jueves, 15 de octubre de 2015

Un premio de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara para las literaturas indígenas de América

Juan Carlos G. Partida, corresponsal del diario La Jornada en Jalisco, el 30 de septiembre pasado dio a conocer en ese periódico que Josías López Gómez ganó el Premio de Literaturas Indíginas de América.  

Josías López, premio en letras indígenas

El autor chiapaneco Josías López Gómez fue el ganador del Premio de Literaturas Indígenas de América (PLIA) convocado por la Universidad de Guadalajara (UdeG) para reconocer la trayectoria de escritores en lenguas indígenas en América.

El cuentista, novelista y traductor de lenguas indígenas recibirá el premio el 3 de diciembre en la Feria Internacional del Libro (FIL) de Guadalajara y como parte del Encuentro Internacional de Escritores en Lenguas Indígenas Artes en las voces de las culturas vivas.

El galardón dedica la convocatoria de esta edición a la escritura de cuento, después de haber reconocido en 2013 la trayectoria literaria del escritor zapoteco Javier Castellanos Martínez y en 2014 al también zapoteco y poeta Esteban Ríos Cruz.

Por enriquecer la cultura del país
El rector de la UdeG, Itzcóatl Tonatiuh Bravo Padilla, quien encabezó el acto en el cual se dio a conocer el nombre del ganador, dijo que la intención de esa casa de estudios es enriquecer la vida cultural y académica del país.

Al respecto, afirmó que la UdeG tiene un enfoque muy diversificado en apoyo a las comunidades indígenas, como el campus ubicado en el norte del estado, donde gran parte de la población es wixaritari (huichola) y tiene, además de licenciaturas, varias preparatorias y módulos regionales en esa zona.

Dijo que también se cuenta con el departamento de estudios en lenguas indígenas y la unidad de apoyo a las comunidades indígenas que atiende necesidades educativas y de promoción de proyectos de investigación y vinculación de la población indígena de Jalisco.

También participó el rector del campus norte de la UdeG, Gerardo Alberto Mejía Pérez, quien dijo que hubo postulaciones en más de ocho lenguas indígenas.

El presidente de la comisión interinstitucional del premio, Gabriel Pacheco Salvador, resaltó la calidad narrativa del autor premiado, quien en 2012 publicó en tzeltal la novela Mujer de la montaña, que él mismo tradujo al español.

Josías López, sin embargo, ha hecho del cuento, con historias y estampas de la vida cotidiana de los indígenas del sureste mexicano, su forma predilecta y más acabada de literatura.


martes, 13 de octubre de 2015

"Algunos nombres, de personas y obras"

El 3 de octubre pasado, Edgardo Castro publicó el siguiente artículo en la revista Ñ. En él se habla de la suerte sufrida por los escritos de Michel Foucault en el país, en razón de la publicación de Los usos de Foucault en la Argentina, de Mariana Canavese. 

Muchos Foucault al uso argentino

Foucault es uno de los autores más citados o quizás el más citado en el campo de las ciencias humanas. A más de treinta años de su fallecimiento, casi todos los años aparecen nuevas publicaciones de su autoría, elaboradas a partir de sus cursos, seminarios o conferencias. Y también numerosos trabajos sobre sus ideas e interpretaciones. Pocas veces, sin embargo, estos trabajos merecen ser destacados.

Los usos de Foucault en la Argentina  (Siglo XXI), de Mariana Canavese, constituye sin dudas una verdadera excepción. En efecto, no existía hasta el momento ninguna obra que se ocupara en profundidad de los modos en que el pensador francés efectivamente circuló en el contexto local. Mariana Canavese logra hacerlo con lujo de detalles. Su investigación, siguiendo la pista de los usos o, para retomar un concepto foucaultiano, de las prácticas, se sitúa más allá de los prejuicios interpretativos y de las identificaciones ideológicas. Está escrito con claridad y estilo, y, en cuanto a su extensión, dentro de límites razonables para el lector.

