viernes, 13 de julio de 2018

Un consejo a los traductores de Marie-Claire Solleville: "No seáis estúpidamente honestos"

Marie-Claire Solleville en su juventud

La escritora y traductora española María José Furió dedica su columna para el Club de Traductores Literarios de Buenos Aires a Marie-Claire Solleville (foto), traductora franco-italiana especializada en cine.

“¡Esto no lo has traducido tú”
Semblanza de Marie-Claire Solleville, traductora de cine

El número 3 de la revista L’Écran traduit, especializada en la traducción audiovisual estaba enteramente dedicado a las memorias de la traductora franco-italiana Marie-Claire Solleville (1927-1991). Su título marca el desenfadado tono general: «¿Tú has traducido esto? Breve aproximación insólita al cine italiano». Su lectura es recomendable tanto por la simpática personalidad de la protagonista como por la información acerca de los usos y costumbres en la traducción para el cine que estuvieron vigentes en Italia y en Francia entre las décadas del 50 y 80, antes de la implantación generalizada de la máquina de escribir electrónica y del ordenador.

 

Solleville era nieta de Luigi Campolongui, figura eminente del antifascismo, e hija de Lidia Campolongui, quien participó en la lucha política en los ambientes de la emigración italiana. Llegó a Italia después de la guerra acompañando a Claude Heymann y a Jean George Auriol* durante el rodaje de Fabiola, de Alessandro Blasetti [1949]. Pronto se introdujo en los ambientes del cine –tuvo por maridos al actor Fausto Tozzi y al pintor Sinko–, y fue ayudante de Renato Castellani. Cinéfila desde muy joven, colaboró ocasionalmente con las revistas Cahiers du cinéma y Arts, firmó guiones famosos, como Anche gli angeli mangiano fagioli (También los ángeles comen judías, 1973, dirigido por E.B. Clucher y protagonizada por Bud Spencer y Giulianno Gemma).


Pero fue la traducción de guiones para el cine, y al final de su carrera también para series de televisión, la actividad que la convirtió en una figura inolvidable para un impresionante elenco de directores durante la época dorada del cine italiano.

El nombre de los directores con los que Marie-Claire Solleville colaboró tira de espaldas: Roberto Rossellini, Federico Fellini, Dino Risi, Francesco Rosi, Ettore Scola, Gianni Amelio, Alberto Sordi, Costa-Gavras, los hermanos Taviani, Lina Wertmüller, Suso Cecchi d’Amico, etc. (Sí, qué envidia.) Aunque habla con afecto y humor de la mayoría de ellos, no disimula que siente debilidad por Rossellini, Rosi y Scola, sus apoyos más generosos –ahí tenemos la anécdota de Roberto Rossellini paseándola por la televisión, la RAI, y despidiéndose de ella con mucho teatro para que todos la vieran en su compañía, una especie de carta de presentación andante–. La traductora se ríe no poco de Federico Fellini y de la élite intelectual emergente en los años 60, pero no hay acidez en sus memorias, marcadas de principio a fin por una risueña picardía.

Traducía siempre al francés y sorprende su categórica afirmación de que no es posible ser enteramente bilingüe. Su materia de trabajo eran los guiones completos para el doblaje en Francia; también traducía los guiones que el productor utilizaría para buscar financiación mediante una coproducción, o los tratamientos de un guión para presentarlo en festivales como los de Cannes o Venecia, donde durante una semana se vive la mayor concentración de productores de cine y televisión por metro cuadrado del mundo. Aquí vale la pena saber que la versión francesa podía utilizarse para atraer al actor o actriz galos con que soñaban el director o el productor y, por último, para preparar los subtítulos de las películas llamadas “de arte y ensayo”.

Solleville ofrece un punto de vista privilegiado, al observar la industria del cine italiano en primera línea mientras con su trabajo construía el oficio de traductor audiovisual, que por entonces estaba en fase diría que artesanal: se trabajaba sin contratos, no había asociaciones de traductores ni un estatuto diferenciado; había que echar horas sin fin, las copias se hacían en papel carbón, y debía apoyarse en dactilógrafas cómplices, diccionarios y jergas construidos a medida por la propia traductora. 

Scola escribe en la presentación del homenaje que su trabajo «sin fines de semana ni vacaciones, ni Seguridad Social ni pensión de jubilación la mantenía encadenada a su Olivetti Praxis 48 como una monja que no puede abandonar su convento»... Una monja que tenía que conocer los burdeles, comisarías y el habla de sus habituales como la palma de su mano. El director de La terraza y Una giornata particolare encarece el trabajo de la «irónica, generosa, testaruda» Solleville con interesantes reflexiones acerca del reto que entraña traducir la lengua italiana, una auténtica jungla léxica que se nutre de decenas de dialectos diferentes, a la que además se incorporaban en esas décadas de esplendor las jergas profesionales, juveniles y políticas, sin olvidar el idiolecto de cada personaje ni la contaminación del inglés, que aun siendo generalizada en los países latinos, son distintos los términos que cada país importa.

