jueves, 19 de agosto de 2021

"El mundo creado por nuestro cerebro"

Borges decía alternativamente que el Diccionario de la Real Academia era una superstición española y también, un cementerio de palabras. A la luz de sus dudosas definiciones y de la manera caprichosa en que éstas han ido fluctuando con los años, ambas premisas pueden ser ciertas. En términos más científicos y menos malhumorados María Águeda Moreno Moreno, Doctora en Filología Hispánica, publicó el siguiente artículo en The Conversation, posteriormente vuelto a publicar en Cultura InfoBAE, del 18 de agosto de 2021. Según la bajada, “La investigadora de la Universidad de Jaén hizo una comparación de la evolución del término para reflexionar sobre la fragilidad de afirmaciones como “si no está en el diccionario, no existe”

La historia de la definición de la palabra ‘mundo’ y lo que dice de la objetividad del diccionario

Son muchos los que entienden el diccionario como una prueba objetiva de conocimientos, hasta llegar al punto de dudar de la realidad si la obra no arroja resultados a la búsqueda deseada: “No está en el diccionario, no existe”.

Está también quien cree que las cosas son como dice el diccionario, por lo que es necesario, para cambiar el mundo, cambiar el diccionario; es más, si cabe, eliminar esas formas lingüísticas de entre sus columnas.

La confianza en los datos que arroja el diccionario descansa en la pretendida objetividad que se les otorga como depositarios de la cultura. De ahí que los objetos descritos (las cosas, las acciones, las calificaciones, las sensaciones, etc.: nuestro mundo, en definitiva) parecen en sus descripciones objetivas (objetos descritos objetivamente), si bien estas definiciones y sus interpretaciones no son ajenas al individuo. No son ajenas ni al redactor ni al lector de diccionarios. Son, por tanto, objetos descritos subjetivamente.

Tanto el lexicógrafo como el usuario de diccionarios actúan como sujetos cognitivos (es decir, sujetos pensantes). El autor del diccionario analiza y estructura los “objetos descriptivos” o palabras. Y su modo de análisis y la propia estructura ya es un modelo de clasificación subjetiva. Así que los diccionarios no son objetivos. No pueden serlo, pues la acción de definir es sub-subjeto, esto es, “hechas por un sujeto”, por tanto, subjetivas.

Está además atada a la episteme (en los términos en los que Michel Foucault entendió este concepto). Es decir, la objetividad lexicográfica ofrece definiciones en clave de una verdad determinada: la impuesta desde el poder político de la época. Solo de este modo el diccionario “dice la verdad”. Y esto es así, podríamos decir, desde que el mundo es mundo.

Desde que el mundo es “mundo”

Desde el proyecto histórico de la creación del mundo, del cual surgió un orden y un discurso ontológico, se logró transformar ideológicamente nuestras ideas occidentales en un “catolicismo científico”. El modelo bíblico sirvió de explicación científica adoptada y desarrollada en los diccionarios hasta casi nuestros días: el mundo ha sido creado por un ser superior

Es así que las creencias religiosas transcienden a un plano de inmanencia y ontología, impregnan nuestra cultura y conforman nuestra ideología y tradición. La creación del mundo se presenta como un carácter inherente al propio mundo, inseparable de su esencia. Así estas ideas adquieren validez como discurso político, como discurso de “verdad” y se silencia (se desplazan) al mismo tiempo otras opciones discursivas sobre el origen de nuestro planeta y de nosotros mismos.

Sorprende que el diccionario no se haga eco de posturas ontológicas naturalistas, las cuales, con el desarrollo de las ciencias positivas del XIX, como la física y la biología, disponen que es la naturaleza el principio único de todo aquello que es real. El discurso lexicográfico autorizado (discurso en clave de verdad) de la Real Academia Española (RAE) ha mantenido durante cuatro largos siglos (siglos XVII, XVIII, XIX y XX) descripciones ligadas a esta concepción mítica y religiosa sobre la creación y el origen del mundo y de la especie humana.

La historia de la definición de mundo

Desde el primer diccionario de la Academia (1726-1739) podemos detectar las huellas de esta ideología cristiana. El mundo se define como “el agregado y conjunto de todas las criaturas racionales e irracionales, sensibles e insensibles, que componen el universo”.

La palabra criatura ya delata el sentido religioso de la definición, pues se explica como “todo lo que tiene ser y no es Dios”. Aquí no acaban las huellas ideológicas: se añade que mundo viene de “la palabra latina mundus, que significa limpio, por la belleza y perfección con que Dios, Autor Universal, le crio de la nada, y por el orden y disposición de todas sus partes, así materiales como formales”.

El mundo se asocia con la cualidad positiva de la limpieza, propia de Dios, cuyas obras son bellas y perfectas. El ejemplo seleccionado para la definición, tomado de la Política Indiana de don Juan de Solórzano, no escapa a esta idea: “La palabra mundo (dicho así por el orden y aseo con que Dios le compuso) tomada en general comprende Cielo, tierra y mar, y todas las criaturas que en estas partes fueron criadas y colocadas”.

En el diccionario académico de 1869 se reformuló profundamente la entrada. Y el mundo fue concebido como la “suma y compendio de todas las cosas creadas”. Se perdía así la metáfora de “mundo limpio”, (que ligaba al sentido de limpio, igual a puro, contrario a pecado).

Sin embargo, el mundo seguía viéndose un objeto de creación y así llega, sorprendentemente, y a pesar de los nuevos conocimientos científicos, hasta la definición de la edición de 2001, ya más simplificada: “conjunto de todas las cosas creadas”, pero con la misma carga ideológica de origen mítico.

Del mundo creado al mundo existente

La obra académica actual ha revisado la definición. Hoy mundo es el “conjunto de todo lo existente” (Diccionario de la Lengua Española, DLE, 2014). Nos encontramos ante una dicotomía entre crear y existir, entre el mito y el logos. Y es que la palabra crear evoca a la mayoría de lectores occidentales al dios de la religión católica, cuya existencia creadora se asume como natural y universal. Se trata del rastro de una ideología etnocéntrica, basada en la primacía de la cultura europea, católica, frente a las demás.

La dicotomía naturaleza/cultura muestra al diccionario, en relación al tratamiento lexicográfico que le da a esta palabra, como un claro artefacto cultural, por lo que, en realidad, no nos dirá nunca ¿qué es el mundo?, sino ¿cómo interpretamos el mundo?

Y la interpretación no lleva a discursos entendidos en clave de verdad, sino a discursos homogéneamente relacionados con el pensamiento cultural y tradicional de Occidente, de claras tendencias universalistas. Así hemos pasado de comprender el mundo creado por Dios a conferirle la individualidad de la existencia (“existe por él mismo”), casi siguiendo las bases del concepto aristotélico de substancia.

