lunes, 25 de abril de 2011

Qué, cómo y cuándo se traduce en la Argentina

Por primera vez el Club de Traductores Literarios de Buenos Aires se presenta en la Feria del Libro con un panel sobre “Qué, cómo y cuándo se traduce en la Argentina”. Participan Jorge Aulicino, Marcelo Cohen y Andrés Ehrenhaus, con moderación de Jorge Fondebrider

Puesto que la mesa no será grabada, se invita a quienes estén interesados en presenciarla a asistir a la Feria del Libro. La cita es hoy, en la sala Javier Villafañe, de 18 a 19.30 hs. 

Jorge Aulicino nació en Buenos Aires en 1949. Periodista de profesión, en la actualidad se desempeña como editor general y columnista de la revista de cultura Ñ, del diario Clarín. Integró asimismo los consejos directivos de las revistas El juguete rabioso y Diario de Poesía. A la fecha lleva publicados lo siguientes volúmenes: Mejor matar esa lágrima (1971), Vuelo bajo (1974), Poeta antiguo (1980), La caída de los cuerpos (1983), Paisaje con autor (1988), Magnificat (1993), Hombres en un restaurante (1995), Almas en movimiento (1997), La línea del coyote (1999), La poesía era un bello país. Antología 1974-1999 (estudio preliminar por Marcelo Cohen; entrevista por Jorge Fondebrider, 2000), Las Vegas ( 2000), La luz checoslovaca (2003), La nada (2003), Hostias (2004), Máquina de faro (2006), Cierta dureza en la sintaxis (2008), Memoria de Garbeld (2010) y Libro del engaño y del desengaño (2011) . Como traductor, además de haber realizado versiones de Michelangelo Buonarroti, Giuseppe Belli, Giuseppe Ungaretti, Eugenio Montale, Vittorio Sereni, Mario Luzi, Pier Paolo Pasolini, Cesare Pavese, Franco Fortini, Luciano Erba, Patrizia Cavalli, Emilio Coco, Valerio Magrelli y Rodolfo Wilcock --entre muchísimos otros autores publicados en Otra iglesia es imposible, su blog--, publicó Robin Hood y otros poemas, de John Keats y Rimas, de Guido Cavalcanti. Se anuncian para este año sus versiones de la Divina Comedia, de Dante Alighieri, Las cenizas de Gramsci, de Pier Paolo Pasolini, y Trabajar cansa, de Cesare Pavese.

Marcelo Cohen nació en Buenos Aires en 1951. En 1975 viajó a España y se instaló en Barcelona donde trabajó como periodista y traductor hasta 1996, año en que regresó a Buenos Aires. Ha publicado entre otras obras El país de la dama eléctrica (1984), Insomnio (1985), El sitio de Kelany (1987), El oído absoluto (1989), El fin de lo mismo (1992), El testamento de O'Jaral (1995), Inolvidables veladas (1996), Hombres amables (1998), Los acuáticos (2001), ¡Realmente fantástico! y otros ensayos (2003), La solución parcial (2003), Donde yo no estaba (2006), Impureza (2008) y En casa de Ottro (2009). Como traductor ha publicado versiones de Fausto, de Christopher Marlowe,  El alquimista, de Ben Jonson, Lady Susan, de Jane Austen,  Los cuadernos de notas, de Henry James; Sobre poesía y poetas, de T.S. Eliot; Ventanas Altas, de Philip Larkin, Exhibición de atrocidades, de J.G. Ballard,  Poesías escogidas, de A. R. Amons, Adagia, de Wallace Stevens, El precio era alto, de Scott Fitzgerald, La máquina blanda y El billete que explotó, de William Burroughs Escritos sobre Joyce, de Italo Svevo, Quincas Borba, de Machado de Asís y Felicidad clandestina, de Clarice Lispector, entre muchos otros. En la actualidad dirige la revista Otra parte, conjuntamente con Graciela Speranza.