Varios son los buenos consejos de traducción que da Solleville, que ella resume en “la obligación de pensar” y obligar a pensar a los otros y, sobre todo, la obligación de estar despiertos. La suya no es una traducción automática, ni perezosa ni toma atajos, es una traducción alerta a las diferencias culturales entre los países vecinos, a las marcas de época (pone como ejemplos el uso del Voi mussoliniano contra el Lei; las camisas rojas garibaldinas, etc). Este tipo de traducción artesanal combina la creación de un lenguaje creíble para el cine, adaptado incluso al actor que interpretará el rol, con intervenciones sutiles en la adjetivación tanto para conformarse a la preferencia francesa por la síntesis como para ahorrarle a las actrices veteranas más bellas verse de golpe calificadas de viejas.

Sus observaciones irónicas sobre el cine erótico, en plena ola de destape, no tienen precio, como tampoco sus ardides para cobrar sí o sí las deudas que contraían con ella productores rácanos o cortos de fondos; nos cuenta el truco para evitar que ese joven director que nos ofrece traducir su primer guión tarde tres horas en ponernos al corriente de sus sutilezas y se extiende sobre la necesidad de recurrir a expertos en jergas carcelarias y en narcóticos.

Sin embargo, seguramente el consejo de Solleville más útil para los traductores, considerado el panorama hoy, es este: «No seáis estúpidamente honestos».

jueves, 12 de julio de 2018

Se habla de la posibilidad de que varios países africanos le declaren la guerra a España por la donación de diccionarios de la RAE

Ni el Webster, ni el Robert, ni el María Moliner sufren el destino del DRAE, que ahora se regala porque nadie lo quiere comprar. Tal es la noticia que Europa Press hizo circular por todos los diarios hispanoparlantes de España y América. Lo que se transcribe abajo, es la versión de público.es, de España, según el texto que se publicó el pasado 5 de julio. 

La RAE regala su diccionario en papel
porque ya casi nadie lo compra

El académico Pedro Álvarez de Miranda ha reconocido este miércoles 4 de julio que la Real Academia Española (RAE) "está regalando" los numerosos ejemplares sobrantes de la edición del diccionario en papel del año 2014 y ha puesto en duda la continuidad de publicación de diccionarios en este formato.

"No se pueden imaginar cómo están los almacenes de Espasa Calpe, llenos de ejemplares que no se han vendido. Hubo un error de cálculo clamoroso y se pensó que se iban a vender más de los que se vendieron, pero la gente prefirió no gastarse los 99 euros en el papel y esperar a la versión digital", ha señalado el académico durante su intervención en un curso de verano en el Instituto Cervantes.

De hecho, Álvarez de Miranda ha asegurado que la editorial "quería incluso destruir" esos ejemplares sobrantes. "Ahora no sabemos qué hacer con ellos y los estamos regalando a escuelas", ha añadido, tras reconocer que es una "preocupación" para la institución puesto que "era una fuente de ingresos y de ahí vienen muchos de los problema económicos".

Durante su intervención, ha llegado a cuestionar el futuro de la edición en papel, tras la última publicación en 2014. "La pregunta está en el aire y yo no tengo la respuesta, pero el hecho de formularla ya señala por dónde van las cosas. Si se impone la racionalidad, la tirada en papel podría tener una tirada muy corta, para coleccionistas o nostálgicos", ha admitido.

La 23ª edición del diccionario en papel de la RAE salió a finales de 2014 a un precio de 99 euros y con una primera tirada de 50.000 ejemplares. Por el contrario, las consultas en línea a la última edición del Diccionario de la lengua española (DLE) alcanzaron, a finales del año 2017, cerca de 750 millones, con una media de consultas mensuales de 65 millones.

Donaciones a África y Comunidades Autónomas
Un portavoz de la RAE ha matizado a Europa Press que estos "regalos" de los que ha hablado Álvarez de Miranda se tratan de una fórmula de donación con los diccionarios sobrantes a través de "operaciones especiales" en África y en distintas comunidades autónomas españolas.

De hecho, en Costa de Marfil se han donado ya 2.500 ejemplares de diccionarios para "promover el español" y en Senegal la donación está en curso con la misma cantidad de ejemplares. Asimismo, en las comunidades autónomas la donación se lleva a cabo a bibliotecas publicas y centros educativos, siendo una cantidad "variable, dependiendo de los ejemplares solicitados".