No hay nada más humano, sin embargo, que realizar este tipo de interpretaciones dinámicas en la cultura. Al fin y al cabo, no vemos el mundo que es, sino el creado por nuestro cerebro.

Este artículo se realizó con la colaboración de Alicia Pelegrina Gutiérrez, becaria “Ícaro” del Grupo de Investigación “Seminario de Lexicografía Hispánica”, incorporada desde el “Plan Operativo de Apoyo a la Transferencia del Conocimiento, Empleabilidad y Emprendimiento 2021” de la Universidad de Jaén.

miércoles, 18 de agosto de 2021

"Argentina Key Titles", por decir algo


De las muchas maneras de promocionar libros para su eventual circulación en el extranjero, Argentina eligió la que, en apretada síntesis, se comenta en el breve artículo que sigue, publicado sin firma en el diario Página 12, del pasado 16 de agosto. En ningún lado se justifica por qué los libros son los que son ni por qué fueron elegidos esos jurados para esa selección. Una vez más, la presión del negocio se impone sobre cualquier otro criterio. Cosa de almaceneros.

Libros argentinos a la Feria de Frankfurt

El proyecto "Argentina Key Titles", una iniciativa impulsada desde la Cámara Argentina del Libro para dar a conocer la producción literaria nacional al resto del mundo, seleccionó entre los libros publicados en el último año un listado de 28 títulos con posibilidades de venta, traducción y adaptación a otros idiomas para ser parte del catálogo que presentará el país en la feria de Frankfurt y que apunta a dar cuenta del amplio espectro de la riqueza editorial. El libro de ensayo Contramarcha (Ampersand), de María Moreno; los cuentos reunidos en Algunas familias normales (Compañía Naviera Ilimitada editores), de Mariana Sández; el último libro que publicó antes de morir la poeta Tamara Kamenszain por Eterna Cadencia, Chicas en tiempos suspendidos; y la edición de la Universidad Nacional del Litoral, Crónicas: El Paraná y su expresión literaria de Adolfo Prieto, son algunos de los títulos seleccionados de quince categorías temáticas. El listado, que por segundo año consecutivo arma "Argentina Key Titles", es un complemento del Programa Sur, lo impulsa la Cámara Argentina del Libro y cuenta con el apoyo de la Agencia de Inversiones y del Ministerio de Relaciones Exteriores, Comercio Exterior y Culto. La selección de los 28 títulos estuvo a cargo de un jurado conformado por Alejandro Dujovne, María Rosa Lojo, Jorge Bernetti y Damián Vives. Los dos organismos responsables de la iniciativa solventaron la traducción de un fragmento de los títulos seleccionados. Los 28 libros estarán presentes físicamente en los stands argentinos en las ferias internacionales del libro de todo el calendario ferial, incluyendo la Feria de Frankfurt, y además serán alojados y promovidos en el sitio web www.argentinakeytitles.org, que será divulgado durante todo el año a través de la Cámara Argentina del Libro a las representaciones argentinas en el exterior.

martes, 17 de agosto de 2021

Librerías argentinas en Madrid y Barcelona



El pasado 14 de agosto, Ana Clara Pérez Cotten publicó en el sitio de la agencia TELAM esta nota sobre libreros argentinos en España. En su bajada se lee: “¿Se puede extrapolar la experiencia del librero argentino en el mercado del libro español? ¿Hay un interés renovado por la literatura latinoamericana? ¿La devaluación del peso es una oportunidad para exportar literatura? Los responsables de La Mistral, Lata Peinada y el Centro de Arte Moderno cuentan su experiencia”.

Argentinos al frente de librerías en España: el desafío de expandir la literatura latinoamericana

Con la esperanza de que los libros hagan su magia y acorten las distancias, se multiplican, con formatos e improntas variadas, los nodos en los que se concentra la literatura latinoamericana en España: la librería La Mistral, recién inaugurada a una cuadra de La Puerta del Sol y gerenciada por la argentina Andrea Stefanoni -quien durante dos décadas dirigió El Ateneo Grand Splendid-, las sucursales de Lata Peinada con un proyecto político y contrahegemónico en Madrid y Barcelona, y el Centro de Arte Moderno, otro emprendimiento también ideado por argentinos con un museo dedicado a escritores, son algunas de las embajadas literarias que abren camino en el país europeo.

¿Se puede extrapolar la experiencia del librero argentino en el mercado del libro español? ¿Hay un interés renovado por la literatura latinoamericana? ¿La devaluación del peso es una oportunidad para exportar literatura?

"El proyecto de La Mistral nació después de tomar la difícil decisión de dejar El Ateneo Grand Splendid. No de inmediato, pero luego de la muerte de mi abuela sentí que ya no tenía mucho que hacer en Buenos Aires. La idea de vivir en España estuvo desde siempre, aunque las cosas se dieron así, en medio de una pandemia y era eso, quedarse esperando o arrancar con todo nuevamente, y sucedió lo segundo", cuenta a Télam la escritora y librera Andrea Stefanoni desde Madrid, un día después de abrir al público la puerta del local.

Recuerda que el proyecto tomó forma en una terraza de Buenos Aires: "En una cena, les propuse a Carla D´Elia y Julián de Dios abrir una librería en Madrid. Esa misma noche empezamos a trabajar, a divagar, a pensar mil cosas y a poner plazos, porque claro, primero tenía que viajar e instalarme. Ellos estarán en Buenos Aires y viajarán periódicamente y yo llevaré adelante la librería aquí".

¿Cómo encarar un proyecto que nació de un deseo personal y al otro lado del océano, después de gerenciar durante veinte años la imponente Ateneo Grand Splendid? "La Mistral es imponente desde otro lado, tiene un estilo inglés muy hermoso, una escalera de madera y además, paradójicamente era el hall del Teatro Arenal, en el que lamentablemente hoy funciona un gimnasio. Está ubicada a una cuadra de La puerta del Sol, a dos de Plaza Mayor, en una calle angosta en bajada", relata Stefanoni para dar cuenta de que el cambio tiene cierto encanto.

"Y tenemos una selección de libros muy cuidada. No sé, es pura magia. No voy a comparar...La más linda del mundo siempre estará en Buenos Aires, el resto son solo bonitas", asume sobre la iniciativa que debe su nombre a la poetisa chilena y evita así la comparación más lineal.

La apertura superó las expectativas: "Me interesaban sobre todo los lectores del barrio y la verdad es que fue una verdadera fiesta. Sea donde sea, la apertura de una librería debe ser una fiesta".

En abril, la librería catalana Lata Peinada, de los argentinos Paula Vázquez y Ezequiel Naya, cumplió dos años y la pandemia, lejos de aniquilar el proyecto, los llevó a potenciarlo y a sumar una nueva sucursal en Madrid. El sello se mantiene: Lata Peinada vende solo literatura latinoamericana.