Andrés Ehrenhaus nació en Buenos Aires, en 1955, pero reside en Barcelona desde 1976. Narrador, ha publicado Subir arriba (1993), El futuro es esto (1999), Monogatari (2001), La seriedad (2001) y Tratar a Fang Lo (2006). Es profesor del Posgrado de Traducción Literaria de la Universidad Pompeu Fabra. Integró desde el 2001 hasta el 2010 la junta directiva de la Sección de Traductores de la Asociación Colegial de Escritores de España, de la que fue vicepresidente. Ha traducido numerosos obras del inglés, tanto clásicas como contemporáneas, que abarcan autores tan diversos como  William Shakespeare, Edgar Allan Poe, Oscar Wilde, Jack Kerouac, Brian Aldiss, Maurice Dantec, Guy van Sant o William Sutcliffe. Entre sus traducciones más recientes se cuenta una edición bilingüe de los Sonetos de Shakespeare (Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores, 2009). En 2011 fundó Knowhaus, la primera agencia de traducción literaria de España.

domingo, 24 de abril de 2011

Un sitio interesante para leer y oír poesía, en castellano y traducida

Según se explica en la entrada al sitio, poesia@amediavoz.com  "es un portal sin ánimo de lucro; su único objeto es rendir un justo homenaje a  poetas y traductores. Por tanto, los derechos de los textos que aparecen en todos los vínculos, pertenecen a cada autor".

Allí el lector podrá leer u oír a los poetas recitando sus propios textos y, en caso de que le interese, acudir a http://amediavoz.com/traducciones.htm para acceder a un importante número de traducciones de poesía del pasado y el presente.

sábado, 23 de abril de 2011

"Mientras que la prosa es una imagen de la realidad, la poesía pone en duda esa imagen e indaga en lo oculto"



Según la noticia publicada por Sergio C. Fanjul en la edición del 11 de abril pasado del diario El País, de España, se acaba de presentar allí un volumen antológico de la obra de la poeta alemana Uljana Wolf (foto: Katja Zimmermann), cuya traducción estuvo a cargo de Vladimir García Morales.


La escritora que vive en los límites del lenguaje

Entre lo cotidiano y lo cerebral, retorciendo el lenguaje hasta sus límites, Uljana Wolf (Berlín, 1979) es una de las jóvenes poetas alemanas más notables. Vive a caballo entre Brooklyn y Berlín, pero esta semana ha expuesto sus versos al sol andaluz en el festival Cosmopoética, clausurado ayer en Córdoba. "Aunque aparentemente hay muchos temas en la superficie de mis poemas, la lengua es el centro de toda mi producción. El lenguaje como tema principal, su uso tanto en el aspecto político como en la descripción del mundo. Y no es que los poemas hablen sobre la lengua, sino con la lengua", explica la autora.

Wolf fue la poeta más joven en ganar el prestigioso premio Peter Huchel en 2006 con su primer libro Kochanie ich habe brot gekaulf (Konachie ha comprado el pan). El segundo fue Falsche freunde (Falsos amigos), publicado en 2009: "El primero es más tradicional; mientras que en el otro opto por la experimentación. He intentado un proceso integrador de todas las lenguas, crear una sola con todas ellas. Así trato de conseguir un extrañamiento ante mi propio alemán, que acaba resultando raro al propio lector. Es una técnica que enriquece el idioma".

Su obra no había sido traducida, exceptuando algunos poemas sueltos. Ahora la editorial cordobesa La Bella Varsovia ha publicado una antología titulada Fronteras del lenguaje, traducida por el investigador físico del caos Vladimir García Morales, de la universidad de Múnich. Se trata del primer libro traducido de Wolf, no solo al español sino a otros idioma. El título de la antología, que recuerda una idea del filósofo Ludwig Wittgenstein ("los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo"), fue elegido por el traductor: "El poema tiene una connotación y una denotación, y existe un roce áspero, entre ambos aspectos. Uljana se instala en esta frontera entre lo escrito y su significado", explica García Morales.

A pesar de la profundidad de su propuesta, los textos de Wolf no carecen de humor. En muchos utiliza lo cotidiano para elevarse, o sumergirse, en otras disquisiciones, como en el poema titulado Dust bunnies, dedicado a la pelusa que se forman en los zócalos de los pasillos. Gracias a la red, Wolf está muy atenta a la escena internacional. "Con Internet, los poetas tienen más poder para crear su propio mundo", cuenta. "Mientras que la prosa es una imagen de la realidad, la poesía pone en duda esa imagen e indaga en lo oculto, en lo tapado. Lo saca a la superficie, lo revela".

viernes, 22 de abril de 2011

Razones para recordar a Javier

Casi todos los blogs de poesía argentina están anunciando hoy que ayer, 21 de abril, murió Javier Adúriz, gran poeta, crítico y traductor de poesía, pero sobre todo un gran y querido amigo al que nos unen más de treinta años de cariño y complicidad.

