La jubilación de la ortografía

Cuando el almanaque de marzo haya gastado la mitad de sus días, la ciudad de San Juan de Puerto Rico empezará a ser sede del séptimo Congreso Internacional de la Lengua Española. En ese encuentro, cada tres años los académicos se reúnen para debatir de cara al mundo las últimas andanzas del idioma que hablamos unos 559 millones de personas, según los datos del último Anuario del Instituto Cervantes, El español en el mundo, que se presentó en Madrid a mediados de enero pasado.

Si como dice el lema de la Real Academia, la institución “fija, limpia y da esplendor” al español, de un tiempo a esta parte los señores académicos se tomaron bastante en serio eso de pasarle detergente y lavandina a las palabras. Desde que en el primer Congreso de 1997 en Zacatecas (México), el Premio Nobel Gabriel García Márquez arrugó el almidón en el que habían planchado el castellano durante décadas para reclamar que se jubilara la ortografía, los académicos entendieron que no se trataba sólo de desinfectar las impurezas del idioma y sacarles brillo a las jotas, las zetas o las haches, sino de andar con el oído más atento a las constantes mutaciones de la lengua.

Tal vez por eso nunca como en lo que va de este siglo han llovido tantos diccionarios y sus anexos: la última edición actualizada del Diccionario de la Lengua Española, elDiccionario Panhispánico de Dudas, el Diccionario de Americanismos, la Nueva Gramática de la Lengua Española , la Ortografía Básica Española … Es que durante los últimos Congresos de la Lengua no sólo nos actualizaron la gramática y la ortografía, sino que también nos agregaron nuevas palabras, pasaron a retiro letras como la ch y la ll, rebautizaron a la y griega, la b larga y su prima la v más corta, dejándolas sin apellido, y hasta permitieron que el uso de algunos acentos sea a gusto del consumidor. También es cierto que verbos, adjetivos y sustantivos brotan a velocidad de un correcaminos y es complicado seguirles el ritmo.

Otros diccionarios, como el británico Oxford, eligen cada mes de diciembre una palabra que más o menos resuma el año que pasó. La del 2015 fue emoji (emoticón o, según la corrección política de la RAE, emoticono). Esos iconos que transmiten emociones –alegría, tristeza, enojo, amor, sorpresa, etc.– y que tanto se usan en los diálogos virtuales, tienen un don que hace temblar los diccionarios: carecen de faltas de ortografía y no necesitan de traductores ni intérpretes. Habrá que ver qué dicen los académicos sobre el asunto.


viernes, 4 de marzo de 2016

Otra vez el DRAE: mucha almóndiga y poco dogo

El mallorquín Juan José Gelabert es profesor de lengua y literatura en secundaria. Ha traducido 10 libros del francés, todos ellos relacionados con Venecia. El 15 de febrero pasasdo, publicó en El Trujamán la siguiente columna.

Los perros de Venecia. El amigo fiel

Augusto Monterroso contaba que la primera vez que intentó una traducción se compadeció de los traductores cuando en media página había consultado el diccionario «en no menos de cinco ocasiones»; desde ese día pensó además que se había de ser muy paciente y comprensivo con ellos, con los traductores. Su aventura en la traducción le llevó a afirmar: «No cabe duda: el mejor amigo del traductor es el diccionario», si bien en ocasiones se descuida su manejo o se cometen deslealtades que, como buen amigo sabrá perdonar.

Sucedía esto a propósito de la traducción de la voz doge, referido al supremo mandatario de la Serenísima República de Venecia, como dogoDoge  es adaptación italiana del veneciano dose, procedente del latín dux; en idiomas como el francés o el inglés, por citar dos de las lenguas cuyos autores han tratado a menudo el mundo veneciano, se utiliza la misma voz doge.

En español la vigésima segunda edición del Diccionario de la Real Academia Española solamente consideraba la acepción de dogo como un tipo de perro:

   (Del ingl. dog, perro).1. m. perro dogo,

Mientras que si se avanzaban algunas páginas más se hallaba la voz dux:

   (Del lat. dux).1. m. En las repúblicas de Venecia y Génova, príncipe o magistrado supremo.