"Los primeros meses de la pandemia fueron muy difíciles. Cumplimos nuestro primer año cerrados completamente y, como le pasaba a todo el mundo, estábamos sumergidos en la incertidumbre", asume Paula Vázquez, escritora, abogada y librera.

Con el correr del tiempo, llegó la ayuda del Estado español para las empresas culturales y eso les dio cierto respiro y espacio para pensar: "Empezamos a trabajar con turnos, con envíos, con aforo restringido, y así. De todos modos, lo que nos sostuvo y lo que nos decidió a abrir la sucursal en Madrid fue la cercanía de nuestra comunidad de clientes, que desde el inicio nos ayudaron con compras futuras u online cuando no podíamos abrir la tienda".

Las dos tiendas comparten el criterio y la comunicación en redes sociales, en la web, en el canal de Youtube y el newsletter. "Vendemos libros que, en su mayoría, no circulan en el mercado español. Por eso el trabajo de difusión es muy importante, y es clave que sea focalizado y no fragmentado en dos direcciones", explica Vázquez.

Sin embargo, con la experiencia descubrió algunas diferencias entre los lectores de ambas librerías: "En Barcelona, por ejemplo, hay un núcleo duro de seguidores fanáticos de Aira, de Wilcock, de Gombrowicz, de Chitarroni, de Katchadjian, y eso no nos pasa en Madrid, no sabemos muy bien por qué".

Ambos públicos comparten la lectura de narradoras: "Por suerte, se publican cada vez más en España, y en muchos casos también viajan o pasan temporadas. Hace poquito recibimos en Madrid a Cristina Rivera Garza y a Claudia Piñeiro la misma semana, por ejemplo". Otros puntos en común, advierte la librera, son dejarse recomendar, la curiosidad por descubrir nuevas lecturas y el interés por conocer proyectos editoriales independientes latinoamericanos.

Stefanoni, por su parte, asegura que no espera "inventar nada nuevo" con La Mistral, pero destaca la selección y el planteo espacial: "Le dimos un lugar importante al género poesía, y tenemos una selección de lo que consideramos las mejores ediciones de las editoriales medianas que están haciendo obras de arte con cada edición, realmente son impresionantes los textos y el diseño".

La apertura de nuevas librerías en España es un fenómeno que trasciende la relación bilateral entre países y literaturas. Según el Barómetro de Hábitos de Lectura y Compra de Libros de febrero, el 68,8% de la población española lee libros de papel y el hábito creció 12,3% en la última década. La pandemia, con una nueva configuración del tiempo dedicado a la lectura por ocio y alquileres más accesibles en las zonas céntricas, podría haber ayudado a la reactivación.

El Centro de Arte Moderno de Madrid, fundado por los argentinos Claudio Pérez Míguez y Raúl Manrique Girón, cumple 18 años y articula una librería, una galería y el Museo del Escritor.

"Queríamos un espacio de intercambio artístico interdisciplinario y darle prioridad a los autores latinoamericanos. Los primeros años fueron muy buenos, excepcionales, porque había una gran recepción para las propuestas culturales que tuvieran en cuenta la lengua como vehículo común. Ahora, más allá de los problemas territoriales, creo que somos más conscientes sobre esas las posibilidades culturales que da una lengua en común", analiza Pérez Míguez al recordar el origen de un proyecto que, en verdad, nació en la librería que tenían en Quilmes hace dos décadas.

El Museo del Escritor, que dialoga con la librería, es el único dedicado a tratar de conservar la memoria personal de los autores. "Tenemos piezas de 200 autores y conservamos entre 5000 escritos y documentos. Nos lo tomamos como un trabajo en permanente evolución", cuenta.

Sin embargo, al analizar la suerte económica de las librerías, Pérez Míguez es menos optimista: "El mercado del libro está complicado y las aperturas de las librerías son una buena noticia relativa porque hay muchas que la están pasando mal porque la competencia de Amazon en bestial. El gran ganador económico de la pandemia es Amazon, le dio un golpe de muerte al comercio minorista y las librerías no son la excepción". La experiencia parece mostrarle cómo seguir: "Nuestro proyecto irá ganando distintas patas para poder sobrevivir al monstruo".

La Mistral también aspira a convocar lectores más allá de la tentación que suponen los libros. "A partir de octubre, vamos a organizar actividades en un espacio hermoso que adaptamos especialmente. No solo haremos presentaciones de libros, sino también charlas con directores de cine, de teatro y especiales de Jazz entre muchas otras cosas", adelanta Stefanoni.

Con iniciativas en redes sociales, un podcast, talleres y hasta un festival, Lata Peinada articula la vida cultural de un auténtico centro cultural. Y la pospandemia les plantea el desafío de repensar la presencialidad. "En Madrid, desde que abrimos en noviembre, hicimos talleres y presentaciones presenciales con protocolos y aforo reducido. En Barcelona, las restricciones eran más duras, pero tenemos la ventaja de estar en una calle peatonal, entonces cuando el clima lo permite podemos hacer todas las actividades al aire libre", compara Vázquez, que ya trabaja en la organización del tercer Festival.

"Apostamos a hacerlo de forma presencial. Lo único más complejo asociado al Covid es planear viajes de escritores que viven o están fuera de Europa. El aprendizaje de este tiempo es que hay que trabajar como si todo fuese posible hasta el último momento y luego estar preparados y no frustrarse si hay que cancelar o reprogramar". La pandemia trajo, también, flexibilidad y maleabilidad de las expectativas.

lunes, 16 de agosto de 2021

Más de Ryûnosuke Akutagawa gracias a Duino

Alberto Silva es, probablemente, uno de los mayores especialistas de lengua castellana en la cultura japonesa. Su libro sobre los haikú es ya un clásico absoluto. Por esa razón resulta muy oportuno leer su comentario, aparecido en la revista virtual Otra Parte n°437, a la poesía del gran narrador japonés Ryûnosuke Akutagawa (foto), que se acaba de publicar en la editorial  Duino.

Un acontecimiento literario. 
Sobre la traducción de la poesía de Ryûnosuke Akutagawa

Detrás del bambú, que acaba de publicar la editorial Duino, presenta la poesía de alguien conocido como narrador; alguien, además, fuera de lo común. Lo hace manteniendo un alto nivel de edición y ejecución formal. El libro es una antología poética de Ryûnosuke Akutagawa (autor de Rashomón, algunos de cuyos relatos, sobre todo los inquietantes “Kappa” y “El engranaje” han tenido varias, influyentes ediciones en Iberoamérica, la más reciente en Paradiso) en traducción de Mamoru Kamiya y versiones de Alejandra Kamiya y Ariel Pérez Guzmán, quien también ha escrito una introducción que ahonda en la vida, la progresiva locura y la obra de Akutagawa. La antología es bilingüe: y para empezar, ver los poemas en caracteres japoneses es una experiencia poco corriente y enriquecedora.