A fuerza de pasión, Javier logró contagiarnos su entusiasmo y su asombro. Fue igualmente generoso con los colegas, así como con las varias generaciones de aprendices de escritores que lo escucharon y aprendieron de él con verdadera devoción. Para unos y otros siempre tuvo palabras de aliento y, no pocas veces, también de consuelo. Así, en su compañía es probable que nos hayamos sentido mejores personas. Se trata de méritos mayores por los cuales muchos vamos a estarle eternamente agradecidos.

Ahora nos quedan sus poemas, sus muchas reflexiones sobre la poesía y los poetas y los varios libros que tradujo. También, para quienes lo quisimos y tratamos, el recuerdo de su voz inolvidable, de su contagioso sentido del humor, de su piedad, su bonhomía, su enorme dignidad.

Da bronca escribir sobre Javier en pasado. Ojalá estemos a la altura.

"Una afición engañosamente inútil"

Matias Serra Bradford (foto) es traductor y autor de, entre otros titulos, La biblioteca ideal. El presente artículo lo publicó en el número de Ñ, del 15 de abril pasado, dedicado a la Feria del Libro de Buenos Aires.

Notas al pie de una ciudad

Una ciudad se define por el tipo de patologías que impulsa. La lectura fanática y la bibliomanía podrían considerarse locuras típicas de Buenos Aires, aunque no exclusivas ni las únicas. Leer intensamente es entregarse a una pulsión, a una clase de compulsión que esta ciudad alimenta con generosidad. Las fotografías que tomó hace años el húngaro André Kértesz de gente leyendo en La Boca y Parque Lezama retrataron para siempre ese fervor y continúan alentándonos a serle fiel de por vida.

Rastrear y leer un libro tras otro debe esconder alguna superstición artúrica –persiguiendo un Grial o una serie– porque si uno pasea por Avenida Corrientes o Avenida de Mayo puede atestiguar que no son pocos los bibliólatras que parecen estar biológicamente incapacitados para dejar de llevar ejemplares a sus casas. En el subterráneo, sobre todo, se tiene la impresión de que ciertos lectores creen, heroicamente, que Buenos Aires se sostiene porque ellos siguen leyendo, que la línea de cada renglón es la cuerda por donde avanza la ciudad y encuentra su equilibrio.

En cada ciudad se narra distinto, se miente y se calla distinto; cambian las cosas que se eligen omitir. Invariablemente, el frenesí de la ciudad se alza contra el silencio de la lectura: un tronar versus un crepitar. Una disciplina monástica en medio de una aceleración y una descortesía formidables.

Itinerarios
Es posible intimar con una ciudad a través de la lente de una afición engañosamente inútil como la lectura; se interviene un mapa para darle un sesgo novelesco. En una tarde favorable, lo que hace la ciudad –como una ficción eficaz– es eso, dejarnos en un sitio inesperado. El itinerario que conecta a una librería con otra y los medios de transporte que facilitan la tarea se presentan como un juego de trechos y triangulaciones. El lector ve a Buenos Aires a partir de los lugares que frecuenta para leer y de las librerías de usados más favorecidas: dos en Estados Unidos entre Perú y Chacabuco, en San Telmo. Otra en Montevideo y Vicente López: “Si busca algo avíseme y yo hago de cuenta que lo encuentro”. Una librería como el interior de una carabela en la calle Boyacá, Flores. Otra sobre Sarmiento, a espaldas del Teatro San Martín, con un subsuelo que promete pactos posibles. O en Federico Lacroze y Luis M. Campos –ahí asomó mágicamente parte de la biblioteca del poeta Basilio Uribe–, o en Blanco Encalada y Cabildo, donde un atardecer saltó a mis manos un libro milagroso, dedicado al tipógrafo Juan Andralis. Otra en Charcas y Pueyrredón: “Uno de mis empleados se puso creativo y acomodó a Javier Marías entre los clásicos”. A ciertas librerías uno vuelve, hay que confesarlo, porque cerca hay otra cosa: una relojería inverosímil, una casa de alquiler de disfraces.