Según Canavese, Foucault no llegó a estas orillas de golpe, sino por oleadas sucesivas que se conjugaron con las circunstancias y las ideas vigentes en cada uno de esos embates. Sus orígenes son muy tempranos. En gran medida, los precursores fueron José Bleger y Emma Kestelboim. Bleger, un psicoanalista de izquierda, expulsado del Partido y miembro de la Asociación Psicoanalítica Argentina, estaba vinculado con el grupo inicial de la editorial Paidós, donde, por su influencia, aparece publicado en 1961 el primer libro de Foucault, Enfermedad mental y personalidad (editado en Francia en 1954). Kestelboim fue la traductora.

Hacia finales de 1960 y bien entrada la década sucesiva, la recepción de Foucault en Argentina estuvo marcada por los aires revolucionarios de la época y las críticas de las que había sido objeto en Francia la publicación de Las palabras y las cosas (aparecido en 1966 y traducido al español en 1968 por Siglo XXI de México). Una historia concebida en términos de discontinuidad estructural poco satisfacía, en efecto, a la generación existencialista de la posguerra. Según una célebre expresión de Sartre, Las palabras y las cosas era la última barrera que la burguesía podía levantar contra Marx. En gran medida, estas palabras dieron el tono a la discusión local. Foucault parecía tener poco que hacer en la Argentina de estos años.

Entre las presencias destacables de la época, es necesario comenzar con el volumen editado por José Sazbón, Análisis de Foucault (1970), publicado en la colección dirigida por Eliseo Verón en la editorial Tiempo Contemporáneo. Se trata de una selección de artículos, mayormente críticos, provenientes de revistas francesas.

En esta época, la influencia de Foucault llegaba también a través de la publicación Tel Quel, en la que se inspiraron las revistas Los libros y Literal. Foucault aparece, de este modo, en un contexto atravesado por el marxismo althusseriano y el psicoanálisis lacaniano. Noé Jitrik, Oscar del Barco, Héctor Schmucler, Oscar Terán, Luis Gusmán, Germán García, Beatriz Sarlo y Carlos Altamirano se interesaron, así, por las ideas del pensador francés. La otra gran vía de acceso fueron las traducciones. El platense Arnaldo Orfila Reynal, que había dirigido el Fondo de Cultura Económica entre 1948 y 1965, funda en México, en marzo de 1966, la editorial Siglo XXI. Foucault se convierte en uno de sus autores emblemáticos.

La arqueología del saber, por ejemplo, aparece publicada apenas un año después de la versión original.

Pocos después, Foucault también comienza a tener un espacio en la prensa de carácter general. De él se ocupan las revistas Criterio (en 1969) y Primera plana, y los diarios La opinión y Clarín en 1971.

Contra los lugares comunes y los juicios apresurados, afirma Canavese, a pesar de la censura, de la quema de libros (un millón de ejemplares en el caso del Centro Editor Latinoamericano) y del cierre de editoriales (la filial argentina de Siglo XXI abandonó el país luego de ser allanada), Foucault no dejó de circular durante los años de la dictadura. Por supuesto, a través de cursos privados y de ámbitos académicos no formales como La Escuelita. Pero hubo también actividades públicas, como una conferencia sobre Vigilar y castigar en la Alianza Francesa, a cargo de Enrique Marí, abogado y filósofo, que se desempeñó como asesor jurídico del Banco Central entre 1951 y 1987. En 1977, el diario La opinión, de Jacobo Timerman, recomendaba el primer tomo de la Historia de la sexualidad como lectura para el verano. Y algunos años más tarde, en 1980, el diario masserista Convicción dedica un extenso artículo al análisis del panóptico. Orientada hacia otro público, la revista Punto de vista, fundada en 1978, fue sin dudas uno de los ámbitos especializados destacados para la circulación de las ideas foucaultianas. Y Hugo Vezzetti, que desde mediados de la década de 1960 se había interesado en los trabajos de Foucault sobre la locura y los había difundido, publica algunos artículos en la Revista Argentina de Psicología, en 1977 y 1980, que confluirán luego en su  La locura en Argentina.