Importa comentar tres aspectos centrales de lo que se presenta como una antología muy comentada: sutil trabazón entre prosa y poesía, marca de agua de la escritura de Akutagawa; su capacidad para combinar con soltura códigos orientales y occidentales; sin omitir el encuentro entre su inspirada pluma y el armado eficiente de los editores.

Al que frecuente una escritura palpitante como la de Akutagawa no le costará entender qué engañosas resultan las distancias demasiado prefijadas entre verso y prosa, más allá de reglas métricas y convenciones formales. Ya conocíamos su narrativa, gracias a las traducciones de Kazuya Sakai. Sospechábamos su penetrante hálito poético. Pero sin este oportuno libro, pocos habrían advertido la talla poética del japonés, urdidor, por ejemplo, de una auténtica carrera de supervivencia en tres versos de métrica libre que nos dejan sin réplica: “El fuerte gana, el débil pierde, es el código de la vida. / El zorro desgarró y mató a la gallina. / Y entonces pregunto: ¿Quién es el ganador?”. Se acostumbra debatir la relación entre poesía y prosa. Es posible que a Akutagawa le hubiera interesado menos la opinión, muy influyente por cierto, de su contemporáneo Eugenio Montale. Este sostenía que “el verso nace siempre de la prosa y tiende a volver a ella”. Hijo de una tradición en más de un sentido opuesta a la del italiano, el japonés no dejó de considerar que la primera expresión de arte verbal del archipiélago había sido la poesía de los uta monogatari (歌物語, literalmente: cantos que cuentan). Ya en el siglo IX, versos como los del Ise Monogatari (en la pluma de Ariwara no Narihira) habían dado pistoletazo de salida a un uso vernáculo más preciso de la lengua japonesa. Claro que no fue exclusiva de Japón esta precedencia de la lírica sobre la narrativa, etapa crucial de los procesos de construcción de una lengua nacional: la podemos encontrar en los poemas homéricos, en Gilgamesh o en los Upanishads indios. Como si lo anterior fuera insuficiente, una y otra vez advertimos que el empuje lírico lucha por sobresalir en la obra de escritores argentinos recientes y cercanos a nosotros, que encuentran en la poesía (y con frecuencia en la traducción de poetas concretos) estímulo para lo que luego se torna prosa distintiva de cada uno de ellos (de Cohen a Castagnet, de Saer a Schierloh, y antes de Cortázar… al propio Cortázar); sin olvidarse de aquellos que nos enseñan a pasar de un registro a otro, como Fogwill o Fabián Casas. Sea como fuere, la escritura de Akutagawa logró pulir (y quizá llevar más lejos) el entrelazamiento (kattô) de poesía y prosa que comento.

La antología de editorial Duino permite aquilatar la exactitud de unos versos de Czesław Miłosz que se aplican al caso: “Siempre añoré una forma más amplia / que no fuera ni demasiado poesía ni demasiado prosa / y permitiera entenderse sin comprometer a nadie, / ni al autor ni al lector, a tormentos de orden superior”. Sin duda, una lengua como la japonesa facilita la diseminación semántica y prosódica de kanjis que revelan tanto por lo que explicitan como por lo que sólo sugieren como no-se-qué que queda balbuciendo. No en vano Akutagawa proviene de la tradición comenzada en el siglo X por Sei Shônagon y continuada en el siglo XI por Murasaki Shikibu, rumbo que se mantiene sin cortes hasta la actualidad. Para las novelistas primitivas, la escritura ya había sido una forma refinada del arte de la sugerencia, a base de relatos combinados con interrupciones poéticas. La pluma de Akutagawa se inscribe en el mismo afán de engarce entre poesía y prosa, de abandono de una en otra, vertiéndose ambas en el océano de una lengua unificada, la del kotoba, misterio de un mundo que sin prisa ni pausa se torna lenguaje. El impulso de Akutagawa resulta parecido al que en Japón consigue reunir a Shônagon con Saikaku, y a Okakura (el del Libro del té) con Mishima. Para calibrar la vigencia de tales nudos y nodos importa pulsar la literatura más reciente, de Banana Yoshimoto, Yoko Ogawa o Hiromi Kawakami, para recordar a mujeres novelistas recientes.

Se ha dicho, y no parece exagerado, que a la lengua japonesa le gusta pleitear en favor de la poesía. Durante siglos, los registros históricos se prepararon compilando poemas según prescripciones venidas del continente chino (ritmos silábicos 5-7-5 y 7-7; tópicos naturalistas; animalario mitológico budista), aunque de a poco aclimatadas a las inflexiones de la lengua y el carácter vernáculos. Surgieron el Koshiki y el Manyoshu, entre otros ejemplos perdurables. Todo parecía posible dada la creencia nipona de una íntima solidaridad entre las cosas, la mente que las percibe y las palabras que sirven para designarlas. No lo tomaban como una concepción de tipo religioso; se trataba de la relación que percibían (y creo que, hasta cierto punto, siguen percibiendo) entre lenguaje (kotoba) y mente-corazón (kokoro). En el centro de esta visión surgió para la posteridad una palabra polivalente capaz de designar la materia en general, al mismo tiempo el habla en particular y con más precisión los temas o asuntos de que trata el lenguaje que enuncia las cosas materiales: la palabra-semilla a que aludo se escribe “koto”. Con un talante que la antología de Akutagawa reitera ahora con éxito, aquellas recopilaciones del pasado acabaron cumpliendo dos funciones: atestado histórico y juego floral. Ahora bien: hablar de progresos en la vernacularización del legado chino obliga a mencionar los aspectos en que el kanji se hizo japonés, mediante procedimientos que a su vez detallan la radicalidad de la lengua nipona (incluso en comparación con la china). La lista es larga: verbos dichos o escritos por costumbre en forma nominal de infinitivo (si es que no los implicitan o evaden), pocos adverbios y adjetivos, ausencia de género y número, de mayúsculas, de signos fonéticos, de puntuación, de renglones y espacios intermedios, todo sin punto final.

¿Es posible, en tan precarias condiciones, seguir escribiendo poesía? La respuesta es cuantiosa: se llama tanka (5-7-5-7-7 sílabas) o haiku (5-7-5 sílabas), estilos muy frecuentados por Akutagawa. Sin saberlo, la lengua japonesa contribuyó a hacer posible el objetivo que Ezra Pound asignaba a la poesía: nada que demostrar, todo para mostrar. Akutagawa recoge el guante y entiende así la situación: “Las espigas de totora / poco a poco se inclinan / ante la flor de loto”. A lo largo de siglos, la poesía japonesa mantuvo con tenacidad el afán de transformar cada instante pasajero en historias brevísimas que se clavan en la memoria del lector. De tal estirpe es la poesía que heredó Akutagawa. Y si bien es fácil percibir un aroma común entre versos japoneses de ayer y de hoy, la lectura pormenorizada de sus poetas permite advertir personalidades, estilos, modos peculiares de autor. Todo lo cual queda claro en el caso de Akutagawa, por ejemplo cuando escribe un tanka en el piso de arriba de la librería Maruzen, pleno centro de Tokio, luego de patear las calles de su infancia en el circundante barrio de Kyôbashi: “Llovizna / en las calles sombrías. / Aquí, / acaso la dicha de un libro / traído del otro lado del mar”.