La intervención de Álvarez de Miranda, bajo el título La lengua española en el XXI. Aproximaciones a algunas novedades, ha abordado algunos de los nuevos fenómenos que influirán en el habla en los próximos años. Así, el académico se ha referido a las peticiones de un lenguaje más inclusivo para la mujer.

"¿Qué más puede hacer la academia? Hay que tratar de insuflar cierta racionalidad y llamar la atención del carácter antiecónomico de la duplicidad de géneros", ha señalado, tras rechazar propuestas como el uso del símbolo '@'. "Eso es absurdo, una pseudosolución, porque no se puede leer y, si no se puede leer, es como si no existiera", ha añadido.

Por el contrario, ha afirmado no "rasgarse las vestiduras" por la "presunta invasión" de anglicismos en el lenguaje. "Estas lamentaciones son de puristas y me recuerdan a francófobos de otros siglos, que aseguraban que el francés acabaría con el español. Siempre hay nostálgicos de otras épocas, pero el léxico de los jóvenes de hoy es vivo, dinámico y creativo", ha concluido.

miércoles, 11 de julio de 2018

Tercero en la lista de ministros de Cultura de la ciudad de Buenos Aires de este gobierno, a Avogadro lo blindan con notables, a ver si ahora sí

De saco celeste, l ministro de cultura porteño Enrique Avogadro
y la torta con forma de Cristo

Una de las novedades de la semana pasada fue, finalmente, la constitución de un Consejo Cultural, convocado por el gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, para que, en muy diversos campos, asesore sobre diferentes temas. Lo componen Ana Wortman, Gonzalo Aguilar y Diego Golombek (por la actividad académica); Adriana Rosenberg, Eduardo Costantini, Victoria Noorthoorn, Orly Benzacar, Nicola Costantino y Julia Converti (por las artes visuales), Juan José Campanella, Lucrecia Martel, Mariano Cohn y Gastón Duprat (por el cine y la producción audiovisual); Adhemar Bianchi y Ricardo Talento, Andy Ovsejevich, Lisa Kerner y Graciela Casabé (por la gestión cultural); Cecilia Pavón, Luis Chitarroni, Esteban Feune de Colombi y Gabriela Adamo (por la literatura y crítica cultural), Andrea Servera (por la danza), Diana Glusberg, Miguel Galperín y Santiago Vázquez (por la música) y Elisabetta Riva, Claudio Tolcachir, Carlos Rottemberg y Maricel Álvarez (por el teatro y la producción teatral). Se trata de un grupo ecléctico en el que hay un poco de todo, más allá de lo que cada uno vaya a pensar sobre cada uno  de los participantes en particular. Ahora bien, de acuerdo con el artículo que se lee a continuación, publicado con firma de Patricia Kolesnicov, en el diario Clarín, del 4 de julio pasado, su función iría más allá del exclusivo asesoramiento en materias culturales e incluiría, entre otras cosas, apuntalar la alicaída figura de Enrique Avogadro, actual Ministro de Cultura porteñó.

En su momento eyectado por Pablo Avelluto del Ministerio de Cultura de la Nación (acaso por hacerle sombra cuando era secretario de Cultura y Creatividad), Avogadro aterrizó en su actual puesto luego de que el músico Ángel Mahler (nacido Ángel Pitito, y no es broma) fuera, a su vez eyectado de un cargo que, dada la carencia de antecedentes y lo risible de su obra, en sus manos parecía un chiste de mal gusto. Recuérdese que Mahler, a su vez ocupó el puesto que el eyectado Darío Lopérfido había dejado vacante para dedicarse a pleno a la dirección del Teatro Colón (que durante su gestión empezó a ser utilizado para fiestas privadas, reuniones de ejecutivos y filmaciones de videoclips de artistas populares de dudosa calidad), luego de haber declarado, sin que mediara ninguna razón urgente para hacerlo, que en la Argentina no había habido 30.000 desaparecidos, sino muchos menos.  

Tecnócrata, Avogadro es licenciado en Estudios Internacionales, especialista en economía creativa con experiencia en el desarrollo de políticas de promoción de la cultura emprendedora y de las industrias creativas y vaya uno a saber cuántas cosas más de esas que les gustan enumerar a los palurdos salidos de universidades privadas. Todos esos saberes, sin embargo, no lo preservaron de irritar a la iglesia y de motivar un incómodo pedido de disculpas público de Horacio Rodríguez Larreta, actual  jefe de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, de quien depende Avogadro, cuando, invitado a una exposición, el joven ministro decidió probar una porción de torta sacada de una ¿escultura? con la forma de Cristo crucificado, creando el consabido escándalo entre la comunidad de chupacirios. Con lo que volvemos al principio de esta entrada: alguien, si no el ministro mismo, pensó que ya era hora de crear algún ruido “positivo” alrededor de esta gestión tan golpeada para “relanzarla”, aunque la explicación oficial sea otra, claro, y no se sepa a ciencia cierta hacia dónde va a ser lanzada esta vez.

