miércoles, 14 de septiembre de 2011

Otro triunfo del marketing: en un derroche de creatividad, estos tipos te ofrecen una biblioteca virtual a cambio de una tarifa anual


I-Eco, de Clarín, publicó sin firma la siguiente noticia, en su edición del lunes 12 de septiembre pasado.


Amazon quiere alquilar libros

La empresa de ventas por Internet Amazon está en negociaciones con editoriales para lanzar un servicio de alquiler de libros digitales a cambio de una tarifa anual. De acuerdo con la información publicada hoy por el diario The Wall Street Journal, sería un servicio equivalente al streaming de películas que Netflix vende por una tarifa plana mensual.

Según el diario, las editoriales no están tan convencidas de que la medida constituya un avance: "Creen que podría bajar el valor de los libros y dañar sus relaciones con otras librerías".

Las intenciones de Amazon son armar una biblioteca digital con los libros más viejos para ser leídos en lectores de libros digitales o tabletas. El contenido estaría disponible para los clientes Amazon Prime, que hoy pagan U$S 79 por año para recibir antes los libros que compran y sin pagar por el correo. Según el diario, Amazon pagaría una comisión a las editoriales que quieran participar en el programa.

martes, 13 de septiembre de 2011

Richard Gwyn, un escritor galés que traduce argentinos y lo cuenta en el Club de Traductores Literarios de Buenos Aires

Ayer, 12 de septiembre, Richard Gwyn pasó por el Club de Traductores Literarios de Buenos Aires y habló de su experiencia como traductor de literatura en lengua castellana en Gran Bretaña, de su interés por las traducciones en general y de las curiosas circunstancias que le tocaron vivir como autor traducido. Finalmente, leyó sus poemas en versión original y el Administrador de este blog leyó sus propias traducciones de los poemas de Gwyn.

Quien desee ver cómo transcurrió la velada puede hacerlo yendo a http://www.ustream.tv/recorded/17236614


Richard Gwyn (Gales, 1956) es autor de cinco libros de poemas –One Night in Icarus Street, Stone dog, flower red/Gos de pedra flor vermella (ambos de 1995), Walking on Bones (2000), Being in Water (2001) y Sad Giraffe Café (2010)–, de dos novelas –The Colour of a Dog Running Away (2005) y Deep Hanging Out (2007)– y de una gran antología de poesía galesa –The Pterodactyl’s Wing: Welsh World Poetry (2003). Acaba de publicar The Vagabond’s Breakfast, suerte de autobiografía.

Fotos: Silvia Camerotto

lunes, 12 de septiembre de 2011

Dos momentos de una misma mesa redonda

Como es posible que muchos lectores de este blog sepan, hace dos días empezó una nueva edición del FILBA (Festival Internacional de Literatura de Buenos Aires), para el cual, además de muchos escritores argentinos y latinoamericanos –el país invitado de este año es Brasil– ha venido un gran número de autores de todas las latitudes. Entre otros, Kjell Askildsen, Dag Solstad, Nicole Brossard, Richard Gwyn, Erling Jepsen, Ermanno Cavazzoni y J.M. Coetzee.

Antes de ayer, 10 de septiembre, tuvo lugar una mesa que, con el título "Vivir en otro idioma" y moderación de Patricio Zunini (en la foto, sentado en el extremo izquierdo), convocó al holandés Cees Nooteboom, a la japonesa Minae Mizumura y al argentino Martín Caparrós, autores que, a lo largo de sus respectivas carreras, también tradujeron libros ajenos. Y, como era inevitable que sucediera, se llegó a la traducción y a los problemas que ésta les trae tanto a los que traducen como a los traducidos. Hubo entonces dos momentos particularmente divertidos.

El primero tuvo lugar cuando Cees Nooteboom (foto) habló de su novela En las montañas de Holanda. Según su propio relato, el texto trata de una Holanda imaginaria, con dos zonas bien diferenciadas:el Norte y el Sur. El Norte es plano, austero, burocrático, y tiende, según quien narra –un ingeniero de caminos español, llamado Alfonso Tiburón de Mendoza– al absolutismo. El Sur, por el contrario, es montañoso y agreste, corrupto e impredecible. Justamente, para establecer bien esos límites, Nooteboom contó que se había servido de palabras holandesas medievales, las cuales le permitían trazar una línea de frontera bien neta.