Las palabras que usan son comunes y a la vez se alejan de su pasado fosilizado; renacen todas juntas en versos que evocan el mundo singular de un autor cómplice de su ajetreado tiempo: comercios que no cierran hasta avanzada la noche (luego de largas jornadas de trabajo), vagabundeos solitarios entre muchedumbres que vienen y van sin rumbo, el placer de comprar un libro para olerlo y tocarlo y leerlo de modo recóndito, obras importadas, lenguas extranjeras que muchos aprenden más que nada para seguir leyendo. No se trata sólo (aunque bastaría) de poemas con temática urbana y moderna. Se trata, yendo bastante más lejos, de hebras de lectura del mencionado Pound, de Joyce, Baudelaire, Anatole France, Yeats… Transfusiones de lectura robusteciendo el cuerpo macilento de Akutagawa. Ocurre en su escritura una aclimatación occidental en lo oriental, parecida a la que durante esos mismos años ocurrió con otros narradores y vates nipones: Akiko y Tekkan Yosano, Shusaku Endo, Soseki o Kawabata. Sin embargo, un punto singulariza a Akutagawa respecto de los otros: mientras la mayoría volvió sobre sus pasos, como si las incursiones occidentalizantes hubieran sido travesuras de juventud (a modo de ejemplo presento el caso de Kawabata en el prólogo de la traducción para Emecé de La pandilla de Asakusa), Akutagawa mantuvo firme la tensión bicultural a lo largo de su obra poética, siendo capaz de rendir homenaje a la tradición del Genji Monogatari sin necesidad de apearse de su estilo mestizo, mezcla irreversible y a veces sorprendente entre Oriente y Occidente: “Ay, ay, pobre viajero, / en tu corazón habrá un día descanso. / Mirando el cerco, / una flor de yamabuki / se clavará en tu sombrero, / le dará la forma perfecta de una rama”. Alude, si no me equivoco, al capítulo 24 del Genji Monogatari, cuando Tamakazura no puede responder a los avances de Genji, en cuya cabeza se clava la flor que a ella mejor representa. La cadena de alusiones sería a su vez retomada en una novela en la que Aki Shimazaki busca El corazón de Yamato, fuente de alimentación del esfuerzo japonés, por lo visto incesante, de conectar la fidelidad con la innovación.

Afirman con razón que no se pueden traducir versos sin tener alma de poeta. La actitud de quien traduce debiera parecerse a la de quien antes escribiera textos capaces de ser vertidos en una nueva lengua. Se le impone cada vez escuchar y preguntarse si los textos conseguidos arman un corsé artificioso o si logran en cambio ser odre para nuevos caldos. Si se quiere traducir, entonces, hay que aprender a escuchar. Akutagawa viene a decirlo en un terceto de la talla del haijin Onitsura: “Escucho atentamente. / En las palabras del antiguo Yamato / aún se siente el sonido del kogu”. ¿Akutagawa alude a un remo o a la bicicleta subiendo lomas de la pequeña ciudad de Uji? ¿Habla de fantasmas o de un héroe de manga? No hace falta responder. Mejor dejar abiertas todas las posibilidades. Quizá esto que digo lo pensaron los traductores de Akutagawa al castellano. Saben que toda traducción busca producir un pequeño prodigio: que la flor mantenga sus pétalos abiertos en el prado original, pero que a la vez nosotros podamos degustarla en el huerto de la lectura personal, vestido el verso de un amarillo más intenso aún que el yamabuki de tantos poemas. Porque ¿qué otra cosa sino traducción fue el camino que emprendió Akutagawa en su obra, llena de tópicos idénticos a los que atraviesan la historia japonesa?: el rocío, ranas saltando en el estanque, una ráfaga de viento que mueve el cabello y roza la cara… Nos los hace llegar, sin falta, pero remozados por las lecturas (orientales y occidentales) de quien nunca buscó especialmente afirmar su originalidad (en rigor, toda palabra ya fue dicha: él conocía las teorías modernas del lenguaje), sino el continuo renacer de los estados del corazón que nos constituyen: “Voy sin rumbo por un camino abandonado, / la luz se desvanece entre los yuyos. / Mi deseo aparece como una bestia, / ¿cuándo tuve aquel sueño de perplejidad?”. Hay que ser un timonel avezado para mantener el rumbo en el proceloso mar de una existencia que no deja de modificarse ni un instante. Consideraciones como estas pueden haber formado parte del trabajo del equipo editorial de Duino. Al respecto, algunos detalles parecen dignos de mención. Dado que la traducción implica un considerable acarreo de material de una orilla a la otra, importa tener a mano buenos argumentos e instrumentos eficaces para construir un puente que resista el previsible tironeo de dos lenguas tan distintas. Así, Kamiya padre puso a contribución su propia historia: cultivo cuidadoso de la lengua nativa, conocimiento de la obra de Akutagawa madurado en continuas relecturas, fina sensibilidad de quien, por lo que veo, piensa y siente como un haijin. Su hija Alejandra y Ariel Pérez Guzmán, argentinos nativos, propusieron versiones en una lengua de llegada que no se sonroja buscando ser perfecta, brindándoles a los versos la posibilidad de renacer en una segunda lengua igualmente nativa. Un recio puente pudo así ser tendido entre ambas orillas: los comentarios a los poemas (que ocupan la segunda parte del libro) no tienen desperdicio. Al construir un puente de traducciones, versiones, introducciones y glosas, revelan buen conocimiento y una emoción puesta al servicio de los poemas. Tan familiar artesanía de traducción y edición evoca la de El libro de la almohada por Amalia Sato, o las versiones de Michitaro Tada a manos de Anna Kazumi Stahl. En todos estos casos, asistimos al descenso de textos ignotos al castellano de un modo parecido al traspaso de sabiduría y experiencia por parte de progenitores que transmiten el quehacer traductor a la generación más joven. Un procedimiento grupal de este tipo me parece típicamente rioplatense. Y profundamente humano, a la altura del intenso Akutagawa, quien quiso abrazar con su poesía los espacios y los tiempos.

viernes, 13 de agosto de 2021

Un descubrimiento sobre Dickens en España

El pasado 11 de junio, David Morán publicó en el diario ABC, de Madrid, la siguiente nota a propósito de la primera traducción directa de Charles Dickens (foto) al castellano. Según la bajada de la nota, “Una investigación de la UB documenta un capítulo de Los papeles del Club Pickwick como la primera traducción directa al castellano de un texto del autor inglés

El primer Dickens en castellano 
llegó a Cádiz en 1844

El podio lo ocupaba hasta no hace mucho "La campana de difuntos", traducción de "The Chimes" que se publicó a España en 1847, pero la cosa tenía trampa, ya que el relato con el que Charles Dickens siguió tirando del hilo de Cuento de Navidad llegó a España dando un rodeo a través de la traducción francesa. Del inglés al francés y de ahí al castellano. Así que era la primera, sí, pero no la primera traducción directa del inglés, honor que corresponde desde ahora a un fragmento del capítulo XI de la arrolladora y carcajeable Los papeles póstumos del Club Pickwick.