Un refrigerante para el ministerio de cultura porteño

Una vez alquilé un auto que tenía calefacción en el asiento. Espléndido, pero si no la hubiera podido apagar, al rato hubiera tenido que bajarme. A eso recuerda, a veces, la silla del ministro de Cultura porteño, por lo menos desde que asumió Horacio Rodríguez Larreta, en diciembre de 2015.

Darío Lopérfido
Al comienzo de la gestión el designado fue Darío Lopérfido, quien dejó el cargo siete meses después: en enero había dicho que “en la Argentina no hubo 30.000 desaparecidos”. Rodríguez Larreta lo sostuvo, pero el asunto no tuvo retorno.

Ángel Mahler
En su lugar nombraron a Ángel Mahler: un misterio. Músico de la calle Corrientes, Mahler tenía poco que ver con la gestión cultural. En este diario, Matilde Sánchez contó que, además, contrató a la empresa de sonido e iluminación de su hermano Osvaldo. Y algún director de museo dejó saber que se cedían gratuitamente sus jardines para hacer fotos de revistas de moda. Con todo –¿qué tan importante es la cultura en realidad?– se mantuvo: duró un año y medio.

Enrique Avogadro
Y llegó Enrique Avogadro. Con mucho apoyo de parte del “mundo cultural”: un joven que había mostrado ideas en su paso por el gobierno porteño desde 2001 y que venía de ser uno de los viceministros de Cultura a nivel nacional. Moderno y con un discurso orientado a tender “puentes” entre la gestión pública y los “productores culturales independientes”, en Nación le habían criticado la insistencia en las pequeñas manifestaciones contemporáneas y la desatención de los grandes organismos y “las tejedoras del NOA”.

El mismo día en que asumió se anunció la creación de un Consejo Cultural “en esta lógica de la inteligencia colectiva”, dijo. Notables del sector, asesores con relevancia propia. Al frente del Consejo estaría Jorge Telerman.

Ese día, cuentan otros funcionarios, es clave: Avogadro llegó de la mano de su amigo Marcos Peña, disgustado por lo que venía pasando en el ministerio. Rodríguez Larreta decidió “rodearlo”, acolchonar su presencia con las de Telerman –ex Ministro de Cultura, ex Jefe de Gobierno, actual titular de los teatros porteños, un político que juega en toda la cancha– y con las de los notables.

Claro que otras ciudades y países tienen sus Consejos, hasta tiene uno –que se reunió sólo una vez– la Cancillería. Pero si las políticas públicas las diseñan los funcionarios elegidos para eso, ¿para qué necesita el ministro porteño una treintena de asesores? Y en función de esa pregunta: ¿a quién convoca? En el Consejo hay pesos pesados como Eduardo Costantini, el dueño de MALBA. Un jugador principal de la cultura y –es el creador de Nordelta– de la economía. O Adriana Rosenberg, directora de Proa, el espacio de arte ligado a Techint. A ellos se suman Julia Converti (arteBA), Gabriela Adamo (Filba) y Andy Ovsejevich (Konex).

El ministro Avogadro y el propio Rodríguez Larreta aparecen como consejeros: ¿son asesores y, a la vez, asesorados? Por la cultura pública revista apenas Victoria Noorthorn, directora del Museo de Arte Moderno. También hay figuras de gran repercusión–Juan José Campanella, Lucrecia Martel, Mariano Cohn y Gastón Duprat– y hasta un costado alternativo con Lisa Kerner, del valioso espacio LGBTTIQ Casa Brandon.

En la primera reunión analizaron aspectos de una nueva ley de Mecenazgo que prepara el gobierno y que tiene la virtud de exigir que las empresas que participan pongan fondos propios, es decir, no sólo lo que debían pagar de impuestos. Les preguntaron qué dudas les daba la ley una consejera reformuló: “¿No son ustedes los que nos presentan dudas?” No hay una respuesta contundente sobre para qué sirve el Consejo. “Ellos dan prestigio, son marcas importantes, y a la vez se asocian a una marca enorme como es ‘Buenos Aires’,” explica una dirigente política.

El Consejo se anunció en diciembre pero no arrancó hasta hace unos días. En el medio –será casualidad– Avogadro fue a una muestra de arte, comió una torta con forma de Cristo y la Iglesia le saltó al cuello: ¿el asiento se empezó a entibiar?