Sin embargo, como cada vez más autores y traductores, entre ellos algún premio nacional de traducción y catedráticos universitarios, utilizan dogo para referirse al dux, la vigésima tercera edición del Diccionario ha introducido el homónimo «dogo» 2 el cual remite a dux:
(Del it. doge, este del veneciano doxe, y este del lat. dux, ducis 'general', 'caudillo'.) . m. dux.

Dicha entrada aún no se hallaba en el avance de la 23.ª edición, que mantenía la diferencia entre «dogo» y «dux», cuya acepción en el Diccionario se mantenía similar desde 1899. En 1884 y antes la acepción de «dux» aportaba el matiz de la representación soberana:

   (Del ital. Dux; del lat. dux, guía, jefe) El que en las repúblicas de Venecia y Génova tenía la representación de la soberanía.

y guardaba mayor relación con la de Autoridades (1732):

   Lo mismo que Duque. Assí llaman comunmente a los Duques o Cabezas de las Repúblicas de Venécia y Génova. Este género de Duques o Duces es en todo diferente de los demás Duques: pues su dignidad es una imagen o representación de la soberanía que reside en toda la Junta de los Senadores. Latín. Dux, cis. ACOST. Hist. Ind. lib. 7. cap. 11. El Rey no tenía absolúto mando y império, y que más gobernaba a modo de Consul o de Dux, que de Rey.

que justifica la traducción de doge como «duque» y que, además, hace más coherente la denominación «Palacio Ducal» para referirse a la residencia de los dux de Venecia; todavía no he leído Palacio Dogal, aunque todo podría llegar.


El nuevo Diccionario, 23.ª edición, fue objeto de controversia en la prensa porque ha dado entrada a voces vulgares, entre ellas almóndiga, aunque no cloqueta, pero nadie ha llamado la atención sobre la conversión de los ciento veinte dux de Venecia en una jauría de perros. El amigo ha cambiado y ya no se sabe quién comete la deslealtad con quién.

jueves, 3 de marzo de 2016

Versión integral española de los cuentos de Chejov

A la ya existente edición de los cuentos traducidos por el argentino Alejandro González para Losada, acaba de sumarse la del español Paul Viejo para Páginas de Espuma. Lo cierto es que Anton Chejov tiene cuerda para rato. Así se lee en la siguiente entrevista de Javier Morales, publicada en El Asombrario & Co., el pasado 13 de febrero.


Novelista, dramaturgo, crítico, autor de libros de relatos, desde hace algunos años el escritor Paul Viejo anda inmerso en la edición de los cuentos completos de Antón Chéjov, más de 600, muchos de ellos inéditos en español. Una tarea titánica que, además del talento de Viejo, sería imposible si no estuviera detrás una editorial como Páginas de Espuma. Ya se han publicado tres de los cuatro volúmenes del proyecto y habrá que esperar a la Navidad de este año para leer el último.

“Vendrá el último cargado, no sólo con los cuentos correspondientes al último periodo (de 1894 a 1903), sino también con aquellos que quedaron inconclusos, dispersos o dudosos, y que no se han ido incluyendo en los tomos anteriores, más un apéndice, aún más extenso que en los tomos anteriores, para dejar por fin al lector toda la información posible sobre Chéjov y sus cuentos”, me cuenta Paul Viejo desde Milán, donde vive.

¿Cómo surgió el proyecto de publicar los cuentos completos de Chéjov?
–Lo cierto es que fue una mezcla de pasión, mucha, y de coincidencia editorial, bastante. Yo llevaba años estudiando los cuentos de Chéjov, su totalidad, sus traducciones al español, clasificándolos, organizando apuntes, haciendo tablitas excel de colores que un buen día vieron los editores de Páginas de Espuma. La pregunta inmediata fue: “Ah, ¿se podrían editar todos los cuentos de Chéjov, no eran millones?”. Y a partir de ahí, organizarnos, pensar cómo publicarlos, considerar las dificultades e ir viéndolos aparecer tomo a tomo.