El traductor al castellano en la ocasión fue el catalán Felip Lorda (1918-1992), político y crítico literario, en quien Nooteboom depositó toda su confianza y para quien, durante la velada, tuvo palabras muy elogiosas. Sin embargo, contó que cuando la traducción estuvo lista y entregada al editor, quien, a su vez, se ocupó de dejar preparadas las galeras del texto para la impresión, Lorda lo llamó para avisarle. Y Nooteboom le preguntó: "¿Qué hiciste con las palabras en holandés medieval?". A lo que Lorda respondió: "¿Qué holandés medieval?". El público, entonces, estalló en carcajadas.

El siguiente momento que despertó la hilaridad de todos tuvo lugar cuando una traductora presente en la sala le contó a Minae Mizumura (foto) –y en consecuencia a todos los presentes– que estaba traduciendo a una autora japonesa al hebreo, lanzándose a un discurso que giró alrededor de las muchísimas dificultades de su empresa. Estaba en eso y comentando lo intrincado del estilo de la autora en cuestión, cuando Nooteboom, sinceramente curioso, preguntó quién era esa escritora. La traductora respondió y Nooteboom le preguntó a Mizumura si la conocía, ante lo cual, de la manera más ingenua y sin la menor sospecha de mala voluntad, la autora dijo: "Sí, claro que la conozco. Escribe en un estilo muy fácil y transparente".

domingo, 11 de septiembre de 2011

Marinetti, tano ladrón

El 6 de febrero de 2002, o sea, hace casi un siglo, Marietta Gargatagli publicó en El Trujamán el siguiente artículo sobre el nacimiento del futurismo. Aquí se lee cómo el italiano Filippo Tommaso Marinetti plagió al mallorquín Gabriel Alomar, algo que es posible descubrir gracias a las traducciones. La conclusión es obvia: no se puede confiar en nadie.


La traducción de un manifiesto

El arte literario de las vanguardias fundó un nuevo cosmopolitismo y circuló por el mundo en forma de proclamas, poemas y prosas breves que eran velozmente traducidos ya que ésta era la condición esencial de su existencia. Esas versiones tenían como soporte revistas y periódicos que reflejaban las reglas artísticas de lo moderno: fragmentariedad, fugacidad, reproducción compulsiva de novedades, triunfo de la originalidad frente al origen.

Un ejemplo de esta multiplicada y rápida difusión fue el «manifiesto futurista» publicado por Filippo Tommaso Marinetti el 20 de febrero de 1909. En abril apareció el comentario y la traducción de Rubén Darío, en La Nación de Buenos Aires, y, casi al mismo tiempo, la versión de Ramón Gómez de la Serna en Prometeo de Madrid. En agosto se publicó en México la traducción de Amado Nervo, y en noviembre, la de Rómulo Durón en Tegucigalpa, Honduras. En 1914, Vicente Huidobro retocó la versión de Darío y desarrolló lo que el fundador del modernismo había dejado entre líneas: el plagio de Marinetti del artículo del mallorquín Gabriel Alomar, auténtico fundador del futurismo en 1905.

La existencia de cinco traducciones casi simultáneas revela la ávida urgencia que presidió la construcción de las vanguardias; también muestra el abandono (por algunos años) del aburrido debate entre fidelidad y libertad creadora. Una prueba: la aparición en todas las versiones de la palabra manifiesto, un verdadero icono de la modernidad, que no figuraba en el texto de Marinetti, llamado simplemente Le futurisme.


sábado, 10 de septiembre de 2011

Para no ser menos, Les Luthiers también en el Club de Traductores Literarios de Buenos Aires


El día iba a llegar y llegó. A continuación, un link con un ejercicio de traducción a cargo del grupo argentino Les Luthiers (¿realmente hace falta presentarlos?). El sketch se llama "Lo importante que es saber idiomas".

http://www.youtube.com/watch?v=tlzNGCBp1TE&feature=related

viernes, 9 de septiembre de 2011

Fingimos y compartimos una ficción

Como anticipo de la presentación el próximo lunes del escritor y traductor galés Richard Gwyn (foto: Andrew Jeffrey) en el Club de Traductores Literarios de Buenos Aires, uno de sus últimos posteos  –aquí traducido por Julia Benseñor– en su muy recomendable blog (http://richardgwyn.wordpress.com/2011/09/06/more-thoughts-on-translation/).