Donde sea, el librero está esperando. El lector es todo lo contrario: no puede darse el lujo de rezagarse, sale a conquistar la ciudad y sus escalas están pautadas por el calibre magnético de cada local. El desplazamiento en una ciudad como esta –se sabe la hora de partida, se ignora la de llegada– incita a la lectura y el trayecto se mide en páginas leídas. La velocidad del subte que va a Los Incas o la del colectivo 102 compiten contra la velocidad de la lectura. A mayor incomodidad en el viaje, más urgencia de leer para abstraerse del contexto. Hay quien lee caminando (a ciegas) y el trayecto se hace solo.

Lo que también agradece un lector incorregible es encontrar libros sobre libros. Como uno del veterano en bibliofilia Holbrook Jackson, convencido de que una de las virtudes de la lectura es que es una de las pocas actividades desinteresadas que quedan y de que leer significa “convertirse en otra persona por un tiempo y correr el riesgo de permanecer así”. O tropezarse con el espléndido ensayo de Lisa Block de Behar sobre, entre otras cosas, el mutismo y el sigilo del lector. Y la lógica del azar puede querer, como quiso, que ese día apareciera un libro de otro uruguayo, Carlos Real de Azúa, cuyo título parece aludir al vaivén entre la ciudad sobredimensionada y el lector innominado: Historia visible e historia esotérica .

Una ciudad como esta, amparada por los libros, propone coincidencias y superposiciones, de lecturas y lugares, de unos libros con otros. Una librería de la calle Medrano se corporizó sobre el final de una tarde, minutos antes de un diluvio, para tentar y capturar a una afortunada víctima de un tomo de Sebastiano Timpanaro cuestionando el desliz según Freud. Y otra corazonada llevó a ese dichoso rehén, a escasos estantes y minutos, a dar con el relato de George Steiner sobre ese filólogo y corrector italiano. (Un corrector de pruebas, el encargado del trabajo más microscópico de una metrópolis.) Inevitable, pues, que floreciera la noción de desliz para guiarse en la ciudad. Un desliz –un lapsus, un deslinde, una desorientación– el que conduce de un libro a otro, de una zona a otra más inexplorada.

De nuevos y de usados
Anidan muy variados planos en la ciudad, diversos husos horarios, distintas épocas a la vez. Las dos clases de librerías –de nuevos y de usados– replican ese escenario. Y la librería de ocasión se insinúa como la reserva natural de la literatura: es allí donde puede estudiarse el corte transversal del pasado literario y del presente con sus sismos pasajeros.

El presente es una ficción señalizada: usted está aquí. Es la librería de viejo el verdadero campo de juego de la literatura, donde el tiempo se acumula y se ensancha de otro modo, las reputaciones y relevos se recortan de un modo más intrigante, las capas geológicas son más palpables, y donde los peores y mejores conviven en una agonía igualmente esperanzada.

El lugar donde el presente se precipita y estalla es la Feria del Libro, en Palermo, uno de los sitios más identificados con lo literario en la ciudad, seguramente el más visible de todos, y sin embargo un espacio fugitivo, fantasmático. (Tan próximo, ya que estamos, a ese bulevar de puestos de segunda mano sobre la avenida Santa Fe que es todo un barrio en sí mismo.) A propósito de la Feria, tratándose de una cita concertada entre autores y lectores, sería pertinente que algún día fuera inaugurada por un lector y escritor de la talla de George Steiner, ilustre cascarrabias que rumia y predica en más de una lengua.

En una ciudad de yacimientos ricos en hallazgos librescos, en la que todavía llegan a la orilla del presente restos de un pasado glorioso, la de buscar libros es una aventura como quedan pocas. Descubrimientos de nuevas especies, peligros de intoxicación y envenenamiento, ascensos y descensos escarpados: un lector de Buenos Aires nada tiene que envidiarle a un naturalista pionero. Algunas de sus calles dan fe: Darwin, Linneo y Humboldt. Hay poco de dandismo y mucho del comportamiento de un hurón en esta cacería sin fin. Se tarda en descubrir que la literatura es un conocimiento propio, privado, creado y expandido por cada lector a partir de sus libros, como si cada lector verdadero fundara una ciencia nueva. En un mundo cada vez más dado a decirlo todo, a darlo todo servido, en el que la curiosidad equivale a impertinencia o a vanidad, ciertos lectores devienen quijotes que salen a romper lanzas por lo recóndito, lo murmurado.