Así lo ha documentando en la revista Dickens Quarterly el profesor e investigador de la Universidad de Barcelona John Stone, quien, además, sostiene que el primer Dickens en castellano llegó a España en 1844 como parte de El pasatiempo: colección de novelas originales y traducidas del alemán, inglés, italiano y francés, volumen publicado en Cádiz en 1844 que reunía textos de Agnes Strickland, Friedrich von Schiller, John Galt, Alfred de Vigny, Abraham Elder y, claro, Charles Dickens. Narraciones cuyas traducciones no aparecen acreditadas y que, lo menos en el caso de Dickens, Stone detecta la mano de Guillermo Macpherson, el gran traductor de Shakespeare en España durante el siglo XIX. Stone, profesor de Lenguas y Literaturas Modernas y de Estudios Ingleses de la Facultad de Filología y Comunicación, halló el volumen de "El pasatiempo" en la Biblioteca de Cataluña.

«La traducción debe ser directa, ya que el texto fuente se ha omitido en las versiones en francés, el idioma mediador más probable», defiende Stone, para quien la llegada por mar de libros procedentes de editoriales británicas a ciudades costeras como Cádiz es una de las razones para esta primeriza traducción directa del inglés. Y es que, según Stone, los libros en inglés llegados a Madrid en la misma época eran, en su mayoría, libros impresos en Francia fuera de copyright o bien ediciones inglesas importadas en Francia y reenviadas posteriormente en España. En este sentido, añade, durante la primera mitad del siglo XIX los españoles se familiarizaron con la literatura inglesa gracias a la interacción de inmigrantes de habla inglesa con los liberales devueltos de su exilio londinense.

En concreto, el hallazgo corresponde a la traducción de “A madman's manuscript”, delirante injerto del capítulo XI de Los papeles póstumos del Club Pickwick que Samuel Pickwick lee durante una noche de insomnio en la pequeña aldea de Cobham. «¡Sí! ¡Un loco! ¡Cómo me habría herido el corazón esta palabra hace unos años!», que puede leerse de pluma y letra de Dickens en esta novela que se publicó por entregas mensuales entre 1836 y 1837 y apareció en un único volumen en 1837.

jueves, 12 de agosto de 2021

"Escribir una obra de la mano de alguien más"

Patricia Schaefer Röder
es escritora y traductora literaria. Nació en Caracas, Venezuela, donde se crió. Allí obtuvo la Licenciatura en Biología y publicó sus primeros ensayos. Vivió en Heidelberg, Alemania y en Nueva York, EE.UU, donde retomó el oficio de escribir y se dedicó a la traducción y las artes editoriales. Desde el año 2004 vive en Puerto Rico, dirigiendo su propia empresa de traducción y producción editorial. El pasado 15 de febrero, el escritor Jorge Gómez Jiménez, director de la revista digital venezolana Letralia, la entrevista aquí para su publicación. De esa larga charla, ofrecemos la parte referida al oficio de traductora.

Patricia Schaefer Röder, la traductora

—Tienes una destacada trayectoria como traductora e incluso ostentas varios premios. Obras de la británica Shamim Sarif y la canadiense Amanda Hale están en tu catálogo de novelas traducidas. ¿Cómo afrontas la tarea de verter al español una obra escrita originalmente en otro idioma?
—Para mí, traducir literatura es un desafío delicioso. Cada lengua trae consigo una cultura que debemos conocer y entender para llevarla a otro público. Cuando traduzco una historia o una novela, me sumerjo en la obra hasta sentirla mía; investigo y aprendo muchísimo. He tenido la fortuna de toparme con excelentes escritores que tienen un estilo narrativo semejante al mío, lo cual es una enorme ventaja al momento de trabajar sus textos. A mi manera de ver, el traductor es coescritor del texto. Quien traduce, escribe una obra de la mano de alguien más, pero las palabras que usa son suyas. En este sentido, tengo el placer de traducir al español, una lengua extremadamente versátil, precisa y bella al mismo tiempo, y en la que se pueden obtener resultados maravillosos.

—En el caso de Por la ruta escarlata, de Hale, la historia tiene todo un pilar argumental en la cultura latina, pues la protagonista es una joven centroamericana adoptada por una pareja de mujeres canadienses. ¿Favoreció ese elemento el trabajo de traducir la novela o por el contrario representó alguna dificultad adicional?
Por la ruta escarlata es una historia sobre la diáspora latinoamericana que trata además los temas de la supervivencia, la asimilación y la identidad; todo esto que define la historia de América Latina. Como hija de inmigrantes que se fueron de su tierra buscando una vida mejor, como traductora y sobre todo como latinoamericana, me identifiqué con la historia de Pamela, que persigue sus raíces; de la Malinche, que sirvió de puente entre dos culturas; de Hannah y Fern, que trabajan para darle un futuro digno a su hija; de Fabiana, que debe tomar una decisión difícil, y de todos los que por cualquier motivo están en el exilio, haciendo lo que pueden con lo que tienen y con el corazón dividido entre la tierra que los vio nacer y la que les abrió los brazos para permitirles sobrevivir. Definitivamente, mi identidad y mi propia realidad me ayudaron a la hora de trabajar esta novela.

—¿Influye en tu narrativa tu oficio como traductora? ¿O es tu estilo el que termina permeando tus traducciones?
—Generalmente usamos de una u otra manera todo lo que aprendemos. Por otro lado, el estilo es un sello que nos caracteriza. Como te comenté antes, he tenido la suerte de traducir narrativa de autores que tienen estilos un tanto parecidos al mío, así que sus letras se llevaron muy bien con las mías y rindieron buenos resultados, y en algunos casos incluso merecieron premios.

miércoles, 11 de agosto de 2021

Los cincuenta años de las Librerías Gandhi



El pasado 30 de julio, sin firma, la publicación virtual española Publish News subió la siguiente entrevista con Alberto Achar, director comercial de Librerías Gandhi, cadena mexicana que durante mucho tiempo se vendió a sí misma como una gran librería, confundiendo el espacio y el volumen con la calidad. De hecho, “las Gandhi” no son más que depósitos de libros que podrían equipararse a Yenny o Cúspide; vale decir hangares donde se amontonan libros recientes, con poca idea de catálogo y no mucho más. Como se verá a continuación, el acento está puesto en los negocios.