Más reflexiones sobre la traducción

Empecé a traducir, de manera bastante amateur, cuando descubrí la poesía del griego Yannis Ritsos a principios de la década de 1980. No sólo mi nivel de griego era inadecuado para la tarea y yo carecía por completo de algún tipo de autodisciplina, sino que debía enfrentarme a las soberbias traducciones de Edmund Keeley. No tardé en sentirme desalentado ante mis pálidos esfuerzos y me desentendí del proyecto. Era más divertido decodificar los menús de los restaurantes griegos escritos en inglés, tal como suele entretenerse casi todo aquel que viaja a Grecia. Entre los deleites culinarios con los que me topé, vistos u oídos, puedo mencionar: Giant Beams, The Baked Thing, Greek with cheese, Bowel stuffed with spleen, Bait smooth hound, Mixed Peasant y Custard of the Aunt.

Todos estos platos han sufrido la indignidad de una traducción exageradamente literal hecha por un escriba con escaso entendimiento de la lengua meta (inglés) y, más allá de la alta dosis de diversión que se obtiene, nunca se puede estar seguro sobre qué iremos a comer, a menos que, por supuesto, uno sepa griego.

Años después comencé a traducir la novela  Les Grands Chemins de Jean Giono (que, hasta donde sé, todavía no se publicó en inglés), pero suspendí el proyecto por mi frágil dominio de la gramática francesa y por el cúmulo de jerga y argot que encontraba a cada paso. Como sucedía con la mayoría de mis emprendimientos en ese período de mi vida, éste también me demostró que tenía un dominio muy poco realista de mis propias capacidades.

Sin embargo, si hay algo que me define es la perseverancia: tras haberlo intentado con el griego y el francés y luego de haber salido tan poco airoso, pensé —cual reincidente serial— que debía probar suerte con el español. Cuando adquirí el conocimiento suficiente de la lengua para leer poesía sin tener que remitirme constantemente al diccionario, empecé a traducir (o acaso debería decir “asesinar”) a Antonio Machado. Mala elección, no sólo porque Machado había representado un verdadero desafío para  traductores mucho mejores que yo, sino porque su lengua está profundamente engarzada en el pensamiento y paisaje del español, y yo, a esa altura, no lo reconocía ni lo entendía verdaderamente y sólo pensé que yo no era bueno para traducir poesía. Pero Machado es menos traducible que la mayoría y tal vez ésa es la razón por la que Don Paterson eligió versiones o interpretaciones mucho más libres en su antología titulada The Eyes.

Pero con otro poeta español, Jaime Gil de Biedma, sentí que mis traducciones “comenzaban a funcionar”; más aún, sentía una afinidad con este escritor que iba más allá del acto de traducción. Existían traducciones al inglés de sus poemas, pero no me parecían buenas y quería algo mejor, hacer justicia a su obra de una manera en que su traductor estadounidense no lo había hecho: tal es la arrogancia de los principiantes. Así fue como traduje algunos poemas, los envié a una revista y fueron aceptados.

Tiempo después, el editor de la misma revista me pidió que trabajara a partir de versiones escolares o muy esquemáticas de poemas lituanos y eslovacos y los transformara en poemas en inglés. Acepté hacerlo, pero me parecía un asunto un tanto riesgoso y que no tenía mucho que ver tanto con la tarea de traducir sino con jugar a los dardos con las luces apagadas.  No disfruté mucho de la experiencia, pero desde entonces he participado en talleres con poetas que escriben en un idioma que yo no hablo; si su inglés es relativamente bueno es posible cincelar un buen poema a partir de una versión que actúa de intermediaria. Esto es lo que la organización Literature across Frontiers logra con tan buenos efectos: usan un idioma “puente”, de modo que los poetas que hablan distintas lenguas pero comparten un tercer idioma (inglés, alemán, español) puedan combinar fuerzas con un hablante nativo de la lengua puente para hacer nuevas versiones de sus obras. Suena complicado, pero puede ser un proceso muy gratificante (tanto como agotador), y cabe decir que mucho depende de los individuos que se convoque para estas ocasiones y si logran o no ensamblarse y conformar un equipo.