Lo cierto es que, si marcha, avalarán decisiones, participarán en políticas. Quizás los hayan pensado como el refrigerante que a veces el puesto precisa.

Nota del Administrador para los lectores extranjeros:
"Porteño" es el gentilicio con el que se conoce a los habitantes de la ciudad de Buenos Aires. La aclaración viene al caso porque "bonaerense" es el gentilicio que se emplea para nombrar a los habitantes de la Provincia de Buenos Aires. Españoles y mexicanos suelen confundir los términos.

martes, 10 de julio de 2018

En julio el SPET visita las estepas de la mano de Eugenio López Arriazu y Omar Lobos


En el próximo encuentro, que tendrá lugar el jueves 12 de julio a las 18:30 en el Salón de Conferencias del IES en Lenguas Vivas “Juan R. Fernández” (Carlos Pellegrini 1515), nuestros invitados Eugenio López Arriazu y Omar Lobos presentarán el proyecto de investigación “Las traducciones del ruso al español”.
  
Eugenio López Arriazu es doctor en Letras (UBA), Profesor en Inglés (ISP “J. V. González”), co-editor de Dedalus Editores y traductor del inglés, francés, ruso y latín. Es Profesor Asociado de la cátedra de Literaturas Eslavas, ayudante de Literatura Norteamericana en la FFyL (UBA) y profesor de Literaturas Poscoloniales en Lengua Inglesa y Teoría Literaria y Educación en la Diplomatura en Ciencias del Lenguaje (ISP “J. V. González”). Como investigador, dirigió el proyecto “Apropiaciones ideológicas de textos medievales a través de la traducción” (ISP “J. V. González”) y dirige el proyecto PRIG sobre “Las traducciones del ruso al español” (UBA). Es además autor del ensayo Pushkin sátiro y realista. La influencia de la sátira en el realismo de Alexandr S. Pushkin (Dedalus, 2014) y de los poemarios La revuelta (Alto Pogo, 2017), La reja (A pasitos, 2017) y Los urutaúes (Serapis, 2018).

Omar Lobos es doctor en Letras (UBA), traductor y docente de literatura rusa, y escritor. Ha traducido Crimen y castigo y Los hermanos Karamázov, de Fiódor Dostoievski, obras de Aleksandr Pushkin, Antón Chéjov y Ana Ajmátova, entre otros. Es asesor editorial en Ediciones Colihue e investigador de historia indígena pampeana. Dirige la colección Senderos de los Pueblos Originarios de América en Ediciones del Sol. En 2011 se publicó su novela La veranada del chachai Calfucurá y en 2015, su compilación de la correspondencia del cacique Calfucurá.

Literatura sugerida:
Even-Zohar, I. (2007-11): "La posición de la literatura traducida en el polisistema literario" en Polisistemas de cultura. Tel Aviv: Universidad de Tel Aviv.

lunes, 9 de julio de 2018

Ventas de libros argentinos: más de lo mismo, que no es novedad

El 14 de junio pasado, el diario La Nación, de Buenos Aires, publicó el siguiente artículo de Daniel Gigena, donde se habla de El libro blanco de la industria editorial argentina de la Cámara Argentina de Publicaciones y sus cifras más recientes, a tono con la situación general del país.

“El libro blanco de la industria editorial
arroja números en rojo”

Por cuarto año consecutivo, la Cámara Argentina de Publicaciones (CAP) dio a conocer una nueva edición de El libro blanco de la industria editorial argentina, que se puede consultar en la página web de esa institución fundada en 1970. La CAP agrupa a editores, exportadores, importadores y distribuidores que representan aproximadamente el 70% por ciento del mercado editorial local. En el informe, que describe el comportamiento de la industria editorial en 2017, la mayoría de los indicadores están en rojo. En esto coincide casi por completo con el informe anual de la Cámara Argentina del Libro. Sin embargo, la CAP provee un detalle de ventas en las 1190 librerías relevadas, distribuidas en todo el territorio nacional. "En 2017 no hubo rebote ni recuperación y se registró un 5% de caída en las ventas, que profundiza la que hubo en 2016", revela el licenciado Fernando Zambra, cuya consultora especializada en estadísticas (Promage) asiste a la CAP.

El libro blanco se divide en dos partes. Por un lado, describe la realidad de la oferta de libros en 2017 (la producción nacional y las importaciones), y por otro, la demanda (ventas en el mercado y al sector público y las exportaciones). En ambos frentes, la situación sigue siendo preocupante, con caídas en producción, exportación y ventas, y un aumento en la importación. Sobre este último punto, se destaca que las importaciones industriales de libros obedecen a cuestiones económicas coyunturales. "En 2017 hubo menos que en 2016, y con un dólar en alza, se estima que este año habrá menos aún", señalan desde la CAP. El porcentaje de aumento en materia de importaciones se explica porque los libros se importan por posiciones arancelarias que incluyen productos que no son libros, como los fascículos coleccionables. Si bien la importación de libros cayó un 10% respecto de 2016, la de fascículos aumentó un 70%. "Es un producto editorial paralelo, que no afecta la compra de libros y oxigena las ventas en quioscos de diarios y revistas", dice Zambra. Sin la venta de esos productos, muchos quioscos no podrían subsistir.