¿Qué dificultades te has encontrado a la hora de traducirlos?
–Chéjov es un autor tan aparentemente claro, tan limpio en su dicción, en su sintaxis, que uno tiene la constante paranoia de estar equivocándose. “No puede ser tan sencillo”, puedes llegar a pensar. Y, efectivamente, no es tan sencillo porque, por encima de cualquier otra cosa –sobre todo hacia el final de su producción–, Chéjov es tan soberbiamente preciso que cualquier desvío en la elección de una palabra es un desvío en el texto completo, un accidente en toda regla.

Para los cuentos que ya conocíamos, ¿has partido de las traducciones previas?
–Sí, en la mayoría de los casos, porque una de las intenciones de esta obra, además de reunir todos sus cuentos, era poder dejar una suerte de “historia de la traducción chejoviana”. No creo en esa constante necesidad de re-traducir (que es más una excusa comercial que, en la mayoría de los casos, una necesidad lingüística) cada nueve años y medio. Así, en esta edición de sus cuentos disponemos, además de las traducciones inéditas, con aquellos que más y mejor se han dedicado a Chéjov (Luis Abollado, Augusto Vidal, Sergio Pitol), pero también con los traductores más recientes, como Víctor Gallego, Jesús García Gabaldón y Enrique Moya Carrión, entre otros.

¿Cuáles son tus cuentos preferidos?
–Aunque vaya a sonar tópico, es imposible seleccionar cuentos de Chéjov y no nombrar La dama del perrito; sería una impostura. Para el último tomo he podido traducirlo, lo que viene a significar que lo he disfrutado el doble. Pero de Chéjov, “maestro de la brevedad”, por seguir tirando de tópicos, disfruto mucho con aquellos cuentos que menos lo parecen, y que se acercan a la novelita: Flores tardías, Una historia aburrida, La estepa…

¿Por qué seguir leyendo hoy a Chéjov?
–Sin tener siquiera en cuenta el virtuosismo técnico (que sigue siendo tan actual y tan prodigioso como, pongamos por ejemplo, un soneto de Quevedo) que es capaz de desplegar Chéjov, y con el que podemos seguir disfrutando y aprendiendo, es evidente que ni los temas, ni la modernidad con lo que los expone han perdido vigencia y siguen siendo plenamente actuales, como ha demostrado la cantidad no ya de imitadores, sino también de homenajeadores e influidos. Otra cosa es que el cuento siga avanzando, y que no se escriba “como Chéjov” (por suerte), pero que es un lugar por donde hay que pasar, eso es evidente.

Chéjov es uno de los padres del relato moderno y su influencia llega hasta nuestros días. ¿Crees que ha llegado la hora de “matar al padre”?
–La violencia literaria y el fratricidio me parecen bien, e incluso muy bien, siempre que se cumpla una condición: que se conozcan perfectamente los engranajes de aquello que se quiere hacer volar por los aires. Ya no podemos seguir escribiendo como Chéjov, pero me parece que debemos tener muy claro qué es lo que queremos cambiar y por qué. Me inquietan quienes quieren matar la tradición sin conocerla; aunque casi tanto como aquellos que no quieren modificar nada, eso también es verdad, y aquí no sé si estoy hablando solo de literatura.

Cuento, novela, ensayo, teatro. Eres un autor polifacético y todoterreno. ¿Hay algún género en el que te sientas más cómodo?
–Sentirme cómodo en la escritura sería un sueño. De hecho, creo que de esa incomodidad vienen los saltos, los cambios y las pruebas. No existe “hecho literario” que no me atraiga, como lector, así que veo lógico por mi forma de ser el picoteo genérico al que aludes. Siento pasión por el cuento, por ejemplo, pero no todo se puede hacer desde ahí. Ni querría.