Lo que estoy tratando de decir es que, como muchos otros que no lo admitirían públicamente, pienso que soy un impostor, un imitador, durante muchas horas de la jornada laboral, y por esta razón, la palabra “traductor” me parece un oficio muy apropiado. ¿Por qué? ¿Acaso existe alguna asociación con la figura de un estafador, contrabandista, farsante? Creo —y espero no estar solo al pensar así— que hay algo intrínsecamente fraudulento en todo acto de traducción. Estamos tratando de fingir que algo es lo que no es. De modo que el truco es que suene como si no fuera aquello que no es; de lo contrario, uno termina escribiendo en “traductoril”, ese idioma con el que estamos muy familiarizados a partir de leer los menús griegos en inglés y los kits para armar muebles de jardín.

La idea al traducir al inglés es hacer que las palabras suenen como si se hubieran compuesto originalmente en inglés, lo que, para empezar, no es verdad. Entonces fingimos y compartimos esa ficción. Si la traducción resulta buena, entonces nos olvidamos que estábamos fingiendo. Así de simple.

Pero es más profundo incluso: el traductor llega a sentir una intensa satisfacción —parecido a cuando uno infringe una norma o resuelve un rompecabezas— cuando una frase correcta encastra en el lugar, lo que convierte a la traducción, cuando todo marcha sobre ruedas, en un oficio tan gratificante. En el interesante ensayo “Prajapati” (en Adultery and Other Diversions), Tim Parks describe los placeres y tormentos de traducir Ka de Roberto Calasso en un día caluroso. En un momento, cuando se saca las sandalias para sentir el fresco de los mosaicos del piso, se interna en los meandros meditativos a los que suele incitar el acto de la escritura:

“Me doy cuenta de que me fascinan los modelos de la mente. La conciencia y las representaciones de la conciencia. Las de Prajpati, Mahidasa Aitareya, Calasso son todas mentes inmensamente diferentes entre sí y diferentes de mi propia mente. Nunca me convenció Leopold Bloom. Y tengo la sensación de que la traducción tiene algo que ver con esto, con ese permanente afán de entender la diferencia, de superarla durante al menos unos pocos momentos, aunque sea en la superficie resbaladiza de un texto para apropiármelo, pero también para expandirlo, para estar ahí en el ensayo de Calasso: entender a Calasso, entender a Mahidasa Aitareya, entender el Rig Veda, entender el Prajpati. ¿A todos les molestaban las moscas tanto como a mí?”

Norman di Giovanni, en su ensayo “A Translator’s Guide” cita las siguientes palabras de Borges: “El traductor es un lector muy íntimo; no hay mucha diferencia entre traducir y leer”. Dio Giovanni piensa que este pensamiento simple y claro está en franca oposición a mucho de lo que se dice y se teoriza sobre la traducción, lo que sucede, según él, en un “plano abrumadoramente enrarecido”.”

El consejo más útil que leí sobre el arte de la traducción siempre provino de una frase simple, como ésta de Borges de que el traductor es un lector íntimo: entender el texto fuente (decodificarlo) y trasladarlo a otra lengua de la manera más estrecha posible (codificarlo). Trabajar a partir de los principios más simples y con el mínimo de autoengaño es el tipo de regla que hasta a la persona más inveteradamente dubitativa le puede resultar fácil seguir.

Incluso hay más; hay un tinte de excitación, casi una sensación de vértigo, relacionado íntimamente con el regocijo que se siente cuando la propia escritura marcha bien (después de todo, es prácticamente lo mismo) que hace que la traducción sea este oficio que tanto vale la pena. Según Tim Parks, este confrontar con el significado constituye una suerte de intercambio constante entre lo inexpresado y lo específico, entre lo indefinido y lo definido:

“La traducción también es esto: abandonar la definición, la definición obvia del original, atravesar un estado de indefinición, tal vez más original aún, en el sentido del Prajpati, donde las ideas se encuentran configuradas de alguna manera sin palabras, o casi, en mi mente (ojalá pudiera afirmar que esas ideas realmente se encuentran sin palabras), para luego reaparecer, recomponiéndose gradualmente desde lo borroso a la claridad, o casi, en mi propio lenguaje”.