Los modos de su desvarío son incalculables. El lector que persiste como un niño, esperando que la ciudad le dé algo: una música, un libro, restos para una colección a medias imaginaria. El lector que cuanto más raro es el libro que encuentra, más estima a la ciudad. El lector que tiene la entereza de no aspirar a escribir, de no ceder a la tentación de escribir. (Que sabe que leer solo porque uno aspira a escribir es la ruina de la literatura.) El que entra y sale lo más rápido posible de esa librería de la avenida Rivadavia, de modo que la transacción goce de una tenuidad óptima, y la “cuestión” sea entre el libro y él, y el local se olvide lo más rápido posible, lo mismo que la máscara de quien cerró su puño sobre el dinero y entregó el ejemplar a cambio. El lector que se desvive por el fulgor de un objeto portátil, portentoso, detectado en la vitrina de una galería con la mitad de sus locales vacíos. El que acumula libros como si dentro de siete días fuera a empezar una vida nueva, en otra parte. En el momento de bajar las persianas al caer la noche, cualquiera de ellos puede ser testigo de una de las imágenes más consoladoras –más prometedoras– que pueda ofrecerle esta ciudad. Las ventanas iluminadas de edificios vecinos: la ilusión de que por cada luz encendida hay un libro predestinado.

jueves, 21 de abril de 2011

Una de políticos de mentira

Después del artículo de ayer de Beatriz Sarlo, no queda otro remedio que volver a las fealdades de la vida cotidiana en la Argentina, según las cuales un Estado de un signo político y el gobierno de una ciudad del signo opuesto utilizan todo tipo de tribuna para arrojarse munición pesada con la gente como rehén. Entonces, así fue la inauguración de la 37ma. edición de la Feria del Libro de Buenos Aires, de acuerdo con la crónica de Horacio Bilbao y Marcela Mazzei, para Ñ digital.

Poca literatura y duros discursos políticos
en la apertura de la Feria

Menos mal que Mario Vargas Llosa viene esquivando el tono polémico que presagiaba su visita a la 37 Feria del libro, porque la charla de apertura, que ya sabíamos no iba a ser la suya, fue una tribuna política abierta con muchos datos sobre la cultura y ningún ahorro de la chicanas de campaña. Atentos a los dardos de uno y otro lado hubo pocos escritores, entre los que estaban Vicente Batista, Mario Golobof, Elsa Osorio, María Rosa Lojo; editores, Daniel Divisnky, Carlos Díaz, Alberto Díaz, Augusto Di Marco; y una asistencia política dividida entre el Gobierno Nacional y el de la Ciudad con Telerman y Hermes Binner como actores extra al duelo Nación Ciudad.    

Los números dirán que hubo cuatro discursos y dos homenajes. Pero el contenido de esos discursos dice que estamos en un año electoral y que cualquier tribuna, incluso la de esta feria tendrá contenido político. Y lo había dicho Horacio González cuando criticó la invitación a Vargas Llosa: El acto de apertura es siempre un acto político. Y aunque referido al sector, este fue puramente político. Los escritores no tuvieron la palabra, como venía sucediendo desde 2001 hasta hoy.

Arrancó en el estrado el flamante presidente de la Fundación El libro Gustavo Canevaro, que debutaba en el cargo. Se montó rápido al efecto Frankfurt y elogió largamente el Programa sur de traducciones que impulsó la cancillería para la Feria alemana. Y se plantó una meta. “Los editores deben pensar en un mercado de 200 millones de lectores, en lugar de limitarse a los 40 millones de Argentina”. Elogió luego la tarea del ministerio de Educación de la Nación, “que adoptó un papel activo en la provisión de libros para las escuelas”. Criticó luego una supuesta asimetría fiscal que implica la imposibilidad de desgravar el IVA tanto en las editoriales como en las librerías y se quejó por el 5% de retenciones que pagan los libros exportados. Por fin ya sobre el final de su discurso mencionó los homenajes a María Elena Walsh y a David Viñas, que despertaron el primer aplauso en la sala, “autores que vivieron las épocas más autoritarias de la Argentina, signadas por la intolerancia y la falta de libertad”. Esa palabra, libertad, sería el eje del cruce que vendría en los discursos siguientes.