El libro argentino se exporta muy poco y los grandes destinos comerciales, como México y España, no son el fuerte de las editoriales locales. Representantes de la CAP sugieren que la iniciativa privada debe ser apoyada por el Estado con estrategias impulsadas por los ministerios de Cultura, Educación, Economía y Relaciones Exteriores. Un dato positivo del informe es el aumento en la cantidad de editoriales emergentes, aquellas con más de cinco años en el mercado y que publican menos de cinco títulos anuales. En 2017 se contabilizaron 151 y aportaron el 3% de la producción total de libros. Hay 129 editoriales de autor y 89 editoriales universitarias. "La Argentina sigue siendo el país con mayor hábito de lectura de toda el área del idioma castellano, y cuenta con una población joven y lectora, que ha generado los mayores éxitos editoriales de los últimos años", sostiene el informe.

Otro aspecto preocupante para editores, distribuidores y libreros es que el promedio de dinero que se gasta por ejemplar en librerías sigue siendo el mismo que en 2016: $360. Para aumentar la rentabilidad, debería crecer el volumen de ventas o bajar el nivel de los gastos. Ninguna de las dos cosas ocurre actualmente. Según Zambra, la industria editorial argentina enfrenta desafíos de producción, comercialización y edición. "Se producen y se importan más libros de los que se venden".



viernes, 6 de julio de 2018

Las aventuras de José Aníbal Campos en Letonia


Entre las muchas y posibles cruzadas emprendidas por José Aníbal Campos, el incansable traductor cubano, hacer un relevamiento exhaustivo de las casas de traductores ubicadas alrededor del mundo no es una tarea menor. En la ocasión, en su columna para el Club de Traductores Literarios de Buenos Aires, nos informa sobre la Casa de Escritores y Traductores de Ventspils, de Letonia,

La Casa de Escritores y Traductores de Ventspils

En una casa del siglo XVIII construida en el sobrio y elegante estilo de estas latitudes, en el número 13 de la calle Anna (Annas iela), se encuentra la Casa de Escritores y Traductores de Ventspils, que en 2016 celebró sus diez años de existencia.   

Aunque su prioridad, obviamente, es la divulgación de la emergente y –por lo visto pujante literatura letona–, la casa está abierta a colegas de otras latitudes y con otras combinaciones de lenguas, y, en ese sentido, sus organizadoras se esfuerzan por hallar un equilibrio entre los residentes que acuden a Ventspils cada mes para estancias máximas de cuatro semanas. 

Resulta, a primera vista, bastante extraño estar en un país cuyo idioma no entiendes ni a retazos. La experiencia de viajar desde el aeropuerto de Riga hasta Ventspils, a unos 185 kilómetros de la capital, es casi el retorno a un estado de ignorancia (o quizá de inocencia, que suena más bonito) que es difícil percibir cuando pasas años moviéndote cómodamente en entornos lingüísticos conocidos. Cada día me convenzo más, sin embargo, de que el encuentro con la verdadera vitalidad de las palabras, la búsqueda de ese sentido más hondo que nos hermana, ha de empezar por el balbuceo, por las formas difusas, y ello requiere un esfuerzo de des-aprendizaje, o si se quiere, un empeño por olvidar y volver a aprender.

En ese sentido, no se puede venir a Ventspils con los conceptos prefabricados que hemos ido adhiriendo a nuestro discurso cotidiano como si fuesen parte integrante de un repertorio de ideas propias y que, en el fondo, son solo las hilachas de un inevitable depósito de idées reçues (para decirlo al modo de Flaubert). No es posible iniciar el trato con un nuevo entorno a partir de «flosqueladas» retóricas que hemos picoteado en la sucia escudilla de pienso con el que nos ceban a diario los criadores de aves de corral de una political correctness inventada para hacernos piar a coro y, de inmediato, enmudecer.   

«Nacionalismo», por ejemplo, no es aquí un término peyorativo, como bien pude notar el día 4 de julio, día de mi llegada, en el que todos los edificios públicos y las casas privadas mostraban en sus portales la enseña nacional a media asta. (Ese día Letonia rememora uno de sus tantos holocaustos.) Y es que quien, como escritor, ha de contribuir con su literatura a afianzar una lengua tantas veces vapuleada, reprimida, relegada y hasta prohibida, no ve en una postura nacional una amenaza o un acto ignominioso.