Un capítulo en sí mismo ocupa el análisis de las relaciones entre Foucault y el marxismo o, más precisamente, entre el pensador francés y la crisis del marxismo local que debía orientarse en un momento de transición desde el militarismo de los setenta a la democracia de la década sucesiva, con las experiencias del exilio como puente. Las posiciones oscilaron entre el rechazo y la asimilación, y, a partir de esta tensión, Foucault se convirtió en objeto de controversias, como la que sostuvieron José Sazbón y Oscar Terán. En este contexto se gestó la que puede considerarse como una de las primeras exposiciones generales del pensamiento de Foucault en español: Michel Foucault. El discurso del poder (1983) de Oscar Terán.

Con la primavera democrática la presencia de Foucault se amplía notablemente en la década de 1980. El pensador francés ingresa formalmente en los claustros universitarios. En el curso de ingreso de la UBA, se destaca, en este sentido, la actividad de Tomás Abraham, quien acompañó la docencia universitaria con numerosas publicaciones y su Seminario de los jueves. En la Facultad de ciencias sociales, harán lo propio Susana Murillo y Cristian Ferrer. Pero la presencia de Foucault se amplía también más allá de los temas y espacios acostumbrados. Dora Barrancos, por ejemplo, conjuga sus ideas con la de los movimientos feministas. Los trabajos polémicos tampoco estuvieron ausentes, como el Disparen sobre Foucault , compilado por Horacio Tarcus.

Con el nuevo siglo, estas tendencias se acentúan, fortalecidas por la publicación de los cursos de Foucault en el Collège de France y la incorporación, en el debate local, de la recepción italiana de Foucault, dominada en particular por el tema de la biopolítica. Sobre este período más cercano, según las palabras de Mariana Canavese, un balance resulta por el momento conjetural.

De Los usos de Foucault en la Argentina, hemos querido rescatar sólo algunos nombres, de personas y obras, a través de los cuales Foucault circuló en Argentina. Ellos justifican ampliamente el plural del título. No ha habido un uso, sino usos o, como dice la autora, retomando una expresión japonesa, una belleza de los usos: múltiples, variados, apropiados, transformados, etc. Por ello, quizá pueda decirse, como ella sostiene, que “Foucault es latinoamericano”.


lunes, 12 de octubre de 2015

"Un teatro para el orgullo"

El Administrador de este blog no duda de que Rafael Spregelburd, además de ser un excelente dramaturgo, un gran director teatral y un muy buen actor es, además, un tipo de genio. Por eso, por las posibilidades que brinda su particular percepción de la realidad, se ofrece a continuación un comentario publicado en su columna dominical del diario Perfil (en este caso, la del 2 de octubre pasado), donde se habla de la traducción de una manera un tanto sorprendente que tal vez valga la pena considerar a la hora de sentarse a ofrecer la versión a nuestra lengua de un original en otra.

En el reino de Ubú

El lunes a la noche, endulzado de modernidad por la lectura de la correspondencia entre Le Corbusier y Amancio Williams, donde tironean de los planos para la Casa Curutchet, di en asistir a Ubú patagónico, la obra de Mariana Chaud en el ciclo Invocaciones, en el que algunos autores fundacionales de Occidente son revisitados (invocados) por directores argentinos. Jarry esboza con su Ubú las líneas de esa patafísica que –bien mirada– es el eslabón perdido entre la modernidad y cualquier otro tiempo. Es el espejo deforme, el otro necesario de todo nuestro sentido adquirido. Porque esta patafísica, la ciencia de las soluciones imaginarias, sugiere que todo suceso del mundo es simplemente una excepción. En manos de Mariana Chaud este precepto es dinamita.