Subió rápido Rodolfo Hamawi, director de Industrias Culturales. Jugaba de local y se notaba. El mismo lo certificó de algún modo. “Durante años asistí como editor y luego como autoridad de la Cámara Argentina del Libro a las aperturas de nuestra querida Feria del Libro. Hoy me toca intervenir como funcionario...”, dijo. Y dio un discurso de funcionario después de saludar a todos y dedicarle un “querido amigo” a Canevaro, que le había dejado la mesa servida.  

Entonces nació otra batalla. La de los datos. Hamawi empezó contando que en 2002, nuestra industria editorial produjo 33.700.000 ejemplares reunidos en 9.500 títulos. Y saltó a 2010, llegando a 26.400, que representan casi 76 millones de ejemplares editados. Dio otro dato positivo, y habló de “la riesgosa apuesta de más de 500 pequeñas editoriales que hacen de la Argentina uno de los países con mayor bibliodiversidad del mundo”. Pero mostró la contra cara advirtiendo que “el 60 por ciento de la producción está en manos de tan solo 22 editoriales”.

Y no era nada con lo que vendría después. Habló Hamawi de la creación del Consejo Nacional de Lectura. Anunció que este año estarán los resultados de la Encuesta Nacional de Hábitos de Lectura, que proporcionará datos cuantitativos y cualitativos sobre cómo se lee hoy en el país y sobre cómo estimular nuevos lectores y anunció que la región del Noreste sería la primera en recibir un conjunto de libros para todos los niños nacidos en los hospitales públicos. La novedad que siguió, fue tal vez la más atractiva: una Plataforma del Libro Universitario Argentino para conectar en red toda la producción editorial de las universidades.
Cuando terminó con los anuncios, Hamawi le contestó a Canevaro diciendo que en la Argentina el libro no paga IVA y de alguna manera también le contestó Vargas Llosa sin nombrarlo, cuando dijo que el “gobierno es respetuoso de los disensos y no esconde los conflictos”. Entonces sí, saludó que la ciudad de Buenos Aires haya sido designada capital mundial del libro por la UNESCO.

El aire seguía pesado cuando subió el Ministro de Cultura porteño, Hernán Lombardi, que aprovechó el envión para exaltar la designación de la UNESCO. Entre los motivos por los que Buenos Aires fue elegida este 2011 como Capital Mundial del Libro mencionó el bicentenario del nacimiento de Domingo Faustino Sarmiento, el bicentenario del fallecimiento de Mariano Moreno y los 100 años del natalicio de Ernesto Sabato. Y entonces sí trajo una definición política cuando arriesgó que “Buenos Aires es una ciudad de cultura y libertad, de pluralismo y diversidad que hace un orgulloso homenaje a David Viñas y hace un orgulloso homenaje a Mario Vargas Llosa”. Viñas y Vargas Llosa, dos extremos en esta, que a la postre, sería la única mención del nombre del Premio Nobel que nos visita en esta Feria. Ya subido al fuego cruzado siguió con una cita que traería respuestas y aplausos de la barra bullanguera que acompañaba a Lombardi en la Feria. 


“Una ciudad abierta al mundo de los libros es una ciudad abierta a las libertades, ya que el libro es una manifestación de libertad, de un encuentro de libertades: la del escritor que expresa su pensar  y la del lector de construir su propia libertad a partir de lo que lee. Falta grave y merecedora de la mayor condena social y política, será toda intromisión que impida que estos encuentros se produzcan. Tarea absurda, vana, peligrosa, constituye tomar de antemano las opiniones propias como absolutos en detrimento de las de los otros…”, disparó y volvió a despertar aplausos de un auditorio dividido ya en dos bandos.