Dos de las cuatro escritoras letonas que comparten esta estancia con nosotros están involucradas en un proyecto literario de eminente carácter «nacional» y por el que cada una muestra un gran entusiasmo: junto a otros de sus colegas, abordarán en novelas individuales una década concreta de la historia de Letonia en sus intermitentes periodos como país independiente. Y yo aprovecho ahora este foro para animar a los colegas que conozcan la lengua letona a interesarse por los resultados de esta colectiva (pero personalísima) work in progress sobre un país del que poco se conoce en Hispanoamérica.

Andra Konste
Valga decir, además, que, según nos relata Andra Konste (la amable directora de la Casa), existe un pequeño programa del ministerio de Cultura (también principal financista de esta magnífica residencia) destinado a promover el aprendizaje del letón entre traductores y escritores extranjeros.   

La Casa cuenta con capacidad para que convivan simultáneamente siete escritores y/o traductores, y la composición multicolor de esa convivencia la garantiza una cuidada planificación por parte de la dirección. Esta estanciala hemos compartido tres colegas de Letonia (todas mujeres), una joven traductora y escritora polaca, una compañera belga, una traductora y periodista italiana, un escritor letón de lengua rusa y un poeta ruso que tiene una vasta obra como traductor de poesía alemana. El centro tiene una particularidad que la distingue de otras casas: el colega invitado puede traer a un acompañante, el cual ha de pagar tarifas de estadía muy moderadas, variables según los días de estancia. (Para planificar bien una estancia compartida, lo mejor será siempre consultarlo antescon la dirección del centro a través del correo indicado en la página web: ventspilshouse@ventspilshouse.lv).

Una pequeña biblioteca en permanente construcción garantiza en cierto modo el acceso a la bibliografía de consulta necesaria. En mi caso, he encontrado un Duden Universalwörterbuch, el diccionario monolingüe de la lengua alemana, que me basta por ahora en la fase de trabajo en la que me encuentro con los dos libros que estoy traduciendo. Abundan los diccionarios del ruso y el letón en diferentes combinaciones idiomáticas, así como los libros de autores y traductores que han pasado por la Casa en estos diez años. La biblioteca en español es exigua, pero eso podría cambiar si, tras la lectura de este artículo, algunos de mis colegas se animan a solicitar una estancia en Ventspils. Buscando en la algo más amplia sección «alemana», encuentro dos joyas bibliográficas sobre traducción: una compilación de las conferencias dictadas en la Gastprofessur für Poetik der Übersetzung de la FU de Berlín hasta el año 2013y un magnífico libro sobre la evolución de la lengua alemana desde una perspectiva traductoral.

Por razones de espacio, la Casa ha de limitar el número de libros que recibe en donación, pero una de sus actuales prioridades infraestructurales es incorporar al centroel «verticalísimo» edificio neoclasicista colindante con el jardín de la residencia. Según me dicen, fue antes una torre de vigilancia contra incendios (la actual casa de escritores, en su larga historia, ha sido en otras épocas consistorio, biblioteca municipal y cuartel de bomberos), pero su estructura de tres pisos es perfecta para albergar una amplísima biblioteca. De conseguirse tal propósito, la de Ventspils podría empezar a competir con la biblioteca del Colegio de Traductores en Straelen (Alemania), quizá la biblioteca para traductores más completa que haya existido jamás. 

Pero aparte de las magníficas condiciones de trabajo, lo más importante de estas residencias sigue siendo el tipo de vínculos que se van estableciendo entre colegas de varias latitudes. Redes que –como bien me dice Andra, la directora–, se tejen en direcciones diversas, con hilos que van enlazándose para formar una red circulatoria que mantiene vivo el organismo de la cultura universal.

En ese sentido, lo mejor de estas casas llega cuando personas de varios credos, naciones, lenguas y posturas vitales se sientan a charlar en torno a una mesa. A veces la timidez de los traductores genera al principio cierta viscosidad en esos fluidos intercambios. Cuando esto ocurre, Andra le conceden un par de días a la timidez de cada cual. Eso sí: pasados dos o tres días se arremanga la blusa, prepara una deliciosa especialidad letona en la cocina común e invita a todos a degustarla. Y es entonces cuando un espíritu de entendimiento pre-babélico supera cualquier barrera de tara personal.  


           

jueves, 5 de julio de 2018

"Vender libros es un negocio difícil, que exige pasión"

Mercè Ibarz (foto), es una escritora, periodista cultural y profesora catalana, que el 28 de junio pasado publicó en El País, de Madrid, la siguiente columna a propósito de cómo influye el precio fijo en los libros que se publican en España y, ya que estaba, pasó revista a algunas de las buenas librerías de Barcelona.   