Casi todas las representaciones del absurdo (si bien Jarry lo precede por muchos años ya que él mismo también es una excepción y dicen que recorría las calles de París armado de un revólver mientras dilapidaba su herencia) han adquirido la molicie de una forma mansa. El teatro del absurdo fue devorado por la modernidad, donde suele verse con la aclaración tácita y previa: “Esto es absurdo”, que desactiva su escalofrío. Chaud y sus actores, en vez de montar Ubú rey, invocan a Jarry y lo hacen carne. Mucha carne. Carne desenfadada, delirante, de un erotismo por fin despreocupado y sin tormentos. El texto –que zigzaguea hasta desembocar por necesidad patafísica en La cautiva– es inconcebible sin esos cuerpos que vandalizan la vieja querida vanguardia. La ocasión del tema (la corrupción a la que lleva todo apetito de poder) es despreciada por el montaje. ¿A quién le importa reafirmar lo que se verifica desde hace cien años, desde que se estrenó este teatro escandaloso? Hay un desparpajo adolescente, desentendido de las consecuencias, incorrecto por doquier: los actores nos recuerdan que en el juego (al igual que en la infancia) no se representa la realidad sino que se le presenta tenaz oposición.

Es un teatro para el orgullo, producido en el cruce de talentos muy locales. Jarry podrá ser muy francés pero esto que Gobernori, Paredes, Levín, Tur y Ferrante traducen sería imposible en la carne de actores extranjeros. Es difícil explicar el porqué. Son capaces de decir una cosa por lo bajo y hacer otra, desdoblando el texto en lo dicho y lo no dicho al mismo tiempo, sugiriendo que estamos siempre hechos de dobles discursos. Pueden desmomificar a la cautiva de Echeverría con versos infantiles y aindiados y, en fin, hibridar las formas puras (y racionales) para hacerlas impuras (y sensibles). El absurdo en Europa es una forma pura, depurada, un ingrediente más de la cultura. En estas pampas, en cambio, este absurdo –que hacía tiempo no se veía– es tan impuro e insensato como la realidad: es un acto vital, no cultural.

sábado, 10 de octubre de 2015

Para que reflexionen los amigos del CTPCBA

Según un reciente comunicado del Colegio de Traductores Públicos de la Ciudad de Buenos Aires (CTPCBA), su Consejo Directivo “ha tomado conocimiento de que durante el mes de septiembre del corriente año se presentó un proyecto de ley titulado DERECHOS DE LOS TRADUCTORES Y FOMENTO DE LA TRADUCCIÓN e impulsado por cinco legisladores, en cuya elaboración han participado algunas personas que se dedican a la traducción”.

Plantear las cosas así es de una absoluta mala fe ya que esas “personas que se dedican a la traducción” han traducido, por caso, la totalidad de la obra de Shakespeare, u obras de Walt Whitman, James Joyce, Scott Fitzgerald, Walter Benjamin, Theodor Adorno, etc. Algunas de ellas se formaron en instituciones dedicadas a la enseñanza de la  traducción; otras, en la práctica activa; y unas y otras se dedican a la enseñanza en instituciones del país y del exterior. Dicho de otro modo, o el CTPCBA se informó mal o está informando deliberadamente mal porque, aquí y en la China, “los que se dedican a la traducción” se llaman traductores.

Llama la atención que las autoridades de una institución que se aboca fundamentalmente a la traducción legal y pública se sienta molesta porque los traductores que se dedican a las letras, a la filosofía y a las ciencias sociales pretendan una ley que los ampare y defienda.

Y no deja de sorprender que una institución que, tal vez porque no da plata, sólo de manera cosmética recurre a la traducción literaria para mostrarse sexy ponga el grito en el cielo cuando los traductores literarios buscan un instrumento para reglamentar la profesión y defenderse de los excesos del mundo editorial. Cuanto más cuando el CTBCBA organiza congresos donde, por ejemplo, se analiza la labor de Jorge Luis Borges como traductor. 