El ministro de Educación Alberto Sileoni tuvo a cargo el cierre, y estuvo en sintonía con sus antecesores. Disparó munición gruesa. Rápido le respondió a Lombardi, que ya no podría defenderse, “nosotros luchamos por la libertad, pero no cualquier libertad. Nosotros luchamos por la libertad que protege a los más débiles frente a los poderosos”, dijo. Y siguió con los datos, marcando diferencias de gestión. Dijo que el ministerio llevaba comprados 45 millones de libros para las escuelas. Y subido al mote de las cifras abundó en datos como en un acto de campaña: Ley de medios, Matrimonio igualitario, Plan de vivienda, Asignación universal por hijo, Plan nacer y otros etcétera.

A esta altura se notaba que solo el duelo de barras y de las citas de las que se valieron los oradores mostrarían cierta paridad. Lombardi mencionó a Tomás Eloy Martínez, a John Stuart Mill, a Mariano Moreno y a Federico García Lorca. Todos celebraron los nombres de los homenajeados, pero el homenaje que quedó chiquito frente a la gigantez de Viñas y María Elena Walsh y frente a la temperatura de los discursos. A Viñas le hubiera gustado semejante debate y, tal vez, hasta el homenaje, aunque fuera en la sala Jorge Luis Borges. Preguntas sin respuesta, claro, que se suman a otras que bien podrían ser: ¿Cuándo vuelven los escritores a la apertura de la feria?

miércoles, 20 de abril de 2011

Una de libros de verdad

Como todos los años, la revista Ñ dedica su número especial del mes de abril a la Feria del Libro de Buenos Aires. En la ocasión, entre varias notas dedicadas al libro y a sus alrededores, hay una de la crítica argentina Beatriz Sarlo (foto) que se destaca de las demás. La reproducimos con mucho gusto a continuación.

Sobre libros y librerías

En la Vuelta de Martín Fierro , hay un talismán: “No se ha de llover el rancho/ en donde este libro esté”. Los versos se escribieron en 1879. Desde entonces y durante casi cien años, a los libros se les atribuyó siempre esa potencia incalculable. La predicción de Hernández debe extenderse generosamente a los libros estibados en las casas de las ciudades.

La última dictadura militar ordenó quemar, en un baldío porteño, una cantidad insólita de libros del Centro Editor de América Latina. La foto, tomada por Ricardo Figueiras, muestra a policías con soplete, en una remake barrial de Fahrenheit. Los libros empaquetados eran difíciles de quemar. Compactos y húmedos, oponían una resistencia fácilmente abierta al símbolo.

En esa misma época, encontré en Parque Lezama un lote de libros que reconocí de inmediato por los subrayados un poco locos que cubrían la página: habían pertenecido a David Viñas. También en esos años, un camión militar vació de libros la oficina, sobre la calle Tucumán a la altura de Uruguay, de una revista cuyo nombre era precisamente Los Libros, fundada por Héctor Schmucler en 1968. Por casualidad yo no estaba en esa oficina, a la que iba todos los días. Me cuidó Manuel Gestal, un librero de Galerna que esperó mi llegada para contarme lo que había pasado. A diferencia de lo que había predicho José Hernández, el libro no impedía que se llovieran los ranchos; más bien, todo lo contrario. Cuantos más libros, más se llovían.

En Berlín o en París, el transporte público parece una sala de lectura; en los subterráneos de Buenos Aires hoy casi nadie viaja leyendo libros. Se leen mensajes de texto y diarios gratuitos. Los expertos en comunicación y cultura nos informan, con puntualidad benevolente, que hoy se lee de muchas maneras, en los diversos tipos de pantalla.

Pero en los vagones porteños debo de haber visto no más que un par de ipads.

Cuando sube al subterráneo el muchacho con su librito de poemas fotocopiado y abrochado, nadie le presta atención. Lo reparte entre los pasajeros. La mayoría ni lo hojea, como si le acabaran de entregar un paquete de obleas que debe devolver sin uso.

Convengamos que resistirse a hojear ese librito no es una ofensa dirigida solo a quien lo reparte. La mayoría tampoco hojea Hecho en Buenos Aires, cuando algún vendedor hace su trabajo. Me quedo pensando cómo es posible no sucumbir a la que para muchos fue siempre una tentación fatal: hojear el libro que se tuviera a mano.