¿En qué estás trabajando ahora? ¿Tus proyectos de escritura?
–Pues después de una larga, larguísima temporada sin escribir absolutamente nada, nadísima (algo que por otra parte tampoco me resulta nuevo), estoy cerca de cerrar un nuevo libro de relatos que abandona la línea temática de Los ensimismados (2011) para enfocarse en descontener la violencia que me interesa en un texto: la violencia estilística, la violencia íntima y silenciosa, la violencia de ciertos comportamientos sociales y personales demasiado habituales y encasquillados. Me parece que está quedando un libro algo intranquilo, ya veremos. No hay prisa.

Desde hace años, vives en Italia. ¿Cómo se ve España desde allí?
–Hace casi una década que vivo fuera de España, y lo cierto es que la impresión ha ido cambiando en todo este tiempo. Cuando me marché, la crisis allí era apenas un susurro agorero, casi invisible y sin efectos, y la llegada a Italia, una bofetada: un país que parecía llevar al menos 20 años de retraso en todo (en infraestructuras, en política social, en la renovación de hábitos y creencias). Era la época en que todos mis amigos italianos querían irse, o se fueron, a vivir a Barcelona. Cada vez que viajaba de vuelta a Madrid me parecía estar –sin exagerar– en una película de ciencia ficción estéticamente parecida a 2001: Odisea en el espacio. Hoy Italia sigue siendo ese país de dinosaurios del que hablaba Tornatore en La migliore gioventù; pese a que Milán haya tenido un ayuntamiento de izquierda, pese a la intensa actividad cultural, pese a la exposición universal, todo el país sigue varado en un inmovilismo del que no tiene la culpa solo la recesión económica, sino también nuestras cabecitas. El problema es que ya no veo tanta diferencia, como cuando llegué, entre ciudades como Madrid o Milán, y sin embargo cada vez tengo más la impresión de que también España sea un país de dinosaurios. Mis amigos italianos regresaron a su país, visto lo visto. La luz blanca de los vagones del metro ya no es tan luminosa como lo era. Y yo, creo, he ido dejando de pensar en dos países, en fronteras, añorando uno o envidiando el otro. Si acaso, lo que hago es pensar en qué idioma me enfadaré esta mañana.

miércoles, 2 de marzo de 2016

Un libro de Wilcock que hay que hacer

En su columna dominical del diario Perfil, el 14 de febrero pasado, Damián Tabarovsky se refirió a un aspecto poco conocido de la obra de J. R. Wilcock, a quien los lectores ya frecuentaron como poeta, narrador y traductor (ver en este blog la entrada del 6 de septiembre de 2009). Dicho lo cual, si Tabarovsky no va hacerla, la recopilación que sugiere está disponible para los editores que se animen.