Borges, como Victoria Ocampo, José Bianco, J. R. Wilcock, León Mirlas, Horacio Armani, Jaime Rest, Estela y Patricio Canto, José Aricó, Enrique Pezzoni y tantos otros traductores anónimos, jamás tuvieron diploma alguno que acreditara su condición de egresados de una escuela de traducción y sin embargo, se cuentan entre los mejores que dio la Argentina a la lengua castellana. Y para las estadísticas, ninguno de ellos fue parte del CTPCBA.  

Ese sólo argumento ya serviría para echar por tierra las pretensiones de una institución que se arroga un derecho que no le corresponde, intentando decidir quién es traductor en la Argentina y quién, por ausencia de títulos y colegiaturas, no lo es.

Según entiendo, hay un error de base: la traducción pública es un tipo de traducción y acaso requiera un estudio específico y una posterior colegiatura para su ejercicio. Ningún traductor literario se va a oponer a eso. Pero todo indica que las autoridades del CTPCBA, por el mero trámite de no querer nombrar como traductores a quienes ejercen la  traducción literaria sin poseer “título habilitante” se otorgan un derecho que no les corresponde. Dicho de otro modo, es algo así como pretender tapar el sol con la mano.

Seamos claros: la traducción literaria es otro tipo de traducción distinta de la legal. Así como la traducción científica y técnica, la de medios audiovisuales o la interpretación requieren saberes específicos no contemplados en la formación de los traductores públicos, la traducción literaria adquiere los suyos según su propia agenda.. Y aquí no se dice que una especie es mejor que otra, sino que cada una está sujeta a circunstancias propias y, por lo tanto exige distintos tipos de saberes. No todos se obtienen en una academia ni en un curso arancelado.

La única respuesta posible habrá que buscarla quizás en otro lado. ¿Una extraña idea de lo que es la democracia? ¿Cierta voluntad de poder? ¿El temor a perder prebendas? ¿Una disminución en la asistencia de las actividades pagas? ¿Algún otro negocio en ciernes?  Habrá que estar atentos.

Tal vez sea más lógico leer con detenimiento el proyecto de ley y decidir si se ajusta a nuestras necesidades o no. Nadie pretende que les guste a los muy respetables traductores de contratos, partidas de nacimiento y pasaportes quienes, por cierto, ganan mucho más dinero con diez páginas de un código que nosotros traduciendo a Homero, Virgilio, Dante y Flaubert. Acaso esta ley no les sirva a nuestros colegas, pero seguramente sí nos sirve a los traductores de libros.

El Administrador

viernes, 9 de octubre de 2015

Lo que empezó Bello, que Bello lo acabe

Scott Sadowsky es para los españoles lo que bien podría definirse como un grano en el culo. ¿Por qué? Porque su currículo lo avala para demostrar hasta qué punto las interferencias constantes de la Real Academia, el Instituto Cervantes y los idiotas de la FUNDEU son rémoras de la lengua castellana. Profesor Asociado de Lingüística de la Universidad de La Frontera en Temuco, Chile, y director del Centro de Investigación de Lenguas, Cognición y Cultura (CILCC) de esa casa de estudios, se ha dedicado a la investigación sociolingüística, la fonética y el contacto lingüístico, con ocasionales incursiones en la lingüística del corpus. Su último proyecto, el Corpus Sociolingüísico del Castellano Oral de Chile (Coscach) reúne todas esas líneas. Su labor de investigador se centra en una variante nacional del español que se ha estudiado relativamente poco: el castellano de Chile. También trabaja con el mapudungun, una lengua aislada que se habla en partes de Chile y Argentina. A partir de todos estos elementos, nadie mejor que él para refutar al Servicio Electoral de la República de Chile que, como puede leerse en la entrada del día de ayer, impugnó el nombre de un partido político chileno sirviéndose de una mala definición del Diccionario de la Real Academia.  El artículo que se reproduce a continuación fue publicado el 5 de octubre en el suplemento de cultura de La Tercera, periódico chileno.