No sucede esto, por cierto, con quienes van a leer a las librerías que, siguiendo la estrategia de ventas inaugurada en Estados Unidos, disponen de salones de lectura entre los estantes. Allí se amontona la reserva genética de los últimos lectores de libros y también allí ha perecido el gen de los ladrones de libros, una especie que la seguridad magnetizada ha condenado a la extinción o a los desafíos excepcionales. Hace treinta años, algunos intelectuales eran expertos en este arte; los libreros del centro de Buenos Aires los conocían porque, cuando venía la buena, también eran excelentes clientes.

Memorable es el caso de quien había inventado una bolsa de tela, que llevaba colgada del cuello debajo de un elegante impermeable a lo Bogart. Allí fueron a parar, de uno en uno, todos los tomos de la obra completa de Herder. Una verdadera maravilla del arrojo y el método.

Por Corrientes, por Florida, hay libros tirados en la vereda, junto a los collarcitos y los cinturones “artesanales”. Imposible dejar de mirarlos con la ilusión de que allí se encontrará algo verdaderamente valioso que se nos pasó por alto o, mejor aún, ese incunable de la actualidad: el libro publicado el año anterior sin éxito. Esa es la pieza verdaderamente difícil.

Hace treinta años, las grandes librerías de Buenos Aires, y muchas de las pequeñas, todas dirigidas por sus dueños que ignoraban la idea misma de la “cadena”, tenían paredes y sótanos con ediciones de los últimos años. Era legendario el stock acumulado por Carlos Damián Hernández, dueño de la librería que, transformada, hoy sigue llevando su apellido. Lo custodiaba Yolanda, una mujer hirsuta y conocedora.

Hoy los libros son sometidos a una rotación vertiginosa: servicio de novedades, exposición de dos o tres semanas, obsolescencia y, después de un año, librería de saldos. Las editoriales rematan los libros que meses atrás pensaron que podían ser un batacazo. Juegan a que un solo título las salve de veinte o treinta libros que después no quieren ni ver.

Los libreros exponen lo que reciben; agobiados, a veces ni abren los paquetes. Se les corta la cabeza a los libros del primer trimestre en el segundo.

Dos libreros jóvenes de la ciudad de Santa Fe (la librería es Palabras Andantes y queda en la zona saeriana de la ciudad), me dijeron para presentarse: “Tenemos una librería de verdad, sin best-séllers”. No quise creerles y viajé para comprobarlo. Era cierto.

En Santa Fe habían levantado una línea de frontera y sostenían un desafiante “No pasarán”. Fue también una sorpresa, hace dos años, encontrar en el pasaje Russell de Palermo, una librería de viejo que, en vidriera, tenía la primera edición de Lolita , la de la editorial Sur. Y adentro exactamente lo que yo estaba buscando: unos libros de la colección “La pajarita de papel”.

Pero, salvo algunas pocas librerías refinadas, las de Buenos Aires se parecen todas. La queja es, sin embargo, de privilegiados. Hay ciudades argentinas donde ya no queda ni una librería. Se ha destruido una escena que dio grandes textos.

El primero de Roberto Arlt lo presenta como empleado de una librería, un adolescente alucinado por los libros de ocultismo. El catálogo de los libros que Borges legó a la Biblioteca Nacional, publicado hace muy poco, permite comprobar el circuito de las librerías borgeanas: Mitchell’s, Mackern’s, donde podían encontrarse libros ingleses, las cuatro librerías alemanas. Yo misma recuerdo Leonardo, la librería italiana sobre la bajada de la calle Córdoba: su sótano estaba repleto de tesoros. Y Galatea, sobre Viamonte entre Florida y San Martín, donde no era preciso tener una tarjeta de crédito internacional para comprar todos los libros franceses que hoy flotan en Internet.

O ni siquiera comprarlos, leerlos allí y espiar el desfile de celebridades intelectuales, como hoy sucede en Eterna Cadencia o La Boutique del Libro, donde los escritores se materializan tomando café frente a su público.

La “zona libro” se trasladó de Corrientes a Palermo, con un puente apoyado en ambos extremos del mapa: Prometeo.

Estos cambios quizá contribuyan a explicar el auge de nuestra Feria del Libro (más popular, pero mucho más popular, que otras ferias en otras ciudades donde se venden más libros). Se la visita una vez por año, como quien se hace un indispensable chequeo médico.