Wilcock crítico

Primero a fines de los 90 y principios de los 2000, en especial en Sudamericana, pero también en Emecé, e incluso en Losada; y luego más recientemente en Huesos de Jibia, y sobre todo en La Bestia Equilátera, la obra de Juan Rodolfo Wilcock encontró nuevas ediciones y nuevos lectores. Mi amor por Wilcock hace que vuelva sobre esos libros, que los ordene al lado de ediciones más viejas: El caos, en el número original de Sur en que se publicó el cuento del mismo nombre, la primera edición completa del libro en Sudamericana de 1974, la segunda de 2000, y la de La Bestia Equilátera del año pasado, que incluye nuevos textos, y así sucesivamente con los demás libros. No habría que descartar que todavía queden libros y papeles inéditos, una correspondencia, y tal vez más cosas. No lo sé. Sé, en cambio, que hay un libro de Wilcock que aún no existe y que me encantaría leer, una faceta suya todavía no suficientemente explorada y que ocupa un lugar interesante en su obra: el Wilcock crítico. Entre muchas otras intervenciones en ese sentido, se destaca “Letras inglesas”, la columna sobre literatura inglesa aún no traducida al castellano que publicó en la revista Ficción a fines de los años 50. Es un Wilcock que, a mitad de camino entre la crítica literaria y el periodismo cultural, comenta las novedades del mercado anglosajón. Recuerdo una columna en la que simplemente glosa los contenidos de los últimos números de las principales revistas literarias inglesas, casi como un servicio al lector, como para “ponerlo al día” de lo que sucede en ultramar. Recuerdo otra sobre Dr. No, de Ian Fleming, novela crucial en la saga Bond, en la que Wilcock se interesa muy seriamente, pero también con una sutil ironía, en los alcances de la literatura llamada popular. Mi columna favorita se encuentra en el número 19 de Ficción (mayo-junio de 1959) y se titula Lolita en Inglaterra. Son tres páginas en las que da cuenta de la recepción (bajo la tríada censura, escándalo, best-seller) de la novela de Nabokov en Inglaterra (pero también en Estados Unidos y en Francia) y en las que, entre líneas, mecha su opinión sobre la novela. Es un trabajo finísimo de lectura de la crítica sobre el libro, que comienza con el desplazamiento de Doctor Yivago (sic) como “el libro de moda” y su reemplazo por Lolita. Luego Wilcock se detiene en la reseña de Lionel Trilling, de quien dice: “Asume actitudes de legislador moral (…) en un largo ensayo que no se distingue por su inteligencia”. Repara más tarde en el artículo que V.S. Pritchett (de quien casualmente –o no tanto– La Bestia Equilátera publicó dos libros) dedica a la censura en Inglaterra: “Según Pritchett, la novela de Nabokov es extraordinariamente ingeniosa, y en partes una obra literaria de excepcional calidad. De todos modos, resulta bastante difícil verlo como un libro capaz de inducir al pecado al lector corruptible”. Pero Wilcock se guarda lo mejor para el final: “Lolita ha conseguido, y esto es lo más extraordinario, hacer naufragar en el desinterés de la nación los esfuerzos de la beat generation, la generación de los hipsters, encabezados por Kerouac, al demostrar que, frente a una novedad de carácter tan absoluto, la obra de estos últimos no representaba, en última instancia, sino un nuevo símbolo de una cosa ya bastante conocida”.


martes, 1 de marzo de 2016

La mala leche, o estupidez, de los noteros ibéricos

Un tal Jesús Ruiz Mantilla, en El País, de Madrid, del 27 de enero pasado, firma una nota de título nacionalista –“Mucho Shakespeare y poco Cervantes”–, donde se queja de lo mucho que los británicos están preparando para recordar los cuatrocientos años de la muerte de William Shakesperare y lo poco que los españoles están haciendo para recordar los cuatrocientos años de la muerte de Miguel de Cervantes. La nota, en su primer párrafo, cita uno de los sonetos de Shakespeare sin mencionar al traductor. Se trata de Andrés Ehrenhaus, quien hace ya varios años publicó una muy festejada versión que circuló por todo el mundo hispanohablante.

Cuatro días más tarde, Peio H. Riano, en El Español –otro pasquín ibérico–, publicó “Cien insignificantes momentos de la vida de Shakespeare”, nota igualmente vinculada al aniversario en cuestión. Allí también se citan versos traducidos por Ehrenhaus y allí también se lo ningunea, omitiendo su nombre. También el de otros traductores, razón por la que vamos a suponer, por un momento, que en España no existe prejuicio contra los latinoamericanos y que no es ésa la razón por la que se omite el nombre del traductor. 

Pensemos, de manera optimista, que esa práctica se lleva a cabo contra todo el mundo. No es consuelo, sino prueba de estupidez y desprecio manifiesto que muchos noteros, venidos a periodistas, sienten por el trabajo de quienes han pasado mucho más tiempo que el empleado en borronear unas cuartillas tratando de encontrar un correlativo en la lengua del aparentemente olvidado Cervantes para palabras escritas en otra. Da vergüenza y también un poco de asco.

Jorge Fondebrider