La Real Academia Española y la democracia chilena

Hace unos días, el Servicio Electoral de la República de Chile (Servel) rechazó por tercera vez la inscripción como partido político del movimiento Revolución Democrática. ¿Su argumento? En palabras de El Mercurio:

El Servicio Electoral (Servel) rechazó la inscripción del movimiento liderado por el diputado Giorgio Jackson, Revolución Democrática (RD), debido a que su nombre contraviene “al orden y a la paz social”.
De acuerdo al oficio enviado por el organismo, se recurre a la definición de la palabra “revolución” hecha por la Real Academia Española (RAE), “en que la mayoría de sus acepciones implican o dan a entender eventuales acciones contrarias al orden público y la paz social”.
Esto, entonces, “viene a vulnerar los artículos 4° y 19° de la Constitución Política de la República y las obligaciones establecidas en el artículo 2° de la citada Ley N° 18.603 (Ley Orgánica Constitucional de los Partidos Políticos)”.

Resulta francamente absurdo que las autoridades del Estado chileno recurran a una obra de consulta española para interpretar su propia legislación. ¿Acaso utilizarían la constitución española con esta misma finalidad? Por supuesto que no. Tal como cada país tiene su propio régimen jurídico, tiene también su propia variedad de lengua, la cual debe respetarse, sobre todo en temas tan sensibles –y de alcances tan profundos– como la aplicación de las leyes.

Por citar un solo ejemplo, en Chile el verbo detentar se refiere a ocupar un cargo de manera legítima, tal como se puede apreciar en la Ley Nº 19.240:

Artículo 2°.- Establécense los siguientes requisitos para el ingreso y promoción en las plantas de la Dirección del Trabajo que se indican: […]
c) Para el caso de las Jefaturas, grado 9, será requisito detentar un cargo de fiscalizador en el grado tope de este escalafón, con una experiencia laboral de a lo menos diez años en la Dirección del Trabajo, continuos o discontinuos.

Sin embargo, el diccionario español define detentar de la siguiente manera:

1. tr. Retener y ejercer ilegítimamente algún poder o cargo público.
2. tr. Der. Dicho de una persona: Retener lo que manifiestamente no le pertenece.

Si se utilizara el Diccionario de la Real Academia Española para interpretar esta ley chilena, los resultados serían desastrosos, sobre todo en el contexto de la rígida lógica jurídica:

El requisito para desempeñarse como Jefe Grado 9 pasaría a ser el haber ejercido el cargo de fiscalizador en el grado tope del escalafón de manera ilegítima durante 10 o más años.

Pero como en Chile detentar de ninguna manera implica la falta de legalidad, legitimidad o validez, todos quienes ahora son Jefes Grado 9 deben haber ocupado el cargo de fiscalizador de manera legítima.

En consecuencia, ¡lo más seguro es que ninguno de los Jefes Grado 9 de la Dirección del Trabajo cumplen con los requisitos legales para ocupar el cargo!
Esta misma situación se repetiría en incontables reparticiones del Estado chileno, de aplicarse el Diccionario de la Real Academia Española, dejando estragos en la administración pública.

La lección es tan sencilla como profunda: las leyes de cada país deben necesariamente interpretarse de acuerdo con su propia variedad de lengua. Usar un diccionario ajeno para interpretar las leyes propias es como usar un manual de Subaru para reparar un motor Ford.

Justicia poética: una solución práctica
Si el Servel mantiene su negativa a permitir la inscripción de Revolución Democrática, debido a que el DRAE asevera que la palabra revolución implicaría “acciones contrarias al orden público y la paz social”, habrá que buscar una solución más creativa para lograr la inscripción de este movimiento.