“Nosotros nos dedicamos a lo largo de 50 años a acercar el libro y a ponerlo en todos lados”

Hoy viajamos a México para encontrarnos con Alberto Achar, director comercial de Librerías Gandhi, la mayor cadena de librerías de México. Y es que Gandhi está de celebración. Se cumplen 50 años de la apertura de su primera librería. Por ello, nos encontramos con Alberto para preguntar por el estado de salud de la cincuentona, del sector en México y sobre todo para festejar.

─Buenos días y felicidades. ¿Qué significa este aniversario?, 50 años de Librerías Gandhi, ─50 años poniendo lecturas al alcance del pueblo mexicano.
─Primero, gracias por el espacio. Estamos muy contentos, creo que el festejo es para todo el gremio, para todos los que creen en el poder transformador de la lectura. El festejo es para México, México es un país donde hay un montón de vicisitudes para poder tener una librería; es uno de los países que tiene menor número de librerías por habitante. En este caso en México se habla de que hay 800 librerías, y por ejemplo en Argentina hay 2.000, en España hay más de 4.000… Y es un festejo de todos los países y de todos los que creen en la cultura. Poderlo compartir con ustedes en un medio internacional, para que toda la gente de habla hispana pueda conocer un poquito de librerías Gandhi nos complace muchísimo.

─Tenéis 43 sucursales y poco más de la mitad están en Ciudad de México, el gran concentrador de librerías del país. ¿Qué importancia tiene para Gandhi abrir librerías en otras regiones de la República?
─Es parte de nuestro ADN. Ya lo decía nuestro fundador, yo quiero hacer un país de librerías. De alguna manera siempre tenía tatuada la idea de poder convertirnos en una sociedad mucho más consciente y mucho más libre. Y las posibilidades de cambio de nuestro país y evolución tienen y tenían que ver con esa falta de educación y de cultura. No estamos hablando de únicamente la Ciudad de México. Hay lectores ávidos de poder tener espacios como Librerías Gandhi, una librería abierta, un lugar de encuentro. Desde 1984 que se abre la primera sucursal teníamos muy claro que teníamos que llegar a toda la República Mexicana. Hoy estamos en 14 estados. Y no solo en la República Mexicana, desde luego, como prioridad quisiéramos que Gandhi esté en todos los rincones de nuestro país. Pero desde 1996 que lanzamos nuestro portal de comercio electrónico fuimos la primera página de venta de libros en internet en México y eso nos permite llegar a todo el público de habla hispana; hemos tenido pedidos de gente de habla hispana hasta en China. Esto nos da otras posibilidades de llevar la cultura a todo el planeta.

─Tenemos que hablar de la pandemia, una pandemia que aún no ha terminado. ¿Qué ha significado para vosotros y para el sector editorial esta durísima realidad?
─Para todos, de alguna manera, fue un año y medio de introspección, de volver al origen, de análisis, de profundizar en lo que teníamos que hacer y de reestructurar totalmente muchas cosas en la empresa, de reestructurar gastos, de ahorrar donde creímos que no podíamos ahorrar, de poder favorecer los canales multiplataforma, el omnicanal… Nuestra página web tuvo en algunos meses crecimientos por encima de 300 %. Pasó de ser un canal que aportaba 8 % de la venta a convertirse en un canal que aporta 16, 17 % de la venta… Esta página es visitada hoy en día por más de dos millones y medio de personas, con más de 50.000 pedidos mensuales. Se habla de que la pandemia tuvo un nivel de adopción de usuarios como si hubieran pasado tres años de comercio electrónico; mucha gente cambió sus hábitos y entendió cómo comprar en línea, cosa que en México no sucedía tanto. Dicen que la mejor campaña de marketing que pudo hacer el comercio electrónico fue la pandemia, porque nos obligó a muchos a entender esta nueva opción y a muchas empresas a agilizar su desarrollo y evolución en este canal. Creo que fue un año que, independientemente de las caídas de más de 30 % en el gremio y de 50 % en los tráficos de gente ─no me refiero solo a las librerías, cualquier comercio que requiere del tráfico de la gente se vio fuertemente afectado─. Curiosamente, el festejo de los 50 años se da en este contexto y por tanto también es un festejo a la resiliencia, es un festejo a que pudimos permanecer de pie y como gremio nos solidarizó a todas las librerías y entendimos que estábamos en el mismo barco. Creo que fue un año y medio interesante que nos permite ver hacia futuro de qué están hechas las librerías y qué posibilidades de negocio tienen.

─Llega Amazon a México y de repente nos encierran en casa ¿Cómo se vive esa competencia?
─La llegada de Amazon se da hace 3 años, aproximadamente, hace 4 años. Y de alguna manera nosotros, independientemente de verlo como una opción más y como un competidor, desde el inicio entendimos que estábamos muy bien parados en el sentido de que tenemos 50 años de experiencia, en cuanto al catálogo, la profundidad de lo que podemos ofrecer en nuestra página, donde estábamos preparados con un catálogo de más de 5 millones de títulos, con una plataforma de libros electrónicos muy robusta ─aunque represente 2,8 % de las ventas─. Y, también entendimos algo: Amazon, aunque pudiéramos pelearle en cuanto a catálogo porque tenemos muchos sellos que ellos todavía no manejan; hay que entender que un tema importante es la ley del precio fijo y de alguna manera, eso no le permite a Amazon hacer esas prácticas depredatorias de bajar el margen y a través del precio es como rompen el ecosistema. Y, otra cosa también importantísima, nosotros como Gandhi hemos creado este lugar de encuentro donde puedes encontrarte con el libro, pero alrededor hay una experiencia donde poder tomarse un café, participar en algún evento cultural, comprar un boleto para un concierto… Tenemos más de doce servicios y valores agregados, un programa de cliente frecuente, una revista que se da en las compras, tarjetas de regalo… Tenemos una experiencia que hace que el algoritmo me parezca que para algunos sea una posibilidad. Pero este encuentro con el libro de manera física, a través de esta exploración y la parte más importante de todo, este encuentro con el librero, con tu librero de cabecera con el que estableces una relación íntima, humana, que me parece difícil de reemplazar con un algoritmo. Nosotros vimos a Amazon como un canal más. Un canal con el que teníamos ventajas y desventajas y creo que con las más importantes, que son el catálogo y los precios no íbamos a tener ningún problema. Pero bueno, nosotros estamos para que el lector decida si quiere comprar en electrónico, a través de una plataforma, en la librería, si quiere comprar en un supermercado (estamos en más de 280 puntos en Wallmart), si quiere comprar a través de las tiendas departamentales, a través de Palacio de hierro. Nosotros nos dedicamos a lo largo de 50 años a acercar el libro y a ponerlo en todos lados y que el lector decida luego qué es lo que quiere hacer.