Vida de los libros

Ahora algunos libros llevan el precio impreso en la contracubierta, pero si lo llevan en etiqueta me gusta conservarla un pelín escondida. La despego y la vuelvo a pegar en la guarda. De vez en cuando algún precio me salta a la vista porque suelo escribir cosas en la última página si la editorial ha tenido el buen gusto y el presupuesto suficiente para dejar unas páginas de cortesía en blanco a la disposición del lector. Cada vez sucede menos, las editoriales apuran al máximo el papel. Estos días he consultado un libro de hace diecisiete años, de septiembre de 2011. Es un ensayo de crítica cultural en versión original catalana, de unas 300 páginas. La etiqueta lleva el precio en euros y también pesetas, todavía: € 20.13, 3.349 pesetas. Si fuera novedad hoy, no sería mucho más caro. A menudo se oyen quejas de que el libro lo es, pero diría que es el producto que menos ha subido en lo que llevamos de siglo, o uno de los que menos. Se encareció con el paso al euro, pero luego no. 

El precio en concreto de ese libro es extraño, esos trece céntimos de pico son infrecuentes. Pero no es esa rareza lo que más sorprende. ¿Por qué tantas personas dicen a menudo que los libros son caros? ¿Porque no compran ni leen? Por si acaso, pregunto en la veterana Laie. El librero se extraña cuando le hablo de un título de hace casi veinte años, es consciente de que en los últimos tiempos los libros mantienen el precio pero no había pensado que llevemos ya casi dos décadas así, y que dure. Hablamos del libro de precio único en todas las librerías, no del libro de texto de precio liberalizado que tanto daño ha hecho a las librerías pequeñas y de barrio. El IVA de los libros es además reducido, un 4%, la desgraciada subida no le afectó y es uno de los más bajos en Europa. Busco en la web el volumen en cuestión, que ya está agotado (un libro de 2001, ¡cómo no va a estar descatalogado!) y el precio que consta es de 20.50 €. Sí que habría subido un poquito si lo hubiera podido comprar ahora, pero vaya. Lo que sí hay ahora son muchos libros pequeñitos a precios reducidos.

A pesar de eso vender libros es un negocio difícil, que exige pasión. Las editoriales y las librerías literarias y de pensamiento deben trabajar muchísimo. Un libro se lo juega todo en dos meses, si quiere tener una vida más larga en librería. En los últimos diez años han surgido un buen número de editoriales independientes, en paralelo a un sector editorial que ha engullido algunas de las editoriales independientes clásicas de los sesenta y setenta. Las que subsisten, ya sea Quaderns Crema/Acantilado o Anagrama, han debido tomar igualmente grandes decisiones: la primera, potenciando más la edición en español; la segunda, sumándose a un conglomerado editorial italiano para evitar el hispánico y a la vez publicando en catalán. Han surgido asimismo bastantes editoras pequeñas. No agoto aquí el tema, pues quiero hablar de las librerías y cómo les cuesta, y logran, vender libros. También se han cerrado muchas y otras, jóvenes, han abierto. Son un milagro.

Librería Calders
Hablando de Barcelona, que es lo que conozco, no hay día sin varias presentaciones de libros y encuentros literarios o simplemente culturales que movilizan también autores y títulos. Ya sea en librerías cooperativas dedicadas en profundidad al ensayo radical y protestario, como La Caníbal, el Espacio Contrabandos, la Ciutat Invisible, y tantas otras. La Calders, NoLlegiu, la Memòria, la Inexplicable, Atzavara… son también nuevas ágoras de mucha actividad, a menudo narrativa y poética pero también de pensamiento. La sentencia de la Manada ha reunido muchas voces en varias de ellas, para leer en voz alta su redactado y el del voto particular que pedía la absolución.

Su horario es extenso, algunas abren incluso los domingos. Celebran seminarios, cursos, debates. Las más veteranas y consolidadas de la ciudad tienen verdaderos planes d’estudio alternativos a universidades y escuelas. Hacen venir ganas de estar en contacto con los libros, que nos entren por los ojos y por los oídos, que compremos en definitiva. Porque si no, no hay manera.

Lo precioso es que, al igual que los cada vez más numerosos clubs de lectura en todo tipo de librerías y bibliotecas, el asunto funciona. Mal que bien, funciona. Los lectores se encuentran unos a otros y trazan vías de relación y conocimiento. No, los libros no son caros. Un montón de autores, editores y libreros curran de lo lindo para hacerlos visibles, no solo por escribirlos, editarlos y venderlos. Los hacen vivir en las librerías.