Dado que fue Andrés Bello quién estableció, a través del Código Civil, que el significado de las palabras debe interpretarse según el DRAE, sería muy apropiado que se solucionara este entuerto a través de otra obra del destacado intelectual venezolano, específicamente la ortografía que desarrolló, conocida como la ortografía chilena, casera o de Bello.

Esta ortografía se diferenciaba de la española de las siguientes maneras:

El sonido /θ/ del español peninsular (que se fusionó con /s/ en toda América) se escribía con la letra z: “zinco”, “zapato”.

El sonido /x/ se escribía siempre con la letra j: “jeneral”, “jaiva”, “Méjico”.

El sonido /i/ se escribía con la letra i: “pan i agua”, “lei”.

El sonido /r/ se escribía con el dígrafo rr: “rrojo”, “perro”, “Isrrael”.

Se eliminó la letra h, ya que no representa ningún sonido: “_onorable”, “a_umado”.

Se eliminó la letra u cuando no se pronunciaba: “g_irnalda”, “g_erra”.

Al aplicar la ortografía de Bello al nombre del movimiento en cuestión, quedamos con:
Rrevoluzión Democrática

¿Qué se lograría con esto? Sencillo: la palabra “rrevoluzión” no figura en el Diccionario de la Real Academia, así que el argumento esgrimido por el Servel no le es aplicable.

Pero ¿es legítimo inscribir un partido con un nombre que no existe en la lengua castellana de hoy?

No lo sé. Habría que preguntarles a los militantes de Evópoli.

jueves, 8 de octubre de 2015

De cómo el DRAE sirve como herramienta del fascismo en todo el mundo

Una nota sin firma, publicada en lainformación.com del 3 de octubre pasado, permite una vez más comprobar hasta qué punto la mala factura del Diccionario de la Real Academia puede tener consecuencias absurdas en la vida de la gente. Según la bajada, con que se presenta el artículo, “El Servicio Electoral de Chile le impidió el viernes a un partido político inscribirse utilizando en su nombre la palabra ‘revolución’ basándose en una prohibición creada por la dictadura de Ausgusto Pinochet al considerar que su uso contraviene el orden público.

Desestiman en Chile que partido político

utilice como nombre palabra "revolución"


La justicia rechazó el pedido de inscripción como partido efectuado por el movimiento Revolución Democrática, encabezado por el diputado y ex líder estudiantil Giorgio Jackson, ya que la Ley Orgánica Constitucional de Partidos Políticos rechaza la palabra ·revolución" en base a que, según la Real Academia Española (RAE), evoca actividades "contrarias al orden público y la paz social".

"Esta resolución vigente, que fue dictada en dictadura, establece que no pueden ser adoptados como nombres palabras o actos contrarios a la ley, o acciones contrarias a la paz social", explicó Patricio Santa María, presidente del consejo directivo del Servicio Electoral, a la radio ADN.

Según Santa María, el Servicio Electoral explicó al diputado Jackson que la ley no les permite hacer interpretaciones sobre el significado de "revolución" para poder inscribirse con ese nombre y entonces deberán modificarlo.

En respuesta, dirigentes de Revolución Democrática apelaron la medida y presentaron nuevamente una petición para la inscripción como partido con el mismo nombre.

"Yo creo que el sentido común tiene que imperar y no hay ninguna justificación para que nos censuren el nombre", dijo Jackson, quien junto a Camila Vallejo, hoy diputada por el Partido Comunista, fueron conocidos internacionalmente por haber liderado en el 2011 el movimiento estudiantil que demanda en las calles una educación gratuita y de calidad en Chile.

Durante la dictadura de Augusto Pinochet (1973-1990) se implementaron polémicas medidas como el actual sistema educativo chileno, considerado uno de los más caros y segregados del planeta, y también una dura ley antiterrorista que duplica las penas en caso que haya condena. Ambas normas son debatidas actualmente en el Congreso para su modificación.

La dictadura de Pinochet dejó más de 3.200 muertes, según datos oficiales.