─Los libreros, en general, os quejáis del trato que reciben las librerías por parte del Estado. No son consideradas patrimonio cultural, no han sido consideradas comercios esenciales…
─Hablaba antes de cómo, como gremio nos solidarizamos a través de la Asociación Mexicana de Librerías, de la CANIEM y la pandemia nos acercó como gremio para pelear por estas cosas. Las librerías, lamentablemente no son percibidas como parte del patrimonio cultural, como centros de cambio que permiten la evolución de una comunidad, de un país. Yo hablaba en otras entrevistas de que por nuestras librerías pasaron grandes pensadores, generadores de cambio y movimientos evolutivos importantísimos. Por nuestras librerías pasaron Gabriel García Márquez, Carlos Monsivaez, Roberto Bolaño, Octavio Paz, Elena Poniatowska, Rosa Beltrán, Germán Deza… Todos los escritores que, de alguna manera, esto era su guarida y generaron contracultura, generaron cambio… Las librerías son estos centros. Tristemente, a diferencia de países como Francia, en donde sí se les considera parte del patrimonio, donde hay incentivos fiscales, en nuestro país no. Y hemos peleado también la tasa 0. Porque en su momento se creía que el problema de la lectura en México iba ligado al tema del precio y no es necesariamente así. En México hay más de 7.000 bibliotecas públicas, no hay lectores; tenemos la segunda biblioteca pública más grande de Latinoamérica, la José Vasconcelos… Tristemente se ha creído que poniendo bibliotecas se generan lectores de manera espontánea. Hay que construir a los lectores desde las escuelas, desde las casas, desde los programas de gobierno, y no lo hemos sabido hacer muy bien. De alguna manera la batalla, este proselitismo y evangelización de la lectura, es algo a lo que hemos estado subidos todos los que creemos en este papel transformador. Este es un tema en el que seguiremos siendo tercos y peleando, que a las librerías se les considere parte del patrimonio y necesarias para el cambio de la sociedad.

─Tras el cierre de las librerías, ¿qué sentiste al volver a abrir las puertas de las Librerías Gandhi?
─Una emoción increíble. Es volver a este lugar mágico de los sueños, donde suceden encuentros y desencuentros, amor y desamor; donde la gente se encuentra con un objeto que cambia su vida; donde han sucedido historias… Mucha emoción y a la vez tristeza, nostalgia porque abres y no te encuentras con la gran cantidad de lectores que había antes. Todavía hoy estamos en un proceso de estabilización del tráfico, tenemos casi 60, 65 % del tráfico que teníamos antes. Una librería sin lectores es un espacio triste. Sin embargo, cuando se pudo abrir, tras cuatro meses cerrados, fueron momentos agridulces… Cerramos una librería para convertirla en parte de nuestro corporativo, vimos el amor que tiene la gente por la marca, por esta primera librería que transformamos en oficinas, vimos lo qué hemos tocado los corazones y las mentes de estas personas a través de los años. Se han dado muchos momentos, ha sido una montaña rusa de emociones este año y medio.

─Parece que vuelven las ferias, la FIL ya está programada como presencial. ¿Hay ganas de volver a encontrarse en estos espacios? ¿Marcan la diferencia en el sector?
─Las ferias nos permiten estar en un espacio diferente de contacto con los lectores, nos permite compartir con todo el gremio, nos permite enterarnos de lo que está sucediendo en muchos otros lugares… Siempre hemos estado en las ferias más importantes, en la FIL, en la FIL de Monterrey, en su momento en Minería, en algunos momentos hemos participado en la FILIJ. Para nosotros son espacios interesantes donde tenemos que estar presentes como Librerías Gandhi. Pero es extraño, se trata de rehabilitar lo que teníamos antes pero en una realidad un poco diferente, con espacios restringidos, con limitantes de acceso… El número de participantes y visitantes se va a reducir. Sin embargo, el hecho de que estén de pie, de que sigan, nos da una sensación de que volveremos a esa realidad. Pero yo, personalmente, ver a las ferias con tanta restricción me genera una sensación bastante triste y a la vez el hecho de que lo seguiremos intentando todos es parte de nuestra nueva realidad.

─El sector editorial avanza rapidísimamente, nuevos formatos, nuevos modelos… Esto, ¿a qué obliga a una cadena de librerías como Gandhi en la que prima lo físico?
─En 2009 lanzamos la primera plataforma de libros electrónicos. Ante el temor que todos tenían de que se iba a acabar el libro físico, los espacios físicos no tendrían sentido y era el final de las librerías; nos dimos cuenta de que los libros físicos tienen un valor y connotaciones emocionales muy importantes. Un libro que tocas, que hueles, tiene experiencias sensoriales muy diferentes. Incluso el libro como artículo fetiche, como artículo decorativo, ese libro que es tu cómplice, tiene una connotación emocional muy importante. Según fue pasando el tiempo dijimos, seguiremos dando la batalla y estaremos en todos los formatos disponibles y que el lector decida por donde se quiere ir. Incluso evolucionamos con una plataforma de libros electrónicos con más de 5 millones de títulos, con Kobo, que es la segunda empresa más grande de libros electrónicos. Y fuimos evolucionando… Pero todavía el mercado de libros electrónicos no ha explotado como tal, en México representa 2,8 % del mercado. Se habla de que en Europa más o menos 16 %, y en Estados Unidos por encima de 20 %. Pero cuando creímos en estas tasas de crecimiento que tenían al principio se terminó estabilizando, incluso se terminó estabilizando en el precursor que fue Estados Unidos donde los crecimientos son muy graduales. El libro electrónico se va a utilizar para ciertas categorías, para ciertos nichos de gente. Por supuesto que tiene bondades el libro electrónico, pero estamos convencidos de que el libro físico no va a desaparecer en los próximos 50 años.

─Para cerrar, ¿qué hay de cierto en aquello que hemos podido leer sobre que vuestra estrategia de comunicación renunciaba a esos mensajes seña de identidad?
─Es bien extraño, salió una nota de Merca2.0 en la que se decía que estábamos cambiando la estrategia de comunicación y renunciando a los mensajes irreverentes, de doble sentido, de sarcasmo, para irnos a este rollo de felicitaciones de autores. No es así, nuestros mensajes están en la calle, siguen y seguirán. Forman parte de una estrategia de comunicación de generar vínculos, de acercar la lectura de una manera lúdica, diferente. Lo que nos encontramos en redes es que un montón de autores que han sido parte y cómplices de Librerías Gandhi nos han felicitado. Pero no sé donde entró la idea de que eso iba a ser una campaña de comunicación. Estos mensajes irreverentes son parte de quienes somos, son parte de la marca. Seguiremos arriesgando, siendo irreverentes, dando estos mensajes, tratando la lectura desde la parte divertida, con humor y con irreverencia, no desde la parte solemne y aburrida. Esto es algo que nos ha permitido acercar a mucha gente a Gandhi.