Es mucho lo que encierra ese “o casi”. Si volvemos a Borges y a la simplicidad, si retomamos la idea de una aproximación... tal vez ésa sea la esencia de toda traducción: ser la expresión del casi.

jueves, 8 de septiembre de 2011

Estamos acostumbrados a ver películas subtituladas en un idioma que no es el nuestro

Tercer artículo de los incluidos en el número especial de Ñ, del sábado 3 de septiembre pasado. En la oportunidad, Miguel Wald habla sobre doblaje y subtitulado.


Maletas en la cajuela

El ser humano es, sabemos, un animal de costumbres. Algunas de esas costumbres se adquieren por voluntad propia y otras se imponen desde el exterior, por diversas razones. Lo extraño es cuando esas razones son ajenas a la persona, pero esta, de todos modos, las acepta mansamente. Algunas de esas costumbres, tanto las propias como las impuestas, tienen que ver con la lengua que hablamos y escribimos, la lengua en que nos comunicamos. De hecho, casi podríamos decir que el idioma mismo no es más que una costumbre: nos acostumbramos a que esto se llame revista, aquello se llame libro y lo de más allá se llame de algún otro modo. Y así vamos construyendo un sistema (al que llamamos “idioma”) por el que nos comunicamos, nos expresamos y nos reconocemos.

La traducción audiovisual también está sometida al rigor de la costumbre, en cualquiera de sus dos grandes tradiciones: la del doblaje y la del subtitulado. Hay países en los que la gente prefiere mayoritariamente ver películas dobladas (como España) y otros (como el nuestro) en los que se prefiere ver películas subtituladas. Ambas formas tienen desventajas: el doblaje nos priva de la voz del actor y sus matices; el subtitulado, por su parte, no solo nos impide ver parte de la pantalla, sino que además nos obliga a concentrarnos ¡todo el tiempo! en la parte inferior del cuadro, con el riesgo de perdernos parte de lo que sucede en la película. Y sin embargo, lo preferimos. ¿Por qué? Por costumbre: estamos acostumbrados al subtitulado.

Pero lo más curioso, lo más extraño, es que los argentinos estamos acostumbrados a ver películas subtituladas en un idioma que no es el nuestro. Sí, es castellano, pero no nuestro castellano, no nuestro idioma. Es una lengua plagada de palabras, tiempos y formas que nadie usa en este país. ¿O acaso algún argentino pone maletas en la cajuela, fresas en el refrigerador o chaquetas en el ático? Y sin embargo, esas palabras son frecuentes en los subtitulados y a nadie le resultan extrañas. Es obvio que podemos entender a qué se refieren, pero también es evidente que no es así como hablamos, y que cuando leemos “cajuela” pensamos en un baúl, cuando leemos “fresas” pensamos en frutillas, etc. Pero, entonces, ¿por qué los traductores no traducen directamente a nuestro idioma real? ¿Qué razones hay para hacer una especie de subtraducción (que el espectador terminará mentalmente) y poner “maleta” en vez de “valija”, “cajuela” en vez de “baúl”, “refrigerador” en vez de “heladera”… y centenares de ejemplos más? Está claro que no es para comunicarnos mejor. ¿Para qué, entonces? Pues el motivo no es otro que aquel del que hablaba hace cuatrocientos años Francisco de Quevedo: el dinero, ese poderoso caballero. Esa es la única razón por la que se traduce a algo que se suele denominar “español neutro” o “internacional”, aunque nadie sepa bien qué es. Se traduce a ese español para ahorrar costos, porque ningún distribuidor (que paga por el derecho de exhibir una película en este país) está dispuesto a gastar miles de dólares en películas subtituladas en el castellano de la Argentina, que solo servirán aquí, si puede hacer traducciones que podrá usar aquí, en Chile, en Paraguay y otros países hispanohablantes. Pero para que los hablantes de esos países “acepten” el subtitulado, tendrá que ser un idioma que no sea notoriamente local. Es decir, aunque los personajes hablen en un idioma sumamente coloquial e informal, en la traducción para subtitulado no se podrá poner, por ejemplo, que la gorra agarró al chorro y lo metió en cana, porque resultará desconcertante en otros países. Y entonces, ¿qué palabras se elegirán? Pues aquellas que resulten más fácilmente comprensibles en más países. No más expresivas o sencillas, sino solo más comprensibles. Y los espectadores lo aceptarán. De hecho, lo aceptan y se acostumbran, al punto de convencerse de que esa es la mejor traducción.

Veamos algunos ejemplos. Hace un cuarto de siglo, cuando las primeras películas de Peter Greenaway llegaron a la Argentina, sus distribuidores decidieron hacer traducciones locales, en las que los personajes hablaran de “vos” y los insultos no fueran los neutros e insulsos “imbécil”, “maldito” y demás, sino los que realmente usamos aquí: “boludo”, “pelotudo”, etc. Así se vieron en las salas argentinas películas como El cocinero, el ladrón, su mujer y su amante y El vientre del arquitecto. Sin embargo, poco después, cuando los mismos distribuidores trajeron al país otra película de Greenaway, que aquí se llamó Conspiración de mujeres, le pidieron al traductor que hiciera una traducción neutra, “hablada de tú”, porque, según decían ahora, los espectadores argentinos sentían extraña una traducción a su propia lengua, a su propia forma de hablar. ¿Por qué? Por costumbre. Estaban (y están) acostumbrados a que los personajes se tutearan. El argumento era por lo menos curioso: en inglés la gente no habla de “vos”. Eso es obvio, claro, pero lo que ese argumento no advierte es que en inglés tampoco se habla de “tú”, sino que simplemente se habla en otro idioma, que no incluye el tú ni el vos, sino pronombres, conjugaciones y palabras propias de ese idioma, y que lo que se hace al traducir es llevar eso a las formas propias del idioma al que se traduce. Y esas formas, en el castellano de la Argentina, incluyen el vos. Pero, como decíamos, el espectador se ha acostumbrado a que no sea así, a que estén habladas “de tú”… y su propia lengua le resulta extraña.

Con el doblaje pasa algo similar. Las únicas películas que los espectadores argentinos “aceptan” dobladas en el cine son las infantiles. Las películas para niños no se subtitulan porque los pibes (si se me permite el exabrupto) no pueden leer a la velocidad suficiente como para seguir el texto. Tradicionalmente, como sabemos, los doblajes de películas infantiles se hicieron siempre con el “tú” que tan ajeno nos resulta, pero hace unos años empezaron a hacerse experiencias con doblajes realizados aquí (con Los increíbles, por ejemplo) y voces evidentemente rioplatenses, por la creciente importancia del cono sur en la cantidad de público. La reacción de los espectadores argentinos fue notable: los más pequeños recibieron bien la novedad, pero los más grandes (es decir, los adolescentes y los jóvenes) se quejaron. Les molestaba que los personajes hablaran “en argentino”. ¿Por qué? Pues sencillamente porque estaban (y están) acostumbrados al lenguaje neutro. Estaban, y están, podríamos decir, adoctrinados.

Como vemos, los espectadores de cine argentinos nos hemos acostumbrado a leer en una lengua que no es la nuestra por motivos exclusivamente económicos, monetarios, y de ninguna manera culturales. Pero ¿no se supone que una lengua es la forma de expresión de una cultura? ¿No se nos está negando así, de algún modo, la posibilidad de comunicarnos en nuestra propia lengua real? ¿No se nos está despojando, en cierto sentido, de nuestra propia cultura? Y lo peor es que, una vez más, es por dinero, o, para ponerlo en términos históricos, una vez más nos venden espejitos de colores y lo aceptamos alegremente. Si la pregunta es, entonces, “¿de quién es el idioma?”, es obvio que, al menos en el cine, no es nuestro, sino de ellos, los que lo pagan y disponen qué debemos leer y cómo debemos leerlo, aunque sea extraño a nuestra propia cultura, a nuestra propia lengua, a nosotros mismos.